Serpientes mitológicas en el folklore de Costa Rica
HISTORIA DE LA GRAN SERPIENTE
(Traducción literal de Maroto en Constenla, 1986 [1979])
Una mujer joven amaba a una gran serpiente. Y ésta salía de su cueva tras ella.
La mujer hacía chicha para la serpiente.
La ponía en un calabazo y la iba a echar en la entrada de la cueva.
En la entrada la echaba.
Cuando le había echado toda aquella chicha a la serpiente, ya la serpiente salía por aquí.
Entonces ella reía, ja ja, reía:
—Ya te has emborrachado, por ello es que sales.
Y entonces salía la serpiente, ésta era enorme. Salía y se enrollaba en el cuerpo de la mujer desde los pies. Cuando le llegaba a la cintura, caía la mujer, porque la serpiente era enorme.
Y caía la mujer. Allá mismo la envolvía hasta el cuello, hasta la cabeza.
Y caía la mujer.
Cuando se enteró su madre, ya el embarazo de la mujer estaba muy avanzado.
Entonces le dijo su madre:
—¿Qué buscas hablando con esa serpiente? ¿Cómo es que hablas con ella? Ella te va a devorar, te va a matar.
Cuando su madre se enteró, ya la mujer estaba muy gorda con las serpezuelas.
Entonces allá fue su madre a hablar con los suquias.
—¿Qué haremos con esa muchacha?
—La quemaremos. Iremos todos cuantos aquí vivimos a traer leña, a reunir leña para quemarla.
Se fueron todas las personas a reunir leña, entonces ella preguntó, diz que dijo:
—¿Por qué estáis reuniendo tanta leña ahora? ¿Por qué amontonáis leña? ¿Qué es lo que queréis hacer?
Dijo la mujer de la serpiente:
—Me van a quemar, seguro. ¿Estarán locos?
Su madre ya no la quería entregar. Entonces le dijeron:
—Pues tú misma arderás; con tu hija vas a quemarte, tú también, porque no la quieres entregar.
Entonces encendieron la leña al otro lado de la quebrada.
Encendieron la leña.
Luego llegaron por ella. Ella vivía por aquí.
Entonces llegaron por ella y se la llevaron.
—¿Qué queréis hacer con mi hija?
—¿Por qué vais a quemar a mi hija ahora?
—La quemaremos porque lo que ella va a tener son serpezuelas. Si nacen esas culebras, todo esto se convertirá en una laguna (1). Por todo saldrá agua. Y entonces las culebras van a vivir aquí.
—¿Por qué no matáis a la gran serpiente?
—La mataremos lo mismo que a tu hija. Ya le cerramos la entrada de su guarida. Para que no salga ya le cerramos la entrada de su cueva (2).
Entonces la llevaron al otro lado de la quebrada cerca de la guarida de su marido.
Allá la quemaron.
Entre todos cuantos vivían aquí, entre todos la amarraron y entre todos la echaron en medio del fuego. Allá se quemó ella.
Cuando murió aquella mujer los que estaban al mando dijeron:
—Mataréis a todas las serpezuelas; no dejéis ni una, porque huirían. Mataréis todas las serpezuelas. Al lado del fuego os estaréis todos para matar las culebritas.
Cuando estalló la mujer, ellos mataron todas las culebritas. ¡Pun!, reventó ella y las crías salieron. Sólo una logró huir (3).
Solo la cola le pudieron herir.
Solo una huyó.
En la Fila de Palmar, de este lado, allí vive la serpiente que escapó. Allá fue a quedarse. Allá se encantó (4).
Notas de variantes
1) Según Johnson (1916), el Gran Sukía explica que, si las crías sobrevivían, tendrían el poder de convertir cualquier lugar donde permanecieran en una gran laguna. En González (1996) y Maroto (2001) esta consecuencia se relaciona principalmente con las futuras inundaciones o con señales sobrenaturales emitidas por las serpientes supervivientes, sin desarrollar la idea de que toda la región se convertiría en una laguna.
2) Según la traducción libre de Maroto en Constenla (1986 [1979]), los suquias ordenan matar primero a la gran serpiente y luego quemar a la mujer; sin embargo, cuando la buscan, descubren que ya ha abandonado su madriguera, de la cual nace una quebrada. En Stone (2013) también se indica que, tras la muerte de la mujer, la suerte final de la gran serpiente permanece desconocida. En cambio, la "Leyenda de la serpiente" recogida por Teresa Ruiz de María Reyes y publicada por Constenla (1986 [1979], 180) atribuye la decisión a los suques de Talamanca, quienes ordenan quemar a la mujer antes del parto, sin mencionar un intento de dar muerte a la gran serpiente.
3) Según Bozzoli (1969, citado por Montoya-Greenheck, Carvajal y Salas, s.f.), González (1996) y Maroto (2001), no escapa una sola serpiente, sino dos. Una suele establecerse en la región de Sierpe y la otra en las montañas cercanas a Boruca o Palmar, según la versión. En Johnson (1916) también escapa únicamente una serpiente. Por su parte, la "Leyenda de la serpiente" recogida por Teresa Ruiz de María Reyes sitúa a una de las serpientes en las lagunas de Sierpe y a la otra en Caronal, donde habría abierto una gran brecha en el paraje denominado El Sapo (Constenla 1986 [1979], 180).
4) Según González (1996), una de las serpientes vive en una cueva y la otra cerca del agua o de Sierpe; ambas responderían con truenos al llamarse mutuamente. En Maroto (2001) la serpiente de Palmar Norte produce un sonido semejante al trueno antes de grandes lluvias o inundaciones. En Johnson (1916) la serpiente que escapó crece hasta convertirse en el ser monstruoso que habita la laguna de Sierpe.
5) La tradición presenta distintas explicaciones sobre la permanencia de las serpientes supervivientes. Mientras González (1996) y Maroto (2001) las relacionan con truenos, lluvias e inundaciones, y Johnson (1916) con el origen de la laguna de Sierpe, la versión recogida por Teresa Ruiz de María Reyes añade que la serpiente de Caronal abrió una gran hendidura en el sitio llamado El Sapo, donde, según la tradición, nunca pudo construirse un puente permanente; únicamente los misioneros lograron cruzarlo mediante un puente que después desapareció (Constenla 1986 [1979], 180).
Referencias:
González, Josefina. 1996. “El culebrón (Versión castellana)”. En Narraciones borucas = SháH rójc bruHcajc rójc, compilado por Miguel Ángel Quesada Pacheco. San José, C.R.: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
Johnson P., Ad. 1916. “Una curiosa leyenda de nuestros indios”. El Imparcial: Diario de la Mañana, 1 de agosto de 1916. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20imparcial%20diario%20de%20la%20manana/el%20imparcial%20diario%20de%20la%20manana%201916/EL%20IMPARCIAL_1%20AGO%201916.pdf.
Maroto, Angela Celedina. 2001. “La mujer que se enamoró de la culebra”. En Narraciones Brunkas. Boruca y Curré, editado por el Instituto de Estudios de las Tradiciones Sagradas de Abia Yala, 50–51. San José, C.R.: Fundación Coordinadora de Pastoral Aborigen.
