Dìna̱mu̱

Ilustración por Atzin90

Dìna̱mu̱


El Dìna̱mu̱ (también registrado como Dìköm, di' na̱mu̱, di'nmu̱, di' na̱ma̱, Tsirùle y, en cabécar, dinamã, d́ikum o d́ikun) es uno de los seres más temidos de las tradiciones mitológicas bribri y cabécar. Su nombre significa literalmente «felino de agua», formado por di’ («agua») y na̱mu̱ («felino»). En español suele traducirse como «tigre de agua» (Stone 1993, 114).

En cuanto a su hábitat, se encuentra principalmente en los ríos, las grandes pozas, las cataratas y el mar. Prefiere las aguas profundas y los sitios donde la corriente adquiere mayor fuerza, especialmente durante la estación lluviosa, entre julio y noviembre, cuando las crecientes aumentan el peligro para quienes se acercan al agua (Bozzoli de Wille 1977, 83).

Aunque se manifiesta en el mundo humano a través de los ríos, las tradiciones lo vinculan con un ámbito situado debajo del lugar donde nace el Sol, desde donde puede ascender cuando logra escapar de sus guardianes (Bozzoli de Wille 1977, 179–181; González Chaves y González Vásquez 1989, 156–158; García y Jaén 1996, 78).

En cuanto a su apariencia, generalmente se le describe como un enorme felino semejante a un jaguar o un puma. Posee ojos semejantes al fuego, colmillos de color rojo incandescente y una o dos colas prensiles, similares a las de un mono, con las que captura y arrastra a sus víctimas hacia el fondo del agua. Su pelaje suele ser rojizo o del mismo color del agua donde se encuentra, por lo que puede confundirse con su entorno (Bozzoli de Wille 1977, 169; Sánchez y Mayorga 1994, 71–73). (1)

Una de sus características más temidas es el intenso calor sobrenatural que emana de su cuerpo; sus colmillos irradian una temperatura capaz de quemar la vegetación cercana, y ese calor permanece incluso después de su muerte, por lo que incluso su cadáver continúa siendo peligroso para cualquiera que intente acercarse o tocarlo (Sánchez y Mayorga 1994, 71–73; Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8; Pereira 1994, 62–64).

En cuanto a su dieta, el Dìna̱mu̱ se alimenta exclusivamente de sangre humana. No suele devorar la carne de sus víctimas; únicamente les extrae la sangre, que percibe como si fuera cacao o chocolate (tsirú'). Según algunas tradiciones, la sangre de los bribris le resulta especialmente apetecible, mientras que la de los blancos le sabe feo, como a chocolate de cacao pataste (Bozzoli de Wille 1977, 83; Stone 1993, 124, 135; Fernández 1982, 7).

En cuanto a su comportamiento, con frecuencia engaña a las personas mediante un motivo asociado al cacao. En muchas narraciones recorre las pozas invitando a quienes encuentra a «beber cacao» con él. La mayoría rechaza la invitación porque conoce el peligro, pero el Dìna̱mu̱ insiste hasta que alguien acepta, entonces la víctima descubre que la bebida ofrecida es en realidad sangre humana. Otras versiones explican esta imagen de forma diferente: el Dìna̱mu̱ percibe a los seres humanos como mazorcas maduras de cacao, las abre para extraer su sangre y luego la bebe o la ofrece como si fuera una bebida de cacao (Stone 1993, 135).

Su forma de cazar sigue un patrón constante. Permanece oculto en las pozas profundas, cerca de puentes o en los lugares donde las personas deben cruzar los ríos, esperando el momento oportuno para atacar. En muchas narraciones provoca crecientes repentinas o cabezas de agua que arrastran a sus víctimas; en otras ocasiona derrumbes en las orillas para hacerlas caer al agua (Pereira 1994, 62–64; Bozzoli de Wille 1977, 83).

Cuando alcanza a una persona la sujeta con una o con sus dos colas prensiles y la arrastra hasta el fondo del río, donde le rompe o muerde la frente y las rodillas —y, según algunas versiones, también los codos— para extraerle la sangre (Bozzoli de Wille 1977, 83, 169; Stone 1993, 133; Sánchez y Mayorga 1994, 71–73).

Después de alimentarse suele ocultar el cadáver bajo el agua o dentro de una cueva durante dos o tres días antes de abandonarlo río abajo o permitir que aparezca flotando en la orilla. Algunas tradiciones afirman que, mientras permanece junto al cuerpo, adopta la forma de un cangrejo que lo sujeta con sus poderosas tenazas. La única manera de obligarlo a soltar a la víctima consiste en hacer sonar un caracol, cuyo sonido le resulta insoportable y lo obliga a huir (Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8).

En cuanto a los indicios de su aparición, su presencia suele anunciarse mediante fuertes retumbos semejantes al trueno, aunque el cielo se vea despejado. Estos sonidos indican que el tigre de agua ha escapado del mundo inferior y está remontando los ríos, lo que le sirve de advertencia a las personas para mantenerse alejadas del agua. Las distintas tradiciones ofrecen diversas explicaciones para estos retumbos: unas los atribuyen al movimiento de la hamaca del guardián de la puerta del este, otras al llanto de ese mismo protector o a la intervención de Díköm Wí̱chake, aunque todas coinciden en interpretarlos como una señal inequívoca de peligro (Sánchez y Mayorga 1994, 71–73; González Chaves y González Vásquez 1989, 156–158; Bozzoli de Wille 1977, 83).

En cuanto a su origen, el Dìna̱mu̱ está vinculado con uno de los acontecimientos fundamentales de la cosmología bribri: el sacrificio de Irìria y la formación de la tierra. Cuando Sibö transformó el cuerpo de la niña en la tierra actual, las lágrimas derramadas por su abuela Namàsia —o sLàÿibi, según algunas versiones— y por su madre Nai'tamị cayeron sobre el mundo. De ellas nacieron primero diversas aves de presa y, posteriormente, los felinos. Tres permanecieron en la tierra firme, mientras que un cuarto descendió al mar y se convirtió en el tigre de agua (Bozzoli de Wille 1977, 174). (2)

Desde entonces el Dìna̱mu̱ habita el mar y los ríos, aunque su verdadera morada se encuentra en el mundo inferior. Para impedir que invada el mundo humano, Sibö colocó a un guardián —conocido en distintas tradiciones como Olò̱msa̱, Olòbsa u Olòbəsĩã — encargado de custodiar la puerta del este. Bajo ella mantiene una gran olla de agua hirviendo en la que caen los Dìna̱mu̱ cuando intentan escapar (Sánchez y Mayorga 1994, 71–73; Bozzoli de Wille 1977, 83).

Sin embargo, en ocasiones el guardián se duerme, se distrae o Sibö permite deliberadamente que uno de ellos salga ("cuando Dios nos vende para él"). Según algunas tradiciones cabécares, esta vulnerabilidad también puede producirse cuando hay mujeres embarazadas, pues ellas hacen dormir a Óknamãte, el espíritu protector que vigila la desembocadura de los ríos; Stone señala que una mujer embarazada es bukLu, condición asociada con la presencia de algo malo o peligroso en su interior. El Dìna̱mu̱ aprovecha entonces para remontar los ríos en busca de víctimas (Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8; Stone 1993, 135, 172–173).

Cuando logra escapar, el Dìna̱mu̱ llega primero al mar y desde allí comienza a ascender por los ríos. Durante su recorrido diversos animales, entre ellos la nutria, el lagarto, el pato de agua, el cormorán y el martín pescador, siguen su rastro y avisan a Sërkë, el huracán, quien lo persigue hasta conducirlo nuevamente ante los seres encargados de destruirlo (Segura 1989, 33; Stone 1993, 135).

Algunas versiones describen esta destrucción como un castigo ritual. En ciertas tradiciones, el guardián encargado de custodiar el mundo inferior cocina al Dìna̱mu̱ en una gran olla y luego lo devora. En la tradición cabécar, esta función corresponde a Óknamãte, el espíritu protector de la desembocadura de los ríos, quien ordena capturar al jaguar de agua y, junto con las personas que bebieron cacao con él, los somete al mismo castigo. Otras versiones, sin embargo, sostienen que únicamente el monstruo termina destruido después de causar la muerte de sus víctimas (Stone 1993, 135; Bozzoli de Wille 1977, 83).

La tradición también menciona a Dikú Witcké, considerada en algunos relatos la abuela del Dìna̱mu̱. Sibö la desterró al fondo del mar junto con su nieto por su maldad, y desde entonces permanece vigilando las desembocaduras de los ríos para impedir que escape. Según esta versión, los retumbos del oleaje anuncian que el tigre de agua está por salir del mar y remontar los ríos en busca de personas; el estruendo lo produce Dikú Witcké, temerosa de que su nieto no regrese y dispuesta a castigarlo cuando vuelva (Stone 1993, 133).

Estas narraciones presentan al tigre de agua no como una criatura completamente libre, sino como un ser cuyo acceso al mundo humano está estrictamente controlado. Sus apariciones representan rupturas temporales del orden cósmico, corregidas mediante la intervención coordinada de los guardianes, los animales mensajeros y Sërkë.

En cuanto a las formas de enfrentarlo, aunque el Dìna̱mu̱ constituye una de las amenazas más peligrosas para las comunidades humanas, las tradiciones bribris atribuyen al clan UsékLa la capacidad de combatirlo. Según Juana Sánchez, Sibö creó este clan para proteger a los indígenas de los seres sobrenaturales responsables de enfermedades, plagas y otros males colectivos. A diferencia de los demás clanes, los UsékLa no fueron creados como «semillas de maíz», sino traídos desde Nopaköl, donde servían a Sibö como seres celestiales. Como parte de esa misión recibieron unas pequeñas piedras sagradas (sia̱'), con las que podían combatir a los Dueños de las enfermedades y a entidades peligrosas como el tigre de agua.

Cuando el Dìna̱mu̱ amenaza a una comunidad, los UsékLa ordenan un período de ayuno colectivo durante el cual la población permanece recluida, guarda silencio y observa numerosas restricciones rituales mientras ellos realizan sus ceremonias. Tras prolongados ayunos ascienden de noche a las montañas vestidos con mastate para atraer al monstruo. Cuando este se aproxima, lo acarician hasta hacerlo disminuir de tamaño, transformándolo finalmente en una pequeña piedra (sia̱'), que guardan envuelta en algodón dentro de una canasta. Mientras permanezca bajo su custodia deja de representar un peligro; pero si escapa puede volver a convertirse en un tigre de agua u otro ser dañino, como un jaguar o un gavilán portador de plagas.

Cabe mencionar que la tradición atribuye a los UsékLa diversas intervenciones en favor de las comunidades indígenas. Entre ellas figura el relato según el cual, mediante ayunos y ceremonias, provocaron las inundaciones de 1935 que destruyeron vías férreas, puentes e instalaciones de la United Fruit Company (la cuál les había quitado tierras) en Talamanca, así como otro ritual que habría originado el llamado «Mal de Panamá», responsable del abandono definitivo de las plantaciones bananeras en la región (Vargas y Sánchez 1992, 45–48).

A pesar de ello, algunas narraciones afirman que el Dìna̱mu̱ también puede ser abatido por los seres humanos, aunque hacerlo implica un enorme riesgo. Quien consigue matarlo suele morir poco después, pues el intenso calor que emana de la criatura pasa al cuerpo de su vencedor y le provoca una fiebre abrasadora. Algunas versiones mencionan un remedio ritual consistente en beber una preparación hecha con las propias heces mezcladas con agua; si el tratamiento tiene éxito, el calor abandona el cuerpo del cazador y el Dìna̱mu̱ sale del agua para morir finalmente en tierra firme; incluso muerto, su cuerpo continúa irradiando calor y seca la vegetación que lo rodea (Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8–9; Pereira 1994, 62–64).

La tradición del río Lari conserva el relato de dos hombres que se enfrentaron al monstruo con arco y flechas. Aunque lograron darle muerte, el arquero falleció poco después a causa de la fiebre provocada por el calor del animal. El cadáver del Dìna̱mu̱ permaneció durante mucho tiempo irradiando calor entre un cañablancal a la vera de dicho río hasta quedar reducido a un esqueleto, y sus colmillos fueron conservados por antiguos caciques, quienes debían vestir una especie de pectoral de cuero para que el calor de aquellos colmillos no los quemara, como símbolos de autoridad y poder, (Pereira 1994, 62-64).


Interpretación

Dentro de la cosmología bribri y cabécar, el Dìna̱mu̱ ocupa un lugar singular por reunir características que normalmente permanecen separadas. Aunque pertenece al linaje de los felinos, habita el agua; nació de las mismas lágrimas que dieron origen a los demás grandes felinos, pero descendió al mar y quedó vinculado al mundo situado debajo del nacimiento del Sol. Se desplaza entre el inframundo, el océano, los ríos y el territorio humano, convirtiéndose en un ser liminal que atraviesa constantemente los límites entre los distintos niveles del cosmos (Bozzoli de Wille 1977, 174, 179-183).

Su relación con el agua trasciende la de un simple habitante de ríos y pozas. En las narraciones tradicionales, el agua es fuente de vida y medio de comunicación entre territorios, pero también una fuerza capaz de destruir mediante crecientes, cabezas de agua y ahogamientos. El Dìna̱mu̱ personifica ese aspecto peligroso del mundo acuático y explica simbólicamente los accidentes ocurridos en los lugares más profundos y caudalosos de los ríos (Bozzoli de Wille 1979, 180-183).

También reúne elementos aparentemente opuestos: vive en el agua, pero su cuerpo irradia un calor abrasador; pertenece al mundo inferior, aunque emerge a la superficie; posee rasgos de un depredador terrestre, pero domina el medio acuático. Del mismo modo, transforma un alimento asociado con la vida, la hospitalidad y el intercambio social —el cacao— en un símbolo de muerte y engaño, al ofrecer sangre humana como si fuera una bebida de chocolate (Bozzoli de Wille 1979, 180-183; Stone 1993, 124, 135).

Las narraciones muestran además que la aparición del Dìna̱mu̱ nunca constituye un hecho aislado. Su fuga desencadena la intervención del guardián de la puerta del este, de los animales que siguen su rastro, de Sërkë, de Díköm Wí̱chake y de los UsékLa, formando parte de un sistema cosmológico en el que diferentes seres colaboran para restaurar el equilibrio cuando este se rompe (Palmer, Sánchez y Mayorga 1992, 45-48; Stone 1993, 135).

Por ello, el Dìna̱mu̱ no es únicamente un monstruo de los ríos, sino la expresión de un universo donde el agua, los animales, los fenómenos naturales, los especialistas rituales y los seres sobrenaturales forman parte de una misma red de relaciones. Sus relatos enseñan que las pozas profundas, las cataratas, las desembocaduras y los grandes ríos no son simples accidentes geográficos, sino lugares donde confluyen distintos niveles del cosmos y donde el ser humano debe actuar con respeto y prudencia (Bozzoli de Wille 1979, 180-183; Palmer, Sánchez y Mayorga 1992, 45-48).


Notas

1) Las descripciones de su aspecto varían entre las fuentes. Algunas versiones señalan que su pelaje cambia según el estado del río —negro cuando está seco, gris cuando el caudal es normal y amarillo rojizo durante las crecientes—, mientras que otras indican que adopta el color del agua donde se encuentra. También existen diferencias respecto a las formas que puede asumir: además de su apariencia habitual de gran felino, algunos relatos lo presentan como un perro oscuro y peludo, una ardilla que busca cacao o un cangrejo. Asimismo, se atribuyen distintas coloraciones a sus ojos, descritos como rojos, amarillos, azules o lilas (Sánchez y Mayorga 1994, 71–73; Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8).

2) Un antecedente relacionado con el Dìna̱mu̱ aparece en el mito del origen del clan Tkbëdiwak Sulèyibi, recopilado por Bozzoli de Wille (1977). En él, dos gemelos nacidos de la unión entre una mujer y un misterioso ser velludo, identificado posteriormente como un tigre de agua, poseen la capacidad de transformarse en serpientes para capturar aves y peces. Al crecer, se convierten en enormes serpientes que agrandan una poza y amenazan con inundar el mundo, por lo que Sibö ordena detenerlas. Una de ellas es muerta, mientras que la otra es enviada al lugar donde nace el sol. El relato concluye señalando que esta serpiente sobreviviente se llama di'num y anuncia la llegada del Dìna̱mu̱, estableciendo un vínculo entre el tigre de agua y la cosmología de los pueblos bribris (Bozzoli de Wille 1977, 179–181).

3) El tigre de agua constituye una de las figuras sobrenaturales más complejas de las tradiciones bribri y cabécar de Talamanca. Su presencia no se limita a la figura de una criatura fantástica, sino que funciona como una representación de los peligros, límites y fuerzas ocultas asociadas al agua. Según Víctor J. Barrantes (1991), aunque algunos habitantes de Talamanca no consideran actualmente al tigre de agua como un ser existente, la mayoría conoce la tradición desde la infancia, lo que evidencia la permanencia del relato dentro de la memoria colectiva. El autor recoge el testimonio de Lorenzo Hernández, quien afirma que la existencia del animal fue confirmada dentro de la tradición cuando, años atrás, se encontró uno muerto en un río. Según el relato, la criatura era pequeña, semejante a un gato, pero cubierta de pelo y con colmillos largos; incluso después de muerto conservaba una fuerza sobrenatural, pues quienes intentaron extraerle los colmillos sufrieron quemaduras.

La narración recogida por Barrantes describe al tigre de agua como un ser asociado al mar que asciende por los ríos en busca de víctimas. Puede aparecer repentinamente, adoptar diferentes colores y confundirse con elementos naturales como un verolís. Los retumbos del agua son interpretados como señales de su llegada, pues anuncian que alguien será arrastrado por las aguas. Además, la criatura posee una dimensión moral: no ataca únicamente por azar, sino que castiga ciertas faltas, especialmente aquellas relacionadas con el irrespeto hacia los animales y las normas tradicionales.


4) Peraldo y Montero (1994), retomando información de Bozzoli, relacionan al tigre de agua con De’namu’, un felino acuático que vive en el lugar donde nacen las aguas, debajo del sol. Según esta tradición, cuando De’namu’ escapa y asciende por los ríos, los retumbos anuncian que alguien morirá ahogado. El cuidador de la entrada de las aguas, Olobasa, produce esos sonidos al moverse en su hamaca, asociando simbólicamente los retumbos tanto con fenómenos sísmicos como con acontecimientos destructivos relacionados con el agua. De esta manera, la figura del tigre de agua no representa únicamente un ser sobrenatural, sino también una forma simbólica de interpretar fenómenos naturales capaces de alterar el orden cotidiano, como las marejadas (o tsunamis), las inundaciones y las crecidas de los ríos.


5) Aunque la mayoría de las tradiciones describen al Dìna̱mu̱ como un ser hostil hacia los humanos, existen relatos excepcionales que presentan una relación distinta. En la Historia del clan Kätsúibawák, una mujer del clan TËKÄBÍWÁK establece una unión con un Tigre de Río, quien no solo la trata como esposa, sino que provee pescado para alimentar a toda su familia. Cuando los hermanos hieren al Dìna̱mu̱ creyéndolo un ser maligno, la mujer decide permanecer con él en su morada subacuática. Allí el Tigre de Río recibe al hermano menor, dialoga con él como cuñado, le explica por qué no devolverá a su esposa y, en compensación, le entrega un chucuyo que, transformado en mujer, sustituirá a la hermana y dará origen al clan Kätsúibawák. La tradición concluye afirmando que, debido a este parentesco, el Tigre de Río no ataca a los miembros del clan TËKÄBÍWÁK. Este relato constituye una excepción dentro del conjunto de narraciones sobre el Dìna̱mu̱, pues lo presenta como un personaje capaz de establecer vínculos de parentesco, cumplir su palabra y actuar con reciprocidad, sin abandonar su condición de ser no humano y sobrenatural dentro del sistema narrativo bribri (Obando Martínez y González Campos 2015, 65–123).


