De la Leyenda Aborigen

De la Leyenda Aborigen

Por Belisario Fernández Soto


Al ilustre Maestro

Don Joaquín García Monge

en testimonio de admiración

y afectuosa amistad.


B. F. S.


"Siempre he creído que las leyendas, tradiciones y fábulas forman parte tan real de la historia de un país como las proclamas, tratados o reformas constitucionales".

Esteban Vincent Benet


LEYENDA BRUNKA

En cierta ocasión, hallándome de visita en una pequeña estancia del señor Clemente Pana, próxima al villorrio de Sierpe, del Cantón de Osa, me decía este amigo, una noche de amena charla, que los brunkas, en cuya sociedad había estado casi toda su vida, poseían leyendas bellísimas, casi olvidadas hoy; y se lamentaba de la indiferencia de los doctos en historia patria que no se han interesado por recoger esas tradiciones de nuestras razas aborígenes antes de su completa extinción.  

Han transcurrido los años y no he visto que se haya abordado ese interesante estudio. Creo, sin embargo, que aun es tiempo de que los llamados a hacerlo tomen empeño en recoger, entre los más viejos representantes de aquellas tribus, los hermosos mitos que heredaron de sus antepasados.  

La censura del amigo Pana en aquel entonces me indujo a prestar atención a los ritos, las costumbres y festividades de los indígenas de aquellos valles, y a interesarme en las narraciones de sus Caciques, Sukias o Gamonales, y durante mis frecuentes visitas a los diversos pueblos de aquella vasta región logré captarme el cariño de jóvenes y viejos de quienes obtuve gran acopio de informes. A fuer de preguntón recogía e hilvanaba historias contadas en rueda de familia o en tertulia de amigos, que ahora, después de largos años de dormir en las hojas de un viejo cuaderno de apuntes quiero dar a conocer para que no se pierdan, sabedor, sin embargo, de que carezco de aptitudes y de ingenio para hacerlo con la propiedad y la elegancia que el tema exige.  

Inicio estas narraciones con la historia de la Princesa Turé Huá, que me fue relatada por la compañera de Pana, oriunda de Boruca, que ella, a su vez, había obtenido de su abuelo centenario Gregorio Vidal. Las dos leyendas que le siguen fueron zurcidas con relatos escuchados a Emilio Ortega, los Beita, los Altamirano, los Villanueva y otros cuyos nombres hoy no recuerdo; y si bien una de ellas está matizada por la exuberante fantasía del protagonista relator, —quien probablemente poseído de pánico o bajo el efecto de la chicha creyó ver y oír lo que relata,— pienso que no se aparta del espíritu conceptual que la originó, puesto que, con pocas variantes la he oído tanto en Térraba como en Canoas, en el linde con Panamá, una distancia de más de cien kilómetros.  

Quien leyere estos mal hilvanados apuntes podrá juzgar cuánto puede hacerse todavía para extraer de sus “huacas” los mitos, las leyendas y las supersticiones de nuestras razas autóctonas, leyendas que el polvo de los siglos mantiene soterradas en distintos lugares de este bien amado suelo que Dios nos dió.  

Queda, pues, planteada la idea para que otros, con mayor idoneidad, prosigan la tarea emprendida y contribuyan así a enriquecer los conocimientos que tenemos de los primitivos habitantes de Costa Rica.


TURE HUA

PREAMBULO

Cuenta la tradición que, en épocas remotas, en un extenso valle cruzado por el Río Grande de Térraba, habitaban dos tribus enemigas gobernadas por los caciques Uruskara y Dufará, quienes habían chocado en sangrientas refriegas de las cuales ninguna ventaja habían obtenido.

Andando el tiempo, aconteció que Porubrí, joven y gallardo heredero del cacique Uruskara, se prendó locamente de la princesa Turé Huá, bella flor de quince abriles, primogénita del bravo Dufará. No pudiendo unirse a ella a causa de la tradicional enemistad entre las dos tribus, Porubrí, astuto y valiente, concibió el proyecto de apoderarse de su amada, sin meditar en las consecuencias de su temeraria determinación y, con tal propósito, muchas veces se había internado furtivamente en el linde enemigo.

