Los Siete Negritos
La mica Por Ignacio de la Cruz — 1 — —Cuando Moncha se enoja, se enoja para adentro. Bastaba entonces con morderle suavemente la punta de la oreja, o rozarle los hombros con la lengua, para que desapareciera aquel humo de leña verde que no alcanzaba a asomar en sus ojos, negros, hermosos, con fondo de raíz perenne en la ternura. —Cuando Moncha se enoja, se enoja para adentro. — 2 — —Ten cuidado, José Miguel... Moncha se lo había dicho: —Quedarás muerto en lo más vivo—, pero siempre con un aire de recóndita picardía, en la que por ello mismo la amenaza se trocaba en un juego amoroso. Nada entonces anunciaba esta presencia de animal en salto al anca del caballo, desgajándose de un árbol a la salida del río, en lucha a muerte, como un deseo convertido en fuerza de oscuro maleficio. —Moncha, Moncha, Moncha... Viviría suspirando o maldiciendo por el resto de sus días; persiguiendo, en un amor absurdo, un nombre sin cuerpo ni piernas, sin calor de mujer y almohada. —A ti lo que te falta es...