La carreta sin bueyes
La Carreta sin Bueyes.
Cuando Escazú todavía se llamaba Itzkatzú, cuando era un lugar de descanso para los indígenas que iban hacia Pacaca y más allá, cuando las gentes todavía eran sencillas y llevaderas, en esos tiempos primeros de nuestro terruño vivía cerca de la villa una mujer que según los decires del común del pueblo, era una bruja temida y respetada. La llamaban Sindulfa y era su inseparable compañero un indito renegrido llamado Agatón.
Por su fama y sus cuestiones, Sindulfa era muy visitada por algunos de los moradores de la villa, de esos que llamaban los más creyenceros. La gente llegaba buscando diversos sortilegios para hacer cambiar su suerte en cuestiones de amores, fortuna, cosechas, enfermedades y hasta para combatir maleficios como el mal de ojo y los mentados entierros, cochinadas tan comunes en esos días, que según el decir de más de uno, de viaje los tenían arruinados y postrados ante la vida.
Como todas las rinconadas del nuevo mundo, el vivir en este lugarcito iba transcurriendo con el andar mansito y tranquilo que tenían todos los pueblos y villas de este atrasado terruño. Lo uniquito que desvelaba a sus humildes moradores era cuidar sus finquitas, sacar el sustento de la tierra, criar los güilitas y seguir fielmente los mandatos de los curas y los mecapaleros quienes cada cierto tiempo pasaban visitando sus ermitas y sus rediles.
Por cierto, en este lugarcito los curas le tenían prohibido a los pobladores acercarse a la bruja Sindulfa y mucho menos solicitar sus oscuros favores, trabajos malignos que consideraban cosas malas venidas del diablo.
Acompañando a la bruja Sindulfa y a su compañero Agatón, vivía con ellos un extraño muchacho, personaje jorobado que era tan temido como la pareja brujera. Según el decir de la gente, la bruja y sus compañero cansados de vivir en este mundo, sabían que ya asomaban sus últimos días, por lo que al momento de ocurrir eso, el extraño jorobado debía amortajarlos y llevarlos en una carreta a la ermita, para que tata cura les diera la bendición y les perdonara todos los pecados cometidos en este mundo.
En llegándose el momento esperado, el jorobado procedió con su encomienda y sin dilaciones amortajó los finados y conforme el deseo manifiesto, enyugó unos bueyes negros y llevó la carreta con los difuntos a la ermita de la villa.
Esta por demás decir que el cura se opuso al deseo postrero de Sindulfa y Agatón. No solo les negó la bendición sino que no les perdonó ninguno de sus pecados. Después de miles ruegos y razones estériles, volvió el jorobado con la carreta al rancho de la bruja. Al poquito rato venían de vuelta solo los bueyes pero la carreta, el jorobado y los difuntos, desaparecieron del pueblo como por encanto.
Pasó el tiempo y cuando la cuestión ya estaba casi olvidada, empezaron a darse cosas extrañas en el pueblo.
Contaban los trasnochadores, casi todos hombres vagabundos y de malas costumbres, que después de las doce en las oscuras noches de lunas tiernas, más de uno en el camino de la ermita se había topado una vieja carreta sin bueyes, llena de candelas que el viento no apagaba y jalada por un jorobado que iba pegando unos escalofriantes alaridos que llenaban de miedo al más pintado.
Muchos cayeron como muertos de la impresión y otros solo con rezos, oraciones y el agua bendita del cura, volvieron para medio contar la desdicha y su desventura de toparse con aquello tan siniestro y tan fuera de este mundo.
Solo después de muchas misas, rezos y promesas de los vecinos durante mucho pero mucho tiempo, el espantajo diabólico dejó de aparecerse en las calles de aquel pueblito, después de las doce en las oscuras noches de lunas tiernas.
Referencia: Arauz Ramos, Carlos Enrique. 2017. Costa Rica, leyendas y tradiciones. 2.ª ed. San José, Costa Rica: Arauz Ramos, Carlos Enrique.
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