Sea usted médico
Sea usted médico
Parte I
Como me lo contaron, os lo cuento.
Ay, Señor Redactor y cuántas ganas tenía de que publicaran su periódico, para contarle mi historia y que U. la propalase por esos mundos de Dios, para ejemplo y escarmiento de estudiantes.
Ha de saber U. que yo soy hijo de mi padre, y mi padre hijo legítimo de mi abuelo, — y los tres, la trinidad más terca que ha existido, desde Adán hasta el emperador Nicolas.
¿U. no me conoce personalmente? — ¡Es lástima! — Se pierde U. de una cosa buena, muy buena, como tantas otras que hay en nuestra semisociable sociedad.
Muchas y grandes fueron las tonteras que cometió mi padre, pero la que llenó el colmo, la que sobrepujó a todas, fue el acceder al terco empeño de mi abuelo y enviarme a Guatemala a ser Doctor.
Ya se ve, entonces los Doctores no se cruzaban como ahora por todas partes. ¿Qué importaba que yo fuera un zopenco? ¿Qué le hacía el que fueran distintas mis inclinaciones? ¿No era yo de la misma madera que se hacen los Doctores? — Nada, que quieras que no, gradúate Doctor. Este era entonces un honor muy grande para la familia, aún no se prestaban por tan poco los abogados y los médicos: era como si dijéramos un Generalato que da lauro y prez con sólo el título. Así tenemos en C. A. tantos Doctores y Generales…. de título.
Si yo contara lo que me pasó en Guatemala, tardaría más que el correo que nos viene en posta de allá en solo cuarenta días: poco más o menos lo mismo que tardan los de Pekín o S. Petersburgo, y diría más disparates que el ex-boletín de Honduras o un predicador de pacotilla.
Baste decir que estudié todo el tiempo que mis condiscípulos, los paseos, los bailecitos y la amable sociedad de las Chapinas me dejaron: que me gradué de Doctor en medicina, gracias al pistillo que me envió mi abuelo y al refresco que se tomaron los examinadores y convidados que, después de apurarlo, me llamaron el "nuevo Hipócrates."
La patria tiene tanto atractivo para el hombre que hasta el bárbaro Iroqués ama la choza donde nació, aunque esté rodeada de víboras y tigres, — y el pequeño Lapón, la cueva cubierta de eternos hielos donde murieron sus padres.
Yo amo a mi patria, cosa extraña entre nosotros, así es que apenas me gradué me despedí de mis amigos, ¡ay! y ¡amigas! Me embarqué en Iztapa, en uno de los buenos buques que hacen esta carrera, y gracias a su bondad no tardamos más que treinta días hasta Puntarenas.
¡Qué velocidad! Ya se ve con estas ventajas, ¿para qué son necesarios los vapores?, ¿para qué han de auxiliar todos los gobiernos esos proyectos tan inútiles? Es verdad que Costa-Rica y el Salvador han protegido la empresa, ¿pero saben lo que hacen?
¿No es mejor que vivamos separaditos? ¿No lo exige así la situación de nuestros Estados Des-Unidos? Claro es que sí. La mayor parte del tiempo la pasamos riñendo unos con otros o consigo mismos, que es el único modo de que nuestra fraternidad sea verdadera y eterna.
Con los vapores las distancias se acortarían, el comercio sería demasiado activo para nuestra característica pereza, las relaciones serían frecuentes con exceso, y claro es que si estando separados peleamos, más habíamos de pelear estando juntos.
Viva la paz, el progreso, y sobre todo la fraternidad.
Pues señor, adelante.
Llegué por fin a S. José, no sin que corriera el peligro de naufragar en algunos barreales, pero ¿qué importa eso? ¡Estaba en mi patria, en mi pobre pero querida patria!
Veía a mis padres, a mis amigos, a mis compañeros de infancia y, juzgue cualquiera mi alegría, ¡me llamaban Doctor!
