Dìna̱mu̱
EL DI'NAMU QUE SE COMÍA A LOS BRIBRIS Francisco Pereira
Cuentan nuestros mayores que hace mucho tiempo existió en Talamanca un monstruo llamado Di'na̱mu̱ el cual se comía a la gente. Esta bestia vivía cerca de la desembocadura del río Dapáli (un afluente del río Lari), cerca de un lugar conocido como Kacha’bli. En ese entonces la gente vivía por ambos lados de este río, razón por la cual utilizaban un puente de “hamaca” para desplazarse de un lado a otro.
Dicen que aquella bestia se ocultaba cerca de este puente (como a 300 mts.) sobre el curso superior, en una poza. Y cuando veía a alguna víctima cruzando el puente, hacía aumentar el caudal del río hasta alcanzar la altura de aquel puente y de esa manera atrapaba a las personas.
Así muchas veces lo veían colgando de aquel puente asido fuertemente de sus víctimas, con sus ‘dos’ rabos semejante al de un mono.
Aseguran que era semejante a un felino de gran tamaño, de color gris o café oscuro (aunque se cree que podía cambiar su color de acuerdo al color del agua). Sus ojos eran del color del fuego (rojo vivo) y sus colmillos sobresalían a ambos lados del hocico, dándole un aspecto diabólico y feroz.
Después de permanecer algunos instantes colgando del puente, quizás para matar a su víctima, descendía nuevamente al río llevándose a su presa y luego desaparecía entre la corriente y lo profundo de las pozas.
Allí devoraba a su víctima cortándole las rodillas y a veces le cortaba también la frente, con sus enormes colmillos. Luego le chupaba la sangre, la cual era el preciado tsiru’ del que se alimentaba.
Después de varios días de desaparición (o de tener oculto el cadáver bajo el agua o bien en alguna cueva), éste aparecía en alguna poza flotando o bien en alguna playa, a la orilla del río, en estado de descomposición y a veces hasta se lo devoraban los zopilotes.
Muy a menudo sucedía esto y la gente estaba muy alarmada pues no había manera de eliminar a aquel diabólico felino. Los sukias habían pronosticado, con sus piedritas de adivinar, que si alguien lo mataba, también moría de una fiebre mortal que causaba esta bestia.
Esta era la razón por la cual nadie quería ofrecerse tan fácilmente para realizar tan peligrosa tarea; sin embargo siempre aparecieron dos valientes voluntarios para cumplir con este sacrificio para salvar a su pueblo.
Alistaron sus arcos y sus flechas y se dirigieron hacia el sitio donde se hallaba el puente. Cuando llegaron a la orilla del río, uno de ellos preparó rápidamente sus flechas mientras el otro corrió hasta la mitad del puente y allí esperó valientemente el ataque de aquella bestia.
Enseguida apareció el diabólico animal pero aquel hombre se había sujetado fuertemente de los bejucos del puente de hamaca, para que su compañero tuviera tiempo de dispararle con sus flechas.
El arquero o “flechador” actuó con precisión y logró pegarle dos certeros flechazos y aunque herido mortalmente, siempre logró arrancar a su víctima y finalmente cayó al río, perdiéndose en las turbulentas aguas del Lari.
El arquero regresó a la casa y contó todo cuanto había sucedido y por la noche sintió la fiebre más terrible que jamás hubiera sentido persona alguna. Su cuerpo fue adquiriendo un color como si fuera del color de la fruta del chile, colorado.
Dicen que no se le podían arrimar mucho porque su calor quemaba como el fuego y cada vez se empeoraba más. Así siguió hasta morir.
Lamentablemente nadie pudo hacer nada por este valiente hombre, ni los mismos sukias porque ellos mismos habían pronosticado que no había salvación. Pero también habían predicho que si moría la persona, eso significaba que la bestia también había muerto. Por esa razón, después de recuperar el cadáver de la otra víctima y darle sepultura a ambos, decidieron ir a buscar el cadáver del Di’namu, por ambos lados del río siguiendo su curso inferior.
Varias horas después de buscar el cuerpo del bicho, lo localizaron entre un cañablancal, como a 50 mts. de la orilla del río. Cuentan que no se le podían arrimar demasiado ya que su cuerpo irradiaba un intenso calor; inclusive dicen que el monte aparecía quemado por toda la redonda de su cuerpo. Por esta razón dicen que las aves de rapiña no se le podían acercar ni mucho menos devorarlo.
