Manuel Tucurrique

El Cacique Tucurrique


Ramón Castro Castro



Desde el río Naranjo (que baja laderas desde su nacimiento en el Cerro de las Cruces, tributando sus aguas al Reventazón hasta su colega el Pejivalle, tributario también del gran río), se extienden, entre llanos, laderas y montes, desde la margen derecha del Reventazón hasta las cumbres de los cerros Pisirrí, el Humo, el Duan y pequeñas colinas, los dominios del gran cacique Tucurrique.

De tez y cuerpo bronceados, ancho de espaldas, mirada de águila, alto y esbelto, el más valiente entre todos los del contorno, tenía su palenque a una distancia prudente del río, donde hoy se asienta la coqueta y hospitalaria población de Tucurrique.

Bastante cacería hay y el río, inagotable: millares de millares de bobos, sabrosos postudos, puede decirse, sin espinas. También hay unas matas de maíz para la chicha, plátanos para ayudar en los fermentos y comidas.

La tribu del cacique Tucurrique vivía feliz y tranquila dentro del rectángulo que la naturaleza sabiamente había destinado con los ríos Naranjo, Pejivalle, Reventazón y, en el fondo, con los cerros.

Nadie como Tucurrique, el campeón de la fuerza en la flecha y en el arpón. Querido y temido al mismo tiempo, las indias se disputan su amor y sus favores.

La bella Nayib, la india de los ojos quemantes, de largas trenzas, de busto de diosa, cimbreante cual las cañas del bambú, quería su amor para ella sola. Hervían dentro de su pecho los celos. Malos pensamientos cruzaban su cerebro enfermo y como no podía sujetar el amor indómito del cacique, buscaba el medio: hallar el hechizo, hacer que al conjuro diabólico el indio se doblegara. Estos indios sabían convertirse en piedra, en animales y desaparecer misteriosamente, por lo que no le era muy difícil a Nayib hallar los medios de su venganza.

Nayib quería comer de los magníficos venados que se regodeaban en los cerros allá al sur. Quería comer de esos venados, pero matados por la flecha certera de su amante Tucurrique. Este se aprestó a satisfacer los deseos de su amada. Era un día oscuro, amenazante. Apenas llegado al cerro, no muy alto, que se hallaba al suroeste de su palenque, las fuentes del cielo se desbordaron sobre la tierra.

El indio se amparó de la rayería en una oquedad del monte. Pero esta oquedad cerró sus fauces y el cacique Tucurrique nunca volvió.

Allí está encantado. Toda la tribu lo sabe. Allí se oyen los gallos cantar y alegres repiques de campanas cuando se suceden estos días oscuros, en las granizadas, en las rayerías, cuando soplan esos fuertes vientos huracanados; es la ira desatada del cacique Tucurrique. Por eso ese cerro se llama Cerro Campano, no porque hay maderas de campano en sus laderas, sino porque de sus entrañas salen los tañidos de las campanas que encarnan la leyenda del cacique Tucurrique. Preguntad a cualquier tucurriqueño y verán cómo él ha oído las campanas. Probablemente es que Tucurrique repica, para recordar a su pueblo que él existe y que aún manda a su tribu.


Referencia: Zeledón Cartín, Elías, comp. 2003. Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. 1.ª ed., 3.ª reimpr. San José: Editorial Costa Rica.



Dicen de don Manuel Tucurrique

por Janina Bonilla P.



En esas tardes de lluvia que abundan en el pueblo de don Manuel Tucurrique es que oímos hablar de él. Tucurrique es un pueblo de origen indígena en el que viven actualmente grupos de mestizos y blancos. De tres de sus pobladores vamos a transcribir los siguientes relatos:


"Este era un pueblo indígena; aquí casualmente hay una piedra grande que era donde vivía Manuel Tucurrique, que era el rey de los indios y cuando esto se descubrió a gente blanca, ese indio se corrió de estos lugares y según esos huracanes que pasan de tiempo en tiempo es él que cruza siempre pisando el lugar" (relato de don Rafael Chávez Madrigal).


