Brisas del Irazú
Brisas del Irazú
1915
Pórtico - Despedida
y enmedio de región casi desierta,
atareado el padre, está en la puerta
despidiendo a sus hijos;
que, descalzos, viejo el traje,
sin rumbo amigo, de lejano viaje
en una noche oscura
van por el mundo a Dios y a la ventura.
—Ni bellos sois, ni a la moderna usanza
marcáis el ritmo de la grácil danza,
cual otros pajes jóvenes.
Mas yo en mi hogar no puedo reteneros,
como larvas dormidas, prisioneros;
que aun ellas, con ser cosas,
piden alas y se hacen mariposas.
y con la mano rítmica os despido;
pues sé que vais al puerto del olvido.
Así, no aguardo triunfos:
pagado de vosotros me sintiera,
si de un acento vuestro me trajera
pasando una aldeana,
el ritornelo al pie de mi ventana.
Granos de oro
La escuela
miniatura que se expande
con la edad al mundo grande,
del cual es el fiel diseño:
ensayo del propio empeño
por conseguir la victoria,
emulación por la gloria
de cumplir con el deber,
y augur de quien va a tener
un nombre en la patria historia.
Estudio
y viene un gran corazón;
mas el bien de la instrucción
del propio esfuerzo se obtiene.
Si en las fuentes de Hipocrene
quieres con noble querer,
saciar la sed de saber,
dos caminos has de andar:
aprende a bien estudiar
y estudia para aprender.
Tiempo
naturaleza recobra:
nada se pierde en la obra
de su caudal renovado.
El oro es hoy acuñado
y mañana refundido,
y todo ser que ha existido,
en otro ser se resuelve;
sólo el tiempo, que no vuelve
si se pierde, está perdido.
Salud
entre los bienes del mundo,
el talento es el segundo
y la salud el tercero.
Al postre queda éste; pero
en el ser complejo humano
los tres conviven, y es llano
lo que en latín exigía
la vieja filosofía:
Mens sana in corpore sano.
Naturaleza – Aves
respeta los pajarillos
tan dulces y tan sencillos,
y no tomes su cabeza
por blanco de tu destreza.
Porque ellos libres nacieron,
y si a tu oído trajeron
los cantos que te agradaron,
ni sus alas empeñaron
ni su libertad vendieron.
Naturaleza – Plantas
vivificamos el pecho,
nos dan sombra, cura, techo,
fuego, abrigo y alimento.
Por puro agradecimiento
débeles favor la mano.
Yo, al ver que por gusto vano
cortaban un árbol bueno,
me dije para mi seno:
Están matando a un hermano.
Las flores
gustar de las bellas artes,
puede hacer en todas partes
el cultivo de las flores:
que hace olvidar los dolores,
suaviza los sentimientos,
paga en acrecentamientos;
pues arte y naturaleza
conspiran a la belleza
de rosas y pensamientos.
Patriotismo
en hacer altisonantes
votos de amor y desplantes
de patriótico heroísmo.
Sino en bastarse a sí mismo,
cumplir la ley, huir del mal
y, aquí escuela, allí hospital,
fundar con desinterés;
y en morir, si preciso es,
en defensa nacional.
Libertad
adéudale su existencia:
sin libertad no hay conciencia
ni responsabilidad.
Lástima es que la maldad
se encubra con su renombre.
¡Oh Libertad: cuánto el hombre
debe a tus triunfos benditos;
y, oh diosa, cuántos delitos
se han cometido en tu nombre!
Honor
entre los bienes del hombre:
no tiene igual el buen nombre,
no tiene precio el decoro.
El honor, ese tesoro,
es más caro que la vida,
y darla por bien perdida
debe el hombre antes que su honra;
pues la vida con deshonra
no merece ser vivida.
Fraternidad
si somos seres humanos,
para ante el dolor hermanos,
para ante la ley iguales;
si unos mismos son los males
que nos hacen padecer,
¿cuánto subirá el deber
de cariño que existe entre
los que en su amoroso vientre
llevó la misma mujer?
Amor filial – Madre mía
en la cuna, tu semblante
cariñoso y vigilante
fue lo primero que vi.
¡Ay! quién me diera que así,
en mis póstumos antojos,
cuando esta vida de enojos
me abandone, en la otra vera,
lo primero que yo viera
fuera la luz de tus ojos.
Trabajo
manantial de bienestar,
y quien aspire a medrar,
ha de ser su adorador.
La pobreza y su rigor
tienen en él su espantajo;
y si del hombre, alto o bajo,
es ella el grande enemigo,
deduzco que es el amigo
mejor del hombre el trabajo.
Dignidad
ni propio orgulloso amor;
es cosa mucho mejor:
es el respeto a sí mismo.
Sólo quien llegó al cinismo,
ni a otro ni a sí respetó.
Un niño, a solas, no hurtó
cierta fruta, y explicaba:
aunque nadie me miraba,
me estaba mirando yo.
Tolerancia
y son las flaquezas propias,
unas de otras simples copias
con leves cambios apenas.
¿Quién sanciona las condenas
de mortales a mortales,
y cuáles pueden a cuáles
tirar el primer guijarro,
si somos del mismo barro
censores y criminales?
Prudencia
el sentido común guarda
a la gramática parda:
la primera, ver venir;
la segunda, dejarse ir;
por fin, saberse parar.
El hombre, para triunfar,
así prudente ha de ser;
pues vale más precaver,
que tener que remediar.
Constancia
la humana naturaleza
quisiera desde que empieza
a luchar, salir triunfante.
Mas pretensión semejante
es soberana arrogancia;
sólo la perseverancia
da el triunfo, más que el talento:
muere en la cuna el intento
que no lacta la constancia.
Verdad
de los conflictos les vienen
a los hombres que los tienen,
de no decir la verdad.
El miedo, la flojedad
de carácter, el interés,
cualquiera de ésas, causa es
de mentira; y van en pos
de una a darle vida, dos,
y a darla a estas dos van tres.
Ebridad
apaga la inteligencia,
extravía la conciencia,
maniata la voluntad;
lleva a la imbecilidad
y a perder honra y virtud,
se inicia por la habitud
de un agasajo inocente,
y al ser más independiente
reduce a la esclavitud.
Venganza
es la venganza, y cumplida,
deja un amargo en la vida,
un amargo resquemor.
Y a ti, que eres superior
a los dioses que el manjar
pagano ansiaban gustar,
este dilema te espera:
Ve a vengarte, si eres fiera;
si eres hombre, a perdonar.
Lengua materna
cristiana y mora; en América
fonógrafo de la ibérica
romántica serenata:
ya, raudal de catarata,
ya, brisa del Irazú
que susurra en el bambú.
Te aman poetas y sabios:
hay más arpas en mis labios;
pero en mi alma, sólo tú.
Valle de araucarias
Sobre la tumba de Juan Diego Braun
—¿Quién eres?—Un peregrino
que en las zarzas del camino
siento desangrar el pie.
Como un ruiseñor canté
sobre una rama florida;
y apenas mi voz oída,
dejó la falaz mudanza
la vida de mi esperanza
sin esperanza de vida.
Sobre la tumba de Eva Ulloa
todos los años viajando están;
y ya es sabido que peregrinas
son en la tierra las golondrinas,
y nadie llora porque se van.
todos escuchan su murmurar;
y al verla en curso nadie la llora,
porque la fuente murmuradora
nació en pendiente camino al mar.
que cariñosa nos dice adiós...
¡Y la lloramos porque alzó el vuelo
aquella niña de ojos de cielo,
de un ángel blanco subiendo en pos!
Sobre la tumba de Bernardo Augusto Thiel
pero sosegado río...
¿Quién trajera al labio mío,
en donde treme el lamento,
un eco sólo, un acento,
un leve, confuso grito,
un signo en la playa escrito
de aquel río sosegado,
que al fin ha desembocado
en el mar del infinito!
sin escoltas y sin corte,
a veces con rumbo al Norte,
a veces al Mediodía.
¿Qué mano, invisible y pía,
le quita la veste blanca,
de su palacio lo arranca
y por los bosques lo lleva
a decir la buena nueva
en Guatuso y Talamanca?
Floresta de los sonetos
Ante el monumento de Juan Santamaría
oh mártir, se alejaba tu memoria;
pero el cincel, al esculpir tu historia,
en ese bronce la dejó cautiva.
ni vigoroso arranque de oratoria,
muestran cual tú la senda de la gloria;
tu muerte sí que es enseñanza viva.
con esa misma antorcha que aun fulgura,
tus émulos harán la misma hazaña.
tras de la noche de tu vida oscura,
abrirse el sol de tu gloriosa muerte!
El árbol
jugo su médula, vigor su fibra,
y con mil lenguas que en el aire vibra,
reclama el hálito que al hombre sobra.
la faz lunar sus savias equilibra,
la lluvia el brote de agostarse libra:
natura entera participa en su obra.
guardan, confortan, nutren y embellecen
la vida al hombre y a la par al bruto.
germen de plantas que a los cielos crecen,
sé tú, entre todas, la más noble mano.
un alma sola con pesada carga,
por una senda dolorida y larga,
¡cuán desolado muéstrase el paisaje!
otra alma libre de temor encarga,
¡cómo la mar sus olas desamarga
y cuál se ablanda de la vida el viaje!
que no temiste mi fortuna ingrata
al emprender conmigo esta carrera.
que, cual hoy celebramos de las plata,
¡ay! no veremos nuestras bodas de oro.
a una diosa el Olimpo ve nacida:
la Imprenta debe a Gutemberg la vida,
y a Homero el alma la inmortal Ilíada.
del astral equilibrio suspendida;
y en la fragua de su alma enardecida,
forja Cervantes la manchega espada.
que entre dos moles de la tierra esférica
echaste el puente azul del mar. Vidente:
aunque el lenguaje humano, inconsecuente,
diera a tu hija legítima el de América.
el incienso trasciende, el pueblo canta;
y para alfombra a la triunfante planta,
todas sus rosas Jericó acarrea.
y ajeno al bien de reverencia tanta,
al cielo en ruego su mirar levanta
y llanto oculto el corazón gotea.
víbrale el pueblo palmas a manojos;
mas desde el punto en que su triunfo empieza
y ve a las gentes a sus pies de hinojos,
una sin par, profética tristeza
se cristaliza en sus humildes ojos.
Al fin del siglo XIX
el sol que nace y muere cada día,
el Irazú domina cual vigía
que desde el uno al otro mar explora.
del siglo que se agita en la agonía,
apenas era larva en que vivía
la mariposa espléndida de ahora.
si te espera el horror de un cataclismo
al fin del otro siglo, o de una guerra?
que brilla en pleno azul, junto al sol mismo
y del sol a pesar, así es tu estrella.
A mi madre
de la razón; que, presumiendo loca,
firmeza y luz como el cristal de roca,
iba sin rumbo por la mar desierta.
al centinela se le heló en la boca;
y el nuevo huésped que otra edad evoca,
halló la mesa del festín cubierta.
protestó la Ignorancia, y a su ejemplo,
cada uno y todos los de aquella orgía.
«Oh mercaderes, despejad el templo»,
huésped eterno se quedó del alma.
en el undívago aire de la fiesta,
y al sugestivo ritmo de la orquesta
rondan las notas como abejas de oro.
de convidados, con primor dispuesta;
y el fino dardo que el ingenio asesta,
hiere el fastidio, pero no el decoro.
el brindis larga vida, así cubierta
por égidas de paz y de ventura.
mientras los pobres cenan en la puerta,
la juventud en los salones danza.
y como losa fúnebre lo oprime:
su espíritu está pronto, pero gime
en la flaqueza de la carne preso.
va la persecución y el suyo imprime:
llama a uno amigo, con piedad sublime,
y ése le da, para venderle, un beso.
de su alma, que está triste hasta la muerte;
y entre tanto, el sudor copioso y frío
del hombre de dolor que allí se abate,
humedece la tierra en que se vierte,
como sangre vertida en un combate.
DE LA PUBLICACIÓN DEL QUIJOTE
que cuanto mira todo lo abrillanta,
y el pensamiento y la ilusión levanta
a grande altura del vivir mezquino:
que al suelo apega la prosaica planta
y, despreciando la ilusión que encanta,
al pan lo llama pan y al vino, vino;
hacer que el drama de la vida brote
como producto de los dos instintos,
al dar a luz el inmortal Quijote,
muerto de risa lo alcanzó Cervantes.
“LA ORACIÓN DEL HUERTO”
(de Hoffmann)
Al General Domingo Vásquez
la frente, altiva no, pero serena,
al natural rizada la melena,
grave y dulce la faz a un tiempo mismo.
el de inmolarse por la culpa ajena;
y su mirada de misterios llena,
procede de un abismo y va a otro abismo.
en un lejano más allá perdida,
abarca su profética mirada
desde el caos primero de la nada,
hasta el póstumo enigma de la vida.
(Para las señoritas Calvo y de León, en Nueva York)
mariposas de este aire fugitivas,
por vuestro bien y nuestro mal cautivas
en los verjeles que ese suelo encierra.
en que el hombre, domando las nativas
cósmicas fuerzas, con sus fuerzas vivas
roba el rayo a los cielos y lo entierra.
mas si viérais cuán bien en la floresta,
el canto del jilguero aquí se escucha
tuvierais el oro allá en la fiesta,
y aquí, suspensa del jilguero, el alma.
