Te creo
Ilustrador: Marco Campos Acuña .
Te creo
Patricia Araya
Hace más de siete años, escuché la aterradora experiencia de las dos vecinitas de al lado, la cual, como decimos en Tiquicia, «me puso los pelos de punta». La madre de las dos niñas salía del trabajo tarde por la noche, así que cuando yo volvía del mío, las pequeñas venían a mi casa a recibir clases de cocina.
Una tarde, Melissa, la mayor —de ocho años—, de pronto me preguntó muy seria:
—¿Usted cree que existan los fantasmas o los demonios y que se le aparezcan a una?
Me quedé helada ante semejante pregunta, pero, como en lo posible trato de no mentirle a los niños, le contesté sinceramente:
—Pues la verdad es que sí, Meli. ¿Por qué me lo preguntás?
La pequeña se debatía entre seguir o mejor callar. Valeria, su hermanita de seis años, la animó:
—¡Meli, cuéntele a ver qué le dice!
Eso ayudó a la niña mayor a decidirse.
—Es que me ha estado pasando algo muy raro por las noches; nadie de mi familia me cree. Dicen que son sueños, ¡que soy medio sonámbula! Pero yo sé lo que veo, ¡no estoy dormida! —afirmó con vehemencia.
—Tranquila, decime qué te está pasando. —La animé.
Ella explicó:
—Yo siempre me levanto en la madrugada para ir al baño y hace como ocho días, cuando bajé las gradas, al final de ellas había una mujer. Estaba de espaldas a mí; ella es alta, muy delgada, con el pelo muy largo... le llega como a las rodillas y es todo blanco. Ella es como transparente; aunque la primera vez creí que era mi mamá. Cuando le dije «mami», ella negó con la cabeza. Entonces yo miré hacia la cama de mis papás y los vi ahí dormidos. Cuando volví a ver al frente, la mujer ya no estaba. Por eso no he bajado más por las noches. Pero anoche fue diferente. Tenía que ir al baño y no podía aguantar. Cuando bajé, no la vi..., pero al volver a subir sentí como que me soplaron en la oreja. Miré atrás y ahí estaba igual, de espaldas. De pronto, se volteó, ¡y no tenía ojos! ¡Solo nariz y una boca enorme y negra. La abrió y le llegaba casi al final del cuello. Hizo un ruido horrible y sentí como que me jalaba el alma. Fue ahí cuando pegué un grito y mis papás se levantaron asustados. Después de contarles todo, no me creyeron; más bien, me regañaron. ¡Nadie me cree que ella me quiere llevar y no sé qué hacer! —finalizó llorando.
—Bueno, Meli, yo sí te creo. La próxima vez que se te aparezca, decile: «¡Vete porque Jesús está conmigo porque me ama!» —la consolé. Eso pareció calmarlas a las dos y se fueron más tranquilas para su casa.
Pasé todo el día siguiente preocupada por ellas. Cuando regresé de mi trabajo me estaban esperando muy felices. Atropelladamente, exclamaron: «¡Funcionó, funcionó!». Me sentí feliz.
En mi casa, Meli terminó su relato: —Anoche volvió. Yo me asusté mucho cuando abrió su boca. Al sentir que me jalaba le dije que Jesús estaba conmigo, ¡y sabe qué pasó? ¡Gritó bien feo y salió disparada por la puerta del patio! ¡El grito fue tan horrible que hasta despertó a mis papás. Ellos dicen que fue el viento a través de las latas del techo, pero no importa. ¡Ahora sé que no va a volver!
Poco después esa familia se mudó, pero desde entonces no he podido volver a ver esa casa como antes. ¿Seguirá allí ese espectro?
Referencia: Araya, Patricia. 2016. «Te creo». En Crónicas de lo oculto: Relatos de espantos y leyendas de Costa Rica, editado por Roberto Saravia y Pablo Delgado, 99-101. San José: Editorial Clubdelibros.

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