Ö̀kalasi
LA TRÁGICA HISTORIA DE Ö̀GALASI
Ö̀galasi era como un demonio, pero antes de eso fue como un ser humano. Él hacía trampas para cazar las dantas, pero esas dantas no eran como las que vemos y comemos. Eran parecidas a las actuales solo que más malas y peligrosas. Eran de las que se llaman Na̱i̱' Suléyibi, es decir, dantas gigantes, de las que son grandes entre las grandes.
Ö̀galasi lanceaba las dantas o hacía trampas con cuerdas. Él tiene una gran habilidad para hacer trampas y luego mata las dantas con su lanza. Siempre iba y volvía con una danta y era capaz de cargarse él solo una danta entera.
Ö̀galasi preparaba la trampa y al día siguiente volvía a buscar la danta que estaba presa. Lo único que caza y come Ö̀galasi es la danta.
Esto fue así durante mucho tiempo, hasta en una ocasión Sibö pensó: « Quiero que el rey de las dantas mate a Ö̀galasi»
Un día salió Ö̀galasi a buscar la danta que estaba atrapada en la trampa que él había dejado preparada. Ö̀galasi mató la danta y se la echó al hombro. Cuando subió, no percibió nada anormal en el camino. Al regreso, observó que garuaba un poco y pensó que iba a llover. Siguió caminando y encontró algo parecido a una cuerda, que atravesaba el camino de uno a otro extremo. La cuerda estaba suspendida en el aire a poca distancia del suelo. Era muy delgada y de colores muy brillantes A esto es lo que se le llama Na̱i̱'Shlcaba' o arco Iris de la danta.
Entonces Ö̀galasi descubrió que no podía pasar ni debajo ni sobre el hilo cargando la danta. Dejó la danta en el suelo y se acercó a la cuerda luminosa.
La cuerda estaba quieta, no se movía.
Ö̀galasi vio que podía pasar por debajo y se acostó en el suelo, pero al querer pasar, la cuerda bajó mucho más y no le permitió pasar. Ö̀galasi se levantó e intentó brincarse la cuerda pero ésta volvió a subir. Al acostarse nuevamente la cuerda descendió y le volvió a cortar el paso. Ö̀galasi se levantó otra vez y pensó : « Si me subo a un árbol la cuerda quedará muy abajo.»
Él se subió hasta una de las ramas más altas y vio que la cuerda luminosa había subido hasta la altura donde se encontraba. Siguió subiendo hasta la copa del árbol y vio que la cuerda estaba a su nivel.
«¿Cómo haré para pasar?» se dijo Ö̀galasi
«Ya sé» -pensó- Me voy a bajar muy rápido y cuando esté en el suelo saldré corriendo antes de que la cuerda haya llegado hasta abajo.» Efectivamente, Ö̀galasi bajo muy rápido, pero cuando tocó el suelo, la cuerda ya estaba abajo.
No podía hacer nada. Buscó muchas formas y no pudo pasar.
Entonces pensó: « Me voy a subir rápidamente hasta la copa del árbol y luego me tiro antes de que la cuerda haya llegado arriba» Se subió y se tiró pero la cuerda le dio por la cintura y lo partió en dos. Las piernas cayeron de un lado, pero cuando cayó el tronco y la cabeza, esa parte no esperó más y se alejó rápidamente corriendo de manos. Así siguió corriendo, hasta llegar a su casa sólo medio cuerpo.
En la casa, él tenía un gran tapezco para secar la carne de la danta y en el cual aún quedaba mucha carne.
Ö̀galasi se guindó de una de las esquinas del tapezco y empezó a hablar a su esposa. Le dijo que había que meter fuego bajo la carne de la danta porque se estaba pudriendo.
«¡Atiza el fuego! ¡La carne se pudre! ¡Atiza el fuego!» -le decía.
Él podía hablar porque era como un demonio. No era como nosotros, que si alguien nos hubiera cortado así, entonces habríamos muerto allí mismo.
Todos los días él repetía la misma frase: ¡Atiza el fuego! ¡La carne se pudre!