DE LA CORTE DE JUSTICIA CENTROAMERICANA
hechas constelaciones o hechas filas,
olvidadas, ociosas y tranquilas,
aunque roídas del orín perezcan,
en los campos que hollaron los Atilas,
del trigo ahechado las enormes pilas,
y los cafetos por abril florezcan:
para el progreso y por la paz unido
como los cinco dedos de la mano,
y aquel que hiciere resultar perdido
tan noble triunfo, aquel... ¡maldito sea!
DE PÍO VÍQUEZ
(Poeta)
aristocrático en talento y gusto,
al Pindo patrio un paladín robusto
llega y escala el envidiado trono.
de aquel que sabe que su triunfo es justo;
y de su dardo, ya burlón, ya adusto,
dejó tal vez lesión, jamás encono.
y allá en el fondo, la canción que vierte
un arpa dulce que pulsara un hada.
y como súbito lo hirió la muerte,
se fue... y a nadie le dejó su lira.
para el humilde y manso Nazareno;
y Él, para el hombre, de dulzura lleno,
los propios daños en salud convierte.
como el que opuso a su letal veneno
aquel predicador que dio, sereno,
la propia vida por la ajena suerte?
sólo para el perdón, es más que humano
y en la altitud de lo divino toca.
la humanidad, o se declara loca,
o entra por siempre en el redil cristiano.
Con motivo del terremoto de 4 de mayo de 1910
sintió ansias revulsivas: por extrañas
fuerzas convulsionadas sus entrañas,
súbito en ellas estalló la guerra.
ardiera nunca en tan feroces sañas
como esas iras ásperas y hurañas
del terremoto que a Cartago entierra.
Di cuál de sus dos obras espantosas
dio a tu verdugo títulos más ciertos
si fue más trágico enterrando vivos,
o lo fue más desenterrando muertos.
a quien corone bélica victoria,
y oiga tras sí los himnos de la gloria
que lustran y pregonan su renombre;
el férvido tribuno que a la historia
lleve su fama y deje una memoria
inolvidable de su claro nombre.
el cual no alcanzan orador, poeta,
jefe de pueblos ni adalid terrible:
y con triunfante voluntad sujeta
bajo el pie la pasión que lo domina.
la mano que no apoya en la cintura,
alada y alba flor, vibra en la altura,
o recoge la falda en el regazo.
no parece rendirse su blandura,
y animada la mímica escultura
de un risueño y gentil desembarazo.
el suelo apenas, y al compás repica
de la guitarra que a bailar provoca.
estalla por los ámbitos la rica
salva de besos de sus castañuelas.
DEL LAUREADO POETA DON JOSÉ ZORRILLA
escalando los cielos de tu fama,
cual mariposa en torno de la llama,
que gira en torno de tu numen siento!
que el arpa tuya mística derrama,
cual el rumor de la doliente rama
en el ciprés donde se cierne el viento!
y ves, allá del temporal reinado,
el cielo abierto, el porvenir seguro.
de tu inmortal espíritu el futuro,
y de tu patria el inmortal pasado.
y una mujer de rostro soberano
sin marchito, transita en un temprano
día la cuenca que al Cedrón encierra.
decid, zagalas, si en el fértil llano,
ése, a quien ella va buscando en vano,
meditabundo y solitario yerra.
Mas de pronto, como un ilusionismo,
surge ante ella (¿es un ángel? ¿es un hombre?)
Magdalena, en verdad, yo soy el mismo;
pero soy intocable, Magdalena.
caballero de una alta Dulcinea
que se torna al final de la pelea
en moza de cariz patibulario.
con su verbo que no es devoraz tea
sino alba luz, suspende y balancea
el monte Sinaí con el Calvario.
suya la gloria del intento grande.
Y su palabra, que la Iberia llena
es la cascada que armoniosa suena
cayendo al mar desde un peñón del Ande.
(Poeta)
In memoriam
que del Caribe mar en las riberas,
a la sombra de un bosque de palmeras
puso a cantar su cadencioso piano;
resonaron las voces hechiceras
que el poeta escuchó de otras esferas
en donde fluyen de invisible mano.
rumores de arpa en el vibrante pino,
dulzainas hechas a tañer en coro,
y así, su nombre, augur de su destino,
trajo consigo una gloriosa palma.
que tiene cierta dejadez de queja,
y fuese, inquieto, cual pastor de oveja
que el lobo ronda cerca del cortijo.
como un amante en la nocturna reja:
—Este recuerdo mi amistad le deja;
y me dio su miniatura, un crucifijo.
mas no su faz, viviente y seductora,
sino de él, muerto, la doliente copia.
en vez de la del vivo que enamora,
copia de un rostro agonizado y muerto!
Espronceda
tú brillas en la cóncava techumbre,
pienso estar, con el rayo de tu lumbre,
unido a ti como con hilo de oro.
la distancia a que estás allá en la cumbre,
gime en la cárcel de su pesadumbre
y abre su vena el corazón al lloro.
almas angélicas, de allá venidas
en busca de los seres terrenales.
súbeme a ti cuando en la noche sales,
o a mí desciende, misteriosa estrella.
gentil amiga de la ardiente zona,
el huracán desfleca su corona,
sin que su cuerpo rítmico avasalle.
que un cinturón de espinas aprisiona,
y en la cima del mástil se sazona
el racimo del dulce pejivalle.
pasó la vida plácida y sencilla,
durmiendo al son de la vecina fuente.
no amaran otro bien que una choza
bajo un tranquilo grupo de palmeras!
DEL DOCTOR DON ANTONIO MACHADO PALOMO
(Guatemalteco)
y él en su mente avalorarlo sabe,
cuanto de noble en caballeros cabe,
cuanto de culto en eruditos brilla.
sin vano orgullo que lo menoscabe:
huyendo así que su cantar se alabe,
bajo un ala se oculta la avecilla.
dieron a su alma poderoso aliento,
a la vez firme y dulce, él encubría
cada parto feliz de su talento,
bajo su risa cándida de niño.
calumniado, acusado, perseguido,
odiado, despreciado, escarnecido,
sospechoso, vendido, traicionado.
coronado de espinas, escupido,
azotado, burlado, entristecido,
indefenso, maldito, ajusticiado.
crucificado, horrible, agonizante,
con sed, desnudo, aniquilado y muerto.
adorado, mirífico, triunfante,
llamado el Hombre-Dios: tal es el hecho.
mirado desde el valle, hondo y distante,
del cuerpo boca arriba de un gigante,
allá, sobre su túmulo, difunto.
el rostro, orlado de crespón flotante:
la boca, desdentada y humeante;
verdugo y rey del valle, todo junto.
corren las fuentes límpidas y frescas
en lechos empedrados de esmeraldas.
tendida entre colinas pintorescas,
se burla de él la juvenil Cartago.
DE MARÍA OREAMUNO FLORES
desprendióse el aroma en un suspiro,
y atravesó los cielos de zafiro
ligera nube en ascensión serena.
buscando el goce de feliz retiro,
abrir las alas nítidas te miro
y volar sobre el mar desde la arena.
o avecilla del nido fugitiva,
al cielo azul o al mar azul lanzada:
ante los ojos que te vieron viva,
que dentro el alma que te llora muerta.
agoniza la tarde en el Poniente,
se escucha la quejumbre de una fuente
y allá lejos, la voz de un campanario.
va lacrimando un cántico doliente,
y las flores sahuman el ambiente,
colgando de los juncos su incensario.
que van cruzando sus llorados muertos
los claroscuros de la selva umbría;
—volviendo a ver cada uno cual solía—
irse alejando, pálidos y yertos.
de sedición blasfema y de impostura,
y Él soportaba el peso de la dura
sentencia con su cruz a cuestas.
bebiendo de su cáliz de amargura;
y el sol, de luto, por no ver la altura
del Gólgota, precipitó sus puestas.
para aliviar el propio sufrimiento,
del mundano desprecio en lo profundo.
desde la cruz, con su postrer aliento
creó la atmósfera moral del mundo.
que envuelve cielo y tierra, y oh fingido
trasunto de la muerte y el olvido
para el mortal que vela silencioso!
vivir rindiendo siempre atento oído
a esa voz que, en idioma no aprendido,
habla de un mundo arcano y misterioso!
aliento de las vastas soledades,
rumor lejano de batalla ruda.
el salmo anunciador de otras edades,
y de otra humanidad póstumo grito.
brillar como un relámpago en la noche,
y vi otra vez en ellos el reproche,
como una nube que eclipsara el día.
haciendo de tus lágrimas derroche,
sin poder contenerlas bajo el broche
de tu pestaña trémula y sombría.
tu reproche te encontré hechicera,
más dulce fuiste para mí llorando;
creí una lluvia de la primavera,
por el sol alumbrada, tu semblante.
DE ELENA ARAGÓN
sus amores de niña dentro el pecho,
y velaban los ángeles su lecho,
como sus sueños, de candor vestido.
su espíritu: un guardián violó, en acecho,
lo arrebató y en el excelso techo
un astro nuevo apareció encendido.
un lucero constante y apacible
sobre el hogar alumbra desde el cielo;
fue trasplantado al corazón sensible,
y allí lo riega silencioso llanto.
donde no brilla de piedad vislumbre:
hora de nona: pavorosa cumbre,
patibulario fin de malhechores.
y se oscurece la celeste lumbre…
¿Quién para sí querrá la pesadumbre
de las culpas del hombre y sus errores?
sobre su cruz, extremo del suplicio,
se inmola Él mismo por salvar el mundo.
por virtud de la ley del sacrificio,
sobre un cadalso levantó su trono.
y del rayo y del viento no me importa:
soy una escala que al mortal exhorta
a ir subiendo de la tierra al cielo.
de ramas que un artífice recorta,
y a distancia ni más larga ni más corta,
forman como aljofainas desde el suelo.
que cual múltiples dedos de la mano
orlan de flecos los cercanos muros.
vibra en mi cúspide el gorrión ufano
y duermen a mi sombra en paz los muertos.
miserable de todas mis promesas,
sentí una grande desazón, de esas
que no tienen remedio conocido.
amigo, si cruzaba sus dehesas,
para salir, buscaba las espesas
sombras, después de haber anochecido.
súbito con él di frente a frente;
y temiendo de sus labios un reproche,
bajé la faz, mortal y avergonzada.
llegóme al corazón, como una espada.
que asoma tras la montaña,
y aun sin llegar a la tierra
penetra dentro del alma.
voz que parece que llama
cuando la tarde agoniza
en una desierta playa.
que a solas el pecho exhala,
y la vibración postrera
de una nota prolongada.
en las telas de la araña,
y en los rayos de la luna
visita tumbas amadas.
perdido por la cañada,
y la póstuma querella
de una tórtola o de un arpa.
dice adiós desde la barca;
y el ángel que por las rosas
deja huellas de sus plantas.
que el nido huérfano guardas!
Penumbra de los recuerdos,
albor de las esperanzas.
y cuando mueren las tardes,
por el campo salgo a solas
a componer mis romances.
piense y ame, luche y vague,
y por la casta natura
himnos y besos derrame.
dar las formas del lenguaje
a los efluvios que absorbe,
a las canciones que sabe.
la voz de las soledades.
forman glorioso certamen,
y buscando un alto puerto
sereno en las tempestades,
entre ambas corrientes surca
de mi existencia la nave.
por los montes y los valles,
llevando cuenta sentida
de las estrellas que nacen,
de las aves que se duermen,
de las rosas que se abaten
y de los mudos reproches
de la conciencia implacable.
de parásitas letales,
y arrancados por el viento
sus húmedos azahares,
donde la duda hizo cáncer,
y en las blancas alas, rotas
a medio volar los ángeles.
los relámpagos fugaces
son la muestra de las glorias
de los soberbios mortales;
en alas de vanidades,
abatida, dará en tierra
con su carga de pesares.
con cautiverios amables
las reflexiones que dejan
los crepúsculos que parten!
cual recorre inmensidades,
desde el cielo de los soles
hasta el cielo de los ángeles,
que a través de las edades
le señala siempre al Polo
desde los revueltos mares.
espacio a todos los mundos,
tiempo a todas las edades:
de los sabios la maestra,
de los enigmas la clave,
tú, alimento de las ciencias,
tú, modelo de las artes:
tú, que vigilas los mundos,
tú, que aprisionas los mares,
y en ti misma te renuevas,
siempre joven, siempre madre:
escenario de proezas
de microbios y gigantes,
centro de fuerzas incógnitas
e invencibles voluntades...
y tu poder cómo es grande,
y cómo enseñas tú misma
que no pudiste crearte!
en una apacible tarde
en que salí al campo a solas
a componer mis romances.
por el camino de Siena,
sintió Francisco una pena;
viendo, con lazo cazadas
y en una jaula encerradas
unas tórtolas moradas,
que al pasar por unas eras
hizo un niño prisioneras
con lazadas traicioneras;
las cuales, cogidas vivas,
temblaban cual sensitivas
al encontrarse cautivas
e iban en venta al mercado,
en tanto que abandonado
quedó el nido en el collado.
a los pájaros, —oh niño—,
dijo el Santo: no te riño
porque el lazo les tendiste,
aunque sí me pone triste
saber que en el mundo existe
gente que destila hieles,
y a estas avecillas fieles
y humildes les da crueles
tormentos; solo te ruego,
por el llanto en que me anego,
que me va poniendo ciego,
que libres de las prisiones
a esos pobres corazones.