Maroto, Espíritu Santo. 1986 [1979]. “Historia de la gran serpiente” y “La gran serpiente”. En Leyendas y tradiciones borucas, por Adolfo Constenla Umaña. 2.ª ed. San José, C.R.: Editorial de la Universidad de Costa Rica.
Montoya-Greenheck, Felipe, Kenneth Carvajal y Uri Salas. s.f. Descripción de la cultura del agua en Costa Rica: Pueblo Boruca. Antología digital Guía Local Turístico Indígena: Programa de Capacitación.
Stone, Doris Z. 2013. Los Borucas de Costa Rica. Traducido por María Eugenia Bozzoli Vargas. San José, Costa Rica: Ministerio de Cultura y Juventud, Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural / Imprenta Nacional.
Origen del clan tkabërîwak
Cuentan nuestros mayores que los primeros tkabërîwak nacieron en una montaña muy lejos de aquí. En aquel lugar vivían un hombre y una mujer.
Cierta vez dijo el hombre a su mujer:
—Vamos a cazar.
La mujer respondió:
—Está bien. ¿Por qué no invitas también a mi hermano?
Entonces el hombre invitó a su cuñado y los tres prepararon flechas, lanzas y todo lo necesario para ir de cacería.
Al día siguiente partieron hacia el Cerro de la Culebra, donde construyeron una choza para acampar (1).
Mientras los hombres salían a cazar, la mujer permanecía sola en el campamento. Sin embargo, cuando ellos regresaban, siempre encontraban comida preparada, aunque no habían conseguido ninguna presa.
Intrigado, el marido decidió averiguar de dónde provenían aquellos alimentos. Fingió salir de cacería con su cuñado, pero regresó en secreto y se escondió cerca de la choza.
Después de un largo rato vio llegar a un hombre de aspecto extraño, muy alto y cubierto de abundante vello, que traía comida a su esposa (2). Luego observó que ambos mantenían relaciones sexuales.
Al comprender el engaño, volvió donde lo esperaba su cuñado y le dijo que al día siguiente abandonarían aquel lugar.
Cuando regresaron a su hogar, poco tiempo después todos advirtieron que la mujer estaba embarazada.
A los pocos días dio a luz a dos gemelos, un niño y una niña, quienes crecían con una rapidez extraordinaria: apenas unos días después de nacer ya caminaban.
Los niños pidieron a su abuela pegamento para atrapar pájaros. Ella se lo dio y todos los días regresaban con grandes cantidades de aves. Sorprendida, la anciana decidió seguirlos en secreto.
Oculta entre los árboles vio cómo los niños esparcían el pegamento sobre el suelo y luego se revolcaban en él hasta transformarse en enormes serpientes. Después subían a un matapalo cargado de frutos y las aves quedaban adheridas a sus cuerpos pegajosos cuando se posaban sobre ellos.
La abuela guardó silencio, pero los niños comprendieron que su secreto había sido descubierto.
Al día siguiente ya no fueron a cazar pájaros. En cambio, pidieron arcos y flechas para pescar. Nuevamente regresaban cada tarde con una cantidad extraordinaria de peces.
La anciana volvió a seguirlos y comprobó que, al llegar al río, se transformaban otra vez en serpientes, se sumergían en la poza y capturaban los peces con facilidad.
Cuando regresaron, tampoco les dijo nada.
Poco después los niños anunciaron a su abuela que se marchaban.
Transcurridos cuatro días desde su partida comenzaron a escucharse fuertes retumbos procedentes de la poza donde acostumbraban pescar. La anciana fue a observar y descubrió que las dos serpientes habían alcanzado un tamaño gigantesco y que, al girar constantemente dentro de la poza, la agrandaban cada vez más.
Sibö̀ comprendió que aquello representaba un peligro para la humanidad futura, pues aquellas criaturas terminarían convirtiendo toda la tierra en agua.
Entonces llamó a Sòtèra para ayudarle y ambos reunieron además a los diablos, quienes debían espantar a los peces río abajo (3).
Cuando las enormes serpientes descendían por el río transformadas en peces, Sòtèra mató al primero con una flecha. Luego correspondía a Sibö̀ disparar al segundo, pero deliberadamente falló el tiro y, antes de que Sòtèra pudiera lanzar otra flecha, Sibö̀ sopló con fuerza y envió al pez sobreviviente hasta el mar, donde nace el sol (4).
Desde entonces ese ser permanece allí.
Cuentan también que todavía existen en Piedra Grande las enormes rocas que sirvieron como refugios (tsirík) de Sibö̀ y Sòtèra durante aquella persecución (5).
Así fue como Sibö̀ destinó al primer tkabërîwak a vivir en los confines del mundo.
Notas
1) Según Pita y Morales (1983), la pareja vive originalmente en Kámuk, construye su rancho junto a una laguna y no en el Cerro de la Culebra.
2) Según Pita y Morales (1983), el visitante sobrenatural emerge de una laguna en forma humana y, al retirarse, se transforma en una enorme serpiente. Según Bozzoli de Wille (1977, versión breve), simplemente se menciona la unión entre suLaÿibi y chbëkLa, sin narrar este episodio.
3) Según Pita y Morales (1983), Sibö̀ reúne personas escogidas para esperar a las serpientes sobre un puente de piedra llamado Namasöl; no aparecen Sòtèra ni los diablos.
4) Según Pita y Morales (1983), ambas serpientes son alcanzadas por las flechas y se separan: el macho marcha hacia el este y la hembra hacia el oeste, desde donde anuncian crecientes, enfermedades y otros presagios. Según Bozzoli de Wille (1977, pp. 182), son dos usekölpa quienes intentan matarlas; el macho muere y la hembra escapa por el río Sixaola, convirtiéndose en di'num.
5) Según Pita y Morales (1983), las evidencias materiales del mito son un puente de piedra y la roca donde la abuela se sentó a observar a los niños, marcada con las huellas de sus posaderas.
Referencias:
Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos. Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 2, n.º 2: 165–199.
Bozzoli de Wille, María Eugenia, Carmen M. Cubero Venegas y Adolfo Constenla Umaña, eds. 1983. Tradición oral indígena costarricense. Vol. 1, año 1, no. 3. San José: Oficina de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica.
Nota: Las referencias bibliográficas corresponden a las obras donde fueron publicadas las versiones del relato. En las notas se utilizan los nombres de los narradores o recopiladores cuando estos aparecen identificados en dichas publicaciones, con el fin de distinguir las diferentes versiones.
El Cerro de las Cruces
Hace mucho tiempo, un hechicero indígena que venía del norte [1] recorría las tierras de Centroamérica llevando consigo tres huevos encantados. En su paso por el Lago de Nicaragua, lanzó uno de ellos, del cual nació una serpiente colosal que quedó habitando sus aguas [2]. Continuando su camino llegó a la región de Nicoya, donde depositó el segundo huevo, del que surgió otra serpiente semejante que se ocultó en la tierra o en una laguna.