"Sí, verdad, es que una vez estaba un viejito pescando en este río que pasa por aquí y que baja por donde mi mamá, y entonces dice que estaba pescando cuando dice que vio a un señor que bajó y que le dijo: 'Mira, ¿vos estás pescando?' Sí, yo estoy pescando, le dice. 'Bueno, entonces si estás pescando ahora va a bajar una creciente muy grande y en esa creciente van a bajar tres serpientes. No les tengas miedo, yo te voy a dar una varilla, y cuando baja la primera serpiente la dominas dándole con la varilla.' Pero al viejito le dio tanto miedo y se fue, salió huyendo. Entonces después se topó al mismo señor y le dijo: 'Qué pendejo, no quisiste aceptar y ya ves esa varilla que te había dado yo era una varilla de oro y la botaste; la suerte era para vos, pero en fin no la quisiste, sino que te llenó de miedo, ¿verdad?' Entonces se cree que el señor era Manuel Tucurrique y cuando hay una crecida del río hay gente que busca la varilla de oro." (Relato de doña María Antonia Marín.)


"La finada mi abuela, nos contaba que todos los Viernes Santo a las 12 del día cantaba un gallo, aquí en ese alto, que era donde vivió el Cacique don Manuel Tucurrique. 


Don Manuel Tucurrique según las historias está trasladado aquí a las lagunas de Bonilla por la Línea Real a Limón, ahí donde hay unos lagunones grandes. Yo los conozco. Y cuando él se trasladó, contaba el finado papá, que todos los caciques que habían fuera de Manuel Tucurrique no eran como él. Cuando Manuel Tucurrique vivía aquí arriba, la gente subía para visitarlo y un banano que fuera él lo agarraba y se los echaba en el saco y con aquel banano se iban hasta ocho gentes comiendo. También le llevaban cosas y él les daba un bejuco y los mandaba por el lado de abajo del pueblo donde encontraban una vaca que destazaban y daba para todos. Qué va, ¡lo que eran esos tiempos! Esto tiene siglos como decir." (Relato de don Miguel Hernández.)


¿Quién fue Manuel Tucurrique?


Casi todas las personas de Tucurrique que tienen algo que contarnos de este personaje que se ha convertido en una leyenda, coinciden en sus relatos y en términos generales consideran que don Manuel fue el último cacique indígena de este lugar y quien disgustado por la "forma de vida" y la llegada de "fuereños" al pueblo, decidió irse a vivir a una cueva de la montaña más alta que domina al poblado, pero hace muchísimos años que no se sabe de él, si murió o si vive. Algunas veces se va en su búsqueda (sobre todo si hay problemas) y la esperanza de encontrarlo no se pierde porque a pesar de que era un "viejo cascarrabias": "todo lo sabía", "a todos ayudaba" y "todo lo solucionaba".


Con base en fuentes históricas suponemos que don Manuel fue el mismo Fernando Correque, o alguno de sus descendientes. "Fernando Correque último rey de los Huetares de Oriente, su corte estaba en Ujarraz. Poco belicoso, aconseja a sus feudatarios que se sometieran a los españoles en 1561, retirándose él a Tucurrique".¹ "Los Huetares eran descendientes de los Caribes y Arawaucos. Su nombre se menciona por primera vez en 1522, cuando el capitán Gil González Dávila hizo un recorrido por la costa del Pacífico. Su tesorero, capitán Andrés de Cerceda, menciona entre los caciques visitados al Cacique Huetare. Más tarde Fernández de Oviedo, en tiempos de Pedrarias Dávila, en 1529, al hacer su corografía del Golfo de Nicoya puso al norte del mismo 'Tierra de Huetares' generalizándose después a toda nuestra costa Atlántica, las altiplanicies centrales y los dilatados valles del sur del lago de Nicaragua y del río San Juan. En el Pacífico dominaban todo el trecho comprendido, aproximadamente, entre el río San Juan y la punta de Quepos" ².


"Al tiempo de la Conquista los Huetares estaban divididos en dos Reinos: los Huetares de Oriente y los de Occidente. Separados por el río Virilla. El Reino de los Huetares de Oriente se extendía al este del río Virilla y su jefe supremo fue el Cacique Guarco, quien murió antes o a principios de la Conquista y lo sucedió en el cacicazgo su hijo Correque, quien más tarde fue bautizado con el nombre de Fernando Correque." ³


En los Archivos Nacionales aparece el nombre de Fernando o Manuel Correque en una serie de escritos sobre un litigio de tierras en la región donde se ubica el pueblo Turrique. En uno de esos escritos se indica que este señor tiene derecho a las tierras por ser descendiente directo del cacique Guarco.


