Dìna̱mu̱

Dìna̱mu̱

di’ ‘agua’, na̱mu̱ ‘felino’. Felino de agua. Monstruo que se comía a la gente. Vivía cerca de la desembocadura del río Dapáli. Esta bestia se ocultaba cerca del puente por el que cruzaba la gente. Cuando veía a alguna víctima cruzar, hacía aumentar el caudal del río hasta alcanzar la altura de aquel puente y de esta manera atrapaba a las personas. Era semejante a un felino de gran tamaño, de color gris o café oscuro (aunque se cree que podía cambiar su color de acuerdo con el color del agua); tenía dos rabos semejantes al del mono. Sus ojos eran de color rojo vivo y sus colmillos sobresalían a ambos lados del hocico. Se quedaba colgando del puente asido fuertemente a las víctimas, luego descendía al río llevándose a su presa y desaparecía en la corriente. NIC-62-5. Animal con forma de felino y rasgos de puma o león. Vive en un canal debajo de donde nace el sol, ahí donde se juntan las aguas de la tierra en un solo río. Su escape se anuncia con retumbos (ká̱ña̱k), y es entonces cuando sube a la tierra para chupar la sangre de los bribris. Tiene mucha semejanza con el tigre colorado y cambia de colores según sea el color del agua. Posee colas prensiles y los hay de una cola o de dos. Se le representa con los colmillos colorados y los ojos de fuego. Los bribris creen que este ser muere cuando bebe la sangre de la víctima, pero como existen muchos de ellos, nunca se extinguen del todo. Tiene capacidad para nadar en agua salada o en agua dulce. Como todos los felinos, se cree que nacieron de las lágrimas de la abuela de la tierra (Na̱mà̱sia). Vive hacia el este NMEB-182-183. VINC2-174,169. VINC8-7. Sus casas son los pozos. Son custodiados por Olò̱msa̱. TOIC7-33. Se le atribuye también forma de ardilla o de perro negruzco y peludo con los ojos de colores rojo, amarillo, azul, lila. Posee grandes garras para arañar a sus víctimas. Se dice que vive en el fondo del mar con su la abuela (Díköm wí̱chake) y que ella cuida que su nieto no se salga del río. Con los nombres de Tsirùle y Díkö(m) se le considera un ser maligno y colectivo que vive bajo grandes pozas o cataratas, en ríos crecidos y en el mar. Tiene dos colas para atrapar a sus víctimas y colmillos grandes y rojos, ya que se alimentan de sangre humana. TTCR-114,133. Su cola es velluda y se parece a la flor de la caña blanca (verolís). Este monstruo cambia el color de su pelo según como esté el color del agua. Si el río está seco, su color es negro; si el río está no muy seco ni muy lleno, su color es gris; en tiempos de invierno los ríos crecen y sus aguas son amarillas, entonces el color de este monstruo es amarillo rojizo. Se les aparecía a las personas en las montañas, en tiempo de lluvia, y para matar a su víctima producía grandes derrumbes; esto lo hacía en lugares cercanos a un río, para así llevar a la víctima hasta ahí y chuparle la sangre. En la antigüedad, los indígenas lucharon contra este monstruo y lograron atraparlo; por eso se sabe que su cuerpo es tan caliente que quema y sus dientes son rojos. Cuando una persona cruza, se baña o camina cerca de un río, este monstruo levanta olas o una cabeza de agua para atraparla. Muerde a su víctima muerta en los codos, las rodillas y la frente. Este monstruo nace en otro planeta. Un guarda (Olò̱msa̱) cuida la puerta para que no pueda salir, y en la puerta le tiene puesta una trampa: una olla con agua que hierve siempre; cuando intenta burlar la vigilancia del guarda, el monstruo cae en el agua hirviendo y muere. A veces el guarda se queda dormido y es el momento que aprovecha Díköm para escaparse; cae primero en el mar, ahí vive, luego sube a los ríos. Cuando el guarda se despierta, inmediatamente envía un aviso a los indígenas. Este aviso se escucha en el horizonte, y el sonido es como de trueno, solo que no hay mal tiempo ni lluvia. SCTB-55-8. Vive en los ríos de julio a noviembre, cambia de color según cambia el color del agua, tiene los colmillos calientes y del color del fuego y se alimenta de la sangre de las personas. Existen dos tipos: uno tiene un rabo como el del mono para agarrar a los hombres cuando están cruzando algún río, especialmente cuando el río está crecido; este se lleva a una sola persona. El otro, más grande, tiene dos colas y se lleva a dos personas de una vez. Ve la sangre de los bribris como chocolate (tsuru'), la sangre de la gente blanca la ve como la bebida del cacao pataste y le sabe fea. Una anciana espera al tigre de agua en la desembocadura de los ríos al mar; ella tiene una gran olla y si en esta cae el tigre, la anciana se lo come. A veces la anciana está enferma o se duerme, y se le pasan los tigres; cuando esto sucede ella envía a Sèrkë para que se los lleve. Estos tigres de agua no se comen a la gente, sino que la matan o se le toman la sangre y abandonan el cuerpo a orillas de los ríos. VINC3-83. En otras ocasiones, se ve como una ardilla que quiere comer cacao (la sangre de los bribris). Vive debajo de la tierra. Cuando el sol sale y se abre la puerta del este, Dìna̱mu̱ se escapa y viene a esta tierra a atacar a los hombres. Dìna̱mu̱ es la abuela materna de Olò̱msa̱. ISY-78. Cuando logra escaparse por la puerta del este de Olò̱msa̱, sube por los ríos ávido de beber chocolate (sangre de los bribris). El aviso de su escapatoria lo da el trueno. CCTS-132, 157, 163. Enemigo del hombre. No viene cuando quiere, sino solo cuando Sibö le vende a los bribris. Cuando caza a la víctima, se la lleva a una poza y allí le chupa toda la sangre y bota el cuerpo después de guardarlo por unos dos o tres días. Cuando logra cazar a una persona, se esconde en el agua y algunos dicen que se transforma en cangrejo para retener el cuerpo con las tenazas; solo mediante el ruido de un caracol es posible hacer que afloje el cuerpo y huya. La persona que logra matar a uno de estos, muere también con el calor del animal. Solo podrá sobrevivir si inmediatamente bebe sus heces batidas con agua en un huacal. Cuando la persona se hace este tratamiento, el animal no muere dentro del agua, sino que sale a morir en lo seco. TOIC5-8-9. Ver na̱mu̱ y Na̱màla̱ma̱ (Jara, García Segura y Sánchez Avendaño 2003, 48-52)..

