Materiales para un folk horror costarricense
Cuentos y leyendas costarricenses II (1966)
Los Akanikas Negritos de la Región Atlántica
Yo no sé si los duendes de ustedes son los Akanikas de nosotros, o los Akanikas de los negritos son los duendes de los blancos, pero lo cierto es que estos diablitos son terribles y en sus fechorías no le van a la zaga a los otros, si es que acaso no son la misma cosa.
Y para que usted no lo ponga en duda, le voy a relatar la siguiente historia:
Muy antes de irse de la región Atlántica al pacifico la Compañía Bananera conocida por la United Fruit Company, ocurrieron en la zona de la Estrella ciertos sucesos inexplicables atribuibles a los Akanikas, que pese a los muchos años transcurridos, todavía no deja de ponerse la carne de gallina al solo recordarles.
Quien tal relato me está haciendo es un negrito muy anciano de la ciudad de Limón conocido por Conrad Rodgers. Estamos sentados en el corredor de su casa. Para atender la conversación ha dejado su dedo pulgar metido en la Biblia señalando la página que estaba leyendo antes de mi llegada, en tanto que sus espejuelos, cabalgando sobre su nariz roma, parecen dos chapas plateadas en su frente con una creación fantástica ocultando su miopía.
Mister Rodgers en buen castellano continúa después de hacer una pausa:
El primer caso sucedió así: un domingo por la tarde se presentó imprevistamente en mi casa un individuo de "raza" (negra) muy asustado, que antes de caer al suelo me dijo tambaleante: "Creo que vienen para acá, cierre la puerta."
Como Angus era un poco mentiroso, creí que simulaba un ataque y sin darle importancia me levanté del asiento y miré por la ventana hacia donde se internaba la ronda del camino por donde él había venido y no ví nada. Llamé a uno de mis hijos y como todavía permanecía en el suelo lo levantamos, quedándonos espantados porque el hombre estaba muerto. Le miramos la cara y allí estaba impresa claramente la imagen del terror.
Uno de los curiosos que llegaron, al verle comentó alarmado en voz alta: "Angus parece que hubiera visto el mismo diablo."
Poco rato después llegaron la autoridad y el médico de la Compañía, el cual diagnosticó que el sujeto había muerto de un ataque del corazón.
Pasó un tiempo largo y ya casi había olvidado aquello cuando vino a mí el informe de otro suceso parecido en el ramal de Indiana. Únicamente que esta vez el caso se repitió en un latino. Examinado por el doctor, este notó que el cuerpo del muerto presentaba ciertas magulladuras, como si antes de caer exánime hubiera sufrido una paliza tremenda. Aunque intrigado, volvió a diagnosticar que el sujeto había fallecido del corazón.
El tercer caso ocurrióle a un "gringo" venido a menos en favor de la Compañía, debido a sus constantes borracheras. Era un mandador yanqui y la Bananera quiso averiguar el motivo de aquel asombro siniestro ocurrido dentro del platanar.
Alguien supuso que aquello podría ser atribuido a un tigre o a un danto y entonces se dio una fuerte batida con magníficos cazadores y perros y nada se encontró, poniendo a todo mundo en conmoción.
Como aquello también era insólito, la mente de muchos se puso a conjeturar y no faltó quien echara la culpa a la secta "Cinquit" (sinkit) y las altas autoridades de Limón exigieron a la Compañía que destituyera inmediatamente a quienes se les comprobara la comisión de un delito diabólico de tal naturaleza. Por esto muchos negritos de origen africano, miembros conocidos de la asociación, sufrieron su chubasco de adversidad en la cárcel o fueron echados del país.
Pero los labios delatores de los Cinquit, la secta religiosa que solía inmolar en sus creencias víctimas humanas a decir de las otras que los adversaban, tuvieron su revés al comprobarse otro caso de naturaleza parecida. Uno de tantos borrachos, de esos que frecuentemente caían a la sombra de una de las matas de la plantación, que venía haciendo zetas en el carril fue la nueva víctima. Al despertarse de la embriaguez se encontró con una docena de culebras venenosas metidas entre la camisa y enrrolladas en los brazos. Casi se muere del susto. Las serpientes estaban dormidas o indefensas y el hombre salió ileso de una mordedura, no así de los nervios que casi se muere de eso en el hospital de Limón.
Y para concluir los casos voy a contarle el siguiente:
En una de las fincas de la Compañía todos los sábados solía poner su mesita de venta de tamales y café una mujer guanacasteca bastante mayor pero todavía robusta, debajo de unos árboles de la plazuela, y aconteció que una tarde estando lo más apurada soplando con un sombrero de palma el fogón, tuvo la impresión de que alguien se le acercaba por la espalda, como para hacerle un daño. Se volvió inmediatamente y vio con sorpresa que junto a ella estaban tres niños negros, a los cuales les brillaban los ojos de muy extraña manera. La mujer gritó y cayó al suelo, de donde la recogieron unos vecinos.
La gente creyó que lo de doña Aleja era viejera y no le dio importancia, quedando a cargo del negocio su sobrina. Pero el asunto no estaba terminado y dos horas más tarde, estando calentando unos tamales una mano invisible le tiró un cubo de agua al fogón apagándolo, y al volverse furiosa para ver quien le había jugado aquella broma tan pesada no vio a nadie. Miró a las ramas del árbol que le daban sombra y tuvo la sensación de que entre el oscuro claro de la arboleda unos sujetos casi invisibles en lo alto se estaban riendo de ella. No pudo más y salió huyendo a explicar a unos individuos que estaban conversando a poca distancia lo que le había ocurrido. Un poco nerviosos vinieron a constatar el dicho de la muchacha y encontraron que el fogón estaba ardiendo y por ahí no se advertía alguna novedad. La mujer se quedó y para no darse por vencida se puso a hacer otros oficios. Pero Ia cosa iba para largo, en el momento en que iba a sentarse vio volcarse la olla de los tamales y presurosa corrió a levantarla, siendo en vano todos sus esfuerzos por el enorme peso que parecía tener en ese instante la cacerola.
Aquel lugar parecía embrujado y asustada dio un grito de terror cayendo al suelo. Acudieron los vecinos y como ya se había repuesto doña Aleja, volvió a ponerse al frente del negocio y precavida y todavía nerviosa pasó la mesa y los demás utensilios al otro extremo de la plazuela, donde se instaló debidamente.
Al día siguiente por la mañana doña Aleja colocó otra vez su mesa a fin de terminar la venta y cuando todo marchaba bien, he aquí que vuelven a suscitarse los inexplicables hechos del día anterior.
En los momentos en que unos clientes se iban a servir la primera cucharada de los tamales, una mano invisible les echó un poco de tierra en las hojas del plato. Como ya estaban al tanto de lo acontecido, se levantaron de sus asientos y salieron huyendo espantados, volviéndose risible el caso cuando se les vio forcejando y tratando de sostenerse los pantalones que manos invisibles parecían interesadas en bajárselos. De todos los grupos de gentes que se encontraban por ahí salió instantáneamente la carcajada. El espectáculo era cómico. Sudados y aterrorizados los hombres lograron ponerse a salvo y entonces se dieron cuenta de que les habían cortado la faja y arrancado los botones de la jareta.
Ante el diabólico fenómeno todo mundo evacuó el poblado quedando sola la finca y la Compañía no tuvo otra alternativa que aceptar el abandono, porque de otra manera la gente asustada como estaba y supersticiosa, la hubiera quemado.
Más de tres meses estuvo así la finca, pero como eso le causaba mucha pérdida y no poco trastorno en los planes de producción intensiva de banano, la Compañía ordenó el retorno de la peonada y los jefes. Pero la orden quedó en el papel.
Nadie hizo caso y entonces la Compañía procedió a obsequiar un premio de doscientos colones a las dos primeras personas que se atrevieran a entrar a la finca y dormir allí la noche. También les ofrecía otras garantías.
Yo trabajaba por esos días como conductor de un carro-motor y como tal se me dio orden de llevar a la entrada de la finca dicha a los primeros individuos que se atrevieran a entrar a ella. Yo no soy cobarde, pero la verdad es que nada ni poquito me gustó el encargo. A fin de cumplir el mandato se me situó a una milla del lugar, tener encendido el motor y no discutir con nadie el uso del vehículo inmediatamente que algún particular lo requiriera.
De esta manera estuve varios días haciendo esa guardia, hasta que no se presentaron los famosos hermanos. Silas y Mauricio Perretier, dos antillanos muy fornidos y hombres de pelo en pecho, capaces hasta de hablarle al diablo y conversar con él.
Antes de subir les hice tomar unas copas de cognac y con el miedo que me corría por todo el cuerpo me dispuse a entrar a la zona peligrosa. Tres minutos después paraba frente a la entrada; allí bajaron en silencio y traspusieron el cercado con sus sacos de ropa al hombro.
Por un si acaso, esperé quince minutos oido atento avizor, dispuesto a embarcar los hombres y salir en estampida, pero como no se presentaban, intrigado y curioso me bajé y silbando para darme valor abrí un portillo entre las matas del cercado y miré. Como no se veía nadie me metí y fui caminando despacito pero sin dejar de silbar. Había un silencio de muerte y el montazal de la plaza se había tupido. Con mi miedo a cuestas seguí caminando, tratando de escuchar el más leve ruido, pero nada. Miré hacia los árboles y nada. Más confiado me dirigí al edificio donde estuvieron instaladas las oficinas del Administrador. Con sumo cuidado subí poquito a poco la escalera y al llegar al salón del despacho ¿qué cree que vi?
— No me lo imagino.
— Pues nada en particular. Solamente que allí estaba cada uno de los antillanos acostado sobre un escritorio de los grandes, bien borrachos, con una botella de whisky descorchada al lado. Al verme no se asustaron. Les pareció la cosa más natural del mundo.
Más aliviado de mi miedo bajé la escalera y volví al moto-car, encontrándome la sorpresa de que allí estaba impaciente un enorme montón de gente, a la expectativa, esperando el resultado de los acontecimientos. Al verme de vuelta, la multitud se alegró y comenzó a vitorearme, elevándome a la categoría de un héroe popular.
La Compañía Bananera me hizo también partícipe de otro premio obsequiándome otros cien colones y a los antillanos les dio el dinero prometido y lo que pidieron, obteniendo ellos los pasajes de un viaje de paseo a su país de origen, la bonita isla de Guadalupe en el Caribe.
Intrigado, antes de subir al barco que los había de llevar a su patria, les pregunté que si aquel día de su entrada a la finca embrujada habían sentido algún miedo y entonces me contaron el secreto de cómo habían logrado penetrar en ella y que no les pasara nada sobrenatural. El secreto consiste —decían ellos— en que lo vean a uno descorchando una botella de licor e invitarlos a tomar con uno, y cuando los Akanikas están bien tomados, tirarles encima las páginas sueltas de una Biblia sagrada y ponerlos a leer uno de los versículos. ¡Amigo! Salen del sitio donde asustan como un cohete para no retornar jamás.
Esos hombres sabían mucho. La magia negra no tenía secretos para ellos.
Los Akanikas son una especie de duendes de color negro y pelo ensortijado que sin ser el mismo diablo, sí son una manifestación de su espíritu de maldad y humorismo. Yo he supuesto que vinieron a Costa Rica siguiendo la huella de las primeras inmigraciones negras del Africa, cuando la United Fruit Company inició la importación de braceros para sus enormes plantaciones de banano.
Los antillanos, que ya sabían mucho de ellos les dieron su medicina y eso fue todo.
Así concluyó el relato del negrito Conrad Rodgers. Verdad o mentira, sean ustedes mis amables lectores quienes le pongan puntos a las íes. Por mi parte juzgo que en estas cosas lo mejor es… callar.
Referencia: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 287-291. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
Anexo
La siguiente leyenda presenta paralelismos interesantes:
Mírame las uñitas
Por donde lo vieras, la barriada de "La Colmena" siempre era peligrosa. Era el lugar más movido del puerto y a la policía no le caía bien. El Comandante Araya siempre ponía a tres gendarmes fijos, pero en ciertos días como los sábados y los domingos, ni un destacamento podía con la cantidad de broncas (peleas) que al calor de la cantina del Cholo Santos se armaban a cada rato.
Además, los pescadores de perlas, que al volver de cada viaje venían a gastar la plata en fiestas de todo tipo, y ya borrachos se ponían bien difíciles por lo fuertes que eran, hacían peligrosa la chamba de la policía. Muchas veces pasó que una bronca tremenda empezaba en “La Colmena” y el relajo seguía hasta la otra esquina, donde había otra cantina menos famosa, pero donde también se tomaba y había un montón de gente agresiva con ganas de pelear.
Y había que ver entonces los apuros de la policía y los de las pobres vendedoras que ponían sus mesas de comida y golosinas en toda la calle a la orilla de la acera. Ni siquiera los acordes suaves pero melancólicos del Tamborito calmaban eso. ¡Qué tiempos aquellos!
Y doña Lenchita tomaba "juego" y seguía con su relato interesante. Pues bien, y aquí viene la parte que más me interesaba contarles, tanto alboroto y tanta desmoralización tenía que tener un castigo del Cielo. Un jueves, como a las diez de la noche, encontraron el cadáver de un desconocido que tenía pintada en la cara toda una escena de terror.