ALGUNAS GENERALIDADES SOBRE TUCURRIQUE:


Tucurrique está ubicado a orillas del río Reventazón y rodeado de montañas en la provincia de Cartago, siendo el Distrito segundo del Cantón de Jiménez. Sus gentes se dedican al cultivo de la caña de azúcar, café y pejibaye principalmente. Su población actual es de aproximadamente 700 habitantes entre los cuales encontramos mestizos, blancos, chinos y "fuereños" (se les llama así a los costarricenses que no nacieron en el lugar). Los mestizos son considerados por el resto de la población como "gente de origen indígena, poco comunicativos, cooperadores en lo que se refiere a la iglesia, que tienden a vivir juntos en la parte baja del pueblo; * "se han separado por tradición porque ven a los otros como de afuera".


Es interesante observar como en este lugar de origen indígena donde toda la población siente un gran respeto por don Manuel Tucurrique, que, leyenda o no, fue un indígena, sus descendientes se han discriminado y han sido discriminados en la participación de la vida comunal, aunque no hay restricciones para ellos de tipo político, educativo o de salud.⁴


SUMMARY
The author transcribes in this article various stories narrated by the people of Tucurrique about the last Indian Chief of the region named Manuel Tucurrique.


¹ Fernández Guardia, Ricardo "Diccionario Biográfico de Costa Rica" Soc. de Geografía e Historia de Costa Rica, Public. No. 1, 1941.
² Lines, Jorge "Taxonomía de la Arqueología de Costa Rica", 1954.
³ Guardia Fernández, Ricardo "Historia de Costa Rica, el Descubrimiento y la Conquista", 1941.
* La parte baja del pueblo se refiere al terreno ubicado en un declive.
⁴ Bonilla P., Janina, "Notas para una monografía sobre Tucurrique", inédito 1970-72.


Referencia: Bonilla P., Janina. 1974. «Dicen de don Manuel Tucurrique». América Indígena 34, n.º 2 (abril-junio): 423–426.





No se puede demostrar con certeza que sean el mismo personaje, pero en Pejibaye existe una piedra conocida como "La piedra del indio", la cual tiene asociada la siguiente leyenda: 


La Piedra y el Indio

 

Leyenda del autor Alberto Trejos

Se aclara que el autor de esta leyenda utiliza el nombre Pejibaye como el del río Peji-valle, que significa "pez del valle" y realiza gestiones para que el Instituto Geográfico Costarricense apruebe el cambio.

Corría el año de 1748 y en las más altas montañas de Talamanca, en el Caribe Sur de Costa Rica, habitaba una tribu conformada por ciento veinticinco familias bajo el cacicazgo de José Iscmöbë. Éste tenía cinco hijas, la menor de nombre Zahicï, destacaba por su belleza, en todo el territorio indígena. La tribu contaba con doscientos jóvenes, los más fuertes y valientes eran los encargados de defender el territorio cuando eran invadidos por tribus panameñas, a su vez se destacaban por su inteligencia, sagacidad y astucia en labores de caza y pesca.

En este grupo estaba Cohkü, un joven de diecisiete años novio de Zahicï, quienes después de una larga amistad iniciaron un lindo romance hasta que se fue convirtiendo en un apasionado amor.

El cacique de la tribu estaba incómodo con la relación de su hija. Así, aprovechando la tercera llegada de los padres Recoletos a Talamanca, con misión de reclutar indígenas para fundar y evangelizar nuevos pueblos según mandato de la Corona Española, negoció por unas baratijas la entrega de veinte familias de sus dominios. Cumplieron entonces los Recoletos con uno de los objetivos que como orden religiosa debían hacer. En total las veinte familias sumaban ciento cuarenta y cuatro indígenas y adicionalmente el cacique les ofreció un indígena más; era Cohkü; lo vendió como el más valeroso hombre de la tribu. Los padres aceptando la propuesta pagaron con las baratijas que les sobraban. El cacique se quedó con sus baratijas y de paso se deshizo de Cohkü, cumpliendo su objetivo de romper lo que para él era una inaceptable relación.