6) Una función similar aparece en el Mico de Agua o Sisimique, tradición registrada entre poblaciones de ascendencia güetar en la región de Zapatón. Según Alfaro Solórzano (2014), este ser habita en cuevas y pozas profundas de ríos y cascadas, donde protege los animales acuáticos y castiga las acciones que dañan el equilibrio del río, como contaminar el agua, pescar de manera excesiva o comportarse irrespetuosamente. Al igual que el tigre de agua, es descrito como un ser peludo que captura personas y las arrastra hacia el fondo de las pozas. En este caso, la criatura funciona como un mecanismo tradicional de protección ambiental: la amenaza sobrenatural establece límites sobre la explotación de los recursos naturales.

La presencia de seres acuáticos semejantes fuera de Talamanca sugiere la existencia de un motivo recurrente dentro del imaginario costarricense: el del guardián sobrenatural del agua. Un ejemplo aparece en la descripción del Valle de Orosi recopilada a partir de Alexander von Frantzius y comentada por Hilje Quirós (2008). Allí se menciona un monstruo con cuerpo y tamaño semejantes a un manatí, pelaje de perezoso y manchas de tigre, capaz de provocar crecientes, nubes y devorar personas que cruzaban ciertos lugares del río. Aunque la descripción pertenece a un contexto diferente y no puede identificarse directamente con el tigre de agua, comparte elementos importantes: la relación con los ríos, las crecientes y el castigo a quienes transitan lugares peligrosos.

Otra figura relacionada es el Peje Nicolás, incluido por Mario González Feo (1967) en María de la Soledad y otras narraciones. Según el relato, este ser vive en las nacientes del Virilla, desciende hasta el mar cuando recibe órdenes del Maligno, adopta formas distintas y luego regresa a las montañas. Aunque pertenece a un imaginario mestizo y literario, conserva la idea del ser sobrenatural que conecta los distintos espacios acuáticos del territorio costarricense.

La narración “Yo y la Larva”, de González Feo (1967), resulta además interesante porque funciona como una recopilación literaria de motivos sobrenaturales presentes en la tradición costarricense. El relato mezcla creencias locales, espiritismo europeo y referencias ocultistas para presentar una amplia colección de seres sobrenaturales. Entre ellos aparecen la Mujer de Agua, el Dueño de Monte, el Peje Nicolás, la Tule Vieja, la Llorona, el Mico Malo y otros personajes. En esta obra, las leyendas populares no son presentadas únicamente como supersticiones campesinas, sino como parte de un universo complejo de fuerzas invisibles que explican la relación entre humanos, naturaleza y mundo espiritual.

En conjunto, estas tradiciones muestran la persistencia de una concepción del agua como espacio habitado por fuerzas con agencia propia dentro del imaginario costarricense. Aunque cada figura pertenece a contextos culturales específicos y no necesariamente comparte un origen común, muchas cumplen funciones semejantes: delimitan espacios peligrosos, regulan la relación entre humanos y naturaleza, castigan transgresiones y expresan la existencia de órdenes invisibles que interactúan con el mundo cotidiano. El tigre de agua, el Sisimique, el monstruo de Orosi y el Peje Nicolás forman parte de una misma constelación simbólica en la que el agua aparece no como un elemento pasivo, sino como un espacio vivo, habitado y con voluntad propia.



Referencias

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Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos: Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 3 (1–2): 67–104.

Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1979. El nacimiento y la muerte entre los bribri. 1.ª ed. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Bozzoli de Wille, María Eugenia, y Carmen Murillo Chaverri, eds. 1984. Tradición Oral Indígena Costarricense. Vol. 2, nos. 1–2. San José: Vicerrectoría de Acción Social, Extensión Cultural, Escuela de Antropología y Sociología, Departamento de Antropología, Universidad de Costa Rica.

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Textos completos:

Dìna̱mu̱

di’ ‘agua’, na̱mu̱ ‘felino’. Felino de agua. Monstruo que se comía a la gente. Vivía cerca de la desembocadura del río Dapáli. Esta bestia se ocultaba cerca del puente por el que cruzaba la gente. Cuando veía a alguna víctima cruzar, hacía aumentar el caudal del río hasta alcanzar la altura de aquel puente y de esta manera atrapaba a las personas. Era semejante a un felino de gran tamaño, de color gris o café oscuro (aunque se cree que podía cambiar su color de acuerdo con el color del agua); tenía dos rabos semejantes al del mono. Sus ojos eran de color rojo vivo y sus colmillos sobresalían a ambos lados del hocico. Se quedaba colgando del puente asido fuertemente a las víctimas, luego descendía al río llevándose a su presa y desaparecía en la corriente. NIC-62-5. Animal con forma de felino y rasgos de puma o león. Vive en un canal debajo de donde nace el sol, ahí donde se juntan las aguas de la tierra en un solo río. Su escape se anuncia con retumbos (ká̱ña̱k), y es entonces cuando sube a la tierra para chupar la sangre de los bribris. Tiene mucha semejanza con el tigre colorado y cambia de colores según sea el color del agua. Posee colas prensiles y los hay de una cola o de dos. Se le representa con los colmillos colorados y los ojos de fuego. Los bribris creen que este ser muere cuando bebe la sangre de la víctima, pero como existen muchos de ellos, nunca se extinguen del todo. Tiene capacidad para nadar en agua salada o en agua dulce. Como todos los felinos, se cree que nacieron de las lágrimas de la abuela de la tierra (Na̱mà̱sia). Vive hacia el este NMEB-182-183. VINC2-174,169. VINC8-7. Sus casas son los pozos. Son custodiados por Olò̱msa̱. TOIC7-33. Se le atribuye también forma de ardilla o de perro negruzco y peludo con los ojos de colores rojo, amarillo, azul, lila. Posee grandes garras para arañar a sus víctimas. Se dice que vive en el fondo del mar con su la abuela (Díköm wí̱chake) y que ella cuida que su nieto no se salga del río. Con los nombres de Tsirùle y Díkö(m) se le considera un ser maligno y colectivo que vive bajo grandes pozas o cataratas, en ríos crecidos y en el mar. Tiene dos colas para atrapar a sus víctimas y colmillos grandes y rojos, ya que se alimentan de sangre humana. TTCR-114,133. Su cola es velluda y se parece a la flor de la caña blanca (verolís). Este monstruo cambia el color de su pelo según como esté el color del agua. Si el río está seco, su color es negro; si el río está no muy seco ni muy lleno, su color es gris; en tiempos de invierno los ríos crecen y sus aguas son amarillas, entonces el color de este monstruo es amarillo rojizo. Se les aparecía a las personas en las montañas, en tiempo de lluvia, y para matar a su víctima producía grandes derrumbes; esto lo hacía en lugares cercanos a un río, para así llevar a la víctima hasta ahí y chuparle la sangre. En la antigüedad, los indígenas lucharon contra este monstruo y lograron atraparlo; por eso se sabe que su cuerpo es tan caliente que quema y sus dientes son rojos. Cuando una persona cruza, se baña o camina cerca de un río, este monstruo levanta olas o una cabeza de agua para atraparla. Muerde a su víctima muerta en los codos, las rodillas y la frente. Este monstruo nace en otro planeta. Un guarda (Olò̱msa̱) cuida la puerta para que no pueda salir, y en la puerta le tiene puesta una trampa: una olla con agua que hierve siempre; cuando intenta burlar la vigilancia del guarda, el monstruo cae en el agua hirviendo y muere. A veces el guarda se queda dormido y es el momento que aprovecha Díköm para escaparse; cae primero en el mar, ahí vive, luego sube a los ríos. Cuando el guarda se despierta, inmediatamente envía un aviso a los indígenas. Este aviso se escucha en el horizonte, y el sonido es como de trueno, solo que no hay mal tiempo ni lluvia. SCTB-55-8. Vive en los ríos de julio a noviembre, cambia de color según cambia el color del agua, tiene los colmillos calientes y del color del fuego y se alimenta de la sangre de las personas. Existen dos tipos: uno tiene un rabo como el del mono para agarrar a los hombres cuando están cruzando algún río, especialmente cuando el río está crecido; este se lleva a una sola persona. El otro, más grande, tiene dos colas y se lleva a dos personas de una vez. Ve la sangre de los bribris como chocolate (tsuru'), la sangre de la gente blanca la ve como la bebida del cacao pataste y le sabe fea. Una anciana espera al tigre de agua en la desembocadura de los ríos al mar; ella tiene una gran olla y si en esta cae el tigre, la anciana se lo come. A veces la anciana está enferma o se duerme, y se le pasan los tigres; cuando esto sucede ella envía a Sèrkë para que se los lleve. Estos tigres de agua no se comen a la gente, sino que la matan o se le toman la sangre y abandonan el cuerpo a orillas de los ríos. VINC3-83. En otras ocasiones, se ve como una ardilla que quiere comer cacao (la sangre de los bribris). Vive debajo de la tierra. Cuando el sol sale y se abre la puerta del este, Dìna̱mu̱ se escapa y viene a esta tierra a atacar a los hombres. Dìna̱mu̱ es la abuela materna de Olò̱msa̱. ISY-78. Cuando logra escaparse por la puerta del este de Olò̱msa̱, sube por los ríos ávido de beber chocolate (sangre de los bribris). El aviso de su escapatoria lo da el trueno. CCTS-132, 157, 163. Enemigo del hombre. No viene cuando quiere, sino solo cuando Sibö le vende a los bribris. Cuando caza a la víctima, se la lleva a una poza y allí le chupa toda la sangre y bota el cuerpo después de guardarlo por unos dos o tres días. Cuando logra cazar a una persona, se esconde en el agua y algunos dicen que se transforma en cangrejo para retener el cuerpo con las tenazas; solo mediante el ruido de un caracol es posible hacer que afloje el cuerpo y huya. La persona que logra matar a uno de estos, muere también con el calor del animal. Solo podrá sobrevivir si inmediatamente bebe sus heces batidas con agua en un huacal. Cuando la persona se hace este tratamiento, el animal no muere dentro del agua, sino que sale a morir en lo seco. TOIC5-8-9. Ver na̱mu̱ y Na̱màla̱ma̱ (Jara, García Segura y Sánchez Avendaño 2003, 48-52)..

Referencia:  Jara, Carla Victoria, Alí García Segura y Carlos Sánchez Avendaño. Diccionario de mitología bribri. Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2003.


EL DI'NAMU QUE SE COMÍA A LOS BRIBRIS Francisco Pereira

Cuentan nuestros mayores que hace mucho tiempo existió en Talamanca un monstruo llamado Di'na̱mu̱ el cual se comía a la gente. Esta bestia vivía cerca de la desembocadura del río Dapáli (un afluente del río Lari), cerca de un lugar conocido como Kacha’bli. En ese entonces la gente vivía por ambos lados de este río, razón por la cual utilizaban un puente de “hamaca” para desplazarse de un lado a otro.

Dicen que aquella bestia se ocultaba cerca de este puente (como a 300 mts.) sobre el curso superior, en una poza. Y cuando veía a alguna víctima cruzando el puente, hacía aumentar el caudal del río hasta alcanzar la altura de aquel puente y de esa manera atrapaba a las personas.

Así muchas veces lo veían colgando de aquel puente asido fuertemente de sus víctimas, con sus ‘dos’ rabos semejante al de un mono.

Aseguran que era semejante a un felino de gran tamaño, de color gris o café oscuro (aunque se cree que podía cambiar su color de acuerdo al color del agua). Sus ojos eran del color del fuego (rojo vivo) y sus colmillos sobresalían a ambos lados del hocico, dándole un aspecto diabólico y feroz.

Después de permanecer algunos instantes colgando del puente, quizás para matar a su víctima, descendía nuevamente al río llevándose a su presa y luego desaparecía entre la corriente y lo profundo de las pozas.

Allí devoraba a su víctima cortándole las rodillas y a veces le cortaba también la frente, con sus enormes colmillos. Luego le chupaba la sangre, la cual era el preciado tsiru’ del que se alimentaba.

Después de varios días de desaparición (o de tener oculto el cadáver bajo el agua o bien en alguna cueva), éste aparecía en alguna poza flotando o bien en alguna playa, a la orilla del río, en estado de descomposición y a veces hasta se lo devoraban los zopilotes.

Muy a menudo sucedía esto y la gente estaba muy alarmada pues no había manera de eliminar a aquel diabólico felino. Los sukias habían pronosticado, con sus piedritas de adivinar, que si alguien lo mataba, también moría de una fiebre mortal que causaba esta bestia.

Esta era la razón por la cual nadie quería ofrecerse tan fácilmente para realizar tan peligrosa tarea; sin embargo siempre aparecieron dos valientes voluntarios para cumplir con este sacrificio para salvar a su pueblo.

Alistaron sus arcos y sus flechas y se dirigieron hacia el sitio donde se hallaba el puente. Cuando llegaron a la orilla del río, uno de ellos preparó rápidamente sus flechas mientras el otro corrió hasta la mitad del puente y allí esperó valientemente el ataque de aquella bestia.

Enseguida apareció el diabólico animal pero aquel hombre se había sujetado fuertemente de los bejucos del puente de hamaca, para que su compañero tuviera tiempo de dispararle con sus flechas.

El arquero o “flechador” actuó con precisión y logró pegarle dos certeros flechazos y aunque herido mortalmente, siempre logró arrancar a su víctima y finalmente cayó al río, perdiéndose en las turbulentas aguas del Lari.

El arquero regresó a la casa y contó todo cuanto había sucedido y por la noche sintió la fiebre más terrible que jamás hubiera sentido persona alguna. Su cuerpo fue adquiriendo un color como si fuera del color de la fruta del chile, colorado.

Dicen que no se le podían arrimar mucho porque su calor quemaba como el fuego y cada vez se empeoraba más. Así siguió hasta morir.

Lamentablemente nadie pudo hacer nada por este valiente hombre, ni los mismos sukias porque ellos mismos habían pronosticado que no había salvación. Pero también habían predicho que si moría la persona, eso significaba que la bestia también había muerto. Por esa razón, después de recuperar el cadáver de la otra víctima y darle sepultura a ambos, decidieron ir a buscar el cadáver del Di’namu, por ambos lados del río siguiendo su curso inferior.

Varias horas después de buscar el cuerpo del bicho, lo localizaron entre un cañablancal, como a 50 mts. de la orilla del río. Cuentan que no se le podían arrimar demasiado ya que su cuerpo irradiaba un intenso calor; inclusive dicen que el monte aparecía quemado por toda la redonda de su cuerpo. Por esta razón dicen que las aves de rapiña no se le podían acercar ni mucho menos devorarlo.

Cuentan que allí mismo lo dejaron para que se pudiera juntar con la vegetación que había alcanzado a afectar con su radiación calórica. Mucho tiempo después regresaron, movidos por la curiosidad, y se encontraron únicamente con el esqueleto de aquella bestia devoradora de indios.

Como los huesos ya no tenían aquel intenso calor que irradiaba, optaron por arrancarle sus colmillos, los cuales fueron obsequiados posteriormente a los caciques de ese entonces.

Cuentan que para poderlos andar (luciendo como símbolo de jerarquía) se ponían una especie de pectoral de cuero para que el calor de aquellos colmillos no los quemara.

Así cuentan que mataron a esa diabólica bestia que tantos indios devoró (Pereira, 62-64).

Referencia: Pereira, Francisco. 1994. “El Di'na̱mu̱ que se comía a los bribris.” En Narraciones indígenas costarricenses: recopilación de historia, leyendas y documentos, 62-64. San José, C.R.: Centro de Cooperación Científica de la UNESCO para América Latina.



Acerca de la manera de morir, de las historias se pueden abstraer dos principios:

E.1. La muerte viene de arriba hacia abajo. De esta manera la muerte es lo opuesto a la vida, que se demostró que “surge” o “se levanta”. También se infiere que sólamente cuando el elemento muerto cae, puede ser seguido de transformación, o de resurrección. La dirección horizontal, como cuando los enemigos son lanzados al mar, o la dirección vertical, como cuando las almas de los asesinos van hacia el lugar del sol mayor, termina la vida. Las formas de morir incluyen caídas, ser golpeado con armas “volantes” (flechas, lanzas, proyectil de cerbatana); la sangre la sacan los enemigos por la cabeza; o los enemigos cortan la cabeza; o se muere algo o alguien por la voluntad de /sibò/, que está arriba; los enemigos son inmensos (están sobre uno), o vuelan, o miran desde arriba.

E.1.a. Otro principio involucrado en el anterior, es que “los otros” nos ven en forma distorsionada, o diferentes: Dios nos ve como cacao; Dios vio las culebras como peces, y la inmensa laguna como una pocita; los demonios nos ven como chanchos de monte, o como cacao; el espíritu de /bkLu’/ nos ve como aves. Esto a su vez se relaciona con otro principio:

E.1.b. El peligro deriva de que los enemigos ven a sus víctimas como alimento.

E.2. El peligro que viene “de abajo” se relaciona con el castigo del incesto, o con relaciones conflictivas dentro del grupo propio, pero como puede desprenderse del comentario siguiente, la regla de que el peligro funciona desde arriba, no se viola. Por ejemplo, en la historia del gusano y la mujer que se incluyó en la sección anterior, el gusano chupa la sangre en la parte de arriba, del pecho de la mujer; el gusano se hace inmenso, como los enemigos; la sangre de la mujer fluye hacia abajo; el gusano muere atacado desde arriba.

Otro ejemplo es la manera de matar del felino del agua, /di’nmu/; éste se lleva las víctimas al fondo del río, pero saca la sangre por la frente y por las rodillas, por la parte de arriba de un cuerpo acostado.

Un tercer ejemplo de peligros de “abajo” lo proporcionan las culebras. Pero en las historias, las culebras son las lanzas y las flechas de demonios que viven en los cerros; entonces, como armas y por el origen, vienen “de arriba”. En la historia del oceáno, que se comentará más adelante, la culebra es un símbolo fálico, un hombre, “arriba”. Una de las versiones de esa historia también explica que la dueña de los gavilanes /tsai’/ (tijeretas), fue al sitio debajo de donde nace el sol, a obtener el fuego que se convirtió en el veneno de la culebra; como fuego, el veneno está arriba, traído por una mujer de arriba. Ya fuera del contexto de las historias, un /awá/ nos explicó que las culebras muerden los pies porque allí es donde está la verdadera cabeza de las personas (en este esquema de inversión, el talón es la cabeza y los dedos son el pelo). Así pues, las culebras, que según una de las historias se originaron debajo de la tierra, como peligro, representan lo alto.

Un cuarto ejemplo de criaturas peligrosas de la tierra, son los felinos (“la tierra es la abuela de los tigres”). Sin embargo, estos animales, son mediadores del mundo de abajo con el mundo de arriba. Por el nacimiento, se sitúan en medio, así como las águila y gavilanes, que median entre lo de arriba y lo de abajo. En el origen de estos dos grupos de carnívoros, la abuela de la tierra subió a la superficie, y nacieron alto, de sus lágrimas.

Dice un /awá/: los tigres (/nmù/, o sea, todos los felinos) pueden ser /naù/ o sea tíos maternos en las historias, porque son cazadores. De los jaguares se dice que son /tLa/, es decir, se les aplica el término que significa hermano de la abuela materna, y que también significa abuelo paterno, porque, en el modelo ideal de la alianza matrimonial, el hermano de la abuela materna es a la vez el abuelo paterno de una persona. De manera que los felinos, como tíos o tíos-abuelos, son del clan propio, pero están casados en el clan del padre de uno. De allí que tengan un papel ambiguo. Obsérvese que, como cuñados, son de “los otros” porque la madre es de otro clan, pero se relacionan con “nosotros” porque el padre “de ellos” es el tío materno “nuestro”. Nos parece detectar que a menudo los diablos de las historias bribris representan tíos. Dios le dice a los demonios /naù/, y los diablos, como diablos que son, también le dicen a Dios tío. Como los bribris reconocen deberes de autoridad familiar en el tío materno, y también reconocen deberes paternales, un hombre que tiene hijos y sobrinos (hijos de una hermana), e hijas y sobrinas, queda en una posición difícil, cambiando su lealtad a menudo del grupo de su madre y hermanas, al de su mujer e hijos, lo cual lo convierte en un protector tanto como en un diablo enemigo.