Mis hermanas tortolillas,
criaturas castas, sencillas:
en mis palmas las semillas
venid a picar. Luego idos
a calentar vuestros nidos
entre el follaje escondidos.
a la muerte, y quiero daros
otra vez a vuestros caros
polluelos, cada una vuelva
a la oliente madreselva
y al tomillo de la selva;
y creced y sed benditas,
obedientes, pobrecitas,
oh mis caras hermanitas.
y con Francisco se fueron
al convento: allí pusieron
otros huevos en cercanos
suaves nidos franciscanos
que él les hizo con sus manos.
no cometían deslices
los pollos ni las perdices;
ni salía alguno, arisco,
de aquel volátil aprisco
sin permiso de Francisco.
del pobre humilde, de suerte
que cada tórtola advierte
que su fin está cercano,
le pidieron, y no en vano,
que el hábito franciscano
les diese antes de su viaje.
fue desde entonces el traje
de las simples tortolillas;
que no volvieron, sencillas,
en sus palmas las semillas
a picar las pobrecitas.
el pueblo del Sol Naciente,
de los ainos descendiente
por remota tradición,
más tarde civilizado
por la China y su budismo,
y luego del sintoísmo
étnico sugestionado;
por último, casi ayer,
al cristianismo atraído
por el verbo enardecido
de aquel Francisco Javier,
apóstol a quien la palma
de los mártires ciñeran
aquellos mismos que fueran
“las delicias de su alma”;
sagrada ciudad de Kioto,
la de las flores de loto
y los cerezos en flor,
vivía en pobreza exigua,
hombre honrado si los hay,
un hidalgo samurái
de casta noble y antigua;
quien, tan a menos venido,
que siendo daimio o señor,
se avino a ser vendedor
de zapatos de madera;
cuyo comercio rendía
apenas para el kumai
al modesto samurái
y al hijo con quien vivía.
hay ya una geisha que vaya,
llevada del kurumaya
y sentada en su kuruma,
con su sombrilla de tono
gualda y rosa en los extremos,
bordado de crisantemos
en las mangas el kimono,
a comprar sus zuecos en
la tienda del daimio viejo
y a ejercitar su gracejo
en tocar el shamisén.
la padre criaba a su hijo;
y una mañana le dijo
con voz trémula de amor:
un honrado quehacer
en casa de un mercader,
bastante lejos de aquí.
que eres el todo en mi vida,
resuelvo de tu partida
el tremendo sacrificio.
solo te pido hoy que partas,
que nunca jamás te apartes
de la senda del honor.
te cerraré sin perdón
mi puerta y mi corazón
durante siete existencias.”
sido educado en las leyes
que no perdonan ni a reyes
ni a mendigos la falsía,
en su alma se prometió
obedecer al anciano,
y, besándole la mano,
a su destino partió.
del año: el adolescente
pronto tuvo preferente
puesto en el nuevo comercio.
decía muy satisfecho
que con él había hecho
una rara adquisición;
ni nunca saké bebiera,
ni mal habido quisiera
un mal grano de kumai.
este exigente tendero,
estableció un pastelero
su chaya o casa de té.
este exigente tendero,
estableció un pastelero
su chaya o casa de té;
Geisha: meretriz. Kuruma; coche de mano.
Kurumaya; el criado que tira de él. Kimono;
blusa de anchas mangas. Shamisén; rabel. Sa-
ké; bebida excitante.
en la extensión de la afrenta,
va al vecino y le da cuenta
de haberle hurtado un pastel
quien, sincero, dijo: —Admito
que alguien cometió el delito,
mas delito en mí no lo hay.
al joven hortera dijo:
—Soy inocente, que el hijo
de un samurái no es ladrón.
y el amo en decir que sí,
insistieron ambos, y...
el amo lo despidió.
de pesar, el agraviado
fue al vecino: había hallado
su pastel; mas ya era tarde.
con tan injusto bochorno,
había de aquel contorno
pronto desaparecido.
voluntaria retirada
de la existencia a la nada,
de la lucha a la inacción.
sacrificio de sí mismo;
pero es supremo egoísmo
en huida del sufrimiento.
cree probar su dolor,
o que con letal valor
su inocencia justifica.
que ha por toda explicación
la ley de trasmigración
de la doctrina de Buda.
que un sintoísta se hiera
con hondo puñal y muera,
porque fallece el Mikado,
cuando la víctima es pura:
inendulzable amargura
cual la amargura del mar.
del muerto sol, y entre el ruido
crepuscular confundido,
se oye el silbato a lo lejos
que viene hacia la ciudad
de Kioto, a velocidad
de treinta millas por hora;
el ambiente y, crepitando,
cien carros viene arrastrando
del puerto de Yokohama.
ya pasa, ya es invisible,
ya entra en Tokio, irresistible,
fiera, loca, sorda, ciega.
que en el lecho de la vía
un niño tendido había,
que de allí no se movió.
un guardián puso los ojos
en los sangrientos despojos
de un mancebo al parecer.
cerca, en el suelo doblado,
un papel halló plegado
con una leyenda así:
ha cometido vuestro hijo
la falta que de él se dijo;
vuestro hijo siempre os honró.
(Cuento viejo)
de siglos probablemente,
que sucedió el conmoviente
caso que voy a contar.
quien a mí me lo contó,
¡digna anciana! me juró
que este era un caso de fe.
penetrante convicción,
que aún me dura la impresión
de su voz y su ademán.
de sus palabras suspenso,
el miedo fue tan intenso
que escuchándola sentí,
a un rincón del cuarto oscuro,
y no me sentí seguro,
sino asido de su falda.
aquella noche lejana,
aquella infalible anciana,
aquella edad de alegría,
había en la cristiandad
cierta vetusta ciudad,
cuyo nombre yo no sé.
y yo por alto lo paso
porque el nombre no hace al caso
ni quiero ser tan prolijo.
de religiosos vivían,
y en orden se repartían
en sus diversos conventos.
a vísperas y maitines:
ángeles y serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.
de tan monótona vida,
sin que fuera distraída
por episodios extraños,
por aquel alrededor
el caviloso rumor
de una especie singular,
después se llegó a creer,
más tarde se dio a temer
y obligó por fin a huir.
transeúnte solitario
de la calle del Calvario,
por la cual, si acaso algún
de noche nadie pasaba,
y en cuyo extremo se alzaba
el templo de la Agonía,
allí debió acaecer;
donde siempre era de ver,
alta y sola, una campana
cuyo agorero badajo
se movía desde abajo
por mediación de una cuerda.
para subir a la altura
del campanario, era oscura
y medrosa la escalera.
aunque no fuera un cobarde,
si subir de tarde en tarde
al campanario debía,
dar los dobles desde el suelo,
en señal de desconsuelo
a los demás campanarios;
su voz la torre sombría
cuando rara vez moría
un fraile de algún convento.
no asomara faz humana
por aquella alta ventana
un solo día tal vez,
únicamente visita
aquella torre maldita,
según decir de la gente;
tal es el rumor que corre,
por esto llama esa torre
la torre de la lechuza.
de una especie singular
a quien lo quiso escuchar
con misterioso pavor,
al pie del atrio extendido,
en inocente descuido,
no prevenido sujeto,
los ojos al solitario
boquete del campanario,
que por él viera asomar
y que, a ningún brazo unida,
negra, velluda, atrevida,
lo llamaba, lo llamaba.
de espanto y salir huyendo
en un arranque tremendo
de pánico desvarío,
derecho al confesonario,
o derecho al boticario,
perdón o droga a pedir.
la persona no quedara
a quien resuelta llamara
a sí la mano peluda.
de superstición, que corre,
de habitar aquella torre
alguna alma que está en pena.
y devolver la concordia,
tal vez por misericordia,
tal vez por curiosidad,
o ya cierta o ya fantástica,
la autoridad eclesiástica
dictó una resolución.
y que el alma prisionera,
purgada y libre partiera
a donde debiera ir.
y para el caso, absolverla;
y haber de satisfacerla
o tener de perdonarla.
el de cumplir ese oficio,
o un acto de sacrificio
el que fuera necesario,
sacerdotal se imponía
el acto de valentía
de romper aquel misterio.
y levantó su cayado;
e inclinado ante el prelado
todo el clero obedeció.
hasta el último rincón
de los contornos y naves
del templo llegaba el sol;
por aquel alrededor,
como de enjambre que zumba
en confusa agitación,
de gentes que, so color
de timoratas, llegaban,
ya una a una, ya en convoy,
tan viva, que no quedó
mochuelo en su olivo oculto,
ni fregona en su fogón,
ni industrial en su labor,
que no corriera a saciarla
apenas salido el sol;
y era de pública voz,
se iba a saber si en el tópico
había misterio o no.
de púlpito a facistol,
desde el obispo al monago,
de superior a inferior,
un convento de otro en pos,
un fraile tras otro fraile,
sin prisa ni confusión,
cada uno con el temor
de ser el favorecido
de aquella mano veloz;
si la suerte le tocó,
a subir al campanario
con pie de conquistador.
sin demostrar turbación,
íntimamente cada uno
encomendándose a Dios.
dando ejemplo el diocesano,
coronado con su mitra
y sostenido en su báculo.
uno tras otro pasaron;
de las vecinas parroquias
comparecieron los párrocos,
desfilaron paso a paso;
y a nadie de todos ellos
a llamar salió la mano.
fueron también desfilando,
los priores a la cabeza,
distinguidos por sus hábitos.
a los mayores jerárquicos,
pasaron los agustinos,
siguieron los franciscanos,
con sus albornoces blancos;
y a nadie de todos ellos
a llamar salió la mano.
y los frailes más ancianos
iban pasando, la frente
baja y los pies descalzos.
de apenas veinticuatro años;
y a su paso, repentina,
asomó y llamó la mano.
como en el suelo clavado;
y porque no hubiera duda,
la mano volvió a llamarlo.
como un murmullo de espanto,
y así como un calofrío
les recorrió el espinazo.
al elegido cercaron,
temiendo, por ser tan joven,
que le faltaran los ánimos;
sin jactancias ni desmayos,
y a demandarle su venia
llegó a los pies del prelado.
la gente rezó a su paso,
y él se entró gradas arriba
puesto el rumbo al campanario.
palpitando de interés,
en curiosa expectativa
de lo que iba a suceder.
y pasaron dos y tres;
pareciera que la torre
se tragara al fraile aquel.
llamando sin darse a ver,
pidió a voces que le enviaran
tintero, pluma y papel.
volvió a desaparecer;
y por fin salió a la calle
un corto espacio después.
quiso al fraile en el recién
venido, pues en el rostro
trajo mortal palidez;
tan negra cuando se fue,
la trajo blanca, tan blanca
como algodón al volver.
y él solo dijo: «entended
que he vivido yo treinta años
si vos dos horas o tres.
entre Dios y yo y él;
solo os digo que esa mano
nadie ha de volverla a ver».
y del prelado a los pies,
tornó a su puesto en las filas
de los descalzos como él.
disgustadas, a mi ver,
de que el misterio de antes
quedó en misterio después.
así me contó esta historia,
en aquella edad de gloria,
aquella infalible anciana.
como ella, todo este enredo;
y volver a sentir miedo
como esa noche sentí!
De la vida real
A LA LUZ DEL ALBA
su manto recoge apenas
del oriente en las almenas
por donde se anuncia el día.
húmedo el campo y desierto,
y dominando el concierto
de rumores de la aurora,
una voz rompe a deshora
tras de las tapias de un huerto.
en contorno convocara,
dan respuesta pronta y clara
en tono igual más de ciento.
se prepara el pregonero
que, gallardo, altivo, fiero,
legislador y galán,
es del serrallo el sultán
y el jefe del gallinero.
más que gala hace derroche,
poniendo en fuga la noche
y anunciando la mañana.
saluda a toda la aldea;
y la vista se recrea
al ver la primera nube
del humo que brota y sube
de una humilde chimenea.
quien canta, sopla que sopla
el fuego entre copla y copla,
y espera cantando el día.
para el monte, y al volver
a la voz de su mujer
a la bullente cocina,
el desayuno examina
con codicia y con placer.
inciensa, lleno de aroma,
del que sorbo a sorbo toma
vivificante café.
en tanto que su hacha afila,
cómo la aurora vacila;
y al partir al bosque ameno,
lleva el rostro, cuán sereno,
lleva el alma, cuán tranquila.
le dice su compañera
que ella temprano lo espera
y que no se haga esperar.
lo demás que entre placer
y pena deja entender;
pero con cierto rubor
lo dice, y él: —Por mi amor,
cuídate mucho, mujer.
de la mañana por guía,
de su perro en compañía,
camino al bosque el hachero.
carga el hacha veterana,
y de la faja de lana
lleva el machete prendido;
el sombrero ancho y tejido
con la pita americana.
a un lado la roca enhiesta,
empieza a bajar la cuesta
del Purisil cristalino.
considera la hondonada,
deteniendo la mirada
entre el boscaje sombrío
y oyendo el rumor del río
perderse por la cañada.
vestido de verde traje,
el ambicioso ramaje
que borda la carretera:
perfume de cabellera
al rayo del sol broquel,
y que a trechos cruza aquél
con flechas de luz dorada,
de una pantera manchada
reflejando allá la piel.
de aquel apacible umbrío
y de la margen del río
goza escondido el imperio?
de dulces ecos tesoro,
que se oculta por decoro
para lucir su donaire
y puebla a deshora el aire
de campanillas de oro?
del silencio habitador,
solitario trovador
tan feliz como ignorado:
del filarmónico alado,
del modesto cancionero,
crepuscular clarinero
de salterio en la garganta,
todos saben cuando canta
que está cantando un jilguero.
en donde pace al descuido
el ganado rumiador.
rumia, endereza la oreja
al oír la percusión
de una fruta que, en sazón,
cae al suelo desde la rama.
y hacia el lugar de la fiesta
llega esforzando el resuello,
guiado de su sospecha,
con carrera tan derecha
que a su acierto solo iguala
la dirección de una bala
o la intención de una flecha.
un maizal verde azulado
que ostenta el fruto granado,
y el cabello al aire suelto;
inclina su tallo esbelto
brotando espigas la caña,
y el maíz en luz se baña
cuando le dan movimiento
las brisas de la montaña.
enseñando por la espalda
las hojas cuya esmeralda
el rayo del sol deslíe.
tendidos en los rastrojos
enseñan con sus despojos
las ruinas de su caída.
los salva a salto ligero,
y traspasando el lindero
de un bosque intacto y profundo,
en él, ajeno del mundo,
va a sepultarse el hachero.