¡Oh título honroso y venerable para todos los doctos y sabios que han cultivado las ciencias para bien y gloria de la humanidad, cuanto te apreciaba yo entonces, con qué orgullo me oía llamar Doctor para todo, ¡Doctor por arriba y por abajo, Doctor por detrás y por delante!
Todos me visitaban, abrazaban y felicitaban. Mi casa parecía un jubileo, mis padres lloraban de gozo, mis hermanos estaban locos de contento, y hasta mi abuelo, se hizo levantar de su cama y colocar en una poltrona, por el gusto de presidir la recepción de su nieto Doctor.
Al domingo siguiente me vestí de negro, me puse un sombrero de pelo que se me caló hasta las orejas, dando a mi cara una expresión dudosa y algo inclinada a la estupidez; — me engarabaté la mano izquierda con un guante blanco, tomé el otro con la derecha a guisa de lanza en ristre, y me largué a la calle, en unión de mi padre, a pagar las ciento y tantas visitas que me hicieron.
Por todas partes me saludaban, por todas partes me oía decir: ¡A Dios Doctor! ¡Bien venido mi Doctor! ¡Cuánto me alegro de su llegada, señor Doctor!
Yo estaba ya más que Doctorizado, pero mi vanidad se regocijaba cuanto más me lo oía llamar.
Pagué pues mis visitas en tres o cuatro días, y fatigado de tanto andar, me propuse descansar y no salir de mi casa en una semana.
Aquí empieza mi carrera.
Mi abuelo, que estaba postrado por la edad y por sus achaques, me dijo un día.
— Ea, Doctor, yo no me he querido curar con ningún médico de los que hay aquí, porque los del país son unos tontos, y los extranjeros unos animales. Te he estado esperando a tí, porque solo en tí quiero confiar mi vida, y solo de tí espero una cura radical y pronta.
Me informé de su padecimiento —le receté, — tomó mis medicamentos, y no sé si a favor de ellos, o de sus años, o de su crónica enfermedad, a los quince días se fue a buen viaje, camino de la sabana, — es decir, al cementerio.
Esta fue mi primer cura.
Me parece que no pudo ser mejor mi introducción profesional.
Al otro día todos comentaban su muerte, todos daban su opinión muy magistralmente, y una noche al pasar por la esquina de la plaza oí a unos jóvenes que decían:
Ahí va el mata-sanos. — ¡Que cara de bruto! — Pero, hombre, ¿has visto vos que Doctor tan bestia? — Hijo de padre replicó otro. — Por eso ha matado a su abuelo en dos días, ¡qué asesino!
Estas y otras lindezas me indignaron: intención tuve de contestarles a puñetazos, pero yo había estudiado tres años de filosofía y había aprendido a despreciar a los ignorantes y a los insolentes. — ¡Hay tantos! — Aguanté, me hice el sordo, y seguí mi camino.
Pocos eran los enfermos que me llamaban: la curación radical de mi viejo abuelo no me había acreditado mucho, y solo acudían a mí, después de haber acudido a la extremaunción: veía al moribundo, le recetaba, aunque sin la más leve esperanza —¡María! —Otra hoja añadida a mi corona de gloria, para la multitud que me juzgaba.
Ya se ve, si no asistía más que a difuntos, ¿cómo había de curarlos?
Por fin cayó enferma una primita mía y me llamaron.
Receté y me fui después de haberles dicho que el mal era muy leve, sobre todo si le aplicaban los remedios con el orden y exactitud que yo indicaba. Volví por la noche; el mal se había agravado notablemente burlando mis esperanzas fundadas en un examen prolijo de la enferma y en el estudio de cien y cien sabios autores que había consultado.
Largo rato estuve a la cabecera de la cama: — hícele algunos remedios momentáneos con los que me pareció se aliviaba: — su semblante se reanimó a la media hora, y me dijo: "Me siento algo mejor" — Muy contento con su alivio, receté para la noche, y dirigiéndome a la madre de la enferma, Doña Ciriaca, mi muy vetusta y respetable tía, le dije: —"Que no cesen de darle las medicinas que traerá Chico de la botica, en el orden que dejo escrito en ese papel". — Felices noches tía, hasta mañana.