Un enemigo definido que nos parece que funciona representando amenazas de “arriba” y de “abajo”, es el tigre de agua. Castiga el incesto; se lleva personas cuyas madres, en el embarazo, violaron las reglas que debían respetar. Ese felino del agua se describe parecido al puma (“el tigre colorado”, animal de la tierra), cambia de colores según el color del agua, tiene colas prensiles (para interpretar el simbolismo completo de ese animal, ha de tomarse en cuenta que en el idioma bribri, la palabra para decir cola de animal es la misma que significa pene humano, y la de referirse al pene animal es la misma que significa culebra); hay tigres de una cola y de dos colas; tiene los colmillos colorados, ojos de fuego, se bebe la sangre humana, que la ve como chocolate (rasgo de “los otros”, los diablos enemigos). Cuando se ha bebido la sangre, se muere (castigo por el incesto, de “abajo”) y se va al mar. Este animal tiene rasgos de arriba y de abajo, viene del lugar debajo de donde nace el sol, cruza el oceáno, es decir, nada en agua salada, sube por los ríos (nada en agua dulce), nació con los otros felinos, es decir, de las lágrimas de la abuela de la tierra. Se describe como un animal verdadero, no es un espíritu. Nótese que este ser es una anomalía que condensa el encuentro y superposición de todos los límites o líneas fronterizas entre un ámbito y otro, de la tierra y del agua dulce, de éstas y el mar, del mundo de los sentidos y del más allá. Es el epítome del traspaso de límites. Seguramente caben muchas explicaciones sobre el animal; nos parece adecuado proponer la siguiente a manera de hipótesis, no como solución definitiva. Anteriormente los bribris no usaban términos equivalentes a “ahogarse”; la muerte de alguien en el agua se atribuía únicamente a /di’nmù/. El agua es un principio vital (“todos nacemos en agua”) y en los mitos tiene un papel de unir al mundo de arriba con el de abajo. Entonces, morirse en el agua, en la fuente de vida, es una paradoja. Si una de las funciones de los mitos es resolver contradicciones, ésta se resuelve traduciéndola a esa anomalía de criatura (Bozzoli 1979, 180-183).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. El nacimiento y la muerte entre los bribri. 1.ª ed. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1979.

di’ nmu̱: traducido tigre de agua, se describe más parecido al león o puma; tiene una o dos colas prensiles. También se dice di namu̱ y di’ na̱ma̱ y diköm (Bozzoli 1977, 169).


De unas lágrimas nacieron diferentes animales

Esto sucedió cuando murió la nieta de sLàÿibi, que se llamaba irìria, y su abuela la lloró; y cuando caían las lágrimas de esta anciana las gotitas de estas lágrimas se convirtieron en diferentes animales, que son los siguientes: köL, oLokik (gavilanes pequeños), tsikita, sàLtsa̲, son cuatro clases. Los más grandes eran los gavilanes (águilas) sàLtsa̲. Las últimas gotitas se convierten en felinos, una de ellas era el jaguar duLëklo, otra fue si̲a̲Lu̲, pequeño, de color oscuro, el tercero se fue al mar, ese es di’ na̲mu̲, tigre de agua, ese come gentes. El cuarto es otro felino pequeño, pintado, ese se llama jkönú.

En aquel tiempo, cuando lloraba la anciana llamada sLàÿibi, Dios le decía: —No llores, porque si lloras caerán las lágrimas en la tierra y la tierra está impura con ña̲.

En esos tiempos existía la medicina llamada srìkö, ésta Dios se la trajo para que las lágrimas de sLàÿibi no cayeran en la tierra. srìkö son conchas para colocar debajo, donde caen las lágrimas. Esto se hizo para que después estas lágrimas se transformaran en aves de presa y animales carnívoros, por eso colocaron srìkö debajo de donde caían las lágrimas de sLàÿibi. Así nacieron los gavilanes köL y oLokik, y tsikita el gran pescador.

La última gota se convirtió en sàlpu̲, el águila que se llama gavilán de mono colorado. Hubo otro derrame de lágrimas y entonces nacieron los gatos monteces: el tigrillo pequeño que se llama ñLà̲nme̲, el manigordo; el tigre si̲a̲Lu̲, pequeño y negro; el tercero fue el grande. Tres se quedaron en tierra seca y el cuarto se fue al agua, ese vive comiendo gente (Bozzoli 1977, 174).


Origen del clan tkbëdiwak sulèyibi

Esta historia tiene su principio cuando nacieron los primeros seres del clan de los tkbëdiwak, los dueños del lugar del arroyo culebra.

En ese tiempo vivía una viejita que tenía dos hijos: una mujer y un hombre.

La hija se juntó con un hombre, después su marido le dijo a ella: —Vamos a ir de cacería y dígale a su hermano que vaya con nosotros—.

Al día siguiente partieron rumbo a la selva, la viejita quedó solita. Llegaron a un lugar llamado tkbësoL; allí acamparon e hicieron fuego.

Al día siguiente los hombres se fueron a cazar mientras que la mujer se quedó en el campamento, solita.

Cuando los hombres regresaron se sorprendieron al ver que la mujer tenía carne cocida, ya que ellos no habían matado nada el día anterior. Pero a pesar de todo lo comieron, y cuando ella se fue a traer el agua, esos instantes los aprovechó su marido para preguntarle a su cuñado: —¿De dónde crees que tu hermana trajo esa carne? —. Entonces el hermano de ella le contestó: —Yo no sé, nosotros andábamos cazando, así es que ni usted ni yo sabemos—.

Pasaron tres días y seguía la misma situación. Al cuarto día el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, hoy yo quiero ver quién es que le trae carne a tu hermana, o cómo ella la consigue—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, pues tú lo verás—. Entonces tomaron sus armas, y emprendieron la marcha como de costumbre, rumbo a la selva.

Ella no sospechaba ni remotamente los planes de su marido, los cazadores se fueron disimuladamente. Luego de habérsele perdido de vista a la mujer, el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, aquí yo me voy a esconder y a espiarla—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, yo te voy a esperar más adelante—.

Después de un largo rato él vio que un gigantesco hombre llegaba a su pequeña choza de campaña.

Su mujer por su parte recibió encantada a aquel misterioso ser, como su fiel amante. El por su parte lo alcanzaba a ver perfectamente, y lo identificó: alto, grueso y velludo.

Luego vio que aquel era quien traía la comida a su esposa, y que después ella se lo preparaba para él y su cuñado.

Luego su estupor no tuvo límites al ver que ella sostenía una relación carnal con aquel misterioso hombre. Ella por su parte, no imaginó siquiera que los malignos ojos de su verdadero marido estaban mirándolos.

Transcurrieron dos o tres horas, después pudo ver que aquel hombre abandonaba de nuevo su chocita, y desaparecía entre la espesa vegetación. Fue entonces cuando él fue en busca de su cuñado, con quien instantes después se reunió.

Después de haberle narrado todo lo que había visto, su cuñado le dijo: —Por qué no nos vamos, puede sucedernos algo malo a nosotros también—. Entonces el otro afirmó: —Bueno, si así dices, entonces, ahora apenas que lleguemos, vamos a alistar nuestras cosas, para que mañana no haya trabajo de nada y así podremos irnos muy de mañana—.

Ambos quedaron de acuerdo en cuanto a sus opiniones. Llegaron como de costumbre sin mostrar recelos para que ella no tuviera malicia de nada.

Ella les sirvió como de costumbre, ellos comieron fingiendo no haber descubierto su secreto. Momentos después ellos comenzaron a alistar su equipo de lanzas y entonces ella le dijo a su marido: —¿Por qué están ustedes alistando las cosas, qué piensan hacer? ¿Por qué no quieren seguir cazando? —. Entonces su marido le contestó: —Ya nos vamos porque no hay nada que cazar, además, nada hacemos aquí en la selva perdiendo días—. Ella exclamó: —¿Yo qué haré? ¿es que piensan dejarme aquí? —. —Si quieres regresar a casa entonces prepárate—, agregó él, —y si no quieres, pues entonces yo no tengo que ver nada—.

Al día siguiente muy de mañana emprendieron el viaje de regreso. Entonces ella por no quedar abandonada, tuvo que venirse en pos de ellos.

Cuando llegaron a su casa de habitación, entonces su marido recogió todas sus cosas y se retiró sin despedirse de ella.

La humilde anciana por su parte descubrió que su hija estaba embarazada, pero ella no dijo nada.

Cuatro días más tarde, ella dio a luz dos niños gemelitos. Entonces vino la viejita y los recogió, los bañó, después los llevó a la casa de habitación, donde los dejó sobre una pequeña camita.

A los cuatro días ya gateaban, cuatro días más tarde ya estaban grandes. Fue entonces cuando ellos le dijeron a su abuelita: —Abuelita, nosotros queremos que nos consigas goma para ganar aves—. La amable anciana fue y les consiguió la mencionada goma, y se las entregó. Poco después emprendieron la marcha rumbo a la montaña. Horas más tarde regresaban a su casa, llevando consigo una chácara cada uno bien llenas de pajaritos. Al verlos, su abuelita, se sorprendió, pero no les dijo nada, y su mamá ni se preocupó. Los niños entregaron sus cargas a su abuela. En esos instantes ella pensaba: ¡Pero cómo estos niños lograron agarrar semejante cantidad de pajarillos!

Transcurrieron tres días y los niños seguían cazando pajaritos con el mismo entusiasmo. Al cumplirse el cuarto día la abuelita dijo a la mamá: —Hoy yo quiero averiguar de qué manera esos niños atrapan tantos pajaritos—.

Esa mañana cuando los niños se fueron a cazar pajaritos como de costumbre, su abuelita los siguió cautelosamente. Los niños por su parte no sospecharon ni remotamente que alguien vigilaba todos sus movimientos. Cuando llegaron al sitio donde siempre cazaban, entonces la viejita observó, con gran precaución, que los niños regaron sus guacalitos de goma en el suelo. Y después ellos se acostaron en el suelo y comenzaron a rodar sobre sus gomas, hasta convertirse en culebras, entonces comenzaron a subir a la copa del árbol. Y entonces sus cuerpos rodearon al árbol, después como el árbol estaba cargado de frutas, llegaban todas las clases de pajaritos a comerse sus frutas. Pero al chocar contra los cuerpos de las serpientes quedaban prisioneros, porque sus cuerpos estaban llenos de esa poderosa goma.

Calculaban bien cuando tenían lo suficiente, entonces se bajaban lentamente con sus prisioneros, mientras que la viejita casi no parpadeaba viéndolos. Después de asegurar a sus prisioneros, comenzaron a rodar de nuevo hasta convertirse en gente.

Su abuelita había descubierto todo su secreto. Luego regresó a la casa antes de que ellos la alcanzaran. Al llegar a su casa ella le dijo a su hija: —sabés, que vi a tus hijos haciendo esto y esto—, y se lo explicó, pero su hija no le respondió ni con media palabra.

Momentos después regresaron los niños, siempre con sus cargas. Como éstas eran obras de Dios, por eso ellos comprendieron que su abuela había descubierto todos sus secretos. Por eso al día siguiente le dijeron a su abuela: —Abuelita, háganos unos arquitos y unas flechitas para pescar—.

La bondadosa anciana les cumplía todos sus mandatos, vino y les hizo las armas. Momentos después se dirigieron hacia el río, horas más tarde regresaron con dos chácaras bien llenas de peces grandes y gordos.

La viejita se llevó nuevamente una gran sorpresa pero, en fin, no dijo nada. Cuatro días después la viejita, viendo que los niños siempre traían peces, decidió ese día averiguar de qué manera ellos sacaban tantos peces, ya que los niños eran muy pequeños aún. Como siempre, su hija no le contestó. Entonces ella siguió a los niños con el fin de observar su secreto. Entonces cuando ella llegó al río, pudo ver que los niños depositaron sus armas en la playa, luego dirigiéronse a una parte arenosa y comenzaron a rodar en el suelo hasta convertirse en serpientes. Ambos se sumergieron en una enorme poza del río; instantes después aparecían, trayendo grandes peces. Salían a tierra para depositarlos, un poco retirado de la orilla del río, para que no llegaran al agua otra vez, mientras que ellos estaban pescando más. Después que habían pescado lo suficiente, regresaron al arenal, y comenzaron a rodar de nuevo para convertirse en gente, mientras que ellos recogían los peces, su abuela se marchaba ya rumbo a la casa con la novedad. Se lo explicó a su hija pero ésta no dijo nada. Instantes después regresaban los niños con sus cargas de peces, su mamá no les dijo nada, por eso también ellos no le hablaban, pero a su abuelita sí.

Como son obras de Dios, ellos comprendieron que su abuelita había descubierto sus secretos, por eso al día siguiente le dijeron: —Abuelita, hoy nos vamos—. Entonces ella les contestó: —¿Para dónde van? —. Ellos respondieron: —Quién sabe para donde iremos, pero nos vamos—.

Al día siguiente, muy de mañana, partieron disimulando no tener rumbo. Nadie pero absolutamente nadie supo qué camino tomaron. Cuatro días después, la viejita oyó que en la poza donde ellos pescaban, sonaba algo muy raro. A los otros cuatro días se volvió a escuchar, pero entonces retumbó la tierra. La viejita, como siempre, decidió averiguar, y se fue hasta el sitio de donde provenía aquel espantoso ruido. Instantes después, en la poza donde ellos pescaban, se vieron dos enormes serpientes.

La viejita pudo ver que esas enormes serpientes daban vueltas alrededor de la poza y que, conforme daban vueltas, chocaban sus enormes cuerpos o rozaban contra las rocas, aumentando el tamaño de la poza.

La anciana comprendió que no cabía ni la menor duda de que eran sus nietos.

Fue entonces cuando Dios intervino, porque el vio que si la situación seguía así, entonces ellos convertirían la tierra en aguas, entonces los seres humanos no tendrían dónde vivir. Por eso prestó a dos hombres para espantarlas, otro más como ayudante para matarlos, éste se llamaba sòrkuLa. Para ellos, estas enormes serpientes eran como pececitos, y la poza, como un pocito de riachuelo, entonces pusieron una presa de piedras en la desembocadura para que al llegar allí los pececitos no pasaran más lejos. Entonces Dios mandó a esos dos hombres a espantarlos mientras que El y sòrkuLa quedaron esperándolos para matarlos. Mientras, los otros ya gritaban: —Ahí van, ahí van—.

Entonces Dios le dijo a sòrkuLa: —El pez que viene primero usted lo mata, y el que viene de último yo lo mataré—. En esos momentos ya venían, entonces sòrkuLa, no esperó nada y disparó, acertando el primero, que era el más grande; luego lo recogió y lo echó en su chácara. Dios comprendió que sòrkuLa podía matar al otro también, pero El no quería que este otro muriera. Por eso El le dijo a sòrkuLa: —Présteme la flecha—, en esos momentos venía pasando el otro pez, fue entonces cuando Dios apuntó en dirección al pez y le disparó, tratando de no herirlo; la flecha pasó rozando el lomo del pez. sòrkuLa al ver esto le dijo: —¿Por qué haces eso amigo? —, entonces El contestó: —Perdone, es que fallé—. Pero sòrkuLa quería matarlo a la fuerza, por eso sacó otra flecha; pero mientras él sacaba la flecha, Dios con un maravilloso soplo, mandó al pez hasta donde nace el sol.

Pero entonces, si Dios no lo hubiera salvado fallando al dispararle, o fingiendo, sòrkuLa los hubiera matado a los dos. Dios no quería eso, por eso después El lo mandó hasta donde nace el sol, que es donde está hoy día.

Pero como en cada historia que le cuenten a uno, casi siempre se les olvida algo. Por eso no sabemos exactamente, para dónde se fueron o qué se hicieron su mamá y su abuelita.

Epílogo: la culebra que escapó se llama di'num. Esa avisa cuando viene di'nmu. Pero eso es ya otra historia (Bozzoli de Wille 1977, 179-181).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos. Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 2, n.º 2: 165–199.


11. Dinamù̱ 

Por Cupertino Fernández. Coroma, 1981


Dinamù̱ es como la ardilla. La ardilla está en los árboles de cacao haciendo daño, chupando el cacao. El D̄inamù̱ quiere beberlo a uno también. Se alimenta de sangre.

Un anciano cuida a los seres humanos, es como el finquero que resguarda el cacao de las ardillas.

Cuando el anciano está ocupado cocinando o haciendo cosas el animal se le escapa y tiene que poner un anuncio que son como retumbos que se oyen en el río.

Estos retumbos avisan que no se bañen o crucen el río, o lo pasen borrachos de noche.

Entonces el río crece y lleva al animal que se alimenta de humanos.

El animal es como un perro peludo negruzco con ojos de colores rojo, amarillo, azul, lila y con garras para aruñar (Fernández 1982, 7).

Referencia: Fernández, Cupertino. 1982. «Dinamù̱». Recopilado por María Eugenia Bozzoli de Wille. En «Narraciones talamanqueñas», por María Eugenia Bozzoli de Wille. Vínculos: Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 8 (1-2): 1–12.


4. Awà, Nutria

La nutria o perrito de agua es uno de los animalitos guardianes del río. Cuando los ríos crecen se ven por otro lado. Le avisa al Señor que cuida la puerta del Este. Allí donde nace el sol está OLòbsa, el que cuida la puerta. A veces se le quieren escapar los tigres de agua, pero caen en una olla que está debajo de él. A veces se le pasan. Entonces pato de agua, nutria y lagarto los siguen; ellos avisan cuando un tigre de agua se ha llevado alguna persona. Le mandan recado a los Sërkëpa, (vientos huracanados), le dicen donde está el tigre de agua haciendo daño a la gente.

Los animalitos van poza por poza buscando a los tigres, las pozas son como las casas de di’nama (el felino de agua). Cuando los encuentran, avisan a los Sërkëpa para que los maten y se lo llevan a OLòbsa para que se lo coma. OLòbsa es un lagarto gigante. Es también un señor. Es el tío de Sërkë; Sërkë es cuñado de BkubLu’ (Segura 1986, 33).

Referencia: Segura, Alí, narrador. 1989. «Awà, Nutria». Recolectado por María Eugenia Bozzoli de Wille en 1986. En Tradición Oral Indígena Costarricense, editado por María Eugenia Bozzoli de Wille y Carmen María Cubero Venegas, vol. 3, año 3, n.º 1, 33. San José: Universidad de Costa Rica.


Ciertos espíritus malignos son comunes a los cabécares y a los bribris y dominan sus vidas. El más importante de ellos se conoce en ambas lenguas como bé o ñã y en español como el diablo. Es capaz de matar así como también de ser un malhechor. La gente cree que es omnipotente, que vive en todas partes y en cualquier momento. Otro diablo muy poderoso es bukLú (Véase Tabús) que parece representar a muchos diablos pero que puede tomarse como un sólo. Se ha llevado gente y se la ha comido. También él y el tõmi son guardianes de animales. Lan o kiritum es asimismo un diablo (Véase Mitos Teológicos: Un Cuento del bukLú). El puede asumir cualquier forma incluyendo la humana y puede ser a la vez más de uno. Hace su casa en el aire. kiritum difiere de otro "diablo" de los bribris, kritəbə, quien toma la forma de un perro y camina de noche. Otro grupo menor de espíritus malignos son los kambra (Véase Mitos: versión bribri de El Mar).

Uno de los más temidos espíritus malignos es usualmente el llamado d́inamã en cabécar y d́ikun en bribri, aunque se le conoce por otros nombres tales como báknamã en cabécar y tsirule en bribri⁽²⁾. Es el mismo espíritu maligno del agua llamado d́ikum en bribri, que vive en el mar, entra a los ríos, y se alimenta con sangre humana.


(2) di es agua y bak es piedra en ambas lenguas. Jaguar es kú en bribri y namã en cabécar (Stone 1993, 114).

El Mito del Jaguar de Agua(24)
(Cabécar y Bribri)

dinamã es un espíritu malo. Cuando el agua del río está blanca o lechosa, es porque dinamã se ha pintado de blanco. Cuando se pone de color rojo lodoso, quiere decir que él ha cambiado de color. Cuando la creciente es roja, pero sin embargo, no es de un rojo lodoso, es porque la madre del río diminã, está menstruando. Hay más de un jaguar acuático y ellos actúan bajo grandes pozas o cataratas o cuando los ríos están crecidos. Sus colmillos son grandes y rojos, y tienen además dos colas. Cuando un jaguar de agua muerde los árboles, como sucede cuando hay inundaciones, el calor de estos colmillos seca los árboles. Cuando muerden gente, la arrastran hacia abajo dentro del agua, la ahogan y se la comen. Es fácil decir cuando un jaguar de agua ha causado la muerte de un persona. Su modo de matar es partiendo el frente del cráneo en dos sitios, y mordiéndolos en la frente y en las rodillas.