A LA SOMBRA DEL BOSQUE
hollar aquel hojoso pavimento;
no llega la luz del día
a aquella espesura fría.
y el olvido de la humana lucha.
el cedro.
que abre en el tronco desdentada boca.
y finalmente cae el coloso.
pero en su pecho nace la inquietud del hogar.
AL CALOR DEL HOGAR
y la noche desciende.
impulsado por la preocupación.
que le muestra un recién nacido.
la razón de su regreso apresurado.
mientras la noche cubre la aldea.
pensando en la vida y en Dios.
en lucha a Hércules y Anteo;
tal, que a observar el torneo,
lid de titanes violenta,
detuvo el sol su paseo.
y su fuerza, prodigiosa;
y asunto al Olimpo diera
y miedo a la tierra entera
con su leyenda famosa.
y los leones mataba,
que el curso al río torcía,
que en dos la montaña abría
y los mares trasegaba,
agregando que en la cuna
le diera muerte a más de una
horrible serpiente, en prenda
y augurio de su fortuna.
aunque gigante de raza,
temblaba ante la amenaza
del golpe tirado a muerte
por Hércules con su maza.
que, de su fama a pesar,
si al contrario derribaba,
éste fuerzas recobraba,
como si el suelo al tocar,
para seguir la pelea.
Y asombrado del portento,
extremando el pensamiento,
al fin concibió una idea
salvador en aquel acto;
al recordar, y era exacto,
que siendo hijo de la Tierra,
recibía a su contacto,
y renovado vigor;
y al comprenderlo, no alcanza
a conservar la esperanza
de su triunfo el justador.
para alzar de la caída
con alma convalecida,
al que al levantarse trae
con nueva fe nueva vida?
del suelo, y rotos los lazos
con la Tierra, le ciñó
la cadena de sus brazos,
y así y allí lo ahogó.
cuando a aquel contacto ajeno,
luchó sin haber podido
cobrar el vigor perdido
fuera del materno seno.
a vivir del bien en pos,
y que al caminar erráis
el objeto que buscáis
si volvéis la espalda a Dios:
que aquí cariñoso escribo
y porque lo leáis dejo,
cuando yo no esté ya vivo
o cuando yo esté ya viejo.
aseguraros la palma
de una tranquila conciencia,
navegar con firme calma
por el mar de la existencia,
con semblante placentero,
buscad sin vacilación
por el cristiano sendero
virtud y resignación.
pues es del vicio el deseo,
que, rotos con Dios los lazos,
caigáis del vicio en los brazos
y perezcáis como Anteo.
debajo, el viviente portento del mar;
y dentro, el misterio de un íntimo anhelo
que al alma se lleva con súbito vuelo
al seno del valle donde está el hogar.
por brisas ajenas de imperio y de voz,
que besan y peinan su faz azulada,
en tanto que el alma, vidente y alada,
hiende los espacios cual rayo veloz.
y salva la cumbre que enciende el volcán;
suelta los jilgueros que llevaba presos,
y riega manojos de rosas y besos,
músicas y aromas que al hogar se van.
los mares consumen el disco del sol,
las palmas se mecen junto a las riberas;
y en el fondo el cielo tras de las palmeras
se ve sonrosado como un caracol.
o el alma padezca, Véspero, impasible,
mira de hito en hito con dulce mirar;
lámpara suspensa con hilo invisible,
del cóncavo cielo sobre el hondo mar.
juntar sus confines cielo y mar se ven;
y la rubia estrella, cuando el mar oscila,
que sube a los cielos cree la pupila,
o que en el mar se hunde, del barco al vaivén.
la del día al cielo deja su arrebol;
y con huellas hondas en el alma crece
el recuerdo, estela que nunca perece,
porque el alma vive más que el mar y el sol.
por la costa curva que salpica el mar,
vuela con la brisa en la extensión remota
y, como la nave, fija su derrota
por donde la inclina su estrella polar.
y encantan cual todo lo que en coro va:
cortes de doncellas, bandas de torcaces,
en collar las perlas, el trigal en haces,
y en arpegios notas que el jilguero da.
los giros veloces, uno de otro en pos:
tórtolas del alma lanzadas al viento,
séquito de estrellas por el firmamento,
haz de querubines en busca de Dios.
el cielo recorre de uno a otro arrebol:
murciélago enorme, cuervo giganteo
que de un astro en otro sale de paseo
y abriendo las alas intercepta el sol.
de, más que a la tierra, junto al cielo estar;
y como dos reinas de grave presencia,
su cetro en el alma vibra la conciencia
y asienta la noche su trono en el mar.
el 18 de julio de 1891
confín el tinte pierdes
y desvaneces de tus olas verdes
en el azul de que se viste el cielo.
Tú, que tejiste el velo
de espumas blancas, vaporosas redes
con que fingiera la recién nacida
diosa, luz de la vida,
cubrir su desnudez y su hermosura:
tú, que en la urna pura
de tus vagos cristales
y en tu regazo cóncavo de arenas
aún guardas la voz de las sirenas,
de aquéllas cuyo melodioso canto
temía Ulises tanto:
tú, mar, que, aprisionado,
sentiste en Tiberíades
la palabra del manso Nazareno
sosegar por tus vastas soledades
las iras de tu seno:
tú, que en la espalda gigantesca, inquieta,
condujiste la nave exploradora
del genovés profeta
que estas ignotas playas
besó el primero con osada quilla,
en donde puso los ansiosos ojos
y doblegó la trémula rodilla;
oh tú, de aquella escena
que cuatro siglos cuentan asombrados,
el único testigo
aunque testigo mudo,
perdona y óyeme con faz serena,
si en trémula palabra te bendigo
y en vivo sentimiento te saludo.
Los ojos del deseo
nuestros padres, oh mar, a ti tornaron
con ambición deshecha:
y del jazmín sabeo
que en cápsulas de miel cuaja gemelos,
sobre tu dorso conducir soñaron
de aroma llena la feliz cosecha:
Norte de sus anhelos
miráronte, oh Limón, en lontananza,
y aquí se abrió la flor de su esperanza.
Hoy se ve, tras la noche en que surgían
espectros de la fiebre macilenta,
y la cabeza erguían
las sierpes cautelosas
—veladores fantasmas—
que el albor del progreso se presenta,
retoña la salud, brotan las rosas
bajo la piel marchita por los miasmas,
las fieras alimañas
por propia inspiración buscan su centro
en lóbregas montañas;
el muelle se abalanza mar adentro,
cargado de racimos,
y hasta el vapor se alarga
temblando al peso de la dulce carga.
El suspirado puerto,
nido de anhelos que la mar arrulla,
así aparece al porvenir abierto,
llamando naves que con viento en popa
o al calor de la hulla,
vienen y van hacia la vieja Europa.
ceda la voz al canto de las olas
que al cielo se levantan;
y en tanto que ellas cantan
himnos y barcarolas,
yo soñaré con la futura gloria
de la patria, tendido
al pie del limonero de la playa,
de aquel que guarda del Limón la historia;
allí dejando en tanto que se inspira,
colgada y muda la impotente lira.
que hacéis propias las ajenas
desdichas, y de sus penas
parte pedís al que llora,
llegue con grande sigilo,
escapada de su asilo,
medio viva y medio muerta,
de un hombre caricatura,
cuya mayor desventura
es que ni muere ni sana:
de los delitos sociales,
que para colmo de males,
pierde tacto y no memoria;
donde ya volver no espera,
donde la madre muriera,
donde nacieran los hijos!
llora, triste, recordando
los tiempos felices, cuando
tuvo amigos y familia;
este hombre se ve proscrito
y sin cometer delito,
puesto fuera de la ley.
como es ver en plena vida,
la propia carne podrida
en las garras de la muerte!
y purulentos mis ojos:
¿quién dirá que estos despojos
son al fin, vuestros hermanos?
que vuestro pecho estremece,
la lágrima que aparece
temblando en vuestra pestaña.
apelativo de hermano,
tiendo de lejos la mano
mutilada y pestilente,
que vuestro afán os procura,
llevéis a mi sepultura
de vivo vuestro socorro
Que es mi suerte, al fin, tan dura,
que la menor desventura
de mi vida, es ser tan pobre!»
haya sensibles oídos,
atentos a los gemidos
que lanzan de lo profundo
del pecho los afligidos!
la medicina que sana,
la palabra que encariña,
cuando padece una anciana
o cuando llora una niña,
sin tropiezos en su orilla,
y que su caudal aumente
la lágrima transparente
que corre por la mejilla;
si quien inspira clemencia,
lleva, la sien en redor,
o corona de inocencia,
o corona de dolor.
de los dolores humanos;
llegad, pues, mujeres buenas,
y derramen vuestras manos
el bálsamo de las penas!
sin hacer del bien alarde;
y la estrella del consuelo
hacéis brillar cada tarde,
para algún pobre, en el cielo.
donde tanto mueven guerra
el egoísmo y ruindad,
cuando una puerta se cierra,
abra dos la caridad!
en cuyo cáliz ardiente
beben su amante delirio
los que llevan del martirio
las espinas en la frente.
sobre el mal, antes no visto,
manantial que no se agota
y que hasta la tierra brota
desde el costado de Cristo.
que a humano interés ajenas,
veláis por vuestros hermanos:
viertan siempre vuestras manos
el bálsamo de las penas!
DULCE HOGAR!
mi ser en su elemento, y una lira
sólo para cantarte pretendí.
Cuando del radio de tu amor desvío
el vuelo audaz, horror siento al vacío
y en busca de mi centro vuelvo a ti.
el sol su ardiente disco de diamante,
ya de la noche escóndese el capuz,
así mi corazón te presentía
y antes aún de encontrarte, recibía
anticipado el orto de tu luz.
de mi existencia de ave pasajera,
tu camino mi amor alumbrará,
como ilumina el sol, después de ido,
el crepúsculo póstumo, teñido
en luz del astro que ha partido ya.
su clima el corazón, su luz la mente,
jugo nativo el árbol de la paz;
y a su sombra feliz, inspiradora,
emanan por sí mismos a deshora
arpegios rítmicos de són fugaz.
la enemistad me enfrenta su bandera,
me acecha de mil odios el turbión,
y los hombres me muestran con empeño
la espalda vuelta o el airado ceño
y contra mí pronuncian su opinión;
lanza traidora sobre mí la prensa,
del anónimo vil bajo la fe,
y en la inquietante breza de la vida,
la sangre se me escapa por la herida
y no hallo al fin donde afirmar el pie,
ni del turbión que rebramar se escucha
el remolino de fatal vaivén;
porque tengo recóndito un asilo,
remanso entre los vórtices tranquilo,
donde sin ruido aduérmese la sien.
y aunque crujan los truenos en el cielo,
es inviolable su tranquilidad.
Cura mi mal la mano del cariño
y al son rimado en que se arrulla al niño,
el son se aleja de la tempestad.
del corazón, que en su recinto santo
respira con fruición su aire natal.
Oasis apacible, abrigado puerto
que respetan los vientos del desierto
y perdona del mar el temporal.
la vida universal! Aquí defiende
bajo un retoño el suyo el picaflor;
y en la alta cumbre el águila rapante
anida, sin temor a que la espante
o la deslumbre eléctrico fulgor.
la rosa entre sus pétalos encierra
de un rubio coleóptero el hogar;
la oropéndola, al aire suspendido
mantiene el suyo, y la tortuga el nido
en la salada orilla de la mar.
que los sonidos devolvéis rimados
que a vuestras puertas lleva el huracán;
que emergéis el rugido o el arrullo
y en su sepulcro al huésped del capullo
alas tejéis que libertad le dan;
o ya caverna de la tigre vieja
o pajizo nidal de la torcaz,
que os llene la abundancia, que os habite
alegre la salud, y que os visite
mañana y noche el ángel de la paz.
DOS PAISAJES
I. Por la mañana en Orosi
y el lucero del alba, agonizante,
que de la noche en el crespón vacila
cual lágrima postrera en la pupila
medio velada ya del moribundo,
su pálido fulgor lanza en el mundo,
último heraldo de la reina noche.
de sus pétalos blancos. Abre el pico
y abre al aire su alígero abanico
al roce de las hojas puesta en fuga,
la tímida ave que a cantar madruga,
mientras va deslizándose el rocío
por su plumaje y mientras por el río,
de piedra en piedra, salta y aletea.
el sol sus iris por la verde alfombra.