— ¡Qué vería! —decíamos todos— porque tanto yo como la Pichú, la Camilona, la Chiricana y la Contentillo, teníamos nuestra mesa por donde encontraron al muerto, y vimos que tenía los ojos como locos y una mueca igual en la cara.
Casi todas hicimos la señal de la cruz. Parecía que había visto al diablo en persona. A los días, cuando ya casi se había olvidado eso, la policía encontró a una mujer, por la boca de Las Playitas, que tenía pintado en la cara el mismo terror que el anterior. También había muerto de repente.
— Yo les digo que yo he sido muy valiente, pero eso me puso nerviosa. Además, ya en la barriada se empezaba a decir que después de las diez de la noche asustaban por los alrededores. Hasta mi marido, que en paz descanse y que mis palabras no le hagan ruido porque era un gran "hechao", estaba dispuesto a trabajar para que yo no volviera a poner la mesa. Con esto les digo todo, para que vean que no miento y se den cuenta del miedo que estaba «cundiendo» por ese lado.
Esto hizo que por casi un mes eso se normalizara y el movimiento bajara. Después de que terminaba el tamborito, las vendedoras nos íbamos para la casa y al rato nomás se oía el paso de las carretas de café que venían del interior y buscaban uno de los lugares donde pasar la noche, y eso era todo. Un silencio de muerte invadía el resto de la noche, excepto los ladridos de los perros y el maullido de algún gato en los tejados.
Pero en realidad la fiesta apenas había empezado, porque después fue terrible. Un policía que hacía su ronda por la esquina de Las Playitas había sido asustado, y poco antes de quedar muerto solo pronunció estas palabras: "Los negritos". A los días cayó un Sargento y otro día otra mujer de mala vida. El señor Cura creyó oportuno hacer una predicación en el púlpito un domingo y hacer referencia al caso raro que estaba pasando en Puntarenas,
"Advertencias del Cielo"— decía—para que la gente descreída vuelva al temor de Dios, y sepan ser más cuidadosos en su forma de vivir.
Los más valientes le sacaban a la noche por el barrio de La Colmena, y la gente que vivía por el lado del Matadero, y que tenían que caminar hacia Pueblo Nuevo, hacían sus diligencias temprano pa' no tener que pasar por la calle esa a la hora peligrosa. Pero la cosa cambió de lugar.
El Ñato Morales, que era un hombre bien valiente y como inspector de Policía tenía que hacer su ronda de la Estación nueva del Ferrocarril a la Y Griega, lo recogieron examine por el matadero los polis de la línea. Lo llevaron al cuartel y lo vio el doctor Bonnefiel, y se dieron cuenta que lo habían asustado. El doctor le hizo "su terapia" y después de un montón de horas luchando con él, lo logró revivir y que pudiera hablar.
¡Y hay que ver lo que contó!
Decía, y todos lo escuchábamos con mucha atención, que, estando parado en la esquina del rastro, vio pasar a dos chiquillos de color hacia el suiche, y que al llamarles la atención por lo tarde que andaban en la calle, el mayor lo miró y le mostró las manos y le dijo: ¿Mírame las uñitas? Eso era tan raro que se quedó mirándolo y vio con horror que los ojos del chiquillo brillaban con un resplandor rojizo y había algo bien feo en los dos.
Él no era muy creyente que digamos, pero una señal de la cruz cualquiera la puede hacer en un momento de peligro, y hasta rezar tartamudeando un Padre Nuestro. Y en ese momento el Ñato Morales eso fue lo que hizo, echando a correr como loco más de cincuenta varas, y sin voltear la cabeza. De los negritos él no volvió a saber más, ni de lo que pasó después. Cuando volvió en sí, estaba en el Hospital y tenía al frente al doctor y a su Coronel.
Aquí terminó la abuela su cuento.
Los pocos que la oíamos nos quedamos callados y hasta en shock. El rezo de ánimas ya había terminado y había un poco de nervios en el ambiente. Una mujer y una chiquilla dijeron que ellas no se iban a dormir. Un muchachote gritó que a él no le daban miedo esas historias de fantasmas y diablos... Yo me quedé pensando.
¡Leyendas que el tiempo no logra borrar de la gente y les va poniendo cada vez más fantasía! ¡Leyendas y supersticiones de este viejo y querido Puntarenas, que desde chiquillo vengo escuchando! Ojalá que plumas menos humildes que la mía y mojadas en la tinta vaporosa del más rico colorido, las saquen del viejo cofre de los recuerdos, para que sirvan de manjar y deleite de espíritus selectos que les gustan estas cosas bonitas que la fantasía popular tejió con arte.
Referencia:
Rodríguez-Gutiérrez, R.A. (1950). Costa Rica de ayer y hoy, abril-mayo n. 2 (2 y 3), páginas 30 y 33. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/b-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte2.pdf#.Y45YPnbMI2w
https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/c-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte3.pdf#.Y450-3bMI2w
¿Por qué ladran los perros de noche?
Conocen ustedes la extraña historia de Narcisa Orozco? No. Pues os la voy a contar. Es de lo más extraña que pudiera imaginarse, y de lo más difícil que pudiera ocurrirle a una persona en Puntarenas, como así fué, allá por los albores del presente siglo (XX).
El puerto era, en aquella fecha, una bonita ciudad durante el día, pero de noche... con decirles que entonces nos alumbrábamos con candelas de higuerilla en las casas se los digo todo. ¿Y las calles? Pues cuando no había luna, un hombre andaba todos los días a las seis de la tarde con una escalerita al hombro, encendiendo cada docientas varas unos faroles, que cuando soplaban muy fuertes los nortes se apagaban antes de consumir el canfín.
Y como es de suponer, aunque las costumbres eran más sanas, no por eso dejaban de haber gentes amigas de lo ajeno, motivo este por el cual quienes vivían en las afueras de la ciudad, solían tener un perro que les guardase las casas, y la población perruna era de lo más numerosa que se puede imaginar.
Calló la rezadora su relato, tomó un sorbo de chocolate que una chiquilla le había traído en un pichelito y continuó: Habían, desde luego, otras calamidades públicas como las plagas de murciélagos, de los zancudos y las moscas, pero de eso no me voy a ocupar ahora, sino del caso de Narcisa Orosco, mujer curiosa y hablantina como pocas.
Por su lengua viperina muchas amistades se perdieron y muchos hogares se fueron a la porra. Tenía el vicio de poner en mal a todo mundo, trayendo y llevando cuentos por el solo gusto de ver peleadas a las personas.
Pero como también los habladores son sumamente curiosos, a Narcisa le llamaba la atención ese concierto de perros aullando a media noche, y se preguntaba intrigada por aquello: "¿Qué verán estos saguates de noche, que no podemos ver las personas..?"
Una vez, una vecina la sorprendió haciéndose esta singular pregunta, y acto seguido socarronamente le sugirió que si quería saberlo, porqué no se untaba lágrimas de perro en los ojos.
A Narcisa no se le había ocurrido eso. Era una cochinada, pero desde que se lo dijeron ya no vivió en tranquilidad. Fué como una obsesión que le taladraba el alma. Algo interior le decía que no lo hiciera, que era peligroso, y así se retuvo mucho tiempo.
Pero aquella endiablada mujer, al fín corroída su mente por la curiosidad, se resolvió a todo y apretujando su indesición en lo más recóndito de su alma, cataplum... se untó los ojos de lágrimas de perro... Y desde aquel momento infortunado Narcisa pudo penetrar en el secreto de los perros... Ver y oir en lo desconocido... Saber porque ladran los perros de noche.
— Cuando lo hice — contaba después a su vecina — me llené de una obscuridad. Luego sentí un enorme sueño, dentro del cual escuché una voz inmaterial que me decía: "Al fin te saliste con la tuya. Has pecado y ahora tendrás lo que querías." Desperté conmovida, nerviosa y tuve miedo.
Luego Narcisa se dió cuenta de que podía ver en la obscuridad más absoluta y se sorprendió agradablemente. Escuchó un extraño rumor y unos ayes que parecían venir del fondo del piso. Se agazapó, puso una oreja y entonces pudo oír más claramente y comprender de lo que se trataba. Eran los ayes y las voces de los condenados perpetuamente al infierno, que tan pronto suplicaban como lloraban o maldecían. Tuvo miedo y frío.
Se tapó los oídos, pero en ese momento una manada de perros ladraban a lo más y mejor en la calle, metiendo gran bulla, y su maldita curiosidad la empujó a abrir la ventana. La campana de la iglesia daba las doce. Quedó asombrada: en ese instante, sobre la calle desierta y lánguida, vió pasar una extraña aparición de fantasmas. Poco a poco al acercarse la procesión, la forma incorpórea de sus integrantes fueron tomando proporción humana, y uno de los fantasmas que se desprendió del grupo le tocó la cara al pasar.
Nunca había sentido algo tan frío. No pudo más, las fuerzas le abandonaron y cayó al suelo cuan larga y pesada era.
Al día siguiente se fue a ver al cura y le contó su extraño caso.
— No te puedo absolver Narcisa — le dijo el sacerdote — has pecado contra el cielo queriendo descubrir los altos designios de lo alto, ahondando en el más allá. Vete a tu casa y ahoga en la oración perenne tu pecado abominable. Pero te ruego volver dentro de unos cuantos días mientras el Señor me ilumina lo que debo aconsejarte. Quizá para entonces tenga una piadosa solución a tu extraño padecer.
Cuando en todo el vecindario se enteraron de las halucinaciones de Narcisa, la gente dió en pensar que estaba loca, y aunque nadie la quería, todo mundo le tuvo compasión. Pero se enojaba y decía:
— ¿Loca yo? ¿Loca porque puedo ver lo que nadie puede ver? — y se carcajeaba, burlándose de todos los que no creían en su cuento.
Con el correr de los días ya a nadie le cupo duda de que estuviera demente, y como también le dio por hablar sola, los chiquillos comenzaron a burlarse de ella y a gritarle y tirarle cáscaras y cosas al pasar.
Esto acabó de agravar la situación, pues Narcisa ya no tuvo tranquilidad, y como el trabajo se le escaseo por culpa de su mal, la mujer dio en creer que efectivamente estaba loca y en un mal momento, un día de tantos, los vecinos la encontraron colgando de una solera de su casa.
Narcisa se había ahorcado.
Esta es la leyenda de una extraña criatura que se untó lágrimas de perro en los ojos para saber el motivo de porqué ladran los perros de noche...
Con esto terminó su cuento la rezadora y levantándose de su asiento, nos dió las "Buenas Noches" a todos, tomando por esas calles de Dios...
Referencia: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 170-172. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
Ilustración por: LEWAS.
UNA VEZ EN CAÑAS LAS CICRACAS DESAPARECIERON LA TERNERADA DE UNA FINCA
Es un cuento de Rafael Armando Rodríguez Gutiérrez, escrito con sumo gusto para el distinguido caballero, Lic. don Nelson Chacón Pacheco.
— Pero eso don Chicho, es un monumento de mentiras...
— Ni a Juan Tonto que contara su relato se lo creería.
— Pues así está escrito en el libro de esplendor de la vida. Y digan lo que digan y protesten, que para eso les dejo el derecho del berreo, este caso es cierto. Tan cierto, que de otra manera nunca se los hubiera contado. Es tan cierto como me llamo Narciso Gómez, hijo natural de la Mercedes Gómez, cañero por los cuatro costados, sabanero por más señas y criado desde muy güila en esta finca. Y no les neceo más.
Mi entrada a la tertulia de esa tarde fue providencial por lo oportuna con el suceso. Habiendo amarrado mi caballo frente al portalón de la casona, el dueño envió un muchacho para que me lo desensillara y condujera al potrero, que estaba a unos cincuenta metros más allá del patio de la finca.
Sobre los parasales inmensos, cuesta arriba y cuesta abajo, hasta el confín del predio, sobre la curvilínea del horizonte impreciso, los últimos rayos del sol de la tarde ponían un toque de solemnidad sobre la techumbre de las casas, sobre la arboleda, sobre las reses, sobre las cosas.
Debajo de un frondoso palo de Guanacaste, hasta donde se alargaban el corredor de la casona, el comedor y la cocina de la peonada, estaba descansando el patrón sobre un butacón de cuero con varios peones agrícolas, sentados sobre la enorme raíz de un árbol. Como a su lado estaba desocupado otro de los butacones me senté yo, impaciente por escuchar los cuentos de ñor Chicho, un octogenario dicharachero, sentencioso, de gran imaginación y todavía fuerte para su edad.
Cerrada la interrupción ocasionada con mi presencia, continúa la charla y el Mandador comenta maliciosamente:
"¡Oh, este ñor Chicho Gómez con su fantasía! Pero en realidad debemos estarle agradecidos, porque gracias a su contadera de absurdos que él llama graciosamente "mis aconteceres", nuestras tertulias resultan más divertidas."
El amo de esas tierras labrantías toma entonces el hilo de la conversación y le dice a don Chicho:
"A ver, cuéntese otro acontecer de su vida. Relátele a nuestro visitante aquel cuento de camino de las Cicracas que desaparecían la ternerada de una finca."