Muchos soles y muchas lunas lo habían visto tendido entre hirsutos chamarrales, en constante acecho, pronto a servirse del momento decisivo para coronar su ardiente deseo, y así, sobre la escarpada peña o a través de la espesura virgen, Porubrí había espiado a la dueña de sus pensamientos cuando ésta tomaba su baño cotidiano en el Gran Río asistida por sus siervas y guardada a prudente distancia por los flecheros del Palenque Real.

Más de una vez, desde un recóndito paraje, el atolondrado mozo pudo contemplar a la elegida de su corazón en su esplendente desnudez; a la encantadora Turé Huá, la de los turgentes senos, la de los ojos de gacela, la del cuerpo escultural... y Porubrí tembló de arrebatada pasión admirando extasiado la figura de aquella virgen núbil, broncínea belleza de inmaculada perfección.

Por fin, al correr de las horas y al andar dé los días, una oscura mañana de invierno llegó el momento esperado por el fogoso doncel. Aprovechando la oportunidad en que la población enemiga dormía después de varios días y varias noches de orgías bacanales, Porubrí, en un alarde suicida, se apoderó de la encantadora Turé Huá, huyendo con ella a través de la selva virgen para internarse en territorio de su propia tribu.

Descubierto por flecheros del cacique Dufará, y perseguido de cerca por éstos, Porubrí pudo llegar hasta el pie de un pequeño cerro en donde hizo frente a sus perseguidores, a quienes venció dándoles muerte con sus propias armas. Más, ¡ay!, las flechas enemigas, mal dirigidas por los sorprendidos arqueros, habían atravesado el corazón de la desdichada Turé Hua, dejándola sin vida sobre el campo que se tiñó de carmín con su sangre inocente.

El castigo de Sibú o Juez Supremo, no se hizo esperar, y Porubrí fue transformado allí mismo en el Ibíh Oguá, o monstruo diabólico, quedando condenado a morar eternamente en la entraña del cerro donde cayó su amada. El espíritu de la princesa fue convertido en diminuto colibrí, y de su sangre y cuerpo surgió una fragante madreselva de campánulas rojas que alfombra miríficamente el domo de aquella colina, conocida por los naturales con el nombre de Kak-Turín.

Las flores que allí crecen, de un fulgente escarlata, ofrecen el dulce licor de sus cálices a las bandadas de colibríes que las cortejan todo el año, revoloteando entre el hábito de su perfume embriagador.

Tal la historia de la Princesa Turé Huá, cuyo espíritu, la leyenda, sigue viviendo en el cuerpecito tornasol del colibrí.


TURE-HUA: Colibrí en lengua Térraba o Brurán.

IBIH-OGUA: Animal brujo.

KAK-TURIN: Región Infernal.



EL IBIH OGUA

Arrecia la tormenta, sopla el vendabal con furia asoladora y la barca en que bogamos amenaza zozobrar. Hace varias horas que viajamos a la deriva desde Lagarto, rumbo a Palmar, por el Río Grande de Térraba. Somos tres viajeros: Leiva, el botero, Emilio Ortega, sacamuelas-curandero y el que suscribe. Ocupan también puesto en el bote dos cerditos que Ortega lleva como precio adquirido por servicios profesionales y que le servirán para adquirir otras cosas. El botero dirige la canoa hacia la orilla donde se divisa un rancho y salimos para guarecernos allí de la tormenta. El rancho está abandonado, mas, a pesar del estado ruinoso en que se encuentra, algo nos resguarda de la borrasca. En estas vastas soledades, lejos de toda civilización, en donde el hombre viv e en constante lucha con la naturaleza, la lluvia no es obstáculo que entorpezca un viaje o que impida un trabajo; pero es que esto no es lluvia, es un diluvio aterrador acompañado de pavorosa rayería que está azotando la región desde el día anterior.