El primer dinamã fue el nieto de una anciana llamada dikú witcké. Ella era tan mala que sibu no le permitió vivir en la tierra. Así es que su morada está situada bajo el mar en donde vive junto con su nieto. dinamã heredó mucho de la bajeza de su abuela, y ésta no le quita ojo a aquél. Cuando retumba el oleaje, es señal de que él está por salir del mar e irse río arriba a perseguir gente. Es su abuela la que hace este estruendo porque ella tiene miedo que él no vuelva, y vigila las bocas de los ríos para castigarlo.

(24) Conocido también como: dinamã, bik-namã, ják-namã, tsirute y dikun o dikum (Stone 1993, 133).


9. a, b, y c.  El Mito del Jaguar de Agua (25)
(Cabécar)

Este río corre y va y donde termina está oLobəsĩã vigilando que no pasen animales que coman hombres. Sin embargo, cuando oLobəsĩã se descuida, se pasa el jaguar de agua que come hombres. Entonces es cuando la gente se ahoga. Lo que en realidad les pasa es que se los come el jaguar de agua.

oLobəsĩã se da cuenta que dinamã se le ha colado y se ha puesto a atrapar hombres cuando él nota que los ríos están crecidos y estalla el huracán. Entonces él manda uno de sus subalternos a capturarlo. Esta persona es casi siempre serike. serike sigue al jaguar de agua por todas partes hasta que finalmente este animal perverso se esconde bajo las filas de montañas y se niega a salir. En este momento aparece bukubLə a ayudarle a serike y juntos arrean al jaguar de agua y se lo llevan a oLobəsĩã. Este personaje se pone muy contento y se come el jaguar de agua.

serike y dinamã
(Cabécar)

El río corre hacia abajo y llega a la desembocadura en donde oLobəsĩã(26) se sitúa a sostener el agua. dinamã pasa por aquí y nos come cuando el río está crecido. Cuando hay una inundación el agua se lleva la gente y dinamã se la come.

Entonces serike transformado en huracán viene a llevárselo, escondiéndolo debajo de un cerro. Desde aquí, huracán se lo lleva a oLobəsĩã para que se lo coma.

Cuando huracán serike viene. Llega con viento, lluvia, y el río crece. El va a donde el Rey del Viento a pelear porque este rey se llevó a su madre para tenerla como esposa(27). Cuando esto pasó, huracán estaba pequeño. El no vio cuando raptaron a su madre. Creció y supo que su madre había sido tragada. Entonces el Rey del Viento vendió todo. Por esto es que huracán se lleva todo lo que encuentra a su pasado. El le lleva el diablo a oLobəsĩã para que ésta se lo coma. Cuando la tierra hace un ruido, este ruido, es de oLobəsĩã.

(25) Véase Textos lingüísticos: ják (piedra) namã (jaguar) dinamã (Jaguar de Agua). Véase también El Mito de óknamã y Textos lingüísticos: ók-nam-āte

(26) oLo es zopilote en cabécar. sĩã son las piedras sagradas de los curanderos. 

(27) Compárase esto con "Cómo serike consiguió su bastón" (Stone 1993, 134).


11. El Mito de óknamãte(28)
(Cabécar)

óknamã es un espíritu que protege al hombre. Vive en donde los ríos se encuentran con el mar (en la desembocadura del río). Sin embargo, las mujeres embarazadas lo hacen dormirse. Entonces es cuando el jaguar de agua se aprovecha y coge corriente arriba. El busca cacao, y cuando descubre una mazorca bien madura la abre. Es entonces cuando la gente se ahoga porque el jaguar de agua va de poza en poza invitándolas a beber cacao con él. La gente lista rehusa porque sabe que si acepta, ellos deben morir.

A pesar de eso, el jaguar de agua continúa de poza en poza insistiendo en que lo acompañen hasta que finalmente alguien se acerca y bebe con él. Sin embargo, en vez de cacao, el líquido es la sangre del cadáver. Una vez que termina la comilona, tira la mazorca vacía fuera del río. Esto pasa cuando encontramos el cuerpo de la persona ahogada.

En este mismo momento, óknamã se despierta y nota que el jaguar de agua se le ha colado. Él se da cuenta de esto porque las plantas están mechadas(29). Entonces él manda a serike para que traiga al jaguar de agua y a todos aquellos que bebieron cacao con él. Cuando todos están frente a óknamã, los pone a cocinarse en una gran olla y se come las víctimas y el jaguar de agua (Stone 1993, 135).


12. onombrasén(30)
(Cabécar)

Cuando los ríos crecen, el jaguar de agua anda para arriba y para abajo invitando a la gente a beber cacao con él. La mayoría de la gente rehusa, pero él siempre consigue algunos. Entonces es cuando el jaguar de agua se bebe la sangre de ellos como si fuera cacao.

onombrasén, quien es un espíritu que vela por la gente, recibe aviso del cormorán y el martín-pescador. Ellos le dicen en donde está el jaguar de agua ahogando gente al beberles la sangre en vez de cacao.

(28) Véase Textos lingüísticos: ók-namã-te (jaguar el).
También véase El Mito del Jaguar de Agua y onombrasén, y Textos lingüísticos: di-namã.
(29) Después de una inundación, el agua mancha la vegetación por la orilla del río.
(30) Véase Textos lingüísticos: onombrasén. Compárese con El Mito de óknamãte (Stone 1993, 135).


11. ók-namã-te⁽³⁵⁾ (Cabécar)

1. ók-namã-te nos cuida. En el tiempo del⁽³⁶⁾ embarazo entonces él se duerme. Entonces el jaguar del agua pasa a molestar nosotros. Cuando nos ahogamos⁽³⁷⁾ dentro del agua entonces él nos bebe como cacao. (2) Nos ve a nosotros como cacao maduro. Lo⁽³⁸⁾ rompe [y lo] pone sobre la espalda. Con eso va de pozo en pozo⁽³⁹⁾ [diciendo], "bebamos cacao". La gente no le cree.

1. ók-namã-te sejé kənanẽgẽ. bigugẽ bukLu⁽⁴⁰⁾ késka jera jié kapajánami. jera dí-namã tkəgẽjũ sejé wabLéwa. bigugé sejé š́nawã digLəə-ná jera jiéte sə ʒawã tsiru ʒé. (2) sejé sũãite tsirəə Li. butsəgẽksãite je megégai-te itikigĩ. je₋wa imigẽ tipə etkə, etk ə, "sə tsirú ʒə". ka pəte ikuge.

2. Donde del dueño del pozo dice, "Bueno", entonces allí nos bebe. Entonces bota nuestro cuerpo. Entonces ók-namã se despierta. Ve [que] los montes están secos⁽⁴¹⁾. (2) Entonces pasa ligero. Manda al cuervo marino a buscar [lo] con serike.

2. maĩ tipə guaguá teišá, "ajə", jera jéska sejé ʒegẽwãite. jera sə kuLítə jũãjtsãite⁽⁴²⁾. jera ók-namã škinagá. teisuẽgẽ kakə ə tsinatuLamí. jera ijkájū békti. togLə patkegẽi-te iʒuLə serike-ra.

3. El jaguar del agua [es] malo. Por eso se esconde lejos. Pero allí serike [lo] saca. (2) Todos los que beben cacao así serike los lleva para todos para ók-namã.

3. dí_namã rə seLwí. je kueigī jekbLəgē komi. jera jéska serike teiʒegẽtsā. (2) kLabete tsirəə ʒa jegəpi kLabé migẽ serike-wā ók-namã-īã.

4. La olla de ók-namã es grande. Dentro de esa lo cocina. Después [lo] come. [Si] no estuviera ók-namã cuidándonos entonces el jaguar del agua nos hubiera exterminado.

4. ók-namã-wā ũ ktāi kábLagLi. jenenáite Līwẽgẽ. túgiga ikətegēwai-te. ka ók_namã gūna gəpi sejé tsãtkə jera dí-namã-te sə ewãwãjka.


(35) Este espíritu guarda la entrada del mundo que está bajo el mar.
(36) Literalmente, "cuando".
(37) Literalmente, "morimos".
(38) i. e., nosotros.
(39) Literalmente, "pozo otro otro".
(40) Una mujer embarazada es bukLu. La idea es que existe algo malo o peligroso dentro de ella. (Véase Tabú).
(41) La marca del agua sobre la vegetación en las orillas del río es seña de un crecimiento.
(42) Esta significa que se lleva el cuerpo a las orillas del río y flota (Stone 1993, 172-173).

Referencia: Stone, Doris. 1993. Las tribus talamanqueñas de Costa Rica. San José: Comisión Costarricense V Centenario del Descubrimiento de América.


DÌKÖM

Cuando Dios Sibö̀ sacrificó a la niña Irìria para convertirla en tierra, su abuela Namàsia y su madre Nai'tamị lloraron mucho y Sibö̀ trató de recoger las lágrimas de estas mujeres en una hoja de zahinillo, para que ni una sola lágrima cayese en el suelo. Pero las lágrimas rodaron sobre la hoja y cayeron en el suelo.

Estas lágrimas se convirtieron en varios monstruos y uno de estos monstruos es dìköm, el tigre de agua; se parece mucho a un tigre, con la diferencia de que su cola es velluda y se parece a la flor de la caña blanca (verolís).

Este monstruo toma el color de su pelo según como esté el color del agua. Si el río está seco, su color es negro; si el río está no muy seco ni muy lleno, su color es gris; en tiempos de invierno los ríos crecen y sus aguas son amarillas, entonces el color de este monstruo es amarillo rojizo.

En los tiempos de antes, cuentan los historiadores que se les aparecía a las personas en las montañas, en tiempo de lluvia, y para matar a su víctima producía grandes derrumbes; esto lo hacía en lugares cercanos a un río, para así llevar a su víctima hasta el río. Y ahí tomar o chupar la sangre de la persona muerta.

Los indígenas de antes lucharon con este monstruo y lograron atraparlo; por eso sabemos que existe y que su cuerpo es tan caliente que quema como el chile picante y sus dientes son rojos.

Cuando una persona va cruzando un río o se está bañando o está caminando cerca del río, este monstruo levanta olas o una cabeza de agua para atrapar a la persona.

Y para convencer a los parientes de la víctima, muerde a la persona muerta en los codos, las rodillas y la frente.

Este monstruo nace en otro planeta, de donde Sibö̀ no le permite salir, porque le ha hecho ver que no debe matar a las personas; por eso Sibö̀ tiene un guarda que cuida la puerta para que dìköm no pueda salir y a la salida de la puerta también le tiene puesta una trampa que es una olla con agua que hierve siempre; cuando dìköm intenta burlar la vigilancia del guarda, el monstruo cae en el agua hirviendo y muere.

A veces el guarda se queda dormido y es el momento que aprovecha dìköm para escaparse, cae primero en el mar, ahí vive, luego sube a los ríos.

Cuando el guarda se despierta, inmediatamente envía un aviso a los indígenas; este aviso se escucha en el horizonte, y el sonido es como de trueno, sólo que no hay mal tiempo, no hay lluvia. Así sabemos que anda dìköm en los ríos y mares (Sánchez y Mayorga 1994, 71-73).

Referencia: Sánchez, Juanita y Gloria Mayorga, recs. SE’ SIWA’ – Nuestras tradiciones. Costumbres y tradiciones bribri. Texto en bribri y español. San José: Comisión Costarricense de Cooperación con la UNESCO / Comité de Educación, 1994.


o̲Lo̲ba̲sa̲ y di’nmu̲
¿Por qué se oyen esos retumbos en la tierra, como truenos? Es que o̲Lo̲ba̲sa̲ avisa que di’nmu̲ se escapó y alguien morirá ahogado. o̲Lo̲ba̲sa̲ es el que cuida la puerta por debajo de donde nace el sol. Allí termina el mar, todas las aguas de la tierra se juntan y se van para abajo en un solo río. o̲Lo̲ba̲sa̲ está en una hamaca. Cuando él se mece, la tierra retumba. Hay como una gran paila llena de llamas debajo de él; el tigre de agua no puede salir. Cuando Dios le da permiso o̲Lo̲ba̲sa̲ se duerme y entonces di’nmu̲ pasa y sube aguas arriba por los ríos y ahoga la gente. o̲Lo̲ba̲sa̲ avisa con retumbos. Cuando se oyen ya se sabe que di’nmu̲ viene y alguien se ahogará. También avisa con retumbos cuando se escapan las culebras. di’nmu̲ ahoga a alguien, pero baja muerto, y o̲Lo̲ba̲sa̲ ya no le permite entrar muerto al lugar ese debajo de donde el sol nace.

diköm
Del lado del Pacífico los bribris interpretan a diköm como un animal verdadero que describen como un gato o puma de agua, que vive en los ríos en los meses de julio a noviembre (meses de lluvia fuerte), el cual los bribris a veces han matado con arco y flecha; lo peculiar de diköm es que cambia de color según cambie el color del agua, tiene los colmillos calientes y son del color del fuego y se alimenta de la sangre de las personas, que la saca por la frente y por las rodillas; existen dos tipos, uno tiene rabo como el de mono para agarrar a los hombres cuando están cruzando algún río, especialmente cuando el río está crecido; se lleva a una sola persona; otro más grande tiene dos colas y se lleva 2 personas de una vez. A la sangre de los bribris la ve como chocolate, tsiru’, y le gusta más. La de los blancos la ve como la bebida del cacao pataste, sabe fea.

Una anciana espera al tigre de agua en la desembocadura de los ríos al mar; para esperarlo tiene una gran olla, y si en ésta cae el tigre, la anciana se lo come; a veces la anciana está enferma y se duerme, entonces se le pasan los tigres; es cuando envía a sërki a llevárselos. Estos tigres de agua no se comen a la gente, sino la matan o le toman la sangre; el cuerpo lo abandona a orillas de los ríos. Para este animal la sangre humana es como chocolate, por eso buscan a la gente, porque les gusta mucho, pero el cuerpo no lo apetecen. Es por eso que de los ahogados siempre se encuentra el cuerpo pero con heridas o cortadas en la frente y en las rodillas; las heridas son los mordiscos de diköm (Bozzoli de Wille 1977, 83).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos: Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 3 (1–2): 67–104.


Dìna̲mu̲:
Es el tigre de agua. En otra dimensión se ve como una ardilla que quiere comer cacao (la sangre de los bribrís). El dìna̲mu̲ vive debajo de la tierra (en el inframundo). Cuando el sol sale y se abre la puerta del este el dìna̲mu̲ se escapa y viene a esta tierra a atacar a los hombres. Se considera como uno de los enemigos de los bribrís. Otros de los nombres del Dìna̲mu̲ es Diköwì̲chake, El Dìna̲mu̲ es la abuela materna de Oló̲msa García y Jaén 1996, 78).

Referencia: García, Alí y Alejandro Jaén. 1996. Ìes sa' yilìte / Nuestros orígenes: Historias bribris. 1.ª ed. San José: A. García.



a) La mayoría de los animales que participaron en la construcción de la vivienda mítica son incomestibles para los Bribris (son enemigos o ña: sucios o impuros).

El tigre y el zopilote aparecen frecuentemente en los relatos y desempeñan un importante papel en la mitología indígena. El tigre de agua (dínamu) por ejemplo, se escapa por una puerta en el este, remontando los ríos y devora a los seres humanos; el aviso lo da el trueno. El zopilote o zoncho, en tiempo mítico se tragó el corazón (o el hígado) de Sibú cuando éste murió. Por eso Sibú, restablecido, lo castigó con no poder obtener el alimento por sí mismo, sino tener que vivir de los desperdicios.

Los seres que ayudaron a Sibú a construir su casa son enemigos del ser humano (son "diablos"), esa es su característica; son peligrosos porque producen enfermedades. Por eso, con ellos no hay ninguna obligación de cumplir con la reciprocidad, norma social básica de convivencia al interior del grupo indígena. Los animales, por su parte, sí reclaman a Sibú el pago de su trabajo, como veremos, y desde un principio "querían comer las semillas" (González Chaves y González Vásquez 1989, 132; testimonio de Francisco Figueroa).

Algunos relatos hablan de puertas, entradas o salidas que se relacionan con el recorrido del sol a través de esas capas o planetas. Esas puertas o aberturas son las que comunican una capa con la otra y es atravesándolas como, el sol se desplaza hacia el cenit y luego hacia el ocaso.

El siguiente relato de un sukia del río Lari nos proporciona algunos elementos al respecto:

Hay ocho plagas, ocho bichos malos. Los señores que los cuidan deben quedarse allí. De ese lado, donde se pone el sol, hay una puerta fuerte, muy firme, porque, si Hambre se escapa del Este, de allí debajo del sol, Hambre llega aquí, y nosotros la empujamos al Oeste, hasta que esté detrás de esa puerta buena. (Bozzoli, 1983:126).

Como vemos, hace referencia a esas dos puertas, una que deja salir las enfermedades y otra con la que se pueden ocultar. La primera se asocia al este y el movimiento del sol, de donde viene lo bueno y lo malo. La segunda al ocaso, la noche, lo positivo, lo que expulsa las enfermedades.

Lo anterior nos da la ubicación de las dos puertas cósmicas de la gran casa, una al este y otra al oeste que debe permanecer cerrada y únicamente se debe abrir cuando deseamos expulsar lo malo que nos viene del este.

Se establece un eje básico este-oeste. Hay seres míticos (protectores y enemigos) que cuidan esas puertas: Así por ejemplo: Oróbsa cuida la puerta del este, y permanece sentado; arriba de él hay un mecate en la dirección del sol, por donde pasa la ardilla (dinamú) cuando él se duerme o se descuida. Así como la ardilla come el cacao, el tigre de agua (dinamú) sube por los ríos ávido de beber chocolate (sangre humana). Cuando este animal escapa, Oróbsa avisa con retumbos a los indígenas.

Bukúbru (Duárko) está en la puerta del oeste, sostiene un bastón y enciende su pipa con el arco iris (Bozzoli, 1983).

Al preguntar a don Francisco Figueroa (awá y "maestro de obras") acerca de la ubicación de la puerta en la Casa de la Cultura, respondió que siempre es hacia el este, donde sale el sol, ya que esa es una ley dejada por Sibú. Pudimos comprobar que esta norma tiende a cumplirse aún en las viviendas actuales.

Otro tema que puede estar muy relacionado con las capas de arriba, es el de las altas montañas que existen en Talamanca. Ciertos picos o montañas altas se tornan peligrosos porque son del dominio de otros seres: los dueños de los animales. "Ellos viven metidos dentro de un cerro... Cada cerro de la cordillera tiene su tmi' con su propio nombre". (Bozzoli, 1977b:91-92). ¿Será acaso que las montañas, debido a su altura se acercan o alcanzan esas capas o mundos de arriba?

En resumen, los supramundos forman parte de la gran casa de Sibú, a quien generalmente se ubica en el cenit (aunque no en forma estática), es decir en la última capa de arriba, asociado al sol.

"Debajo de nosotros queda otro mundo a donde el sol va a alumbrar durante la noche. Sin embargo hay todavía otro sol que nunca se mueve por estar con Sibú en el cielo." (Stone, 1961:124).

Es interesante anotar cómo la mentalidad indígena, ha ubicado al "dios de los blancos" (Ikepé o Sikuakepé) en la tercera capa o "planeta" de arriba:

"Para nosotros los Bribris el espíritu no va allá al cielo a quedarse, sino que vuelve donde el Surá abajo. No es igual como para la gente blanca, que el espíritu va allá arriba, porque allá está su dios" (Francisco Figueroa; traducción de Albir Morales, 17-10-87) (González Chaves y González Vásquez 1989, 156-158; testimonio de Francisco Figueroa).

Referencia: González Chaves, Alfredo, y Fernando González Vásquez. 1989. La casa cósmica talamanqueña y sus simbolismos. San José: Editorial Universidad de Costa Rica / EUNED. Incluye testimonios orales de un sukia del río Lari y de Francisco Figueroa (trad. Albir Morales).