Zahicï al enterarse de la partida de su gran amor, perdió su alegría y el brillo que tenían sus ojos ahora lucían ensombrecidos. Un mes después de la partida, Zahicï confesó a su madre que estaba embarazada de Cohkü. Esta noticia no fue de mucho agrado para ambos padres y de ahí en adelante trataron a su hija con desprecio y desconsideración.

Luego de ocho semanas de caminar entre las montañas, los padres Recoletos llegaron con los ciento cuarenta y cinco indígenas a su nuevo destino. Ahí fundarían un nuevo pueblo, era un pequeño y hermoso valle, bañado por tres ríos. En lo alto de un cerro descollaba una imponente y gigantesca piedra desde la cual se apreciaba la belleza del lugar. Muy cerca de ella los nuevos pobladores levantaron sus ranchos y junto a la enorme piedra, estaba el rancho más pequeño de todos, era el del joven Cohkü; ahí pasaría sus días de nostalgia y soledad en ese nuevo lugar.

En los primeros días los indígenas se dedicaron a voltear la espesa y verde montaña para la siembra del maíz, la yuca, el plátano, frijoles y el cacao. La principal atracción de los nuevos pobladores era la pesca al atardecer, lo hacían en el más grande de los ríos. Un río caudaloso de aguas frescas y cristalinas con una gran abundancia de peces. Era común escuchar el grito después del trabajo. -Ts I sè m kè díjkà námà klíúk ukókí sé mīīkè námà kàtök enāblòyök. (En la tarde vamos al río por peje y después vamos a comer peje y beber chicha).

Al finalizar la tarde y comenzar la noche, los más jóvenes de la tribu subían a la enorme piedra, encendían una fogata, ahí cocinaban su pescado, conversaban, reían, comían y bebían; así de esa manera se olvidaban un poco de su gente de las altas montañas de Talamanca de donde fueron arrebatados y vendidos como mercancía barata. La algarabía de aquella gente, contrastaba con la tristeza del joven Cohkü. Él siempre permanecía en su rancho mientras los demás jóvenes disfrutaban. Cerca de las ocho de la noche aquel alegre grupo después de mucho beber y comer se iban a sus chozas a descansar para volver al día siguiente a la misma rutina.

El joven Cohkü cuando ya todos habían abandonado la piedra, subía y elevaba al cielo su mirada, con su mano izquierda sujetaba su collar con todas sus fuerzas e imploraba al dios Sibú y al Dios de los padres Recoletos por el ferviente deseo de ver nuevamente a su amada. El collar que colgaba en su pecho, estaba forjado con una pequeña piedra negra que tenía incrustado en el centro un hermoso jade; donde se dibujaba una figura, que era la mitad de un rayo, una media luna y la mitad de un sol y como si fuera parte de su cuerpo el collar siempre permanecía con él, pues era el regalo que Zahicï le había dado en su primer mes de noviazgo. Cohkü lo conservaba como su mayor tesoro, como fiel testigo del juramento que se habían hecho de que algún día iban a estar unidos para siempre. Lo más valioso del collar para Cohkü era que había sido forjado por la joven Zahicï con sus propias manos.

El tiempo fue pasando... 10 largos años después de la última vez que Cohkü vio a Zahicï; las familias habían crecido, nuevos indígenas habían llegado, otros los habían trasladado al pueblo de Orosi, las tribus de Atirro y Tucurrique los visitaban y se iban de pesca juntos. Los cultivos del maíz, la yuca, el plátano, los frijoles y el cacao estaban en aumento. Los indígenas ya habían dado nombre al lugar, "Peje del Valle", nombre influenciado por los Recoletos como producto de la castellanización a los indígenas; basándose en la belleza del río, el valle y la abundancia de peces. Pasado un tiempo los padres Recoletos impusieron el nombre religioso de "San José de Peje-valle" que luego con el pasar del tiempo le llamaron "San José de Pejivalle" Y así transcurrió el tiempo con cambios en sus vidas, en su gente y su cultura.

