La fiesta del sol y del maíz Chorotega

 Ritos y ceremonias

La celebración de ritos y ceremonias se hallaba íntimamente asociada al calendario. Tal y como hemos señalado con anterioridad, el modo de subsistencia fundamental de los Nicarao y Chorotega fue el cultivo de ciertos productos, por lo que la relación entre los ritos y ceremonias con los ciclos agrícolas fue una realidad. En consecuencia, la celebración de la mayoría de las fiestas de estos pueblos, coincidieron con el inicio o la finalización de las tareas agrícolas. Según Fernández de Oviedo

“Tienen diversos dioses, y así en el tiempo de su cosecha de maíz, o del cacao o del algodón o frijoles, con día señalado, y en diferentes das, les hacen señaladas y particulares y diferentes fiestas, y sus areitos (ceremonias) y cantares al propósito de aquel ídolo y recogimiento del pan o fruto que han alcanzado.” (parafraseando a Oviedo, 1976: 306)

Debido a la calidad de las tierras, en ciertas áreas de la Gran Nicoya se llegaron a producir tres cosechas anuales de maíz, tal fue el caso del cacicazgo de Nicoya, donde Fernández de Oviedo describió otras tantas ceremonias relacionadas con la recolección de dicho cultivo:

“En tres tiempos del año, en dias señalados que ya tienen por fiestas principales, este cacique de Nicoya, y sus principales y la mayor parte de toda su gente, así hombres como mujeres, con muchos plumajes y aderezados a su modo y pintados, andan un areito a modo de contrapás (un tipo de baile) en corro (círculo), las mujeres tomadas de las manos y otras de los brazos, y los hombres en torno de ellas más afuera así tomados [de los brazos], y con intervalo de cuatro o cinco pasos entre ellos y ellas, porque en aquella calle que dejan en medio, y por de fuera y de dentro andan otros dando a beber a los danzantes, sin que cesen de andar los pies ni de tragar aquel su vino: y los hombres hacen meneos con los cuerpos y cabezas, y ellas por consiguiente.” (parafraseando a Oviedo, 1976: 438).

La celebración de dichas fiestas se hallaba acompañada de una extraordinaria parafernalia. Tanto los hombres como las mujeres lucían una indumentaria y ornamentación especial para la ocasión, se consumía abundante chicha de maíz- generalmente la fiesta terminaba en una borrachera colectiva- y cacao, se fumaba tabaco y tenían lugar diferentes bailes y músicas.

“Un sábado diez y nueve de agosto de mil quinientos veinte y nueve años, en la plaza de Nicoya, Don Alonso, cacique de aquella provincia, por otro nombre llamada Nambí, (...) dos horas antes que fuese de noche, a una parte de la plaza comenzaron a cantar y andar en corro en un areito hasta ochenta o cien indios, que debían ser de la gente común y plebeya, porque a otra parte de la plaza misma se sentó el cacique con mucho placer y fiesta en un dúho o banquillo pequeño, y sus principales y hasta otros setenta o ochenta indios en sendos dúhos. Y comenzó una moza a traerles de beber en unas higueras (jícaras) pequeñas, como escudillas o tazas, de una chicha o vino que ellos hacen de maíz muy fuerte y algo ácida (...). Y así cómo comenzaron a beber, trajo el mesmo cacique un manojo de tabacos que son del tamaño de un jeme, y delgados como un dedo, y son de una cierta hoja arrollada y atada con dos o tres hilos de cabuya delgados (...) y las enciende por el un cabo poca cosa, y entre sí se va quemando (como un pibete) hasta que se acaba de quemar, en lo cual dura un día: y de cuando en cuando se lo metían en la boca por la parte contraria de donde arde, y chupan para dentro un poco despacio aquel humo, y se lo quitan, y tienen la boca cerrada, y retienen el resuello un poco, y después alientan y les sale aquel humo por la boca y las narices. (...) Y continuando el beber, llendo y viniendo indios e indias con aquel brebaje, y vueltas del cual les traían otras higüeras o tazas grandes de cacao cocido, como ellos lo acostumbran beber (pero de esto no toman sino tres o cuatro tragos, y de mano en mano, ora de lo uno, cuando de lo otro, entremedias tomando aquellas ahumadas (tabaco), y tañendo entre ellos con las palmas un atabal y cantando otros), estuvieron así hasta media noche, que los más de ellos cayeron en tierra sin sentido, embriagados, hechos cueros”. (parafraseando a Oviedo: 435-436),

