Los Alàrbulu (2)

Los Alàrbulu

Los alàrbulu (aLaLbLu', aLabLu') son seres sobrenaturales de la tradición bribri cuyo nombre significa literalmente "jefes de los niños" (alàr, plural irregular de alà, "niño"; bulu', "jefe" o "rey") (Jara et al., 2003, p. 7). Según las narraciones y descripciones etnográficas disponibles, se trata de seres muy pequeños que habitan debajo de la tierra y que mantienen una estrecha relación con el bosque, los animales y ciertos episodios de la creación del mundo (Bozzoli, 1977a, p. 168; Jara et al., 2003, p. 7).

Las fuentes los describen como habitantes del subsuelo y de regiones montañosas. En algunas tradiciones se afirma que vivían en Sö̀tki, en la actual región de Buenos Aires de Puntarenas, donde realizaban trabajos por encargo de Sibö (Jara et al., 2003, p. 7). Se les considera dueños de las guatusas, los monos y otros animales pequeños, función que los vincula con las complejas relaciones de custodia y reciprocidad entre los seres humanos y la naturaleza presentes en la cosmología bribri (Bozzoli, 1977a, p. 168; Jara et al., 2003, p. 7).

Su ubicación en el mundo subterráneo no debe entenderse únicamente en sentido geográfico. Dentro de la cosmología bribri, el universo está compuesto por múltiples niveles o dominios superpuestos habitados por diferentes clases de seres. Los alàrbulu pertenecen a esa geografía sagrada del subsuelo, un espacio que, lejos de ser un simple inframundo maligno, constituye una región legítima del cosmos poblada por espíritus, dueños de los animales y otras entidades sobrenaturales (Bozzoli, 1977a, p. 168; González-Chávez & González-Vásquez, 1989, p. 154).

Una de las características más distintivas de los alàrbulu es su canto. Según un relato recopilado por Bozzoli (1977b, p. 72), estos seres recorren los montes cantando a cada árbol y expulsando fuego por la boca. Mientras cantan, dejan los troncos completamente lisos y transforman el paisaje a su paso; este mismo relato señala que Sibö les permitió recorrer cerros y montañas, y llevarse a las personas para que los acompañaran en sus cantos (Bozzoli, 1977b, p. 72).

Los alàrbulu también aparecen como responsables de extraviar a quienes se internan en el bosque. En una narración tradicional, estos espíritus confunden a tres niños mediante cantos y juegos hasta hacerlos perder completamente el sentido de la orientación. Los alàrbulu los hacen caminar en círculos y olvidar de dónde vienen, provocando que se extravíen (Bozzoli, 1977b, p. 72). Esta asociación entre el canto y la pérdida del camino es un rasgo recurrente en las tradiciones bribris sobre seres sobrenaturales del monte.

Como se mencionó previamente, estos seres son considerados dueños de diversos animales pequeños, razón por la cual algunos relatos indican que los especialistas rituales (awápa) deben dirigirse a ellos cuando buscan obtener determinados animales para la cacería. Esta función los aproxima a otros "dueños" o guardianes sobrenaturales de la naturaleza presentes en la cosmología bribri (Bozzoli, 1977a, p. 168; Jara et al., 2003, p. 7).

Los alàrbulu también participan en los relatos de creación. Según una interpretación etnoastronómica propuesta por Bonatti (1998, p. 67), ayudaron a Sibö durante la formación del universo. En esta narración son quienes traen a las serpientes utilizadas para amarrar la gran casa cósmica. Los bigotes de aquellas serpientes se transforman en las amarras celestes cuyos nudos son las estrellas visibles en el firmamento; estos seres participan en el derribo del gran árbol cósmico identificado con la Vía Láctea, colaborando en la reorganización del mundo y en la formación del mar (Bonatti, 1998, p. 67).

