La anciana sin rostro
La anciana sin rostro
No mires por la ventana después de medianoche, sentenciaban las abuelas, entre muchas otras supersticiones. El presente relato —a pesar de su alta dosis de exageración— está inspirado en una de esas leyendas modernas de apariciones que se contaban como reales entre los vecinos de Santa Rosa, Turrialba. Es más, la historia central nos la contó una prima, quien asegura haberla sufrido en carne propia mientras vivió a un costado de la antigua plaza, razón por la que decidieron mudarse a otro barrio. Desde entonces no volví a caminar por esa zona sin la presencia del sol, por si acaso.
Es posible que, ante la aparente jubilación de los espantos tradicionales como la Segua, el Cadejos o la Llorona, hayan surgido otros entes sin problemas de fotofobia y con más tolerancia al asfalto, a la civilización y a la tecnología. Con la esperanza de exorcizar ese fantasma de infancia me di a la tarea de crear este remedo de cuento. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados, o tal vez no. Les aconsejo no creérselo tal cual, pero ojalá sirva como un pequeño aporte al rescate de la tradición oral y al folclore contemporáneo.
"¿A qué hora piensa venir este irresponsable? ¡Bonito lugar fuimos a escoger para vivir, cerquita de la cantina!"
Zeneida observaba temerosa tras la ventana de la casa que recién habían comprado en la loma frente a la plaza. Al otro extremo de esta, el bar más concurrido del pueblo se erigía irrespetuoso cortando el espectáculo de moralidad y disciplina representado por la iglesia y la escuela contiguas, como suelen construirse en casi todas las zonas rurales. El anochecer avanzaba inexorable y amenazaba con volverse madrugada. No había luna. Reinaba una bruma algodonada y húmeda, apenas retocada las débiles luces eléctricas tan escasas y distantes entre sí que más bien parecían ojillos de luciérnagas algo crecidas de tamaño.
Las niñas dormían, Moisés no llegaba. A veces la soledad no se siente cómoda en la negrura de la noche y busca refugio bajo la piel de los desvelados. Los ojos anhelantes de la esposa no hacían caso al sueño y luchaban por mantenerse abiertos a pesar del ardor y la irritación que les producía el cansancio. La cortina seguía abierta con disimulo, apenas para dejar que la vista saliera en busca de su esposo trasnochador. Ni un alma, ni un perro callejero, muchos ruidos confundidos de sapos cantores y maderas crujiendo en las casas vecinas, pero la vida parecía haberse tomado libre e irse con Moisés a beberse unas copas.
Habían pasado ya unas tres horas. O quizás no eran más que tres minutos más largos que todas las angustias acumuladas tras el cristal. Lo cierto es que por fin lo vio venir. Lo divisó a más de ciento cincuenta metros cuesta abajo pararse en la puerta de la cantina, se dio media vuelta y con un gesto teatral y exageradamente ridículo se despidió de los otros borrachos que se quedaban y a quienes no les importaba que ya se fuera. Lo vio empezar a caminar hacia el centro de la plaza para acortar el camino de regreso al hogar. Lo vio tambalearse, gesticular con las manos como peleándose con el suelo que se le corría cuando quería pisarlo, discutiendo con sus pasos y regañándolos como lo hacía siempre que se pasaba de tragos: — ¡Cabrones, no me empujen que yo sé caerme solo!
— ¡Canalla, vagabundo! — pensó Zeneida en voz alta
¡Ahora que no me venga jugando de muy hombre, que ni se crea que lo voy a cumplir con mi deber de esposa como me dice cuando anda tan fosforón; hoy sí que no le va a ir ni regular a este cochino! ¡Hoy va a saber quién...
Pero no terminó con sus diatribas. Conforme el cuerpo regordete de su marido lograba a duras penas avanzar, Zeneida se percató de que había alguien más (o algo más) justo en el centro de la plaza, parado matemáticamente sobre el punto central que aún estaba marcado con cal por la última mejenga de la tarde. Se asemejaba a una mujer, un vestido largo y más blanco de lo conocido, tanto que parecía brillar y hasta reflejaba la sombra del borracho de Moisés a sus espaldas. Tenía figura femenina, es cierto, pero su aspecto no era humano.