Todo ello acompañado, evidentemente, de danzas como la descrita por Girolamo Benzoni (1967: 169)

“(...) se reúnen doscientos o trecientos y aun tres y cuatro mil. según la mayor o menor población de la provincia; limpian muy bien el sitio donde van a bailar; uno de ellos se pone adelante para conducir la danza, yendo casi siempre hacia atrás y volviéndose de cuando en cuando. Aquellos que tocan los tambores entonan algunas canciones, y el conductor de la danza es el primero en contestar; luego lo mismo hacen a su vez todos los demás. Quien lleva en la mano un abanico, quien una calabaza con algunas piedritas adentro, quien plumajes en la cabeza, quien sartas de conchas marinas alrededor de los brazos y de las piernas; algunos giran de una manera y otros de otra, unos levantan las piernas, otros los brazos, hay quien hace el ciego, el cojo, quien ríe, quien llora, y así con muchos gestos, siempre tomando de aquel cacao de ellos, bailan todo el día y a veces parte de la noche”.

“(...) y después que cuatro horas o más han andado aquel contrapás delante de su mezquita o templo en la plaza principal en torno del montón del sacrificio, toman una mujer u hombre (el que ya ellos tienen elegido para sacrificar) y lo suben en el dicho montón y le abren por el costado y le sacan el corazón, y la primera sangre de él es sacrificada al sol. Y luego descabezan a aquel hombre y otros cuatro o cinco sobre una piedra que está en el dicho montón en lo alto de él, y la sangre de los demás ofrecen a sus ídolos y dioses particulares, y los untan con ella, y se untan a sí mismos los besos y rostro aquellos interceptores o sacerdotes, o mejor diciendo, ministros manigoldos (rufianes) o verdugos infernales; y echan los dichos cuerpos así muertos a rodar de aquel montón abajo, donde son recogidos, y después comidos por manjar santo y muy preciado”. (Oviedo, 1976: 438)

En aquel instante que acaban aquel maldito sacrificio, todas las mujeres dan una grita grande y se van huyendo al monte y por los boscajes y sierras, cada una por su parte o en compañía de otra, contra la voluntad de sus maridos y parientes, de donde las tornan a unas con ruegos, y a otras con promesas y dádivas, y a otras que han menester más duro freno, a palos y atándolas por algún día hasta que se les ha pasado la beodez (embriaguez); y la que más lejos toman, aquella es más alabada y tenida en más.

Otro tipo de sacrificio, quizá más preciado que los anteriores, fue el que se propiciaron a sí mismos los sacerdotes y caciques. Refiriéndonos a los de Nicoya, Fernández de Oviedo cuenta como

“Aquel día u otro adelante de la fiesta de las tres, cogen muchos manojos de maíz atados, y lo ponen alrededor del montón de los sacrificios, y allí primero los maestros o sacerdotes de Lucifer, que están en aquellos sus templos, y luego el cacique, y por orden de los principales de grado en grado, hasta que ninguno de los hombres queda, se sacrifican y sajan (cortan), con unas navajuelas de pedernal agudas, las lenguas y orejas y el miembro o verga generativa (cada cual según su devoción), e hinchen de sangre aquel maíz y después lo reparten de manera que alcance a todos, por poco que les quepa, y lo comen como cosa muy bendita” (parafraseando a Oviedo, 1976: 438-440).

Según Samuel Lothrop (1964:137), este tipo de sacrificio estaba únicamente dedicado a Tamagastad, ya que debido a su importancia era la única ceremonia digna de este dios. No obstante, los informantes de Bobadilla afirman que estos sacrificios eran ejecutados únicamente para el dios Mixcoac, para que les favoreciera en las transacciones comerciales

Fuentes:

Benzoni, G. (1967). La historia del nuevo mundo.

Blog Cuasrán. (2012). Mitología Chorotega. En: http://cuasran.blogspot.com/2010/01/mitologia-chorotega.html

García, P. J. (2002). De la Gran Nicoya precolombina a la provincia de Nicaragua, s. XV y XVI. páginas 229-233, 239, 242 En: https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/701/TOUS_A.pdf?sequence=2

Oviedo y Valdez. G. F. (1976). Nicaragua y los cronistas de Indias: Oviedo., Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez.

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