3. EL GATO DE AGUA
Escrita por:
Román Rojas Rojas *

El gato de agua es el enemigo del hombre; este, viene río arriba de la desembocadura; pero antes de emprender el camino, le dice al dueño: voy a beber cacao, es como nos llama a las personas; él a lo largo del camino siempre tiene enemigos que tiene que burlar para poder llegar al destino. Este rival es el que nos protege; cuando lo burla, nuestro protector, se da cuenta de que Dios nos vendió al gato. Nuestro protector se pone a llorar pensando en la suerte y este lloro es el que oímos cuando retumba por el norte.

El gato no viene cuando quiere sino solo cuando Dios nos vende para él.

Cuando caza a la víctima se la lleva a una poza y allí le chupa toda la sangre, la guarda por unos dos o tres días, para botar el cuerpo ya que no lo quiere, solo la sangre.

Al regresar a su dueño, nuestro protector lo está esperando para matarlo por el daño que ha hecho, por eso nunca vuelve a llegar donde el dueño.

Cuando el gato logra cazar una persona se esconde en el agua, dicen que se transforma en cangrejo, que retiene el cuerpo humano con las tenazas que cuatro hombres no logran arrancarlo. Para poder quitárselo hay que sonar un caracol, porque no les gusta la bulla del caracol, lo afloja y huye (Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 8).


EL REMEDIO DEL CAZADOR DEL GATO DE AGUA
Escrita por:
Román Rojas Rojas *

La persona que logre matar un gato de agua muere también con el calor del animal, le agarra a la persona una calentura que lo matará, no tiene salvación; esta persona podrá vivir solo si logra inmediatamente beber el siguiente remedio: batir las heces de la misma persona en un huacal con agua, solo así se salvará, ya que no podrá el calor del animal pasar a la persona.
Cuando la persona se hace este tratamiento el animal no muere dentro del agua, sale a morir en lo seco. Donde este animal muere, al día siguiente se ve el monte y los árboles que hay cerca, secos.

Los dientes son rojos, como llama de fuego, solo se los pueden sacar cuando está muerto; antes de morir no, porque queman como fuego, que es como para matar a cualquiera (Rojas Rojas, en Bozzoli de Wille y Murillo Chaverri 1984, 9).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia, y Carmen Murillo Chaverri, editoras. Tradición Oral Indígena Costarricense 2, nos. 1-2 (1984). San José, Costa Rica: Vicerrectoría de Acción Social, Extensión Cultural, Escuela de Antropología y Sociología, Departamento de Antropología, Universidad de Costa Rica.
Informante/narrador de los textos “El gato de agua” y “El remedio del cazador del gato de agua”: Román Rojas Rojas.


EL CLAN USÉKLA
Juana Sánchez

En los tiempos viejos, Sibö̀ había autorizado a sus parientes inmortales para que comieran de sus posesiones aquí en la Tierra. Incluso les dio permiso para que se comieran a los primeros indígenas, porque para esos parientes inmortales de Sibö̀, los indígenas somos semillas de maíz. Cuando la gente se enfermaba, era porque se la estaban comiendo esos espíritus enemigos.

Por eso Sibö̀ nos dio el Clan de los UsékLa: para protegernos de los espíritus que se manifestaban en la Tierra en forma de terribles culebras, cangrejos, gavilanes y otros animales afanosos de comernos o enfermarnos.

El clan UsékLa, creado por Sibö̀, es superior a los demás clanes indígenas, los /dtsö̀/. Sibö̀ dio poderes especiales para que los UsekLapa nos ayudaran por nuestra condición de débiles. Ubicó a un grupo de UsekLapa en Sweut, un lugar del Alto Lari, y otro en Ká̱spa̱spa, del Alto Coen. Cada grupo de UsekLapa cuidaba a las tribus bribri y cabécar, en su región.

Sibö̀ trajo a los UsekLapa de otro planeta, /Nopaköl/, en donde eran sus sirvientes. No eran semillas de maíz /dtsö̀/, como somos los demás indígenas. Eran seres celestiales que vivían con Sibö̀. Al dotarlos de unas pequeñas piedras /sia̱'/, Sibö̀ les dijo: “Vamos a ver si con estas piedritas ustedes pueden curar las enfermedades y tormentas que atacarán a mis semillas de maíz en la Tierra”. Y los UsekLapa cogieron las piedritas y empezaron a pelear contra todos los Dueños de las enfermedades y contra nuestros enemigos, y ganaron batalla tras batalla. Luego Sibö̀ los puso a combatir a los Dueños de la gripe y el sarampión y el resfrío, pero no pudieron vencerlos. Por eso, cuando los españoles trajeron esas enfermedades a las Américas, murieron millones de indígenas. Los UsekLapa no podían ayudarles. De hecho, esas enfermedades mataron a muchos de los mismos UsekLapa, por lo que el clan casi desapareció.

Los UsekLapa viven juntos en un solo lugar, en el que los demás indígenas no podemos entrar. Sólo los miembros del clan Tukwak pueden casarse con ellos; los demás indígenas no podemos verlos ni tocarlos. Si cuando muere un /awá/ UsékLa sus parientes incumplen los requisitos para el cuidado del cadáver, el espíritu del muerto se convierte en un Jaguar. Y ese Jaguar puede asustar y matar a la gente.

Para comunicarnos con los UsekLapa, los demás indígenas debemos solicitar la mediación de los hombres del clan real, los Salkwak. Estos son los únicos que pueden llegar a ser /bkli'/, algo así como asistentes que facilitan la comunicación entre los UsekLapa y los demás clanes. Estos /bkli'/ caminan hacia el lugar en que viven los UsekLapa y les dicen lo que estamos viviendo.

Durante nuestra historia, cada vez que los /dtsö̀/ pasábamos momentos difíciles –como por ejemplo plagas, hambre, ataques de un Gavilán con poderes misteriosos–, el Rey Salkwak convocaba a su gente y, entre todos, decidían qué hacer. Si, dado el caso, querían matar al Gavilán, mandaban a un comunicador /bkli'/ a conversar con los UsekLapa, a contarles cuánto sufríamos los /dtsö̀/. Y los UsekLapa les decían qué hacer. Mediante sus poderes y con la colaboración de la gente, los UsekLapa lograron erradicar muchas plagas, enfermedades y espíritus malévolos.

Mientras los UsekLapa hacen su trabajo, la gente por lo general tiene que ayunar hasta por un mes. Como primera medida, cada familia tiene que recoger toda la comida que le es permitido comer durante el período de ayuno, porque una vez que éste empieza, nadie puede salir del palenque. El palenque se mantiene cerrado para que nadie vea el Sol. Y sólo una mujer vieja está autorizada a cocinar. Están prohibidas todas las comidas dulces y grasosas; tampoco es permitido el uso de la sal. No se debe dormir en hamacas sino sobre cobijas de mastate puestas en el piso. No se permite reír, ni hablar más de lo absolutamente necesario. Cuando alguien tiene que ir al escusado, debe hacerlo resguardándose del Sol bajo una hoja grande, y tiene que volver inmediatamente al palenque. Cumplido el mes de ayuno, todos regresan a su vida normal. Y los escogidos van a matar al Gavilán.

Por lo tanto, la misión de los UsekLapa no es curar las enfermedades de una u otra persona, sino ayudar a la población entera cuando sufre un mal colectivo.

Sibö nos dijo cómo debemos recompensar a estos señores UsékLa: nos reunimos en torno a los señores Salkwak para organizar los grupos de chapeo y de siembra de maíz, banano, etc.; nuestras mujeres les muelen maíz y cacao, y les llevan gallinas y cerdos, como regalo.

Ya no existen los grandes /awapa/ UsékLa. Quedan pocas personas de este clan. Pero pese a todo lo que han perdido, continúan guardando, en Ká̱spa̱spa, las piedritas /sia̱'/. Las conservan envueltas en algodón dentro de una canasta bien protegida, y no permiten que otras personas las toquen; solamente los UsekLapa pueden tocarlas. Las guardan celosamente para que no se vayan volando, ya que esas piedritas vuelan, y, si se escapan, son capaces de convertirse en un Jaguar que se come las gallinas, o en un Gavilán emisario de plagas, o en un Tigre de Agua que acecha en los ríos y mata a la gente.

Los últimos UsekLapa son una mujer, un hombre y varios niños. Dos muchachos hay entre ellos que podrían llegar a ser /awapa/. Sin embargo, considerando que ya murió el último /awá/ UsékLa, ¿quién podrá capacitarlos?

El último /awá/ UsékLa murió en Ká̱spa̱spa de sarampión, después de haber echado de Talamanca a la Compañía Bananera United Fruit, que obtuvo del gobierno costarricense una concesión para sembrar banano en la región.

A partir de 1908, la Compañía empezó a construir vías férreas a lo largo de los ríos Sixaola y Telire, y hasta más allá de Shiroles. Si bien los indígenas protestaron contra la invasión de sus territorios, no detuvieron las labores de la Compañía. El que encabezaba la protesta, el Rey Salkwak, Antonio Saldaña, fue asesinado, y los extranjeros quemaron los ranchos y los cultivos de los indígenas, construyeron puentes sobre los ríos y muchos kilómetros de rieles, y sembraron bananos por todas partes.  

Los indígenas no tuvieron más remedio que huir más y más montaña adentro, abandonando sus hogares en los valles.

Ante tan difícil situación, la gente mandó a los /bkli'/ a hablar con el /awá/ UsékLa en Ká̱spa̱spa, quien ordenó un ayuno de un mes, que todos cumplieron. Yo era niña en aquel entonces; vivíamos en el Alto Lari, y recuerdo que toda mi familia cumplió ese ayuno. Los UsekLapa trabajaron para que los ríos se llenaran... ¡y se llenaron de verdad! Las inundaciones de ese año, 1935, se llevaron todos los puentes y los rieles y los trenes y las bodegas de la Compañía. El Valle de Talamanca parecía un gran océano. La Compañía abandonó sus plantaciones en los altos territorios indígenas, y se retiró a las zonas más bajas de Chase y Watsi.  

Unos años después, la Compañía volvió a extenderse río arriba, pero de inmediato los UsekLapa ordenaron otro ayuno de un mes, que todos guardaron. Así los /awapa/ crearon un mal en las plantaciones de banano, al cual la Compañía llamó “Mal de Panamá”. Después de que ese mal destruyó el comercio del banano, la Compañía no volvió nunca más a Talamanca.

El clan UsékLa todavía receta ayunos cuando los indígenas sufren de males colectivos. Por ejemplo, en 1988 hubo inundaciones en Talamanca y el Tigre de Agua mató a unos diez indígenas ahí. Sólo los UsekLapa nos pueden proteger del Tigre de Agua. Tienen que caminar de noche, montaña arriba, vestidos de mastate. Llaman al Tigre de Agua, y él se les acerca. Lo acarician para calmarlo, y viene achicándose, achicándose, hasta que se convierte en una piedrita. Los UsekLapa la llevan a casa y la cuidan en una canasta para que no vuelva a amenazar a la gente.  

Cuando andaba suelto el Tigre de Agua, en 1988, los UsekLapa ordenaron un ayuno de tres días. Muchas personas aquí, en la Reserva KéköLdi, cumplieron el ayuno. En nuestra casa lo cumplimos sólo un día, pero lo cumplimos muy estrictamente. No hablamos, no comimos ni bebimos durante todo el día. Nos acostamos todo el día sobre las cobijas de mastate, mientras que los UsekLapa trabajaban para calmar el Tigre de Agua.

Los UsekLapa hicieron el ayuno un mes entero. Ellos se abnegan mucho para ayudarnos a nosotros, los /dtsö̀/, y a veces se enojan con nosotros por la falta de agradecimiento y obediencia. Y tienen razón. Debemos respetarlos y apreciarlos mucho, recordando las muchas veces que nos han salvado de la miseria y de la muerte (Vargas y Sánchez 1992, 45-48).

Referencia: Vargas, Juan, y Juana Sánchez. 1992. «El indígena tiene su propia historia». En Vías de extinción/Vías de supervivencia: Testimonios del pueblo indígena de la Reserva KëköLdi, Costa Rica, editado por Paula Palmer, Juana Sánchez y Gloria Mayorga. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.



Historia del clan Kätsúibawák


Parte I. Los hermanos y la hermana

Vamos a contar una historia...

Los mayores cuentan, los mayores cuentan que una antepasada del clan TËKÄBÍWÁK convivió con el Tigre de Río. Esa historia la vamos a contar ahora para que la sepamos. Pues, no sin razón, todo lo contado por los mayores desde hace tiempo, ahora se pierde de nuestra memoria. Esa historia la vamos a contar.

Entonces, dicen los mayores que hace mucho tiempo los miembros del clan TËKÄBÍWÁK eran solo hombres, solo muchachos. Además, había una única hermana, solo una única hermana había. Esta era quien los atendía, ella los atendía todos, todos, todos los días, ella los atendía entonces con esmero.

Sus hermanos eran entonces muy trabajadores, iban a tumbar árboles, iban a sembrar maíz, iban a sembrar banano, iban a trabajar. Todos los días iban, todos los días iban, todos los días iban, todos, todos, todos los días... Así pasó, así pasó, así pasó... Así, poco a poco, poco a poco, poco a poco...

Al tiempo, se fueron dando cuenta, poco a poco, que su hermana los alimentaba con pescado cocinado. Cuando volvían a su casa, ellos notaban que la hermana la tenía bien barrida... limpia...

Todo el camino lo mantenía bien barrido... limpio.... Además, ella tenía pescado cocinado muy rico. Con este les daba de comer a sus hermanos. Sus hermanos no sabían de dónde obtenía su hermana el pescado. Entonces, salían todos los días, salían todos los días...

Pasó así cuatro veces. Al cabo de estas cuatro veces, ellos comentaron entre sí si alguno sabia, si alguno no conocía, si alguno lo había visto:

— ¿De dónde nuestra hermana trae el pescado? ¿Dé donde será entonces? Ella no sale. Ella solo está en la casa. Entonces, ¿de dónde ella lo saca?

Su hermana era muy trabajadora. Hacía buen atol de maíz, molía el maíz para hacer atol, cocinaba el elote, hacía de todo, barría la casa, barría toda la casa con dedicación hasta que todo se viera bonito, dentro de la casa mojaba muy bien todo con agua.

Después de esto, hablaron entre ellos, pues eran varios. Entonces, los hermanos mayores le dijeron a su hermano menor:

— Mañana vamos a trabajar, mañana vamos a trabajar, pero usted se queda escondido, escondido para ver qué exactamente hace nuestra hermana.

Entonces el hermano menor dijo: — Está bien.

Los hermanos le hablaron del barár*, que así le llamaban antes nuestros mayores, ahí dentro habría de esconderse. 

____

* El barár era el antiguo colchón de los Cabécares. Se hacía de hojas de banano seco trenzadas. Se ponía sobre la cama y se cubría con mastate.
____

Entonces amaneció el otro día. Él se escondió ahí dentro. Su hermana no lo vio... su hermana no lo vio. Entonces la hermana se levantó. El hermano se había escondido; por eso, su hermana no lo vio.

Después de esto, ella escuchó que sus hermanos iban haciendo ruido con un caracolito, iban haciendo ruido con un cabo de carrizo: ¡Kjuékjué! ¡Kjuékjué!! ¡Kjuékjué! ¡Kjuékjué! Ellos iban hablando... iban cantando... Iban a tumbar árboles para sembrar maíz, para sembrar de todo... Esas cosas hacían ellos, pues eran muy trabajadores, con el fin de que todo eso creciera bien.

Él los escuchó tamaño rato. El hermano estaba escondido. Ella no lo vio. Estaba dentro del barár. En eso, la hermana, que estaba sentada, los escuchó. Sus hermanos iban leeento, leeento. Iban haciendo bulla, iban haciendo bulla, iban haciendo bulla, iban haciendo bulla... pero dejaron de oírse... Ya no se escucharon otra vez, habían desaparecido a lo lejos, ahí ya no se escuchan entonces. Él vio que su hermana se levantó. Su hermana se levantó, agarró la escoba y barrió dentro de la casa tamaaaaño rato... toda la casa, tooooda... la limpiaba toda, la limpiaba. Se detuvo y comenzó a barrer el camino muuuucho rato... lo barrió todo.

Después de eso, trajo agua dentro de una jícara. Antes, antes, nosotros los indígenas llevábamos el agua dentro de jícaras, era eso lo que usábamos nosotros los indígenas para traer agua, la jícara era lo que usábamos. Luego trajo el agua dentro de una jícara. Y salpicó: pó, pó, pó, pó. Lo mojó todo bien húmedo, bien húmedo, bien húmedo, lo mojó todo, lo mojó todo, toooodo... Regó todo a lo largo del camino, bien mojado... todo. Se levantó y se puso a moler maíz tamaaño rato, se levantó y se puso a hacer atol tamaaño rato, se levantó y se puso a hacer de todo tamaño rato. ¡Lo hizo de una sola vez!

Después de esto, ahí se puso a pensar: — ¿De verdad, adónde irá mi hermana?

Luego, él vio que su hermana trajo un asiento y lo puso en el centro de la casa. Ahí se sentó a esperar. Él no sabía qué esperaba ella. Ahí ella se sentó y se quedó en silencio. Sin embargo, él la observó un rato.

Una persona venia al final del camino, una persona grande venía mojada por el camino, con todo el cuerpo empapado. Caminaba chorreando agua, venía chorreando agua hasta abajo: wó, wó, wó. Detrás del hombre, él vio que había un rabo, eran dos rabos, dos rabos eran. Vio que entró rápido, entonces se levantó la hermana rápido también. La hermana se levantó quedando ellos frente a frente. Después, la hermana se levantó, entonces la hermana agarró rápidamente a ese hombre que venía, lo abrazó, lo acarició, entonces ellos se abrazaron mucho. Después de esto, él dejó a la hermana. Justo después de esto, él vio que ese semejante a un hombre se volteó bajando hacia el suelo, hacia el suelo se volteó bajando, vio él entonces mucho pescado amontonado en el piso.

En ese momento, vio que en medio de su espalda había un hueco, un hueco con forma de comal. Ahí dentro era donde traía el pescado. Luego de eso, la hermana lo abrazó, lo acarició mucho, lo arropó... se abrazaron entonces mucho, demasiado se abrazaron...

¡Pasó un rato, pasó un rato, pasó un rato, pasó un rato! Después de esto, se fue. Había pasado mucho rato. Se cuenta a la primera vez que él escuchó que los hermanos venían haciendo bulla a lo lejos, se levantó y se fue. Dirigiéndose hacia abajo se fue. ¡Se fue! Dicen que ahí al lado había una laguna, una laguna grande. Ahí dentro se zambulló: ¡téi! Entonces se fue. Ahí se metió una vez más. Llegaron tooodos los hermanos... todos. El [hermano menor) se salió del barár y su hermana no se dio cuenta. Él lo vio todo claramente, vio cómo y qué hacía ella.

En ese momento, él les contó a sus hermanos, los hermanos le preguntaron: — ¿Entonces qué vio usted? ¿Cómo es? ¿Qué es? ¿Qué hace nuestra hermana?

Inmediatamente, él dijo:

— Yo vi con mis ojos lo que pasó. Entonces, la cosa está así: el que trae el pescado es algo así como cuñado, pero este cuñado nuestro es un diablo. No es persona. Este cuñado es un diablo. No es persona. Es un ser maligno. Con él nuestra hermana está ennoviada. Él es quien trae el pescado que ella cocina y con eso ella nos da de comer.

¡Así lo vi! ¡Así lo vi!

Luego de eso, se dijeron entre ellos, le dijeron a ese que se había escondido:

— Haga dos lanzas bien hechas, hágalas de buena calidad, después escóndalas, esconda también el arco. Después de eso, siéntese a esperar verlo. Usted espera que él venga, entonces no lo deje ir. Que su brazo caiga encima de él. No lo deje ir. No deje que se vaya. Nuestra hermana se comporta mal al ser amiga de ese diablo. Hay que matar a ese diablo. Él es nuestro enemigo. Él es nuestro enemigo. No debe convertirse en nuestro cuñado. ¿Por qué habría de ser nuestro cuñado?