Es importante distinguir a los alàrbulu de otros seres sobrenaturales que en español suelen recibir el nombre genérico de "duendes". Entre ellos se encuentran los kbèpa, descritos como espíritus semejantes a hombres adultos que hacen perder a quienes se internan en el bosque (Bozzoli, 1977a, p. 170), y los alàr o aLan -pequeños espíritus de cabello amarillo asociados al Dueño de los Animales- que se alimentan de sangre humana y permanecen bajo vigilancia para evitar que dañen a las personas (Bozzoli, 1977b, pp. 91–92; Jara et al., 2003, p. 7). Asimismo, algunas tradiciones de Talamanca mencionan a los lar o laar, seres traviesos relacionados con el río Lari y con el secuestro de niños (Palacios, 1982; Palmer et al., 1993, p. 32).

Según la tradición oral recopilada por Eustacia Palacios, estos seres son especialmente peligrosos para los niños pequeños. Cuando logran capturarlos, los alzan tomándolos de un solo dedo, los suben a los árboles y luego los dejan caer. También les introducen semillas de tsra' (biscoyol) en la garganta. Los pocos sobrevivientes de estos secuestros regresan desorientados o en estado de locura y requieren la intervención ritual de un awá para ser curados (Palacios, 1982, p. 69).

La figura de los alàrbulu refleja una característica fundamental de la cosmovisión bribri: el bosque no es un espacio vacío, sino un territorio habitado por seres con voluntad propia y funciones específicas dentro del orden cósmico. Sus cantos, que pueden resultar atractivos o festivos, constituyen al mismo tiempo una advertencia sobre los peligros de adentrarse en lugares donde los límites entre el mundo humano y el mundo espiritual se vuelven inciertos.


Referencias

Bonatti, J. (1998). Una interpretación etnoastronómica y etnobiológica del mito de la mujer que se convirtió en mar. En M. E. Bozzoli de Wille (Ed.), I Congreso Científico sobre Pueblos Indígenas de Costa Rica y sus Fronteras: Memoria. Editorial Universidad Estatal a Distancia.

Bozzoli, M. E. (1977a). Narraciones bribris. Vínculos, 2(2), 168–170.

Bozzoli, M. E. (1977b). Narraciones bribris. Vínculos, 3(1–2), 72–92.

González-Chávez, A., & González-Vásquez, F. (1989). La casa cósmica talamanqueña y sus simbolismos. Editorial Universidad Estatal a Distancia.

Jara, C. V., García Segura, A., & Sánchez Avendaño, C. (2003). Diccionario de mitología bribri. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Palacios, E. (Narradora). (1982). El niño que los duendes se llevaron. En Tradición oral indígena costarricense (Vol. IV, Año IV, Nos. 1–2). Escuela de Antropología y Sociología, Universidad de Costa Rica.

Palmer, P., Mayorga, G., & Sánchez, J. (1993). Vías de extinción/Vías de supervivencia: Testimonios del pueblo indígena de la Reserva Kéköldi. Editorial de la Universidad de Costa Rica.




Textos completos:

En los meses de octubre y noviembre para estas latitudes se puede observar la Vía Láctea extendiéndose en el cielo nocturno como un gran árbol cósmico. El coloso en su crecimiento hace mucho ruido y esto molesta mucho a /sibö /. Al respecto de ese estruendo tenemos la hipótesis de que se trata de los cordonazos de San Francisco. Estos son tormentas eléctricas que ocurren alrededor del cuatro de octubre, día de San Francisco.

Para evitar que esta gran ceiba rompiera el firmamento, techo de la gran casa cósmica que es nuestro mundo, /sibö/ manda a los kábla ak'ëköL/ para derrivarlo. Esta palabra está compuesta de /kábLa/ o /kámbra/primeros cultivadores de la tierra, que se dice que crearon la sabana de Buenos Aires, que eran malos, que /sibö/ los mandó al mar y de \ak'ëköL/ el que tiene mayor rango; rey; jefe (Bozzoli, 1977).

Luego llama/sibö/ a los /aLaLbLu'/ o /aLabLu'/, los cuales traen serpientes /dLu'/ o /dLuL/, o sea estrellas.