Referencia:  Jara, Carla Victoria, Alí García Segura y Carlos Sánchez Avendaño. Diccionario de mitología bribri. Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2003.


EL DI'NAMU QUE SE COMÍA A LOS BRIBRIS Francisco Pereira

Cuentan nuestros mayores que hace mucho tiempo existió en Talamanca un monstruo llamado Di'na̱mu̱ el cual se comía a la gente. Esta bestia vivía cerca de la desembocadura del río Dapáli (un afluente del río Lari), cerca de un lugar conocido como Kacha’bli. En ese entonces la gente vivía por ambos lados de este río, razón por la cual utilizaban un puente de “hamaca” para desplazarse de un lado a otro.

Dicen que aquella bestia se ocultaba cerca de este puente (como a 300 mts.) sobre el curso superior, en una poza. Y cuando veía a alguna víctima cruzando el puente, hacía aumentar el caudal del río hasta alcanzar la altura de aquel puente y de esa manera atrapaba a las personas.

Así muchas veces lo veían colgando de aquel puente asido fuertemente de sus víctimas, con sus ‘dos’ rabos semejante al de un mono.

Aseguran que era semejante a un felino de gran tamaño, de color gris o café oscuro (aunque se cree que podía cambiar su color de acuerdo al color del agua). Sus ojos eran del color del fuego (rojo vivo) y sus colmillos sobresalían a ambos lados del hocico, dándole un aspecto diabólico y feroz.

Después de permanecer algunos instantes colgando del puente, quizás para matar a su víctima, descendía nuevamente al río llevándose a su presa y luego desaparecía entre la corriente y lo profundo de las pozas.

Allí devoraba a su víctima cortándole las rodillas y a veces le cortaba también la frente, con sus enormes colmillos. Luego le chupaba la sangre, la cual era el preciado tsiru’ del que se alimentaba.

Después de varios días de desaparición (o de tener oculto el cadáver bajo el agua o bien en alguna cueva), éste aparecía en alguna poza flotando o bien en alguna playa, a la orilla del río, en estado de descomposición y a veces hasta se lo devoraban los zopilotes.

Muy a menudo sucedía esto y la gente estaba muy alarmada pues no había manera de eliminar a aquel diabólico felino. Los sukias habían pronosticado, con sus piedritas de adivinar, que si alguien lo mataba, también moría de una fiebre mortal que causaba esta bestia.

Esta era la razón por la cual nadie quería ofrecerse tan fácilmente para realizar tan peligrosa tarea; sin embargo siempre aparecieron dos valientes voluntarios para cumplir con este sacrificio para salvar a su pueblo.

Alistaron sus arcos y sus flechas y se dirigieron hacia el sitio donde se hallaba el puente. Cuando llegaron a la orilla del río, uno de ellos preparó rápidamente sus flechas mientras el otro corrió hasta la mitad del puente y allí esperó valientemente el ataque de aquella bestia.

Enseguida apareció el diabólico animal pero aquel hombre se había sujetado fuertemente de los bejucos del puente de hamaca, para que su compañero tuviera tiempo de dispararle con sus flechas.

El arquero o “flechador” actuó con precisión y logró pegarle dos certeros flechazos y aunque herido mortalmente, siempre logró arrancar a su víctima y finalmente cayó al río, perdiéndose en las turbulentas aguas del Lari.

El arquero regresó a la casa y contó todo cuanto había sucedido y por la noche sintió la fiebre más terrible que jamás hubiera sentido persona alguna. Su cuerpo fue adquiriendo un color como si fuera del color de la fruta del chile, colorado.

Dicen que no se le podían arrimar mucho porque su calor quemaba como el fuego y cada vez se empeoraba más. Así siguió hasta morir.