En la única pieza del rancho hay un fogón de tierra que hemos encendido para calentarnos y arreglar algo con que entretener el estómago. Al caer la tarde hemos decidido quedarnos allí hasta el amanecer, y para matar el tiempo se cuentan historias de naufragios ocurridos en el Gran Río y de personas amigas que encontraron la muerte en otras tormentas como la que presenciamos. Sale Leiva corriendo a varar el bote sobre tierra y vuelve trayendo los dos marranos que ahora dormirán también bajo techo, es decir, en el suelo junto a nosotros.

Ahora que estamos completos, dice el medicastro, voy a contarles lo que me sucedió una vez por estos lados, cuando yo era joven. Y comenzó su narración de la siguiente manera: “En mi oficio como buhonero, dentista y curandero solía yo hacer, como lo hago ahora, un largo recorrido entre Buenos Aires y El Pozo, en cuyas giras invertía dos o tres meses. En Boguré, pequeña ranchería de la que apenas quedarán ahora un par de chozas vivía el Sukia Natalio, a una legua escasa del cerro que, según los naturales, es hueco como cáscara de nuez, porque su interior sirve de morada a un joven cacique que fue transformado en monstruo por el Todopoderoso como justo castigo a su diabólica conducta. Dice la superstición que el día de la vigilia de San Juan ese monstruo sale de su encierro difundiendo el miedo en toda la población, y según Natalio, esa salida anual la hace con el deseo de encontrar una doncella a quien raptar. Esa noche nadie se aventura fuera de los ranchos.

No dando crédito a las supersticiones de aquellas gentes sencillas, me interesé como cazador en el relato de Natalio, anticipando una gran aventura que afianzaría mi fama en aquellas regiones. Me propuse volver con armas y perros, mas, para no lastimar la credulidad de aquellos amigos con mi falta de fe en su relato, prometí regresar para la fiesta de San Juan, que estaba próxima, con el fin de sorprender al monstruo que saldría esa noche, en la seguridad, por supuesto, de que si algo habitaba en el cerro, tendría que ser un animal de carne y hueso que por fuerza habría de salir todas las noches a merodear en la selva.

Me fui a Boruca en busca de Lolo Villanueva, mocetón ágil y valiente que me había acompañado en otras aventuras de caza, y con él llegué a la ranchería el mismo día de la fiesta de San Juan que los indios celebraban con ceremonias y borracheras. El jolgorio se había iniciado y casi todos los habitantes se encontraban ya a media tranca con chicha de shikrá y vino de palma, que las viejas repartían en huacales de calabazo. Natalio se alegró de nuestra visita pero no quiso cooperar en la aventura que íbamos a emprender, ni permitió que lo hiciera ninguno de los hombres del poblado; tal el miedo o el respeto que les infundía la tradición de sus mayores.

Sin perder tiempo me fui con Villanueva a explorar nuestro campo de operaciones y a medida que nos acercábamos al cerro aumentaban las emanaciones perfumadas y la belleza de su colorido, pues estaba totalmente cubierto de flores. Parecía un gran pastel adornado de confetti multicolor, pero, al mismo tiempo, notamos que la espesa vegetación que lo cubría como gruesa alfombra, probablemente inviolada durante siglos, descansaba sobre erizada maraña de sarmientos de afiladísimas espinas que lo convertían en un baluarte inexpugnable. Descubrimos, además, que el cerro tenía una abertura o grieta hacia el Oriente, capaz de permitir la entrada a una persona, pero para ello había que chapear una trocha que lo facilitara, y, punto y seguido, entre los dos dimos principio a la ardua tarea. Trabajamos más de una hora y hubimos de suspender la faena a causa de la fuerte lluvia que ya se hacía insoportable, pues estábamos calados hasta los huesos. Sin embargo, ya era poco lo que faltaba para dejar expedita la entrada.

