Del Pueblo
Del pueblo Aquella noche el abuelo estaba complaciente como nunca: ¡él era tan bueno! Media hora antes, de regreso de sus faenas, traía un semblante alegre y en sus labios retozaba una sonrisilla amable. Con regocijo se hallaba en medio de su esposa, sentada en cuclillas al pie del fogón, de sus ocho hijos tendidos en cueros y de sus cuatro muchachas arrepolladas en el suelo. Allí, moviendo sus pies en unos zapatos amarillos, con las perneras arremangadas y satisfecho por extremo, después de su rosario cotidiano y de su rústica cena de tortillas aliñadas y tibio, se disponía a contarles algo de las "gentes de antes" y de las supersticiones de los viejos. Y comenzó así: - Si ustedes vieran, hijitos, a cuánto poder alcanza la maldición de un sacerdote o como decimos, de un Padre. Milagro patente es el de ese animal que vivía en la mar llamado La Sirenia, y que se aparecía al prójimo en forma de mujer de la centura p'arriba y de los cuadriles p'abajo lo mismo que un peje...