Gente muy pequeña que vive debajo de la tierra; literalmente, jefes de los niños; son los dueños de las guatusas Dasyprocta y otros animales pequeños (Bozzoli, 1977). Para las etnias de Talamanca las amarras de la casa de /sibö/ son los bigotes de una gran culebra. Cuando una estrella fugáz cae, se dice que entonces se ve la culebra.

...lo que nosotros llamamos estrellas, esos son nudos de mecate. Son los nudos de las amarras de las serchas de la casa que Dios hizo, son cosa de culebra..." ...le arrancaron un enorme pelo del bigote, con el cual /sibö/ amarró su casa, y cada nudo fue una estrella" (Bozzoli, 1983).

Estas estrellas forman parte de constelaciones, las cuales se encuentran a ambos lados de la Vía Láctea.

Después las tendieron en forma de tapesco (andamio), alrededor del árbol, y así, y con sus hachas, ellos pudieron derrivarlo (Bozzoli, 1977).

El gran árbol es derrivado después de algún tiempo. Es entonces cuando podemos ver a nuestra galaxia prácticamente formando un círculo. Rápidamente relacionamos esto con la parte del relato, en la cual /sibö/ envía por las dos aves para que formen un círculo uniéndo la copa del árbol con sus raíces. Estos dos pájaros estan representados por las constelaciones del Cisne y Cassiopea.

Por debajo de la ceiba y poco antes de caer aparece un nuevo astro o constelación, la anciana /dLúitmi/ (origen del hambre) representada por Sirius, anunciando la sequía. Esto queda confirmado por la introducción de los chucuyos, las lapas y los loros; los cuales anuncian la llegada de la estación seca.

Luego /sibö/ sopló una y otra vez a este árbol e inmediatamente el árbol se deshizo y se convirtió en agua, es lo que nosotros la llamamos mar (/dyë/) pero el nombre original era /tsaími/ (Bonatti, p. 67).


Referencia: Bonatti, J. (1998). Una interpretación etnoastronómica y etnobiológica del mito de la mujer que se convirtió en mar. En M. E. Bozzoli de Wille (Ed.), I Congreso Científico sobre Pueblos Indígenas de Costa Rica y sus Fronteras: memoria (p. 67). Editorial Universidad Estatal a Distancia. Consultado el 20 de septiembre de 2025 de https://www.google.co.cr/books/edition/I_Congreso_Cient%C3%ADfico_sobre_Pueblos_Ind/Fr-BCqhajtsC?hl=es-419&gbpv=1&dq=bozzoli+traen+serpientes+o+estrellas&pg=PA67&printsec=frontcover


Alar

alàr plural (irregular) de alà 'niño'. Espíritus así llamados por su parecido con los niños. Son pequeños y tienen el cabello amarillo. Son custodiados por Tami, quien no permite que se escapen. Si llegaran a escapar-se, se comerían a toda la gente en un momento. Se alimentan de la sangre de las personas, porque les parece que es chocolate. VINC3-92. Duendes que viven en Bédi. Se llevan a los perros, los pollos y hasta a los niños pequeños, si los encuentran solos. VEVS-32.


Alàrbulu

alar plural (irregular) de alà 'niño', bulu' 'jefe, rey'. Seres pequeños que viven debajo de la tierra. Se relacionan con Alàbulu. Ayudaron a crear el mar. Son considerados los dueños de los monos, las guatusas y otros animales pequeños. VINC2-168. Se identifican con los duendes que bailan y cantan a los árboles. Tienen la particularidad de que les sale fuego por la boca y pierden a los niños con su canto. Viven en el monte y solo obedecen la voz del médico (awá). VINC3-91. Duendes autorizados por Sibo para ir a cantar a cualquier cerro o montaña; cuando veían a una persona, podían llevársela para que los acompañara a cantar. Caminaban cantándole a cada árbol y dejaban, al hacerlo, los palos total-mente lisos. Perdían a los niños. VINC3-72. Hombres que limpiaban las tierras por encargo de Sibö. Vivían en Sötki (Buenos Aires). BSS-14. TOIC6-21 (Jara, p. 7). 