Lo cierto es que quién se estaba pudriendo era él, pero le decía a su esposa que era la carne de la danta la que se estaba descomponiendo. Ö̀galasi se secó de tal manera que quedó sólo piel y huesos. El fuego lo dejó bien negro y de manera que no se podía decir si era o no humano. Quedó reseco, con los dientes pelados y los ojos hundidos, pero no se murió, continuó viviendo.
Entonces Ö̀galasi empezó a celar a su esposa. No le gustaba que ella fuera sola a buscar agua al río, ni a buscar banano, ni a hacer otras cosas sola.
«¡Sola nunca!» Cuando su esposa estaba lista para salir, él se guindaba a su espalda y así se iba.
Su esposa lo soportó mucho tiempo, así como estaba de feo y que no le servía para nada.
Pero Ö̀galasi seguía guindado de su esposa sin morirse.
Él tenía chiquitos.
Para ese entonces ya existían los Uséköl (20) Ella fue donde los Uséköl para que le hicieran un trabajo a su esposo (21)
Los Uséköl le prepararon un hechizo con tabaco. Se lo entregaron a ella y le dijeron: « Cuando tengás que salir, y tengás que cruzar el río, debés encender uno de estos cigarros y soplar sobre tu esposo. Debés soplar el humo como soplar cualquier cosa.»
A Ö̀galasi no le gustaba que su esposa lo dejara solo aunque fuera unos cuantos metros, o que ella fuera sola a hacer sus necesidades. Él permanecía guindado del hombro de ella todo el tiempo.
Ella estaba agotada de cargarlo.
En una ocasión, cuando ella iba para donde su familia, al otro lado del río, también iba Ö̀galasi agarrado de su hombro.
Al llegar al río, ella le dijo: « Aquí te voy a dejar mientras cruzo a los niños y la carga al otro lado del río. Después vengo por vos. O si no, puedo poner un palo para que vos podás cruzar. El palo lo puedo poner encima de dos grandes piedras, una de este lado y la otra en la otra orilla. Así podrás pasar por encima del río, sin mojarte y yo te espero al otro lado del río.»
Como ya se había hecho el hechizo contra Ö̀galasi entonces este dijo: « Está bien. Aquí me quedo. Andá hasta el otro lado del río a dejar los niños y las cosas.»
Él se quedó y su mujer se fue a dejar las cosas y los niños.
Luego, ella cortó una varilla y la puso encima de una piedra y la otra punta la colocó sobre una piedra en la otra orilla del río. La mujer le pidió a Ö̀galasi que se viniera caminando de manos encima de la varilla. Ella sostenía la vara para que no se diera vuelta. Cuando ese diablito llegó a la mitad del río caminando sobre las manos, su mujer le dio vuelta al palo y él cayó al río: ¡chuuuuuuuu!
Cuando Ö̀galasi iba en el aire dijo:» ¡Ahh mujer, me traicionaste!»
Eso es todo lo que dijo cuando cayó en el río y sus huesos se separaron como si fueran tusas.
Así murió Ö̀galasi.
Su mujer siguió su camino, hasta que llegó donde su familia, tarde en la noche. Cuando ya estaban por dormirse, la mujer se tendió en el suelo, en el centro de la casa. Luego le dijo a su familia que tal ves, ella no vería el próximo amanecer y pidió que le cuidaran bien a su bebé.
«Denle una vida sana « dijo ella.
Al día siguiente cuando amaneció ella ya no estaba y su bebé estaba solito. Nadie supo dónde se la había llevado Ö̀galasi, o dónde murió, o para dónde se fue.
Hasta aquí llega la historia de Ö̀galasi.
Uno debe contar hasta donde uno sabe sin inventar nada.
Así es la historia (García y Jaén 1996, 44-48).
Referencia: García, Alí, y Alejandro Jaén. 1996. Ìes sa' yilìte / Nuestros orígenes: Historias bribris. 1.ª ed. San José: A. García.
20- Uséköl: Sumo sacerdote de los bribri y los cabécares. Se le atribuyen extraordinarios poderes mágicos. Los Usékölpa surgían de algunos clanes específicos.
21- Hacer un trabajo: hacer un hechizo (García y Jaén 1996, 74).