Finalmente, llevó el tercer huevo hasta el Valle del Guarco, en Cartago, y lo depositó en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Un sacerdote, al conocer el peligro, exorcizó al hechicero, obligándolo a confesar, y así logró aplastar la cabeza de la serpiente que nació allí. Luego partió hacia Nicoya, pero cuando llegó, la serpiente ya estaba demasiado desarrollada y apenas consiguió someterla y atarla —con cuerda o cadena— al altar mayor de la iglesia [3].
Sin embargo, el reptil continuó creciendo con el paso del tiempo, extendiéndose por debajo de la tierra hasta enlazar su cola con la serpiente del Lago de Nicaragua. Su cabeza quedó en el cerro situado al sur de Nicoya, conocido como el Cerro de las Cruces, el cual se levanta como una atalaya sobre la región [4]. Allí permanece enterrada o sujeta, y cuando el animal se agita o se retuerce, provoca los temblores de tierra [5].
También se dice que en sus entrañas hay una laguna subterránea y que de él descienden quebradas extrañas, algunas de ellas secas, pero con peces [6].
La tradición no se quedó en el cerro: en el casco antiguo de Nicoya, según Victory, en una casa colonial muy antigua —que luego funcionó como Agencia de Licores—, se podía ver una serpiente tallada que servía de sostén al alero esquinero, colocada en memoria de esta leyenda.
Desde la época colonial, los habitantes de la región suben cada año, el 3 de mayo, Día de la Santa Cruz, hasta la cima del cerro. Allí celebran misa, plantan cruces —de donde proviene su nombre— y bendicen el lugar para mantener en calma a la serpiente. Se cree que cuando la ceremonia no se realiza, o se hace sin devoción, el animal se agita, provocando terremotos, pestes, inundaciones y otras calamidades.
Así, la gran serpiente permanece bajo la tierra, con su cabeza en Nicoya y su cuerpo extendido hasta Nicaragua, contenida únicamente por la fe y la tradición del pueblo.
Notas:
[1] Sobre el origen del hechicero: I. S. lo sitúa en México; La República en Nandaime, Nicaragua.
[2] Sobre el primer depósito: La República lo ubica específicamente en la Laguna de Apoyo.
[3] Sobre la sujeción: P. Noriega menciona cuerda; Gura Sol cadena; La República añade confinamiento en una laguna en la cima.
[4] Sobre la formación del cerro: L. M. Castro afirma que la cabeza formó el cerro; I. S. añade que el cuerpo del reptil levantó cerros o promontorios.
[5] Sobre el comportamiento: Rafael Ángel Vargas Araya indica que se agita con las primeras lluvias de mayo.
[6] Sobre elementos adicionales: La República menciona laguna subterránea y quebrada con peces; otras versiones incluyen riquezas encantadas y hechiceros teriántropos (Matambú).
Referencias:
Castro, L. M. (1 de abril de 1905). El Diccionario Geográfico de Costa Rica: Observaciones (Colaboración) VII. El Día, 1-2. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20dia/el%20dia%201905/da-1%20de%20abril.pdf
Gura Sol. (1908, 12 de julio). Leyendas ticas. Páginas Ilustradas, 5(205-206), 3493. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/paginasilustradas/paginas%20ilustradas%201908/ga-Paginas%20ilustradas%20AnoV%2012%20jul%201908.pdf
I. S. (1916, 12 de octubre). El “Cerro de las Cruces”. El Imparcial: Diario de la Mañana, p. 3. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20imparcial%20diario%20de%20la%20manana/el%20imparcial%20diario%20de%20la%20manana%201916/EL%20IMPARCIAL_12%20OCT%201916_Parte1.pdf
Leyendas de Costa Rica: El Cerro de las Cruces. (1985, 31 de julio). La República, p. 24. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201985/La%20Republica_31%20de%20jul%201985.pdf
Solano A., M. T. (1950, 20 de octubre). El Cerro de las Cruces: A propósito de temblores (Leyenda). La Prensa Libre, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201950/La%20Prensa%20Libre_20%20oct%201950.pdf
Vargas Araya, R. (2020, 25 de octubre). Leyenda del Cerro de las Cruces en Nicoya (3 de mayo). Confraternidad Guanacasteca. https://confraternidadguan.wixsite.com/misitio/post/leyenda-del-cerro-de-las-cruces-en-nicoya-3-de-mayo
Victory, J. M. (1955, 27 de febrero). Nicoya. Diario de Costa Rica, p. 8. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201955/bv-Diario%20de%20Costa%20Rica_27%20feb_1955.pdf
La serpiente de fuego. Una leyenda más reciente habla de una enorme serpiente de fuego que vive dentro del volcán Santa Lucía. Esta criatura, según los relatos, aparece cada vez que alguien intenta dañar la naturaleza o extraer recursos de manera desmedida. Las historias cuentan que varios hombres que intentaron talar árboles o explotar el suelo del volcán, sin permiso de los guardianes espirituales de la montaña, han visto la serpiente salir envuelta en llamas, como un aviso para que respeten el entorno. Esta leyenda ha sido utilizada por generaciones para inculcar respeto y cuidado por el ambiente local (Martínez Coto 2025, 124-125). Referencia: Martínez Coto, Gerardo. Reminiscencias de mi Paraíso natal. 1ª ed. San José, Costa Rica: Editorial, 2025. Libro digital.
El encanto de la laguna de Alto de Araya
Alto de Araya queda al este de Orosi, lugar incómodo para llegar. En el alto es una belleza para ver el paisajes de los valles de Ujarrás y Orosi, lo mismo que su hermosa laguna, que nos da una bella leyenda.
Según sus moradores es tan profunda y que allí se esbarrancó una yunta de bueyes cayendo en la laguna donde no se pudo sacar por que no se miraba ni un pelo. Nadie se anima a bañarse o meterse porque allí vive una hermosa serpiente que no es todos los días que sale de la laguna, es fuerte escándalo el que hace al caminar.
La laguna presenta un paisaje bastante bonito. Por todos sus lados presenta un jardín natural de flores moradas como la guaria. Sus moradores oyen allí cantos de gallos, retumbos y conversaciones inentendibles, lo mismo que música.
Por las noches son bolas de fuego que se levantan de diferentes luces de colores. Los cazadores han seguido un venado detrás de él una hora de camino y al llegar a la laguna este se tira y no se vuelve a ver. Hasta el momento existe la laguna, pero en gran abandono pasando los caminos por uno de sus lados (Marín Alvarado 2015, 44).
Referencia: Francisco Marín Alvarado, "El encanto de la laguna de Alto de Araya", en Cuentos, leyendas y chascarrillos de Paraíso, eds. Alberto Calderón Vega y Silvia Quirós Calderón, 1.ª ed. (Paraíso, Cartago: F. Marín R., 2015), 44.
El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva
Hace muchos años, tantos que aún no habían llegado a nuestra tierra los primeros descubridores españoles, este país era un dominio de los aztecas. Así lo dicen los documentos de la época española y así también parece desprenderse de la siguiente leyenda que nosotros recogimos de boca de un anciano de más de setenta años, moreno, barbilampiño, posible descendiente de los huetares.
Cuenta la leyenda que en el valle del Abra (1) existía un grupo de aborígenes bastante numeroso, distribuido en rancherías; una de ellas, cuyo nombre indígena se perdió, estaba situada en una zona próxima a lo que hoyes San Rafael de Heredia, San Josecito.