Fuime y pasé la noche revolviendo mi biblioteca, buscando, estudiando y analizando todo cuanto remedio pudiera aplicar a mi prima: meditando estaba a las cuatro de la madrugada, cuando llaman a la puerta de mi casa preguntando por mí, y haciéndome que fuera corriendo a casa de mi tía: mi enfermita se hallaba peor.
Corrí inmediatamente: era cierto por desgracia; el mal, ligero en su principio, había aumentado y presentaba un carácter grave. Pregunté si la había dado mis medicamentos: me contestaron que sí: — volví a hacer más aplicaciones, con las cuales descansó un poco de sus violentos dolores y se quedó dormida.
Indiqué de nuevo lo que debían darle; fatigado por la velada y no queriendo alejarme, me quedé recostado en un sofá en el cuarto inmediato.
Diez minutos habrían pasado cuando oí las voces destempladas de una conversación que pasaba cerca de mí.
Era un consejo de familia, pero de baja familia.
Mi señora tía, la cocinera, la molendera y el concertado, se habían constituido en junta calificadora, o reunión consultiva. Comisión permanente, o mejor diré en jurado médico.
Véase pues como nosotros también tenemos jurados y jurados científicos nada menos.
— ¿Qué te parece a vos que haga, María? preguntaba mi tía a la cocinera, que era mujer inteligente y docta.
— Lo que su mercé quiera, señora. Pero si yo fuera su mercé, no le daba nadita de esas porquerías que le ha mandado el Doctor.
— Sí, nadita —añadió la molendera: — todas esas cochinadas de los médicos no sirven más que para matar cristianos. Mire su mercé, la niña Chepita murió del mismo mal que tiene la niña Paulina, por haber tomado esos venenos de las boticas.
— ¿Y qué le hacemos? preguntaba mi buena, pero sandía tía.
— Si yo fuera su mercé, le dijo el muchacho, le daba un bebedizo compuesto de la mitá de yerbas calientes, y la mitá de yerbas frías; y le ponía un emplasto corroborante de pan y vino. Con eso se curó mi mamá que estaba más mala que la niña.
— ¿Y será bueno?
— Como no, señora —apoyó la cocinera, —si ese remedio es el sánalo todo. — Ese me dio a mí una viejilla de Cartago, que hacía milagros con los enfermos, mi señora. ¡Ah, viejilla para saber!, aquella, aquella sí que valía más que todos estos tontos que se llaman Doctores.
— ¿Y crees tú que se aliviará?
— ¡Por supuesto! Son mucho mejor que esas cosas que traen de la botica: y sino, ¿qué alivio le ha dao lo que el médico le ha mandao?
— Pero si no ha tomado ninguna de las medicinas, ¿cómo quieres que la hayan aliviado?
— Ah, pues vea su mercé: si sin tomarlas se ha puesto peor, — ¿cómo estaría si las hubiera tomao? Ya estaría defunta.
— Conque le daremos lo que dice Juan.
— Nosotras creemos que sí se le debe dar.
— ¿Y tú, Juan?
— ¿Cómo no?, — Si con eso ahoritiquita se levanta.
— Pues bota al solar esto con las otras medicinas, no se despierte el Doctor y lo vea.
— Vení corriendo para darle lo que vos has dicho.
Estupefacto estaba yo y sin atreverme a hablar, al ver la estúpida sentencia de aquel areópago doméstico que me había condenado, y de la calma y cándida inocencia de mi tía.