El corazón de la esposa se exaltó y empezó a dar golpes por dentro para que le abrieran el costado si no querían que se lanzase huyendo por la boca. No era real, no podía serlo, ninguna mujer anda sola a estas horas en la calle, y mucho menos alumbrando como lámpara de canfín. Zeneida cerró la cortina y se santiguó. Pero es sabido que ante el terror no hay ojo capaz de distraerse y, temiendo por la suerte del hombre amado, volvió a correr las telas y su mirada saltó entre las celosías.
Ahora la mujer empezaba a levitar inexplicablemente, de prisa, con cálculo preciso para que Moisés pasara debajo del ruedo de su vestido sin alcanzar a verla a pesar del brillo y mucho menos a rozarla ni con el pelo más despeinado de su cabeza. Otro cierre involuntario del trágico telón de la vidriera, un frío repentino que le produjo espasmos y una tibia humedad incómoda en la entrepierna. Zeneida rezaba incoherencias porque ya el temblor no la dejaba persignarse. Los dedos gelatinosos buscaron nuevamente la cortina, pero se enredaban en su afán de apartarla.
Ella insistió ¿para qué lo hizo? Al lograr su cometido, una cabeza brillaba justo al otro lado del vidrio, frente a sus ojos. Un velo raído de novia apenas se sostenía sobre la melena blancuzca y desgreñada, los pelos secos, largos y maltratados. Las orejas arrugadas y, emergiendo de sus cavidades auditivas, sendas bolas de vellos; estos sí, negros y acerados, Pero lo peor era el semblante, ¿Cuál? No había expresión alguna, era un lienzo en blanco, fantasmal e imposible. Una cabeza de anciana, pero sin rostro.
Zeneida sintió nacer el grito en el hueco que el estómago dejó al esconderse dentro del intestino. Sintió que le rompía el pecho, le quebraba la garganta, los dientes, pero no lo escuchó. Apenas un aire espeso y nauseabundo salió de su boca abierta y distorsionada, pero sin sonido, como en una vieja película muda. Le fallaron los pies y el suelo más helado de sus pesadillas la recibió sin consideración alguna. La cortina se cerró al tiempo que la cerradura empezó a chasquear como cuando alguien trata de introducir la llave sin acertar en la ranura. Entonces vino el golpe de los nudillos de la mano del marido y el gritillo meloso: — Amorcito, ya llegué, abrime la puerta — Su mujer tardó unos minutos en poder hincarse y con más dificultad tiró de la palanca del seguro y abrió.
Moisés entró y la vio tirada, los ojos desorbitados y sanguinolentos, las mejillas notablemente menos frondosas, y la cabellera que dos días atrás se había teñido de un color rubio oxigenado, presentaban extraños mechones grisáceos como hilos de cobre. La ayudó a levantarse, se le bajó la borrachera de golpe por la preocupación, le pregunto qué le pasaba, y ella no hizo más que asomarse otra vez por la cortina. Lo que vio esta vez, le produjo la primera arruga sobre la frente: la anciana de blanco caminaba ahora, a lo lejos de un lado a otro sobre el poste horizontal de la portería oeste de la cancha, con tanto equilibrio que causaría la envidia a la más ágil de las loras que se pasan la vida cantando y haciendo maromas en una jaula.
— ¡Ahí está, ahí está! — fue todo lo que pudo decir antes de perder el habla para siempre. Su mano, algo más huesuda, apuntó hacia la plaza. Moisés se asomó a la ventana y trató de encontrar lo que su mujer le señalaba. No vio nada.
Una semana después, Zeneida, que apenas pasaba de los treinta y seis, había envejecido lo que un cuerpo tarda en envejecer cincuenta años. Nunca se dio cuenta, pero quienes pasaban frente a su casa y la veían confinada a su silla de ruedas, saludaban con lastimero respeto a aquella señora nonagenaria. Sólo en ciertas noches, ya en su lecho de enferma, sus ojos asustados veían sobre el respaldo de la cama, haciendo acrobacias con la agilidad de una lora, dos blancos pies bajo los ruedos del vestido de la anciana sin rostro.
Referencia: Saravia, R., Delgado, P. (2016). Crónicas de lo oculto: Relatos de espantos y leyendas de Costa Rica, 1 ed., p. 72. San José, Costa Rica: Editorial ClubdeLibros.
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