Nita
Nita
¿Cómo habían pasado los hechos…? El juez de instrucción no podía reconstruirlos. Allí estaba el cadáver tendido en el suelo mostrando en la garganta la horrible herida, con la siniestra sonrisa de la muerte.
Era un cuartito coquetón, lleno de esos mil adornos de que se complacen en rodearse las mujeres elegantes. Los sillones, el canapé, las mecedoras, el tapiz y las alfombras parecían convidar al recogimiento, al amor íntimo y tranquilo. Los cuadros, de un erotismo velado, contrastaban con aquel cadáver que tenía impreso en el semblante la huella del terror más profundo.
El juez meditaba, ordenaba sus apuntes y, a pesar de la costumbre de asistir a semejantes espectáculos, apartaba los ojos de los de la muerta, que fijos, inmóviles, muy abiertos, parecían todavía contemplar, con la mirada fría de ultratumba, la escena que precedió a la extinción de la vida. Era un caso raro, muy raro, misterioso. Juanita X, Nita por apodo, era una de las más bellas sacerdotisas de la Afrodita, en aquella capital. ¿Quién era? ¿De dónde venía…? Preguntas eran estas a las cuales ninguno de los que la cortejaban hubiera podido contestar. Era bella, muy bella, joven, elegante, rica y amable. Eso era lo que importaba a su corte de adoradores.
La muerte la había sorprendido al regresar del teatro. Conservaba puesto el elegante traje con el que asistiera a la función de gala, sus joyas la adornaban aún. Su camarera declaró que había regresado sola la noche del crimen y que, sin quitarse ni el abrigo ni los guantes, se había sentado a escribir. Y, en efecto, se encontraron pedacitos de papel rosado y perfumado cerca del escritorio, pero tan tenues, tan pequeños, que no había podido reconstruirse el todo.
Indudablemente no era el robo el móvil del crimen, puesto que tanto sobre el cadáver como en los muebles estaban todas las joyas y en el arca había una fuerte suma de dinero. Además, las ventanas y puertas amanecieron perfectamente cerradas, y las del saloncito donde en la mañana de ese día encontró la camarera el cuerpo de su señorita estaban perfectamente cerradas por dentro.
No se pudo encontrar ninguna huella sospechosa ni objeto o rastro alguno que permitiera ponerse sobre la pista del presunto asesino. Tampoco se trataba de un suicidio, pues ni cerca del cuerpo ni en las habitaciones se encontró instrumento o arma con la que pudiera haberse inferido semejante herida.
La posición supina del cadáver y el terror que quedó estampado sobre el rostro de la víctima hacían suponer que se trataba de un asesinato. Por otro lado, la falta de lucha demostrada por el orden en que se encontró todo en la habitación, la gran mancha de sangre coagulada en un solo lugar de la alfombra, el hecho de no haberse encontrado en el cuerpo de Nita ninguna huella de violencia fuera de aquella ancha herida que casi separó la cabeza del tronco, inducían a sospechar que se trataba de un suicidio.
Y el juez, atraído por las pupilas fijas e inmóviles de la muerta, la miraba con ansiedad esperando descubrir en aquel rostro afeado por la muerte, la solución del enigma.
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La prensa habló largamente sobre la misteriosa muerte de Nita. La policía fracasó en todas sus pesquisas y el asunto fue olvidándose poco a poco con el trascurso del tiempo.
El juez ascendió a magistrado, era el único que recordaba aquel trágico suceso, y los ojos de la muerta lo perseguían en sus noches de insomnio con una fijeza espantable.
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Pasaron varios años, y una noche, siempre perseguido por la visión aterradora de aquella sombra que parecía implorar venganza, se levantó de la cama, registró una gaveta de su escritorio y sacó de un sobre grande los fragmentos rosados, ya sin perfume, de la carta que se encontró cerca del escritorio de Nita.
Impulsado por una fuerza misteriosa, casi sin darse cuenta de lo que hacía, con los movimientos automáticos de un sonámbulo y con la sensación extraña de que alguna persona que estuviera de pie detrás de él le guiara la mano, fue reuniendo los pedazos con maravillosa facilidad. Una vez terminado ese trabajo, leyó con avidez los renglones formados; volvióse luego en su sillón, y vio, de pie, rígida, con la ancha herida abierta, la sombra de Nita, con sus grandes ojos horriblemente fijos en los suyos.
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Al día siguiente, encontróse al magistrado muerto en su sillón. Sobre su escritorio había una carta formada de retazos y por la cual los asombrados parientes supieron que el asesino de Nita era el propio hijo del magistrado.
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Luis, el asesino, era uno de los asiduos visitantes de Nita. Por varios motivos, entre los cuales los celos eran uno de los principales, habían reñido como tres meses antes del fatal acontecimiento.
La noche en que ocurrió la tragedia, Luis asistía a la representación de gala que se daba en el teatro. Allí vio a Nita muy cortejada por un joven de quien él estaba sumamente celoso. Arrancó una hoja de papel de su cartera y escribió algunas palabras que dieron por resultado que Nita retirara a su cortejante y regresara a su casa.
Luis la había precedido. Como tenía llave de todas las puertas, penetró en el saloncito sin que nadie lo sintiera. Esperó tras una cortina la llegada de su víctima. La vio llegar, despachar a su doncella, sentarse a escribir, e impulsado por sus tremendos celos, llegóse de puntillas tras la silla de Nita, leyó lo que escribía, que era una carta a su rival en la que le decía que temía por su vida, amenazada por los celos de Luis, pero que a pesar de todo lo amaba y que solo lo había retirado esa noche para evitar un lance, pues Luis le había escrito amenazándola con la muerte. Este tomó del escritorio un finísimo puñal que le había obsequiado a Nita para que lo usara como corta papel.
Sin decir una sola palabra, cortó de un solo tajo la garganta de su amada.
Esta cayó sin un grito y expiró mirando a su asesino.
Luis rompió la carta, enderezó la silla que Nita había arrastrado en su caída, y huyendo de los grandes ojos abierto s, fij os e inmóviles de su víctima, cerró la puerta con llave y salió a la calle. Nadie le vio.
Referencia: Fernández Guardia, León. 1906. «Nita». Páginas Ilustradas 3, n.º 88 (abril): 1403-1405.
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