Mil reflexiones me hice. — ¿Es posible, decía yo, que se aprecie en más la opinión de rústicos e imbéciles criados, que no la de un hombre que ha pasado noches y días en el estudio sobre los libros y en los hospitales? ¿Es posible que la ciencia se vea despreciada de tal modo y mi saber, resumen del saber de tantos genios, de tantos sublimes maestros que han enriquecido tanto la medicina a fuerza de perseverancia, de talentos y de las observaciones prácticas que han hecho durante siglos enteros, para alivio y orgullo del hombre civilizado? — No más, me voy, me voy, me voy, porque si no, rompo con mi tía y con todos.
Escurrime como pude, y llegué a mi casa irritado, furioso al ver ajado así mi amor propio y mi dignidad científica.
Parte II
Para los estúpidos que ven al médico como al zapatero o al sastre que los calza y viste: —para los ignorantes que no tienen pundonor, y creen que el médico no siente mas un yerro de su parte o un desaire de la ajena, que el industrial que echa a perder unas botas o una casaca y se las devuelven; —para esos son un arcano inconcebible, los padecimientos y disgustos del médico. No comprenden la terrible responsabilidad que nosotros mismos nos imponemos: no comprenden nuestra profunda pena cuando vemos a un ser estimable y joven, en el lecho del dolor, próximo a morir sin que nuestros afanes ni nuestra humana ciencia, sean bastantes a salvarlo. —Y, sin embargo, ¡cuántos tormentos!, ¡cuántas amarguras padecemos al no poder volver a una familia desolada el padre que ha perdido o va a perder el amado hijo por quien llora y se desespera! — Esto no lo comprenden los seres vulgares. — Consuélanos alguna vez el que no falta en nuestra sociedad, y en todas, quien nos haga justicia. —
Despechado, soberbio por el desprecio que acababan de recibir, y al que no me había atrevido a contestar por respeto a mi tía, agarré mis libros, los tiré contra el suelo, rompí mis estuches y frascos, y no sé dónde hubiera ido a parar, si al ruido no hubiese acudido mi hermano deteniéndome e interrogándome.
Contele mi aventura —y con gran calma me contestó:
— ¿Y por eso te incomodas? — ¡Eso sucede aquí todos los días en la mayor parte de las casas, aun a los médicos más acreditados! Ninguna medicina se administra sin un voto de censura, sin un senatus consultus compuesto de parientes y amigos, de las viejas curanderas, o de los vecinos y criados. Esa es, con excepciones honrosas, pero muy contadas, una costumbre general.
Pero es una costumbre mala. ¿El salvaje sabrá más que el hombre civilizado? — ¿Será más aceptable y digna la opinión del ignorante que la del docto? — ¿La receta dada al capricho y al cálculo de un imbécil, que la que se funda en la práctica de los siglos y en la opinión de los sabios?
— No, pero esta es la costumbre más admitida.
¿Y hay médicos que receten?
— Sí los hay.
Pues yo no quiero serlo, porque aprecio mi dignidad, porque venero la ciencia y no quiero verla mancillada, ni verme tan indignamente ultrajado.
En aquel instante llegó un hombre del campo solicitándome.
Me negué.
Empeñose diciéndome que su tata estaba muy malo, que se moría, y que solo esperaba en mi auxilio y en el de Dios.
La voz de un hijo que ruega por su padre penetra al corazón más inhumano: —todo lo olvide, me acordé que yo tenía un padre, que era hijo: —monte a caballo y fuime a la Guadalupe con el campesino.
La enfermedad no era mortal ni grave siquiera: —toda la familia estaba acongojada, yo procure calmarlos diciendo que el enfermo no tenía más que una fiebre producida por unas úlceras fuertemente irritadas, por los insólitos remedios caseros que le había aplicado.
Mucho me costó entenderlos y hacerme entender, —¡Qué explicaciones! ¡Qué rusticidad! — ¡Qué de idiotismos! — ¡Qué hablar todos a un tiempo sin saber lo que decían, sin entenderse ninguno, y sin escucharme a mí!
Adivine por fin lo que querían decirme: — recete para aquel momento y para el día siguiente, y me volví a casa.
Al llegar, me encontré con Juan, el docto concertado de mi tía que me dijo que fuera corriendo, que la niña se moría y la señora estaba desesperada llamándome.
