La melancolía río abajo

La melancolía río abajo


Cuenta la leyenda que Margua, hija del cacique Gurutiña, era de belleza extraordinaria. Escultural el cuerpo, majestuoso el andar, su mayor encanto residía, sin embargo, en la dulzura y perfección del rostro. La abundante y sedosa cabellera resaltaba aún más la hermosura de aquella cara oval, de líneas puras y seductor cutis. En su tez clara, insólita en las jóvenes aborígenes, todo era limpieza, suavidad, frescor.

La tribu de Gurutiña vivía en el litoral del Pacífico, entre los ríos Aranjuez y Chomes. Su hechicero, Tabiyú, atemorizaba en la región con el poder de su magia. Dueño y señor de los maleficios, toda la comarca lo respetaba. Conocía piedras, arcillas, raíces, plantas y frutas misteriosas, con las cuales preparaba bálsamos, ungüentos, filtros y licores miríficos.

Deseoso de que Margua conservara la belleza y limpidez de la faz, el brujo, secretamente enamorado de la joven, alistaba un elíxir especial: flores acuáticas, el jugo de una baya recogida al borde de un yurro, rocío y espuma marina. Para que el líquido adquiriese virtudes sobrenaturales, debía recibir, en la copa de un cenízaro, durante tres noches consecutivas, los rayos de la luna llena. Después, al atardecer, inmersa en las olas hasta la cintura, desnuda, la moza echaba siete gotas del elíxir en una jícara, llena de agua nacida, y bebía lentamente, degustándola, la fabulosa poción, con la vista fija en el sol declinante.

Cuando la niña cumplió quince años, Tabiyú, mientras tocaba el rostro de la niña, pronunció unas extrañas palabras, de sentido profético: "¡Que las flores preserven la belleza de la flor!"

Un verano, Tacoye, indio joven y apuesto, fuerte y bizarro sobrino del célebre cacique Garabito, fue en misión de trueque a Chomes. Las gestiones duraron ocho días. Aquí conoció a Margua y solicitó su mano. Por su abolengo y prestigio, le fue concedida gustosamente. Gurutiña sólo puso una condición: que la boda se verificase en Guacimal, pues la tribu entera deseaba celebrar en grande el connubio de aquella beldad exótica, legítimo orgullo de la comarca.

El novio estuvo de acuerdo; pero explicó al futuro suegro que, en ese caso, debería regresar al valle de Coyoche, donde vivía, para informar a su gente sobre el magno acontecimiento y volver con lo necesario. Era el mes de abril.

En seis días hizo el viaje de ida y vuelta. Gurutiña, jefe magnánimo, conocía el arte de festejar los hechos memorables. Las fiestas nupciales fueron presididas por el boato y la abundancia.

Tres días después del enlace, los cónyuges retornaron a Coyoche, escoltados por guerreros de ambas tribus. El pueblo recibió efusivamente a la pareja. Tras las presentaciones de rigor, los consortes partieron hacia la ribera derecha del Río Grande de Tárcoles. Se instalaron en un grato y perfumado bosquecillo, que tenía al frente la poza más grande y profunda del contorno. Por el sector oeste del boscaje, pasaba una quebrada umbría, de aguas frescas y diáfanas, que desembocaba en el río.

Pasaron cinco días de ensueño, de dicha total, de gozo edénico, entre descansos y correteos, entre frescuras y ardores. Y llegaron a quererse con pasión, con todo el cuerpo y toda el alma.

Mientras nadaban desnudos, bajo el sol, solos, dueños absolutos de aquella poza cristalina, ligeramente tibia, los envolvía la más dulce sensación de intimidad y gloria, de plenitud y regocijo, de posesión y entrega. Era gratísimo el efecto balsámico y reparador de aquellas aguas luminosas, impregnadas de perfume silvestre.

En las horas de bochorno, solían tumbarse sobre el suelo, a la sombra de un árbol, con filamentos de hierba aromática en la boca.