Suwó Pákök
La Universidad Estatal a Distancia y el Instituto Costarricense de Enseñanza Radiofónica presentan: Suwó Pákök: Los Relatos del Viento. Historias del Pueblo Bribri.
Cuando el tiempo estaba en la oscuridad y el sol aún no había nacido, existía un ser llamado Ö̀kalasi. Él era como un ser humano. Tenía una gran habilidad para hacer trampas y con ellas cazaba las dantas. Lo único que cazaba y comía Ö̀kalasi era la danta. Esas dantas no eran como las de ahora, eran gigantes, grandes entre las grandes.
Un día salió Ö̀kalasi a revisar una de sus trampas, sin imaginar siquiera lo que le había preparado el señor Sibö̀.
—Esta danta sí era grande. Creo que tendré carne para varios días. Ahora me la echaré al hombro...
—Está muy pesada. Bueno, ya la cargué. Ahora a caminar.
—Creo que tendré que apurarme.
—¿Qué será eso que brilla en medio del camino? parece un arco iris, pero es muy delgado, casi como una cuerda.
A esa cuerda los abuelos le llaman Na̱i̱’shkaba’, o arco iris de la danta.
Como todos los animales, las dantas tienen su protector, un ser que las cuida y las dirige. Cuando alguien les hace daño o las mata sin pedirle permiso al dueño de los animales, entonces el cazador es castigado.
—¿Qué será? Esto nunca lo había visto. Es raro. Parece que no me quiere dejar pasar. Está atravesado en el camino. Parece un mecate que brilla.
—¡Pero cómo pesa esta danta! Ya sé qué voy a hacer.
—Así está mejor, en el suelo. Qué alivio. Ahora pasaré por debajo.
—Me agacho y la cuerda baja también. ¿Y si la toco? Mejor que no. Puede que sea peligroso.
— Ya sé. Me subiré a este árbol y así la cuerda quedará muy abajo.
—¿Qué? También subió hasta aquí. Pero, ¿Cómo haré para pasar?
—Ya sé. Subiré un poco más, hasta la copa del árbol. Y antes de que ese arco iris logre subir, yo me tiraré al otro lado. Tengo que subir rápido, más rápido ¡Está subiendo también ahora!
Cuando Ö̀kalasi se tiró, la cuerda le dio por la cintura, y como si fuera un machete muy filoso, lo partió en dos. Las piernas cayeron de un lado y el tronco y la cabeza del otro. Pero Ö̀kalasi no murió. Cualquiera de nosotros hubiera muerto; sin embargo, Ö̀kalasi logró sobrevivir. La mitad de su cuerpo salió corriendo de manos. Corrió y corrió así de manos, herido de muerte, hasta llegar a su casa. Él se subió a un gran tapesco que tenía para secar la carne de danta y allí, angustiado, le empezó a hablar a su esposa:
—Mujer, mujer, atiza el fuego, rápido ¡Atiza el fuego!
—Pero Ö̀kalasi, ¿por qué tanta prisa?
—Rápido, atiza el fuego, que la carne se pudre. Necesita más fuego.
—Ya voy, ya voy. ¿Pero qué te pasa? Toda mi vida he ahumado carne y ahora venís a apurarme.
—Ay, qué mal me siento. Mi esposa no sabe que quien se va a pudrir soy yo, si no me protejo con el humo. El fuego y el humo me hacen bien. Aquí me quedaré hasta que mis heridas se sequen. Yo creo que esto es obra de Sibö̀. Pero de aquí no me muevo. Aquí me quedaré.
Ö̀kalasi permaneció en el tapesco muchos días y se secó de tal manera que quedó solo piel y huesos. El fuego y el humo lo dejaron bien negro, de modo que no se podía decir si era humano o no. Quedó reseco, con los dientes pelados y los ojos hundidos, pero no se murió. Sí, no se murió, pero a partir de ahí la vida de aquel que fuera un ser fuerte y orgulloso cambió como del día a la noche.
Entonces, así feo y seco como estaba, Ö̀kalasi empezó a celar a su esposa:
—Ya sabés que no quiero que vayás sola a ningún lado.