Dudoso y perplejo me vi, el desprecio que había sufrido me tenía muy irritado, pero el médico como el sacerdote deben ahogar todo resentimiento, todo enojo, y sacrificar su amor propio y hasta su vida al lado del lecho del enfermo o del moribundo — Es un sacrificio hecho en las aras de la humanidad, siempre grato a los ojos de Dios.
Llegue corriendo y cuál sería mi admiración al ver que otro médico, enemigo espontáneo mío y que había contribuido a desacreditarme tomando por tema la curación radical de mi abuelo, estaba sentado a la cabecera de la cama.
— ¿Qué busca U. aquí? Me pregunto con tono arrogante.
— Vengo, le conteste, porque he venido todos los días y me acaban de llamar.
— Pues a mi también me han llamado, y uno de los dos está de más. Yo no estoy acostumbrado a estas indecencias ni a que me confundan con albéitares ni muñecos.
— Oiga U., señor D… le dije irritado.
— No oigo nada: vayan a.…etc.
— Y se fue,
Juzgue el lector, si es piadoso, o piadosa, si es lectora, como me quedaría yo. — Ya no pude contenerme y furioso dije —
— Pero tía, ¿es posible que después de haber U. botado mis medicamentos, después de haberme pospuesto en ciencia a sus criados, me haya U. proporcionado este bochorno? — ¡Oh! — ¡Esto es insufrible!
¡Ay! — no te molestes negrito — Mira mi hijita, mi Paulita se muere — Perdónamelo todo: — yo me entrego a ti — Perdóname, por vida de tu mamá, dime lo que quieras, tienes motivo, — pero cúrame a la hija de mi corazón. —
Las lágrimas brotaron de sus ojos. — ¡Era madre!
Al mismo tiempo mi prima con voz débil me suplicaba, mi tía me abrazaba: — sufrí y reprimí mi enojo. — Otra vez grito en mi corazón la humanidad.
Solicite una junta de médicos: — nos reunimos: — después de un largo altercado logramos convenir en algo, — y la ciencia logró por fin triunfar de la enfermedad agravada por la ignorancia.
Juan, el cholo recetador de las yerbas frías y las yerbas calientes, al ver a Paulita tan grave por culpa suya, tuvo miedo, se huyó, y no paro hasta Turrialba.
Entre tanto yo continuaba mis visitas, sufriendo las impertinencias, la suciedad o las groserías de mi clientela. — Volvía a casa del campesino a quien había recetado en Guadalupe, y le encontré en una situación desesperada. El mal se había aumentado con furor: — el enfermo se ahogaba, sentía abrasado el estómago, pedía agua, y el agua no calmaba su ardor y frenesí. — Interrogué a la familia, y...
¡Oh barbaridad! — ¿Cómo no había de abrasarse y hasta de volar el pobre diablo? — ¡el purgante que recete se lo habían untado en las úlceras, y la piedra lipe pulverizada con que debían quemarle revuelta con agua mercurial, con que ordene le lavaran las llagas, se la habían dado a beber.
El hombre estaba en una combustión devoradora, y toda mi eficacia fue inútil. —
¡Tenía abrasadas las entrañas! ¡Murió!
Renegando volví del maldecido error de su familia, a quien yo nunca hubiera cobrado, pero que tampoco intentó pagarme, pero sí me desacreditó por todo el barrio culpándome de la muerte de su víctima.
Yo me resistía a visitar: — poco más menos, estos lances se reproducían todos los días: — mi saber era impotente y se estrellaba contra remedios caseros, contra los consejos de viejas, los juicios de los criados, o las funestas equivocaciones de algunos boticarios improvisados o de los rudos campesinos que me llamaban.
Por fin, en medio de mis desgracias, tuve la inexplicable satisfacción de ver restablecida a mi prima. — De verla otra vez hermosa y animada, pero aun así fueron humo mis regocijos.