Cuentan que allí mismo lo dejaron para que se pudiera juntar con la vegetación que había alcanzado a afectar con su radiación calórica. Mucho tiempo después regresaron, movidos por la curiosidad, y se encontraron únicamente con el esqueleto de aquella bestia devoradora de indios.
Como los huesos ya no tenían aquel intenso calor que irradiaba, optaron por arrancarle sus colmillos, los cuales fueron obsequiados posteriormente a los caciques de ese entonces.
Cuentan que para poderlos andar (luciendo como símbolo de jerarquía) se ponían una especie de pectoral de cuero para que el calor de aquellos colmillos no los quemara.
Así cuentan que mataron a esa diabólica bestia que tantos indios devoró (Pereira, 62-64).
Referencia: Pereira, Francisco. 1994. “El Di'na̱mu̱ que se comía a los bribris.” En Narraciones indígenas costarricenses: recopilación de historia, leyendas y documentos, 62-64. San José, C.R.: Centro de Cooperación Científica de la UNESCO para América Latina.
Acerca de la manera de morir, de las historias se pueden abstraer dos principios:
E.1. La muerte viene de arriba hacia abajo. De esta manera la muerte es lo opuesto a la vida, que se demostró que “surge” o “se l
E.1.a. Otro principio involucrado en el anterior, es que “los otros” nos ven en forma distorsionada, o diferentes: Dios nos ve como cacao; Dios vio las culebras como peces, y la inmensa laguna como una pocita; los demonios nos
E.1.b. El peligro deriva de que los enemigos ven a sus víctimas como alimento.
E.2. El peligro que viene “de abajo” se relaciona con el castigo del incesto, o con relaciones conflictivas dentro del grupo propio, pero como puede desprenderse del comentario siguiente, la regla de que el peligro funciona desde arriba,
Otro ejemplo es la manera de matar del felino del agua, /di’nmu/; éste se lleva las víctimas al fondo del río, pero saca la sangre por la frente y por las rodillas, por la parte de arriba de un cuerpo acostado.
Un tercer ejemplo de peligros de “ab
Un cuarto ejemplo de criaturas peligrosas de la tierra, s
Dice un
Un enemigo definido que nos parece que funciona repres
Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. El nacimiento y la muerte entre los bribri. 1.ª ed. San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1979.
di’ nmu̱: traducido tigre de agua, se describe más parecido al león o puma; tiene una o dos colas prensiles. También se dice di namu̱ y di’ na̱ma̱ y diköm (Bozzoli 1977, 169).
De unas lágrimas nacieron diferentes animales
Esto sucedió cuando murió la nieta de sLàÿibi, que se llamaba irìria, y su abuela la lloró; y cuando caían las lágrimas de esta anciana las gotitas de estas lágrimas se convirtieron en diferentes animales, que son los siguientes: köL, oLokik (gavilanes pequeños), tsikita, sàLtsa̲, son cuatro clases. Los más grandes eran los gavilanes (águilas) sàLtsa̲. Las últimas gotitas se convierten en felinos, una de ellas era el jaguar duLëklo, otra fue si̲a̲Lu̲, pequeño, de color oscuro, el tercero se fue al mar, ese es di’ na̲mu̲, tigre de agua, ese come gentes. El cuarto es otro felino pequeño, pintado, ese se llama jkönú.
En aquel tiempo, cuando lloraba la anciana llamada sLàÿibi, Dios le decía: —No llores, porque si lloras caerán las lágrimas en la tierra y la tierra está impura con ña̲.
En esos tiempos existía la medicina llamada srìkö, ésta Dios se la trajo para que las lágrimas de sLàÿibi no cayeran en la tierra. srìkö son conchas para colocar debajo, donde caen las lágrimas. Esto se hizo para que después estas lágrimas se transformaran en aves de presa y animales carnívoros, por eso colocaron srìkö debajo de donde caían las lágrimas de sLàÿibi. Así nacieron los gavilanes köL y oLokik, y tsikita el gran pescador.
La última gota se convirtió en sàlpu̲, el águila que se llama gavilán de mono colorado. Hubo otro derrame de lágrimas y entonces nacieron los gatos monteces: el tigrillo pequeño que se llama ñLà̲nme̲, el manigordo; el tigre si̲a̲Lu̲, pequeño y negro; el tercero fue el grande. Tres se quedaron en tierra seca y el cuarto se fue al agua, ese vive comiendo gente (Bozzoli 1977, 174).