Lamentablemente nadie pudo hacer nada por este valiente hombre, ni los mismos sukias porque ellos mismos habían pronosticado que no había salvación. Pero también habían predicho que si moría la persona, eso significaba que la bestia también había muerto. Por esa razón, después de recuperar el cadáver de la otra víctima y darle sepultura a ambos, decidieron ir a buscar el cadáver del Di’namu, por ambos lados del río siguiendo su curso inferior.

Varias horas después de buscar el cuerpo del bicho, lo localizaron entre un cañablancal, como a 50 mts. de la orilla del río. Cuentan que no se le podían arrimar demasiado ya que su cuerpo irradiaba un intenso calor; inclusive dicen que el monte aparecía quemado por toda la redonda de su cuerpo. Por esta razón dicen que las aves de rapiña no se le podían acercar ni mucho menos devorarlo.

Cuentan que allí mismo lo dejaron para que se pudiera juntar con la vegetación que había alcanzado a afectar con su radiación calórica. Mucho tiempo después regresaron, movidos por la curiosidad, y se encontraron únicamente con el esqueleto de aquella bestia devoradora de indios.

Como los huesos ya no tenían aquel intenso calor que irradiaba, optaron por arrancarle sus colmillos, los cuales fueron obsequiados posteriormente a los caciques de ese entonces.

Cuentan que para poderlos andar (luciendo como símbolo de jerarquía) se ponían una especie de pectoral de cuero para que el calor de aquellos colmillos no los quemara.

Así cuentan que mataron a esa diabólica bestia que tantos indios devoró (Pereira, 62-64).

Referencia: Pereira, Francisco. 1994. “El Di'na̱mu̱ que se comía a los bribris.” En Narraciones indígenas costarricenses: recopilación de historia, leyendas y documentos, 62-64. San José, C.R.: Centro de Cooperación Científica de la UNESCO para América Latina.



Acerca de la manera de morir, de las historias se pueden abstraer dos principios:

E.1. La muerte viene de arriba hacia abajo. De esta manera la muerte es lo opuesto a la vida, que se demostró que “surge” o “se levanta”. También se infiere que sólamente cuando el elemento muerto cae, puede ser seguido de transformación, o de resurrección. La dirección horizontal, como cuando los enemigos son lanzados al mar, o la dirección vertical, como cuando las almas de los asesinos van hacia el lugar del sol mayor, termina la vida. Las formas de morir incluyen caídas, ser golpeado con armas “volantes” (flechas, lanzas, proyectil de cerbatana); la sangre la sacan los enemigos por la cabeza; o los enemigos cortan la cabeza; o se muere algo o alguien por la voluntad de /sibò/, que está arriba; los enemigos son inmensos (están sobre uno), o vuelan, o miran desde arriba.

E.1.a. Otro principio involucrado en el anterior, es que “los otros” nos ven en forma distorsionada, o diferentes: Dios nos ve como cacao; Dios vio las culebras como peces, y la inmensa laguna como una pocita; los demonios nos ven como chanchos de monte, o como cacao; el espíritu de /bkLu’/ nos ve como aves. Esto a su vez se relaciona con otro principio:

E.1.b. El peligro deriva de que los enemigos ven a sus víctimas como alimento.

E.2. El peligro que viene “de abajo” se relaciona con el castigo del incesto, o con relaciones conflictivas dentro del grupo propio, pero como puede desprenderse del comentario siguiente, la regla de que el peligro funciona desde arriba, no se viola. Por ejemplo, en la historia del gusano y la mujer que se incluyó en la sección anterior, el gusano chupa la sangre en la parte de arriba, del pecho de la mujer; el gusano se hace inmenso, como los enemigos; la sangre de la mujer fluye hacia abajo; el gusano muere atacado desde arriba.

Otro ejemplo es la manera de matar del felino del agua, /di’nmu/; éste se lleva las víctimas al fondo del río, pero saca la sangre por la frente y por las rodillas, por la parte de arriba de un cuerpo acostado.

Un tercer ejemplo de peligros de “abajo” lo proporcionan las culebras. Pero en las historias, las culebras son las lanzas y las flechas de demonios que viven en los cerros; entonces, como armas y por el origen, vienen “de arriba”. En la historia del oceáno, que se comentará más adelante, la culebra es un símbolo fálico, un hombre, “arriba”. Una de las versiones de esa historia también explica que la dueña de los gavilanes /tsai’/ (tijeretas), fue al sitio debajo de donde nace el sol, a obtener el fuego que se convirtió en el veneno de la culebra; como fuego, el veneno está arriba, traído por una mujer de arriba. Ya fuera del contexto de las historias, un /awá/ nos explicó que las culebras muerden los pies porque allí es donde está la verdadera cabeza de las personas (en este esquema de inversión, el talón es la cabeza y los dedos son el pelo). Así pues, las culebras, que según una de las historias se originaron debajo de la tierra, como peligro, representan lo alto.

Un cuarto ejemplo de criaturas peligrosas de la tierra, son los felinos (“la tierra es la abuela de los tigres”). Sin embargo, estos animales, son mediadores del mundo de abajo con el mundo de arriba. Por el nacimiento, se sitúan en medio, así como las águila y gavilanes, que median entre lo de arriba y lo de abajo. En el origen de estos dos grupos de carnívoros, la abuela de la tierra subió a la superficie, y nacieron alto, de sus lágrimas.