Allí, reclinados sobre un tronco seco, con los pies colgando sobre el agua, contemplaban silenciosos el esplendor del cielo azul, el vuelo de las garzas, el retozo de las ardillas en los verdes follajes, el revoloteo de las mariposas sobre las flores. Todas las mañanas, después del baño, Tacoye, el primero en levantarse, obsequiaba a Margua con un ramo de flores.

La noche del quinto día, víspera del regreso, el calor era sofocante. La joven estaba bien dormida. La poza, plateaba por la luna, exhalaba paz y frescor. Insomne, Tacoye resolvió ir a bañarse.

Nadó un trecho río arriba. El agua, límpida y vivificante, le envolvió el cuerpo en lechosas suavidades. Luego se puso a flotar de espalda, mirando la luna, ido, y se dejó arrastrar por la corriente. Aspiró con deleite las emanaciones de la montaña florida, que vagaban en el aire estival.

En una rama, casi sobre la cabeza de Margua, Tabiyú, transformado en lechuza, miraba alternativamente al gallardo rival en el río, flotando, y a la linda joven, abajo, dormida. De su curvo pico, cayeron varias gotas sobre aquel rostro perfecto. Luego voló hacia un ojoche.

Pronto, por el este, Tacoye oyó un fortísimo retumbo. Se volvió. Nadó hacia el playón. Fue entonces cuando pudo percibir, horrorizado, la montaña de agua rugiente, llena de palos y ramazones, que se le venía encima con fuerza arrolladora. A todo pulmón, llamó a su mujer. El grito cortó el sueño de Margua. Se incorporó, perpleja. Buscó. A la luz de la luna, pudo ver, atónita, a su amado en medio de aquella repentina cabeza de agua, dando violentos tumbos entre el hervor de la formidable correntada.

El sufrimiento de la viuda fue atroz. Por la mañana, al lavarse en la quebrada, Margua se observó en el rostro unas manchas blancas. Cuando llegaron los aborígenes encargados de escoltarlos, la india, entre convulsiones y sollozos, habló de la insólita cabeza de agua, en pleno verano, y de la aciaga suerte de Tacoye.

Mientras los súbditos buscaban el cuerpo del ahogado, cauce abajo, la joven se encaminó a la orilla del río. Aquí, sola, llorosa, con la cara llena de "melancolía", empezó a tirar en la corriente las flores que el esposo le había dado. Y abrumada por la pena, siguió con la vista, cada flor, hasta verla desaparecer en el primer meandro.

Al concluir el florido adiós, se dirigió a la quebrada umbría, para beber un sorbo de aquellas refrescantes aguas. Al inclinarse, vio que habían desaparecido las manchas blancas.


Referencia: Altamirano, C., L. (1993). Cuentos del Tárcoles, 1 ed., pp. 93-95. San José, Costa Rica: EUNED.


Resumen

En tiempos precolombinos vivió Margua (hija del cacique Gurutiña) de extraordinaria belleza. Tabiyú, el hechicero de su tribu, se había enamorado de ella y le dio una pócima para preservar su belleza con la esperanza de que lo correspondiera.

Pero un día Tacoye, sobrino de Garabito, llegó al pueblo, conoció a Margua, se enamoraron, se casaron, y se fueron de luna de miel a la ribera del río Tárcoles, donde Tacoye le regalaba flores cada mañana.

La noche antes de regresar, Tabiyú, celoso, se transformó en lechuza y voló hasta donde estaba la pareja, escupió en la cara de Margua dejándole unas manchas blancas, luego causó una cabeza de agua que mató a Tacoye, quien se encontraba nadando.

Sus gritos despertaron a Margua, quien solo pudo observar. Por la mañana fue a tomar agua a una quebrada, vio las manchas en su cara, y cuando sus hombres llegaron a buscarlos para escoltarlos de vuelta, ella les contó todo y les pidió que buscaran el cuerpo.

Mientras tanto, ella se puso a tirar las flores al Tárcoles, cuando terminó, las manchas desaparecieron de su cara.

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