— ¡Está bien!

En la pura tarde, él se levantó a hacer flechas tamaño rato... Hizo una lanza tipo arpón. Hizo una lanza tipo jabalina. Hizo una lanza tipo pica. Además, en ese momento hizo un arco. ¡Se las llevó! ¡Se las llevó!

Cuando pasaron dos dias, entonces los hermanos le dijeron:

— Ahora usted tiene que esconderse como lo hizo antes en el barár. Desde ahí usted lo va a ver. No lo deje ir. Péguele una flecha con buena puntería, estirando el brazo.

Después de que pasaron dos días, entonces se fue, el hermano este que se había quedado escondido. Ellos [los demás] se alistaban rápido, los otros hermanos se alistaban rápido... los otros hermanos se alistaban rápido...

Él tenía presente lo que los hermanos ya le habían dicho. Por eso, puso de pie el barár. Dentro de él se escondió bien. Adentro todo... guardó todas las cosas necesarias para lanzar flechas.

En eso, él se fue, los hermanos se fueron. Él, saliéndose del grupo, se escondió. La hermana no lo vio. Los hermanos se fueron, los hermanos se fueron haciendo ruido una vez más. Todo el tiempo ellos sonaban el caracolito, todo el tiempo ellos sonaban el cabo de carrizo, todo el tiempo ellos sonaban el caracol de mar, todo el tiempo ellos cantaban. No sin razón, pues ellos iban a tumbar árboles, ellos iban a sembrar maíz, ellos iban a hacer cosas, ellos iban a trabajar. Eso sembraban ellos. Ellos entonces iban caminando... caminando, caminando, caminando, caminando... hasta que dejaron de oírse.*



* Aquí termina la primera parte de la historia. Hasta ahora se ha venido utilizando un narrador diegético (es decir, uno que habla en tercera persona). A partir de este momento, se va a producir un cambio hacia un narrador intradiegético, pues la narración es contada como si fuera referida por el hermano menor.



Parte II. El Tigre de Río

Entonces, cuando dejaron de escucharse, vi a nuestra hermana. Al igual que antier, nuestra hermana se levantó. Nuestra hermana se estaba levantando. Agarró la escoba para barrer la casa, con ella lo barrió tooodo... lo barrió. Se puso de pie, agarró agua que tenía en un calabazo y lo regó tooodo... pó, pó, pó, pó, tooodo... como lo había visto antes, como lo había visto antes. Ella misma se fue, trajo un asiento y lo puso en medio de la casa. Ahí se sentó, ahí se sentó.

Luego yo vi que al rato ella se quedó en silencio. Yo vi que venía el hombre que había visto, venía subiendo desde abajo otra vez mojado con agua: yolólóló... Yo vi que era él, no era otro. Luego de eso vi que llegó y entonces nuestra hermana se le tiró encima de inmediato. En ese momento, se acariciaron mucho, acarició mucho a nuestra hermana, abrazó mucho a nuestra hermana. Luego se volteó en el suelo. Entonces tiró el pescado que traía. Luego acarició mucho a nuestra hermana, la abrazó mucho, la arropó mucho.

Luego pensé: "Ahora no se me escapa". Dentro del barár hice un hueco con cuidado. Saqué la punta de la lanza por ahí. En ese momento, estiré la flecha tamaño rato.... salió volando directamente. Lo pegó justo en el medio de la cintura.

Entonces se vino desde arriba golpeándose veloz contra el suelo. Entonces yo también me salí del barár en frente de él, entonces me salí del barár en frente de él. Luego de eso, justo cuando iba a punzarlo nuevamente, salió corriendo rápido por el camino donde lo había visto. Se perdió, se fue corriendo a gran velocidad.

Luego de esto, nuestra hermana se enojó mucho conmigo. Nuestra hermana me regañó mucho. Nuestra hermana me decía:

— ¿Qué está haciendo con su cuñado? Él es su pobrecito cuñado. Él es su cuñado, no es demonio, no es un extraño. ¿Por qué está peleando con su cuñado? ¡Pobrecito él! Usted no tiene que pelear. Usted pelea con su cuñado. Me voy a ir con él, ahora mismo me voy.

En ese momento, salió nuestra hermana corriendo rápido detrás de él. Entonces traté de agarrarla, pero no se pudo agarrar. Traté de agarrarla, pero no se pudo agarrar. Salió corriendo rápido... hasta perderse de vista.

Entonces logré escuchar a ese cuñado nuestro. Ese TIGRE DE RÍO se zambulló en la poza haciendo ruido: ¡téi! Se zambulló en la poza haciendo ruido: ¡téi! Se zambulló en aquella poza haciendo ruido: ¡téi!

En ese momento, comencé a agarrar a nuestra hermana, pero no se pudo agarrar, se fue a la fuerza. La perseguí bastante, Con esmero, bastante. Perseguí a nuestra hermana con ganas, con ganas. Pero no se pudo agarrar. Ella también cayó en la poza, se metió dentro de la poza. Ella se consumió dentro de la poza. Se consumió dentro de la poza. Nuestra hermana corrió tamaño rato cuando yo iba a agarrarla.

Vi dentro de la poza. Nuestra hermana corrió hacia ahí también. Yo no miré mucho rato. Corrí también atrás de ella, atrás de nuestra hermana. Me metí dentro de la poza, entonces veía que era una poza. Pero al caer dentro de la poza, noté entonces que no era poza. Era como llegar a la puerta de una casa, como llegar a la puerta de una casa. Yo lo vi, yo vi que no era una laguna, sino que había una casa grande.

Entré por la puerta de esa casa, yo estaba ahí dentro. Luego vi que dentro de la casa estaba barrido, estaba liiimpio... Cuando entré, vi dentro de la casa, vi que nuestro cuñado estaba dentro de la hamaca, ese cuñado nuestro, que yo había punzado y ahuyentado, estaba dentro de la hamaca. Ese era el que estaba en la hamaca. Nuestra hermana había llegado y estaba a la par de él, sentada junto a él. Yo dije, yo le dije a mi cuñado:

— Vine a llevar a mi hermana. Usted tiene que mandarme a mi hermana. Ella es la única que nos cuida. Ella es la única que nos cocina. Ella es la única que hace todo el oficio. Ahora quedamos solo hombres y no tenemos alguien que nos atienda, vamos a tener que hacer las cosas solos. Definitivamente, vamos a quedar en el abandono.

Entonces nuestro cuñado me regañó mucho, él se levantó y me regañó mucho:

— Su hermana no va con usted. Usted jugó sucio conmigo, me flechó. Véalo: usted me hirió mucho. Yo soy su cuñado, yo no soy un extraño. Ahora su hermana no va, yo me la dejo. No va, se queda conmigo.

Entonces, se puso necio, necio el hermano. Se puso necio, necio y dijo: — ¡No! Es mi hermana y me la voy a llevar.

Entonces nuestra hermana dijo:

— Yo no voy con ustedes. Yo no voy con ustedes. Ustedes jugaron sucio con su cuñado. Por eso, yo no voy con ustedes. Eso es asunto suyo, es cosa de ustedes, hagan ustedes mismos el oficio, pero yo no voy con ustedes.

Entonces, le hablé mucho al TIGRE DE RÍO:

— Mi hermana es la única que nos hace cosas, es la que nos cocina, es la que hace el oficio, no hay ninguna otra. Vamos a quedar en el abandono. Por eso, tiene que mandárnosla, tiene que dármela. Vine a llevarla.

Entonces, de una vez, esta hermana nuestra no quiso irse. Entonces, como no se quería ir, este diablo, el TIGRE DE RÍO, no la mandó. ¡Los dos parejos!

Después de eso, el TIGRE DE RÍO, que estaba sentado en la hamaca, dijo:

— Te lo voy a decir, te lo voy a decir, lo voy a ayudar, pero usted tiene que hacer como voy a explicarle.

Entonces vi que sobre el patio había una mata de chile en cuya rama estaba un perico chucuyo... El legítimo perico chucuyo... En eso, el TIGRE DE RÍO dijo entonces:

— Su hermana no va con ustedes, le voy a dar solo el pájaro, aquel que está ahí, pero se lo voy a dar a ustedes. No lo maltrate, no juegue sucio con él, cuídelo. Ahora que llegue al mundo donde está su casa, arriba en el mundo de ustedes, manténgalo en una rama de chile. No lo mantenga en cualquier sitio... en cualquier rama de árbol, solamente en la mata de chile. Solo eso le voy a dar en lugar de su hermana.

Me aconsejó mucho. Entonces me entristecí por nuestra hermana. Pero ella no quería venir, no podía hacer nada. Entonces solo eso nos dio. Solo eso mandó en lugar de nuestra hermana. Entonces ella no quería venir con nosotros, no pude hacer nada.

— ¡Está bien! Entonces está bien. Deme solo eso entonces.

Entonces solo eso traje. Luego, el TIGRE DE RÍO me dijo:

— Solo hoy llegó. No vuelva a venir otra vez. Se lo digo. Por eso le doy este pájaro. No vuelva.

— ¡Está bien entonces!

Entonces regresé, me vine tamaño rato hasta llegar a este mundo. Al llegar, miré para atrás y había solo una poza grande... azul... Luego de que volví, traía ese perico chucuyo nuestro, traía al pobre periquito en la mano. Después, convenientemente tenemos una mata de chile a la par de la casa. Entonces puse al perico en la rama, en la rama de chile. Así lo puse. Me entristecí por nuestra pobre hermana que ya no está con nosotros. Íbamos a quedar en el abandono.

Al rato, en la pura tarde regresaron mis hermanos. Todos los hermanos llegaron juntos. Ellos me preguntaron entonces: — ¿Qué pasó? ¿Cómo estamos?

— Vamos mal. A partir de ahora, nuestra hermana no vela por nosotros. A partir de ahora, nuestra hermana no está haciendo oficio. El diablo se la llevó.

Yo lo conté toooodo... todo, la manera como fui. Todo eso lo conté, tooodo...

— El TIGRE DE RÍO me dio solo un pichón de perico chucuyo. Me dijo que solo eso me iba a dar. Solo eso puse ahí en la rama de chile. Me ordenó que únicamente lo mantuviera en la rama de chile. Ahí lo puse.

— ¡Ah! No podemos hacer nada. Entonces tenemos que aguantar así. No podemos hacer nada con eso. ¿Cómo lo punzaste?

— Así lo puncé, así lo puncé todo. Cuando llegué, vi que se arrancó la flecha y así está hablando echado en la hamaca.

Todo lo conté.

— ¡Está bien!*



*Aquí termina la segunda parte de la historia. La narración del hermano menor finaliza y se regresa al narrador heterodiegético, quien contará en tercera persona el resto del relato.



Parte III. El Chucuyo

Después de eso, al día... al día siguiente... los hermanos se levantaron a hacer las cosas y se fueron a trabajar. De forma parecida, hacían mucha bulla, tenían que trabajar fuerte, se iban a trabajar. Regresaron en la tarde. Ellos mismos hacían las cosas rápido. El chucuyo los estaba viendo. Ellos mismos hacían las cosas, ellos mismos hacían las cosas.

Al otro día, se fueron a trabajar, volvieron en la tarde otra vez. Entonces ellos mismos hicieron las cosas... Al pasar tres días, al pasar tres días, a los tres días se fueron, a los tres días ellos se fueron, se fueron a trabajar lejos, iban haciendo ruido: olóóó... Sonaban el caracolito, sonaban el cabo de carrizo, sonaban el caracol de mar. Iban cantando: olóóó... hasta que dejaron de oírse... ellos se dejaron de oír. Luego de eso, en ese momento, se fueron a trabajar, todos se fueron.

Al regresar de nuevo en la tarde, lo vieron. ¡Aaah! ¡Qué limpia está la casa! Hay masa de maíz lista. Hay atol de maíz. Hay chicha. Toooda la casa por dentro está barrida. ¡Aaah! No se ve nadie, no se ven mujeres, no se ven muchachas. Está solo el chucuyo, está solo el chucuyo. Llegaron, tomaron atol de elote, bebieron chicha, comieron maíz, se lo comieron todo, todo. ¿Entonces qué será esto? Ellos lo pensaron: ¿qué será esto?

Al otro día se fueron de forma parecida. Los mayores cuentan que a los tres días es que ocurren las cosas. A los tres días al hermano menor que había ido a traer al chucuyo, a ese los hermanos le dijeron:

— Escóndase. [Averigüe] qué exactamente nos está pasando. ¿Qué es de esta manera? ¿Qué cosa es lo que está ayudándonos? ¿Qué es la cosa?

— ¡Está bien!

— Escóndase en el barár... muy bien...

— ¡Está bien!

En ese momento, él se quedó escondido en el barár, se escondió en el barár. Los demás hermanos se fueron. ¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! Iban haciendo ruido con el caracol de mar. Iban haciendo ruido con el caracolito, Iban haciendo ruido con el cabo de carrizo. Iban haciendo ruido. ¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! Iban cantando, iban cantando.

Luego, cuando eso dejó de oírse, él lo vio. El chucuyo que estaba escondido en la rama de chile se apeó... ¡zas...! hasta el suelo, se acomodó las plumas: chas, chas, chas, se puso de pie, con la pata se quitó el pellejo... ¡zas...! En ese momento, él vio donde se apeó. En ese momento, él vio que iba quitándose el pellejo... ¡zas...! En ese momento, él vio que era una muchacha... una muchacha indígena. [Entonces) él pensó... qué hermosa...

Él lo vio, vio que se transformó en una muchacha indígena, se levantó y molió maíz, molió maíz... muy bien..., lo puso al fuego para hacer atol en la olla... lo apeó. Se levantó y puso maíz a cocinar en la olla… cuando se cocinó, lo apeó. Entonces se levantó y puso la chicha, puso el banano maduro para hacer chicha, todo, todo. Se levantó y limpió la casa tamaaaaaño rato... todo, todo bien hecho. Él estaba viendo que era una muchacha.

Luego, cuando lo hizo todo, todo, se sentía el regreso de los hermanos, se percibía el regreso de los hermanos. Entonces en ese momento se fue. Ella misma se puso la piel de nuevo. Entonces volvió a ser un chucuyo y se sentó en la rama de chile, en la rama de chile se sentó... quedándose ahí...

Los hermanos volvieron todos, todos. En ese momento, él se salió del barár. Todo pasó bien. Al haber visto él todo, se lo contó a sus hermanos:

— ¡Así lo vi! ¡Así lo vi!

A ese hermano menor, a ese que siempre veía todo, a ese le dijeron: — Escóndase. Luego la agarra… mañana...

— ¡Está bien!

Al día siguiente, los hermanos se fueron de forma parecida, se fueron sonando el caracolito, se fueron sonando el caracol de mar, se fueron sonando el cabo de carrizo. Iban cantando. Iban conversando. Estaban preparando el terreno para sembrar maíz. Una mitad alistaba el terreno para sembrar maíz, la otra mitad iba tumbando los árboles.

Entonces, el menor se quedó escondido en el barár una vez más. Luego vio de la misma forma que iban haciendo ruido hasta perderse, entonces el chucuyo se apeó... ¡zas... ! se rascó, se rascó, se rascó... se quitó el pellejo... ¡zas...! Era una muchacha... una muchacha hermosa que se levantó a cocinar. Se sentó a moler maíz. Iba a moler maíz, entonces se salió del barár quedito, se vino por atrás y la agarró por sorpresa a la altura del pecho.

— ¡Ay! ¡Entonces qué es esto! ¡Entonces qué es esto!

Él no la soltó. La agarró por la cintura.

Ahí quedó convertida en una muchacha indígena. Ese era el chucuyo que habia mandado el TIGRE DE RÍO para que los cuidara. Ahí él la agarró y se juntó con ella. Ahí él se juntó con ella y vieron muchos hijos. La cuñada cuidó a todos los demás hermanos. Ahí vieron vaaarios hijos... Eso se cuenta... eso se cuenta...

Entonces no salieron más como clan de TËKÄBÍWÁK, salieron como clan de KÄTSÚIBAWÁK.Y no sin razón, pues su madre era un chucuyo y sus hijos salieron como KÄTSÚIBAWÁK.

Entonces, [el tiempo) pasó poco a poco, poco a poco. Siempre la muchacha era muy valiente, valiente... Molía maíz, hacía chicha, barría la casa, cocinaba. Ella lo hacía todo. Valiente era esa muchacha. Iba a traer la carga, iba a traer cosas. Así se fue poco a poco, poco a poco hasta el final. Varios hijos llegaron. Entonces eran solo hombres, solo muchachos. Los hijos crecieron, pero solo varones, todos varones... por montón...

Luego de eso, la mamá les dijo: — Búsquenme mi piojo.

Ella tenía un motivo para esto, pues iba a esconderse de sus hijos. Luego le dijo a un hijo:

— Saque la banca afuera, ahí vamos a ver mi piojo.

Entonces uno de los hijos trajo la banca, la puso afuera. Entonces la mamá se fue a sentar en esta banca. Ahí le dijo a su hijo:

— Búsqueme mi piojo, pero si ve algo en mi cabeza, en la coronilla, entonces no diga nada de ningún modo, de manera que, si ve algo en la cabeza, no diga nada... [estese] quedito.

— ¡Está bien!

Los niños se levantaron a buscar el piojo. Buscaron todos los piojos. No se veían, no se veían, no se veían. Al final, entonces lograron ver algo. Los niños vieron que justo en medio de la coronilla había como un pico de perico. En ese momento, los chiquillos le dijeron:

— Mamá.

— ¿Qué es? Si vio algo, no me diga nada.

— No, mamá. ¿Qué hay en su coronilla que es como un pico de perico?

Se levantó de inmediato y les dijo a los niños:

— Yo les dije que, si veían algo, no me dijeran nada. Yo les dije que si veían algo en la cabeza entonces no dijeran nada. Como se comportaron de esa manera, entonces se van a mantener solos. Ustedes mismos van a hacer las cosas, pues ya yo no voy a vivir con ustedes. Por eso mismo, yo les dije que, si veían algo en la cabeza, entonces no me dijeran nada. Por eso mismo, ustedes debían buscarme el piojo en silencio. Por haber dicho ustedes eso, ustedes mismos tendrán que hacer las cosas, hacerlo todo. Ya no voy a cuidarlos.

— ¡Aaah! ¡Así es!

Todos los hijos estaban asustados. En ese momento, vieron que su mamá se transformó en un perico que gritaba kuiö́, kuiö́, kuiö́. De ahí salió volando por el aire hasta ya no oírse. Ellos escucharon entonces que se zambulló en la poza: ¡téi! En ese momento, su madre los abandonó.

El padre se había ido a trabajar y regresó en la tarde. [Entonces) preguntó:

— ¿Dónde está su mamá? ¿Dónde está su mamá?

— No, nuestra madre ya no está, nos abandonó.

— Ustedes seguramente le estaban diciendo algo malo a ella, le estaban haciendo alguna cosa mala. Ustedes seguramente le estaban diciendo algo malo a ella. Por ese motivo, ella se fue.

Entonces al padre se le salieron las lágrimas chórrórrórró... La partida de la madre le dolió tanto, que el padre se moría. Le llegó el dolor hasta el hígado (2) rápido, rápido. Casi se muere.

En ese momento, así es como cuentan los mayores, ese momento, fue cuando nacieron los clanes llamados KÄTSÚIBAWÁK y TËKÄBÍWÁK, [historia] que hace tiempo se escuchaba muy bien, se escuchaba muy bien. Ahora los jóvenes que no saben la tienen como basura.

Por eso KÄTSÚIBAWÁK es uno de nuestros clanes y es el clan de TËKÄBÍWÁK. TËKÄBÍWÁK fue el primer clan. En ese momento, se mezclaron con KÄTSÚIBAWÁK. Se dice que TËKÄBÍWÁK se juntó con el TIGRE DE RÍO. Por ese motivo, el TIGRE DE RÍO no come a los miembros del clan de TËKÄBÍWÁK (3). Por eso, el clan es KÄTSÚIBAWÁK, pero el clan verdadero es TËKÄBÍWÁK, el cual cuentan los mayores que Sibú había traído del otro mundo en forma de Usécar para cuidar su último trabajo.*

¡Así cuentan los mayores de hace tiempo!