Dice un /awá/: los tigres (/nmù/, o sea, todos los felinos) pueden ser /naù/ o sea tíos maternos en las historias, porque son cazadores. De los jaguares se dice que son /tLa/, es decir, se les aplica el término que significa hermano de la abuela materna, y que también significa abuelo paterno, porque, en el modelo ideal de la alianza matrimonial, el hermano de la abuela materna es a la vez el abuelo paterno de una persona. De manera que los felinos, como tíos o tíos-abuelos, son del clan propio, pero están casados en el clan del padre de uno. De allí que tengan un papel ambiguo. Obsérvese que, como cuñados, son de “los otros” porque la madre es de otro clan, pero se relacionan con “nosotros” porque el padre “de ellos” es el tío materno “nuestro”. Nos parece detectar que a menudo los diablos de las historias bribris representan tíos. Dios le dice a los demonios /naù/, y los diablos, como diablos que son, también le dicen a Dios tío. Como los bribris reconocen deberes de autoridad familiar en el tío materno, y también reconocen deberes paternales, un hombre que tiene hijos y sobrinos (hijos de una hermana), e hijas y sobrinas, queda en una posición difícil, cambiando su lealtad a menudo del grupo de su madre y hermanas, al de su mujer e hijos, lo cual lo convierte en un protector tanto como en un diablo enemigo.

Un enemigo definido que nos parece que funciona representando amenazas de “arriba” y de “abajo”, es el tigre de agua. Castiga el incesto; se lleva personas cuyas madres, en el embarazo, violaron las reglas que debían respetar. Ese felino del agua se describe parecido al puma (“el tigre colorado”, animal de la tierra), cambia de colores según el color del agua, tiene colas prensiles (para interpretar el simbolismo completo de ese animal, ha de tomarse en cuenta que en el idioma bribri, la palabra para decir cola de animal es la misma que significa pene humano, y la de referirse al pene animal es la misma que significa culebra); hay tigres de una cola y de dos colas; tiene los colmillos colorados, ojos de fuego, se bebe la sangre humana, que la ve como chocolate (rasgo de “los otros”, los diablos enemigos). Cuando se ha bebido la sangre, se muere (castigo por el incesto, de “abajo”) y se va al mar. Este animal tiene rasgos de arriba y de abajo, viene del lugar debajo de donde nace el sol, cruza el oceáno, es decir, nada en agua salada, sube por los ríos (nada en agua dulce), nació con los otros felinos, es decir, de las lágrimas de la abuela de la tierra. Se describe como un animal verdadero, no es un espíritu. Nótese que este ser es una anomalía que condensa el encuentro y superposición de todos los límites o líneas fronterizas entre un ámbito y otro, de la tierra y del agua dulce, de éstas y el mar, del mundo de los sentidos y del más allá. Es el epítome del traspaso de límites. Seguramente caben muchas explicaciones sobre el animal; nos parece adecuado proponer la siguiente a manera de hipótesis, no como solución definitiva. Anteriormente los bribris no usaban términos equivalentes a “ahogarse”; la muerte de alguien en el agua se atribuía únicamente a /di’nmù/. El agua es un principio vital (“todos nacemos en agua”) y en los mitos tiene un papel de unir al mundo de arriba con el de abajo. Entonces, morirse en el agua, en la fuente de vida, es una paradoja. Si una de las funciones de los mitos es resolver contradicciones, ésta se resuelve traduciéndola a esa anomalía de criatura (Bozzoli 1979, 180-183).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. El nacimiento y la muerte entre los bribri. 1.ª ed. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1979.


di’ nmu̱: traducido tigre de agua, se describe más parecido al león o puma; tiene una o dos colas prensiles. También se dice di namu̱ y di’ na̱ma̱ y diköm (Bozzoli 1977, 169).


De unas lágrimas nacieron diferentes animales

Esto sucedió cuando murió la nieta de sLàÿibi, que se llamaba irìria, y su abuela la lloró; y cuando caían las lágrimas de esta anciana las gotitas de estas lágrimas se convirtieron en diferentes animales, que son los siguientes: köL, oLokik (gavilanes pequeños), tsikita, sàLtsa̲, son cuatro clases. Los más grandes eran los gavilanes (águilas) sàLtsa̲. Las últimas gotitas se convierten en felinos, una de ellas era el jaguar duLëklo, otra fue si̲a̲Lu̲, pequeño, de color oscuro, el tercero se fue al mar, ese es di’ na̲mu̲, tigre de agua, ese come gentes. El cuarto es otro felino pequeño, pintado, ese se llama jkönú.

En aquel tiempo, cuando lloraba la anciana llamada sLàÿibi, Dios le decía: —No llores, porque si lloras caerán las lágrimas en la tierra y la tierra está impura con ña̲.

En esos tiempos existía la medicina llamada srìkö, ésta Dios se la trajo para que las lágrimas de sLàÿibi no cayeran en la tierra. srìkö son conchas para colocar debajo, donde caen las lágrimas. Esto se hizo para que después estas lágrimas se transformaran en aves de presa y animales carnívoros, por eso colocaron srìkö debajo de donde caían las lágrimas de sLàÿibi. Así nacieron los gavilanes köL y oLokik, y tsikita el gran pescador.

