La Dabaiba

La Dabaiba 

La Dabaiba es una figura femenina sobrenatural vinculada al volcán Rincón de la Vieja y a las montañas del norte de Costa Rica. Las tradiciones reunidas sobre el lugar presentan diversas figuras femeninas asociadas con el volcán: la Dabaiba, una anciana sobrenatural de poderes extraordinarios; una vieja que es dueña de las riquezas y frutos de la montaña; la Madremonte, protectora de los animales; y Curubandá, una mujer que, después de una tragedia amorosa, termina viviendo como curandera en las faldas del volcán. Estas figuras no son necesariamente idénticas en las fuentes, pero todas quedan relacionadas con el mismo paisaje.

Según una de las versiones recogidas por Armando Céspedes Marín, la Dabaiba era una anciana Camac (bruja), que vivía dentro de la tierra, en un lugar descrito como un horno. Los indígenas le llevaban comida en hermosas ollas y obedecían sus mandatos por temor. Se decía que sus ojos echaban fuego y que su boca tenía grandes dientes de jaguar.

Su maldad llegó a ser tanta que, según una versión, los dioses de la tierra la apresaron, la amarraron y la introdujeron en el cráter del volcán. Allí quedó sujeta para siempre, con sus patas aprisionadas por la misma lava volcánica. Otra versión cuenta que Dios, disgustado por su maldad, envió desde Nicaragua a un sacerdote para que la maldijera en su nombre. Los indígenas mataron al sacerdote y, después de aquello, la vieja dejó de ser vista (Céspedes Marín 1923, 87).

Pero la desaparición de la Dabaiba no significó su muerte. Algunos indígenas que viajaban hacia Liberia afirmaban que la vieja continuaba prisionera en lo alto del volcán, enterrada y ahogándose en un barro plomizo, espeso y caliente. Cuando intentaba escapar y lanzaba gritos furiosos, hacía temblar la tierra y aumentaba el vapor de las aguas termales. Otras veces, agotada de intentar liberarse, lanzaba ardientes resoplidos cuyo fuerte olor a azufre podía sentirse en los pueblos cercanos (Céspedes Marín 1923, 87).

En esta misma tradición, la Dabaiba quedó asociada con la batalla de William Walker en el río San Juan. Se decía que permanecía prisionera desde entonces, enfurecida por la muerte de numerosos indígenas en el fuerte de San Carlos, y que el humo y el fuego que salían del volcán eran manifestaciones de su furia (Céspedes Marín 1923, 87).

La Dabaiba de Tapezco

La Dabaiba aparece con otra personalidad en «La leyenda del Tapezco». Allí el cacique Tapezco había subido al volcán para consultarla acerca de cómo celebrar la fiesta del gavilán, un ave que había bajado del cielo para destruir la cosa mala y hacer crecer las plantas (Céspedes Marín 1923, 172).

Cuando Tapezco regresó y encontró su pueblo destruido por sus enemigos, llamó a la Dabaiba. Entonces ella respondió provocando una enorme transformación del paisaje: vomitó fuego por las fauces, sacudió la montaña y abrió una laguna en la región del Espino. El agua descendió como un torrente cargado de piedras y lodo e inundó las cuencas de La Vieja, Ron Ron y Safino. También destruyó las cataratas de La Vieja, hizo rodar una piedra en la Isla de la Luna, frente al río Tres Amigos, y llenó de arena el cauce del Gran San Cutris hasta Rosalía, dejando grandes troncos atravesados como puentes (Céspedes Marín 1923, 172–173).

La corriente provocada por la Dabaiba terminó enfrentándose con el río San Juan. El río consiguió detener la avalancha y, según el relato, dejó un gran delta en la desembocadura del río que posteriormente sería llamado San Carlos. Todo aquello ocurrió después de que Tapezco estableciera un acuerdo con la Dabaiba para destruir a sus enemigos mediante fuego y agua (Céspedes Marín 1923, 173).

La Dabaiba de Gagini

Carlos Gagini, en una nota reproducida por Carlos Luis Sáenz, señala que distintos pueblos indígenas tenían la creencia de que los volcanes estaban habitados por seres fantásticos, particularmente viejas. Como ejemplo menciona a los indígenas del Darién, quienes hablaban de una Dabaiba descrita como una antigua cacica hacia la cual sentían gran devoción. Según la tradición citada por Gagini, cuando tronaba, la Dabaiba estaba enojada. También se decía que tenía una casa propia y que guardaba allí un tigre (Gagini, citado en Sáenz 1972, 90).

