Cartago, la antigua
IMPRESIONES DE VIAJE
Cartago, la antigua
Al visitar la Noble y Leal Ciudad de Cartago, su propio nombre hace pensar en los vestigios de una raza de leyenda que perpetuara su tenacidad y su valor, en construcciones de piedra, paredes de adobes de gran espesor y ventanales de hierro y acero, que guardaran el honor de la casta de las acechanzas del siglo.
Pero hay cierta desilusión natural al ver una ciudad de estilo moderno, que más parece en formación lenta, que habla del pasado legendario el cual se remonta a la época colonial y cuenta de frailes de capuchas negras y linternas sordas, transitando por las callejas oscuras en aventuras políticas; cofradías prohibidas invocando el nombre de la moral cristiana y apuestos capitanes, seductores de mozas, que llegaban a ensombrecer apellidos ilustres y llenar de pena hogares que la crueldad de los hombres —que no es mal de ayer— se encarga de mortificar en el comentario de la tertulia y de avivar con la mirada maliciosa y el recelo demostrado al pasar cerca de la casa en desgracia, como si se tratara de un lugar maldito.
La corrupción del siglo XVIII que en la vieja Europa hizo época, repercutió hasta las lejanías de la floreciente América y la concupiscencia se extendió rápidamente, haciendo blanco en la Noble y Leal Ciudad, que era asiento del gobierno español en nuestro país. De esa situación de Cartago la antigua, nos hablaron otras crónicas.
DIAS GRISES Y AZULES
El clima de Cartago es siempre de lo más atrayente; sus brumas que parecen poner en el rostro un baño de frescura, hacen eterna la juventud, al decir de Fray Juan.
Hay días oscuros, en que la naturaleza presenta tonos grises; lloviznas, nieblas, frío que se cala hasta los huesos; una temperatura que obliga a sacar los jubones del invierno y que más aconseja guardar prudente recogimiento dentro de la casa.
Pero hay otros muy azules, llenos de luz y de vida. Todo es entonces alegre y provocativo; los caminos y las montañas invitan a la peregrinación campestre; amanece el día llamando a vivir la vida, amando mucho, sintiendo más y mirando siempre al cielo.
Estos días azules, así intercalados entre los grises, son más escasos y por eso se aprecian mejor.
Hay una armonía universal que asombra. El placer se hace más notorio proporcionado prudentemente y la brillantez de un día de sol se siente mejor después de transcurrir varios días fríos y brumosos.
Y esto es algo típico de Cartago, que hace la vida amable y canta al amor, que es fe y esperanza.
LA PUERTA CERRADA
La ciudad sigue siendo tranquila y quieta, sobre todo en las noches.
Los hoteles están llenos de pasajeros; hay familias que pasan su temporada en casas particulares y sin embargo, el Parque está desierto aun en las horas de sol y hay calles que hacen pensar en una ciudad abandonada.
A la salida del teatro las casas están a oscuras y las puertas cerradas.
No hay señales de vida, y hasta los focos del alumbrado público parecen candiles que se consumieran en descanso y alivio de los fieles difuntos.
Pobre del visitante que no encontró asilo en un hotel; su pena, aumentada por el frío y la soledad, no le permitirá pensar en las delicias de una noche de bohemia, sino que le aconsejará buscar un cafetín o una bohardilla del arrabal, donde los rigores del tiempo sean menos sensibles.
Entonces se piensa como el lírico Rafael Ángel Troyo hizo su bohemia a costa de su capital.
SOMBRAS DEL PASADO
Entre los parroquianos hay uno que nos interesa.
Se llama José María Coma, hijo de un español y costarricense de nacimiento.
Fue compañero de bohemia de Rafael Ángel Troyo y no faltó quien le atribuyera parte de la tarea literaria del poeta muerto al salir de un templo.
Nos informa que guarda un recuerdo de su amigo: el bastón que llevaba la noche trágica en que buscó la muerte atraído por un coro de voces infantiles que cantaban dentro de la capilla del asilo de niños huérfanos.
Repite la escena dolorosa. — Caminábamos, aprovechando la tranquilidad de la tarde; vino el terremoto que es como un cuerazo que no da tiempo de escudar el cuerpo.
