Origen del apellido Mora en la zona sur

 Los Mora


El apellido Mora fue originado en Boruca por ahí de 1825 gracias a un niño que llegó en contra de su voluntad procedente de Alajuelita, su lugar de nacimiento

A Boruca fueron a dar algunos niños abandonados de origen talamanqueño lo mismo que a la vecina Térraba, como el caso de la bribri Rosa Campos Díaz que fue comprada siendo una niña como esclava en Boruca en 1802, pero no hay noticia de que alguno procediera del Valle Central excepto el siguiente.


Juan Pablo

Una tarde de Verano varios chiquillos se entretenían con sus juegos inocentes en la pequeña plaza de Alajuelita. En eso uno de ellos decidió regresar a casa y el resto se dispersó. El menor del grupo se rezagó por el camino real, entretenido con cualquier cosa. Se trataba de Juan Pablo Mora de unos siete años de edad, tez morena, huérfano de padre e hijo único. Su madre siempre aguardaba en casa a que regresara con bien de sus correrías por el vecindario.

De repente Juanico desapareció en plena vía; al principio el hecho no llamó la atención pero la madre sintió su ausencia. Alarmada mandó en su búsqueda pero en vano, no apareció. Con el corazón estrujado dio la voz de alarma y todo el vecindario acudió a su llamado. En cuadrillas registraron los cerros y potreros del barrio además de los bosques vecinos, sin dejar de escudriñar cada poza del Tiribí. El asunto causó revuelo ya que era inusual que alguien desapareciera en medio de todos, sin dejar el menor rastro.

Entonces Alajuelita no pasaba de ser un pequeño caserío en los alrededores de la nueva capital, aunque ambos sitios tuvieron un origen común. Sus habitantes se ocupaban en labores de siembra para abastecer a San José de legumbres, granos, plátanos y otros frutos que trasladaban en sus rústicas carretas, lo mismo que cantidades de teja de barro y arena. En esos lejanos días no se fabricaba la pólvora que tanto renombre dio al lugar, aunque sí era conocida la cerámica, antiquísimo producto, pero el café no era el cultivo más importante y La Verbena no pasaba de ser una montaña rodeada de unos cuantos potreros. Eso sí, se sembraba buena caña dulce y la fama de su aguardiente atraía a los vecinos del contorno.

Reunidas las viejas en consejo y analizados todos los factores se llegó a la fatal conclusión: a Juan Pablo Mora se lo habían llevado "los duendes". No había otra explicación lógica.

En Alajuelita mucha gente vivía atormentada creyendo que los escondrijos rocosos y los peñones perpendiculares de los pliegues del cerro de San Miguel eran la guarida de un ejército de seres malignos dedicados a causar daño al vecindario. Sin duda eran creencias heredadas de tiempos no remotos en que la sangre indígena prevalecía sobre la de otros ocupantes del Valle Central. No olvidemos que aquellos eran los días de la "chola" Zárate en el vecino Aserrí.

Pasaron los años hasta que la desaparición de Juan Pablo quedó como un hecho consumado, solo su pobre madre seguía aguardándolo. El pesar en su corazón le acompañó hasta el fin de sus días, sin el consuelo de saber del ausente.

A fines del siglo XIX eran pocos en Alajuelita los que recordaban el suceso, ya que habían desaparecido la mayor parte de los testigos. Pero cuando menos se esperaba el caso se aclaró. Para entonces a pocos llamó la atención salvo a sus parientes, y aunque parezca extraño el destino de Juan Pablo se había ligado con los orígenes de los pobladores en la Zona Sur. ¿Qué había sucedido?

Poco antes de que Mora fuera visto por última vez aquella tarde de su desaparición, llegó al pueblo un chiricano de unos veinte años muy agitado con una mochila a cuestas, buscando el camino hacia las montañas de Candelaria con la intención de tomar el camino de la costa para dirigirse a su tierra.

En una vuelta solitaria alcanzó a Juan Pablo y le preguntó si conocía el camino para ir a Aserrí; al recibir una respuesta afirmativa ofreció pagarle medio peso para que le acompañara hasta ahí. El niño aceptó halagado con la idea de tener tanto dinero sin pensar en las consecuencias, y se fue con él más allá de la morada de Ña Zárate, más allá de aquel lugar. Habían andado un buen trecho cuando empezó a caer la noche.

Juan Pablo adujo que no podía seguir adelante porque su madre le esperaba en el hogar, pero ya era tarde, el chiricano le impidió regresar bajo amenaza. Tuvieron que dormir en la raíz de un árbol donde el chico lloró toda la noche, al llegar la madrugada intentó escapar pero le fue imposible, el malvado lo sujetó fuertemente. Entonces le explicó su situación, le dijo que venía huyendo de Nicaragua y que no iba a emprender el viaje a Chiriquí solo, que por fuerza debía acompañarle y que en caso contrario terminaría matándolo.

El niño no tuvo más remedio que seguir el desolado camino atenido a su suerte, así caminaron por el valle de Candelaria y los montes de Dota hasta El Pito para caer a las bajuras del río Paquita, en donde ya habitaba José Miguel Cascante, oriundo de La Isla (San Sebastián) y luego primer habitante en San Marcos de Tarrazú. Las hambres y el esfuerzo a lo largo del viejo Camino de Mulas fueron sin cuento, tanto que en algunos tramos el chiricano tuvo que cargar a Juan Pablo sobre sus espaldas para no abandonarlo.

Ya en la costa hacia Panamá cruzaron el peligroso río Naranjo, terror de los caminantes por su fuerte corriente, y el río Savegre en el cual abundaban los lagartos, además de otros ríos y así continuaron sin descanso por aquellos desiertos hasta Punta Mala en la boca del Térraba, de donde siguieron por la margen derecha del río Grande hasta alcanzar la aldea de Boruca, al cabo de tres semanas de duro andar.