Origen del clan tkbëdiwak sulèyibi
Esta historia tiene su principio cuando nacieron los primeros seres del clan de los tkbëdiwak, los dueños del lugar del arroyo culebra.
En ese tiempo vivía una viejita que tenía dos hijos: una mujer y un hombre.
La hija se juntó con un hombre, después su marido le dijo a ella: —Vamos a ir de cacería y dígale a su hermano que vaya con nosotros—.
Al día siguiente partieron rumbo a la selva, la viejita quedó solita. Llegaron a un lugar llamado tkbësoL; allí acamparon e hicieron fuego.
Al día siguiente los hombres se fueron a cazar mientras que la mujer se quedó en el campamento, solita.
Cuando los hombres regresaron se sorprendieron al ver que la mujer tenía carne cocida, ya que ellos no habían matado nada el día anterior. Pero a pesar de todo lo comieron, y cuando ella se fue a traer el agua, esos instantes los aprovechó su marido para preguntarle a su cuñado: —¿De dónde crees que tu hermana trajo esa carne? —. Entonces el hermano de ella le contestó: —Yo no sé, nosotros andábamos cazando, así es que ni usted ni yo sabemos—.
Pasaron tres días y seguía la misma situación. Al cuarto día el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, hoy yo quiero ver quién es que le trae carne a tu hermana, o cómo ella la consigue—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, pues tú lo verás—. Entonces tomaron sus armas, y emprendieron la marcha como de costumbre, rumbo a la selva.
Ella no sospechaba ni remotamente los planes de su marido, los cazadores se fueron disimuladamente. Luego de habérsele perdido de vista a la mujer, el marido le dijo a su cuñado: —Bueno, aquí yo me voy a esconder y a espiarla—. Entonces su cuñado le contestó: —Está bien, yo te voy a esperar más adelante—.
Después de un largo rato él vio que un gigantesco hombre llegaba a su pequeña choza de campaña.
Su mujer por su parte recibió encantada a aquel misterioso ser, como su fiel amante. El por su parte lo alcanzaba a ver perfectamente, y lo identificó: alto, grueso y velludo.
Luego vio que aquel era quien traía la comida a su esposa, y que después ella se lo preparaba para él y su cuñado.
Luego su estupor no tuvo límites al ver que ella sostenía una relación carnal con aquel misterioso hombre. Ella por su parte, no imaginó siquiera que los malignos ojos de su verdadero marido estaban mirándolos.
Transcurrieron dos o tres horas, después pudo ver que aquel hombre abandonaba de nuevo su chocita, y desaparecía entre la espesa vegetación. Fue entonces cuando él fue en busca de su cuñado, con quien instantes después se reunió.
Después de haberle narrado todo lo que había visto, su cuñado le dijo: —Por qué no nos vamos, puede sucedernos algo malo a nosotros también—. Entonces el otro afirmó: —Bueno, si así dices, entonces, ahora apenas que lleguemos, vamos a alistar nuestras cosas, para que mañana no haya trabajo de nada y así podremos irnos muy de mañana—.
Ambos quedaron de acuerdo en cuanto a sus opiniones. Llegaron como de costumbre sin mostrar recelos para que ella no tuviera malicia de nada.
Ella les sirvió como de costumbre, ellos comieron fingiendo no haber descubierto su secreto. Momentos después ellos comenzaron a alistar su equipo de lanzas y entonces ella le dijo a su marido: —¿Por qué están ustedes alistando las cosas, qué piensan hacer? ¿Por qué no quieren seguir cazando? —. Entonces su marido le contestó: —Ya nos vamos porque no hay nada que cazar, además, nada hacemos aquí en la selva perdiendo días—. Ella exclamó: —¿Yo qué haré? ¿es que piensan dejarme aquí? —. —Si quieres regresar a casa entonces prepárate—, agregó él, —y si no quieres, pues entonces yo no tengo que ver nada—.
Al día siguiente muy de mañana emprendieron el viaje de regreso. Entonces ella por no quedar abandonada, tuvo que venirse en pos de ellos.
Cuando llegaron a su casa de habitación, entonces su marido recogió todas sus cosas y se retiró sin despedirse de ella.
La humilde anciana por su parte descubrió que su hija estaba embarazada, pero ella no dijo nada.
Cuatro días más tarde, ella dio a luz dos niños gemelitos. Entonces vino la viejita y los recogió, los bañó, después los llevó a la casa de habitación, donde los dejó sobre una pequeña camita.