Regresamos al rancho a secar nuestras ropas y a esperar que cesara la lluvia, lo que no ocurrió sino hasta el anochecer. Aguardando en vano a que nos alumbrara la luna nos reconfortamos con unas cuantas jícaras de vino de palma, y hacia las siete y media de la noche nos dirigimos al cerro, dejando los perros amarrados por temor a herirlos en la oscuridad. En aquellos tiempos no se conocían los focos de batería y todo lo que llevábamos para alumbrar nuestros caminos y defendernos de las andariegas bucaracás, que allí son numerosas, era mi modesta linterna de canfín, además de unos talismanes que nos había facilitado Natalio contra las víboras, llamados por los indios krúa-kúp, a los cuales les tienen gran fe.

Al acercarnos al cerro, apagamos la linterna para no infundir temor al animal que hubiere en la cueva y nos dispusimos a esperar pacientemente; profundo silencio reinaba en el bosque solitario. Después de larga espera con nuestras armas preparadas, que teníamos cargadas con balas tigreras, empezó a clarear un poco con la luna, que se alzaba a nuestras espaldas, y cuyos reflejos, embotados por las nubes, proyectaban sombras caprichosas que daban a los árboles la apariencia de fantasmas; pero nuestro ánimo no decaía. Estábamos parapetados en una gran piedra que nos ocultaba, a pocos pasos de la cueva, desde donde teníamos buena visibilidad a pesar de las tinieblas.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde nuestra llegada o si me había dormido, cuando, de pronto, sentí que Lolo me sacudía haciéndome señas de que estuviera alerta. En ese momento oí rechinos y ruidos sordos como de algo que rozara en la maleza, y dentro de la oscuridad de la cueva surgieron dos ojos centelleantes de un bulto que avanzaba hacia nosotros. Cuando estaba a diez pasos de nuestro escondite Lolo disparó de primero; el estruendo fue terrible en el silencio de la noche, pero el animal no pareció darse por entendido. Lo creí muerto y ya me disponía a salir de nuestra trinchera, cuando lo oí olfateando con grandes resoplidos. Me extrañó la falla de Villanueva que era muy buen tirador y entonces seguí yo disparándole al centro de los ojos los dos cañones de mi escopeta, pero el resultado fue parecido al anterior. El animal, que estaba completamente fuera de la cueva, se irguió sobre sus cuartos traseros, lanzó un aullido horrible que me puso los pelos de punta y dejando oír unos baladros espantosos dio media vuelta y se internó de nuevo en la madriguera en forma erecta, al mismo tiempo que le descargábamos nueva andanada por la espalda. Fue en aquel mismo momento que Lolo, tomándome violentamente por un brazo, me arrastró a todo correr hacia los ranchos donde encontramos a Natalio y a los demás moradores de su palenque acurrucados en los tabancos, poseídos de la mayor agitación: habían oído nuestro tiroteo y el aullido del monstruo y ahora leían en nuestros semblantes el pánico que nos era imposible ocultar. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche cavilando sobre las incidencias de lo ocurrido y deseando que transcurrieran las horas con toda rapidez para conocer la verdad de nuestra pifia.

Con la luz del día y reanimados con unas jícaras de fuerte vino, nos fuimos con los perros hacia el cerro esperando encontrar muerto o mal herido al animal que habíamos acribillado. No encontramos el menor rastro de sangre a la entrada de la cueva, pero sobre la tierra reblandecida por la lluvia del día anterior vimos, bien impresas, huellas de pezuñas tan grandes como las de una res. Yo no daba crédito a mis ojos. Lolo se santiguaba balbuceando no sé qué rezos; pero lo que nos dejó pasmados fué la actitud de los perros que no quisieron ni ver las pisadas, antes bien, oteando el aire, salieron huídos con el rabo entre las patas y grifo el espinazo, deteniéndose a unos veinte pasos desde donde nos llamaban con gemidos de temor que daban lástima. Desde entonces creo en las supersticiones de estas gentes”.  

Y si, lector, dijeres ser comento, como me lo contaron te lo cuento.  



