Once barriles y una tortuga
Once barriles y una “tortuga" (1)
Para don Horacio Tassies, afectuosamente.
Resumen
Un día dos amigos se fueron de cacería cerca de la desembocadura del río Tortuguero, por diversos motivos se les hizo tarde y decidieron acampar, en eso escucharon un bote de remos que se acercaba a ellos.
Sospechando que podría ser peligroso decidieron esconderse y lograron divisar una misteriosa piragua que llevaba hombres de aspecto fantasmal, y quienes “vestían como piratas”, estos desembarcaron y caminaron en dirección a los cazadores, quienes los oyeron repetir “Once barriles y una tortuga”.
Sigilosamente salieron de su escondite y se refugiaron en una cueva cercana, pero al poco tiempo los “piratas” se acercaron a la cueva. Asustados, salieron corriendo y se desmayaron a los pocos metros. Los peones de la finca en la que trabajaban, preocupados por su larga ausencia, fueron a buscarlos y los hallaron enfermos y repitiendo aquella frase.
Cuando despertaron contaron su experiencia, la cual llegó a oídos de un hombre octogenario que les informó que lo mismo les había pasado a otras personas a lo largo de los años y que se rumorea que la causa de este “asombro” es un tesoro enterrado. Él les pidió a los cazadores que lo acompañaran a buscar el tesoro, pero ambos se negaron. Fin
Información de contexto
Al Nordeste del país se tienden como una promesa futura en la provincia de Limón, las fértiles y extensas llanuras del Tortuguero. Las baña constantemente una gran cantidad de ríos, los cuales se desparraman por doquier formando gran cantidad de ciénagas, lagunas y caños, aún en medio de sus extensos bosques seculares.
En esta región que el progreso ha dejado de la mano, y en la propia boca del Tortuguero donde el lirio acuático deja de ser profuso, hay una pequeña ensenada, atractiva y pintoresca que se estrecha a medida que se interna en la llanura, y donde se dice que aún quedan vestigios de lo que antaño fuera un asiento aborigen. Por estas tierras me tocó a mí pasar unas horas terribles de miedo y angustia en cierta ocasión en que con otro amigo me encontraba en una ronda de cacería.
Ante todo, debo decirles que yo no soy supersticioso y que tampoco creo en brujas, pero lo que nos ocurrió ... jamás podré olvidarlo mientras viva.
Fue ya declinando el día. El monte estaba lleno de sombras según la posición del sol muriendo en el ocaso. Recuerdo que mi compadre y yo estábamos un poco fatigados y desalentados por el poco rendimiento obtenido. Habíamos salido en la madrugada y a pesar de lo avanzado del día yo no había disparado un tiro en una pieza que valiera la pena.
Ya estábamos a punto de iniciar el regreso, cuando vimos un grupo de venados paciendo placenteramente en un extenso claro de aquella espesa maleza verde.
— ¡Albricias compadre! nos salvamos — le dije, y mientras buscaba un sitio estratégico para disparar, he aquí mi compadre ni yo pudimos disparar, porque de improviso aquellos animales se espantaron.
A través de una ráfaga de viento habían venteado el olor del tigre, el cual apareció inesperadamente ante ellos. Era un hermoso animal, e inmediatamente cambiando la dirección de nuestras armas, hicimos fuego sobre aquella fiera. Tres certeros disparos hicieron blanco, y de los venados no quedó uno solo. Cargamos el animal y lo trasladamos a un sitio menos húmedo donde lo pelamos en un santiamén para quitarle el cuero y más contentos recogimos todos nuestros "bártulos" iniciando el regreso. Ya teníamos un buen trofeo para justificar nuestra larga ausencia.
Pero no hubo tal regreso, mi compadre Zacarias que me llevaba delante unos cincuenta metros se agachó de improviso tirando las piezas al suelo y apostándose para hacer fuego, hizo el primer disparo. Fugazmente pude ver dentro de aquel matorral un hermoso venado casi del tamaño de un torete que huía espantado sin que el disparo de mi compadre lo hubiera tocado siquiera. No obstante, lo persiguió cerca de un kilómetro hasta un montículo que se alzaba majestuoso muy cerca del desagüe del río, donde me esperó.
Cuando estuve a su lado lo encontré muy irritado por haber errado el tiro. La noche se nos había metido, e hicimos lumbre para calentar un poco de comida enlatada que llevábamos en los zurrones.