Troyo, que se adelantó a correr, recibió el golpe de la torre desplomada y no pudo articular palabra.
Después nos habla de proteger a un poeta joven que se muere en ese ambiente que embota y nulifica.
Y como para que no resalte la soledad y pobreza en que vive, nos muestra una tarjeta de Mario Sancho que le llama cariñosamente "Comilín" y nos habla de sus relaciones con poetas y escritores que intimidaron con él en las veladas de Troyo que frecuentaron, entre otros, Rubén Darío, Santos Chocano y Froilán Turcios.
Después nos relata historias antiguas: la llegada de su padre a formar parte de la Empresa de Diligencias, hace medio siglo, en compañía de Miralles, Zebó y Feo.
Y mientras seguimos sorbiendo cerveza y logramos saber que hizo vida periodística en "La República", y escribió crónicas, evocamos sombras del pasado y soñamos con el culto de la lechuza, los placeres de la morfina y las delicias de una bohemia con dinero y buen gusto.
Pensamos que en verdad Rafael Ángel Troyo fue un artista y el rumor de la calle que atribuye al Maestro José Campabadal su música y a Coma su prosa, no es sino el eco de la maledicencia que encona el desprecio y la superioridad, que como la montaña, no desciende, sino que permite al trillo que llegue hasta la cima, donde la luz es más densa y más amplio el horizonte.
EL TEMPLO ABANDONADO
Pasamos luego bajo la sombra que proyectan los altos muros de piedra del monumento que la fe cartaginesa quiso levantar para que sirviera de parroquia.
Sentimos el dolor de esas ruinas de edificios que se proyectaron sin calcular su costo y se quedaron en cimientos o simples paredes abandonadas, que el tiempo se encarga de cubrir con musgos para borrar la impresión de impotencia humana y dejar la sensación de ruina de pasadas grandezas.
En una de las esquinas se ha construido una casa de madera, que contrasta con la solidez de las paredes desquiciadas que se mantienen en pie, como simbolizando la fe que no pasa.
Una cerca de zinc impide la entrada al interior de la ruina y por los huecos de las ventanas se asoman los arbustos que crecen allí dentro, burlando el respeto que el lugar santo merece.
Y sentimos un grito de protesta contra ese abuso de encerrar las ruinas, que deben ser lugar de peregrinación, y lo que es peor, de afear su presencia con la casa construida al lado.
Recordamos entonces al poeta Turcios que, en un arranque de lirismo, nos manifestó la tarde anterior:
—Si yo tuviera poder o capital terminaría esa obra, único vestigio de una raza que fue hierro, acero y piedra.
EPOCA MUNDANA
Pero es que la época es otra; la frivolidad del siglo se ha colado.
Ya no se observan los ojos escudriñadores que miran tras el visillo de la ventana, ni hay muchos labios que vivan en oración, ni fe suficiente para hacer sacrificios de capital y vidas.
La época es otra: de bailes, escotes y ligerezas mundanales.
El caso lo relata bien un comentario de una anciana que vive haciendo flores para la Virgen, educa huérfanas con sus pobrezas y enseña a los niños a rezar y a aprender de memoria el catecismo.
—Figúrese— decía santiguándose —que la Madre Antonia abandonó la Escuela Cristiana, horrorizada de las modas y costumbres de hoy. Llegó una niña con gran escote y traje corto y la reconvino de la prohibición del reglamento para usar esos trajes dentro de la Escuela Cristiana y le habló del pudor y de la moral que hace sanas las personas de cuerpo y alma. Ella no dijo nada, pero contestó con malacrianza. Se aumentó el descote, recogiendo su blusa con alfileres y no acortó el vestido porque no daba lugar... Vea usted qué pecado...
Y mientras se santiguaba ingenuamente, pensamos con dolor en la tristeza de rezagarse un siglo, cuando la vida es renovación.
Pero... al fin echamos de menos a Cartago, la antigua.
FRANCISCO MARIA NUÑEZ
Referencia: Núñez, F. M. (10 de febrero de 1921). Cartago, la antigua. Diario de Costa Rica, p. 2.
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