Del Pueblo
Del pueblo
Aquella noche el abuelo estaba complaciente como nunca: ¡él era tan bueno! Media hora antes, de regreso de sus faenas, traía un semblante alegre y en sus labios retozaba una sonrisilla amable.
Con regocijo se hallaba en medio de su esposa, sentada en cuclillas al pie del fogón, de sus ocho hijos tendidos en cueros y de sus cuatro muchachas arrepolladas en el suelo. Allí, moviendo sus pies en unos zapatos amarillos, con las perneras arremangadas y satisfecho por extremo, después de su rosario cotidiano y de su rústica cena de tortillas aliñadas y tibio, se disponía a contarles algo de las "gentes de antes" y de las supersticiones de los viejos. Y comenzó así:
- Si ustedes vieran, hijitos, a cuánto poder alcanza la maldición de un sacerdote o como decimos, de un Padre. Milagro patente es el de ese animal que vivía en la mar llamado La Sirenia, y que se aparecía al prójimo en forma de mujer de la centura p'arriba y de los cuadriles p'abajo lo mismo que un peje.
Pos es el caso que había en una irla (isla) un muchacho muy guapo, mentado Nicolás, alto y derechito como una mata de plátano y todo él de buena hechura.
Tenía la rutina de irse a bañar todos los días del mundo a la orilla de la playa, chingo en pelota; bien agarrao de un bejuco esperaba que las olas llegaran en brinquitos y lo envolvieran en espuma.
Algunas habladurías de la gente sobre la necedá de Nicolás y sobre el pecao que cometía bañándose pa los días Grandes, obligaron al tata-padre a prohibirle tal costumbre. Y ¿han de crer? el retobao se sostuvo en sus cinco y no hizo caso. Entonce el padre le echó una maldición diciéndole:
- Anda, que pez te has de volver.
Dicho y hecho, apeniticas se metió playa adentro, cogió la figura que tiene, un Jueves Santo por más señas.
- ¡Hijo de Dios! exclamaron a una voz todos los vástagos del abuelo.
- Y diay - preguntó uno.
- De allí p'alante La Sirenia es un espíritu y se relaciona con el Pizuicas. Siempre está nadando alrededor de la irla y cuando sabe que hay algún muerto o algún novio en su casa, manda a pedir una canoa y asiste a la vela o al casamiento.
Entonce, ese animal explica todo lo que en el mar le ha pasao, las hambres y trabajos y los pleitos que ha tenío con los demás pejes.
- iAh!... cuando va a los novios, ninguno de los convidaos se le quita d'enfrente y un gentío oye sus historias.
Uf... si recuerdo como si ayer juera, el cuento que corría de La Sirenia. Una vez suplicó a la familia, que cuando se casara su hermanita menor lo convidaran sin falta, porque sería la última ocasión que las vería.
Y así jue: después del matrimonio nadie volvió, ni volverá a ver hasta la consumación de los Siglos, a la Sirenia de cuerpo de cristiana y de peje.
Fuente: Zeledón-Cartín, E. (2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. Editorial Costa Rica, página 207.
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