Según se desprende de los enterramientos hasta ahora hallados en esa región, estos indios eran hábiles en las artes manuales; sabían hacer en piedra cabezas, retratos, sukias, es decir, hechiceros modelados con bastante perfección, hachas de varios tamaños, cerámicas policromadas y otros objetos más.
Un día llegó a ese pueblo una suntuosa comitiva de indios extranjeros, todos muy bien vestidos, algunos llevaban armas de guerra. En el grupo se destacaba uno que portaba un arbolito de matasano en el que se veía arrollada una serpiente, la cual parecía ser el símbolo de la cultura a la que los visitantes pertenecían.
Los recién llegados eran nada menos que los agentes colectores de tributos en las tierras dominadas por los aztecas. En su lengua se les llamaba calpixquis y los tributos que demandaban eran maíz, telas, cerámica, mujeres, esclavos, etc.
La gente del poblado se reunió en la plaza y los intérpretes tradujeron el deseo de los calpixquis, que era el de dejar allí el arbolito junto con la serpiente (2).
Pero sucedió que al poner en el suelo la serpiente, al momento empezó a brotar agua y más agua, cosa que no agradó a los indios quienes suplicaron a los colectores de tributos que se llevaran la serpiente y que dejaran el arbolito de matasano.
Así lo hicieron éstos y cuando, siguiendo su camino con dirección al norte en ruta hacia el país de donde habían venido, llegaron a la cumbre de la montaña más próxima, allí dejaron la serpiente. Del suelo empezó a salir y salir agua, hasta que se formó una laguna: la laguna del volcán Barva (3).
Después de estos sucesos habían transcurrido doce lunas cuando la alarma cundió en el pueblo de indios a causa de que la serpiente se había salido de la laguna, había bajado al poblado y andaba devorando niños. Todos los pobladores corrieron al rancho del sukia a pedirle su intervención mágica. El sukia dijo que lo que sucedía era que la serpiente tenía hambre y que para calmarla había que subir a la laguna y ofrecerle sacrificios.
Así se hizo. Desde entonces, año con año, los indios de aquel pueblo llevaban a la laguna niños que inmolaban en honor de la temida serpiente. Los padres de los niños sacrificados recibían como premio poder entrar a la hacienda que por virtud extraña tenía la serpiente en el fondo de la laguna; allí podían recoger y llevar para sus casas, eso sí sólo durante un año, abundantes comestibles que les ayudaban a vivir. Los que no tenían parentesco con los niños sacrificados y que trataban de entrar a aprovisionarse de la laguna, jamás pudieron lograrlo.
1. Valle del Abra. Es hoy la zona occidental del Valle Central, de las provincias de San José, Heredia y Alajuela.
2. La suprema deidad de los aztecas era Quetzalcóatl, cuya figura se representaba como una serpiente emplumada.
3. Esta leyenda parece indicar que la laguna del Barva era conocida desde tiempos muy remotos y que existió un camino o calzada indígena hacia el norte, hacia Nicaragua. (Zeledón, pp. 30-31) Originalmente tomada de: Meléndez Ch., Carlos. "El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva". Nuestro país, pp. 34-36.
Referencia: Carlos Meléndez Chaverri, "El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva", Nuestro país, págs. 34-36, citado en Elías Zeledón Cartín, comp., Leyendas costarricenses, 9.ª reimpr. (Heredia: Editorial de la Universidad Nacional, 1996), 30-31.
La Muchacha y la Serpiente
Hace mucho tiempo, una muchacha soltera y su madre estaban viviendo solas en una casa. Era una casa muy sencilla, con piso de tierra.
Un día la mamá le dijo:
—¿Por qué no se busca un esposo? Estamos solas, pobres y sin acompañamiento de nadie. Búsquese su compañero. Tiene ya la edad suficiente. Usted debe casarse.
Eso le dijo la madre a su hija. En aquel entonces, esta muchacha pasaba los días cantando y pensando y de tanto pensar, cuando la madre le hablaba no le contestaba. Fue por eso que la mamá le dijo todo esto sobre el matrimonio.
Una vez en horas de tarde, estaba lloviendo y lloviendo, en eso vieron llegar a un hombre.
—¿Cómo están, hermanas? —les dijo a ellas,
Y la mamá le contestó
—¡Bien, gracias!
El hombre tenía el cabello largo, y lo tenía en dos trenzas sobre sus hombros, con las puntas amarradas con hilos de pita. Las puntas las tenía en la boca. Al saludar, sacó el cabello de la boca y de las puntas de las trenzas chorreó agua.
El hombre dijo:
—He venido a verlas. He venido pensando en acompañarlas.
Después de un rato se fue, diciendo:
—Me voy, pero mañana en la tarde regresaré.
El día siguiente, la muchacha miraba hacia el camino y de hecho, en la tarde el hombre venía. Cuando llegó a la casa, se saludaron con el mismo saludo:
—¿Cómo están, hermanas?
—¡Bien, gracias!
Lo invitaron a entrar a la casa. El visitante tenía siempre su cabello en la boca. Cuando lo sacaba para conversar, le chorreaba agua del cabello.
Más tarde, el hombre se dirigió a la mamá de la muchacha.
—Vengo a pedirle la mano de su hija. ¿Qué dice? ¿Me puede entregar a su hija?
La suegra se quedó callada y luego contestó:
—No tengo respuesta. Mejor pregúntele ella misma. Ella sí sabrá.
E1 hombre le hizo caso y le preguntó a ella, pero ella solamente se sonrió. No le dijo ni sí ni no. Simplemente se sonrió. Al rato el admirador se fue. Un poco más tarde, regresó llamándolas:
—Traigo comida, bastante. Traigo plátano y yuca. Traigo carne de puerco de monte y pescado. Traigo la mejor carne de puerco, amarillento como la yema de huevo.
La muchacha ya estaba enamorada y recibió la comida. La mamá le dijo al novio que estaba bien si se casaba con ella y que bien podría quedarse con ellas para acompañarlas.
—Ya que mi hija te recibe, acompáñenos.
El hombre se puso contento y aceptó. Ese día todavía se fue, pero al día siguiente regresó y trajo mucho más comida. Hicieron todo un banquete, y los enamorados celebraron con gran alegría. El hombre se quedó y ya no se fue. Allí se quedaba durmiendo en la noche, siempre con su cabello en la boca. Si lo sacaba, salía agua de las trenzas y no se secaba. Así se quedaron viviendo juntos, y después de un tiempo la mujer se encontró embarazada.
El hombre llevaba comida a la casa, pescado, carne de puerco de monte, tapir y todo lo que querían.
Finalmente llegó el momento de dar a luz. El esposo se la llevó al monte, a unos metros de la casa, donde en un hierbazal le construyó un rancho. La muchacha se quedó allí y no pudo salir para ver a la mamá, para que ella no se diera cuenta que el recién nacido, de la cintura hacia abajo, tenía cuerpo de culebra, hacia arriba cuerpo de ser humano. El hombre habló con la suegra y le dijo que su hija ya tenía un bebé. Por supuesto que ella quería verlo, pero el hombre respondió que no podía ver el recién nacido durante ocho días.