La última gota se convirtió en sàlpu̲, el águila que se llama gavilán de mono colorado. Hubo otro derrame de lágrimas y entonces nacieron los gatos monteces: el tigrillo pequeño que se llama ñLà̲nme̲, el manigordo; el tigre si̲a̲Lu̲, pequeño y negro; el tercero fue el grande. Tres se quedaron en tierra seca y el cuarto se fue al agua, ese vive comiendo gente (Bozzoli 1977, 174).


Origen del clan tkbëdiwak sulèyibi

Esta historia tiene su principio cuando nacieron los primeros seres del clan de los tkbëdiwak, los dueños del lugar del arroyo culebra.

En ese tiempo vivía una viejita que tenía dos hijos: una mujer y un hombre.

La hija se juntó con un hombre, después su marido le dijo a ella: —Vamos a ir de cacería y dígale a su hermano que vaya con nosotros—.

Al día siguiente partieron rumbo a la selva, la viejita quedó solita. Llegaron a un lugar llamado tkbësoL; allí acamparon e hicieron fuego.

Al día siguiente los hombres se fueron a cazar mientras que la mujer se quedó en el campamento, solita.

Cuando los hombres regresaron se sorprendieron al ver que la mujer tenía carne cocida, ya que ellos no habían matado nada el día anterior. Pero a pesar de todo lo comieron, y cuando ella se fue a traer el agua, esos instantes los aprovechó su marido para preguntarle a su cuñado: —¿De dónde crees que tu hermana trajo esa carne? —. Entonces el hermano de ella le contestó: —Yo no sé, nosotros andábamos cazando, así es que ni usted ni yo sabemos—.

Pasaron tres días y seguía la misma situación. Al cuarto día el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, hoy yo quiero ver quién es que le trae carne a tu hermana, o cómo ella la consigue—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, pues tú lo verás—. Entonces tomaron sus armas, y emprendieron la marcha como de costumbre, rumbo a la selva.

Ella no sospechaba ni remotamente los planes de su marido, los cazadores se fueron disimuladamente. Luego de habérsele perdido de vista a la mujer, el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, aquí yo me voy a esconder y a espiarla—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, yo te voy a esperar más adelante—.

Después de un largo rato él vio que un gigantesco hombre llegaba a su pequeña choza de campaña.

Su mujer por su parte recibió encantada a aquel misterioso ser, como su fiel amante. El por su parte lo alcanzaba a ver perfectamente, y lo identificó: alto, grueso y velludo.

Luego vio que aquel era quien traía la comida a su esposa, y que después ella se lo preparaba para él y su cuñado.

Luego su estupor no tuvo límites al ver que ella sostenía una relación carnal con aquel misterioso hombre. Ella por su parte, no imaginó siquiera que los malignos ojos de su verdadero marido estaban mirándolos.

Transcurrieron dos o tres horas, después pudo ver que aquel hombre abandonaba de nuevo su chocita, y desaparecía entre la espesa vegetación. Fue entonces cuando él fue en busca de su cuñado, con quien instantes después se reunió.

Después de haberle narrado todo lo que había visto, su cuñado le dijo: —Por qué no nos vamos, puede sucedernos algo malo a nosotros también—. Entonces el otro afirmó: —Bueno, si así dices, entonces, ahora apenas que lleguemos, vamos a alistar nuestras cosas, para que mañana no haya trabajo de nada y así podremos irnos muy de mañana—.

Ambos quedaron de acuerdo en cuanto a sus opiniones. Llegaron como de costumbre sin mostrar recelos para que ella no tuviera malicia de nada.

Ella les sirvió como de costumbre, ellos comieron fingiendo no haber descubierto su secreto. Momentos después ellos comenzaron a alistar su equipo de lanzas y entonces ella le dijo a su marido: —¿Por qué están ustedes alistando las cosas, qué piensan hacer? ¿Por qué no quieren seguir cazando? —. Entonces su marido le contestó: —Ya nos vamos porque no hay nada que cazar, además, nada hacemos aquí en la selva perdiendo días—. Ella exclamó: —¿Yo qué haré? ¿es que piensan dejarme aquí? —. —Si quieres regresar a casa entonces prepárate—, agregó él, —y si no quieres, pues entonces yo no tengo que ver nada—.

Al día siguiente muy de mañana emprendieron el viaje de regreso. Entonces ella por no quedar abandonada, tuvo que venirse en pos de ellos.

Cuando llegaron a su casa de habitación, entonces su marido recogió todas sus cosas y se retiró sin despedirse de ella.

La humilde anciana por su parte descubrió que su hija estaba embarazada, pero ella no dijo nada.

Cuatro días más tarde, ella dio a luz dos niños gemelitos. Entonces vino la viejita y los recogió, los bañó, después los llevó a la casa de habitación, donde los dejó sobre una pequeña camita.