Referencia: Jara, C. V., García Segura, A., & Sánchez Avendaño, C. (2003). Diccionario de mitología bribri, p. 7. Editorial de la Universidad de Costa Rica. Consultado el 20 de septiembre de 2025 de https://www.lenguabribri.com/diccionario-de-mitolog%C3%ADa-bribri


aLaLbLu', aLabLu': gente muy pequeña que vive debajo de la tierra; literalmente, jefes de los niños; son los dueños de las guatusas (Dasyprocta) y otros animales pequeños (Bozzoli, 1977a, p. 168).

Ká: tiempo, espacio, día, terreno.

kábla, kámbra: primeros cultivadores de la tierra, se dice que crearon la sabana de Buenos Aires, que eran malos, que Dios los mandó al mar (Bozzoli, 1977a; p. 169).

Kbèpa: un "duende", se describe parecido a un hombre adulto, un espíritu que pierde a los que se internan en el bosque(Bozzoli, 1977a; p. 170).

Nopatkwo: un lugar más allá de este mundo, punto en el universo; "ocho pares de cuartos"; en el lugar donde nace el sol, hay ocho cercos o zonas encerradas, con cercas, allí se orientan en dos filas de ocho cada una; es decir, un par de cercos, seguido de otro par de cercos, etc., hasta ocho pares. Allí se orientan de Norte a Sur, porque allí viven seres peligrosos. Están en dirección contraria al eje Este-Oeste, para que no se salgan por ese camino (Bozzoli, 1977a; p. 70).


Referencia: Bozzoli, M. E. (1977a). Narraciones bribris. Vínculos, 2(2), 168-170.


Relato de duendes

Esos duendecillos, ¡cómo bailaban!, ¡cómo cantaban! ésos son aLabLu'. En un lugar había tres varoncitos. Esos duendes iban caminando, iban viendo cada palo. Ellos caminan cantando, a cada árbol le cantan. Ellos tienen fuego, cuando cantan dejan los palos lisos, lisos. Dios los dejó pequeñitos, Dios les dijo: - Ustedes son pequeños, pueden ir a cantar a cualquier cerro, o cualquier montaña, entre ustedes mismos. Pero cuando vean a otra persona, ustedes se la pueden llevar, para que los acompañe a cantar-. Entonces por eso ellos comenzaron a agarrar a los tres chiquitos, a darles vuelta y a perderlos. Por allá iban hablando, preguntando si se acordaban de dónde venían y si eran hermanos.

Allí ven a los chiquitos como hermanitos. Uno se quedó atrás y decía que lo esperaran. Eran tres, pero perdieron el sentido. Los aLabLu' cantaron para perder a Ios chiquitos (Bozzoli, 1977b; p. 72).


tkërma y sërki

tkërma es tLa, es stLa. sërki es el huracán; le dice a tkërma tLa como tío abuelo. Dios los dejó para cuidarnos. Nos defienden de itsa’ y de kbepa, el duende. sërki son 16 hombres. Uno de los de en medio se salió para ir a ver a bukuubLu. El iba para casarse con la hija de bukuub, en Kamuk. Ese que salió del centro, dijo: —Si dentro de cinco días no regreso, es que me mataron los enemigos—. Los otros esperaron, y a los cinco días, como no estaba de vuelta, supieron que había muerto. Se vinieron a buscar a bukuubLu. Lo encontraron, y había un banco allí. Uno entró se sentó y preguntó: —¿Aquí vino uno de nosotros, ¿llegó? —. bukuubLu dijo que sí había llegado, pero itsa’ y kbepa lo habían matado. Allí lo tenían en pedazos, ahumado, al que mataron, y los enemigos ordenaron que lo cocinaran para dárselo a los que venían a preguntar por él. Los visitantes se dieron cuenta que esa carne era de gente. bukuubLu les dijo a estos parientes políticos que lo esperaran allí. A los cinco días se oyó retumbar. Para bukuub eso es como tocar un tambor. Él mandó sentarse en una hamaca a los huracanes, y en otra a los duendes. La banca con el montón de huracanes estaba al otro lado de la casa. Cuando amaneció, bukuub oyó el ruido. El último que vino, un huracán con la punta delgadita, ése no entró en la casa, se fue por el lado de atrás de la casa, y le pegó cuatro bordonazos a la montaña. Ya estaba la montaña por caerse cuando bukuub empezó a decir que lo que allí había pasado no era culpa de él; él quería recompensarlos, pagarles, comprarlos. Ellos reclamaban y él decía que él no era culpable, que les iba a pagar a cambio de que lo dejaran en paz, él no había matado al huracán. Ofreció vacas, chanchos, chompipes, ropa de algodón, de mastate. Que se llevaran a itsa’ y a kbepa, y él los entregaba. sërki agarró todo y se lo llevó.