A los cuatro días ya gateaban, cuatro días más tarde ya estaban grandes. Fue entonces cuando ellos le dijeron a su abuelita: —Abuelita, nosotros queremos que nos consigas goma para ganar aves—. La amable anciana fue y les consiguió la mencionada goma, y se las entregó. Poco después emprendieron la marcha rumbo a la montaña. Horas más tarde regresaban a su casa, llevando consigo una chácara cada uno bien llenas de pajaritos. Al verlos, su abuelita, se sorprendió, pero no les dijo nada, y su mamá ni se preocupó. Los niños entregaron sus cargas a su abuela. En esos instantes ella pensaba: ¡Pero cómo estos niños lograron agarrar semejante cantidad de pajarillos!
Transcurrieron tres días y los niños seguían cazando pajaritos con el mismo entusiasmo. Al cumplirse el cuarto día la abuelita dijo a la mamá: —Hoy yo quiero averiguar de qué manera esos niños atrapan tantos pajaritos—.
Esa mañana cuando los niños se fueron a cazar pajaritos como de costumbre, su abuelita los siguió cautelosamente. Los niños por su parte no sospecharon ni remotamente que alguien vigilaba todos sus movimientos. Cuando llegaron al sitio donde siempre cazaban, entonces la viejita observó, con gran precaución, que los niños regaron sus guacalitos de goma en el suelo. Y después ellos se acostaron en el suelo y comenzaron a rodar sobre sus gomas, hasta convertirse en culebras, entonces comenzaron a subir a la copa del árbol. Y entonces sus cuerpos rodearon al árbol, después como el árbol estaba cargado de frutas, llegaban todas las clases de pajaritos a comerse sus frutas. Pero al chocar contra los cuerpos de las serpientes quedaban prisioneros, porque sus cuerpos estaban llenos de esa poderosa goma.
Calculaban bien cuando tenían lo suficiente, entonces se bajaban lentamente con sus prisioneros, mientras que la viejita casi no parpadeaba viéndolos. Después de asegurar a sus prisioneros, comenzaron a rodar de nuevo hasta convertirse en gente.
Su abuelita había descubierto todo su secreto. Luego regresó a la casa antes de que ellos la alcanzaran. Al llegar a su casa ella le dijo a su hija: —sabés, que vi a tus hijos haciendo esto y esto—, y se lo explicó, pero su hija no le respondió ni con media palabra.
Momentos después regresaron los niños, siempre con sus cargas. Como éstas eran obras de Dios, por eso ellos comprendieron que su abuela había descubierto todos sus secretos. Por eso al día siguiente le dijeron a su abuela: —Abuelita, háganos unos arquitos y unas flechitas para pescar—.
La bondadosa anciana les cumplía todos sus mandatos, vino y les hizo las armas. Momentos después se dirigieron hacia el río, horas más tarde regresaron con dos chácaras bien llenas de peces grandes y gordos.
La viejita se llevó nuevamente una gran sorpresa pero, en fin, no dijo nada. Cuatro días después la viejita, viendo que los niños siempre traían peces, decidió ese día averiguar de qué manera ellos sacaban tantos peces, ya que los niños eran muy pequeños aún. Como siempre, su hija no le contestó. Entonces ella siguió a los niños con el fin de observar su secreto. Entonces cuando ella llegó al río, pudo ver que los niños depositaron sus armas en la playa, luego dirigiéronse a una parte arenosa y comenzaron a rodar en el suelo hasta convertirse en serpientes. Ambos se sumergieron en una enorme poza del río; instantes después aparecían, trayendo grandes peces. Salían a tierra para depositarlos, un poco retirado de la orilla del río, para que no llegaran al agua otra vez, mientras que ellos estaban pescando más. Después que habían pescado lo suficiente, regresaron al arenal, y comenzaron a rodar de nuevo para convertirse en gente, mientras que ellos recogían los peces, su abuela se marchaba ya rumbo a la casa con la novedad. Se lo explicó a su hija pero ésta no dijo nada. Instantes después regresaban los niños con sus cargas de peces, su mamá no les dijo nada, por eso también ellos no le hablaban, pero a su abuelita sí.
Como son obras de Dios, ellos comprendieron que su abuelita había descubierto sus secretos, por eso al día siguiente le dijeron: —Abuelita, hoy nos vamos—. Entonces ella les contestó: —¿Para dónde van? —. Ellos respondieron: —Quién sabe para donde iremos, pero nos vamos—.
