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La caja del doctor

La caja del doctor Cuando ocurrió el extraño caso del doctor Milianikoff, que voy a relatar, nuestro Museo Nacional estaba instalado al final de la antigua "Calle del Laberinto", hoy calle 3ª., que la limitaba por el sur. El edificio, ubicado casi al centro de un solar rodeado de tapias de adobes, de una hectárea más o menos, constaba de dos pisos, de paredes gruesas y macizas. El frente de este fundo lo cerraba una verja de hierro que descansaba sobre un potril de piedra y daba acceso a todo, un portón, también de hierro, colocado al propio centro. La casa era de fábrica antigua; al frente, una puerta ancha y dos ventanas laterales. La parte alta tenía la misma estructura: por los costados varias otras ventanas daban luz a diferentes departamentos. Arriba, en amplias salas, estaban las grandes vitrinas que contenían millares de ejemplares de nuestra fauna, hábilmente disecadas por taxidermistas expertos que supieron infundir a aquella naturaleza muerta, la apariencia de una ...

Nita

Nita ¿Cómo habían pasado los hechos…? El juez de instrucción no podía reconstruirlos. Allí estaba el cadáver tendido en el suelo mostrando en la garganta la horrible herida, con la siniestra sonrisa de la muerte. Era un cuartito coquetón, lleno de esos mil adornos de que se complacen en rodearse las mujeres elegantes. Los sillones, el canapé, las mecedoras, el tapiz y las alfombras parecían convidar al recogimiento, al amor íntimo y tranquilo. Los cuadros, de un erotismo velado, contrastaban con aquel cadáver que tenía impreso en el semblante la huella del terror más profundo. El juez meditaba, ordenaba sus apuntes y, a pesar de la costumbre de asistir a semejantes espectáculos, apartaba los ojos de los de la muerta, que fijos, inmóviles, muy abiertos, parecían todavía contemplar, con la mirada fría de ultratumba, la escena que precedió a la extinción de la vida. Era un caso raro, muy raro, misterioso. Juanita X, Nita por apodo, era una de las más bellas sacerdotisas de la Afrodita, en...