La Princesa Nimboyore

La Princesa Nimboyore

En lejanos tiempos, dice la versión popular, los terrenos aledaños a Playas de Potrero constituían el reino de Nimboyore

Playas de Potrero descritas maravillosamente por la pluma de oro de Miguel Salguero, el gran narrador del diario La Nación, es un lugar verdaderamente encantador, motivo por el cual, desde remotos tiempos, era el lugar de veraneo de los pueblos cercanos como Tempate, Cartagena, Sardinal, Santa Ana, San Blas y muchos otros.

La fantasía popular dice que los reyes de Nimboyore murieron quedando como dueña la Princesa Nimboyore, hija única. Se dice que era linda, con los cabellos color de oro como el sol mañanero, de tez blanca semejante a los azahares, de mejillas sonrosadas. Los ojos azules como el mar. Sus dientes semejantes a las perlas engarzadas en su boca estuche de coral. Su cuerpo grácil era el de una diosa.

El palacio de Nimboyore estaba asentado en la cumbre de los cerritos que quedan frente a la bahía por el este, siendo así que la puerta principal del palacio miraba al mar y desde ahí partí a la gradería descendiente muy cerca de las aguas donde salpican las olas. Cuando la princesa salía a bañarse, los pececillos saltaban de gozo, formaban corro en brincoteos de gotas que el sol transformaba en arco iris en torno a la linda princesa.

Los pajarillos en la arboleda de la costa dejaban oír sus variados trinos, mientras las flores de malinche, de guarias, de azahares silvestres, etc., dejaban caer lluvia de pétalos perfumando así el ambiente.

Al salir del baño y encaminarse a su palacio, los pájaros formaban un maravilloso cortejo alado cuyos cantos dulcísimos y suaves eran nada menos que la sinfonía del amor.

Una vez en primavera apareció en el reino un jinete galán montando un caballo alado, dijo llamarse el Príncipe de los Siete Bueyes. Había venido desde su reino con las primeras brisas del verano y quiso conocer a la linda Nimboyore.

Ató su caballo en el tronco de un árbol y comenzó a subir la gradería con tan mala suerte que los pajaritos era millares se le vinieron encima y lo picoteaban todo, pero quiso la casualidad que la princesa salió al balcón y al darse cuenta de la furia de los pajaritos les habló suavemente y estos le obedecieron y se retiraron, aunque manifestaban siempre su enojo.

El Príncipe de los Siete Bueyes subió hasta su encuentro quedando deslumbrado ante la belleza de Nimboyore, estableciéndose al punto una mutua simpatía que luego se transformó en amor. Prometió el príncipe volver muy pronto para tener la dicha de permanecer a su lado más tiempo y pasear por las suaves arenas de las playas de tan lindo reino. Luego montó su caballo alado alejándose hacia las regiones siderales del norte.

No pasó mucho tiempo sin que el príncipe volviera al reino de Nimboyore, paseó por las playas con la princesa tomados de la mano en dulce charla de amor, unas veces en el día y otras veces por las noches a la luz de ia luna en ambiente de incomparable felicidad.

Pero sucedió que se dio cuenta de esta dicha el Monstruo del Mar, el que desata las tempestades y los terribles tifones del océano; quien lleno de envidia se propuso destruir al Príncipe Siete Bueyes y casarse él con la Princesa Nimboyore. De este modo y en una de las visitas del gran enamorado Siete Bueyes a su linda Nimboyore, cuando más felices estaban paseando por Sa playa, se desató una terrible tempestad, una ráfaga huracanada arrebató al príncipe, lo elevó por los aires rumbo al mar, mientras la princesa quedó desmayada sobre las arenas. Al día siguiente los pajaritos la despertaron y sus criados la llevaron al palacio, subiendo lentamente los escalones mientras en el aire se oía una horrible carcajada que decía: "no verás más a tu príncipe porque está en el fondo del mar".

Desde este día fatal, la Princesa Nimboyore, triste y sollozante, se sentó detrás de su palacio sobre una roca en lugar sombrío y comenzó a llorar... llorar... y más llorar, los pajaritos trataban de consolarla con sus trinos dulces, pero ella los mandaba callar y seguía llorando, las lágrimas caían sobre la roca y formaban ya un pequeño hoyo, éste se fue haciendo profundo, las lágrimas cayendo siempre rebasaban el hoyo, se desbordó y el precioso líquido de aquellos lindos ojos formó canal y se deslizó por la bajura como un manantial suave, triste, corriendo de desnivel en desnivel, pasó por laderas, caminos, sembrados, poblaciones en donde los niños le acariciaban al lavarse la cara y las manitas; llegó así al lecho del manso río Cañas, este le tendió los brazos, el manantial de lágrimas le contó su historia, lloraron juntos y abrazados siguieron su descenso por la llanura; llegaron al gran río

Tempisque, ya eran tres para llorar la desaparición del bello Príncipe Siete Bueyes. Por último, los tres amigos llegaron al lindo Golfo de Nicoya, contaron la historia del manantial de lágrimas, las olas luego en afán de vida y de amor, eternamente cantan la extraordinaria belleza de la Princesa Nimboyore y su ejemplar fidelidad.

Dice la fantasía popular que la princesa se transformó en maravillosa luz que ilumina la linda playa de Potrero durante el día como recuero de chispas solares, por las noches con haces de luna y con puñados de luciérnagas, semejantes a polvo de estrellas.

Mientras el manantial de sus lágrimas sigue fluyendo como el primer día, ahora con el nombre geográfico de río Nimboyore; (nimbo = nube, yore = permanente).

En el fondo del mar, en donde estaba confinado el Príncipe Siete Bueyes, que también se lamentaba por la separación de la linda princesita, pedía con lamentos desgarradores al horrible monstruo que lo devolviera a donde estaba su adorada; pasó el tiempo y fastidiado por los lamentos del príncipe, decidió liberarlo y devolverlo a donde estaba la princesa; pero ésta ya había fallecido consumida por el dolor de haber perdido a su príncipe, y sólo quedaba el gran pozo hecho por la caída constante de su llanto incontenible.

Entonces el monstruo del mar convirtió al príncipe en una enorme boa para que resguardara aquel profundo pozo de aguas cristalinas, y a sus criados en hermosos guapotes que pululan en sus profundidades. Peces que actualmente nadie osa pescar, porque dicen las supersticiones que si lo hacen se seca el manantial y se termina el río Nimboyore, también temen a la gran boa que de vieja ya tiene cuernos y vive en las cuencas de las raíces de un higuerón centenario que nació a la orilla de la gran pila y sólo sale para cazar cerdos o algún animal que se acerca y no hace daño a las personas que pasan por ahí. (Leal de Noguera)


Referencia: Leal-de Noguera, M. (1996). Estampas del camino, 1 ed., pp. 111-117. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica. 

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