—Ö̀kalasi, ya estoy harta de vos. No querés ni que vaya sola a hacer mis necesidades. Eso es el colmo.
—Sí, eso es lo que quiero. Sola nunca.
—Pero ya estoy cansada de andarte cargando para arriba y para abajo como si fueras un niñito de meses. Ya no aguanto.
—Mientras esté vivo me vas a tener que soportar guindado de tu hombro. No importa dónde vayas, ahí tengo que estar yo. ¿Lo oís? ¡Me tenés que cargar!
Y la pobre mujer de Ö̀kalasi ya no sabía qué hacer. Tenía que andar por todo lado con aquel ser que no parecía humano. Cansada de los celos de Ö̀kalasi, cierto día en que su esposo estaba durmiendo, ella logró escaparse. Fue donde los uséköl para que le hicieran un trabajo a Ö̀kalasi, quería que lo hechizaran. Los uséköl le prepararon un tabaco para que ella soplara el humo sobre su esposo. Así lo hizo ella y luego lo invitó a visitar a su familia.
—Viste qué dicha. Ya llegamos al río.
—¿Y cómo vamos a pasar? Está un poco crecido.
—Aquí te voy a dejar mientras cruzo a los niños y a la carga al otro lado. Después vengo por vos. ¿Te parece?
—Mejor pasemos todos juntos.
—Pero Ö̀kalasi ¿Cómo se te ocurre? No ves cómo está de crecido el río. Es peligroso.
—¿Y entonces?
—Ah, ya sé qué vamos a hacer. Yo cruzo con los niños y la carga, y luego pongo un palo largo que atraviese el río. Y así vos podés pasar caminando de manos. ¿Te parece? Yo creo que es una buena solución.
—Este... Bueno, está bien. Aquí me quedo.
—Bueno, Ö̀kalasi, ya ahorita nos vemos. Vengan chiquitos, agárrense duro de mí que la corriente está muy fuerte.
—Pero mamá, a mí me da miedo. El río está muy crecido.
—Ya, ya, no tengan miedo. Pero no se vayan a soltar. Vamos.
—Ö̀kalasi, Ö̀kalasi, ya podés pasar. Yo sostengo la vara para que no se te dé vuelta. Agarrate bien.
—¿Está bien puesta la vara?
—Sí, ya está lista.
—Bueno, ya voy a pasar. ¡No la soltés!
—Bueno, ahí viene Ö̀kalasi. Parece que va a dar efecto el trabajo de los uséköl. No sospecha nada. Ya está casi en medio río. Un poquito más, otro poquito... ¡Y ahora al agua, maldito monstruo!
—¡No le des vuelta! ¡No seas loca!
—¡Ya no te quiero ver nunca más!
—¡Mujer! ¡¿Qué has hecho?! ¡No! ¡Me traicionaste!
Eso fue lo que dijo cuando cayó en el río, y sus huesos se separaron como si fueran tusas. Así murió Ö̀kalasi.
Algunos dicen que Ö̀kalasi volvió para vengarse de su mujer. Ella desapareció. Nadie supo dónde se la llevó Ö̀kalasi, o dónde murió, o para dónde se fue. Hasta aquí llega la historia de Ö̀kalasi. Uno debe contar hasta donde uno sabe, sin inventar nada. Así es la historia.
Hemos presentado: Suwó Pákök: Los Relatos del Viento. Historias del Pueblo Bribri.
Actuaron: Luis Fernando Gómez, Madeleine Martínez, Gerardo Arce, Cynthia Charpentier, Lenín Vargas, Rodrigo Durán, Roxana Campos, Jorge Castro y Reynaldo Guevara.
Narración de las historias: Francisco García.
Recopilación e investigación: Alí García y Alejandro Jaén.
Traducción de los cantos al bribri: Silverio Morales.
Traducción del bribri al español: Alí García.
Música original y efectos de sonido: Manuel Monestel.
Técnicos en sonido: Eugenio Sáenz y Gerardo López.
Guiones y producción: Adib Abdallah y Alejandro Jaén.
Dirección: Alejandro Jaén.
Una producción de la Universidad Estatal a Distancia y el Instituto Costarricense de Enseñanza Radiofónica.
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