—Después de los ocho días sí, y no se preocupe, lo va a ver siempre.
La suegra aceptó la propuesta del yerno y se quedó esperando que pasaran los ocho días. Un día escuchó los chillidos del bebé, pero sonó muy raro:
—Sek sek, sek sek, sek sek, sek sek,
— sin sin, sin sin, sin sin, sin sin, sin sin, sin sin,
—sek, sek, sek.
— ¿Qué será?, dijo la abuela,
— ¿Será mi nieto o qué será?
En ese momento el padre estaba dándole una medicina a su hijo para que creciera rápido. Tenía todas las medicinas para su hijo. Al salir, volvió a decirle a la suegra que no podía ver a su nieto.
La suegra se quedó, pero al rato escuchó otro chillido y decidió averiguar qué era. Entró a la casa donde estaba la hija. La muchacha al ver a la madre, exclamó:
¿Qué le pasa? ¿Qué está buscando? Le dijeron que no podría entrar ni verme. Como usted no hizo caso, me iré para siempre.
La pobre vieja se devolvió para su casa. Enseguida apareció el padre y le preguntó a la suegra:
—¿Por qué la visitó? Le dije que no la viera. Por lo que usted hizo, su hija no llegará más a su casa.
La vieja se sentó sin contestar y se quedó sentada. Llegó la noche, y poco antes de la media noche cayó un fuerte aguacero. De pronto se escuchó un trueno muy fuerte desde donde estaba el rancho de su hija, como si algo se cayera al río. Luego, todo quedó en silencio.
En la madrugada, con la claridad del nuevo la viejita vio que en el lugar donde había estado el rancho ya no quedó nada. Cuando ya estaba de día, la vieja bajó al río, a un pozo llamado
Songwoybo, y descubrió a su hija dentro del agua y a su yerno convertido en una serpiente. La muchacha estaba como envuelta por la serpiente. La mamá le gritó que se viniera, pero ella no le hizo caso.
Después de mucho tiempo —la muchacha seguía permaneciendo en medio del pozo— la serpiente visitó a su suegra y le trajo semillas de ullama (nombre panameño para una fruta grande, parecida al “Chiverre” de Costa Rica), diciéndole:
—Si tiene mucha lástima con su hija, siembre la semilla de ullama. Esta semilla la traje para que la siembre.
La vieja recibió la semilla. Entonces el hombre le dio sus instrucciones:
—Siembre una a un lado de la casa y otra al otro lado de la casa Mírelas cada rato, y cuando nace usted verá un ser humano y lo podrá recoger. Si nacen dos, recoja a los dos.
La vieja le creyó, se fue a sembrar y al día siguiente ya nacieron dos niñas. Enseguida apareció su yerno —el padre de las dos— y le dijo a la vieja:
—¡Mira! Recójalas y lléveselas a su casa y cuídelas bien. No las deje ir al río, no las deje ir a ningún lado, así las debes cuidar durante ocho días
La vieja hizo todo tal y como su yerno le había indicado, pero séptimo día se descuidó, les dio un calabazo a cada una y las mandó a buscar agua. Las niñas se fueron y ya no regresaron. Después de esperar un tiempo, la mujer corrió al río a buscarlas, pero solo encontró los calabazos. De repente las vio en medio del pozo, convertidas en culebras.
Decían nuestros antepasados que así siguieron viviendo las dos niñas Y crecieron mucho. Se hicieron tan grandes que la marea subía cuando ellas se lanzaban al fondo del pozo y llegaba hasta la casa de la vieja. Incluso, la mujer tuvo que dejar su casa y subir a un cerro.
Por eso, los espíritus llamados kjusga les dijeron a nuestros antepasados que las mataran:
—Si no las matan, ellas inundarán esta tierra de agua.
La vieja observaba desde el cerro lo que iba a pasar. Los que habían escuchado las órdenes de los kjusga cercaron el sitio donde subía la marea y se quedaron esperando con las lanzas que los kjusga les habían preparado.
Después de oscurecerse, el mismo padre de las serpientes salió del agua. Era muy grande, enorme. La mamá también salió del pozo y atacó a los hombres para comérselos, pero ellos le dispararon con las lanzas hasta que desapareciera la serpiente. Cuando apareció otra serpiente, de nuevo le dispararon con las lanzas y ella también desapareció. Poco a poco aparecieron todas las culebras, les dispararon hasta que desaparecieran, y al final se secó el pozo.
Mucho tiempo después, los kjusga y los sukias invitaron a los espíritus de las serpientes a un lugar llamado Sulun, donde habían construido una casa grande. A esa casa las llamaron para saber qué pasó.
Los espíritus de las serpientes llegaron y contaron que los hombres habían tirado muy bien las lanzas e incluso una de las serpientes se murió a mucha profundidad debajo de la tierra, mientras las demás fueron heridas pero no murieron, sino que se quedaron en el inframundo. Así termina el cuento de la serpiente.
Referencia: Torres, Julio. 2001. "La Muchacha y la Serpiente". Escrito por Donildo Piterson. En Narraciones Teribes: NASOGA ŁAÏWĀK, de Instituto de Estudios de las Tradiciones Sagradas de Abia Yala, 50-67. San José, C.R.: Fundación Coordinadora de Pastoral Aborigen.
La Princesa Nimboyore
En lejanos tiempos, dice la versión popular, los terrenos aledaños a Playas de Potrero constituían el reino de Nimboyore
Playas de Potrero descritas maravillosamente por la pluma de oro de Miguel Salguero, el gran narrador del diario La Nación, es un lugar verdaderamente encantador, motivo por el cual, desde remotos tiempos, era el lugar de veraneo de los pueblos cercanos como Tempate, Cartagena, Sardinal, Santa Ana, San Blas y muchos otros.
La fantasía popular dice que los reyes de Nimboyore murieron quedando como dueña la Princesa Nimboyore, hija única. Se dice que era linda, con los cabellos color de oro como el sol mañanero, de tez blanca semejante a los azahares, de mejillas sonrosadas. Los ojos azules como el mar. Sus dientes semejantes a las perlas engarzadas en su boca estuche de coral. Su cuerpo grácil era el de una diosa.
El palacio de Nimboyore estaba asentado en la cumbre de los cerritos que quedan frente a la bahía por el este, siendo así que la puerta principal del palacio miraba al mar y desde ahí partí a la gradería descendiente muy cerca de las aguas donde salpican las olas. Cuando la princesa salía a bañarse, los pececillos saltaban de gozo, formaban corro en brincoteos de gotas que el sol transformaba en arco iris en torno a la linda princesa.
Los pajarillos en la arboleda de la costa dejaban oír sus variados trinos, mientras las flores de malinche, de guarias, de azahares silvestres, etc., dejaban caer lluvia de pétalos perfumando así el ambiente.
Al salir del baño y encaminarse a su palacio, los pájaros formaban un maravilloso cortejo alado cuyos cantos dulcísimos y suaves eran nada menos que la sinfonía del amor.
Una vez en primavera apareció en el reino un jinete galán montando un caballo alado, dijo llamarse el Príncipe de los Siete Bueyes. Había venido desde su reino con las primeras brisas del verano y quiso conocer a la linda Nimboyore.