La Vieja dueña del Rincón

En la tradición recogida por Neldys María Ramírez-Vásquez entre los habitantes de Cañas Dulces, la mujer que vivía en el lugar que entonces llamaban Cerro La Vieja tenía una apariencia muy distinta. Era una mujer hermosa que habitaba en la parte más alta del volcán y siempre estaba bien arreglada. Llevaba aretes de oro, collares de cuentas y perlas, y utilizaba un barro especial de la zona para maquillarse y quitar las arrugas de su piel. Tenía el cabello negro y lacio, que llevaba dividido en dos largas trenzas (Ramírez-Vásquez 2017, 255).

La mujer vivía en una casa que parecía un palacio y por las tardes se sentaba en sus grandes corredores mientras fumaba un puro elaborado con hojas de tabaco que ella misma cultivaba. Desde Cañas Dulces podía observarse el humo que salía de su vivienda y que, en ocasiones, tenía un olor tan fuerte que dificultaba la respiración (Ramírez-Vásquez 2017, 255).

La Vieja era celosa de sus pertenencias. Cerca de las faldas del volcán crecían jícaros, aguacates, mangos y marañones cuyos frutos eran extraordinariamente grandes. Quien tomaba alguno de ellos quedaba embrujado y no podía encontrar la salida del lugar. Por más vueltas que diera, terminaba encontrando nuevamente el árbol del cual había tomado el fruto. El encantamiento solamente terminaba cuando devolvía aquello que había robado (Ramírez-Vásquez 2017, 255).

Por esa razón, los habitantes del pueblo dejaron de arriesgarse a visitar el lugar y respetaban la montaña como propiedad de aquella mujer. Cuando hablaban de ella decían «El Rincón de la Vieja» (Ramírez-Vásquez 2017, 255).

Curubandá, la vieja del volcán

Otra tradición ofrece una explicación completamente distinta para la presencia de una vieja en el Rincón. En esta versión, recogida por Rodolfo Vargas y E. Cantón, el volcán recibe su nombre a partir de la historia de Curubandá, hija del jefe de una tribu y mujer conocedora de las propiedades medicinales del territorio. Había aprendido a curar enfermedades utilizando los secretos del barro volcánico, la vegetación y las aguas termales de la región (Vargas y Cantón 2015).

Curubandá se enamoró de Mixcoac, hijo del jefe de una tribu enemiga. Cuando su padre descubrió la relación, se enfureció. Invitó a Mixcoac a una fiesta en los alrededores del volcán y, después de emborracharlo, lo asesinó y arrojó su cuerpo dentro del cráter para separarlo definitivamente de su hija (Vargas y Cantón 2015).

Curubandá estaba embarazada de Mixcoac. Cuando descubrió que su padre había asesinado a su amado, huyó desesperada hacia las partes más altas del volcán. Allí dio a luz a un hijo. El niño, marcado por el dolor y el sufrimiento que había rodeado su nacimiento, fue arrojado también por Curubandá dentro del volcán para que pudiera estar junto a su padre (Vargas y Cantón 2015).

Después de aquello, Curubandá se quedó a vivir cerca del volcán, lejos de su pueblo. Con el paso de los años envejeció y terminó viviendo como una ermitaña en una cueva cercana a las faldas de la montaña, acompañada por animales salvajes. Su conocimiento de las plantas, las flores, las aguas termales y las propiedades curativas del lugar permaneció con ella. Se convirtió en una mujer dedicada a la curación, utilizando plantas medicinales y pronunciando antiguas fórmulas para librar de distintos males a quienes acudían a buscarla (Vargas y Cantón 2015).

La fama de la curandera hizo que personas de lugares lejanos viajaran hasta aquel sitio apartado para solicitar sus servicios. Al referirse al lugar donde vivía la anciana, comenzaron a decir que iban «para donde la Vieja del Rincón» o «para el Rincón de la Vieja india curandera». De acuerdo con esta tradición, de esa manera habría surgido el nombre del volcán (Vargas y Cantón 2015).