Huyendo de la luz va la sombra,
persiguiendo la sombra, la luz llega,
y oro es la cumbre y verde-azul la vega
en donde el sol sus flechas precipita.
en el caliente buche, los colores
que la noche apagó sobre las flores,
el collado vestido de esmeralda
que flores de café borda en su falda,
el vaho que la selva da a la brisa,
el rumor del enjambre, la sonrisa
del paisaje, y la altiva catarata
que dentro el seno férvido de plata
la cabellera de cristal hundiendo,
asorda el valle con su son tremendo
y al pie de las palmeras del remanso
llega a buscar su lecho de descanso.
persuaden y encadenan los sentidos.
El alma vive, con sus propias galas
reviste a la natura, abre sus alas
y, ya serena, ya como la lumbre
eléctrica veloz, salva la cumbre
y va con súbito y con libre vuelo
del valle al monte y desde el monte al cielo.
II. Por la tarde en Ujarrás
en el reflejo que al celaje dora,
al suspirar postrero de la tarde;
poblado de sonrisas parecía,
en el regazo de la tarde llora.
rumores tristes, en discorde acento
con los sentidos al nacer el día;
amontonándose en calladas rondas,
cubriendo y descubriendo el firmamento.
en el fondo del alma las ideas
echan raíces pertinaces y hondas,
del bien y el mal, que —libres contendores—
surcan el alma en olas y mareas.
de las cosas sin alma, que a la mente
traen y al corazón, conmovedores,
la historia vieja de lejana tierra,
el numen nuevo de remota gente!
muere entre las sombras su quejido,
otra alta vibración se va mezclando?
es el eco lejano y repetido,
lleno de regocijo en la mañana
y al caer de la tarde gemebundo,
del monótono son de una campana.
hecha de nubes, vellocinos de oro,
ante la faz del estrellado coro,
surge, con regia impavidez, la luna.
GLOSA
cuando te apartas de mí,
no quisiera más de ti
que hallarme donde te envío.
si te exhalo y no te pierdo,
ve y dile a quien yo te envío
que vivo de su recuerdo,
¡ay, dulce suspiro mío!
se acrecienta mi tormento,
temiendo mucho por ti:
que no te seduzca el viento
cuando te apartas de mí.
al enviarte hasta mi bien
con amante frenesí,
que ser suspiro también;
no quisiera más de ti.
donde ella tierna te aguarda,
viviendo, suspiro mío,
junto al ángel de su guarda…
y hallarme donde te envío.
ESPINELAS MUSICALES
A LA MÚSICA
Habla con notas tan suaves
que se entristecen las aves
y se estremecen las flores.
Ella endulza los dolores,
hechizando los sentidos;
y en el hilo de sonidos
que devana una canción
se roba del corazón
emociones y latidos.
santa la musa que eleva
y que hacia el cielo nos lleva
cuando sus notas levanta.
Habla, llora, ruega, encanta,
rinde, seduce, enamora;
y cuando tarda la aurora
que predice la mañana,
encuentra una nota hermana
de aquel corazón que llora.
del alma presa en congojas,
si susurra entre las hojas
o si canta ante las rejas.
Remeda de las abejas
el constante murmurar;
y de la playa al manglar
les da elocuencia y donaire
a los gemidos del aire
y las olas del mar.
de las aguas estruendosas,
y susurra entre las rosas
que tiemblan junto a las fuentes.
Sabe el habla de las gentes
y el secreto de las penas;
y alza voces de sirenas
que vencen los corazones,
junto a los sordos balcones,
cabe las mudas almenas.
las bellezas del idioma
que usa la dulce paloma,
que habla la ronca tormenta.
Sobre las ramas se asienta,
entre las olas navega;
el estandarte despliega
que a la victoria encamina,
y ella a la Cruz se avecina
y a Dios por el mundo ruega.
y con sencillo concento,
riego versos en el viento
perfumado de esta fiesta.
Raudal sonoro, la orquesta
da fortaleza y consuelo;
y Euterpe, echándole un velo
al tiempo que le fue aciago,
le manda un beso a Cartago
de las almenas del cielo.
NOCHEBUENA
la Nochebuena se va;
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
(Cantar citado por P. A. de Alarcón)
que el ángel al niño enseña,
como una aurora risueña
que anuncia el nacer del día,
como un perfume que envía
la selva que lo contiene,
o como un iris que tiene
vislumbres de un sol lejano,
así, por el mundo ufano,
la Nochebuena se viene.
del arpa de un peregrino,
como el cuento vespertino
que nos contaron los viejos,
sin saber si volverá
de un mar que dicen que existe,
así, pesarosa y triste,
la Nochebuena se va.
pasan nación tras nación,
como una gran procesión
de toda la humanidad.
Y no hay medio ni piedad
entre los duros extremos:
morimos cuantos nacemos,
cuantos nazcan morirán,
cuantos vinieron se irán,
y nosotros nos iremos.
Nos iremos ¿hacia dónde?
¿Es la ciencia quien responde?
¿Es quien responde la fe?
Mas de ese viaje, ello es que
mortal se libró jamás.
Nochebuena, tú te vas
y volverás a venir;
otros nos hemos de ir,
y no volveremos más!
y sobre otro abismo, el mar,
arrullada de un cantar
siempre nuevo y siempre el mismo,
sin temor a cataclismo
alguno, súbito y fiero,
de palmas de cocotero
bajo las verdes melenas,
así vive Puntarenas,
entre la mar y el estero.
todo su cuerpo de un beso,
y le tiene el talle opreso
con angosto ceñidor.
¿Es impávido valor,
o abandono sin segundo?
Ello es que en el mar profundo
se abalanza mar adentro,
como a salir al encuentro
de los progresos del mundo.
ni nube campa en el cielo,
que de terso terciopelo
abre su azul parasol.
Diamantino broche, el sol
prende el cielo, el mar platea,
templa el aire y centellea
del golfo por el contorno;
e incubada en el bochorno,
vuela del alma la idea.
asustadiza gaviota,
que emigra a playa remota,
buscando mejor fortuna,
y que gira por la duna,
en su arrecife se apoya;
y de la cálida hoya
de la rada de Caldera,
huye a la tierra que fuera
la del cacique Nicoya.
aparece el cielo combo,
lleno de luz, como el dombo
de una inmensa catedral.
Su contorno lineal
que el confín se ve ceñir,
cierra el golfo de zafir,
con sus islas, de sol llenas,
semejantes a ballenas
a flote para dormir.
cerniendo por el espacio
la llovizna de topacio
de su blonda cabellera.
Casi hundido, mar afuera,
lucha un barco de pescar:
por no verlo zozobrar,
huye el alma; pero herida
ya, y desde allí perseguida
por la nostalgia del mar.
el mar, como una esperanza,
y Puntarenas se lanza
entre ese mar y ese cielo;
mientras le tejen un velo
la espuma y el arrebol,
bajo un azul parasol,
sobre un abismo turquí:
así fue como la vi
bajo el imperio del sol.
(Para una fiesta de beneficencia)
el crepúsculo indeciso,
trayendo el primer aviso
de la gloria matutina,
y con su luz argentina
consuela a la humanidad,
así da su claridad
al alma entenebrecida,
de los cielos desprendida,
esa Orión, la Caridad.
las hojas del bosque umbrío,
para librarla del frío,
cubre a la niña desnuda.
Por dar al mísero ayuda,
suele ir hasta el sacrificio;
y al borde del precipicio
hasta donde el vicio rueda,
ella, con riendas de seda,
enfrena el corcel del vicio.
todo germen de virtud,
en la peste da salud,
piedad implora en la guerra.
y predica la verdad;
y sale de la ciudad
en busca del peregrino,
para alumbrarle el camino
de noche la Caridad.
el hilo de la concordia,
y un sol de misericordia
sobre los pueblos enciende.
Lleva, los mares allende,
remedios para el dolor;
y ocultando su valor,
el mundo entero visita;
que amor es cosmopolita,
y Caridad es amor.
que lo pequeño hace grande,
a toda la tierra espande
su dulce jurisdicción.
A la injuria da perdón,
al siervo da libertad;
y en honra a la humanidad
a quien de alma y cuerpo cura,
produce la humilde y pura
Hermana de Caridad.
dejad que el mundo la tilde;
pues, tan bella como humilde,
perdona al siguiente día.
Así, la planta no cría
de espinadura que ulcere;
y si el mundo la zahiere,
como ella es tan bien nacida,
con los labios de la herida
besa el puñal que la hiere.
junto al lecho del enfermo
y hace brotar en el yermo
de su pecho la esperanza.
Del puñal de la venganza
desarma a la voluntad;
en nocturna tempestad
enciende el faro en los puertos,
da sepultura a los muertos
y preces la Caridad.
que a toda la humana grey
le da la suprema ley
con una piedad suprema.
Y cuando en la lucha extrema
de antagónicas tendencias,
resurgen intransigencias
y resucitan pasiones,
serena los corazones
y equilibra las conciencias.
su palio abre sobre el mundo.
Obras el genio fecundo
da en los verjeles del arte;
y a la ciencia, de su parte,
obras le da la razón;
pero mientras la aflicción
hiera la humana existencia,
las obras por excelencia
de misericordia son.
En Nueva York
que del habla castellana
acude a vuestra ventana,
importuna vuestro oído:
un ave que de su nido
agreste, con singular
afecto os va a saludar,
y al aventurarse sobre
la extensión azul, salobre,
teme caer en el mar,
que la amistad os destina:
una pobre golondrina
que se lanza a un largo viaje.
Obscuro y triste es su traje,
su voz es sólo el embrión,
el germen de la canción;
pues le falta, cuando canta,
la cuerda de la garganta
que responde al corazón.
la génesis del talento,
que aquello del sentimiento
está pasado de moda,
y es cosa que hoy incomoda,
aunque fuera buena ayer;
pero, señora, a mi ver,
será que el sentir fracase,
cuando de moda se pase
en el mundo la mujer.
a orillas del manantial,
y con la flor, la inmortal
cantilena del amor.
Y mientras haya dolor
y llanto que lo rocía,
y en cada cuna vacía
haya una madre que llora,
¡ah! no lo dudéis, señora,
vivirá la poesía.
en vuestro hogar reina ufana,
su estrella de la mañana,
su lucero de la tarde.
Que la dicha que os aguarde
en una época lejana,
venga en hora tan temprana,
cual la rosa tempranera
que, cuando nadie la espera,
se abre al sol de la mañana.
(Poeta)
En su visita a Costa Rica
rodar lágrimas y perlas,
y pretendí recogerlas
en el cáliz de una flor.
en tus cantares y quejas,
que tú convertidas dejas
las turbulentas pasiones,
de rugidores leones,
en zumbadoras abejas.
como una vívida llama,
como, sin tocar la rama,
vibra al aire el colibrí.
Nunca temiera de ti
el corazón un estrago;
si su cristal surcas vago,
tu inspiración no lo daña:
ave que riza y se baña
en los cristales del lago.
cuando cantas el ambiente,
y orillas de la corriente,
cuaja tu voz las espumas.
Los quetzales te dan plumas,
las abejas filigrana;
y al abrirse la mañana
de tu mente soñadora,
despierta al amor y llora
la virgen americana.
tus pesares adivinan
los ángeles, que se inclinan
de las almenas del cielo.
Comparten tu desconsuelo
y al compás de tus penas,
conciertan sus cantilenas
con tus cantares cubanos,
ofreciéndote sus manos
para romper tus cadenas.
presentas al alma en coro,
y mil abejas de oro
liban la miel de tus versos:
de los celajes dispersos
hace la luz de tu mente
un iris resplandeciente;
y es Cuba, por ti cantada,
la odalisca aprisionada
de aquellos cuentos de Oriente.
de tu vida y al calor
de la paz, brotado en flor
hallarás tu limonero.
Rompe el bastón de viajero
contra su tronco y la unción
en los labios, canta al son
del aura sollozadora,
canta y resuelve en aurora
la noche del corazón.
y aparezca a medio día
el sol de tu fantasía
en este rincón del mundo.
Aquí, de pesar profundo,
de memoria dolorosa
ha de librarte la diosa
de la paz y del olvido:
aquí formarás un nido
a tus hijos y a tu esposa.
un rumbo a tu planta inquieta,
si tu gloria de poeta
te señala otro camino,
una canción, peregrino,
deja aquí como memoria,
y la guarden, por tu gloria
y encanto de los oídos,
los sollozos en sus nidos
y las letras en su historia.
que a la patria se dedica:
en vosotros Costa Rica
tiene su esperanza puesta.
Los acordes de la orquesta
vuestra voz sabe seguir,
y en unísono sentir,
rompéis en hurras ufanos:
Costa Rica en vuestras manos
ha puesto su porvenir!
forestales de los Andes;
¿queréis como ellos ser grandes?
Pues bien, primero sed buenos.
Si ser sabios aun es menos
que ser siempre hombres honrados,
del dictado de malvados
la Patria libres os vea,
y en vuestra conciencia sea
el peor de los dictados.
dad temple a la voluntad;
y cuando llegue la edad
del deber y la conciencia,
en la virtud y en la ciencia
hallaréis vuestro tesoro.
El cuerpo lo viste el oro,
pero el alma la nobleza;
y allí donde el vicio empieza,
allí concluye el decoro.
cuanto el hombre debe amar:
su Dios, sus leyes, su hogar,
y el honor que los defiende.
En vuestro libro se aprende
verdad tan hermosa, niños;
yo añadiré sin aliños,
que hagáis a los vicios guerra,
si queréis que en esta tierra
duren aquellos cariños.
hasta donde se dilata
la Patria, que no es ingrata;
ingratos los hombres son.