El viejito no se hace rogar. Le da varias chupadas a la pipa, le escarba con el pulgar la ceniza y con gran solemnidad da comienzo a su historia de la siguiente manera:
"Debo advertir que este cuento no es un cuento, y que es una" talla" muy vieja que viene de la época de mi niñez. Era allá por el 1890. Mi madre era la cocinera de la hacienda Paso Hondo, cuando esa gran finca pertenecía a don Nicolás Oreamuno de Cartago. Recuerdo que a su vera estaban las fincas: "Loma Escondida" de don Margarito Gallo, y "Jabillo", de don Trinidad Cerdas.
Entonces la villa de Las Cañas se la conocía también por El Escarbadero, y no pasaba de ser sino un lugar de pocas viviendas alrededor de una plaza con un templo católico de pobre presentación.
Pues verá señor, que el asunto dio mucho que hablar durante muchos años. Resulta que por la simple cuestión de unos linderos mal diseñados; por unas cercas que en la obscuridad de la noche fueron corridas, don Margarito Gallo y don Trinidad Cerdas dieron en ser enemigos mortales.
Más rico don Margarito Gallo, solía exportar de la región una gran cantidad de queso bien ahumado a los mercados de Puntarenas y Alajuela, en tanto que don Trinidad dedicaba sus mejores empeños a la crianza de ganado de carne, por lo que la ternerada solía amamantarse en las propias llanadas. Para cada final de invierno verificaba un rodeo a fin de parar el ganado desparramado y proceder a la fierra, para apartar los animales destinados a la venta.
Y así iban pasando los años. Pero un día aciago, por el mes de diciembre, dieron en aparecer por la región una gran cantidad de cicindelas, a tal punto, que el espectáculo no podía ser más grato y novedoso. Las luciérnagas cundían por todas partes. Pero como sucede todo en este mundo, pasada la diversión de los primeros días, la gente comenzó a molestarse con el animalito y a cerrarle las puertas desde muy temprano de la tarde. Además, alguien recordó aquel antiguo refrán que dice: "Por donde ha de ir la cicindela que la Cicraca no vaya detrás".
Y debo recordarles a "los circunstantes" que la gente de entonces era muy supersticiosa y la Cicraca en la mente del pueblo tico es un personaje funesto cuya presencia en toda región siempre trae infortunio. De este miedo a lo desconocido que no se ve, pero se huele en el viento como una pasada, vino el pánico y no faltaron los rezos, el agua bendita, los sermones del tata cura, los amuletos, los talismanes y cuanto se conoce de bueno para el maleficio desde que el mundo es mundo.
Y llegó lo inevitable. El suceso desgraciado. Me contaba mi mamá, del susto que se llevó tío Remigio que era el mandador de la finca Jabillo, cuando con sus peones llegó a los sitios acostumbrados y no encontró un solo ternero en toda la contornada.
Inmediatamente asustado dio grupas y ya podrán ustedes suponer cuál fue el susto que se llevó también Trinidad Cerdas cuando mi tío le pasó el notición y le agregó de su cuenta: lo curioso don Trino, es que las vacas madres no parecen alarmadas por la ausencia prolongada de las crías y esto es lo que me intriga.
El cuento llegó hasta la villa de Las Cañas, maravillando a las gentes y a las autoridades y todo mundo dio en pensar que en el amo de Loma Escondida estuviera la contestación y para allá y donde otros finqueros fueron las autoridades. Pero no, Don Margarito Gallo era inocente y también los otros. El Jefe Político Departamental y doce montados anduvieron más de trescientas manzanas de tierra durante quince días sin encontrar ni rastros. ¡Aquello era inaudito! Y el suceso funesto le fue achacado a las Cicracas.
En la mitología lugareña se asegura que las Cicracas son viejas brujas que viéndose a punto de morir usan su química en su persona y por arte de encantamiento logran evitar la muerte, pero eso sí, perdiendo sus formas humanas. Dan gritos espantosos cuando van volando de un lugar a otro y son enemigas mortales de los duendes, a los cuales persiguen terriblemente para devorarlos. En su creencia, suponen que de esta manera logran sobrevivir cien años más. Como son miopes, su visión de las cosas es toda verde. Pues sepan ustedes que el color verde es el color de todos los fantasmas y he allí el motivo por el cual se hacen acompañar de las cicindelas, que con su foquito verde les alumbran el camino. Los más doctos en estas cosas y los montañeses aseguran que los duendes a veces logran engañarlas y entonces las cicracas bajan de las montañas más altas y roban la ternerada de una hacienda o de una finca para saciar sus hambres espantosas. Es creencia que de esta manera, bebiendo la sangre de sus víctimas logran alargar un poco sus días. Los terneros nunca aparecen o si acaso sus “cacastes” (carcasas) pero muy lejos de los sitios del robo.
Y hecha esta explicación sigo con mi acontecer. Los terneros nunca aparecieron y se estaba olvidando el caso, cuando se vino una repetición, pero esta vez fue en el hato de Loma Escondida. Nadie descansó durante un mes. Las autoridades lo registraron todo y nada, y como las cicindelas con su foquito verde andaban por todas partes, ya a nadie le cupo duda y le volvieron a echar la culpa a las Cicracas.
¿En realidad, que fue lo que pasó? ¡Vaya usted a saberlo! Lo cierto es que nunca aparecieron los terneros y el misterio sigue en pie y ahí está, pese a los muchos años transcurridos. Nadie ha podido descifrarlo. Por mi parte, yo no juego con lo sobrenatural y prefiero quedarme como estoy y santas pascuas sea dicho.
El ancianito había terminado. De pronto el patrón exclamó:
"¡Oh, don Chicho y su sartal de mentiras!"
Pero la respuesta no se hizo esperar: “
Digan lo que digan este caso es cierto, tan cierto como que me llamo Narciso Gómez, hijo natural de la Mercedes Gómez, cañero por los cuatro costados, sabanero por más señas y criado desde muy güila en esta Hacienda.
Y no les neceo más. Les dejo porque tengo sueño y que mañana mi patroncito y los demás tengan sus mercedes un grato despertar.”
El viejito se levantó, bostezó tres veces y cojeando de una pierna se dirigió a su aposento, todo triunfante, porque nos había dejado todos intrigados con el final de su cuento. (Rodríguez, 1966)
Nota:
Cabe mencionar que en la edición del 8 de marzo de 1925 del "Diario de Costa Rica", en el artículo "DE DOMINGO A DOMINGO", en el intertítulo "Crisis aguda", se lee lo siguiente:
"Ustedes han oído alguna vez hablar de Cicraca? Cicraca es una cosa que no se sabe cómo es, ni donde nació, ni cuál es su nombre verdadero: es decir, resulta como Flor de Té. La cuestión es que cuando a uno lo han dado a la porra o se lo han llevado los diablos, atenúa la expresión y dice: me llevó Cicraca. Con esta explicación ya ustedes pueden darse una idea exacta de lo que significa la agradable y manoseada palabreja."
Esto confirma la existencia del término como parte del léxico local.
Referencias:
Anónimo. (1925, 8 de marzo). DE DOMINGO A DOMINGO. Diario de Costa Rica, p. 7. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201925/ch-8%20de%20marzo.pdf
Rodríguez Gutiérrez, R. A. (1966). Una vez en Cañas las Cicracas desaparecieron la ternerada de una finca. En Cuentos y leyendas costarricenses (2a ed., pp. 131-134). Tormo.
Nuestro país (1977)
El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva
Hace muchos años, tantos que aún no habían llegado a nuestra tierra los primeros descubridores españoles, este país era un dominio de los aztecas. Así lo dicen los documentos de la época española y así también parece desprenderse de la siguiente leyenda que nosotros recogimos de boca de un anciano de más de setenta años, moreno, barbilampiño, posible descendiente de los huetares.
Cuenta la leyenda que en el valle del Abra (1) existía un grupo de aborígenes bastante numeroso, distribuido en rancherías; una de ellas, cuyo nombre indígena se perdió, estaba situada en una zona próxima a lo que hoyes San Rafael de Heredia, San Josecito.
Según se desprende de los enterramientos hasta ahora hallados en esa región, estos indios eran hábiles en las artes manuales; sabían hacer en piedra cabezas, retratos, sukias, es decir, hechiceros modelados con bastante perfección, hachas de varios tamaños, cerámicas policromadas y otros objetos más.
Un día llegó a ese pueblo una suntuosa comitiva de indios extranjeros, todos muy bien vestidos, algunos llevaban armas de guerra. En el grupo se destacaba uno que portaba un arbolito de matasano en el que se veía arrollada una serpiente, la cual parecía ser el símbolo de la cultura a la que los visitantes pertenecían.
Los recién llegados eran nada menos que los agentes colectores de tributos en las tierras dominadas por los aztecas. En su lengua se les llamaba calpixquis y los tributos que demandaban eran maíz, telas, cerámica, mujeres, esclavos, etc.
La gente del poblado se reunió en la plaza y los intérpretes tradujeron el deseo de los calpixquis, que era el de dejar allí el arbolito junto con la serpiente (2).
Pero sucedió que al poner en el suelo la serpiente, al momento empezó a brotar agua y más agua, cosa que no agradó a los indios quienes suplicaron a los colectores de tributos que se llevaran la serpiente y que dejaran el arbolito de matasano.
Así lo hicieron éstos y cuando, siguiendo su camino con dirección al norte en ruta hacia el país de donde habían venido, llegaron a la cumbre de la montaña más próxima, allí dejaron la serpiente. Del suelo empezó a salir y salir agua, hasta que se formó una laguna: la laguna del volcán Barva (3).
Después de estos sucesos habían transcurrido doce lunas cuando la alarma cundió en el pueblo de indios a causa de que la serpiente se había salido de la laguna, había bajado al poblado y andaba devorando niños. Todos los pobladores corrieron al rancho del sukia a pedirle su intervención mágica. El sukia dijo que lo que sucedía era que la serpiente tenía hambre y que para calmarla había que subir a la laguna y ofrecerle sacrificios.
Así se hizo. Desde entonces, año con año, los indios de aquel pueblo llevaban a la laguna niños que inmolaban en honor de la temida serpiente. Los padres de los niños sacrificados recibían como premio poder entrar a la hacienda que por virtud extraña tenía la serpiente en el fondo de la laguna; allí podían recoger y llevar para sus casas, eso sí sólo durante un año, abundantes comestibles que les ayudaban a vivir. Los que no tenían parentesco con los niños sacrificados y que trataban de entrar a aprovisionarse de la laguna, jamás pudieron lograrlo.
1. Valle del Abra. Es hoy la zona occidental del Valle Central, de las provincias de San José, Heredia y Alajuela.
2. La suprema deidad de los aztecas era Quetzalcóatl, cuya figura se representaba como una serpiente emplumada.
3. Esta leyenda parece indicar que la laguna del Barva era conocida desde tiempos muy remotos y que existió un camino o calzada indígena hacia el norte, hacia Nicaragua. (Zeledón, pp. 30-31) Originalmente tomada de: Meléndez Ch., Carlos. "El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva". Nuestro país, pp. 34-36.
Referencia: Villalobos, E. (1983, 13 de marzo). ¿Existe un tesoro arqueológico en la laguna del volcán Barva? La República, p. 11. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201983/La%20Republica_13_2%20mar%201983.pdf
Nota: Según el propio artículo, la leyenda fue recogida originalmente por Carlos Meléndez y publicada en el periódico La Campana de Cubujuquí, y posteriormente incorporada al libro Nuestro país: Geografía de Costa Rica (Imprenta Las Américas, 1977). Zeledón Cartín la retoma en su compilación Leyendas costarricenses (1996), donde aparece la versión aquí utilizada.
Los encantos de la Piedra Blanca (2000)
Los gritos de la montaña
Bebedero es un pueblito de Escazú situado al sur oeste de San Antonio, al pie de los cerros. Aún se aprecian sus trapiches y hortalizas; y hasta hay una que cultiva con abono orgánico. Es allí donde vive Gildar Sandí, campesino que cultiva hortalizas para llevarlas al mercado.
En una amplia cocina de campo, con una gran mesa rectangular rodeada de bancas, las llamas juguetean mientras consumen lentamente la leña que da el calor necesario para chorrear el rico café de la tarde. Mientras Licha, esposa de Gildar, hace el café, él narra su historia así:
— Esto me pasó más o menos hace como un mes. Yo tengo la costumbre de levantarme siempre a las dos de la mañana, aunque me haya acostado a las diez u once. Ese día ocurrió lo mismo. A eso de las dos de la mañana me levanté de la cama, fui al servicio, volví al cuarto, me puse un abrigo, y me alisté para salir al patio, donde estaban los carros cargados.
A eso de un cuarto para las tres de la mañana se oyó algo muy raro. Yo creo que era un susto. Duró poco tiempo, pero se escuchó un increíble estruendo en una fila de las montañas. Fue algo espantoso y nunca me habia pasado antes. Yo pensé que se trataba de otro terremoto, pero el suelo no se movió. Empezó a sonar como un trueno, como cuando va a llover, pero luego el ruido no tenía comparación. Duró como diez segundos y me dejó como aturdido; el ruido se me metió tan feo en los oídos que se me paró el pelo. A pesar de que andaba con abrigo, sentí mucho frío y miedo de abrir los portones.