Ató su caballo en el tronco de un árbol y comenzó a subir la gradería con tan mala suerte que los pajaritos era millares se le vinieron encima y lo picoteaban todo, pero quiso la casualidad que la princesa salió al balcón y al darse cuenta de la furia de los pajaritos les habló suavemente y estos le obedecieron y se retiraron, aunque manifestaban siempre su enojo.
El Príncipe de los Siete Bueyes subió hasta su encuentro quedando deslumbrado ante la belleza de Nimboyore, estableciéndose al punto una mutua simpatía que luego se transformó en amor. Prometió el príncipe volver muy pronto para tener la dicha de permanecer a su lado más tiempo y pasear por las suaves arenas de las playas de tan lindo reino. Luego montó su caballo alado alejándose hacia las regiones siderales del norte.
No pasó mucho tiempo sin que el príncipe volviera al reino de Nimboyore, paseó por las playas con la princesa tomados de la mano en dulce charla de amor, unas veces en el día y otras veces por las noches a la luz de ia luna en ambiente de incomparable felicidad.
Pero sucedió que se dio cuenta de esta dicha el Monstruo del Mar, el que desata las tempestades y los terribles tifones del océano; quien lleno de envidia se propuso destruir al Príncipe Siete Bueyes y casarse él con la Princesa Nimboyore. De este modo y en una de las visitas del gran enamorado Siete Bueyes a su linda Nimboyore, cuando más felices estaban paseando por Sa playa, se desató una terrible tempestad, una ráfaga huracanada arrebató al príncipe, lo elevó por los aires rumbo al mar, mientras la princesa quedó desmayada sobre las arenas. Al día siguiente los pajaritos la despertaron y sus criados la llevaron al palacio, subiendo lentamente los escalones mientras en el aire se oía una horrible carcajada que decía: "no verás más a tu príncipe porque está en el fondo del mar".
Desde este día fatal, la Princesa Nimboyore, triste y sollozante, se sentó detrás de su palacio sobre una roca en lugar sombrío y comenzó a llorar... llorar... y más llorar, los pajaritos trataban de consolarla con sus trinos dulces, pero ella los mandaba callar y seguía llorando, las lágrimas caían sobre la roca y formaban ya un pequeño hoyo, éste se fue haciendo profundo, las lágrimas cayendo siempre rebasaban el hoyo, se desbordó y el precioso líquido de aquellos lindos ojos formó canal y se deslizó por la bajura como un manantial suave, triste, corriendo de desnivel en desnivel, pasó por laderas, caminos, sembrados, poblaciones en donde los niños le acariciaban al lavarse la cara y las manitas; llegó así al lecho del manso río Cañas, este le tendió los brazos, el manantial de lágrimas le contó su historia, lloraron juntos y abrazados siguieron su descenso por la llanura; llegaron al gran río
Tempisque, ya eran tres para llorar la desaparición del bello Príncipe Siete Bueyes. Por último, los tres amigos llegaron al lindo Golfo de Nicoya, contaron la historia del manantial de lágrimas, las olas luego en afán de vida y de amor, eternamente cantan la extraordinaria belleza de la Princesa Nimboyore y su ejemplar fidelidad.
Dice la fantasía popular que la princesa se transformó en maravillosa luz que ilumina la linda playa de Potrero durante el día como recuero de chispas solares, por las noches con haces de luna y con puñados de luciérnagas, semejantes a polvo de estrellas.
Mientras el manantial de sus lágrimas sigue fluyendo como el primer día, ahora con el nombre geográfico de río Nimboyore; (nimbo = nube, yore = permanente).
En el fondo del mar, en donde estaba confinado el Príncipe Siete Bueyes, que también se lamentaba por la separación de la linda princesita, pedía con lamentos desgarradores al horrible monstruo que lo devolviera a donde estaba su adorada; pasó el tiempo y fastidiado por los lamentos del príncipe, decidió liberarlo y devolverlo a donde estaba la princesa; pero ésta ya había fallecido consumida por el dolor de haber perdido a su príncipe, y sólo quedaba el gran pozo hecho por la caída constante de su llanto incontenible.
Entonces el monstruo del mar convirtió al príncipe en una enorme boa para que resguardara aquel profundo pozo de aguas cristalinas, y a sus criados en hermosos guapotes que pululan en sus profundidades. Peces que actualmente nadie osa pescar, porque dicen las supersticiones que si lo hacen se seca el manantial y se termina el río Nimboyore, también temen a la gran boa que de vieja ya tiene cuernos y vive en las cuencas de las raíces de un higuerón centenario que nació a la orilla de la gran pila y sólo sale para cazar cerdos o algún animal que se acerca y no hace daño a las personas que pasan por ahí.
Referencia: María Leal de Noguera, "La Princesa Nimboyore", en Estampas del camino, 1.ª ed. (San José: Editorial Costa Rica, 1996), 111-117.
Zaálan (título dado por el investigador Elías Zeledón Cartín para su libro Leyendas Ticas)
En cuanto a creencias, uno de los viejos sostenido a una vara por viejo o por cojo, malamente me contestó con palabras guatusas o como los chinos que hablan español:
Mira, viejito Saka, cuéntame: ¿por qué los indios guatusos después de que matan las culebras, las alzan y las cubren con hojas?
“Chi, chi, indio cré todo, naiála pun”, me dijo tocando un palo añoso para que nos sentáramos. Y con la vara rayaba el suelo con una M continuada, repitiendo zaálan, zaálan, talázu. Y comenzó el cuento:
En tiempo de los “muerras”, que no nos querían y que habitaban aquel monte que parece un pilón de azúcar (el Arenal), muchos de los abuelos nuestros que andaban en brama oyeron un ruido como de muchas dantas. Se prepararon para matarlas con flechas y con mazos. Horrorizados se quedaron al ver que no eran dantas, sino una serpiente muy grande. El “cocoro” (jefe), lleno de terror, la mató y llamó a los compañeros para que vieran el monstruo. La vieron con recelo y con miedo. Como tenían tanta hambre se comieron parte de ella y se fueron a dormir. Cuando amaneció (paitón toji), un muchacho que no había querido comer la carne de zaálan vio que todos los indios convertidos en serpientes le gritaban: no te asustes, no tengas miedo; llévanos al cerro de Tojivachaca y después cuéntales a los indios lo que te diremos tendrás que hacer cuando en la sequía los visitemos.
El muchacho, asustado, lo contó. En el verano siguiente, muchas zaálan vinieron hasta el palenque y los indios lloraban contemplándolas; pero como andaban encantadas, el muchacho gritaba, después de mucho rato, lo que ellas le habían dicho tenían que hacer: “...cortemos las cabezas y estiremos sus cuerpos debajo de las hojas, para ser indios en el invierno después...”. Entonces los indios mataron a una que picó al muchacho. Las otras se fueron al monte otra vez. Por eso: “Nosotros indios, chi, chi, cuando ver culebra cortar cabeza para no picar... Ellas tener cólera por no hacer pronto y matar el muchacho”, que desde entonces, allá arriba, en las noches de invierno, cuando zi-ije (la luna) no está, escribe en las nubes con su mano de fuego, para recordar a nosotros indios, las mismas “emes” que en este suelo rayando estoy. (Céspedes1923, 67-68)
Dame puro, Saka y volver contar.