Este lugar se encuentra en el fondo de un vallecito entre los cerros que rematan la Fila Costeña; las casas se encuentran ubicadas sin orden alrededor de una loma céntrica donde se localiza la iglesia y a lo largo de la quebrada del pueblo. Junto con el pueblo de Térraba, ambas comunidades vecinas eran el último rincón habitado de Costa Rica, luego el camino real guía por lóbregas soledades con rumbo a Cañas Gordas y Chiriquí. Durante la Colonia, Boruca fue una reducción indígena administrada por frailes observantes, pero por el declive de esta orden religiosa fueron sustituidos por franciscanos recoletos. En 1825 el reductor era fray José Domingo Hermosilla.

Los dos caminantes llegaron exánimes mostrando un estado lastimoso y acarreando todas las penas habidas, pero como esos cuadros no eran extraños en aquel punto los alojaron en el rancho de don Pedro Noguera, boruca de respeto.

En la noche el chiricano no durmió tranquilo, porque su delito sería conocido en cualquier momento y Boruca era reconocida por su dura manera de impartir justicia, a puro látigo. No soportó la tensión y poco después de la medianoche desapareció en la oscuridad, seguro del camino hacia las sabanas chiricanas.

Al día siguiente la novedad en Boruca fue el niño abandonado.

Resulta que Juan Pablo tenía problemas para hablar, dado el estado anímico en que se hallaba y por el esfuerzo a que había sido sometido. Rápidamente el caso se puso en manos de fray Hermosilla, quien dispuso que la criatura siguiera bajo el cuidado de la familia Noguera, la cual le dedicó prodigiosos cuidados. En efecto, poco a poco Juan Pablo recobró su estado de ánimo aunque nunca se repuso del todo.

La terrible impresión de lo sucedido afectó su personalidad, se volvió taciturno y meditabundo, además decidió no regresar a Alajuelita por el peso de conciencia que acarreaba haber abandonado a su madre. Y así sin proponérselo y auxiliado con el paso del tiempo que todo lo borra, se convirtió en un boruca más, creciendo en la casa del Sr. Noguera tan a gusto que ya hombre casó con una de sus hijas. También se mostró muy afanoso con las actividades de la iglesia, y fue monaguillo por muchos años.

En la década de los años cuarenta vio llegar con horror la viruela negra y la blanca, luego la fiebre amarilla y la negra fulminante, que dejaba los cadáveres cubiertos de cardenales. Siguió el sarampión y la tos maligna y cada vez que aparecía una nueva peste morían muchos, por lo que el panteón no daba abasto. Pero Juan Pablo sobrevivió y asimiló el modo de ser indígena muy bien, mirando transcurrir impasible los sucesos en el pueblo.

Varias veces fue nombrado alcalde del pueblo y por los años sesenta casó por segunda vez, luego llegó a ser un respetado anciano, Tata Mora como le llamaban y habitó siempre en un cerrito al frente de la iglesia.

Al 31 de diciembre de 1883 la familia de Juan Pablo estaba integrada por ocho personas, a saber dos niños (probablemente Venancio y Marcelino) y una niña menores de siete años los tres, otra niña entre los siete y los diez años (Martina), un joven entre los diez y los catorce años y alguien mayor de catorce años (Felipe).

El 13 de julio de 1896 Juan Pablo actuó como testigo en una Información de Estado, en que manifiesta ser "casado, labrador y de este vecindario" y que "No firma por no saber". Llamaba la atención del viajero puesto que su fisonomía no era indígena a pesar de su color moreno, ya que era conocido que en Boruca no permitían la presencia de no indígenas.

En 1899 el paulino Krautwig refiere los recuerdos de Juan Pablo, que tenía "casi 90 años".

“Yo he conocido Boruca, siempre el mismo como ahora ni más grande ni más pequeño, pero antes había más hombres y más viejos.

La iglesia que actualmente se levanta ya es la quinta que he visto en este pueblo.

En el año 40 próximamente hubo la viruela negra y blanca, la fiebre amarilla y negra, esta última dejó en los cadáveres cardenales negros, llevo a los enfermos a la tumba después de pocos días. Después vino el sarampión y una tos maligna.

Por causas de estas pestes murieron tantos, que el panteón se llenó dentro de poco tiempo repetidas veces”.

También Mora refería el carácter de los festejos religiosos de Boruca en que todos los vecinos participaban "…cantando a una voz, era aquello una bulla… y si algunos no cantaban los reprendía el P. Sebastián diciendo, ¿Qué tenéis en la boca? ¡soltad la lengua!".


Venancio

El apellido Mora no fue asimilado como de indígenas en Boruca, probable razón por la que algunos de sus descendientes se dispersaron. Por caso su hijo Felipe Mora, cuya piel era blanca, fue el primero en instalarse en el fértil terreno que llamaban Las Vegas de Chánguina ubicado río Térraba de por medio, prohibido para cualquier boruca por razones míticas.

Otro hijo de Juan Pablo fue Venancio Mora Rojas (también conocido como Venancio Mora Lázaro), el conocido Indio Venancio, famoso en la región por su enfrentamiento con la Compañía Bananera…"

Pero la suya es una, aún más fascinante, historia para otra ocasión.


Referencia: Claudio Barrantes Cartín. (2018). Lejano Diquís, página 42. Montes de Oca, Costa Rica: Editorial UNED.

Comments

Popular posts from this blog

El Credo Costarricense

Los gritos de la montaña

La Yarca