Primero abrí el portón de la cochera, luego el de la calle y saqué el carro. Después de desayunar, me fui para el mercado con las hortalizas, pero no tenía voluntad, iba como aturdido y llegué al mercado asustado. Le pregunté a varios vecinos y a mis hijos, y ellos lo oyeron también.
Dicen que esos sonidos son lastimeros y horribles, y que pareciera que la montaña clama para que la defiendan de la destrucción total.
En el campo, cuando una chancha va a tener su cría, se le pone cuidado, se le hace su nido bajo techo, en un galerón o chiquero. Pero hubo un caso en que una chanchita andaba suelta, correteaba por el potrero, las cañas o el patio. A pesar de que se le alistó el nido, se fue donde ella quiso. Entonces, mi mamá me dijo:
— Hijo, ¿alistaste el nido para la chancha en el galerón?
— Claro, ya está listo desde temprano.
— Andá fijate a ver si ya parió.
— No, mamá, la chancha no está aquí, seguro se fue para el cañal.
— Mirá hijo, llevate un saco para echar los chanchitos y los ponés en el nido del galerón, no vaya a ser que se los coma el coyote.
Cogí el saco, caminé hasta la cerca y pasé el cañal. Eran como las diez de la noche, estaba claritico, la luna alumbraba mucho y casi no se necesitaba el foco. Los chanchitos hacían ruido con su ño, ño, ño, ya querían correr. Esos animalillos apenas nacen salen corriendo y es difícil cogerlos después.
Ya en el cañal seguí el ruidillo y los encontré, me puse coge aquí, coge allá, y los echaba al saco; de pronto, salió de la montaña un ruido tan extraño y feo como un grito, quejido, llanto o lamento; algo inexplicable, horrible, espantoso. Los perros aullaban, se quebró el silencio de la noche; los lamentos montañeros llegaron hasta debajo de la ermita del Carmen porque vecinos de ese lugar dicen haberlos escuchado espantados. Dicen que pareciera que la montaña se queja de los destrozos que le hacen.
Otro día, al comentar lo que sucede en estos cerros, una extranjera quiso también contar su experiencia.
— Me encontraba sentada en el corredor de mi casa, cuando oí algo terrible que salía de las montañas; era como si fuesen las almas más tristes del infierno; se escuchaba horroroso, el ruido se alejaba y se acercaba. Yo estaba tan asombrada, parecía que hubiera un lugar donde mataban animales para comer, o un lugar donde recogían todos los animales para matarlos. Pero no, esto fue aquí directo, en esta gran roca llamada Piedra Blanca.
Pensé que era el viento que traía los ruidos del otro lado de la montaña. Eso lo escuché como cuatro veces más, siempre en día domingo, tempranito. Es una cosa horrorosa, como lamentos que al principio parecen humanos, pero que luego parecen de animales sufriendo (*). No se podía distinguir, era como oír gallinas, cabras, leones, perros y gatos. Yo no tengo ni pizca de superstición, para cada superstición que yo escucho tengo que encontrarle una explicación científica o realista, pero eso sí me asustó, y hasta hoy no le he encontrado una explicación. Estas montañas son misteriosas.
Aparte de estos ruidos, gritos y lamentos, son muchas las experiencias de los diferentes habitantes relacionados con retumbos que se oyen dentro del suelo; algunas veces se oye como el rodar de enormes piedras dentro de la tierra. Esto sucede aún en nuestros días.
Nota:
Como dato curioso, el libro incluye testimonios de gente que asegura haber escuchado sonidos de (mas no visto) animales, música y personas hablando en estos cerros, especialmente cerca de la Piedra de Aserrí o Piedra Blanca, algunos incluso afirman haber avistado un "pueblo típico" que, o no logran reconocer y suele desvanecerse, o asemeja una maqueta hecha de piedra.
Todo esto trae a la mente el desenlace de una de las leyendas más famosas sobre la Piedra de Aserrí, que menciona que La Bruja Zárate convirtió a un pueblo en esa piedra y a sus habitantes en animales.
Referencia: Alfaro-Miranda, E. (2000). Los encantos de la Piedra Blanca, 1 ed., pp. 62-65. San José, Costa Rica: CODECE.
Leyendas del Valle I y II (2008)
El Niño Paracamiones
De seguro que a ningún camionero le gusta manejar neblinado, solo, a altas horas de la noche, pues el sueño y el cansancio les puede agarrar desprevenidos, sobre todo cuando son rutas largas y cargas muy pesadas, que necesitan ser trasladadas de forma segura y muy despacio.
Algunos camioneros del lado de Casa Mata cuentan que, por las noches, les da miedo atravesar algunos lugares neblinados y muy sólidos, pero sobre todo, a altas horas de la noche cuando ya no hay tránsito, aseguran que muchas veces han visto a un niño sobre un lado de la carretera, parándolos para montarse y luego desaparecer; otros manifiestan que les ha abierto la puerta derecha del camión, pero lo más acongojante es cuando se tratan de quedar dormidos, dicen que les cambian las estaciones de radio y le suben el volumen al radio para que no se duerman.
Hay camioneros que han tenido que esperar a otros compañeros para transitar entre La Cangreja y el Cañón, porque solos no se animan, ya que es en el trayecto de carretera que aparece. Pero el lugar más temido que aparezca es Chonta, pueblo olvidado y abandonado por los habitantes; todos se fueron de ahí porque cuentan que en este lugar existió un aserradero de durmientes de tren y una vez un sierrero cortó a un niño, provocándole la muerte.
Otros vecinos dicen que se mete en las tumbas del cementerio de Cañón y cuentan que este niño era el que salía a decirle adiós a todos los camioneros de ese tiempo, y de seguro que su espíritu protege a los camioneros, sobre todo si algún irresponsablemente se ha echado unos bombazos, de seguro que les estalla las llantas de atrás para que duerman, se recuperen y continúen el viaje, también sale al rescate de los camioneros cuando se quieren quedar dormidos, porque aseguran que este niño "Paracamiones" los aorilla para que sus amigos camioneros no se duerman y descansen.
Nota: en el siguiente enlace pueden ver esta historia adaptada para radio: https://www.youtube.com/watch?fbclid=IwAR2fCJSPfSQ-kLK02VB9jKBogiI-mzT4_oiuecoT0_iuwyhv7JM7GiL8_Hc&v=vswPhm_eiwA&feature=youtu.be&ab_channel=DonPaco
Fuente: Picado-Picado, A., F. (2008). Leyendas del Valle, 1 ed., p. 81. San José, C.R.
Leyendas del Valle II (2011)
El Abuelo Nacho
Yo siempre tenía la inquietud de que antes de que este viejo, "cante viajera" en esta vida, pudiera contar la "leyenda" de lo que le pasó al abuelo Nacho:
Un día decidí alistar mi yegua, "Nacha, la Coja", para ir a la fiesta de San Marcos de Tarrazú; la llamaba así porque tenía las patas de atrás más grandes que las de adelante, y cuando había un desagüe o charco tenía que echar para atrás ¡pa' tomar impulso! y uno tenía que sostenerse duro porque la bandida era medio tuerta y lo podía mandar al guindo.
Es más, un día, en una feria de ganado la vendí a un carajo de Alajuela, y yo que estaba celebrando la venta en una cantina que le decían La Peligrosa, cuando voy viendo llegar a ese chavalo con una cara de agüevado. Yo pensé que me iba a carbonear porque yo sí sabía que era tuerta y coja; sin embargo, me dio la mano, me abrazó y me invitó. Me dijo:
― Lo felicito por esa venta, nunca nadie me había vendido algo tan deforme.
Me reí y le eché atrás el trato; la verdá es que me puse a pensar: "¡esta yegua solo puede estar conmigo"!
Y para no cansar con el cuento, nos fuimos para la fiesta; bebí guaro, aposté en la subasta y les cerraba el ojo a las muchachas; mientras, "Nacha la Coja" comía zacate revuelto con sarampión y chile de perro en la orilla de la cerca.
Como a las ocho de la noche, un poco jumo, "cogí a Nacha" y me marché a mi casita; cuando iba por la finca del Sitio o mejor dicho por las fincas de Santa Cecilia; una joven muy bonita me para, que la llevara, y yo ¡todo carga!
La monté en mi yegua Nacha, pero al ratito de caminar por un cafetalillo la volví a ver y me ha enredado su lengua en forma de culebra al pescuezo; empecé a dar gritos y caí de la yegua.
Al rato desperté, "Nacha" me chupaba la cara, como para que despertara. Cuando llegué a mi casa, conté a mi familia lo que me sucedió y me dijeron:
― ¡Nacho!, a usted lo asustó "La Vieja Lengua Culebra" que sale por ahí: pues dicen que anda buscando a su verdadero esposo, quien le sacó la lengua y se la echó a una culebra para que se la comiera, porque dicen que la mujer era muy mala, y se comparaba con el veneno de la culebra.
Nota:
Pueden escuchar una adaptación radiofónica en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=KmoQgKIqNUA
Referencia: Picado-Picado, F. (2011). Leyendas del Valle II, p. 37. San José, Costa Rica: A.F. Picado, P.
JUANICO PIRRIZA
Era el 15 de junio del año 1975, el día del árbol, todos los chiquillos de la escuela Antonio Camacho Ortega estábamos todos felices porque cada vez que se acercaba el día del árbol era una alegría ¡aquello era un fiestón! porque sabíamos que los maestros nos llevaban al río del Llano los Ángeles a sembrar arbolitos, luego el partido de futbol contra la escuela del lugar.
Y aunque había que dar tamaña caminada, el cansancio no era nada porque sabíamos que la recompensa era la comida del pollo que matábamos a puro leño, pero mamá lo preparaba tan rico que así era la fila de chiquillos pidiendo un gallito, pues mi mama y abuela lo arreglaban con huevo duro, papas, tortillas, y unos frijoles ¡que ayúdenme a decir!
Claro, que al pobre pollo cocinado todo se lo empujaban por la parte de a.… ya ustedes saben por dónde, la cosa es que el bandido pollo iba bien taqueadito, como una muela con hueco.
Yo preparé mi arbolito, aunque debo decir que como mi tata no me lo sacó en adobe, entonces cogí una ramilla de manzano tierno y la ensarté en una bolsa con tierra mojada. Claro, de camino inventé que iba a pelear con un compañero que me iba molestando, pero la niña era tan buena que me comprendió, ya que por la cólera que tenía yo mandé el arbolito al cerco de zizo, sin embargo, yo me decía: "¡me la jugué, me la jugué como el gatazo de mi tata! "
Pero resulta que, después de la sembrada de arbolitos en el río, la comida del pollo y el juego de bola que perdimos 2 a 0 ¡claro! Fico, el de Nato, me majó con el taco del dedo gordo, ya que ningún chiquillo de nosotros teníamos tacos.
Veníamos caminando, todos felices en un día tan lindo como es del árbol, y el condenado Cachijuego, un compañero muy querido, empieza a contar de camino que cerca de la ribera del río del Llano, por la derechura que íbamos a cruzar, vivió un hombre que todos los mayores del pueblo le decían Juan Anhelo, y que los chiquillos del pueblo, cada vez que lo vían venir, gritaban horrorizados:
― ¡Juiga, juiga, juiga, juiga, juiga, juiga, porque ahí viene Juanico Pirriza!
Cachijuego contaba que su padre le contó que Juanico Pirriza había matado a su suegro, que primero le mandó el cuchillo, luego le dio con el hacha; le cortó el pescuezo como a una gallina, porque dicen que el suegro lo molestaba mucho, que hasta le pegaba.
Es más, lo mandaron a la cárcel de San Lucas, pero el condenado se escapó nadando desde esa isla que está en el Pacífico, cerca de Puntarenas, allá donde se bañan medios chingos, y bueno, eso dicen los que han ido en cazadora en la excursión del pueblo de cada año, y que hay muchos barcos, y que Juanico Pirriza se vino a vivir ahí por el río, en una casita, con dos hermanas, pero que nadie lo quiso cantar, porque calculan que si lo hacen estrenan una hacha en el pescuezo.
La gente dice que mejor ni mencionar nada:
― ¿Pa' que? ¿pa' que lleguen los del resguardo (1)?
― Oigan chiquillos, oigan chiquillos ―continuó Cachijuego― dice tata que Juanico Pirriza hacía sopas de sapo y de lagartija, y que se las comía, pero lo peor, nadie pasa por ese caminillo porque dicen que el espíritu de Juanico Pirriza ronda por ahí todavía.
Después de que Juanico Pirriza murió, y sobre todo al caer la noche, algunas personas aseguran que han visto una sombra de hombre caminando, con un cuchillo y un hacha en la mano, ya que manifiestan que Juanico Pirriza no quedó contento con lo que le hizo al suegro, y que su alma anda en pena... porque nunca pudo perdonar a su suegro. ―
Cuando mi amigo Cachijuego terminó de contar la leyenda, ¡eso sí! le agarré la mano a la maestra y en silencio me recé un misterio ¡claro! aquella chiquillada no llevaba miedo porque iban gritando:
― ¡Ganamos 2 a 0! ¡Ganamos 2 a 0!
Hoy día entiendo que las porras era pa' darse ánimo por el miedo que llevábamos todos de ver a...