stLa ekërma tenía la señora embarazada y él se fue a tirar pájaros en un frutal adonde ésos llegaban, con el cuñado llamado duLekLa. Entonces, después de tirar muchos pájaros, le dijo a

duLekLa: —Vaya a la casa, llévese esos pájaros, para que su hermana los cocine—. El cuñado se vino, y cuando llegó a la casa vio otro igual a él stLa ekërma que había quedado debajo del palo. El se devolvió y se fue a decirle a éste que en la casa había otro igual. Ese no soy yo, ése es otro de los cuñados, káköcha.

itsa’ vino a molestar a la señora que estaba embarazada. Ese la chupó (se comió la carne y dejó los huesos). Se llevó el esqueleto adonde estaba una catarata. A los días itsa’ volvió adonde tkërma; éste le mandó a sentarse. Tenía tkërma una cerbatana pintada de colores, muy bonita, con las bolitas de tirar en una chuspa decorada. itsa’ preguntó cómo había hecho para pintar la cerbatana. tkërma le dijo que con fuego. tkërma le dijo que fuera a rajar leña para hacer un fuego igual y hacerle otra cerbatana a itsa’. Pero la leña que le mandó a rajar era piedra. —Cuando termine me avisa, yo voy a encender—. itsa’ por fin terminó, tkërma le dijo que se metiera en un encierro para pintarlo a él; tkërma fue encendiendo la leña alrededor, cuando estaba encendido de la mejor manera tkërma le echó montones de agua y el cuerpo de itsa’ estalló sonando. Un ojo se fue disfrazado en el buho aLamök. Así Dios ordenó a trueno que bailara, y también a sërki. Dios le ordenó hacer bailar al diablo (Bozzoli, 1977b; pp. 85-86).


El dueño de los animales silvestres

Dios ha dejado al dueño del chancho de monte debajo de aquellos cerros que están desde donde nace hasta donde se pone el sol. Los dueños de las dantas, del chancho de monte, de los saínos, de los tepeizcuintes, de la guatusa y los demás animales se llaman del mismo modo que estos animales, y son dos seres, hombre y mujer, los cuales se dedican a cuidar a estos animales.

Por eso cuando algún awá quiere pedir cacería a estos dueños de animales, tiene que pedirle a los dos, al hombre y a la mujer.

Y hay otros que cuidan también a los monos y a la guatusa, éstos se llaman aLaLbLu’, esto quiere decir “duendes”.

sini’

Antes cuando los mayores hallaban un chancho de monte, solamente lo tiraban en ese mismo lugar. Ellos no corrían detrás de un chancho que huyera, porque si ellos lo perseguían, las personas se perdían.

Llegó el tiempo en que dos mayores se fueron a montear. Tiraron unos chanchos. Un cazador mató dos chanchos; el otro se fue siguiendo a uno de los chanchos que corrieron, y se perdió. El primer cazador gritó y gritó, pero nada, no lo vio más al otro.