En la primera semana del mes de junio del año 1758, se vino un crudo invierno, los torrenciales aguaceros no cesaban, el cauce del río aumentó cinco veces su tamaño; inundó todos los cultivos que estaban a su margen, cinco de los ranchos que estaban más cerca del río fueron arrasados junto con sus familias, hubo una gran conmoción, la lluvia duró más de tres semanas. Todas las actividades en "Peje del Valle" se habían paralizado, la gran piedra echaba de menos el calor de las fogatas nocturnas, los indígenas sobrevivientes lloraban a sus hermanos muertos en el caudaloso río. La tormenta continuaba y parecía no tener fin. Una noche de esas se desató la más fuerte tormenta de ese invierno, Cohkü no podía conciliar el sueño, era casi la media noche y desde su rancho con la pequeña puerta de paja entre abierta miraba la gran piedra; era como su santuario, pues ahí sentía que estaba en contacto con su Zahicï. Cohkü creía que su dios Sibö estaba en su contra porque no había podido subir a la piedra durante varios días. Esa noche quiso desafiar al dios Sibö, tomó fuerza, escaló la enorme piedra bajo el torrencial aguacero y una vez sobre la piedra comenzó su rito.

Tomó el collar con su mano izquierda, levantó la mirada al cielo, y con un fuerte reclamo al dios Sibö exclamó con toda su fuerza. -¡Si no vuelvo a ver a Zahicï...! ¡Prefiero la muerte!. Y justo al ser las 12 media noche, un poderoso rayo que iluminó todo el valle; atravesó su corazón y partió la piedra en dos. El cuerpo inerte del joven Cohkü cayó hasta el fondo de la piedra.

Al día siguiente, la fuerte lluvia terminó, un sol radiante iluminaba por completo el valle. La piedra que ahora estaba divida en dos enormes pedazos no terminaba de sorprender a los pobladores, no se explicaban de lo que fue capaz de hacer el poderoso rayo de la media noche.

Cohkü ya no estaba, su rancho estaba vacío. Algunos pensaron que se había marchado montaña adentro escapándose de los padres Recoletos, otros decían que no soportaba más la soledad y se había lanzado al río. Nadie supo que pasó, no había rastro de él.

Ocho semanas después, los Recoletos llegaron con nuevas familias de indígenas que traían de Talamanca para reemplazar a los que habían perdido sus vidas en las inundaciones. Entre el grupo venía una hermosa indígena con un niño de diez años, ella preguntaba por un hombre llamado Cohkü, buscó desesperadamente en cada rancho del poblado sin resultado alguno. Uno de los Recoletos Fray Antonio al ver a la mujer buscando en todos los ranchos como queriendo encontrar donde quedarse, le ofreció un pequeño rancho que estaba junto a la piedra. Zahicï se dirigió a ese rancho que ella aún no había visto. Cuando entró ya no buscó más... inmediatamente sintió la presencia de Cohkü, en ese momento la embargó un sentimiento de tristeza, respiró profundamente, abrazó a su hijo con todas sus fuerzas y entre la negra cabellera del niño sus lágrimas se esfumaban al igual que sus esperanzas por encontrar a su amado Cohkü. Una indígena llamada Nãmã siã del rancho más cercano la reconoció, le confirmó lo que ella sospechaba... Él ya no estaba, se había marchado.

-Diez años pidiendo al dios Sibö, noche tras noche por el deseado encuentro; día a día, sin dejar de pensar en él y con la promesa hecha a su hijo que buscarían a su padre para estar unidos para siempre como familia.

Nãmã siã le contó todo lo que Cohkü sufrió por ella, de su dolor, de su soledad, del rito en la piedra donde muchas veces le vieron llorar. Zahicï solo escuchaba... cerraba sus ojos y guardaba silencio.

En su primera noche en el rancho, no podía dormir, por su mente revoloteaban muchos recuerdos, estaba totalmente segura de que ahí vivió Cohkü. Casi al ser la media noche, comenzaron a colarse por el techo de paja unos brillantes rayos de luna llena, un silencio sepulcral reinaba en el valle, la piedra aunque estaba partida esa noche lucía imponente. En ese momento a Zahicï la invadió la curiosidad, quería ver el valle desde lo alto de la piedra, ver lo que Cohkü veía, lo que él sentía y sin pensarlo dos veces, despertó a su hijo, lo llevó hasta la cima de la piedra y al ser las doce de la media noche, un rayo de luna penetró hasta lo más profundo de la fisurada piedra y del fondo la luz del rayo se revertía en un tono verduzco que afanoso escalaba hasta donde ella se encontraba, ese misterioso rayo parecía como querer atrapar el collar de Zahicï; que estaba hecho con una piedra negra, tenía incrustado un hermoso jade en el que se dibujaba una figura, que era la mitad de un rayo, una media luna y la mitad de un sol. El hijo de Zahicï al ver el extraño rayo verde y por su curiosidad de niño, bajó presuroso hasta el fondo de la piedra, la madre que contemplaba todo el valle iluminado por la luna llena, no se percató ni del fenómeno que estaba ocurriendo, ni de la travesura del hijo. Una vez en el fondo de la piedra, el niño vio que la luz verde provenía de un collar con un gran parecido al de su madre.