La luna parecía un cuernito de plata en el horizonte y su luz daba cierta claridad de ensoñación a las cosas. Después de comer un poco, ya más reanimados, contamos las piezas y comparamos el peso para balancear nuestra carga. En la finca posiblemente estarían inquietos al prolongarse nuestra ausencia.
El encuentro
De pronto mi compadre me volvió a ver diciéndome: — Si no estoy oyendo visiones me parece que por el lado del río oigo el chapoteo de una lancha.
Puse interés en el asunto y escuché, efectivamente de la hondonada se escuchaba sobre el río el clásico canaleteo de los remos.
¿Quién o quiénes podrían andar por aquellos lejanos parajes a esas horas?
Un sudor frío me bañó todo el cuerpo y para que lo voy a negar, si mi compadre hubiera salido huyendo yo también habría corrido detrás de él. Pero la curiosidad fue más fuerte que el miedo y cautelosamente los dos nos fuimos acercando hacia la vera del río, buscando un sitio donde ocultarnos, sin perder de vista el lugar de donde se escuchaba aquel extraño ruido, que a medida que transcurrían los segundos se iba acentuando más.
El Tortuguero es en su desembocadura un enorme boa al cual le hubieran nacido muchas cabezas. Nosotros nos encontrábamos en la parte firme de una lomita de unos veinte metros de alto, ocultos por dos gruesos arbustos, y por la parte firme siempre de aquel terreno como a unos cincuenta metros habíamos visto una amplia caverna un poco disimulada por una extensa fronda.
Pequeña pausa para explicar la geografía y su folklore
En toda la zona atlántica hay gran cantidad de estas cavernas, muchas de ellas están en los acantilados que el mar baña contantemente. Otras están a más de mil metros de la costa. Las gentes tienen la idea de que son obra de los piratas y no obra de la naturaleza. La mayor parte de ellas son bastantes profundas y la habitan toda clase de bichos, principalmente los murciélagos y las culebras.
Hay la idea de que en algunas de estas cavernas o túneles los piratas han de haber dejado enterrados algunos de sus enormes tesoros. La leyenda asegura que muchos capitanes de corsarios y naves piratas pasearon su garbo e Imponencia por estas tierras.
Fin de la pausa
Y volviendo a mi relato, detrás de aquellos dos árboles en que estábamos ocultos he aquí que del chapoteo de las aguas que habíamos escuchado antes vino un silencio profundo, por lo que le dije a mi compadre Zacarías:
— Posiblemente las contrariedades del día nos ha hecho escuchar cosas que no existen; mejor nos vamos.
Mi compañero en cuclillas, embebido en descubrir esos asombros ni siquiera me escuchaba. Entre tanto la luna seguía alumbrando el panorama con esplendor. Cansado de mi posición iba a dar un salto hacia la raíz del árbol siguiente, cuando de repente volvimos escuchar el chapoteo de los remos y el rumor de varias voces. Sin perder el miedo y guardando todas las precauciones posibles volví a tomar mi posición anterior, inquiriendo con la vista que era lo que podría estar ocurriendo en esa cabeza del río.
Al fin pude ver. En realidad, era una embarcación estilo antiguo de seis bogas que se acercaba a tierra. Al atracar, de ella bajaron un pequeño grupo de hombres silenciosos. Con sumo cuidado sacaron unas redes de mecate como las que se ocupan para la descarga de los grandes buques cuando la mercancía es menuda, y con ella cubrieron la lanchita. Parecían gente de mar que conocen bien su oficio.
Acto seguido y en fila de dos en dos comenzaron a subir la gradiente de la misma loma donde nos encontrábamos nosotros. A la luz de la luna tenían la apariencia de un grupo de fantasmas escapados de algún cuento tenebroso. Viendo que venían en nuestra misma dirección, con cuidado nos escabullimos Y fuimos a dar a la entrada de una de aquellas grutas o cavernas donde nos ocultamos con suma cautela. Pasaron muy cerca de nosotros, pero sin volvernos a ver.
Eran siete sombras, vestidos a la usanza de los piratas que asolaron estas costas del caribe. Perecía que rezaban, pero en realidad no era así, porque dentro de aquella lengua ininteligible, yo podía escuchar claramente que decían: — ¡Once barriles y una tortuga…Once barriles y una tortuga!...