Los chanchos dieron vueltas y llegaron a un hueco, y allí se metieron. El hombre no se veía. El primer cazador se vino directamente a la casa y le dijo a los sukias mayores que averiguaran qué había pasado con el hombre. Él les dijo que el chancho de monte se lo había llevado, pero no les dio más detalles, no les dijo qué había visto él. Un sukia dijo: Es que se fue con sini’. A los cuatro, cinco o seis días el hombre volvió, pero estaba loco. Los sukias lo curaron. A los pocos días volvió a montear, iban dos personas otra vez, y encontraron a los chanchos de monte. El cazador vio que venía un chancho de monte muy grande, blanco, y quería matar a ése, porque los otros eran pequeñitos, y corrió tras él. Entonces se acordó que llegó al mismo lugar de antes. En ese lugar estaban el rey y la reina de los chanchos de monte. Allí había más de un corral, más de un chiquero, más de una danta, más de un saíno, más de un tigre. Allí había de todos los animales que se cazan, todos en encierros. El rey y la reina llevaron allí a los cazadores para enseñar que ellos eran los jefes de todos los animales.

El rey preguntó qué andaban haciendo, y ellos dijeron que se les había perdido el camino y no sabían por dónde volver. —¿Qué buscan? — Ellos dijeron que un chancho. —¿Y saben ustedes de quién son los chanchos? — Les indicó que se sentaran un momento. Y ahí se veían montones de dantas y tigres. Eso sucedió hace más de 300 años.

—¿Adónde vamos ahora? — Se dijeron los hombres. Ellos vieron allí un señor al que querían preguntarle. Este señor estaba en una hamaca, y a cada extremo había un palo. Son dos palos, y allí tenía sendos loritos. Ese era el dueño, y les preguntó quién les había dado el permiso de tirar los chanchos. Él se levantó y dijo: —Vengan a ver mis animales, ustedes los dañaron con sus lanzas—. los animales estaban cortados, quebrados, con gusaneras, y se los mostró. —¿Cuánto me van a pagar por mis animales? Ustedes los maltrataron. A esa hora uno de los cazadores se acordó que ese era tLa, y le dijo que querían a los animales para comer. Ese señor dijo que los perdonaría, pero no los dejaría que se fueran ya. Ellos tuvieron que quedarse y no sabían por dónde salir. tLa ordenó que les dieran de comer pejibaye, eso era pavón. Llegó la noche y eso allá es distinto. Cuando aquí amanece, en ese lugar anochece; cuando aquí anochece, allá amanece. Notaron que donde estaba el señor había dos perros amarrados a cada lado. Pero esos perros en realidad eran tigres. Cuando llegó la claridad vieron llegar a los loritos, los chucullos, de toda clase, llegaban a hablarle. Allí había una mata de chile, de esos chiles picantes pequeñitos y largos que llaman Lari. En esa manta estaban unos periquitos que cantaron cuanto quisieron. A esa hora el viejo sabía que ya llegarían otros dos chucullos. Los cazadores los vieron. Esas eran las piedrecitas sią que usan los doctores aquí. Así es como entran en ese lugar, una hembra y un macho. Esos conversaron con el señor. Al siguiente día dijo: —Ustedes ya se pueden ir—. Allí eran dos, tmi’ es la reina, y bLu’ es el rey.

Ellos hablaron, en canto, con los sukias de aquí. Ellos viven metidos dentro de un cerro. A los tres días los cazadores salieron. El señor mandó que les dieran kichö’, ésa es la papalleta de mono, eso quería decir que les dieran carne de mono; que les dieran palmito, eso era carne de danta, y un pedazo de banano, eso era carne de chancho de monte. Allá los sukias y la otra gente estaban esperando a los cazadores, porque sabían que ésos no vendrían como gente; ésos venían cimarrones, como animales. Los doctores sabían cuando iban a salir, mandaron de 10 a 15 personas a agarrarlos porque no iban a comportarse como hombres. Donde ellos vieran gente, ellos iban a salir corriendo. Ellos así lo hicieron, dejaron la carne que traían y salieron corriendo. Los doctores los cogieron y los curaron. Les preguntaron adónde fueron y ellos contaron todo lo que vieron, pero no se acordaban por dónde era el lugar. Un día recordaron que la entrada era por un gran hueco. Esta historia la usamos cuando un hombre se pierde, y es muy importante para nosotros.