Referencia: Amando Céspedes Marín, «Zaálan», en Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso (1923), 67–68; citado en Elías Zeledón Cartín, comp., Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia, 1.ª ed., 3.ª reimpr. (San José: Editorial Costa Rica, 2003), 185–186.
La diosa serpiente
a) Jesús Hernández (Zapatón)
El asunto empezó con el mismo, con el mismo hombre Carate (62). Eso fue en Quebrada Honda o por ahí así. Había una serpiente muy grande y había una viejita encargada de llevarle a la serpiente comida, o un niño, pero que los papases no se dieran cuenta. Ella le decía:
—Vamos a traer cubases, vamos a traer ayotes tiernos, vamos a traer muchas cosas, verduras.
Y llegaba y se llevaba un chiquito que se lo tiraba a la culebra. La serpiente lo agarraba, se lo tragaba. Y llegaba la demás gente:
—¿Diay?, ¿qué se hizo mi chiquito? No me lo trajo.
Y dice:
—No, diay, ¿no llegó él? Yo lo mandé.
Pero no llegó.
—No, que aquí no ha venido.
—Bueno, diay, yo no sé pa ónde cogería, ¡quién sabe!
Y como esa gente en ese tiempo ellos no tenían entendimiento, el entendimiento de ellos era muy poco, poca dolencia de la familia, entonces ellos no se preocupaban en buscarlos.
Y un día se fue y pasó p’onde el Carate y le dice la señora:
—Présteme el chiquito que me vaya a acompañar y voy a traer unas verduras —dice— unos ayotes tiernos y cubases —dice— para hacer una comida.
Pero ella ya tenía tiempo en que tenía comunicado con la serpiente que le llevara qué comer. Y se llevó el chiquito del Carate, se lo llevó y se lo tiró y se lo tragó la serpiente. Y ya se vino sola, y llegó y pasó y ya le salió a la señora:
—¿Diay?, ¿qué me hizo el chiquito?
—No —dice— el chiquito, ¿no ha venido?
Y le dice:
—No.
Y ya llegó el Carate y le dice:
—Bueno —dice— señora, el chiquito es hijo mío.
Y Carate ya sabía todas las cosas. El era un hombre muy sabio, naturalmente era sabio, ya por motivos de que ellos naturalizados, por pura naturalidad traían ese entendimiento, esa inteligencia y todo eso. Y ya le dice:
—Usted —dice— yo sé dónde usted dejó el chiquito. Yo sé lo que voy a hacer.
Se fue y llegó donde estaba la serpiente y se agarró con la serpiente, se agarraron, y vino el hombre y agarró la serpiente y donde abrió la serpiente el hocico para tragárselo a él le metió la mano y agarró el rabo por el otro lado y la hizo un puño, la hizo como una torta, y le dio vuelta, le sacó el rabo otra vez, le jaló el rabo y la dejó... lo de adentro por fuera y lo de afuera por dentro, la volvió al revés como él quería, la hizo. Claro, porque también él era un hombre muy preparao para la pelea con cualquier animal. Entonces la serpiente quedó ahí, quedó inútil porque, diay, ¿qué podía hacer ahí? Ahí se moría. Y esa serpiente no fue uno, fueron varios chiquitos, muchachos, niños que se tragaba, le llevaban como alimento. Ellos la tenían como un dios que ellos lo veneraban, a ese animal (Hernández en Quesada Pacheco 1996, 286-288).
b) Antonio Sánchez Rivera (Polca)
Ese viejito, (63) ese lo oí contando de una culebra que curaba a la gente, porque llevaba una flor así, en el, digamos, en la boca, o mejor dicho en el hociquito. Y hubo quien se lo quitara, y con eso siguió curando la gente. Y el que mordía la culebra ahí, y él llevaba la florcita, y con aquello llegaba a donde estaba el picado de culebra, el mordido de culebra, y lo curaba.
I: —¿Y qué pasó con esa culebra?
A: —La culebra se jue, quién sabe para dónde. Le dejó al señor... fue... todo eso, donde él estaba acostado durmiendo. Dicen que le llegó la culebra así, traiba una florcita. Entoes el señor la... se dispertó y la vio donde estaba. Esa era una florcita milagrosa pa curar. El hombre siguió curando con eso (Sánchez Rivera en Quesada Pacheco 1996, 288).
Notas:
62) Es decir, varias historias o leyendas. Al menos tres de las leyendas narradas por don Jesús tienen como personaje principal a Carate (Quesada Pacheco 1996, 302n62).
63) Se refiere a su suegro, de más de 90 años (Quesada Pacheco 1996, 302n63).
Referencia: Quesada Pacheco, Miguel Ángel. Los Huetares. 1.ª ed. Cartago: Editorial Tecnológica de Costa Rica, 1996.
íyitkabë: las culebras de las cosas
Las serpientes de los castigos (bribri: íyichibë, "culebras de las cosas") constituyen una categoría de seres míticos de la religión bribri encargados de sancionar las malas conductas cometidas durante la vida.
Según la tradición, cada alimento, animal, objeto e incluso determinadas relaciones humanas posee su propia serpiente tutelar, la cual espera a las almas en el camino hacia Sulà, el mundo de origen y destino de los espíritus.
Su función principal es juzgar si la persona vivió conforme a las normas establecidas por Sibö, castigando especialmente la mezquindad al compartir alimentos, considerada una de las faltas más graves dentro de la ética bribri, aunque también sancionan el maltrato de animales, la mentira, el abuso sexual, la pereza y otras conductas reprobables.
Los castigos suelen consistir en una inversión hiperbólica de la falta cometida: el alma debe enfrentarse precisamente a aquello que negó, abusó o falseó durante su vida.
En los cantos funerarios (sũwõ') las serpientes ocupan un lugar central, pues el Canto 9 describe a las cuatro serpientes que corresponden a cada falta —negra, roja, moteada y blanca— con el propósito de advertir y preparar al alma para su encuentro durante el viaje al más allá.
Diversos relatos tradicionales vinculan además el origen de estas serpientes con los acontecimientos de la creación del mundo y la protección de la canasta que contenía las semillas de la humanidad, mientras que otras tradiciones las relacionan con Shulékma̱, el Señor de las Culebras, cuyas "flechas" son las serpientes que existen en el mundo visible (García 1982, 24–27; García y Jaén 1996, 36–37; Cervantes Gamboa 1991, 88–99; Cervantes Gamboa 1993, 120–122).
Referencias:
Cervantes Gamboa, Laura. «La temática de los cantos fúnebres bribris». Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica 17, n.º 1–2 (1991): 81–104.
Cervantes Gamboa, Laura. «Origen y destino de las almas después de la muerte en la religión bribri». Káñina. Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica 17, n.º 2 (1993): 213–223.
García, Francisco. «Las Culebras de los Castigos». En Tradición oral indígena costarricense, editado por María Eugenia de Wille y Carmen María Cubero Venegas, vol. 3, n.º 1, 24–25. San José: Universidad de Costa Rica, 1982–.