Mi compadre me tocó el codo, era aquello tan extraño, tan estrambótico que más parecía que estábamos viendo una película sobre piratas. ¡Había en el ambiente como un sacudimiento de siglos! La evocación era perfecta, aquella era una verdadera escena del tiempo de los piratas. Yo titiritaba de frío a pesar de que hacía un calor de fragua.
Aquella gente se metió dentro de la caverna y ahí paró la visión. Yo no aguanté más, el miedo me mataba, y sin temer las consecuencias tiré a campo traviesa huyendo despavorido de aquel endiablado lugar. Mi compañero debió seguirme en la carrera, y lo último que recuerdo de aquel instante infortunado es que al tropezar con los zurrones que habíamos dejado atrás, caí para no levantarme más.
Epílogo
Cuando volví en mí, estaba en mi cuarto en la finca. Pregunté por mi compadre y se me dijo que aún permanecía inconsciente y con la lengua trabada. Al verme repuesto vinieron a verme otras personas y les relaté la tragedia. A su vez me informaron que de temerosos en la finca de que nos hubiera ocurrido algo habían salido a buscarnos, encontrándonos como a cien metros del río sin conocimiento y con bastante alta la fiebre. Sobre unas parihuelas nos cargaron a los dos entre tanto mi compadre preso de calentura iba en todo el, camino diciendo: — ¡Once barriles y una tortuga, ¡once barriles y una tortuga!
Tres días después me levanté de la cama. Mi compadre Zacarías ya estaba mejor, y teniendo muchos asuntos que arreglar en Limón hice público mi deseo de regresar y estaba en esos preparativos cuando llegó a verme a mi aposento un negrito octogenario que vivía en la finca. Me contó que era descendiente de los antiguos mosquitos y que él ya sabía de estos asombros en la desembocadura del Tortuguero. Me pidió que le contara la historia y que le dibujara un croquis a donde había acontecido aquello, y al terminar me dijo que posiblemente en la cueva donde entraron los sonámbulos debía estar enterrado el tesoro, del pirata.
Por él supe que hace unos treinta años igual cosa ocurrió a unos cazadores a quienes acompañaba su papá como baqueano. Me dijo que él está sumamente interesado en descubrir el tesoro y que si lo acompañaba él iría conmigo, y de encontrarse él lo repartiría entre los dos. Inmediatamente le contesto que conmigo no contara, que hablara con el compadre y que si luego el tesoro fuera descubierto mucho me alegraría por los dos.
— El tesoro existe hijo. Vale la pena ir a buscarlo, insistió el anciano — a lo que le volví a repetir que conmigo no contara.
El negrito no insistió más, pero cuando se retiraba le oí que iba murmurando:
— Once Barriles y una tortuga, once barriles y una tortuga....
Han pasado muchos años de eso, pero yo nunca he podido olvidar esa extraña escena del tiempo de los piratas y mucho menos su frase sacramental de "Once barriles y una tortuga, once barriles y una tortuga…"
Posteriormente a muchos he narrado esta historia que ahora le cuento a Ud. y muchos me han dado su parecer al respecto; muchos también me han ofrecido acompañarme nuevamente a verificar una búsqueda del tesoro, pero yo me he prometido jamás volver por esos sitios y lo he de cumplir. Por otro lado, ya estoy muy viejo y sin familia, y la plata para mí ya no tiene gran valor. Yo cuento la historia, allá verán otros si quieren ir a buscar el fabuloso tesoro de los piratas a la desembocadura del Tortuguero; por mi parte hay la voy pasando y así seguiré, ni envidioso ni envidiado.
Fin
Notas:
Tortuga: Antiguamente a los cofres de tapa curva que se importaban de Alemania e Inglaterra se les daba este nombre. Las fajas eran de metal, lo que los hacía muy consistentes.
La versión original presenta algunas diferencias, la más notable es que primero se esconden en la cueva, y cuando ven que los fantasmas se acercan a ella salen disimuladamente y se esconden en un árbol, del que caen al desmayarse. Pueden leerla en el siguiente enlace: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201954/a-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.22-23%20ene%20-%20feb%201954_Parte1.pdf (p. 3)
Fuentes:
Costa Rica de ayer y hoy. Enero-febrero, 1954. N 22-23, parte 1, p. 3.
Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, 1 ed, pps. 176-181, 228. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana.
Comments
Post a Comment