tmi’ cuida los animales

Tres hombres andaban de caza, encontraron una danta y la mataron, pero en eso ya se había hecho tarde; entonces la dejaron para volver al día siguiente a recogerla. Se acostumbra, cuando se ha matado una danta, cortarle el moco y las patas o alguna otra parte. Eso se hace para que el animal no se escape, pues si no se la corta entonces durante la noche la danta despierta y huye; con las heridas que se le hacen, no puede irse. Pero los tres cazadores olvidaron hacerle las heridas y cuando regresaron al día siguiente la danta no estaba, entonces se fueron a seguirla. Mucho rato después, siguiendo la huella de la danta, notaron que un hombre iba adelante, pero creyeron que se trataba de un compañero. Cuando se dieron cuenta se encontraban en un lugar desconocido; el hombre que caminaba adelante los llevó a una laguna inmensa y disparó con un rifle que él llevaba, y entonces la laguna se convirtió en una linda casa; cuando llegaron a ella ya se habían llevado a uno de los compañeros y solo quedaban dos. En la casa estaba el tmi’ el “dueño de los animales”; era un gran señor que vivía en una hamaca; a su alrededor habían diablos en cantidad que querían comerse a estos hombres pero tmi’ no lo permitía. tmi’ regañó a los cazadores y les enseñó una cantidad de flechas con las que ellos habían herido a los animales, tmi’ mandó a estos muchachos a curar la danta que habían herido. Permanecieron varios días, luego el tmi’ los hizo sukias a ambos y los envió a sus casas, con la condición de no contar a nadie lo ocurrido y de no hablar en ninguna casa durante un mes. Uno de los dos no quiso obedecer, habló y les contó todo lo sucedido, pero el otro compañero no decía nada, permaneció sin hablar durante un mes. También el tmi’ les dio un almuerzo para comer en el camino, que no debería abrirse sino al llegar a cierto lugar. El muchacho que había desobedecido lo abrió antes y lo que encontró fueron indecencias que no se podían comer, como gusanos y otras cosas semejantes, pero el otro sí guardó su almuerzo hasta el lugar indicado y resultó ser una comida deliciosa. Además traían un pedazo del tronco de la caña blanca para sembrarlo en sus casas; el muchacho que había desobedecido llegó con su hermano, sembró su poste de caña blanca y siguió hablando y contando lo que le había sucedido, mientras que el otro guardaba silencio; habló finalmente cuando el palito sembrado por él retoñó y creció. Entonces sí contó lo que le había sucedido con el tmi’. Él que guardó el secreto fue un buen sukia y vivió mucho tiempo; el otro murió pronto, su palito no nació, y no pudo ser sukia.

tmi’

El tmi’ dueño de los animales es un espíritu que no es realmente malo, pero sí se enoja cuando la gente le hiere a los animales. Cada cerro de la cordillera tiene su tmi’ con su propio nombre. Por ejemplo, cerca de Cabagra habita eLbabta que se ha llevado dos cazadores pero los ha devuelto y ellos que han estado donde tmi’ cuentan a sus familiares que tmi’ los cuidaba mucho pero también los regañaba bastante por los daños que los cazadores le hacían a las dantas y a otros animales. Al mismo tiempo que los regañaba les daba consejos sobre cómo cazar animales; el tmi’ les decía a estos dos hombres él se había llevado, que cuando quisieran comer algún animal o quisieran cazarlo, podrían hacerlo con la condición de que mataran la cantidad que necesitaban de modo que la carne no se desperdiciara, asimismo deberían matarlo de una vez y no dejarlo ir herido porque era tarea difícil para el tmi’ curar a estos animales. El tmi’ no es malo; cuando él considera que alguien está pobre de carne o que casi nunca come carne entonces le regala un tepeizcuinte con gran facilidad para cogerlo. Junto con el dueño de los animales hay muchos espíritus malos, éstos sí son malos de verdad, pero diariamente el tmi’ los vigila para que no se le escapen y se coman a los hombres. Estos espíritus son los aLan, que significan niños o hijos, por su parecido con los niños: son pequeños, con el cabello amarillo; si por una desgracia se escaparan, se comerían a toda la gente en un momento, pero el tmi’ no les permite salir a ninguna parte. Ellos se alimentan de la sangre de la gente porque les parece que es chocolate y por eso les gusta mucho (Bozzoli, 1977b; pp. 90-92).