Un día por casualidad oí una conversación entre varias personas de edad. —
Mi tía estaba al frente; y decía: — "Es claro, sino es por la junta que mande hacer, mi hija se muere." Yo quiero mucho a mi sobrino el doctor, pero es un muchacho, un aprendiz que empieza a practicar ahora, ¡y no puede confiársele una enferma de cuidado!
— Es indudable, añadía otro, — no trato de agraviarle, pero yo no me fiaría de él para nada.
— Yo no me fio de ningún médico, todos son unos ignorantes, unos verdugos continuaba otro.
— Convengo, pero U. confesara que hay unos menos malos que otros, por ejemplo, el Doctor X.
— ¡Oh! no, para mí el Doctor Y.
— No amigos, el mejor, el único, es el Doctor Q.
— Hay opiniones, replicaba otro, y cada cuál alegaba y añadía sus comentarios.
En lo que todos acordaron, en lo que no discreparon ni un grano, fue en mi calificación. —Todos convinieron en que yo era un muchacho inepto, y que era menester estar mal con la vida o desear la muerte de alguno, para poner un enfermo en mis manos.
Pasmado estaba yo. — Joven, ambicioso, soñaba en dedicarme al alivio de mis semejantes, al bien de la humanidad.
La idea de llegar a obtener un nombre, de fundar una cátedra de medicina y cirugía en mi patria, me halagaba — y veía desvanecerse al nacer todas mis ilusiones, todas mis generosas ideas, por la ignorancia y la injusticia.
Yo era pobre, pero desinteresado: — a nadie cobraba y muy pocos me pagaban. A cambio de trabajos, recibía desprecios, — en lugar de dinero, me daban injurias.
Sea U. médico exclamé entonces, — sea U. médico, para verse burlado, escarnecido, insultado, acriminado y sin una peseta: — ¡sea U. médico para sufrir todo y no gozar nada! —
Y ¿para esto he pasado yo días y noches quemándome el cerebro, poniendo en tortura mi entendimiento, y perdiendo mi salud? — No. Se acabó, abandono la medicina que no me da honra ni provecho, — no visito más.
Mi propósito no fue vano: — no visité más. — Aburríame de no hacer nada, era poco aficionado al campo que me brindaba algunas esperanzas, y no quería ser negociante ahora que hay tantos que lo sean como yo fui médico, sin crédito y sin dinero.
Aburrido, fastidiado, y no teniendo que hacer nada, me enamoré de mi graciosa prima por distraerme, y jalando jalando (como tan finamente llamamos a las relaciones amorosas) por entretenimiento, concluí por casarme de veras.
Dedíqueme a cultivar una haciendita de mi esposa situada en este valle de frijoles y cafetales: vivo modestamente sin deberle nada a nadie, muy feliz con los encantos de mi adorable Paulita: tengo un hijito que me hechiza con sus gracias, y que pongo a la disposición de U., y a quien hare primero carnicero público que no médico; concluyendo esta mi historia, ya demasiado larga, por aconsejar a todo el que quiera vivir mártir y morir de un berrenchín en nuestra tierra, que estudie medicina, y diciéndole: Véase U. en mi espejo, y sea U. médico, amigo mío, ¡sea U. médico!
EL EX-DOCTOR.
Y así lo publico sin meterme a hacer comentarios, ya que tengo la dicha de no ser médico, y la desgracia voluntaria de ser molécula periodística.
E. S.
Referencias:
- Parte I: Segura, E. (10 de diciembre de 1854). Sea usted médico, pp. 128-131. Eco de Irazú. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/eco%20de%20irazu/eco%20de%20irazu%201854/ECO%20DE%20IRAZU_10%20DIC%201854.pdf
- Parte II: Segura, E. (25 de diciembre de 1854). Sea usted médico, pp. 157-160. Eco de Irazú. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/eco%20de%20irazu/eco%20de%20irazu%201854/ECO%20DE%20IRAZU_25%20DIC%201854.pdf
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