Curubandá nunca habría olvidado su sufrimiento. Según el relato, su espíritu continúa frecuentando el volcán y protegiendo los secretos del bosque. Sus sollozos y lamentos todavía podrían escucharse cuando el viento golpea la cima y la montaña (Vargas y Cantón 2015).

La Madremonte y el Rincón de la Vieja

En el relato de la Madremonte, recogido por Guadalupe Urbina, aparece nuevamente una figura femenina relacionada con la montaña, los animales y el Rincón de la Vieja. La Madremonte puede aparecer en distintos lugares del paisaje: en la cordillera, en los cráteres de los volcanes, en las llanuras, junto a los ríos o dentro de la selva. Puede transformarse en animales y es temida particularmente por los cazadores (Zeledón Cartín 2014).

Cuando el cazador Faustino Colombari se interna en la montaña, la Madremonte lo enfrenta y hace que diversos animales lo ataquen. Primero aparece un venado, después un armadillo y posteriormente otros animales, entre ellos lapas, ardillas y pumas. Después de golpearlo, la Madremonte le pregunta si lleva rosquillas de maíz. Faustino le entrega las que tenía consigo y ella le perdona la vida (Zeledón Cartín 2014).

La tradición cuenta que otros cazadores no tuvieron la misma suerte. La Madremonte los hacía perderse por los cerros y algunos nunca regresaban. Se decía incluso que podía llevarlos hasta el Rincón de la Vieja. Allí tenía un lugar donde reunía plantas y animales de la montaña que habían sido heridos. Los animales eran llevados a ese sitio para que otros animales los ayudaran a curar sus heridas (Zeledón Cartín 2014).

La tradición de la Madremonte termina, además, presentándose como una historia transmitida familiarmente: la narradora afirma que se la contó su abuela, a quien se la había contado su bisabuela, y que esta última la había recibido de una mujer muy anciana, «del tiempo de los indios» (Zeledón Cartín 2014).

Interpretación

Las fuentes presentan, por tanto, un conjunto de figuras que pueden contemplarse como distintas facetas del imaginario femenino asociado al Rincón de la Vieja.

La Dabaiba representa la faceta más poderosa y peligrosa: es una vieja vinculada con el interior de la tierra, el fuego, el barro, el azufre, los terremotos y las aguas. Puede permanecer prisionera en el volcán, pero también puede actuar deliberadamente sobre el paisaje y establecer acuerdos con seres humanos.

La Vieja de Cañas Dulces presenta una faceta diferente: es una señora sobrenatural que posee un territorio propio y castiga a quienes transgreden sus límites o toman sus frutos. La Curubandá humaniza todavía más a esta figura: la vieja ya no nace como una entidad sobrenatural, sino como una mujer que sufre, se aparta de la sociedad, envejece y termina adquiriendo fama por sus conocimientos medicinales. La Madremonte, por su parte, introduce una faceta protectora de los animales y del monte.

No es necesario convertir estas figuras en una sola entidad para observar sus correspondencias. En las tradiciones reunidas, el Rincón aparece repetidamente como un espacio femenino, reservado y poderoso, habitado o dominado por mujeres extraordinarias que poseen conocimientos, riquezas, animales, plantas o fuerzas naturales que los seres humanos no controlan.

La Dabaiba puede ser contemplada, dentro de este conjunto, como la manifestación más directamente ligada a las fuerzas volcánicas; Curubandá, como su versión humana y trágica; la Vieja de Cañas Dulces, como señora del territorio; y la Madremonte, como protectora de la vida silvestre. Son facetas diferentes que las propias tradiciones han colocado alrededor de un mismo paisaje.

Bibliografía

Céspedes Marín, Armando. 1923. Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso. San José: Imprenta Lehmann.

Ramírez-Vásquez, Neldys María. 2017. “Leyendas de Cañas Dulces.” Káñina 40 (3): 253–273.

Sáenz, Carlos Luis. 1972. Las semillas de nuestro rey: Leyendas de los aborígenes de Costa Rica. Ilustrado por J. M. Sánchez. San José: Imprenta Las Américas.

Vargas, Rodolfo, y E. Cantón. 2015. “La vieja del volcán Rincón de la Vieja.” El Independiente, 25 de mayo de 2015.

Zeledón Cartín, Elías. 2014. Sortilegios de viejas raíces. San José: Editorial Universidad de Costa Rica.

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