-Mamá, encontré un collar parecido al suyo. -Gritó el niño. La madre asustada de escuchar a su hijo que le gritaba desde lo profundo de la piedra, bajó rauda y veloz hasta donde estaba su hijo, al llegar el niño tenía el collar que había encontrado colgado en su cuello. Zahicï quedó petrificada ante tal hallazgo. En ese momento cayó en razón, ahí yacía su amado Cohkü. Ella levantó a su hijo y lo abrazó apretándolo fuertemente contra su pecho, El rayo verde parecía entrelazar ambos collares y los unía con una magia ancestral provocando en el acto la fusión de los dibujos.

Con la complicidad de una nube negra, la brillante luna llena se fue opacando, la oscuridad abrazó la piedra por completo y en ese momento algo insólito ocurrió, ¡la grieta comenzó a cerrarse! ¡Zahicï y su hijo no tenían escapatoria! Ella se dio cuenta que el dios Sibö había cumplido su deseo, la familia estaría destinada a permanecer unida por toda la eternidad. A la mañana siguiente, la piedra nuevamente estaba abierta, como si nada hubiera pasado. El niño y la madre habían desaparecido. Nadie en Peje del Valle supo lo que esa noche sucedió.

Contaban los indígenas, que por las noches de luna llena se escuchan voces de una mujer y un hombre conversando, los gritos de un niño jugando y que esas voces vienen de lo más profundo de la piedra. Desde entonces y hasta 1765 nadie más volvió a subir a la gran piedra. En ese año los indígenas vieron por última vez la misteriosa piedra ya que los padres Recoletos trasladaron a todos los indígenas hasta Orosi, quedando el pueblo en abandono y reinando solamente la imponente piedra de ese hermoso valle bañado por tres ríos que los indígenas una vez llamaron Peje del Valle.

Según cuenta la leyenda, que en un día de luna llena, si entras a la piedra a la media noche. ¡Posiblemente nunca vas a salir...! No lo intente... porque le puede caer ¡la maldición de la Piedra del Indio!

Autor Alberto Trejos Vargas 15/9/2021

 

Referencia: Colectivo de Estudios Artísticos Contemporáneos El Doán. (2022). DOAN El Enigma: Homenaje a Zoleila Solano Ramírez, docente y artista visual paraiseña (2021-2022). Museo de Pobre & Trabajador; Colectivo de Arte ARTSéum.


Por el lado de Río Macho también se ha recogido una leyenda sobre un cacique encantado:


El tesoro encantado: Leyenda del Río Macho

Queverí, un pequeño caserío que se encuentra al sureste de Orosi, sobre la cordillera de Talamanca. Entre los cerros Queverí se encuentra el Rio Macho. En su naciente es un río de poco caudal.

Cuentan los viejos moradores que donde nace este río se hallaba una figura de piedra de arte lapidario. Esta figura era la de un burro el cual llamaban “El Macho”. Al construirla en la naciente del río, parada sobre una laja de piedra, el agua le entraba por el hocico y le salía por el recto. Se dice que fue construida por los indios Cabécar que venían de Ujarrás de Puntarenas cuando venían a visitar a los indios de Orosi.

La naciente del río se encuentra cerca de la carretera interamericana, la cual al construirla, grandes piedras caían, una de ellas quebró la figura, quedando de pie solo la mitad. Por lo tanto los gringos al encontrarla, le pusieron Macho Jaf que quiere decir medio macho. A eso se debe el nombre, a un pequeño caserío que se encuentra por la carretera interamericana.