Recordad lo de Foción,
que ya sentenciado, advierte
a su hijo por esta suerte:
«Sirve a la Patria cual yo,
y olvida que se me dió
en pago una injusta muerte.»
dicho os lo tiene la historia,
daban por la Patria gloria,
todas las glorias humanas.
Son palabras soberanas
que una madre pronunció:
—¡Tu hijo en la guerra murió!
Vil esclavo, ella le dijo,
no inquiete si ha muerto mi hijo,
sino si Esparta triunfó!
cuando nuestra única guerra,
de quien regó en nuestra tierra
simiente de patriotismo?
Santa María, ese mismo,
por más que el cañón le ladre
y el pecho al fin le taladre,
de defensa desprovisto,
triunfa y muere, y, como Cristo,
muere amparando a su madre!
Esto el bien común predica:
que quien ame a Costa Rica,
empape en sudor su tierra.
Si en esta idea se aferra
y de mar a mar expande
su industria a los pies del Ande,
se tornará, de sí dueña,
Costa Rica la pequeña
en Costa Rica la Grande!
frutas de miel, que a cogerlas
la mano alcanza; y sus perlas
brinda el golfo nicoyano.
A la sombra del banano
brota en flor el cafetal:
en la América Central
va en lechos de oro el Guayape,
y en sus bosques cruza a escape
el alígero quetzal.
su morada, la montaña,
su vida, la vida huraña
y su gloria, el libre vuelo.
Sólo alienta bajo el cielo
de la América Central,
y su altivo natural
le da como lema altivo:
antes muerto, que cautivo
el indómito quetzal.
que el topacio tornasola,
de que viste, y en su cola
dos largas plumas gemelas.
Tradiciones y novelas
en la América Central,
del ave intertropical
conservan leyenda extraña,
de cuando libre de España
era el país del quetzal.
las dos plumas de su cola,
en vez de una puerta sola,
labra dos en su aposento.
Vuela siempre contra el viento,
con rebeldía genial;
y en la América Central
frisa como un celaje
dorado, su verde traje
el espléndido quetzal.
de un Cacique de otra edad,
el Grande Tamagastad,
con sagrado ministerio,
vino al bosque del misterio
en la América Central;
y de un rayo de cristal
que envió el sol a las palmeras,
nació en las horas primeras
de una mañana el quetzal.
yo soy un ave sagrada
y la luz, enamorada,
hace en mi ala tornasol.
La flecha de huicoyol
que escapa de la ballesta
y rasga el aire, funesta,
llevando la muerte junta,
jamás toca con su punta
ni una pluma de mi cresta.
soy en paz el consejero,
y la guía del guerrero
si reventare la guerra.
Odio en mi pecho se encierra
a extraña dominación;
y en tanto que de traición
esté la comarca libre,
hímnica y plácida vibre
desde el bosque mi canción.»
desplegó al cerrar el pico
su volador abanico,
y se perdió en la montaña.
Pasaron siglos.—España,
descubridora y triunfal,
en la América Central
conquista, domina y medra,
y ni piedra sobre piedra
queda en su tierra al quetzal.
la gente audaz extranjera,
del ídolo se apodera,
del rey y de la comarca:
busca, recata y embarca
el oro del mineral,
y en la América Central,
cabe las guacas abiertas,
llora sus glorias ya muertas
melancólico el quetzal.
ahogan angustias sumas:
si abre las alas de plumas,
pliega las del corazón.
Taxidérmica ficción,
en la América Central,
con apariencia vital,
esclavo mostrarlo pudo;
mas siempre es libre, aunque mudo,
el simbólico quetzal.
Leída en la Velada lírico-literaria dada en beneficio de los damnificados por la inundación de Cartago de 27 de octubre de 1891.
cuando aún estáis oyendo
aquel pavoroso estruendo
de la avalancha funesta,
cubrís con guante de fiesta
la mano de la piedad,
y del pecho la ansiedad
con chal de seda en los hombros,
plantando entre los escombros
la flor de la caridad:
al pecho el jazmín en broche,
veláis bajo él esta noche
del corazón el latido:
que adivináis el quejido
tras la nota musical,
las lágrimas en caudal
guardando por no verlas,
como sus hilos de perlas
subyacente manantial;
que yo en mi infancia aprendí
y que del Oriente a aquí
se vino en alas del viento.
ni me es infiel la memoria:
en Persia pasó la historia
y estaba en paz el Oriente
y aquel rey, resplandeciente,
resplandeciente de gloria.
a sus magos y sus sabios
y respuesta de sus labios
a una pregunta escuchar.
su voluntad fue la ley;
y convocaron la grey
heraldos de Sur a Norte,
a congregarse en la corte
para contestar al rey.
los sabios de la comarca,
así les dijo el monarca
entre solemne y ameno:
del agua del manantial,
con medida tan cabal
hasta el borde, que no hay modo
de poner más en el todo
sin derramar del caudal.
de apreciable dimensión
en el agua, —mi cuestión
así concreto,— de manera
que el líquido no subiera
ni del vaso desbordara?
mi ocurrencia la asamblea,
clara la respuesta sea,
pues que la pregunta es clara.
del enigma regio, todos
su opinión de varios modos
dijeron al Soberano.
de su saber a despecho;
pues ni atestiguado el hecho,
ni acorde quedó la Junta,
ni resuelta la pregunta
ni el monarca satisfecho.
él, con sonrisa graciosa,
el pétalo de una rosa
oriunda de Jericó.
olorosa y nacarada,
en el agua reposada
sin derramar una gota,
como barquilla que flota
conducida por una hada.
y sin desplegar los labios,
el rey de Persia a sus sabios
saber hizo una verdad,
que en esta oportunidad
es voz de mi pensamiento,
y en mis labios pone el cuento
que un dervís allá contó
y a mis oídos llegó
repetido por el viento.
ni plata, os doy lo que tengo,
y con mi fábula vengo
a acrecer vuestro tesoro;
pues de su vaso no ignoro
que la piedad no rebosa,
si con mano cariñosa,
como ofrenda de su parte,
allí deposita el arte
el pétalo de una rosa.
al pecho el jazmín en broche,
velais bajo él esta noche
del corazón el latido:
que adivinais el quejido
tras la nota musical,
las lágrimas en caudal
guardando por no verlas,
como sus hilos de perlas
subyacente manantial;
que yo en mi infancia aprendí
y que del Oriente a aquí
se vino en alas del viento.
ni me es infiel la memoria:
en Persia pasó la historia
y estaba en paz el Oriente
y aquel rey, resplandeciente,
resplandeciente de gloria.
a sus magos y sus sabios
y respuesta de sus labios
a una pregunta escuchar.
su voluntad fue la ley;
y convocaron la grey
heraldos de Sur a Norte,
a congregarse en la corte
para contestar al rey.
los sabios de la comarca,
así les dijo el monarca
entre solemne y ameno:
del agua del manantial,
con medida tan cabal
hasta el borde, que no hay modo,
de poner más en el todo
sin derramar del caudal.
de apreciable dimensión
en el agua, —mi cuestión
así concreto, —de manera
que el líquido no subiera
ni del vaso desbordara?
mi ocurrencia la asamblea,
clara la respuesta sea,
pues que la pregunta es clara.
del enigma regio, todos
su opinión de varios modos
dijeron al Soberano.
de su saber a despecho;
pues ni atestiguado el hecho,
ni acorde quedó la Junta,
ni resuelta la pregunta
ni el monarca satisfecho.
él, con sonrisa graciosa,
el pétalo de una rosa
oriunda de Jericó.
olorosa y nacarada,
en el agua reposada
sin derramar una gota,
como barquilla que flota
conducida por una hada.
y sin desplegar los labios,
el rey de Persia a sus sabios
saber hizo una verdad,
que en esta oportunidad
es voz de mi pensamiento,
y en mis labios pone el cuento
que un dervís allá contó
y a mis oídos llegó
repetido por el viento.
ni plata, os doy lo que tengo,
y con mi fábula vengo
a acrecer vuestro tesoro;
pues de su vaso no ignoro
que la piedad no rebosa,
si con mano cariñosa,
como ofrenda de su parte,
allí deposita el arte
el pétalo de una rosa.
NOTAS
CIRCULAR GENERAL
PROGRAMA
DÍA 11
DÍA 12
COMITÉ EJECUTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES
UNIÓN IBERO-AMERICANA
CONCURSO CONVOCADO PARA COOPERAR A LA CONMEMORACIÓN DEL TERCER CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES
Felix Mata Valle
San José de Costa Rica
En una noche oscura
Díceles estas cosas:
Yo quedo en la ventana,
A la escolar juventud
¿La escuela? Mundo en pequeño,
El talento, de Dios viene,
Todo elemento gastado
Es la virtud el primero
Ama la naturaleza,
Las plantas, con cuyo aliento
Quien no pueda los primores
No consiste el patriotismo
Como al sol la humanidad
El honor, antes que el oro,
Si somos todos mortales,
Cuando los ojos abrí
El trabajo es el mayor
Dignidad no es egoísmo
Son las flaquezas ajenas
Tres reglas para vivir,
La vida, lucha constante:
Por lo menos la mitad
Espantosa es la ebriedad:
Un dulce, infernal licor
Arpa de cuerdas de plata;
¿Vienes?—De un mundo que fue.
Tras el verano las golondrinas
Brota la fuente murmuradora,
Parte una niña de ojos de cielo,
Fue su existencia opulento,
Vedle! Viajero sin guía,
En brazos del pasado fugitiva,
Ni de poeta concepción altiva,
Si aconteciere otra invasión extraña,
¡Cuán envidiable rasgo de la suerte:
De las entrañas de la tierra cobra
Al sol de abril su juventud recobra,
Su tallo y pompa, florecencia y fruto,
Sé, pues, oh diestra que enterraste el grano,
25 AÑOS DESPUÉS
Al surcar de la vida el oleaje
Mas si en la misma nave su pasaje
Así las nuestras, dulce compañera,
Su ingratitud no obstante, yo deploro
12 DE OCTUBRE DE 1914
De las espumas de la mar salada
Newton da a luz y cuelga la plomada,
Colón: mas tuyo el parto sorprendente;
tu nombre es digno de la trompa homérica,
HOSANNA
Jerusalén de gala! El sol caldea,
Aparece Jesús en su hacanea,
Místico nimbo cerca su cabeza,
COSTA RICA
Desde su cumbre, que dos veces dora
Esa es la patria tierra que en la aurora
¿Quién me diera saber, oh dulce tierra,
Mas no temo por ti; pues como aquélla
HUESPED
Oyó tus ruegos, y llamó a la puerta
Dijo su nombre, mas la voz de alerta
Contra él alzóse la Soberbia impía,
Y Él, repitiendo con augusta calma,
DE FIESTA
Navega el eco del violín sonoro
La mesa del festín se ofrece al coro
Feliz la reina del festín! Le augura
Y en tanto que al cenit la luna avanza,
HUERTO DE OLIVOS
La congoja lo agobia con su peso
Allí donde su pie dejara impreso,
Mas ya la lucha interna agota el brío
EN EL TERCER CENTENARIO
Crear un ser tan noble en su destino
Oponerle otro ser en el camino,
y de ambos seres, juntos y distintos,
eso, que nadie osó concebir antes,
ANTE EL CUADRO
Tiene su aire un perenne magnetismo:
Tal vez medita en su único egoísmo:
Meditabunda, en el confín clavada,
en éxtasis supremos embebida,
ALLÁ Y AQUÍ
Recién abiertas rosas de esta tierra,
Aquí llegan los ecos de esa guerra
Es grandioso el estruendo de esa lucha;
en una tarde de rosada calma,
EN EL DÍA DE LA INSTALACIÓN
Dejad que en las panoplias enmohezcan,
las fratricidas armas; y aparezcan
que el Continente Centroamericano,
aquí levante un monumento a Astrea;
SOBRE LA TUMBA
Así, de cuna humilde, mas de tono
Canta y esgrime, con el abandono
El porte regio, altiva la mirada;
La muerte así lo acometió con ira;
DISYUNTIVA
Odio y traición y desamparo y muerte
Antídoto del odio ¿cuál tan fuerte
Amar al enemigo, abrir la boca
Por eso, absorta en el tremendo arcano,
¡OH CARTAGO!
Soltáronse las Furias, y la Tierra
Tigre con hambre que en la res se aferra
¡Oh mi vergel de castellanas rosas!
al horror de los seres compasivos:
LAURO
Reluciente es el timbre para el hombre
y suave el aura, cuando al pueblo asombre
Mas hay un lauro, el solo inmarcesible,
el del varón que a la razón se inclina,
ANDALUZA
Grácil y móvil y enarcado el brazo;
Blando el cuello, si bien al santo lazo
Punta y tacón de la botina toca
Y porque venga a ser miel sobre hojuelas,
CUANDO LA MUERTE
¡Con qué deleite el raudo pensamiento,
¡Y cómo escucho el legendario acento
La tradición despierta a tu conjuro;
A Dios y a España! En ellos has cantado,
NOLLI ME TANGERE
La noche huyó, bañóse en luz la tierra,
Decid, pastores, si en el alta sierra,
Nadie lo vio ni conoció su nombre.
quien le dice con voz dulce y serena:
A CASTELAR
Si visionario, ilustre visionario,
De un palacio ideal, noble operario;
La ruina de su anhelo, culpa ajena;
y a todo el orbe su poder expande,
A JOSÉ JOAQUÍN PALMA
Trovador medioeval hecho cubano,
dentro el cual, en romance castellano
Con flautas de cristal, esquilas de oro,
él, las tinieblas ahuyentó del alma;
INSÓLITO AMADOR
Me miró con su triste mirar fijo,
Mas temiendo por mí, volvió y me dijo
Era aquella, en verdad, su imagen propia;
¡Insólito amador, que da, inexperto,
ESTRELLA
¿Quién eres tú, lucero misterioso?
