Leyendas del río Bonilla
Una tarde, en el 2016, emprendí un viaje para buscar las cataratas del río Bonilla, al este del cráter del volcán Turrialba. Como era de costumbre, preguntaba de casa en casa quién conocía las cataratas de la zona. Me hablaron de un bicho al que le dicen La Pájara: un hombre grande de nariz curva, de cejas tupidas, pajarero y un gran caminador para la montaña. Fui a buscarlo a la casa.
Una señora me abrió la puerta y le expliqué mis intenciones. Ella me presentó a su esposo César «La Pájara» Guillén, quien, sin pensarlo, me llevó a conocer la catarata mas alta del río Bonilla, a la que ese día bautizamos Las Nubes, por su gran tamaño y niebla. Al regreso, la señora nos tenía listo café, comida y un delicioso jugo artificial. Esta señora me había abierto las puertas de su casa siendo un completo extraño (Elizondo Esquivel 2019, 91).
Yorleny Gutiérrez
Una mujer de 40 años, morena, de contextura gruesa, fuerte, de grandes pestañas y pelo colocho, Yorleny, es clave para toda la realización del libro. Ella vive en el cañón del río Bonilla, el cañón más hermoso de Turrialba y el que tiene la mayor concentración de cataratas de la zona –todas son hermosas y todas son diferentes–.
Yorleny me siguió invitando y tuve que regresar numerosas veces, unas a explorar y otras a fotografiar. Consecuentemente, visité tanto ese lugar que fui recibido como un miembro más de la familia. Empecé a recibir invitaciones y he compartido con ellos desde bodas y cumpleaños hasta navidades. Pero más que los beneficios de tener una casa que es el corazón de Bonilla, Yorleny me enseñó leyendas y el propósito del «pura vida» de Costa Rica (Elizondo Esquivel 2019, 92).
El cuarto embrujado
Las leyendas de Bonilla son las más tenebrosas que me contaron, en especial la del cuarto embrujado, que me contó el Gordo Eloy, el hijo mayor de Pájara, mientras mataba un chancho para hacer chicharrones.
El Gordo me dice que cuando Yorleny estaba embarazada de su hijo Josimar, en el cuarto principal de la casa, un día nublado de invierno, las ratas en el techo la despertaron. El piso de madera, como de costumbre, sonaba muchísimo, pero esta vez pasaba algo raro: ella observo cómo una figura de un familiar difunto movía su cama, meciéndola a ella como a un bebé. En pánico, quedó congelada y durante toda la noche la figura estuvo merodeando por la casa hasta salir hacia el cementerio, que está al frente.
Desde el evento, Yorleny se mudó a una nueva casa, a la par. Muchos años después, en mis giras fotográficas, en la casa vieja, yo dormí en el cuarto embrujado. En las tardes de invierno de Bonilla, la niebla entra por las ventanas haciendo figuras de fantasmas, pero esa madrugada pasé por algo inexplicable. A altas horas de la noche, una rata me despertó, buscando comida en mi ropa de dormir, me orinó la pierna y estuvo defecando por toda la cama, lo cual me asustó muchísimo porque me podía dar leptospirosis (ya me había dado en Cacho Negro y no quería pasar otra vez por eso). Después de batallar buscando la rata, decidí salir de la habitación e instalé mi hamaca dentro de la casa. Llevaba un rato dormido cuando me percaté de que alguien me estaba meciendo; paralizado, no pude hacer nada más que quedar inmóvil mientras toda la noche una figura me meció de izquierda a derecha, hasta el amanecer (Elizondo Esquivel 2019, 102).
La bruja
Cuando empecé a tener más confianza, Yorleny me contó que un día de invierno, en la madrugada, ella estaba ordeñando y un viento frío le erizó la piel. Miró hacia el potrero, en dirección al acantilado, y vio una figura: una bruja del monte se escondió hacia la montaña.
Esta historia me la cuenta temblando y me dice que el miedo más grande de cualquiera que vive con ella es quedarse de noche en ese cañón. Ahí abajo, asustan. Yorleny está segura de que en el río, en un punto donde no entra la luz, vive una bruja.
Una noche, Pájara, el esposo de Yorleny, mientras andaba pajareando, se aventuró a dormir en el acantilado y escuchó gritos fuertes, muy parecidos a los de chanchos de monte siendo mutilados. A la mañana siguiente, en el momento en que un rayo de luz alumbró la caverna, salieron golondrinas negras. Pájara trató de nadar hacia ella, pero la poza tenía una corriente que chupa hacia el fondo. Tosiendo agua, se arrastró con sus manos callosas por las piedras; volteó su cabeza hacia la catarata y una silueta se asomó entre la niebla. Una bruja flotaba sin pies encima de la poza. Paralizado, Pájara escapó hacia las laderas para nunca más regresar. Cuando se alinea el sol con la catarata, se ve donde vive la bruja, quien llora a gritos detrás de la cortina de agua (Elizondo Esquivel 2019, 115).
Referencia: Elizondo Esquivel, Javier. 2019. Cataratas y leyendas. San José, C.R.: Editorial Costa Rica.
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