A los cuatro días ya gateaban, cuatro días más tarde ya estaban grandes. Fue entonces cuando ellos le dijeron a su abuelita: —Abuelita, nosotros queremos que nos consigas goma para ganar aves—. La amable anciana fue y les consiguió la mencionada goma, y se las entregó. Poco después emprendieron la marcha rumbo a la montaña. Horas más tarde regresaban a su casa, llevando consigo una chácara cada uno bien llenas de pajaritos. Al verlos, su abuelita, se sorprendió, pero no les dijo nada, y su mamá ni se preocupó. Los niños entregaron sus cargas a su abuela. En esos instantes ella pensaba: ¡Pero cómo estos niños lograron agarrar semejante cantidad de pajarillos!

Transcurrieron tres días y los niños seguían cazando pajaritos con el mismo entusiasmo. Al cumplirse el cuarto día la abuelita dijo a la mamá: —Hoy yo quiero averiguar de qué manera esos niños atrapan tantos pajaritos—.

Esa mañana cuando los niños se fueron a cazar pajaritos como de costumbre, su abuelita los siguió cautelosamente. Los niños por su parte no sospecharon ni remotamente que alguien vigilaba todos sus movimientos. Cuando llegaron al sitio donde siempre cazaban, entonces la viejita observó, con gran precaución, que los niños regaron sus guacalitos de goma en el suelo. Y después ellos se acostaron en el suelo y comenzaron a rodar sobre sus gomas, hasta convertirse en culebras, entonces comenzaron a subir a la copa del árbol. Y entonces sus cuerpos rodearon al árbol, después como el árbol estaba cargado de frutas, llegaban todas las clases de pajaritos a comerse sus frutas. Pero al chocar contra los cuerpos de las serpientes quedaban prisioneros, porque sus cuerpos estaban llenos de esa poderosa goma.

Calculaban bien cuando tenían lo suficiente, entonces se bajaban lentamente con sus prisioneros, mientras que la viejita casi no parpadeaba viéndolos. Después de asegurar a sus prisioneros, comenzaron a rodar de nuevo hasta convertirse en gente.

Su abuelita había descubierto todo su secreto. Luego regresó a la casa antes de que ellos la alcanzaran. Al llegar a su casa ella le dijo a su hija: —sabés, que vi a tus hijos haciendo esto y esto—, y se lo explicó, pero su hija no le respondió ni con media palabra.

Momentos después regresaron los niños, siempre con sus cargas. Como éstas eran obras de Dios, por eso ellos comprendieron que su abuela había descubierto todos sus secretos. Por eso al día siguiente le dijeron a su abuela: —Abuelita, háganos unos arquitos y unas flechitas para pescar—.

La bondadosa anciana les cumplía todos sus mandatos, vino y les hizo las armas. Momentos después se dirigieron hacia el río, horas más tarde regresaron con dos chácaras bien llenas de peces grandes y gordos.

La viejita se llevó nuevamente una gran sorpresa pero, en fin, no dijo nada. Cuatro días después la viejita, viendo que los niños siempre traían peces, decidió ese día averiguar de qué manera ellos sacaban tantos peces, ya que los niños eran muy pequeños aún. Como siempre, su hija no le contestó. Entonces ella siguió a los niños con el fin de observar su secreto. Entonces cuando ella llegó al río, pudo ver que los niños depositaron sus armas en la playa, luego dirigiéronse a una parte arenosa y comenzaron a rodar en el suelo hasta convertirse en serpientes. Ambos se sumergieron en una enorme poza del río; instantes después aparecían, trayendo grandes peces. Salían a tierra para depositarlos, un poco retirado de la orilla del río, para que no llegaran al agua otra vez, mientras que ellos estaban pescando más. Después que habían pescado lo suficiente, regresaron al arenal, y comenzaron a rodar de nuevo para convertirse en gente, mientras que ellos recogían los peces, su abuela se marchaba ya rumbo a la casa con la novedad. Se lo explicó a su hija pero ésta no dijo nada. Instantes después regresaban los niños con sus cargas de peces, su mamá no les dijo nada, por eso también ellos no le hablaban, pero a su abuelita sí.

Como son obras de Dios, ellos comprendieron que su abuelita había descubierto sus secretos, por eso al día siguiente le dijeron: —Abuelita, hoy nos vamos—. Entonces ella les contestó: —¿Para dónde van? —. Ellos respondieron: —Quién sabe para donde iremos, pero nos vamos—.

Al día siguiente, muy de mañana, partieron disimulando no tener rumbo. Nadie pero absolutamente nadie supo qué camino tomaron. Cuatro días después, la viejita oyó que en la poza donde ellos pescaban, sonaba algo muy raro. A los otros cuatro días se volvió a escuchar, pero entonces retumbó la tierra. La viejita, como siempre, decidió averiguar, y se fue hasta el sitio de donde provenía aquel espantoso ruido. Instantes después, en la poza donde ellos pescaban, se vieron dos enormes serpientes.

La viejita pudo ver que esas enormes serpientes daban vueltas alrededor de la poza y que, conforme daban vueltas, chocaban sus enormes cuerpos o rozaban contra las rocas, aumentando el tamaño de la poza.

La anciana comprendió que no cabía ni la menor duda de que eran sus nietos.