Cuando a través del éter incoloro,
Mas, cuando miro y a la vez deploro
Estrellas vi, del cielo desprendidas,
Así tú, de todas la más bella,
PALMERA DE TUCURRIQUE
Hija gallarda del fecundo valle,
Se cimbra grácil en su esbelto talle
A su sombra feliz, indiana gente
¡Cuántas veces, aun almas altaneras,
PARA LA CORONA FÚNEBRE
En su alma brota de genial semilla
Su ingenio esconde bajo faz sencilla,
Si patria, ciencia y caridad un día
—cristal de roca bajo piel de armiño—
AYER Y HOY
Ayer —malquisto, desvalido, espiado,
Ayer —negado, preso, avergonzado,
Ayer —de sangre y de baldón cubierto,
Hoy —a su gloria el universo estrecho—
EL VOLCÁN DE CARTAGO
El perfil de la sierra es un trasunto,
Las manos sobre el pecho, cejijunto
Tal es el Irazú, por cuyas faldas
Y a cuyos pies, sin miedo del endriago,
SOBRE LA TUMBA
Del cáliz de tu cuerpo de azucena
A toda mancha terrenal ajena,
Nube ascendente por el sol dorada,
¡Ay! tu presencia nunca fue más cierta
ANGELUS…
Es el lugar agreste y solitario,
Un jilguero, cual un Stradivario,
El alma sueña, en su melancolía,
y los ve por la espalda, medio inciertos,
GÓLGOTA ARRIBA
Acusaban sus nítidas respuestas
Mujeres lo siguieron, sin protestas,
No quiso apoyo humano ni divino
Y entregado al rigor de su destino,
VOZ DE LA NOCHE
¡Oh de la noche místico reposo
¡Quién pudiera, envidiado ni envidioso,
Es del silencio la elocuencia muda,
Esa voz es la voz del infinito,
ABUELO Y NIETA
Yo vi en tus ojos negros la alegría
Después te sorprendió la inquietud mía
Si gocé cuando tu risa, y cuando
pues como sonreíste en ese instante,
SOBRE LA TUMBA
Aún guardaba en cariñoso nido
Pero asomó a sus ojos, no dormido,
Se puso entonces el hogar de duelo:
y un nomeolvides, del jardín encanto,
DE VIERNES SANTO
Cielo impasible, sordo a los clamores,
Llora una madre llena de dolores,
Él solo. Sin pecado, moribundo
Y náufrago en el mar del abandono,
ARAUCARIA
Al cielo aspiro con creciente anhelo,
Es mi follaje, clásico modelo
Mis hojas son cordones verdeoscuros
Soy arpa en que la brisa da conciertos,
MUDO REPROCHE
Cuando caí en la cuenta del olvido
Y huyendo de encontrar al ofendido
Pero un día, mal digo, fue una noche,
Y él no me habló; mas su mirar doliente
ROMANCES CREPUSCULARES
INTANGIBLE
Eres la luz de una estrella
Eres la queja que suena,
Eres el suave suspiro
Eres el hada que duerme
Eres el eco de un grito
Eres la mano que rítmica
¡Oh maga de los crepúsculos,
ALMA NATURALEZA
Cuando nacen las mañanas
Y dejo al alma que vuele,
Sin poder, muda del cielo,
El éxtasis del silencio,
Al alba, mis ilusiones
mis recuerdos de sus tumbas
se levantan por las tardes;
Mi musa viaja modesta
Y al mirar un árbol, presa
piensa en la fe de los pechos
El brillo de las luciérnagas,
y si el alma emprende vuelo
¡Cómo la mente cautivan
y en alas de luz la idea
en pos de un presentimiento
Naturaleza: teatro
de los hechos perdurables,
¡Cómo es todo en ti sublime
..........................................
Así lo dijo mi musa
EL DE ASÍS Y LAS TORTOLAS
Un día de Nochebuena,
Movido de su cariño
Y añadió estas expresiones:
Y pues yo quiero arrancaros
Mas las tórtolas no huyeron,
Y como eran tan felices,
Mas cuando vino la muerte
Y así, de pardo plumaje
ROMANCE NIPÓN
I
En el lejano Japón,
en la de antiguo esplendor
Ni en fiesta del conde Okuma
Aunque en pobreza, en honor
“He buscado para ti
Solo por tu beneficio,
Y, en cambio de mi dolor,
Si olvidas mis advertencias,
El noble niño que había
II
Corrido había hasta un tercio
Y aunque exigente el patrón
pues el joven samurái
Mas pasó que enfrente de
Mas pasó que enfrente de
Samurái; noble, conservador. Kumai; arroz.
Aquí tienes el texto en limpio, respetando saltos de verso y estructura original:
y sin mirar el cruel
el hijo del samurái;
—Confiesa, airado el patrón
Y el niño en decir que no,
Y esa tarde, haciendo alarde
Porque el niño despedido
III
Es el inkio del Japón,
Parece un sin miramiento
El que por el inkio abdica,
Baldía oblación, sin duda,
Y aunque es caso acostumbrado
causa amargura sin par,
IV
Es la tarde: a los reflejos
de rauda locomotora
cuyo resoplido inflama
Ya se percibe, ya llega,
Tanto, que al entrar no vio
................................
Al siguiente amanecer
Y en la manga de un haorí,
—Respetable padre: no
Haorí: gabán.
LA MANO PELUDA
I
Hace ¿cuánto? más de un par
Y cuidado, por Dios, que
Y me lo dijo con tan
Yo contaba ocho años, y,
que a ella fui, sin dar la espalda,
Hoy vuelve a mi fantasía
cuando ella me contó que
Ni la anciana me lo dijo,
Ciudad donde algunos cientos
Y cantaban en su canto
II
Y así pasaban los años
Aquí tienes el texto en limpio, manteniendo versos y estructura:
Cuando empezó a circular
que al comienzo hizo reír,
Pues contaba más de un
mandadero iba de día,
que una aventura extrahumana
en la torre de la izquierda,
Pues la verdad es que era,
Y el sacristán prefería,
pausados y funerarios
ya que solo daba al viento
Y por esto, en años diez,
que una lechuza estridente
y la que por allí cruza,
III
Pues le dijo aquel rumor
que al ir junto al parapeto
le sucedía, al alzar
una mano que allí expiaba
Verla, sentir calofrío
todo era uno; y luego ir
Y gracias, que tartamuda
De aquí la especie, no ajena
IV
Para calmar la ansiedad
dada aquella aparición,
Preciso era concluir
Y para el caso, escucharla,
Y fuera acto temerario
solo a los del ministerio
El prelado así juzgó
V
Era una mañana espléndida:
y una vida inusitada
se notaba con la afluencia
con curiosidad tan viva,
ni noble dama en su estrado,
pues, como estaba anunciado
Presentes los eclesiásticos,
fueron pasando por clases,
frente a la torre fatídica,
pero cada uno resuelto,
Y aunque en el rostro sereno
VI
Así encabezó el desfile
Luego el deán y canónigos
los seglares enseguida
Las comunidades luego
Así, respetando siempre
discurrieron los dominicos
VII
El prior de los carmelitas
Solo faltaba el más joven,
Él se detuvo un momento,
Salió de los concurrentes
Los cofrades compungidos
pero él irguióse resuelto
Alzóse luego en silencio,
VIII
El concurso quedó mudo,
Y una hora pasó, ¡cuán larga!,
Mas bajando el carmelita,
Obedecido al instante,
Reconocer nadie al punto
y la cabeza de joven,
Le llovieron las preguntas,
Queda un secreto guardado
Y volviendo a su mutismo
Las gentes se dispersaron,
VIII
En una noche lejana
¡Quién contar me diera a mí,
EL HACHERO
I
La noche, muda y sombría,
Está la atmósfera fría,
Y cual si ella a parlamento
Con aleteo violento
De su voz, que toca a diana,
La iglesia con su campana
La de casa de María,
Su marido allá se avía
El vapor caliente le
Hacia el horizonte ve,
Mas al punto de marchar
Nadie pudiera escuchar
Allá va, con el lucero
Al hombro, en funda de cuero,
Cortado a pico el camino,
A su diestra el campesino
Surge del fondo hasta afuera,
¿Quién habita en el misterio
¿Cúya es la voz de salterio,
Del druida de aquel sagrado,
Llega a un prado el labrador,
De pronto un buey dormilón
Se alza el buey sin atropello
Cruza el hachero resuelto
La brisa juega y se engríe
Árboles de larga vida
Como trinchera vencida
II
¡Cuán majestuoso el bosque se levanta!
Teme la humana planta
El bosque solitario es el recato
Allí el hachero elige su víctima:
Oyese el golpe del hachazo
El árbol se estremece, vacila,
El hachero contempla su triunfo,
III
La tarde encubre sus colores
El hachero vuelve apresurado a su casa,
Al llegar, encuentra a su madre,
El hachero, emocionado, comprende
La familia descansa en paz,
Solo la abuela vela,
MITOLÓGICA
Fábula antigua presenta
Hijo de Jove aquél era,
Que a los reyes imponía
eso dijo su leyenda,
Anteo, en su dura suerte,
Y, al par, Hércules notaba
recibiera nuevo aliento
que fue un recurso de guerra
Anteo nueva pujanza
¿Cómo vencer al que cae
Por fin, Hércules lo alzó
Sólo fue Anteo vencido
Hijos del alma, que vais
Oíd, oíd el consejo
Si queréis, hijos del alma,
y triunfar de la pasión
Y no abandonéis sus trazos;
ABALORIOS POLICROMOS
DE NOCHE EN EL MAR
Encima, el perpetuo milagro del cielo:
El cielo, bruñido; la mar, halagada
Y cruza los mares, los bosques espesos
Caen de la noche las sombras primeras,
Aunque el mar agite conmoción terrible
Cual huyendo Venus de ofuscar, titila:
La estela del barco en el mar fosforece,
El alma viajera sigue a la gaviota
Van las olas verdes, rítmicas, fugaces,
Y, como las olas, van del pensamiento
En tanto, la noche con fúnebre arreo,
Al ir mar adentro, brota la creencia
EN EL PUERTO DE LIMÓN
Oh mar, que en el lejano
Mas ceda ya la lira,
LAZARO PIDE LIMOSNA
(En la inauguración del Hospicio de Leprosos)
Caballero, y vos, señora,
perdonad que a vuestra puerta
esta figura extrahumana,
tal vez víctima expiatoria
con los pensamientos fijos
Y así, en horas de vigilia,
hoy que de la humana grey
Y soporta mal tan fuerte
..................................
«Sin dedos están mis manos
Lo dice la pena extraña
Por eso, con elocuente
y os pido que del ahorro
piadoso de lo que os sobre.
EN UNA FIESTA DE CARIDAD
¡Cómo es bueno que en el mundo
Si de fuente viva mana
dejad que corra esa fuente
y no sepa el bienhechor
Así están las vidas llenas
Curáis el ajeno duelo
¡Cuánto es dulce que en la tierra,
¡La caridad! Rojo lirio,
Ella es óleo que flota
¡Oh dichosas damas buenas
A mi esposa
Vivo de ti, mujer, en ti respira
Como en el alba y antes que levante
Así también, después de la carrera
Por eso encuentra en el hogar caliente
Si, airada la borrasca por defuera,
si aguzada en la sátira, la ofensa
poco me importa la seguida lucha
En él reposa el fatigado anhelo,
Ese es el dulce hogar, sereno encanto
¡Cuántos hogares con amor enciende
Los gnomos y los topos, bajo tierra;
Hogares palpitantes y olvidados,
ya seáis concha, ya celda de abeja,
Anuncia el sol su disco de diamante,
La trémula azucena rompe el broche
El aire huele a hierba: centellea
Despiértanse el arrullo que dormita
Armonías de luces y sonidos
Ya la lumbre solar apenas arde
y aquel mismo paisaje que a la aurora
Apenas llegan de la lejanía
mientras las nieblas van cada momento
Las aves se refugian en las frondas,
y surgen palpitantes las peleas
¡Oh murmurios y ruidos y rumores
en un idioma místico, elocuente,
¿Oís cómo a su son confuso, cuando
No es de las alondras el gemido;
Al fin muere la tarde. Y de su cuna
Ay, dulce suspiro mío,
Ay, dulce suspiro mío,
Cuando te apartas de mí
No quisiera más de ti
Hallarme donde te envío,
Recitada por una señorita en una fiesta social
Euterpe! idioma de amores…
Dulce es la musa que canta,
Ella suaviza las quejas
Ella finge las crecientes
Ella imita y ella inventa
Por eso, con voz modesta
La Nochebuena se viene,
Como un himno de alegría
Como los póstumos dejos
como un barco que allá lejos
de vista se pierde ya,
A través de cada edad
Nos iremos ¿para qué?
