SE ACABO EL MUNDO, LLEGO EL JUICIO FINAL
SE ACABO EL MUNDO, LLEGO EL JUICIO FINAL
Entre los años de 1909 y 1910, el mundo fue espectador acongojado de un fenómeno celeste que la imaginación y la fantasía de las gentes rodeó de toda clase de males para los pobres habitantes de la tierra, en el supuesto caso de que el Cometa Halley los provocaría al interferir en la órbita terrestre que nuestro globo sigue alrededor del Sol.
Los Astrónomos, al referirse al Cometa, habían vaticinado que en su ruta éste pasaría muy cerca de este mundo en uno de los puntos de su órbita, y que el acontecimiento podría originar grandes desastres debido a que el celeste viajero traía una enorme cola, cuya cabellera estaba compuesta de gases venenosos que, como el metano y el monóxido de carbono, podían causar grandes trastornos y desastres en la vida de sus especies mortales.
Pero sumamente ocupados los sabios en perseguir o no perder ninguno de los movimientos del cometa desde sus telescopios, olvidaron explicar también, que si bien sus gases letales y mortíferos nos iban a cubrir, lo cierto es que felizmente en muy poco nos podrían causar daño porque nuestro mundo está debidamente protegido por una espesa capa atmosférica, lo que desde tiempo inmemorial nos hace inmune a cualquier bombardeo celeste por muy nutrido que fuera la polvareda cósmica.
Y como es de suponer, el hombre de la calle creyó que nuestro globo no iba a ser inmune y que en este encuentro la tierra desaparecería, al ser barrida toda su costra con la cabellera del cometa.
Y tanto en Europa como en América, como en muchas grandes cuidades y pequeñas poblaciones, se esperaba su presencia como la de un mensajero de muerte, y la prensa del mundo no se cansaba de dar detalles del cósmico viajero en todo ese año.
Pero el pánico que la noticia originó en la ciudad de Liberia es difícil describirlo, cuando las gentes lo leyeron en los periódicos. Alguien recordó aquello de: "Señales en el cielo, desgracias en la tierra." Y desde ese momento ya nadie tuvo tranquilidad. Por allí otro sabelotodo aseguró de que en Europa había aparecido un venerable anciano vaticinando que el final estaba en puertas y que desgraciado de aquel a quien a la hora de las verdades se le encontrara en pecado mortal.
Una tarde en una esquina apareció un orador amonestando a la gente y otro por allá subido a un cajón, pronosticó el final del mundo y esta zozobra constante trajo por consecuencia que ya ningún hijo de vecino viviera para tanto susto, y un pánico colectivo se fue apoderando de toda la población. Todavía no era visible en el cielo a simple vista el cometa, y ya se daban los detalles de la catástrofe que originaría su presencia.
El mismo sacerdote católico, aprovechando aquel movimiento místico en las gentes, creyó oportuno señalar en el púlpito las innumerables indulgencias y bienaventuranzas que tal fervor religioso podría traerles a todos y una corriente enorme de personas se inició hacia los templos a solicitar la gracia divina por medio de la sagrada comunión y demás actos litúrgicos de la iglesia.
Y así no había hogar en la ciudad de Liberia donde no se siguiera el Rosario y donde la palma bendita o la imagen de un santo no apareciera en la puerta de la casa.
Todo mundo quería estar preparado para el juicio final. Los parranderos cambiaron de vida. Las parejas distanciadas se volvieron a unir; los que no estaban casados y hacían vida marital se casaron. Los hurtos se terminaron. Los ricos se volvieron espléndidos yendo a visitar a los menesterosos, y todas las mañanas solían pasar a noticiarse a las casas de los pobres, si éstos tenían o no para sus gastos del día y así dejarles dinero para que no lo pasaran sin comer.
Temprano del día comenzaban los rezos y todo mundo se daba maña para quedar bien con Dios en su próximo rendimiento de cuentas, y personas hubieron que martirizaban sus cuerpos con castigos atroces o se sometieron a incruentos sacrificios a fin de ganar indulgencias.
La Santa Biblia — decían algunos — lo dice bien claro: El fin del mundo está cercano y ay de aquel que se encuentre en pecado mortal, que su arrepentimiento será tardío.
Cuando el suceso acontezca se verán señales en el cielo; la tierra temblará y una enorme trompeta avisará por todos los ámbitos que el Juicio Final ha llegado, y vivos y muertos tendrán que comparecer ante el Tribunal Divino. Allí se escogerá a los buenos, y a los malos les arrojará al infierno. Con tales predicaciones y pronósticos ya podrán nuestros lectores darse cuenta si aquella gente tenía motivos para estar inquieta.
Había como una histeria colectiva.