Fue entonces cuando Dios intervino, porque el vio que si la situación seguía así, entonces ellos convertirían la tierra en aguas, entonces los seres humanos no tendrían dónde vivir. Por eso prestó a dos hombres para espantarlas, otro más como ayudante para matarlos, éste se llamaba sòrkuLa. Para ellos, estas enormes serpientes eran como pececitos, y la poza, como un pocito de riachuelo, entonces pusieron una presa de piedras en la desembocadura para que al llegar allí los pececitos no pasaran más lejos. Entonces Dios mandó a esos dos hombres a espantarlos mientras que El y sòrkuLa quedaron esperándolos para matarlos. Mientras, los otros ya gritaban: —Ahí van, ahí van—.

Entonces Dios le dijo a sòrkuLa: —El pez que viene primero usted lo mata, y el que viene de último yo lo mataré—. En esos momentos ya venían, entonces sòrkuLa, no esperó nada y disparó, acertando el primero, que era el más grande; luego lo recogió y lo echó en su chácara. Dios comprendió que sòrkuLa podía matar al otro también, pero El no quería que este otro muriera. Por eso El le dijo a sòrkuLa: —Présteme la flecha—, en esos momentos venía pasando el otro pez, fue entonces cuando Dios apuntó en dirección al pez y le disparó, tratando de no herirlo; la flecha pasó rozando el lomo del pez. sòrkuLa al ver esto le dijo: —¿Por qué haces eso amigo? —, entonces El contestó: —Perdone, es que fallé—. Pero sòrkuLa quería matarlo a la fuerza, por eso sacó otra flecha; pero mientras él sacaba la flecha, Dios con un maravilloso soplo, mandó al pez hasta donde nace el sol.

Pero entonces, si Dios no lo hubiera salvado fallando al dispararle, o fingiendo, sòrkuLa los hubiera matado a los dos. Dios no quería eso, por eso después El lo mandó hasta donde nace el sol, que es donde está hoy día.

Pero como en cada historia que le cuenten a uno, casi siempre se les olvida algo. Por eso no sabemos exactamente, para dónde se fueron o qué se hicieron su mamá y su abuelita.

Epílogo: la culebra que escapó se llama di'num. Esa avisa cuando viene di'nmu. Pero eso es ya otra historia (Bozzoli de Wille 1977, 179-181).

Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos. Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 2, n.º 2: 165–199.


11. Dinamù̱ 

Por Cupertino Fernández. Coroma, 1981


Dinamù̱ es como la ardilla. La ardilla está en los árboles de cacao haciendo daño, chupando el cacao. El D̄inamù̱ quiere beberlo a uno también. Se alimenta de sangre.

Un anciano cuida a los seres humanos, es como el finquero que resguarda el cacao de las ardillas.

Cuando el anciano está ocupado cocinando o haciendo cosas el animal se le escapa y tiene que poner un anuncio que son como retumbos que se oyen en el río.

Estos retumbos avisan que no se bañen o crucen el río, o lo pasen borrachos de noche.

Entonces el río crece y lleva al animal que se alimenta de humanos.

El animal es como un perro peludo negruzco con ojos de colores rojo, amarillo, azul, lila y con garras para aruñar (Fernández 1982, 7).

Referencia: Fernández, Cupertino. 1982. «Dinamù̱». Recopilado por María Eugenia Bozzoli de Wille. En «Narraciones talamanqueñas», por María Eugenia Bozzoli de Wille. Vínculos: Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 8 (1-2): 1–12.


4. Awà, Nutria

La nutria o perrito de agua es uno de los animalitos guardianes del río. Cuando los ríos crecen se ven por otro lado. Le avisa al Señor que cuida la puerta del Este. Allí donde nace el sol está OLòbsa, el que cuida la puerta. A veces se le quieren escapar los tigres de agua, pero caen en una olla que está debajo de él. A veces se le pasan. Entonces pato de agua, nutria y lagarto los siguen; ellos avisan cuando un tigre de agua se ha llevado alguna persona. Le mandan recado a los Sërkëpa, (vientos huracanados), le dicen donde está el tigre de agua haciendo daño a la gente.
Los animalitos van poza por poza buscando a los tigres, las pozas son como las casas de di’nama (el felino de agua). Cuando los encuentran, avisan a los Sërkëpa para que los maten y se lo llevan a OLòbsa para que se lo coma. OLòbsa es un lagarto gigante. Es también un señor. Es el tío de Sërkë; Sërkë es cuñado de BkubLu’ (Segura 1986, 33).

Referencia: Segura, Alí (narrador). 1989. "Awà, Nutria". Recolectado por María Eugenia Bozzoli de Wille en 1986. En Tradición Oral Indígena Costarricense, editado por María Eugenia Bozzoli de Wille y Carmen María Cubero Venegas, vol. 3, año 3, no. 1. San José: Universidad de Costa Rica.


Ciertos espíritus malignos son comunes a los cabécares y a los bribris y dominan sus vidas. El más importante de ellos se conoce en ambas lenguas como bé o ñã y en español como el diablo. Es capaz de matar así como también de ser un malhechor. La gente cree que es omnipotente, que vive en todas partes y en cualquier momento. Otro diablo muy poderoso es bukLú (Véase Tabús) que parece representar a muchos diablos pero que puede tomarse como un sólo. Se ha llevado gente y se la ha comido. También él y el tõmi son guardianes de animales. Lan o kiritum es asimismo un diablo (Véase Mitos Teológicos: Un Cuento del bukLú). El puede asumir cualquier forma incluyendo la humana y puede ser a la vez más de uno. Hace su casa en el aire. kiritum difiere de otro "diablo" de los bribris, kritəbə, quien toma la forma de un perro y camina de noche. Otro grupo menor de espíritus malignos son los kambra (Véase Mitos: versión bribri de El Mar).