Este río al bajar de la montaña, baja por una enorme catarata con una altitud de ciento cincuenta metros, formando una cascada de gran admiración por su altitud, sus aguas blancas y su montaña azul. Muchas cosas cuentan los moradores de lo que sus abuelos vieron y oyeron. Tales como ver una rubia y bella mujer que se bañaba en las aguas de la cascada con un tornante peine entonando una linda canción.

Por las noches miraban bolas de fuego de colores fosforecentes, que caminaban por el aire sobre la catarata, perdiéndose entre la montaña. Algunas noches miraban luminarias y se oía música de orquesta bailes y risas. A mediados del día oían un gallo cantar.

Cierto día se fueron unos cazadores de Orosi con sus perros de cacería. Al llegar a la catarata vieron un venado, los perros lo siguieron. La sorpresa más grande fue que los cazadores disparaban sus viejos rifles y no lograban matarlo. El venado acosado por los perros saltó hacia el caudal de las aguas y se introdujo veloz entre la cascada. Cansados de correr detrás del venado y sorprendidos con lo visto, se sentaron en las gambas de un corpulento árbol.

De pronto se les presentó un indio y les saludó. Les dijo que él era el rey Moctezuma, cacique de una tribu de cabécares. Este les invitó a visitar su morada, cueva tallada por Moctezuma y su tribu para guardar los tesoros. Ellos le aceptaron la invitación y le siguieron.

Atravesaron la cascada llegando al pié de la enorme catarata y entre rocas cubiertas por la maleza de la montaña, el indio tocó la piedra y pronto se abrió la enorme puerta tallada por la roca. Al cerrarse fue la sorpresa, al sentirse en una enorme cueva iluminada el indio Moctezuma, caminando con ellos les mostraba todo lo que había allí.

Los cazadores asustados miraban aquello nunca visto, entre esto estaba el venado que persiguieron. Al caminar por dentro de la cueva les dice el indio:

— Vamos para que vean algo más pero no tengan miedo a lo que vean.

Continúan mirando en unas rejas a varios animales bravísimos que ya se les venían encima: un león, un novillo y una enorme serpiente de dos cabezas. En algunos aposentos se miraban camas muy limpias y bien tendidas y en las paredes hermosos cuadros con indios pintados con pinturas oscuras. Aquello era oscuro y silencioso. Hacia adentro fueron a conocer el jardín, admiraron la belleza de las flores y lo delicioso de sus perfumes. Árboles con hermosas frutas maduras que provocaban comerlas y las gruesas gotas de rocío que caían de las hojas al césped.

Al despedirlos, Moctezuma les regaló frutas, verduras y quelites de chayote. Salieron sorprendidos de todo lo que habían visto pero desilusionados con los obsequios que recibieron, dejándolos abandonados en el camino. Ellos lo que querían era oro. Pocos días después, uno de los cazadores volvió a la catarata y encontró un indio, este le preguntó sobre los regalos hechos por Moctezuma. El cazador se quedó callado.

El indio le dice:

— Los botaron y era oro. ¡Míralas! eran oro... Demostrándoselas al cazador, desaparecieron de sus manos. Otro de los cazadores fue en busca del tesoro, su fin era entrar a la cueva. Buscó por todo lado la puerta de entrada entre la maleza de las rocas y no encontró el lugar.

Un día el cacique resolvió cambiarle de sitio a sus riquezas y las llevó a un cerro más abajo, conocido con el nombre de “pan de azucar”. Un matrimonio de origen indio de apellido Antequera, servidores de Moctezuma, sabían del lugar en que se ocultaba el tesoro, pero fieles a su raza y a su rey, llevaron a la tumba el secreto.

El tesoro reposa en el seno de la tierra generosa. Los tizones del fogón familiar, avivados por el cálido aire de la noche, lanzaban llamas doradas en las que parecía a reproducirse a lo vivo la historia que el más viejo contara a sus hijos y a los nietos. Esa misma historia la había oído su abuelo. A lo lejos, en la casa de máquinas del Río Macho, las aguas poderosas producen el tesoro de la energía eléctrica.

Más abajo, las mismas aguas corren tranquilas hacia el Rio Grande de Orosi.


Referencia: Marín Alvarado, Francisco. 2015. Cuentos, leyendas y chascarrillos de Paraíso. Editado por Alexander Calderón Vega y Saylen Quirós Calderón. 1.ª ed. Cartago: F. Marín R., 26–28.

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