* Esta frase se refiere al hecho de que, según la historia tradicional, los miembros del clan TËKÄBÍWÁK no fueron traídos en forma de semilla como los otros clanes indígenas, sino que fueron traídos, ya con forma humana, desde el inframundo junto con los miembros del clan KÓKTÚWÁK para que ejercieran el cargo de usécares. A KÓKTÚWÁK lo pusieron al inicio de la milpa y a TÉKABIWÁK lo pusieron al final, para que cuidaran la cosecha. Debido a esto, lo ideal es que estos clanes solo se casen entre sí (Obando Martínez y González Campos 2015, 65–123).


Referencia: Obando Martínez, Freddy y Guillermo González Campos. 2015. Historia del clan Kätsúibawák. Turrialba: Sede del Atlántico, Universidad de Costa Rica.



Si no es porque hace años mataron uno en Bribrí, algunos indígenas de Talamanca, como Lorenzo Hernández, no creerían que exista el tigre de agua.

(Pie de foto superior)

La leyenda del tigre de agua no todos los indígenas la creen en la actualidad, pero desde pequeños la mayoría la conocen. Es una tradición oral que todavía se mantiene.

Leyenda indígena

Un tigre campea por los ríos

Víctor J. Barrantes C.

Todo sucedió un día en que el río creció tanto, que pasó por encima del puente y el tigre que, como era lo normal, iba arrastrado por la corriente, quedó enredado entre las piernas de una persona que pasaba. Por fortuna, otra que lo acompañaba, le dio el flechazo certero.

El tigre siguió, moribundo, río abajo, pero apareció luego en un playón. Todas las dudas sobre el malvado empezaron a despejarse: resultó que era del tamaño de un gato, a diferencia de que tenía todo el cuerpo poblado de pelos, y llevaba unos colmillos tan largos como misteriosos.

Muerto y todo, como lo encontraron, tenía todavía algo vivo. De hecho quien intentó quitarle los colmillos como prueba contundente de haberlo matado, sufrió serias quemaduras en sus manos. Y aquel a quien se le enredó entre las piernas también salió quemado.

Y don Lorenzo, reposado sobre una de esas hamacas que ocupan de punta a punta el corredor de la casa, mueve su cabeza verticalmente como para darle crédito a su leyenda. "Así es. Y todavía quedan de esos bichos", advierte.

¿Qué es eso del tigre de agua?

Es posible que si usted se lo pregunta a uno por uno obtenga tantas versiones como personas lo cuenten, pero casi todos los indígenas (por lo menos entre los bribris y cabécares que son a quienes he escuchado) coinciden en que el tigre de agua es un mal espíritu encarnado.

Es parecido a un gato, sólo que un poco más grande, pero "muy peludo"; dicen, que al verlo en el agua puede pasar como un verolís (flor de caña de azúcar). De hecho cuando los cañaverales están floreados son muy pocos los que ocultan el resquemor de cruzar un río.

El tigre de agua vive en el mar, pero sube a los ríos, que es donde suele capturar su víctima y hasta que lo logra regresa al mar. Es por eso que en los ríos muchos tienen su morada y no regresarán hasta tanto hayan capturado su presa. Tampoco es recomendable atravesar un río cuando retumbe mucho. Parece ser que los retumbos los aviva y les alimenta su sed de ataque.

Su aparición puede ser tan repentina como la de un rayo y hay meses del año en que más abundan y los hay de varios colores.

Carmelino Morales, actual maestro de Coroma de Talamanca, cuenta que el bicho tiene los ojos de colores (verdes, rojos y otros) y que "cuando lo ve a uno se le tira encima para arrollarlo con la cola peluda".

Muchos "sikuas", como le dicen los indios a los "blancos", que han escuchado la leyenda, quizá con una visión más prejuiciada del mismo, sostienen que es la manera como los aborígenes controlaban algunas faltas.

Y aunque algo de cierto pueda tener esta tesis, la dimensión de la creencia va mucho más allá. "Si usted (en vida) castigaba a los animales tenía que pasar luego por el castigo de estos, porque ellos son protectores y están en el más allá", explica don Lorenzo.

Lo cierto es que el bicho no hace discriminación y puede atacar hasta sin motivo al más inocente de los que vayan pasando por el río en ese momento de infortúnio.

Del animal, lo último que se dice, es que se chupa la sangre de la gente y ataca, generalmente, en los codos, las rodillas y la frente. Y si usted, como el afortunado personaje del principio de esta historia logra matarlo, debe hacer una gran ceremonia para alejar el espíritu, de lo contrario se arriesga a morirse de calentura.

La sobrevivencia de una leyenda

Es cierto, no todos en Talamanca están convencidos de si realmente existe el tigre de agua, pero hay quienes tras el rescate de las leyendas narran la historia como si realmente a ellos les hubiera sucedido.

Motivado por la curiosidad, cuenta Guillermo García, asesor nacional de educación indígena, que cuando trabajaba como docente en Cabagra de Buenos Aires pidió a los alumnos hacer una redacción sobre el tigre de agua y más o menos todos coincidían en señalar el misterio que se esconde detrás del animal.

Pero contrario a lo que escribieron sus alumnos indígenas uno "blanco", cuyos padres habitaban dentro de la reserva escribió algo así como: "en mi casa hay un gatito blanco, le gusta tomar leche, se llama Minino...". La lectura, y no para menos, causó la hilaridad entre el resto de los estudiantes. Evidentemente se trata de una leyenda indígena.

Que se conserve la historia aún en esa población infantil, pese a la posible interferencia causada por la entrada del blanco, es para García la revelación de que entre la cultura indígena costarricense queda mucho por rescatar.

Y así como un señor castellano al que le decían Bravo fue atacado y reducido a la muerte por el tigre (luego se le encontró en un estero y sin una pierna) hoy muchos, sin haberlo visto, sostienen que la historia es verdadera y luchan por mantenerla.

"Yo soy indio, me crié afuera y sé que la costumbre se ha ido perdiendo. Se habla poco de los antepasados, pero esta es parte de las leyendas que se trata de conservar" manifiesta el maestro Carmelino Morales.

Morales, que también ha emprendido la lucha para que se hable en la lengua materna, se queja de que son pocos los que como él quieren rendir tributo a sus antepasados conservando sus creencias.

Doña Paula García, esposa de don Lorenzo, se había mantenido al lado escuchando la historia. De repente, ojos muy abiertos, suspira y se levanta de aquel banco que quizá como en otras ocasiones sirvió de testigo silencioso del relato y se incorpora a su faena. Ella nunca ha visto el tigre de agua, "gracias a Dios" dice, pero su madre sí, se lo aseguró y por eso está segura de que existe (Barrantes 1991, 8B).


Referencia: Barrantes C., Víctor J. 1991. «Un tigre campea por los ríos». La República (Revista Domingo), 13 de octubre de 1991, 8 B. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201991/La%20Republica_13_2%20oct%201991.pdf.



III.1 Bribri  

Según Bozzoli (1979), en bribri no existe una palabra para ahogarse, ya que el agua es un principio vital para los bribris. Así que si alguien se ahoga, sea por un tsunami, una crecida del río o simplemente por estar en el río o en el mar, los bribris no tendrían cómo explicar esa contradicción más que creando al Tigre de agua. Del libro El nacimiento y la muerte entre los  
bribris (Bozzoli, 1979) se obtiene la siguiente cita (la cursiva es nuestra):  

Un enemigo definido que nos parece que funciona representando amenazas de “arriba” y de “abajo”, es el tigre de agua. Castiga el incesto; se lleva personas cuyas madres, en el embarazo, violaron las reglas que debía respetar. Ese felino del agua se describe parecido al puma (“el tigre colorado”, animal de la tierra), cambia de colores según el color del agua, (...) se bebe la sangre humana, que la se ve como chocolate (...)  Cuando se ha bebido la sangre, se muere y se va al mar. Este animal tiene rasgos de “arriba” y de “abajo”, viene del lugar debajo de donde nace el sol, cruza el océano, es decir, nada en agua salada, sube por los  
ríos (nada en agua dulce), nació con los otros felinos, es decir, de las lágrimas de la abuela de la tierra. Se describe como un animal verdadero, no es un espíritu. Nótese que este ser es una anomalía que condensa  el encuentro y superposición de todos los límites o líneas fronterizas entre un ámbito y otro, de la tierra y del agua dulce, de éstas y el mar, del mundo de los sentidos y del más allá. Es el epítome de traspaso de límites. (p. 182)  

Como dice la autora, el tigre de agua viene del este, cruza el océano y sube por los ríos. Como los bribris habitan la vertiente atlántica de nuestro país, venir del este es venir del mar, el hecho de cruzar el océano y subir por los ríos corresponde a la descripción de un tsunami. La autora  además indica que es “el epítome de traspaso de límites”, lo que aplicaría muy bien a un tsunami, que traspasa los límites del agua inundando la tierra. Además, indica que después de beber la sangre “se muere y se va al mar”, lo que podría indicar que las aguas del tsunami o del río vuelven a su curso después de haber causado muerte y destrucción. Consideramos que la figura del tigre de agua no aplica únicamente a los tsunamis, pero sí  
los incluye.  

Peraldo y Montero (1994) indican que los bribris viven en ambos márgenes del río Sixaola y sus tributarios principales, de acuerdo con lo indicado por Bozzoli (1983). Inclusive hay un pequeño asentamiento en la costa, cerca de Puerto Viejo de Talamanca. En el libro de Peraldo y Montero (1994) viene el siguiente texto (la cursiva es nuestra):  

Las cosas buenas y las cosas malas vienen del este... Allí debajo de donde nace el sol es como un canal, allí se juntan todas las aguas de la tierra en un solo río. Allí vive De’namu’ (felino de agua) en la última esquina. Cuando se sale ese bicho de allí, hay retumbos que vienen de ese lado del mar... (Bozzoli, 1979)  

Por qué se oyen los retumbos (¿y truenos?) en la tierra: Es que Olobasa avisa que De’namu’ se escapó y alguien morirá ahogado. Olobasa es el que cuida la puerta por debajo de donde nace el sol (donde el mar termina) todas las aguas de la tierra se juntan y van por debajo, en un solo río.  

Olobasa está en una hamaca. Cuando se mece retumba la tierra. Hay algo así como una olla llena de llamas debajo de él; De’namu’ no puede salir. Cuando Dios le da permiso Olobasa se duerme y entonces De’namu’ pasa y sube aguas arriba por los ríos y ahoga a la gente. Olobasa avisa con retumbos. Cuando se oyen ya se sabe que De’namu’ viene y alguien se ahogará. (Peraldo y Montero, 1994, p. 52)  

El texto dice que cuando Olobasa se mece retumba la tierra, asociando así los retumbos a los sismos. Los retumbos podrían suceder también con una cabeza de agua o con una inundación por tormenta, ampliando la aplicación de la figura de De’namu’, tal como lo indicamos arriba (Chacón Barrantes, Murillo Gutiérrez, y Rivera Cerdas 2022. 54-55).  

Referencia: Chacón Barrantes, Silvia, Anthony Murillo Gutiérrez, and Fabio Rivera Cerdas. 2022. Catálogo de tsunamis registrados en Costa Rica hasta el 2021. Heredia, Costa Rica: EUNA.



La leyenda del Sisimique (mico de agua)

El mico de agua, conocido también como el dueño de las aguas o Sisimique, vive en cuevas, en los profundos remolinos de las pozas ubicadas en la parte inferior de las cascadas de los ríos y quebradas locales. El antiguo nombre de este espíritu era Sisimique, según narró el informante indígena Cupertino Pérez, de 82 años (Bajo Palenque de Zapatón).

Su función es proteger sus aguas, peces, camarones, corrosas, cangrejas guascá o yarcas de los daños provocados por las personas, como envenenamiento de las aguas para pesca, contaminación por basura o sustancias nocivas para el ecosistema, matanzas desmedidas de peces y crustáceos, o los comportamientos irrespetuosos al río, como bañarse embriagado o gritar.

A los indígenas infractores que llegan a envenenar pozas para pescar camarón en la noche, o quienes llegaban a bañarse ebrios se les aplicaba el castigo del mico de agua, es decir, este ser los atrapaba con sus largos brazos peludos o su larga cola, luego los arrastraba hasta el fondo de los remolinos, donde los ahogaba.

Dicen los abuelos y abuelas del distrito de Chires, como Gonzalo Sánchez y Cupertino Pérez, que todavía las pozas de las cascadas donde confluyen los ríos como el Río Negro y Mastatal, o en las pozas de la quebrada Lajas y Pozo Azul de Acosta todavía están habitadas y cuidadas por él.

A continuación se presenta la narración de don Gonzalo Sánchez.

“Eso sí, eso era… un mono grandísimo que andaba, dicen, por ese cerro, asustaba a la gente cuando andaba sola. Contaba mi papá que le decían mono de agua o mico de agua, y estaba cercano a Toruel, en Pozo Azul, que es una poza. Y entonces la gente, como siempre, es testaruda y llegaba a bañarse en esa poza, pero el mico de agua no los dejaba bañarse en ese lugar.

Decía mi tata que un día unas personas llegaron a bañarse y el mico del agua no los dejó, se salió de la poza y los persiguió para comérselas. Entonces ellos idearon un plan y fueron otra vez a bañarse, pero hicieron unas bombas de clorato pa apearse al mico de agua. Como no los dejó bañarse, le zamparon dos bombas a la poza y lo que hicieron jue enojar al animal, porque salió de la poza y los persiguió.

Los carambas¹ tuvieron que salir en carrera y tirase por donde mejor pudieran, porque ya se los comía. Ellos dicen que el mico de agua era un mono grandote, mechudo, con unos brazotes, y entonces como pudieron huyeron y perdieron todo lo que llevaban. Lo dejaron ahí y se salvaron, por suerte, porque ya se los comía”.

Figura 48. El Sisimique, espíritu protector de los pescados y otras especies de animales en las pozas de los ríos de Zapatón.

¹ Caramba: joven, hombre, muchacho (Sánchez y Pérez, en Alfaro Solórzano 2014, 235–236).

Referencia: Sánchez, Gonzalo, y Cupertino Pérez (informantes). En Gerardo Alfaro Solórzano. 2014. Agricultura güetar. Cartago, Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.


Entre las mujeres, solo pocas buscan en las ciudades su subsistencia como sirvientas; pero son muy solicitadas las nodrizas de Orosi,⁶⁸ pues se distinguen tanto por su cariño a las criaturas como por la sana disposición de su cuerpo, y conforme a su género de vida anterior son en extremo sobrias.

Al regresar, pasamos el río por la parte de abajo del puente colgante que primero mencionamos, cerca del lugar en que el río del Aguacaliente se une con el río Grande. Aquí pasa el río cerca de una roca que sobresale, formando un fuerte remolino. En este punto, según la leyenda, hay un tesoro de valor incalculable, hundido. Los indios, como en general los hombres ignorantes, son extraordinariamente supersticiosos y hay entre ellos muchas tradiciones que no son sin embargo de origen indio antiguo, sino que proceden, en su mayor parte, de los misioneros.

Algunas recuerdan “Las mil y una noches”. Asustan a los niños con la “coyota llorona”, es decir, con “la loba negra que aúlla”. Cuentan que una vez una india que mató a su hijo fue transformada en una loba negra, y desde entonces vaga por las noches y espanta a los hombres con sus aullidos.⁶⁹ Hay otro monstruo que desempeña el principal papel en sus consejos. Este tiene la forma y la talla, las garras y la cola de un manatí, es muy peludo como un perezoso, está provisto de una melena y es manchado como un tigre.⁷⁰ Cuando las gentes pasan sobre el puente colgante hace a veces crecer el río, produce una nube y devora a los hombres. Se dice que solo lo ven aquellos a quienes se come (Hilje 2008, 93). 

...

68. La alusión aquí es clara en cuanto al papel de mujeres indígenas que, estando en condición de post-parto, podían amamantar a niños ajenos, además de los propios.

69. Con leves variantes, corresponde a la muy conocida leyenda de la Llorona.

70. De estos tres animales, según Carrillo et al. (1999), en Costa Rica el manatí o vaca marina (Trichechus manatus) habita toda la costa del Caribe, del oso perezoso o perica ligera hay dos especies (el de dos dedos, Choloepus hoffmanni, y el de tres dedos, Bradypus variegatus), y de felinos con manchas hay varias especies, pero el más conocido y robusto es el jaguar (Panthera onca), llamado tigre de manera incorrecta (Hilje 2008, 102).

Referencia: Hilje Quirós, Luko. 2008. «El valle de Orosi, explorado por Alexander von Frantzius». Revista Comunicación 17 (1): 80-103. https://revistas.tec.ac.cr/index.php/comunicacion/article/view/910


YO Y LA LARVA
CHARLA EN LUNA NUEVA

NUNCA había querido contarlo. Yo mismo intenté varias veces que aquello se me olvidara. Ahora no deseo que se sepa, pero al mismo tiempo tengo miedo de morir con el secreto de mortaja. Siendo joven pasé, como lo hacía noche a noche, por la plaza de San Vicente camino a la casa de mi novia, en San Jerónimo. Cuando, (era noche de luna nueva) me sale de una cueva de los higuerones, una “Larva” transparente como una guedeja neblinosa, sinuosa, ondulante y con su propia luz ultraterrenal. El potro y yo temblábamos como azogados. Como sabía las palabras rituales para estos casos las usé:

“De parte de Dios Todopoderoso dí lo que quieres: si es plata conmigo, si es promesa con otro”.

Y la larva con voz muerta, de profesor muerto:

—“Dejate de platas y dejate de promesas”. Soy el alma en pena del profesor sonámbulo a quien mató aquí un pendejo cazador chumeca. Como pasé del sueño de la vida al sueño de la muerte sin preparar el alma, peno mis culpas como pena las suyas el negro que pronto murió de remordimiento. Nada quiero de vos. Ni dejé una peseta, ni debo promesas. Quiero advertirte y nada más quiero. Ya sé que te las das de desafiante de muertos como don Juan Tenorio jugando con convidados de piedra o con calaveras abandonadas y sonrientes en caminos silvestres. El asunto es peligroso y te aconsejo que no despertés fuerzas que luego no podés controlar. Dejanos en paz con nuestra luz perpetua si querés que te dejemos a vos con tu luz infeliz y mortecina. Ya sabés que fui maestro de escuela y muy leído. Me daba la madrugada leyendo las cumbres del espiritismo: Paracelso, Alberto el Grande, Flammarión, Allan Kardeck. Me dormía sobre los libros y dicen que salía luego sonámbulo por esta plaza.

Aprendí mucho en la tierra; y ahora lo verifico en este nuevo mundo esotérico.

El hombre no puede vivir sin hechizos. Eso te lo aseguro. Los maestros y profesores no pueden vivir sin el “tequio” de dar lecciones. Oíme, para provecho tuyo esta lección de conocimientos elementales, de lemures y demás entes de ultratumba que existen tan vitales como vos mismo, y a los cuales han estudiado seriamente en la antigüedad hombres como Herodoto, Plutarco y Suetonio; en la alta edad media el Abad Trithemio y luego el médico don Salvador de Ardevines Isla. Éste publicó un libro que leí mucho: Fábrica universal del mundo mayor y menor. Y el Padre Fuente La Peña del siglo XVII editó otro magnífico: El ente dilucidado, donde atribuye a oscuras cuestiones sexuales la causa de monstruos, hermafroditas, trasgos, duendes, frailes enanos, etc.

“El Padre Fuente La Peña describe magníficamente a los duendes: “Duende no es otra cosa que un animal inuisible secundum quid o casi inuisible trasteador”.

“Es bueno, útil y conveniente creer en duendes aunque el Padre Feijoó lo cree malsano, y lo peor, los niega en una de sus Cartas eruditas y curiosas. No le he visto por aquí al Padre Feijoó para discutir pues está en otro plano, pero te repito es bueno y útil cultivarles.

“Los duendes son generalmente siete, visten de azul y se cuelgan al cuello ristras de ajos. Aman mucho jugar con los niños y ya habrás visto y oído niños solos riendo, hablando, trayendo juguetes. Están regocijados con los duendes.