Referencia: Bozzoli, M. E. (1977b). Narraciones bribris. Vínculos, 3(1-2), 72, 85-86, 90-92. 




EL NIÑO QUE LOS DUENDES SE LLEVARON


Narradora: Eustacia Palacios P.

CLAN YËYËWAK

Edad: 80 años


Estos malos espíritus son pequeñitos, como el tamaño de un niño de dos años, algunas personas los han visto, y viven en las orillas del río Lari, por eso Sibö Dios, nombró este río Laardi que quiere decir río de los duendes, laar es el nombre que le dio Dios a estos seres y di’ es agua o río.


Cuando yo era niña, teníamos una finca de cacao, pejibayes y banano cerca de un río llamado Dpali en alto Lari, en ese lugar conocí las huellas y travesuras de laar, siempre están jugando y rajando los tallos y las hojas de los bananos, arrancan las racimas de pejibaye y caminan en el lodo dejando sus huellas. Un día una de mis tías se fue a la finca con sus niños a cortar banano y quelites y dejó a los niños en un lugar y les dijo que no se movieran de ahí, pero cuando ella regresó no encontró al niño más pequeño, le preguntó a los otros hermanos -¿dónde está el chiquito?, pero los otros niños no supieron decir nada, estaban como dormidos, su madre lo buscó por toda la finca y lo llamaba y nada, entonces decidió irse para la casa para avisarnos y buscar ayuda, mi abuela dijo: -debemos ir a donde un awá.


—Hablaron con un tío que se llamó Naù Sal, el awá consultó con las piedritas sia’ y éste le dijo que laar los duendes se lo llevaron y está en las montañas de nombre Tsru’bta y que si en tres días no lo hallan es porque está muerto; toda la familia fue a esa montaña a buscar, lo llamaban con el sonido de un caracol, pero no fue posible encontrarlo.


Cuentan las personas mayores de mi tiempo, que cuando estos espíritus quieren raptar a las personas toman la figura de alguien que uno conoce como la madre, el padre y así engañan a la persona diciéndole: -vamos a pasear-. o simplemente dice: -vamos conmigo-; cuando la persona está lejos se da cuenta que es un ser sobrenatural y ya no puede escapar.


A veces es Duarö, pero el es más bueno, porque los awapa lo regañan con sus cantos, entonces decide devolver a la persona, pero el awá tiene que hacer una buena curación, porque la persona viene como loca, no reconoce a nadie, se debe llevar un mecate para amarrarlo y si son los duendes es muy difícil que devuelvan a su víctima, porque lo que más les gustan llevarse son a los niños pequeños y el niño muere rápidamente, porque los duenden los alzan de un dedo, los suben a los árboles y los dejan caer, le introducen semillas de tsra’ en la garganta. Esto se sabe porque en los tiempos de antes algunas personas lograban sobrevivir el secuestro.


(Texto junto a la ilustración):

los duendes llevando a el niño que robaron 


Referencia: Palacios, E. (narradora) (1982). Tradición oral indígena costarricense, Vol IV, A IV, N. 1-2. Escuela de Antropología y Sociología, Departamento de Antropología, Vicerrectoría de Acción Social, Universidad de Costa Rica. 


Bëdi’ (Quebrada de los Duendes)

Los mayores llamaron Bëdi’ a esta quebrada, recordando al diablo /bë́/. Pero los seres que viven ahí en realidad son como duendes: pequeñitos y traviesos. Se llevan los perros y los pollos, y hasta niños pequeños, si los encuentran solos. Esos seres se llaman /Lar/ (Palmer, 1993; p. 32).

Referencia: Palmer, P., Mayorga, G., & Sánchez, J. (1993). Vías de extinción/Vías de supervivencia: testimonios del pueblo indígena de la Reserva KéköLdi, Costa Rica. Editorial Universidad de Costa Rica.



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