JUANICO PIRRIZA. (Picado)
Notas:
1] Antaño, el Resguardo Civil era el ente policial más temido por su eficiencia y autoridad, al cual prestaba servicio la Policía de Villas y Pueblos, encargada de la vigilancia en las comunidades y de resolver asuntos relacionados con disputas de la propiedad.
Dichos agentes, también llamados jueces de paz, eran sujetos con poca preparación, que en la mayoría de los casos no poseían ni siquiera estudios primarios, no sabían leer ni escribir, y llegaban a esos puestos por compadrazgo político. Se integraban a la población a la cual eran asignados, y buscaban ganarse la confianza de los ciudadanos, pero sus métodos eran muy arcaicos y usualmente incurrían en abusos, dada la cuota de poder que se les asignada y que debían manejar con escasa o nula preparación. (Quesada).
2] Pueden escuchar una adaptación radiofónica en el siguiente enlace: https://youtu.be/liZfvQGlyCI?t=206
Referencias:
Picado-Picado, F. (2011). Leyendas del Valle II, pp. 15-16. San José, Costa Rica: A.F. Picado, P.
Quesada- A., G. (s.f.). El Resguardo Fiscal existió a mediados del siglo XX: Se les temía y respetaba porque eran capaces de torturar. El Norte Hoy: https://elnortehoycr.com/2021/08/04/el-resguardo-fiscal-existio-a-mediados-del-siglo-xx-se-les-temia-y-respetaba-porque-eran-capaces-de-torturar/
Cuentos del General (2010)
La bestia que trituró al señor de la Cruz
Bienvenido de la Cruz se ahogaba del susto: tenía agarrada, a dos manos, una garganta invisible. Sin soltarla, sus manos se fueron embarrando de una sustancia gelatinosa.
— Saca la lengua amarillenta a más de quince centímetros de la boca. Y desde donde se ve el galillo sale un humillo azul oscuro, dice el señor de la Cruz.
Había algo en la montaña y no se podía cruzar por el sendero a traer agua de la quebrada. La gente por ninguna razón se animaba a entrar en la montañuela de Patrocinio. El pueblo sabía de dos leñadores que aparecieron descabezados en el bajillo.
Antes de llegar a la montañilla a cualquiera se le paran los pelos porque se oyen lamentos, ventarrones y árboles crujiendo como si se fueran a caer.
Bienvenido de la Cruz sigue con aquello en sus manos. Siente su corazón acelerarse como en brincos. Su boca se pone reseca los ojos saltados y ya no sabe qué hacer con aquella garganta invisible en sus manos.
— Si suelto, ¿qué será de mí? Si sigo apretando, ¿qué me pasará? —decía a gritos cuando su rostro, cubierto de sudor, enrojecía totalmente.
Ahora se calmaron los brincos de su corazón. En el fondo de la montañilla se oye el murmullo de la quebrada. En el aire viaja un vientecillo frío de la costa. No hay luz y Bienvenido de la Cruz sigue con las manos agarradas a la garganta de algo invisible.
— No puedo más —dijo y se desplomó sin soltar lo que tenía entre sus manos. Pasaría horas ahí en el suelo.
Dos policías llegaron al amanecer. El señor de la Cruz estaba empapado en sangre, cubierto por una masa gelatinosa y fría. Sus brazos, tronchados. Sus piernas no estaban, solamente quedaban la cabeza y el tronco.
Los dos policías, uno hermano de Bienvenido, el otro el amigo que lo acompañó al sitio, recogieron lo que quedó del señor de la Cruz. El poder Judicial dictó nota del macabro hallazgo: "Triturado por alguna bestia desconocida, de sus piernas y brazos no se tiene ubicación". El murió por el pueblo. Benditos sean estos héroes que dan la vida por los demás.
Solo Dios sabe lo que ahí pasó. Dos días después de los hechos el leñador Edmundo Picado se encargó de cortar la montañilla de Patrocinio, en busca de lo que nunca encontró: la bestia que mutiló al señor de la Cruz.
Fuente: Arce-Navarro, L., E. (2010). Cuentos del General, 1 ed., pp. 65-66. San José, Costa Rica: Atabal.
Historias y leyendas de mi tierra (2010)
El ganado que no bramaba
Cuenta la gente que hace muchos, pero muchos años, apareció en estas comarcas un hombre llegado del lado de Nicaragua. Timoteo Marenco llegó sin nada, con una mano adelante y otra atrás, con ese semblante de los que vienen huyendo y desean esconderse de la justicia que los persigue.
Al poco tiempo y de manera extraña comenzó el hombre a prosperar. Primero un día salió del pueblo y regresó al tiempito con una partida regular de ganado. Por cierto, era ganado mansito que no bramaba, no mugía y todo el tiempo estaba recutido y amusgado en una esquina del corral. Ni parecido a los toros, vacas y terneros que en esos tiempos se criaban en la región. Era algo extraño que llamaba poderosamente la atención. Y todavía más despertaba la curiosidad el hecho y la cosa que no había llegado el ganado a los corrales cuando al momentito estaban como gallotes los carniceros de diferentes lugares, peliándose las reses para las matanzas de la semana.
Timoteo vivía solitario en un rancho a la salida del pueblo, no hablaba con nadie, no tenía cocinera, solamente se relacionaba con la gente todos los sábados cuando llegaba con sus extrañas partidas de ganado. Ante tan singular caso muchos lugareños se pusieron inquietos y cavilosos. Un día resolvieron seguir al hombre a ver dónde conseguía aquel ganado tan extraño que vendía muy barato y sin mucho regateo.
En sus afanes llegaron a un lugar donde había turno y parranda. Sin perder la huella del hombre, al poquito rato vieron como Timoteo conseguía el ganado misterioso. Primeramente, el hombre se ofrecía para convidar a varias personas a comer debajo de unas guacimadas fresquitas, donde como por encanto tenía preparadas viandas en unas grandes mesas. Cuando la gente, hombres mujeres y niños, estaban a dos cachetes come que te come, de un pronto a otro eran envueltos todos por una oscurana muy rara, y apenas se quitaba la nube negra solo quedaba una manada de toros, vacas y terneros.
El ganado era tan mansito que no necesitaba vaqueros ni sabaneros para arriarlo. Únicamente seguía la voz de Timoteo que iba puntero llamando el ganado. Por eso era que no bramaba ni era como los animales corrientes.
La gente, apenitas llegaron al pueblo buscaron al cura para contarle la cosa tan terrible que sus ojos jamás habían visto. Con la autoridad de lugar ahí nomasito salieron en carrera buscando apresar al hombre, pero como Timoteo en realidad era un brujo muy bandido, pronto supo lo que iba a acontecer. Cuando llegaron al rancho encontraron el fogón apagado como si nadie hubiera estado ahí en los últimos tiempos. No había huella de nada. Jamás se volvió a saber de Timoteo Marenco, el hombre raro que convertía a la gente en ganado que no bramaba.
Referencia: Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed., pp. 44-45. San José, Costa Rica.
El indio, la culebra y el venado
Recién estaban llegando los españoles a la vetusta y legendaria capital de la Gran Nación Chorotega, la precolombina ciudad de Nicoya, cuando comenzó una violenta sarta de atropellos por parte de algunos conquistadores contra los indígenas del lugar.
Primero les despojaron de sus tierras, siguieron con su oro, sus pertenencias y luego les trataban de inculcar groseramente la nueva religión, obligando a los indígenas a olvidar por siempre las ancestrales costumbres y tradiciones del pueblo chorotega.
Contaban las viejas consejas indígenas que uno de los españoles más crueles lo fue sin duda un tal don Diego, un conquistador que, no satisfecho con quitar todo a los indígenas, sentía grandes y extraños placeres atormentándolos, arrancándoles las uñas, descarnándolos, arrancándoles la lengua, y después de someterlos a todos los vejámenes posibles, matarlos lentamente.
Una noche que venía persiguiendo ferozmente a un grupo de nativos por entre los ranchos de la Nicoya vieja, de un pronto a otro se topó de frente con un indígena que tenía una culebra esmeralda enrollada en su cuerpo y venía montado en un venado cacastón (pútrido), cuyos ojos, los del indio y los de la culebra, eran brasas encendidas que provocaban un miedo aterrador.
En medio de un penetrante tufo a azufre, el indio, la culebra y el venado hablaron al mismo tiempo:
— Mal hombre prepárate que venimos a llevarte. Debes pagar todas tus correrías y todas las crueldades que hicistes en este mundo. Quedarás condenado a vagar eternamente por estos contornos, recordando con amargura tu saña y tu crueldad con nuestros hermanos.
Cuando ya la precolombina Nicoya fue siendo un pueblo más español, cuentan los más viejos que no hace mucho, en las noches oscuras, todavía se oía un jinete que, lanzando gritos horripilantes, corría por todas las callejuelas del pueblo asustando a las gentes noctámbulas en medio de un penetrante olor a azufre. Dicen que lo escuchaban clarito pidiendo perdón y piedad por sus crímenes y maldades del pasado.
Referencia: Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed, pp. 51. San José, Costa Rica.
La cocinera del fraile
Dicen contaba el cieguito Otoniel Torres, que hace muchos, pero muchos años, vivió en Nicoya un fraile doctrinero que era atendido solícitamente por una cocinera indita, mujer menudita que todos los días le daba carne fresquecita diciendo siempre que era carne de venado.
En los primeros días el fraile no reparó ni puso cuidado a la cuestión, pero con el tiempo, viendo que en el pueblo no había carnicerías que mataban reses muy perdidamente y que las monterías de venados eran solo de cazadores muy avezados, se puso maldito a ver cómo era la cuestión de la carne fresquecita todos los días.
El asunto fue que una noche, despuesito de las oraciones finales en su habitación, el fraile oyó un ruidito en unas arboledas de la sacristía. Cuando llegó al sitio alcanzó a ver a la cocinera que, diciendo unas oraciones viejas, se sacó el alma del cuerpo, la que se convirtió en una mona coloradeja que, sin percatarse del cura, se perdió en las oscuridades brincando entre las arboledas cercanas.
Ya en la pura madrugadita regresó la mona cargando un chiquito en unos sacos de manta. Viendo el fraile que era carne humana la que estaba comiendo todas las mañanitas, quien sabe cómo le hizo para no dejar a la mona unirse al cuerpo, y ella le suplicaba que la dejara porque sino se moría, él accedió, pero le dijo que primero fuera a devolver al chiquito y confesara lo que ella había hecho.
Así sucedió, y despuesito la cocinera, transformándose de nuevo en la indita, recibió los regaños escandalizados del fraile. En la confesión le dijo al doctrinero que ella hacía eso porque quería que los españoles también comieran carne humana, como lo hacían ellos en las antiguas fiestas del sol y del maíz, costumbre que los españoles quitaron groseramente, haciendo una gran iglesia de adobes encima de las teyopas y los templos sagrados de los Chorotegas. Ella no perdonaba que las cosas y las costumbres de sus ancestros y de sus antepasados estuvieran perdidas en el olvido del tiempo.
El fraile la maldijo, pero la mujer siguió en sus correrías nocturnas, y dicen unos que sucedió que un cazador, conocedor también de secretos viejos, un día la tiró en un oscuro espavelar usando tiros en cruz bañados en agua bendita. Según Stocker la quemaron en una plaza.
Referencias:
Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed, pp. 24. San José, Costa Rica.
Stocker, K. (1995). Historias Matambugueñas: una antología de historias, recetas típicas y remedios caseros recogida en la comunidad de Matambú, pp. 36. Heredia, Costa Rica: EUNA.
La historia de Mataperros
Me contaba mi papá don Pepe Arauz, que muy pocos conocían la historia de Mataperros, mal apodo que le encaramaron a Cleto Herrera, un hombre extraño que de tiempo en tiempo llegaba a la tranquila y apacible Nicoya de finales de siglo (19).
Mataperros era un hombre grandísimo, grueso, calvo y muy viejo. Andaba siempre con un bordón y un saco donde cargaba cosas raras y misteriosas, decían los güilitas y muchachos que le tenían pavor. Este miedo venia porque, cuando los jóvenes desobedientes se jalaban alguna travesura, de inmediato los padres los amenazaban con que se los darían a Mataperros para que se los comiera asados en su viejo rancho en el Zorro, en aquellos tiempos una remotidad y actualmente el pujante poblado de Caimital.
Nadie sabía de donde había venido Mataperros; unos decían que era nica, otros que español, más de uno opinó que era guatemalteco, pero a ciencia cierta nadie sabía su origen ni mucho menos cuál era su familia.
Lo que afirmaban unos era que Mataperros había sido un cura que, por motivos nunca sabidos, colgó los hábitos y dejó su ministerio botado. Esto debido a que muchas veces lo encontraban en las esquinas de la vieja Nicoya diciendo responsos y perfectamente cantando partes de la misa en latín y en castellano.
Otros más osados decían que Mataperros era brujo, con la cosa que muchas veces lo pretaliaban para montarlo como un toro y no había montador macho al talón que se sostuviera en los lomos del misterioso Mataperros. Eras tres corcoveos y al suelo iba dar la horqueta que se atreviera a montarlo. Siempre apostaba una botella de guaro y todo el tiempo ganaba la apuesta.
Con el tiempo llegaron las novedades diciendo que por fin Mataperros se había muerto en Puerto Carrillo, después de una larga y prolongada agonía. Según los más viejos le calculaban más de cien años de edad, pues decían que para la guerra del cincuenta y seis ya Mataperros era un hombre hecho y derecho.