García, Alí, y Alejandro Jaén. Ìes sa' yilìte: Nuestros orígenes. Historias bribris. San José: A. García, 1996.
El origen de las estrellas en el sũwõ'
En la tradición oral bribri y cabécar, la serpiente constituye uno de los pilares del orden cósmico concebido por Sibú. No aparece únicamente como un animal poderoso o temible, sino como un ser primordial cuya existencia hace posible la construcción del universo, el origen de las estrellas, el mantenimiento del firmamento, la regulación del tiempo agrícola y la manifestación de diversos fenómenos celestes. Su presencia atraviesa la cosmogonía talamanqueña desde la creación del mundo hasta la explicación del movimiento de los astros, convirtiéndose en uno de los símbolos más complejos y fundamentales de esta tradición.
Cuando Sibú decidió construir la gran casa universal destinada a los bribris y cabécares, necesitó amarras para sostener la cubierta cónica que representaría la bóveda celeste. Como todavía no existían bejucos apropiados, acudió a una inmensa serpiente que habitaba debajo del lugar donde nace el Sol, en el oriente. Esta serpiente poseía largos bigotes, y Sibú envió a cinco hombres para arrancarle uno de ellos, entregándoles como ayuda su bastón, elaborado con su propio cordón umbilical. Siguiendo las instrucciones del creador, uno de los hombres logró arrancar un solo pelo del bigote, tan enorme que fueron necesarios veinticinco hombres para enrollarlo y transportarlo. Durante la empresa murió quien había arrancado el pelo, pero Sibú le devolvió la vida. Con aquel gigantesco bigote amarró la estructura del techo de la gran casa del mundo, del mismo modo en que se amarraban las viviendas indígenas, y cada uno de los nudos formados en aquellas amarras se convirtió en una estrella (Stone 1993, 122).
La tradición recopilada por González Chaves y González Vásquez amplía este episodio al señalar que los bejucos utilizados por Sibú terminaron transformándose en una materia incorruptible y luminosa. Aquello que originalmente eran bejucos pasó a convertirse en las estrellas que alumbran la noche, pues el mundo necesitaba luz para no permanecer eternamente en tinieblas. En consecuencia, las estrellas no son concebidas como cuerpos independientes, sino como los nudos visibles de las amarras que sostienen el techo de la casa cósmica construida por Sibú (González Chaves y González Vásquez 1989, 115-117).
Esta concepción convierte a las serpientes en auténticos elementos estructurales del universo. La casa ceremonial tradicional de los pueblos talamanqueños reproduce esa misma arquitectura: su cubierta cónica representa el cielo y cada una de sus amarras corresponde simbólicamente a las serpientes que sostienen la bóveda celeste. El cosmos entero aparece así concebido como una gran vivienda cuya estabilidad depende de estos seres primordiales (González Chaves y González Vásquez 1989, 115-120).
Los relatos explican además el origen de las estrellas fugaces. Habitualmente los seres humanos únicamente contemplan los nudos luminosos de aquellas inmensas amarras; sin embargo, cuando alguno de esos nudos se desata, la serpiente completa desciende desde el cielo con todo su cuerpo y su cola. Mario Nersi, de Amubri, relató que en esos momentos pueden verse claramente las serpientes cayendo hacia la Tierra, pero enormes murciélagos que habitan el espacio las devoran antes de que lleguen al mundo, pues de lo contrario incendiarían la creación con su caída. Las estrellas fugaces representan, por tanto, el descenso momentáneo de una de estas serpientes cósmicas y la intervención de otros seres sobrenaturales evita que el equilibrio del universo sea destruido (González Chaves y González Vásquez 1989, 115).
Las serpientes celestes también regulan el tiempo. Diversos informantes cabécares y ngäbes señalaron que las "culebras" visibles en el cielo indican el momento oportuno para preparar la tierra, sembrar, cosechar y reconocer el avance de los meses. El movimiento de determinadas estrellas-serpientes constituye un verdadero calendario agrícola que permite anticipar la llegada de las lluvias y organizar el trabajo comunitario. Rafael Bejarano explicaba que su padre determinaba el momento de las labores agrícolas observando únicamente la posición de estas serpientes celestes, capaces de indicar cuándo terminaba un mes y cuándo comenzaría otro (González Chaves y González Vásquez 1989, 119-120).
La serpiente también aparece vinculada a otros fenómenos celestes. Según Bonatti, María Eugenia Bozzoli registró la creencia en una gran culebra denominada dLu'tLa o tkbëköl, que vive debajo del lugar donde nace el Sol, aparece en los ríos para castigar a quienes han cometido incesto y es identificada por los sukias con el arcoíris e incluso con la Luna llena. De esta manera, el arcoíris deja de ser únicamente un fenómeno atmosférico para convertirse en la manifestación visible de una poderosa serpiente sobrenatural encargada de mantener el orden moral establecido por Sibú.
En la interpretación etnoastronómica desarrollada por Javier Bonatti, las serpientes reaparecen durante el episodio del gran árbol cósmico. Cuando el árbol amenaza con romper el techo del mundo debido a su crecimiento desmesurado, Sibú envía a los aLaLbLuʼ, quienes llevan consigo serpientes identificadas con las estrellas. Estas son tendidas alrededor del árbol formando un gran tapesco o andamio desde el cual puede efectuarse su derribo. Las mismas serpientes que sostienen la bóveda celeste participan así en la conservación del equilibrio del universo, evitando que el árbol destruya el firmamento. Una vez derribado, el árbol termina convirtiéndose en agua y da origen al mar, mientras las serpientes permanecen ocupando su lugar entre las estrellas (Bonatti 1998, 66-67).
En conjunto, los relatos muestran que la serpiente posee una naturaleza profundamente cósmica. Habita originalmente el oriente, presta a Sibú la materia con la cual construye el cielo, se transforma en las amarras que sostienen la casa universal, da origen a las estrellas mediante los nudos de sus bigotes, se manifiesta como estrella fugaz cuando una de esas amarras se desprende, regula el calendario agrícola a través del movimiento de los astros, aparece como arcoíris castigando las transgresiones del orden social y participa en la preservación del universo durante el episodio del árbol cósmico. Más que un simple animal sagrado, la serpiente constituye uno de los principios estructurales de la cosmología bribri y cabécar, pues sostiene literalmente el cielo y mantiene el orden físico, temporal y moral del mundo creado por Sibú.
Referencias
- González Chaves, Alfredo, y Fernando González Vásquez. La casa cósmica talamanqueña y sus simbolismos. San José: Editorial Universidad de Costa Rica / EUNED, 1989, pp. 115-120.
- Stone, Doris. Las tribus talamanqueñas de Costa Rica. San José: Comisión Costarricense V Centenario del Descubrimiento de América, 1993, p. 122.
- Bonatti, Javier. “Una interpretación etnoastronómica y etnobiológica del mito de la mujer que se convirtió en mar.” En Primer Congreso Científico sobre Pueblos Indígenas de Costa Rica y sus fronteras: Memoria, 61-72. San José: EUNED, 1998.
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