“Cuando le toman cariño a una persona o familia son excesivos: barren la cocina, lustran el molendero, chorrean café, baten el chocolate en su jícara, desenyugan los bueyes, pican vástago, reparten las manos de plátanos entre los terneritos, raspan la tapa de dulce.

“Huyendo de los ruidos nocturnos, del trasteo, de lo incongruente, de las presencias palpables pero invisibles, una familia cambió de casa. Cuando iba con los últimos “chunches” a la nueva residencia alguien dijo: “Olvidamos la bolsa de chorrear café”. “Ah, qué va, aquí la llevo yo”, replicó una vocecilla que nadie supo de donde salía pero que todos oyeron. Era del duende familiar. Antonio Torquemada, en curioso libro que te aconsejo adquirir: Jardín de flores curiosas, llama como sinónimo, a los duendes, trasgos. Y, jovencito, basta por hoy de duendes.

“Sigamos con otros temas: la Luz, que suele salir de los árboles, el Hermano —espíritu parlanchín y de poco fiar— y la Sombra parecen tres, pero en realidad son un solo espíritu materializado; son el Espíritu Maligno que anda por el mundo buscando la perdición de las almas. Su lucha es continua con el Angel de la Guarda que cuida de la vida desde que uno nace. La Muerte, lo dice San Pablo en Carta a los Corintios, es el Antecristo. La Muerte tiene que vencer por sorpresa y de mala fe al Ángel de la Guarda para llevarse un alma a los profundos del más allá. Cuando Cristo vuelva, la muerte morirá; será, entre nuestra general alegría, solo un muerto más.

“Hay espíritus inofensivos, burlones, que quieren divertir a gentes mohinas o que más bien, ingenuamente, buscan la protección de los vivos. Ustedes, que quizá les ven alguna vez, les llaman: los Bultos. Permanecen en estancias abandonadas, en salas grandes y oscuras, con muebles gigantescos. ¿No has visto alguna vez, en alguna casa de estas, mecerse solas las poltronas? Y, atención que voy a seguir.

El Dueño de Monte
“Es el alma en pena de un cazador a quien nada ni nadie detenía en su pasión desmedida de cavernario criminal. Su placer era matar; un destruir insaciable y estúpido. Dios, que ama tiernamente a sus criaturas, no puede perdonarle, pero a ruego de San Francisco de Asís —hermano de todo lo creado que canta, que arrulla, que vuela, ramilletes de plumas que embellecen el paisaje divino de la Creación—, volvió al mundo esa alma cruel a expiar y ahora precisamente defiende a los animales de la odiosa presencia de la maligna, la peor bestia: el hombre, en quien fermenta una sumida, pésima levadura.

“Cuando un imbécil cazador va a sacrificar un venerable venado, progenitor de alegre tribu de cervatillos, el Dueño de Monte transforma al patriarca en un tigre cebado que hace temblar y huir al cobarde.

La Mujer de Agua
“Es larva como yo, pero hembra, mala y de mala entraña, milagrera trágica. Murió solterona, y como ningún joven de los que asediaba le hizo caso, ahora los ahoga. No te bañés nunca en una poza sin llevar entre los dientes un ramito de apio.

El Fraile sin Cabeza
“Fue un cura tico que emigró al Perú. Ahí la Santa y Sabia Inquisición, con buen juicio y lindamente le cortó la cabeza por mujeriego, descarado y avaro. Todavía la anda buscando desolado.

La Carreta sin Bueyes
“En una iglesia en reparación, cuando San José no era sino una pobre aldea, tenían almacenada una cantidad de madera de cedro amargo para hacer columnas, altares y aun santos. Esta madera era cortada (en luna menguante, por supuesto, cuando el flujo de la savia está de “vaciante”) de los bosques aledaños que empezaban en Cuesta de Moras, ese barrio actualmente lleno de tiendas.  

“Una noche, un desalmado de Escazú se vino solapadamente con sus carretas y aprovechando el gran silencio y la gran soledad (los serenos de entonces no llegaban con su chuzo y su linterna tan lejos) se robó esa madera. Con ella fabricó su casa, su galerón, su trapiche y aún le sobró para una banca y una hermosa carreta. Pero San José que es santo puesto al trabajo y ojo avizor a todo lo atingente a maderas, lo vio todo desde su carpintería celestial.  

“El ladrón listillo enfermó y pronto murió. En aquel entonces no había tanta alcahuetería celestial y menos clerical. Murió sin absolución por el pecado de simonía. Y su castigo fue patente. Una carreta, la fabricada con maderas sagradas, fue condenada a ambular sin bueyes, (¿por qué condenar unos inocentes bueyes?), noche a noche, sin compuertas, con el timón levantado como una proa amenazante, y en su cajón el cadáver tieso del ladrón, con los ojos abiertos y vidriosos, mirando las estrellas. A esta carreta se la oye traquetear por caminos absurdos; el nabo, mal ajustado adrede, chirrea estruendosamente a cada barquinazo. Se la oye lejana, se la oye acercarse, se la oye pasar, pero sólo los muy valientes la han visto.  

“Todo lo que te estoy contando, que es cierto, de Escazú ha salido. Todo lo portentoso, todo lo que suspende proviene de ese pueblo que era una maravilla, y que nosotros, por acá, creíamos que se iba a declarar todo él, monumento nacional. Pero no contábamos con los gobiernos conchos que padecemos. El daño empezó con la invasión de nuevos ricos. Siguió con autoridades noveleras. Uno de ellos quiso “modernizar” (palabras textuales) el pueblo, y empezó tumbando los higuerones de su plaza donde tanto amábamos sestear las ánimas en pena. A éste, o con éste, debutó un cura regocijante que desde el púlpito aconsejó a sus feligreses: “¡Boten las casas viejas, háganlo todo nuevo para que nos sigan visitando los artistas!”. ¿Qué te parece? Y para dar el ejemplo, arrinconó los altares coloniales barrocos que eran una maravilla, y puso altares de mármol italiano, y sustituyó las imágenes sevillanas por imágenes de papier maché, made in Barcelona.

“Así es que con nuevos ricos que ignoran lo que es arte, con gobiernos descuidados, con autoridades noveleras y con curas que por sus estudios debieran ser más comprensivos, Escazú terminó. Sólo estas historias que también pronto desaparecerán, el in pace al más lindo pueblo que tuvo nuestra patria está para colocarse.

La Monja del Vaso
“Fue monja del Hospital San Juan de Dios, tuvo el corazón endurecido y negó un vaso de agua a un moribundo que lo pedía. Muerta, y en buena hora castigada, ahora ambula por los claustros con un vaso de agua en la mano. Todos los enfermos insomnes la ven de noche, trágica y macilenta”.

Espíritus Aéreos
“Los espíritus malignos transmiten su influencia en la hora cenicienta del menguante a los Cómplices pájaros del charco:

La Ju del León
“Pajarraco diabólico que conduce con habilidad al puma a devorar indios y blancos.

La Piapia Pisuicas
“Compañera lujuriosa de la Ju del León. De sus huevos azules salen el espeluznante Camaleón Tobobo cuyo picotazo es siempre mortal.

“El aquelarre de avechuchos malignos que se celebra cada luna nueva en la copa de un itabo que es árbol prehistórico, sobreviviente milagrero de la época diluvial, es presidido por los cuyeos, que son sabios y que se gozan en su vuelo pesado de fuga y entrega, perdiendo a los nocturnos caminantes.

Las Lamias de los ríos
“Son hembras y machos; libidinosos se acoplan entre la corrupción de los vapores gruesos de las cuevas.

Ña Fustes
“Vieja bruja de Escazú hace condenaciones. Con alfileres clavados en el corazón de un gallo puesto sobre tu retrato te mata poco a poco sin que valgan rezos y menos médicos. Te aconsejo: Nunca regalés un retrato tuyo a nadie.

El Cazador Chumeca
“Hay esto que debo aclararte: Chumeca es un barbarismo que indica a un hombre de raza negra. Viene de la forma que tienen esas gentes de llamar la palabra Jamaica, su auténtica y primitiva patria: dicen Chumaica que nuestro pueblo transformó en chumeca. ¿Estamos? Fue el negro que me mató y que luego murió de arrepentimiento. Yo me lo topo por estos sitios y ni nos alzamos a ver. Él por vergüenza, yo por odio.

El Peje Nicolás
“Muy conocido de los pescadores del Golfo de Nicoya. Vive en el nacimiento del Virilla en las nebulosas estribaciones de San Isidro, pero cuando el Maligno se lo manda, desciende hasta el mar, se convierte en un bufeo gigante y hace mecer los cayucos. Luego de consumadas estas hazañas diabólicas se transforma en alomina, y, río arriba, vuelve a su monte... a esperar órdenes.

Ña Zárate
“Es dama señorial. Vive en un “Encanto” de la “Piedra Blanca” de Escazú en la estación lluviosa; en la seca, en otro de la Piedra de Aserrí. Vive sola. Ella se hace todas sus cosas y jamás ha recurrido a seres extraterrenales, que los tiene a mano, para sus extraordinarias actividades. En ambos Encantos posee magníficos jardines de opulentas flores que jamás marchitan. Pero: ¡ojo! no hay que tocarlas so pena de quedar encantado... por un tiempo no muy prolongado. Pasado éste, volvés a ser lo que fuistes, pero difunto. Ella misma te entierra en cementerios que tiene en ambos jardines, donde descansan los que por tocar, todo lo arriesgan. Podés visitar sin peligro esos “Encantos” pero solamente el Jueves y Viernes Santos. En uno de sus jardines, no recuerdo ahora cuál, hay un lago pequeño, un estanque más bien, que es un acuario maléfico, sin fondo, como un ojo terrible e insomne. No hay que mirarlo. Posee el poder de transmitir el “mal de ojo”. ¡Cuidado! Esta señora, que cuando joven era una Diana Cazadora, se topó con el Dueño de Monte y éste, amigablemente, la presentó al mismo Lucifer. Ella hizo contrato con él: Le iría entregando almas a cambio de los “Encantos”. Así fue. El “Encanto” de Escazú tiene tres ventanucos: por uno se espía Escazú, por otro San Ignacio y por el tercero Aserrí. Tiene agentes, que jamás conocerás. Estos, que viven entre ustedes, le procuran gentes de curiosidades malsanas que terminan en uno de sus cementerios.

“Doña Zárate hace maleficios, enciende serpientes; a un hombre inteligente le vuelve alelado. A un político listo le transforma en despistado, a uno virtuoso en aprovechadillo, a uno liberal en hipócrita santurrón, a uno mesurado y prudente en deslumbrado despilfarrador. Es politiquera, y mal anda la política cuando interviene doña Zárate a sugerir. A una melindrosa y callada doncella la convierte en hembra desenvuelta y parlera. A un pro-hombre adusto, en ombligo de locuras. A una doncella que por haberse cansado de andar mucho tiempo con toda su virginidad a cuestas y la abandona en el primer recodo y de resultas queda dolorida, compungida y descosida, doña Zárate la enhebra, la hilvana, la cose y zurce de tal manera que la deja tan intacta como el día que la parió su madre. Usa luto y mitones cuando viaja, toda indiferencia y silencio, al Mercado Central a proveerse de implementos. Hierática, encorsetada y lejana. Hay hierbas, destilados, oraciones, cantáridas, perfumes, infusiones, toques, miradas, grimorios, alquitaras, clepsidras para torcer la voluntad, tundir cuerpos, macerar virtudes, sembrar cizaña, esparcir el mal, ahuyentar la bondad y que todo se lo alce el demonio. Todo es fábrica de doña Zárate. Pero tiene gestos con la gente pobre: A un misérrimo jornalero que andaba con su mula cerca de la Piedra Blanca de Escazú recogiendo barañas para su mortecino fogón, le dio grandes manojos de quelites de ayote, de chiverre, de zapallo. El hombre desilusionado, los tiró al fondo del zurrón. A poco, ya de vuelta, la mula no podía andar agobiada por el peso. El hombre tiró los quelites y la mula recuperó su alegre trotecillo. En la noche, la mujer vio algo brillando en el fondo del zurrón: era un quelite de oro. Corrieron a alzar el resto a la vera del trillo y todos eran quelites de oro que brillaban cordialmente.

El Cadejos
“Tiene un origen vulgar pero con la edad va cogiendo prestigio y decoro.

“Fue el tercer hijo varón parrandero y vago de un gamonal de Escazú. Siempre echado de día, en las noches envolvía un yugo en cobijas, lo ponía en la cama y se escabullía a parrandear. El padre furioso, y los hermanos no mucho menos, le llevaron casi a la fuerza al monte, a “tapar” frijoles. Apenas llegó a la finca se echó a sestear. Entonces ocurrió: el padre le maldijo: “Echado y a cuatro patas seguirás por los siglos de los siglos, amén”. Y súbitamente se transformó en ese perro grande, adusto, flaco, erizo que trota al lado de los parranderos que viven lejos y les acompaña con su trotecillo ligero y triste y advertidor.  

“¿No has oído su aullido venteando la muerte entre los alarmantes cipreses de los cementerios aldeanos? Él oye el pasar de las almas que se van, el vuelo de las prófugas del purgatorio y el aletear del Ángel del Misterio.

El Mico Malo
“Una niña muy joven tuvo su “pata de banco” (parió un hijo adulterino). El padre la echó de la casa y ella dormía a escondidas, entre el bagazo del trapiche. Una noche el abuelo la encontró asfixiándose con una estola negra al cuello. En el volante del trapiche estaba arrodajado el Mico Malo, que es un león de “falda”. (Hay tres clases de leones infernales: el de falda, que es desnudo de pelo, el pintado a rayas, y el coludo que tiene rabo inmenso de mico). El abuelo se quitó su escapulario y se lo puso a la chiquilla mientras rezaba “La Magnífica”. La estola negra desapareció y el Mico Malo dando saltos gigantes se alejó silbando como un hombre una canción descarada. El abuelo llevó a la chica a casa de su padre que la perdonó, pues parece que el Mico Malo era cómplice del seductor.  

La Zegua
“Muchacha de divina voz que arrulla como un canto de sirena, pero que no da la cara que tiene de yegua infernal. Enamora con su arrullo a los hombres que andan por solitarios caminos. Tiene la muerte en los labios y mata besando. Alguien la ha visto bañarse en el río y peinarse las crines con una rasqueta de oro.  

La Tule Vieja  
“Es entre los misterios desconocidos en absoluto para nuestra filosofía el más inquietante. Yo mismo, que tengo a la mano —como quien dice— la solución de mucho acertijo esotérico, no he podido definir su naturaleza. Para mí la Tule Vieja es la Esfinge egipcia transplantada a Costa Rica, o quizá a toda América, donde, como todo en este continente, ha degenerado.

¿No has notado la degeneración de todo en este improvisado Continente? ¿No has leído a Engels? ¿Cómo vas a comparar un tigre de Bengala con un jaguar? ¿O un león de Libia con un puma? ¿O un cocodrilo del Nilo con un lagarto del Tempisque? ¿Un avestruz del Sudán con un chompipe de Escazú? ¿Qué tiene de raro entonces que de la Esfinge tremenda salga Tule la Vieja, y de los Ibis sagrados el infeliz “Estucurú”? La Esfinge era inteligentísima en la proposición de jeroglíficos, y al volar a América se transforma en esta vieja degenerada y sexual. Es la tónica de este Continente advenedizo y colectivista. La Esfinge —o sea la Tule Vieja— si es exacta mi teoría tiene la misma cara enigmática con que aparece en los vasos griegos: cabellera indefinible, pechos erectos, armoniosos brazos, muslos femeninos, pero en lugar de piernas, patas y garras de águila. De sus hombros salen poderosas alas cortas. Come carbones y cenizas de las que dejan las carboneras en las montañas. Nuestros campesinos jóvenes son sus perseguidos. Ella con visajes, les invita a bailar brindando sus pechos. Esa es la trampa, porque entre ellos mantiene un hormiguero de zompopas infernales que anestesian al incauto ilusionado. Entonces Tule alza el vuelo, y pasando en va y viene cruelísimo, cada vez te arranca una porción de cuello. Para salvarte de ella si te la encontrás, decirle: “Rosario, vení, recemos “Alabado sea el Santísimo”. Inmediatamente sacude estruendosamente el aire con sus alas y alzando el vuelo desaparece rumbo al sol.

La Llorona
“Fue linda muchacha, sólo que algo desajustada de caderas, desajuste que consistía en cierta flojedad comprometedora; tanto que quedó embarazada antes de lo que ella hubiera querido. Se hizo abortar una noche de luna nueva. Luego, a la hipante criatura la arrojó sin más al crecido río que ahogó su inútil llanto y su pequeñita vida. Arrepentida hasta la desesperación, volvióse loca en la búsqueda desolada de su hijo. Clama por él tristemente. Lo ve flotando, lívido, entre dos aguas, transparente, traslúcido, mecerse con su propia luz sideral, con sus manos cruzadas como si fuera un muerto viejo. Va a cogerlo y desaparece entonces la criatura trágica en la oscuridad de las pozas, no dejando a la infeliz sino un reguero de tenue luz que a medida que se sume va amortiguándose. Así en cada poza, en cada río, llueva o truene. Ella ha muerto hace muchos años, pero lo ignora y continúa su alma angustiosa, lastimosa, lacrimosa, en la inútil persecución.

—Pero, Profesor, me parece una excesiva crueldad el caso de La Llorona —me atreví, todo aterrado a interrumpir.

—Pareciera así —contestó la voz muerta— pero es que ignorás que esa mujer ahogó a una alma privilegiada, de las que se dan sólo cada diez mil años. El niño ahogado iba a ser un superhombre insustituíble. En él concurrían todos los influjos astrales y divinos para ser un máximo profeta, un líder de la humanidad, un liberador, un iluminador, un redentor en suma.

—No obstante, Profesor, la misericordia...

—Dejate de misericordias, que es sentimiento humano, demasiado humano, Dios sabe más que vos.

—Pero es que es inconcebible —volví a replicar envalentonándome— un martirio tan cruel y de indefinida duración, impuesto por Dios a una pobre mujer amedrentada.

—No será de duración indefinida. Su castigo está a punto de terminar. Y termina porque Dios ve que esta humanidad actual necesita de un gran profeta que la redima de su incertidumbre, su miseria, pero sobre todo de su estupidez. Ese niño indeciso, borroso, fugitivo, inasible pero imprescindible, será liberado una madrugada por su misma madre y volverá vivo, como un nuevo Moisés, a cumplir su misión y su triste madre irá ¡al fin! a consolar su alma contemplando la gloriosa trayectoria de su hijo.

—Menos mal, Profesor, esto me entona y reconcilia.

—Ni lo uno, ni lo otro. Te digo la verdad nada más. Y ahora decime:

—¿Qué son las brujas, los cabrones, el proctofantasmista deshonesto y maricón, las saludadoras rameras y toda esa chusma infernal de La Noche de Walpurgis? Albos querubines, seráficas entidades al lado de lo tropical que es más avieso, maligno, apestoso, frenético, arrebatado, afrodisíaco, delirante, patético y sobre todo más divertido.

—Sí, ya lo veo, sobre todo más divertido, —le respondí temblando—. Pero lo que es a vos tan enterado ¿no te han puesto cuota en el más allá en esto del conocimiento de espantajos?

—¡A mí no me raciona nadie! ¡Demasiado me racionaron ustedes! Mi deber pedagógico es no engañarte. Mi deber es instruirte, aleccionarte, culturizarte, edificarte, adoctrinarte, prevenirte, insuflarte sabiduría, contagiarte sapiencia, despojarte de lo chirle. Te repito: no despertés fuerzas que luego no podés dominar. Andate a tu novia. ¡Al amor! Nadie vale nada si no ama. Vete a tu amor . . . Allá te vuelve el alma al cuerpo.

“Allá te vuelve el alma al cuerpo”.

Repetí la frase que quedó prendida en la noche y en mi alma.

Una voz oscura, callada y honda me decía que había encontrado la razón de todo en la vida, y hacia allá dirigí el potro. Si me lo preguntan no podría contestarlo. Pero la verdad es que nunca supe cómo se había ido la larva (González Feo 1967, 183-212).

Referencia: González Feo, Mario. 1967. María de la Soledad: y otras narraciones. Ilustrado por Luisa González Feo de Sáenz. San José: Trejos.


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