La gente siempre dijo que tenía tratos con el diablo y que por castigo se fue muriendo por partes. Primero se le murieron las patas, y cuando ya hedía de la cintura para abajo, todavía movía los brazos y parpadeaba haciendo muecas. Tuvieron que dejarlo mucho tiempo sin darle cristiana sepultura por el miedo que tenían de enterrarlo y que todavía estuviera vivo.
Referencia: Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed., pp. 48-49. San José, Costa Rica.
La niña de las cajetas
Hace muchos, pero muchos años vivía en la apacible comunidad de Sabana Grande una pareja muy pudiente que tenía como regalo del buen Diosito una linda chiquita, dueña de muchos encantos y que, a pesar de su corta edad, ya daba muestras de tener sobrada inteligencia y un gran corazón lleno de amor por los demás.
Ramón y Dorila habían venido del lado de Juan Diaz, lugar fresco donde por largo tiempo tuvieron generosas fincas de café y ahora también en la caliente bajura hacía mucho tiempo que, por fortuna de la vida, eran dueños de varias fincas donde pastaba mucho ganado.
Teresita, el desvelo de aquellos amorosos padres, era la inteligente y candorosa chiquitina que muy pronto iría a la escuela. Ella hacía que en aquella unida familia todo fuera alegría y esperanza en la vida. Los peones, así como las mujeres y los sabaneros de las fincas, idolatraban a la niña, por lo que muy pronto se granjeó la buena voluntad de la gente.
Pero como todo en la vida no es permanente, a los pocos años sucedió un lamentable hecho que hizo pedazos la felicidad de aquel lindo hogar. Aconteció un día que, viniendo Ramón y Dorila en una lancha de las que hacían servicio de cabotaje en el Golfo de Nicoya, fueron sorprendidos por un furioso chubasco que hizo zozobrar la embarcación, muriendo todos sus ocupantes en aquella trágica y tormentosa noche de invierno.
De Teresita hubo de hacerse cargo un avariento y malvado tío, Aquiles, único hermano de su madre, quien de inmediato por su codicia se convirtió en calvario y en un azote permanente para la niña. Aquello fue terrible; despojó a la niña de todos sus bienes y derechos. Por ser un hombre déspota empezó a manejar las fincas con salvaje tiranía, por lo que pronto desapareció la calma en los trabajadores. Como era tan machista la sacó de la escuela y la hizo encargarse de todos los trabajos duros de la casa.
No contento con sus malas acciones, por las tardes, exponiéndola a miles de peligros, la mandaba a vender cajetas al vecindario, con la infame idea que todos, sin importar la edad, debían trabajar para ganarse la vida.
Constantemente recibía cruel castigo de su malvado tío, quien a cada rato le recordada que, de no haber sido por él, de seguro ya todo el mundo le hubiera quitado todo y ella estaría más muerta que viva. Un día fue tal la golpiza y el maltrato recibido que la niña enfermó gravemente y, al no poderse recuperar como en otras ocasiones, por su gran debilidad a los pocos días se consumió y entregó su sufrida almita al Creador. Diciendo que desde que la recibió venía enferma de extraños males, hablaba el cruel hombre de la dolorosa muerte de la niña. No se le ablandó el corazón, ya que ni plata para la vela quiso poner el malvado pariente. La niña hubo de ser enterrada por la piedad de la caridad pública.
Después de estos hechos dolorosos, empezaron a acontecer una serie de sucesos extraños que asustaron a mucha gente. Sucedió que el tío Aquiles empezó a sentirse mal, diciendo primero que un gran chompipe no lo dejaba salir a la calle; que le picaba la cabeza y que le picaba todo el cuerpo mientras estaba en la cama. Después que cada vez que cerraba los ojos, un cucarachero espantoso se le subía por todo el cuerpo. Más luego que unas arañas enormes andaban en el cuarto, que lo orinaban y que, para quitarse un poco la picazón, debía arrancarse la piel a jirones.
No hubo manera con el hombre. Hablaba solo y por las noches pegaba unos escalofriantes alaridos que se oían por todos los contornos, y solo se calmaba y tenía ratitos de sosiego cuando empezaban a hacerle rosarios a la niña y echaban agua bendita por toda la casa. Aquella agonía duró meses y cuando ya por fin murió, tenía el cuerpo cubierto de llagas purulentas y espantosamente pestilentes, y tenía los ojos, la boca y las narices repletas de una inmunda tierra llena de gusanos.
Referencia: Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed., p. 73. San José, Costa Rica.
La princesa Sochil
Mucho tiempo después de haber llegado Gil González Dávila a las bucólicas y feraces tierras nicoyanas y habiendo ya pasado la cruel conquista del pueblo indígena, don Sebastián Rodríguez, un pérfido español, se quedó en la comarca chorotega únicamente para satisfacer su ambicioso deseo de hacer fortuna fácilmente y regresar cargado de oro y riquezas a su natal España.
Durante mucho tiempo maltrató despiadadamente a los indígenas de los alrededores de Nicoya, Nambí, Diriá, Guaitil, Nacaome, Acoyapa, Quirimán, Curime y Matambú, con el firme propósito de quitarles todo su oro y las cosas de valor que pudieran tener. El que no obedecía sus crueles intenciones era castigado severamente y sometido a los peores suplicios hasta que entregara todo lo que quería el déspota tirano.
Sucedió que, por esas cosas de la vida, Sochil, una linda florcita de rancio abolengo indígena, bella y delicada como no había dos, se enamoró perdidamente del sanguinario español don Sebastián Rodríguez. Sochil era la hija de un cacique que a la hora de su muerte había revelado a su querida niña el lugar donde enterró todas sus riquezas para evitar que los invasores se las quitaran.
Sochil, en su descontrolado y ciego enamoramiento, entregó sin ningún recelo todo el oro de su padre al cruel español quien, sin gota de amor por la bella nativa, le pagó encerrándola en una cueva para que nadie la encontrara y muriera lentamente.
Como la princesa Sochil conocía perfectamente todas las cuevas del cerro, pronto logró escapar, pero su gran amor por el español la envolvió más y más hasta que terminó llevándola por los mayores confines de la tristeza y la locura. En sus locos desvaríos comenzó a recordar y recordar todos los secretos indigenas recibidos en vida de su reina madre, quien fuera sacerdotisa de su pueblo. Cayó en trance y después en un profundo sopor, del que despertó convertida en una bruja con grandes poderes, y dueña de sortilegios y místicos encantamientos indígenas.
Sucedió que, cuando el pérfido don Sebastián Rodríguez se aprestaba para iniciar un largo viaje a España donde disfrutaría sus riquezas mal habidas, de un pronto a otro, en una jugada* de viento, se le apareció la bruja Sochil. De nada valieron las suplicas y los ruegos del asustado hombre, quien de inmediato reconoció en la hechicera a la bella mujer que en otro tiempo lo amara locamente.
La linda princesa, ahora convertida en la poderosa bruja Sochil, con un místico sortilegio convirtió al malvado español en un perro mudo, un animal raro de esos sacrificados en las antiguas fiestas supremas que todavía los indios celebraban secretamente por tres veces al año en honor a su Dios Sol. (Arauz)
Nota: Jugada: en la jerga de guanacaste, “cada vez que se monta un toro”. (Diccionario de Guanacastequismos)
Referencias:
Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed, pp. 85-86. San José, Costa Rica.
Diccionario de Guanacastequismos. Jugada, página 189. En: http://copa.acguanacaste.ac.cr:8080/handle/11606/348 [Consultado el 16 de noviembre de 2022]
Los Duendes
En una hacienda de las que había antes, vivía Quintín con su compañera Fulgencia y sus dos muchachillos José y Esteban. Él trabajaba como sabanero en la hacienda y ella se desempeñaba como cocinera de los peones. Por estarse criando muy andariegos en un ambiente sin rienda, se estaban volviendo muy malhablados y groseros con los animales.
Ya casi no hacían caso y no había manera que fueran a la escuelita cercana. Solo les gustaba andar vagabundeando por los montes y las fincas y matando cuanto pájaro y aves se encontraran a su paso.
Resulta que para un tiempo de cuaresma, su mamita les rogó que no fueran al cerro a espantar panales, ya que se aproximaban los días grandes y les podían salir los duendes. Como siempre, los niños desobedientes no hicieron caso a los ruegos de su madrecita y tomaron precisamente el camino del cerro, dispuestos a regresar cuando les viniera en gana.
Al poco rato de caminar por entre bosques, veredas y tacotales, se encontraron con unos hombrecillos con cara de viejo que vestían ropas muy vistosas de brillantes colores. Daban brinquitos por el camino y les ofrecían dulces, confites y juguetes. Con esos engaños, poco a poco fueron llevando a los muchachos por parajes y lugares desconocidos.
Al poquito rato comenzaron a darles pellizcos, darles arañazos y asustarlos con gritos muy feos. Les daban chilillazos hasta hacerlos llorar. No les daban de comer y a cada rato los quemaban con tizones encendidos.
Como estaban en lugares lejanos y desconocidos, nadie los oía, nadie les escuchaba sus gritos pidiendo ayuda. Ahí pasaron tres días y sus noches. Fueron momentos de gran sufrimiento, miedo y angustia.
Mientras tanto, sus papás con gran sufrimiento andaban como trastornados buscando a José y a Esteban por todo lado. Recorrieron las fincas y los montes, preguntando por aquí y por allá, sin poder encontrar a los güilas. Por fin, los duendes se aburrieron de los muchachos y tal y como llegaron, desaparecieron.
Cuando sus papás los encontraron, estaban irreconocibles de sucios y asustados. No hablaban y sus caras reflejaban un gran miedo por lo ocurrido. Tardaron como 15 días para decir una palabra. Solo querían estar abrazados a sus padres y no querían salir a la puerta del rancho, ni mucho menos al patio a darle de comer a las gallinas.
Con el tiempo se volvieron muchachos muy diligentes, dejaron las malas palabras, ayudaban en su casa y se dedicaron con mucho empeño a estudiar.
Referencia: Arauz-Ramos, C. E. (2010). Historias y leyendas de mi tierra, 1 ed. pp. 37-38. San José, Costa Rica: Arauz.
La cazadora de espantos (2020)
Las historias de espectros, apariciones y fantasmas de la carretera al Zurquí cobraban fuerza año con año. Una noche, como a eso de las diez, iba Norman Meléndez, en otro de sus viajes, subiendo el Zurquí con el camión cargado de madera, cuando explotó una manguera hidráulica de la dirección. Así que detuvo el camión y lo orilló a la carretera. Junto con él viajaban, en diferentes camiones, tres compañeros más que se detuvieron para ver qué ocurría. Trabajaban en la empresa Transporte Internacional GASH.
— Diay, Norman, ¿algún problema? —le preguntó uno de los compañeros.
— iNo ves que se reventó la manguera hidráulica de la dirección! —exclamó don Norman.
— Pues vamos a revisar, y ver qué se puede hacer —respondió otro compañero.
Entre todos intentaron arreglar la manguera hidráulica, pero, por más que intentaron, no hubo manera de repararla.
— Vean, es tontera que todos nos quedemos aquí. Lo mejor es que ustedes sigan la gira —sugirió don Norman resignado.
— ¿Estás loco?, es muy tarde ya. Y, a como pasan las horas, por aquí se va a poner muy solo —le advirtió uno de los compañeros.
— ¡Váyanse ustedes! Mañana temprano pediré a los que pasen un aventón para San José y así solucionar el problema —dispuso don Norman.
— Hombre, vea que no es muy seguro que se quede solo. A estas horas ya es muy poco el tránsito —insistieron sus compañeros.
— En serio, no se preocupen, todo va a estar bien —aseguró aquel.
Ante la orden de Norman, sus compañeros continuaron el viaje y lo dejaron ahí. Las horas iban pasando. Al ser las doce de la noche, Norman se encontraba sentado del lado del chofer fumándose un cigarrillo con el volumen del radio bajo; escuchaba música cuando, de repente, en lo alto de los cortes del paredón del lado derecho de la carretera, escuchó un alarido que lo dejó helado.
"Santo Dios, pero, ¿qué fue eso? Ese alarido espantoso vino desde arriba de ese paredón", se dijo para sí mismo.
Luego, comenzaron a caer un poco de piedras que se vinieron rodando cuesta abajo. Segundos después, comenzaron de nuevo los alaridos.
— ¡Juepúchica!, ¿Qué animal será ese? Porque yo he andado mucho en la montaña y sé cómo hacen el tigre, el ocelote, la martilla, la lora y todos esos animalillos —decía Norman en voz alta.
Continuó fumándose el cigarrillo, mientras intentaba descubrir qué animal podría ser, cuando volvió a escuchar, de nuevo, el mismo grito. Aunque a Norman aquellos alaridos le parecían algo horrible y espeluznante, no les dio mucha importancia y siguió escuchando la música que tenía puesta. Sin embargo, cinco minutos después, escuchó como que algo había caído a la par de la puerta.
¡Pom, pom! Un golpe seco de algo grande que había caído de una forma aparatosa.
"Pero ¿qué fue eso?, se oyó como si hubiera caído un animal enorme a la par", pensó.