LA HIJA DEL SOL
Bajo el cielo, que es abismo,
La mar besa con amor
Hora sexta: ni arrebol
Sale volando en pos de una
Intacto, azul, ideal
El sol arde y reverbera,
El cielo es como un anhelo,
OBRAS DE MISERICORDIA
Cual estrella que ilumina
Antes que el viento sacuda
Como riega por la tierra
Ella corrige al que yerra
Al redor del mundo tiende
Con un poder de expansión
Dadla en pasto a la ironía,
Fija su dulce privanza
Ella sólo encuentra un lema
Cuando al mundo agita Marte,
PARA LA SEÑORA DOÑA TERESA DE MORENO
Señora: un eco perdido
tal es, señora, el mensaje
Dicen los que saben toda
Y con la mujer, la flor
Adiós, señora: Él os guarde
A JOSÉ JOAQUÍN PALMA
Vi de tu lira de amor
Hay tan singular dulzor
Vibrar tu inspiración vi
Tú llueves oro y perfumas
Proscrito del patrio suelo,
Tú los recuerdos diversos
Detén aquí el derrotero
Detén el paso errabundo
Mas si ya trazó el destino
15 DE SETIEMBRE!
En una fiesta escolar
Niños, que alegráis la fiesta
Vivís junto a los amenos
Alumbrad la inteligencia,
Amor de Patria comprende
Se dilata el corazón
Las mujeres espartanas,
¿Y aquel viril heroísmo,
Al ocio y al vicio, guerra!
EL QUETZAL
A Rubén Darío
Da en el trópico el verano
La soledad es su anhelo,
Hay esmeralda en las telas
Porque no haya sufrimiento
Bajo el patriarcal imperio
«Nací del bosque y del sol,
Del Cacique de esta tierra
Dijo así, y el ave huraña
Todo lo invade y abarca
Desde entonces, su canción
FÁBULA PERSA
Damas que, en noche como ésta,
que, perfumado y prendido
oíd un antiguo cuento
Un rey de Persia, no miento
Un día quiso juntar
Si capricho singular,
Juntos en consejo pleno
—Aquí ved un vaso lleno
¿Qué cuerpo caer pudiera
Aunque tache como rara
Para decifrar lo arcano
Pero su esfuerzo fue vano,
Entonces caer dejó
Y la conchuela flotó,
Con timbre de novedad
Y yo, que no tengo ni oro
FABULA PERSA
Leída en la Velada lírico-literaria dada en beneficio de los damnificados por la inundación de Cartago de 27 de octubre de 1891.
Damas que, en noche como ésta,
cuando aún estáis oyendo
aquel pavoroso estruendo
de la avalancha funesta,
cubrís con guante de fiesta
la mano de la piedad,
y del pecho la ansiedad
con chal de seda en los hombros,
plantando entre los escombros
la flor de la caridad:
que, perfumado y prendido
oíd un antiguo cuento
Un rey de Persia, no miento
Un día quiso juntar
Si capricho singular,
Juntos en consejo pleno
—Aquí ved un vaso lleno
¿Qué cuerpo caer pudiera
Aunque tache como rara
Para decifrar lo arcano
Pero su esfuerzo fue vano,
Entonces caer dejó
Y la conchuela flotó,
Con timbre de novedad
Y yo, que no tengo ni oro
Señor Director de la Revista
ANALES DEL ATENEO DE COSTA RICA
San José.
Muy señor mío: Tengo el gusto de remitirle adjunta la circular de propaganda de la «Fiesta de la Raza ibero-americana» que profusamente se ha distribuido por América y España.
Se trata, como usted no dejará de reconocer, de una labor altruista, reflejo de nuestra aspiración social, que está encarnada en todo el pueblo español, como lo prueba el ser acogida en sus programas por los partidos políticos de todos matices y con la cual, como único objetivo, se persigue el bienestar y prosperidad de los pueblos iberos de ambos continentes.
Por las razones expuestas no vacilamos en recabar el eficacísimo concurso de la prensa.
A todos los periódicos que sabemos ven la luz en ésa, dirigimos el ruego, que en las presentes líneas formulamos a usted, de que concurran a tal propaganda; para ello, probablemente sería lo más acertado celebraran una reunión sus directores, preparatoria de otra a la que se invitara a concurrir también a las autoridades, representaciones oficiales de España y naciones ibero-americanas, centros, corporaciones y personas que parezcan más significadas para el caso; en una palabra, sumar todos aquellos elementos que estimaran ustedes como más a propósito para realzar la celebración del día 12 de octubre, con el fin de dar al mundo entero elevado ejemplo de fraternidad y de anhelos de progreso, este año especialmente por haber sido de horrores guerreros y de destrucción entre los pueblos admirados, hasta ahora, como más cultos.
Por anticipado agradecemos el concurso de usted, y en espera de sus gratas noticias me reitero suyo afectísimo amigo seguro servidor q. b. s. m.,
FAUSTINO RODRÍGUEZ SAN PEDRO
Madrid, julio 1915.
Muy señor mío: Según es a usted notorio, el día 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América, por Cristóbal Colón, está consagrado «Fiesta de la Raza ibero-americana», en casi todos los pueblos de nuestra península y en los trasatlánticos de ella oriundos.
Preciso es insistir, no obstante su evidencia, sobre la imperiosa necesidad de mantener firmes los lazos naturales e históricos que unen a los iberos de ambos continentes; y, en consecuencia, se hacen indispensables continuos llamamientos a fin de recordar, a cuantos se precian de patriotas y de amantes de la misma raza, el deber en que se encuentran de no perdonar medio para que aquellos lazos se afiancen más cada momento, procurándolo de modo especial con su frecuente comunicación y el desarrollo del comercio, vínculo de solidez incomparable entre los pueblos.
El espectáculo desbastador que presentan las naciones europeas hoy en lucha, nos hace pensar en que si las más poderosas del mundo necesitan agruparse para subsistir, ha de ser de mayor precisión para las demás; dándonos al propio tiempo la medida de la eficacia del derecho internacional y de los acuerdos emanados de las conferencias pacifistas y de la virtualidad de las doctrinas diversas, aun de las basadas en los, hasta ahora, reputados como más elementales principios de equidad.
Todo nos demuestra que, si queremos ser independientes los ibero-americanos, hemos de ser fuertes y que para llegar a ser fuertes y vernos respetados en el orden internacional, debemos estar unidos; y hacia esa unión hay mucho camino andado, pese a cuantos siguen llamando ilusos a quienes vemos en el ideal de la «Unión Ibero Americana» el porvenir de los pueblos que la integran.
La «Fiesta de la Raza, debe ser, por tanto, a más de fiesta de recuerdo, de homenaje y de afecto, acto de exteriorización de una solidaridad anhelada e indispensable y momento propicio para concretar, ante los poderes públicos, la petición de que se traduzcan en hechos reales, aspiraciones entusiastas y legítimas de los ibero-americanos.
Para que contribuya usted a que en el año actual revista importancia y cumpla su objeto la celebración del 12 de octubre en esa República, solicitamos, con todo encarecimiento, su valioso concurso, rogándole ponga sus prestigios e influencias particulares, e inclinando el de los centros y corporaciones a que pertenezca, al servicio de tan noble causa.
Su respuesta nos sería muy grata, tanto para conocer los trabajos que ahí se realicen, encaminados al fin que persigue esta carta, como en cuanto signifique adhesión, que realzaría el acto que esta Sociedad proyecta celebrar en la repetida fecha 12 de octubre.
Soy de usted con toda consideración atento seguro servidor q. b. s. m.,
FAUSTINO RODRÍGUEZ SAN PEDRO
Madrid, julio de 1915.
LA FIESTA DE LA RAZA tuvo su verificativo en toda la República; y en la capital fue solemnemente celebrada con el siguiente
A las 8 p. m.—Retreta de gala en el Parque de Morazán.
A las 8 a. m.—1).—Jura de la Bandera por los Exploradores Costarricenses en el Parque de Morazán.
2).—Himno de Costa Rica y Marcha Real de España.
3).—Desfile desde el Parque de Morazán hasta el sitio en que se colocará la primera piedra del Monumento a Colón en La Sabana.
Orden del desfile:
1).—Clarines en trajes de la época.
2).—Estandartes de Colón y de Vásquez de Coronado.—Escudo de Cartago.
3).—Abanderados de Costa Rica y España.
4).—Escuadrón de Exploradores de Costa Rica.
5).—Banda de Música.
6).—Compañía de Exploradores de Costa Rica.
7).—Banderas de los países ibero-americanos.
8).—Carroza alegórica.
9).—Cuerpo de Caballería organizado por la Colonia Española.
10).—Público en general.
A las 9.30 a. m.—Colocación de la primera piedra del Monumento a Cristóbal Colón.
A las 10 a. m.—Partida de «Foot-ball» entre los Clubs «La Libertad» y «Sociedad Gimnástica Española». Se jugará en esta partida la copa «Beti-jai» regalada por el Club «Alfonso XIII».
A las 3 p. m.—Sesión literario-musical en el Centro Español.
A las 9 p. m.—Baile en el Teatro Nacional.
EL COMITÉ
San José, octubre de 1915.
El Ateneo fue representado en dichos festejos por su Presidente, don Ricardo Fernández Guardia, quien era además miembro de la Comisión nombrada al efecto y patrocinada por el señor Cónsul de España. Dicha fiesta tuvo un éxito brillante y su recuerdo perdurará en nuestra memoria como la expresión más elocuente de confraternidad hispano-americana.
Señor Director de ANALES DEL ATENEO DE COSTA RICA
España, su Gobierno y, por Real decreto y en su representación, este Comité, dispónense a celebrar con la mayor solemnidad posible el tercer centenario de la muerte del autor del Quijote, que ha de cumplirse el 23 de abril de 1916. Y pues Miguel de Cervantes escribió un libro justamente calificado de Biblia Humana de la Edad moderna, entendemos que el tercer centenario de su muerte, para ser digno de su objeto, ha de ser una fiesta de la humanidad: un banquete del espíritu, al cual deben concurrir los hombres de todas las nacionalidades.
Pero siendo Cervantes, por alto fuero de gloria, representación y símbolo de nuestro idioma y de nuestra estirpe para todos los países que tienen por habla nacional la lengua española, y hallándose todos estos países—España el primero—agitados y movidos por un simultáneo impulso afectivo que los lleva a reanudar para siempre los irrompibles lazos de la consanguinidad étnica, entendemos que ha de ser ésta singularmente la gran fiesta de la raza hispánica, y esperamos que al pie de la estatua que la raza entera debe a su representante más excelso, se abrirán como enormes alas de gloria las banderas de nuestras jóvenes y fuertes nacionalidades y se firmará en un abrazo de amor el pacto hispano-americano, la alianza espiritual de la gran familia de naciones que tiene por alma la lengua del autor del Quijote.
Estima también el Gobierno de S. M., y en su nombre este Comité del Centenario, que de ninguna manera podríamos honrar tan bien al que el maestro Cavia ha llamado «Emperador del habla castellana», como velando a un tiempo por la difusión y por la pureza de esta magnífica lengua que Cervantes supo hacer tan suya.
Objetos preferentes en las solemnidades del Centenario serán la publicación de estas ediciones del gran libro y la erección en Madrid de un monumento que perpetúe la gloria del incomparable escritor.
Para recibir los donativos de los españoles de ambos continentes nuestro Gobierno tiene abierta cuenta en el Banco de España.
Pero tanto y más que de la ofrenda pecuniaria que requerimos, necesitamos de la ofrenda espiritual de nuestros hermanos de habla y de estirpe.
Eduardo Dato, Presidente del Consejo de Ministros y de la Junta del tercer Centenario de Cervantes.—Francisco Rodríguez Marín.—José Gómez Ocaña.—Blanca de los Ríos de Lampérez.—José M. de Ortega Morejón.—Mariano de Cavia.—Norberto González Aurioles.—Fidel Pérez Mínguez.
La correspondencia debe dirigirse a la Secretaría del Comité Ejecutivo del Centenario, en la Presidencia del Consejo de Ministros.
El secretario General B. a V. L. M. y le ruega con todo encarecimiento dé cuenta en el ilustrado periódico que dirige, del concurso convocado por esta Sociedad para cooperar a la conmemoración del tercer Centenario de la muerte de Cervantes.
Luis de Armiñán le anticipa gracias muy expresivas y aprovecha esta oportunidad para reiterar a usted el testimonio de su consideración más distinguida.
Madrid, julio de 1915.
UNIÓN IBERO-AMERICANA (España-Madrid.—Calle de Alcalá, núm. 73)
TEMA
Estudio crítico de los trabajos hechos por escritores ibero-americanos acerca del «Quijote»
Condiciones del concurso:
I. El autor del trabajo que resulte premiado obtendrá como recompensa dos mil pesetas en metálico.
II. Asimismo conservará la propiedad literaria de su obra; pero la UNIÓN IBERO-AMERICANA se reserva durante un año el derecho de publicar una edición de aquélla.
III. Los trabajos serán originales e inéditos y estarán escritos en lengua castellana y en buen estilo literario.
IV. Serán remitidos a la Secretaría general de la UNIÓN IBERO-AMERICANA antes del 1º de abril de 1916.
Cada uno llevará un lema y la indicación del autor en sobre cerrado.
V. Terminado el plazo, se publicarán los lemas de los trabajos recibidos en la Revista de la UNIÓN IBERO-AMERICANA.
VI. Formarán el Jurado miembros de la UNIÓN IBERO-AMERICANA, de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores y Artistas.
Madrid, 1º de julio de 1915.
Por la Junta directiva de la UNIÓN IBERO-AMERICANA:
Ponentes, Francisco Rodríguez Marín, José M. de Ortega Morejón.—Vº Bº, El Presidente de la UNIÓN IBERO-AMERICANA, Faustino Rodríguez San Pedro.
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