Al día siguiente, muy de mañana, partieron disimulando no tener rumbo. Nadie pero absolutamente nadie supo qué camino tomaron. Cuatro días después, la viejita oyó que en la poza donde ellos pescaban, sonaba algo muy raro. A los otros cuatro días se volvió a escuchar, pero entonces retumbó la tierra. La viejita, como siempre, decidió averiguar, y se fue hasta el sitio de donde provenía aquel espantoso ruido. Instantes después, en la poza donde ellos pescaban, se vieron dos enormes serpientes.
La viejita pudo ver que esas enormes serpientes daban vueltas alrededor de la poza y que, conforme daban vueltas, chocaban sus enormes cuerpos o rozaban contra las rocas, aumentando el tamaño de la poza.
La anciana comprendió que no cabía ni la menor duda de que eran sus nietos.
Fue entonces cuando Dios intervino, porque el vio que si la situación seguía así, entonces ellos convertirían la tierra en aguas, entonces los seres humanos no tendrían dónde vivir. Por eso prestó a dos hombres para espantarlas, otro más como ayudante para matarlos, éste se llamaba sòrkuLa. Para ellos, estas enormes serpientes eran como pececitos, y la poza, como un pocito de riachuelo, entonces pusieron una presa de piedras en la desembocadura para que al llegar allí los pececitos no pasaran más lejos. Entonces Dios mandó a esos dos hombres a espantarlos mientras que El y sòrkuLa quedaron esperándolos para matarlos. Mientras, los otros ya gritaban: —Ahí van, ahí van—.
Entonces Dios le dijo a sòrkuLa: —El pez que viene primero usted lo mata, y el que viene de último yo lo mataré—. En esos momentos ya venían, entonces sòrkuLa, no esperó nada y disparó, acertando el primero, que era el más grande; luego lo recogió y lo echó en su chácara. Dios comprendió que sòrkuLa podía matar al otro también, pero El no quería que este otro muriera. Por eso El le dijo a sòrkuLa: —Présteme la flecha—, en esos momentos venía pasando el otro pez, fue entonces cuando Dios apuntó en dirección al pez y le disparó, tratando de no herirlo; la flecha pasó rozando el lomo del pez. sòrkuLa al ver esto le dijo: —¿Por qué haces eso amigo? —, entonces El contestó: —Perdone, es que fallé—. Pero sòrkuLa quería matarlo a la fuerza, por eso sacó otra flecha; pero mientras él sacaba la flecha, Dios con un maravilloso soplo, mandó al pez hasta donde nace el sol.
Pero entonces, si Dios no lo hubiera salvado fallando al dispararle, o fingiendo, sòrkuLa los hubiera matado a los dos. Dios no quería eso, por eso después El lo mandó hasta donde nace el sol, que es donde está hoy día.
Pero como en cada historia que le cuenten a uno, casi siempre se les olvida algo. Por eso no sabemos exactamente, para dónde se fueron o qué se hicieron su mamá y su abuelita.
Epílogo: la culebra que escapó se llama di'num. Esa avisa cuando viene di'nmu. Pero eso es ya otra historia (Bozzoli de Wille 1977, 179-181).
Referencia: Bozzoli de Wille, María Eugenia. 1977. «Narraciones bribris». Vínculos. Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 2, n.º 2: 165–199.
11. Dinamù̱
Por Cupertino Fernández. Coroma, 1981
Dinamù̱ es como la ardilla. La ardilla está en los árboles de cacao haciendo daño, chupando el cacao. El D̄inamù̱ quiere beberlo a uno también. Se alimenta de sangre.
Un anciano cuida a los seres humanos, es como el finquero que resguarda el cacao de las ardillas.
Cuando el anciano está ocupado cocinando o haciendo cosas el animal se le escapa y tiene que poner un anuncio que son como retumbos que se oyen en el río.
Estos retumbos avisan que no se bañen o crucen el río, o lo pasen borrachos de noche.
Entonces el río crece y lleva al animal que se alimenta de humanos.
El animal es como un perro peludo negruzco con ojos de colores rojo, amarillo, azul, lila y con garras para aruñar (Fernández 1982, 7).
Referencia: Fernández, Cupertino. 1982. «Dinamù̱». Recopilado por María Eugenia Bozzoli de Wille. En «Narraciones talamanqueñas», por María Eugenia Bozzoli de Wille. Vínculos: Revista de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica 8 (1-2): 1–12.
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