Uno de los más temidos espíritus malignos es usualmente el llamado d́inamã en cabécar y d́ikun en bribri, aunque se le conoce por otros nombres tales como báknamã en cabécar y tsirule en bribri⁽²⁾. Es el mismo espíritu maligno del agua llamado d́ikum en bribri, que vive en el mar, entra a los ríos, y se alimenta con sangre humana.


(2) di es agua y bak es piedra en ambas lenguas. Jaguar es kú en bribri y namã en cabécar (Stone 1993, 114).

El Mito del Jaguar de Agua(24)
(Cabécar y Bribri)

dinamã es un espíritu malo. Cuando el agua del río está blanca o lechosa, es porque dinamã se ha pintado de blanco. Cuando se pone de color rojo lodoso, quiere decir que él ha cambiado de color. Cuando la creciente es roja, pero sin embargo, no es de un rojo lodoso, es porque la madre del río diminã, está menstruando. Hay más de un jaguar acuático y ellos actúan bajo grandes pozas o cataratas o cuando los ríos están crecidos. Sus colmillos son grandes y rojos, y tienen además dos colas. Cuando un jaguar de agua muerde los árboles, como sucede cuando hay inundaciones, el calor de estos colmillos seca los árboles. Cuando muerden gente, la arrastran hacia abajo dentro del agua, la ahogan y se la comen. Es fácil decir cuando un jaguar de agua ha causado la muerte de un persona. Su modo de matar es partiendo el frente del cráneo en dos sitios, y mordiéndolos en la frente y en las rodillas.

El primer dinamã fue el nieto de una anciana llamada dikú witcké. Ella era tan mala que sibu no le permitió vivir en la tierra. Así es que su morada está situada bajo el mar en donde vive junto con su nieto. dinamã heredó mucho de la bajeza de su abuela, y ésta no le quita ojo a aquél. Cuando retumba el oleaje, es señal de que él está por salir del mar e irse río arriba a perseguir gente. Es su abuela la que hace este estruendo porque ella tiene miedo que él no vuelva, y vigila las bocas de los ríos para castigarlo.

(24) Conocido también como: dinamã, bik-namã, ják-namã, tsirute y dikun o dikum (Stone 1993, 133).


9. a, b, y c.  El Mito del Jaguar de Agua (25)
(Cabécar)

Este río corre y va y donde termina está oLobəsĩã vigilando que no pasen animales que coman hombres. Sin embargo, cuando oLobəsĩã se descuida, se pasa el jaguar de agua que come hombres. Entonces es cuando la gente se ahoga. Lo que en realidad les pasa es que se los come el jaguar de agua.

oLobəsĩã se da cuenta que dinamã se le ha colado y se ha puesto a atrapar hombres cuando él nota que los ríos están crecidos y estalla el huracán. Entonces él manda uno de sus subalternos a capturarlo. Esta persona es casi siempre serike. serike sigue al jaguar de agua por todas partes hasta que finalmente este animal perverso se esconde bajo las filas de montañas y se niega a salir. En este momento aparece bukubLə a ayudarle a serike y juntos arrean al jaguar de agua y se lo llevan a oLobəsĩã. Este personaje se pone muy contento y se come el jaguar de agua.

serike y dinamã
(Cabécar)

El río corre hacia abajo y llega a la desembocadura en donde oLobəsĩã(26) se sitúa a sostener el agua. dinamã pasa por aquí y nos come cuando el río está crecido. Cuando hay una inundación el agua se lleva la gente y dinamã se la come.

Entonces serike transformado en huracán viene a llevárselo, escondiéndolo debajo de un cerro. Desde aquí, huracán se lo lleva a oLobəsĩã para que se lo coma.

Cuando huracán serike viene. Llega con viento, lluvia, y el río crece. El va a donde el Rey del Viento a pelear porque este rey se llevó a su madre para tenerla como esposa(27). Cuando esto pasó, huracán estaba pequeño. El no vio cuando raptaron a su madre. Creció y supo que su madre había sido tragada. Entonces el Rey del Viento vendió todo. Por esto es que huracán se lleva todo lo que encuentra a su pasado. El le lleva el diablo a oLobəsĩã para que ésta se lo coma. Cuando la tierra hace un ruido, este ruido, es de oLobəsĩã.

(25) Véase Textos lingüísticos: ják (piedra) namã (jaguar) dinamã (Jaguar de Agua). Véase también El Mito de óknamã y Textos lingüísticos: ók-nam-āte
(26) oLo es zopilote en cabécar. sĩã son las piedras sagradas de los curanderos. 
(27) Compárase esto con "Cómo serike consiguió su bastón" (Stone 1993, 134).


Referencia: Stone, Doris. 1993. Las tribus talamanqueñas de Costa Rica. San José: Comisión Costarricense V Centenario del Descubrimiento de América.



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