De pronto, escuchó ese alarido en las puras orejas.
— ¡Juepúchica!, ¿pero que diantres es? —preguntó sobresaltado.
Entonces, sin meditar en el peligro, prendió las luces de servicio del cabezal, agarró un foco y abrió la puerta para verificar. Le dio la vuelta al camión, revisó abajo y detrás del remolque donde iban las tucas y no había nada.
Así que se montó de nuevo. Estaba sentado, cuando escuchó ruidos detrás de la cabina, seguidos por un socollón similar al que haría un animal brincando desde el chasis hasta el techo del cabezal. La criatura emitía alaridos pavorosos. Norman, en su vida, había sentido tanto, pero tanto miedo como en ese momento. Después, escuchó el estruendo en la trompa del cabezal, por lo que agarró el foco y prendió esta vez todas las luces del camión, tanto las de atrás como las de adelante para ir revisar de nuevo.
— Debe de ser que algún maderero paró un poco más abajo y tal vez me estén haciendo alguna broma —expresó, molesto, Norman.
Pero, al revisar con el foco por encima de las tucas, no logró ver nada. Un escalofrío indescriptible le recorrió todo el cuerpo, así que corrió rápidamente a la puerta y se subió con el corazón muy acelerado; le puso seguro a ambas puertas, cerró los vidrios y permaneció sentado en el asiento del copiloto. El pánico lo estaba embargando.
Trataba de comprender lo que estaba sucediendo, cuando escuchó a la criatura brincar encima de la cabina, donde él se hallaba sentado, y pegar aquellos alaridos que le tenían la piel como gallina.
Luego, oyó cuando esta brincó del techo de la cabina a la trompa del camión, a pesar de que él no conseguía ver nada, y, entonces, con todo el miedo del mundo, Norman volvió a prender las luces pero sin salir del camión. Solo que estuvo sentado oyendo aquella bestia que emitía sonidos tan escalofriantes. Lamentablemente ningún carro pasaba, así que estaba solo en aquella zona. A su izquierda había un guindo.
"¡Qué va! Yo aquí adelante no me quedo", pensó Norman.
Así que se pasó del asiento de adelante para el camarote que había detrás de los asientos. Y ahí permaneció hecho un puño oyendo aquella criatura que no sabía que era. Entonces aquel ente que lo atormentaba empezó a golpear el respaldar del camarote. ¡Pum, pum! El camión comenzó a estremecerse debido a los golpes.
"Esa cosa, sea lo que sea, ya sabe que estoy de este lado. Me golpea el respaldar del camarote como para darme a entender que sabe que estoy aquí. Dios mío, no para, sigue golpeando para que yo salga", pensaba Norman lleno de temor.
Se atormentaba don Norman entre aquellos pensamientos, mientras la criatura misteriosa le seguía sacudiendo el camarote. Sin piedad alguna, esta se subía arriba, brincaba y producía aquellos alaridos espantosos que lo mantenían angustiado. Las horas pasaban y aquel escenario no se detenía; la criatura brincó a la trompa del camión y comenzó a golpear el parabrisas.
"Padre Santo, esta bestia me va quebrar el parabrisas", se preocupó don Norman.
Así que, con todo el miedo del mundo, se inclinó por entre los asientos un poco y prendió las luces del camión otra vez, a la vez que regresaba rápidamente al camarote.
Pero su temor se incrementó más cuando, con las luces encendidas, pudo ver cómo el parabrisas se agitaba al ser golpeado por algo invisible. como si no fuera bastante tormento, don Norman, aterrado, escuchaba como si unas cuchillas rasgaran la trompa del camión mientras los alaridos se iban intensificando cada vez más.
"Este bicho se escucha cada vez más furioso", pensaba alterado Norman.
Pero, al mirar desde el camarote hacia la ventana, no veía nada. Con las luces encendidas solo podía mirar la carretera, la trompa del camión y el parabrisas donde brincaba al ser golpeado. Escuchaba, además, los retumbos donde la criatura invisible pasaba de encima del camarote a la trompa del camión una y otra vez.
Como a las cuatro de la mañana, empezó a despejarse y la criatura comenzó a apaciguarse. Carros y camiones empezaron a transitar, y ya no se escuchó más la bestia. Cuando el sol asomó sus primeros rayos, don Norman se bajó del camión y fue entonces que pudo ver los daños que la criatura maligna le había provocado al vehículo. En la trompa del camión, lo mismo que en el techo, se podía observar, claramente, como si hubieran rasgado con tres dedos en forma de cuchilla.
Cuando volvió a ver a sus compañeros les contó lo ocurrido.
— Vean, fueron como cuatro horas las que me tuvo ese animal ahí encerrado. Pero sería un mentiroso si les digo que yo vi algo. Prendí las luces, fui a revisar, y nada.
— ¿De verdad, nada de nada? —preguntó uno de los compañeros.
— Nada. La experiencia, muchachos, fue aterradora. Pero de algo estoy seguro, era grande y maligno y no creo que sea de este mundo. Cada vez que lo cuento se me escalofría el cuerpo, pues yo he andado en la montaña, he dormido solo en cualquier lado y no soy miedoso. No creo en fantasmas ni nada de eso. He visto muchas cosas pero esto no logro entenderlo —relataba Norman.
El misterio nunca fue resuelto; don Norman solo sabía una cosa, no quería volver a experimentar lo de ese día. Esperaba que, si le ocurría a alguna otra persona, esta pudiera tener una explicación, porque él nunca llegó a comprender ese acontecimiento tan fatídico.
Referencia: Carballo-Herrera, S. (2020). La cazadora de espantos, 1 ed. pp. 97-102. San José, Costa Rica: ATABAL.
Motivos y Fenómenos
Asombro
El “asombro” como categoría explicativa de la muerte y el daño en la tradición costarricense
En el corpus de relatos recopilados, el “asombro” aparece como una categoría cultural consistente utilizada para explicar eventos de colapso físico súbito, enfermedad o muerte asociados a experiencias de terror intenso. Lejos de ser una noción aislada o anecdótica, se manifiesta como un sistema explicativo recurrente en distintas regiones y contextos sociales del país.
Definición y caracterización del asombro
En el ámbito rural costarricense, el asombro se entiende como el efecto producido cuando una persona se enfrenta a una manifestación que le provoca terror extremo, generando un colapso que puede culminar en la muerte. Esta definición aparece explícitamente en testimonios familiares, como el caso de Juanita Mora en Cachí, donde se afirma que “un asombro” ocurre “cuando una persona ve algo que le causa terror, y sufre un colapso nervioso que culmina con un ataque cardiaco” (Gutiérrez Coto, 2024, pp. 75–76).
Desde una perspectiva conceptual, esta noción se vincula con la idea de “sombra” como agente nocivo. Luis Barahona Jiménez señala que en la tradición campesina existen entidades (árboles, objetos y hasta personas) o influencias denominadas “mala sombra” (que proyectan una mala sombra), capaces de producir enfermedad y otros males, y establece una relación directa entre “sombra” y “asombrar”, entendiendo este último como el estado de quien ha sido afectado por un espanto (Barahona Jiménez, 1975, p. 216).
Manifestaciones físicas y proceso del asombro
Los relatos presentan una notable consistencia en la descripción del proceso del asombro, que suele desarrollarse en una secuencia reconocible:
Primero, ocurre un estímulo desencadenante, como la percepción de una figura, luz, sonido o presencia inexplicable. En el caso de Juanita Mora, se trata de un grito desgarrador en medio del cafetal (Gutiérrez Coto, 2024). En otros relatos, el detonante puede ser una aparición luminosa o una figura antropomorfa, como en “El asombro de Tobosí” (Zavaleta, 2003, pp. 143–146).
En segundo lugar, se produce una reacción inmediata caracterizada por parálisis, pérdida del habla o caída súbita. En múltiples casos, los afectados regresan en estado de shock, con la mirada fija y sin capacidad de comunicación, como ocurre tanto en el relato de Cachí como en diversas leyendas recopiladas.
Finalmente, se presentan consecuencias físicas que incluyen rigidez corporal, frialdad, alteraciones en la expresión facial y, en casos extremos, la muerte. Este patrón también se observa en otros relatos donde los individuos son encontrados “tiesos”, con signos de terror en el rostro o sin signos vitales aparentes.
Gradientes del asombro
El asombro no opera como una categoría binaria (vida/muerte), sino como un fenómeno gradual con distintos niveles de afectación.
En su forma leve, puede provocar enfermedad o debilitamiento, como se observa en relatos donde los individuos “se enferman del susto”. En un nivel intermedio, genera secuelas permanentes, tales como parálisis, pérdida del habla o alteraciones físicas, como en el caso de personajes que quedan “torcidos” o con impedimentos de por vida (Coto, 2009, pp. 146–151).
En su forma más grave, el asombro produce la muerte inmediata o diferida, como ocurre en múltiples narraciones, incluyendo las recopiladas en Juan Viñas, donde se afirma que quienes no resisten el contacto con los espíritus “se mueren y entonces quedan a cargo del espíritu que los mató” (Quesada Vargas, 2009, p. 94).
Existe además un nivel excepcional en el que la víctima adquiere una dimensión simbólica posterior, como en el caso de Tobosí, donde los asombrados llegan a ser considerados milagrosos tras su muerte (Zavaleta, 2003).
Intensidad variable y modulación del asombro
A partir del conjunto de relatos analizados, es posible plantear una hipótesis interpretativa: la intensidad del “asombro” no sería uniforme, sino que podría variar según la interacción entre la persona y la entidad o fenómeno experimentado.
Algunos casos sugieren una manifestación súbita y letal. En el testimonio de Gutiérrez Coto (2024), la figura del “asombro” aparece como un evento abrupto que provoca un colapso inmediato, interpretado comunitariamente como resultado del terror extremo. De forma similar, en ciertos relatos recopilados por Quesada Vargas (2009), se afirma que quienes no resisten la presencia espiritual “se mueren”, lo que refuerza la idea de un desenlace instantáneo.
Sin embargo, otros textos introducen matices importantes. En el relato de Coto (2009), el caso del difunto Goyo Calvo sugiere que el encuentro con la entidad no necesariamente produce un efecto inmediato, sino que puede implicar una negociación o interacción verbal previa. El narrador afirma que, tras hablar con el espíritu y pedirle llegar con vida a su casa, logra evitar el colapso en ese momento, aunque posteriormente sufre un deterioro físico asociado al “frío” del muerto. Este detalle abre la posibilidad de que la intensidad del “asombro” sea, en cierta medida, modulable.
Esta idea se ve reforzada por otros ejemplos del mismo corpus. En “El asombro de Tobosi” (Zavaleta, 2003), el personaje no muere de inmediato, sino que entra en un estado prolongado de afectación física y mental tras el encuentro. De igual forma, en relatos orales como el del “espanto de El Yas”, las consecuencias varían: desde la muerte hasta la parálisis o el simple desmayo, dependiendo del individuo y las circunstancias.
Asimismo, la tradición recogida por Quesada Vargas (2009) introduce un elemento adicional: no todas las personas están igualmente predispuestas a resistir estos encuentros. Se menciona que “no toda persona es la que resiste hablar con ellos”, lo que sugiere que factores como el valor, la disposición o incluso el conocimiento previo podrían influir en el desenlace.
En conjunto, estos elementos permiten proponer que el “asombro”, dentro del imaginario rural costarricense, no opera como un fenómeno rígido, sino como un espectro de experiencias cuya intensidad puede variar. Esta variabilidad podría depender de factores como la naturaleza de la entidad, el tipo de interacción (pasiva o activa), las creencias del sujeto y su capacidad de respuesta ante lo sobrenatural.
El frío como marcador del asombro
Un elemento recurrente en los relatos es la asociación del asombro con el frío. Se menciona el “frío de los difuntos”, la sensación de “mano helada” o la presencia de un “yelo” [hielo] que acompaña a los espíritus (Quesada Vargas, 2009, pp. 8, 94). Este rasgo aparece como un indicador físico de la presencia sobrenatural y del impacto que esta produce en el cuerpo humano.
Territorialización del fenómeno
El asombro no ocurre en espacios abstractos, sino en lugares específicos que adquieren una carga simbólica particular. Entre estos destacan cafetales, chayoteras, caminos rurales, montes, quebradas y haciendas. Estos sitios se convierten en puntos recurrentes donde “asombran”, consolidándose como espacios de memoria colectiva.
En diversos relatos, estos lugares quedan marcados por los eventos, generando advertencias comunitarias y configurando una geografía del miedo que forma parte del conocimiento local.
Relación con entidades sobrenaturales
El asombro se encuentra estrechamente vinculado a la aparición de diversas entidades del imaginario costarricense, tales como ánimas, espíritus del bosque, duendes, “hermanos” [fantasmas], el diablo, la Segua o el Cadejos. En todos los casos, estas entidades comparten la capacidad de provocar terror extremo y afectar físicamente a los individuos.
El texto “Espantos de antaño” recoge varias de estas figuras y señala que la aparición de entidades como los muertos o los duendes puede generar desvanecimientos o estados de incapacidad en quienes no logran resistir su presencia, específicamente personas que no son "muy valientes y santas”. (Tradicional, 2003, pp. 233–234).