— o —


R A R A   A V I S

En Palmar —no en el de la Compañía Bananera que llegó años después de esta historia, sino en el de los indios, llamado hoy Palmar Norte—, trabé amistad con el señor Guillermo Kupfer, explorador alemán y coleccionista de aves y pieles, quien, a la sazón, se hallaba de paso hacia Panamá, viajando por tierra en compañía de un joven antioqueño que le servía de ordenanza. A instancias suyas y haciendo a un lado mis ocupaciones, convinimos en llevar a cabo una excursión de caza y pesca, en aguas del Río Grande de Térraba, para lo cual contratamos los servicios del indio botero Leví Granda y los de un chico nieto suyo como ayudante.  

El día señalado para el viaje nos reunimos de madrugada a la orilla del río y poco después nos deslizábamos aguas abajo arrastrados por la corriente, que en algunos trechos es bastante fuerte. Reinaba aún la oscuridad y el silencio era interrumpido tan sólo por el chapoteo del agua al ser golpeada por el canalete, o por el vuelo de las aves nocturnas el cruzar el espacio en busca de retiro.  

Al despuntar el alba ya habíamos atravesado el último torbellino y bogábamos en aguas más profundas, a muchas leguas del sitio de nuestra partida. Los rayos del sol naciente comenzaban a teñir de arreboles las copas de los árboles más altos y las crestas de los montes lejanos se inundaban de la belleza y del mágico hechizo de aquel amanecer maravilloso de la selva tropical, poblada ahora de vagos murmullos que llegaban a morir en los oscuros remansos del Gran Río.  

Próximos a cruzar frente a la Ensenada del Cangrejo, resolvimos hacer un alto para almorzar en el rancho del chiricano Eudoro Montiel, hombre bueno y servicial, viejo amigo del que esto escribe. El río mide allí unas doscientas brazas de banda a banda y al atravesarlo buscando la entrada a lo de Montiel, divisamos en el playón de arriba la figura de un animal como un perro, pero que no era a juzgar por la manera de moverse en busca de algo que tomaba del suelo. Al antiqueño le pareció que era un oso hormiguero mientras que el indiecillo, con gran exaltación, le decía al abuelo en su dialecto que era un bugurín, pero el viejo negó asegurando que era el Orúbugú, y dirigiéndose al alemán le dijo: Tire, señor, es un Tulumuco. Kupfer se echó el arma a la cara pero en aquel instante el felino, que nos había sentido, se internó en la espesura. Varamos el bote en la ribera para seguirlo y allí vimos las huellas bien marcadas sobre la arena. Había estado comiendo cangrejos que sacaba de sus hoyos. Dispusimos internarnos para buscarlo y nos dirigimos a un claro distante unas cincuenta varas dentro de aquel enmarañado laberinto, pero al ir a saltar un grueso tronco que estorbaba nuestro paso nos gritó el botero que nos detuviéramos. Le pedí explicaciones presumiendo que había visto la pieza que buscábamos, y por toda respuesta nos dijo. ¡Oígala!, ¡oígala! Es la lengüe-bruja, retírense de ahí pronto!...  

Distinguiendo entre los mil ruidos de la selva, no fue sino hasta entonces que percibimos la cháchara de un pajarraco que luego vimos sobre una rama, parecido a nuestro Pecho Amarillo, aunque un poco mayor que éste, el cual, con las alas y el pico semi-abiertos y las plumas de la cabeza erizadas, emitía unos trinos agudos y penetrantes que parecían decir: Huíbin... huíbin... repitiéndolo muchas veces como en gran zozobra, pues danzaba de rama en rama y descendía hasta el suelo para elevarse de nuevo a la rama. El indio nos explicó rápidamente que el pájaro nos estaba anunciando la presencia de una víbora mortalmente venenosa, y no tuvo que repetirlo, pues nos faltaron piernas para regresar más que de prisa a la orilla del río. Allí nos terminó de contar Leví el caso de la pajarilla, relato que fué confirmado y ampliado por el patriarca Pedro Figueroa y por otros viejos amigos oriundos de aquellos lugares. Rara Avis, me dije, pero he aquí que aquel suceso inesperado dió ocasión para recoger otra leyenda brunka que transcribo bajo el título de  