Pero, así como hay gente temerosa y dispuesta a tomar en serio tales especias, así también la hay que no cree en nada, y como el bueno y piadoso Santo Tomás, que no creen si no lo ven, y de esta clase de gentes eran algunos en Liberia, que no tomaron en serio el cuento y más bien gozaban de toda aquella tremolina de ostentosa santidad.
Entre estas personas estaban don Crescencio Estrada, cuya vena para gastar bromas a sus amigos era proverbial y así se le ocurrió hacerle una grande al pueblo. Invitó secretamente a varios de sus amigos a su casa, especialmente aquellos que en ese tiempo eran la mancha brava del lugar, y que como él tampoco habían creído en que estuviera tan próximo el Juicio Final. Y dicho y hecho dispusieron adelantarse a los acontecimientos para reírse del pueblo.
Con tal objeto se reunieron en casa de Crescencio, don Santos Urbina, don Rafael Rivera, don Juan Rafael Muñoz, don Juan Acuña, don Esteban Garnier, el viejo taleno, don Leandro Cabalceta y otros cuántos más, y al filo de la media noche, cuando, el friolento sereno desentonaba en la quietud casi mística de la ciudad, con su voz ronqueta "Alabado sea el Santísimo, Las doce dadas Sereno", esta endiablada pacotilla se echó a la calle, de acuerdo con su plan.
Y así los vecinos de Liberia escucharon aterrorizados tres largos tararí de una trompeta tocada a todo pulmón: la campana de la Ermita comenzó a tocar vuelo y luego a muerte; varias voces desde las bocacalles y en la obscuridad gritaban; "El Juicio Final" "El Juicio Final". Desde el cielo se oyó el zumbar de algo extraño y unas lucecitas que se apagaban y se encendían, mientras una procesión de curas y encapuchados se encaminaban hacia el cementerio.
Huelga decir que la gente no atinaba que hacer. Unos se tiraban al suelo en cruz, otros corrían rezando a gritos o se arrodillaban sollozando pidiendo al Cielo su misericordia.
La guarnición, que la comprendían 100 hombres, tiraron las armas y huyeron atemorizados. Era tal la barahúnda y estruendo de que en realidad todo aquello parecía el Juicio Final. Parecía que todos habían perdido el juicio. Por todas las calles se veía gente asustada, chiquillos que gritaban, animales desbocados, en todas las casas se cantaban las letanías del Rosario y se invocaba la Gracia Divina.
Pero no todos estaban locos. Aunque aquello infundía pánico, el señor Cura y el recién llegado Gobernador y Comandante, dispusieron averiguar que había en todo eso.
Se fueron a la iglesia o, mejor dicho, a la Ermita a ver quién tocaba las campanas y encontraron que al burrito que dormía al lado de la cuerda de la campana le habían amarrado el cordel, y éste, al moverse de un lado para otro, las hacía sonar al duelo.
Inmediatamente comprendieron de lo que se trataba y desde el púlpito y las gradas de la Gobernación calmaron al pueblo poco a poco, y como a don Crescencio se le conocía capaz de tales bromas, las autoridades se encaminaron a su casa, pero el pájaro, o mejor dicho los pájaros, habían volado.
Al saber la verdad la indignación de la gente era tal que si en esos momentos se les encuentra hubieran sido colgados de los árboles.
A los tiempos se supo todo y se conocieron los detalles, y entonces se supo que don Crescencio había amarrado el burrito de Nuestro Señor del Triunfo al cordel de la campana; don Leandro Cabalceta era uno de los encargados de dar las voces del Juicio Final, don Esteban Garnier era el que había tocado la trompeta, don Juan Rafael Muñoz y don Juan Acuña habían encumbrado unos papelotes enormes y les habían puesto unas zumbas, y en los frenillos unos farolitos de papel china, dentro de los cuales habían metido unos cabitos de candela muy pequeños, con el objeto de que arriba, mientras las zumbas hicieran ruidos con el vaivén del viento, las lucecitas prendieran los barriletes, y aquello diera una impresión infernal.
Los demás hicieron de encapuchados, y de curas: Santos Urbina, Rafael Rivera, y el viejo Taleno, que fue el que se robó la noche anterior las sotanas del cura, que habían sido dejadas por la lavandera en los alambres del patio.
Excúsome decir que después de la tremolina de esa noche, todo volvió a quedar igual.
Igual que antes: El pecador volvió a lo suyo y el mundo no cambió en nada, pero si hubo un milagro: la gente volvió a reír y la risa, que es salud y buen humor, cobró muy caro a los santulones y fariseos su hipocresía y la supuesta actitud de enmienda de que había ostentación en aquellos días.
El vulgo, al ridiculizarlos, los hizo objeto de sus puyas, de sus chistes y de su risa ancha, aparatosa y festiva.
Referencia: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, página 182. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana.
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