H U I B I N

Relata la tradición que hace más de un milecio, antes de que los hombres Síhuas llegaran desde el mar, habitaban en las márgenes del Kabagra, felices y tranquilos, dos hermanos gemelos, jóvenes de veinte años, bizarros herederos de las dinastías de Uriabá, de remotísimo pasado. Eran ellos Ukrá-Ak y Bukar-Ak. Siendo, como eran, vástagos de estirpe real, en no lejano día habrían de regir conjuntamente los destinos de su raza como sucesores del viejo Cacique, consecuencia conocida y aceptada con agrado por todos los pobladores de aquellos valles. Todos sus gustos, sus alegrías, sus deseos todos eran, idénticos en los dos mancebos, de manera que cuando el viejo Cacique se ausentara para siempre a morar en el valle de Mok, la potestad sería compartida indistintamente por los dos caudillos sin la menor molestia, pues se amaban entrañablemente.  

Pero Debá, que en todo ha de meterse, dispuso que las cosas fueran de otro modo, y así, valiéndose de las tretas propias de su ingenio, antes de que ocurriese la muerte del viejo Cacique, logró sembrar la discordia entre aquellos apuestos mozos ofreciendo la ocasión para que ambos se prendaran, al mismo tiempo de la primaveral belleza de Huíbin, núbil y esbelta mariposilla hija de una ranchería aledaña.  

Siendo físicamente semejantes los dos hermanos, para Huíbin era difícil distinguir al uno del otro, de manera que los dos eran correspondidos por igual con sus ardientes miradas y sus inocentes coqueteos.  

¡Mas hay! Aunque los gemelos eran de idéntico parecido en su apariencia física, no lo eran así en su carácter: Ukrá-Ak era recio y apasionado; Bukar-Ak era osado y cruel. Sucedio, pues, que Bukar-Ak cobró a su hermano un odio mortal, odio alimentado por las inocentes zalamerías de Huíbin; y un día en que Ukrá-Ak atravesaba la selva en busca de su amada, Bukar-Ak, en acecho en la espesura, le clavó una flecha emponzoñada por la espalda ocasionándole la muerte allí mismo.

El castigo de Sibú llegó al instante y el homicida Bukar-Ak fué convertido al punto en la temible víbora Bukaraká que algunos llaman Mano de Piedra y otros Toboba Chinga. La acción del veneno transformó a Ukrá-Ak en piedra inerme, y por una ironía del destino las piedras han servido siempre al indefenso caminante para aplastar la cabeza de las víboras que a su paso encuentra en aquellos valles. La coqueta Huíbin no escapó al castigo, habiendo sido transformada en la pajarilla que con sus gritos y espavientos nos anuncia la presencia de las víboras que acechan ocultas en la maleza.  


San José de Costa Rica, 1956.  


Huíbin: pájaro hechicero o lengüe-bruja.

Bugurín: Manigordo. (Felis Pardalis).

Orúbugú: Tulumuco: (Galictis Barbara)

Sihua: Extranjero.

Sibú: Dios.

Mok: la luna.

Ukra: Piedra en lengua brunka.

Debá: Espíritu Malo, el Diablo.

Ak: Piedra en lengua brurán.

Bukar-Ak:... Toboba, Mano de Piedra o Bukaraká.


— o —


Nota: El Huíbin o la Lengüebruja, es el mismo pájaro que en Colombia se conoce con el nombre de Torcecuello. Es compañero de la víbora a quien pone alerta contra quien se le acerca. Es ave trepadora, con lengua como la del pájaro Carpintero, de la cual se sirve para alimentarse de hormigas. Las tobobas despiden un olor sui géneris, que atrae a las hormigas del género Atta, que son las que traga la Lengüebruja, y por eso la acompaña. ¿Qué otra explicación podría aceptarse para justificar esa estrecha asociación entre pájaro y víbora?


Referencia: Fernández Soto, Belisario. "De la leyenda aborigen." Repertorio Americano 49, no. 10 (1956): 154–157. Consultado el 5 de agosto de 2026. https://repositorio.una.ac.cr/server/api/core/bitstreams/9dfbd8b7-187d-49e0-92ac-501d3a9c9758/content 


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