Dimensión moral del asombro
En muchos relatos, el asombro se interpreta como un mecanismo de sanción moral. La aparición de entidades sobrenaturales puede estar asociada a conductas consideradas inapropiadas, como la irreverencia religiosa, la inmoralidad o el incumplimiento de promesas.
Por ejemplo, en la leyenda de la carreta sin bueyes, el fenómeno se presenta como una manifestación del desagrado divino hacia quienes llevan una vida desordenada (Zeledón Cartín, 2009, pp. 196–198). De manera similar, en el relato del “cuijen”, el castigo recae sobre una joven que desafía normas religiosas y familiares (Ramírez Sáizar, 2009, pp. 240–242).
No obstante, también existen casos en los que el asombro carece de una explicación moral explícita, como en relatos familiares o eventos fortuitos, lo que sugiere la coexistencia de interpretaciones múltiples dentro del mismo sistema cultural.
El asombro como memoria social
Finalmente, el asombro cumple una función importante como mecanismo de transmisión de memoria. En relatos familiares, como el de Cachí, la historia no se presenta como leyenda sino como experiencia vivida, transmitida de manera íntima entre generaciones (Gutiérrez Coto, 2024).
En este sentido, el asombro no solo explica la muerte o la enfermedad, sino que también articula narrativas de identidad, pérdida y pertenencia, integrándose en la memoria colectiva y familiar.
Barahona Jiménez, L. (1975). El gran incógnito. Editorial Costa Rica. (Obra original publicada en 1953 por la Editorial Universitaria de la Universidad de Costa Rica).
Coto, R. (2009). Espantos. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 146–151). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Repertorio Americano).
Gutiérrez Coto, F. (2024). Morir de “asombro”… así murió mi abuelita paterna. En Aún hay más de Cachí (pp. 75–76). Ideas Únicas, S.A.
Quesada Vargas, M. (Recop.). (2009). Cuentos terroríficos del antiguo Juan Viñas. Káñina: Revista de Artes y Letras, 33(3). Editorial de la Universidad de Costa Rica.
Ramírez Sáizar, J. (2009). En Costa Rica salió el cuijen. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 240–242). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Folclore Costarricense).
Tradicional. (2003). Espantos de antaño. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1.ª ed., 3.ª reimpr., pp. 233–234). Editorial Costa Rica.
Zavaleta, J. A. (2003). El asombro de Tobosí. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1.ª ed., 3.ª reimpr., pp. 143–146). Editorial Costa Rica.
Zeledón Cartín, E. (Comp.). (2009). La carreta sin bueyes. En Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 196–198). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en 1936).
Rituales
La oración del cacaste
La persona que pretendiera “parar un cacaste”, es decir, levantar el esqueleto y cuero reseco de una res muerta, debía realizar el acto en un sitio abierto del monte, generalmente donde yaciera el propio animal, en condiciones de aislamiento y preferiblemente de noche, momento en que, según la tradición, las fuerzas invisibles se manifestaban con mayor facilidad (Valencia, 1956; Chaverri, 2020a).
Primero se preparaba el cuerpo del animal o el sitio ritual. En algunas versiones, se realizaba una limpieza del terreno alrededor del cacaste, despejando un espacio amplio para la acción. Luego se encendían sahumerios o se empleaban elementos de carga simbólica intensa —como pelo de felino envuelto en material vegetal— con el fin de activar el entorno ritual (Valencia, 1956). En otras variantes, se preparaba un bebedizo o mezcla con flores y hojas específicas, como sacuanjoche y papaturro, que podían formar parte del procedimiento mágico asociado a la activación del animal (Chaverri, 2020a).
Acto seguido, el operador iniciaba la invocación. Esta consistía en una fórmula extensa y acumulativa que apelaba a fuerzas opuestas y totalizantes: elementos naturales, animales, sustancias y dualidades fundamentales. La oración integraba lo alto y lo bajo, lo puro y lo impuro, lo vivo y lo muerto, configurando un conjuro de carácter totalizador:
“Por la muerte y por la vida, por la noche y la mañana, por la tierra y por el cielo…” (Valencia, 1956).
Durante la recitación, el ejecutante realizaba gestos corporales, especialmente con los brazos, y podía experimentar escalofríos o alteraciones físicas, interpretadas dentro del relato como señales de eficacia del acto ritual (Valencia, 1956). En algunas versiones, la invocación incluía referencias explícitas a fuerzas demoníacas o a la autoridad de Satanás como instancia última del poder ritual (Valencia, 1956; Chaverri, 2020a).
Al finalizar la oración, se emitía la orden directa al cacaste, generalmente en voz alta y con tono imperativo:
“Por orden de Satanás, te parás…” (Valencia, 1956).
En ese momento, comenzaban las manifestaciones: primero un viento fuerte o un ruido lejano, seguido por el movimiento progresivo del esqueleto. El cuero reseco se tensaba, los huesos parecían reorganizarse, y finalmente la estructura completa del animal se incorporaba, como si recuperara movilidad o vida (Valencia, 1956; Arauz-Ramos, 2010).
Una vez animado, el cacaste no era un ente pasivo. Podía embestir, perseguir o atacar, funcionando como instrumento del operador o como fuerza descontrolada. En algunos relatos, el dominio sobre la criatura es parcial o inestable, y el animal puede volverse contra quien lo invocó o contra terceros presentes (Valencia, 1956). En otros, como en el caso atribuido a Malaquías, el cacaste se utiliza como mecanismo de amenaza o coerción directa sobre otra persona (Arauz-Ramos, 2010).
El estado animado no es permanente. El efecto dura mientras se mantenga la voluntad o el “hechizo” que lo sostiene. Una vez cesa la invocación o se cumple el objetivo —por ejemplo, forzar una promesa o resolver un conflicto— el cacaste cae nuevamente al suelo, inerte, como si nunca hubiera tenido vida (Arauz-Ramos, 2010).
Existen divergencias importantes entre las versiones registradas. Algunas enfatizan la necesidad de silbidos o llamados específicos para activar o controlar al ente (Chaverri, 2020b), mientras que otras incluyen el uso de objetos físicos como la vaqueta para enfrentarlo o dominarlo (Valencia, 1956). También varía el grado de intervención sobrenatural: en ciertos relatos el poder proviene directamente de la autoridad demoníaca, mientras que en otros se presenta como conocimiento secreto de sabaneros o brujos, sin mediación explícita de entidades infernales (Arauz-Ramos, 2010).
Referencias:
Arauz-Ramos, C. (2010). Historias y leyendas de mi tierra. EUNA.
Chaverri, E. (2020, 22 de abril). Como se para un cacaste [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=lBcgSSgVH8E
Nota: (Guanacaste de Verdad, Vol. 1). Letra y música: Eugenio Chaverri; producción: R. Yohamn Estrada S.
Chaverri, E. (2020, 22 de abril). Glosario de guanacastequismos 1 [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=_Tf-Ac7Ht2U
Nota: (Guanacaste de Verdad, Vol. 1). Letra y música: Eugenio Chaverri; producción: R. Yohamn Estrada S.
Valencia, C. (1956, 4 de enero). El cacaste: Leyenda guanacasteca. La República, p. 23. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201956/La%20Republica_4%20ene%201956.pdf
Anexo:
“Por el agua serenada en la concha de cuzuco
Por la leche de bejuco.
Por la ceniza regada.
Por la cola de alacrana
de siete nudos, parida.
Por la muerte, por la vida,
por la noche y la mañana.
Por el cacho de cornizuelo.
El chischil de cascabel.
Por la sal y por la miel,
por la tierra y por el cielo.
Por las plumas de cuyeo.
Los colmillos de lagarto.
Por este espejo que parto
y por todo lo que creo...
¡¡Por orden de Satanás,
te parás, cuero maldito!!” (Valencia, 1956).
Los siete negritos
Se le llama popularmente a un ritual que tiene su origen en Nicaragua, el cual permite hacer un pacto con el Diablo para atraer riqueza económico; se detalla a continuación:
El interesado debía internarse en un lugar apartado, preferiblemente en la montaña o en un claro solitario donde no llegara el sonido del gallo ni la presencia de otras personas, un espacio donde la noche se sintiera más profunda que de costumbre. Allí preparaba un fuego con leña fuerte y colocaba sobre tres piedras una olla o perol de hierro, dejándola calentar hasta ponerse al rojo vivo. La operación debía realizarse a medianoche, momento en que el orden cotidiano se suspende y se abre la posibilidad de contacto con fuerzas malignas (en algunas versiones se especifica que debe ser un sábado o un viernes, incluso un viernes 13, o durante luna llena (Padilla, 1993; Rodríguez Fallas, 2005; Arce Navarro, 2010).
Una vez lista la olla, se introducían en ella siete gatos negros, completamente negros, sin manchas de otro color, y se tapaba herméticamente. Los animales, al sentir el calor, comenzaban a maullar y a producir un estruendo desgarrador; ese ruido, descrito como insoportable, era precisamente el llamado que atraía al demonio. Durante este momento, la tierra podía temblar, levantarse el viento y percibirse un olor a azufre, señales inequívocas de la inminente aparición (Zamora de Retana, 2002; Stocker, 1995). El ejecutante debía resistir sin huir ni destapar la olla, demostrando valor suficiente para sostener la invocación (en algunas versiones se insiste en que no debe abrir la olla antes de tiempo ni dejarse vencer por el miedo; Rodríguez Fallas, 2005).
Cuando el ruido alcanzaba su punto máximo, el diablo se presentaba, ya fuera en forma visible o como una presencia acompañada de viento y hedor. Entonces se establecía el pacto: el solicitante pedía riqueza, poder o amor, y el demonio fijaba un plazo determinado tras el cual reclamaría su alma. Como resultado del proceso, dentro de la olla o inmediatamente después de la aparición, se obtenían los llamados “siete negritos”: pequeñas entidades o muñecos que debían guardarse en una caja o recipiente, preferiblemente en una cajita fabricada de cedro y revestida de terciopelo, y que actuarían como servidores, produciendo dinero o cumpliendo deseos durante la vigencia del contrato (Zamora de Retana, 2002; Molina Jiménez y Palmer, 1992).
El poseedor de estos seres debía mantener ciertas condiciones para conservarlos: evitar la presencia de objetos religiosos, alimentarlos o atenderlos periódicamente, y resguardarlos en secreto (algunas versiones mencionan alimentos específicos como alfileres o chinches, vino o cuidados rituales; Naranjo, 2020). Una vez cumplido el plazo, generalmente 7 años, el demonio regresaba para cobrar el alma del beneficiario, aunque ciertas narraciones indican la posibilidad de evadir el destino mediante engaños, transferencia del pacto a otra persona o intervención externa (Zamora de Retana, 2002; Rodríguez Fallas, 2005).
Existen variaciones importantes dentro de esta estructura: en algunos relatos basta un solo gato para producir los siete negritos (Arce Navarro, 2010); en otros, los gatos no generan directamente los muñecos sino que su sufrimiento sirve únicamente para convocar al demonio (Stocker, 1995); también hay versiones donde el ritual implica combate físico con el diablo en lugar de negociación directa (Padilla, 1993). Sin embargo, el núcleo permanece constante: aislamiento, fuego, gatos negros, ruido extremo, aparición demoníaca y pacto con plazo definido.
Referencias:
Arce Navarro, L. E. (2010). Cuentos del General (pp. 79–82). Ambal.
Naranjo, J. D. (2020). Los siete negritos. En Sombras y misterios del sur (pp. 53–62). ATABAL.
Rodríguez Fallas, P. (2005). El alma de Juan. En S. Quesada Vanegas, E. Troyo Vargas, & A. Y. Vargas Quintanilla (Eds.), Cuentos, leyendas, anécdotas e historias de vida de la zona de Los Santos (pp. 129–130). Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes; Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural. https://www.patrimonio.go.cr/ver/biblioteca_digital/publicaciones/2005/certamen_tradiciones_2004.pdf
Stocker, K. (1995). La Semana Santa y el diablo. En Historias matambugueñas: Una antología de historias, recetas típicas y remedios caseros recogida en la comunidad de Matambú (pp. 101–103). Editorial de la Universidad Nacional.
Padilla, M. M. (1993, 5 de agosto). Un reto al diablo. La República, p. 12. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201993/La%20Republica_5_3%20ago%201993.pdf
Zamora de Retana, H. (2002). Anécdotas y vivencias (pp. 149–150). Editorial Varitec.
(Después de describir varias creencias, hablar mal de ellas y achacarlo a la falta de conocimiento sobre la fe cristiana)
"...Me he dado cuenta del arraigo y eficacia tremenda de tales fantasías cuando he recorrido las montañas vírgenes. La noche viene muy pronto en las selvas: las sombras acechan constantemente en la espesura de los árboles, los animales feroces rugen y vagan hambrientos por todas partes, los trillos se pierden con facilidad, todo ruido parece un estruendo; el silencio da plasticidad aterradora a cuanto desvarío forje la imaginación, presentando a los ojos fantasmas cubiertos de lianas silvestres, enanos que van dejando en la tierra movediza sus huellas de niños, voces de angustias, y mil otras apariciones que ven los campesinos en sus correrías. Nada, si no es un criterio bien formado sobre las cosas y los hombres, puede destruir las visiones, los espantos, las voces de la selva sumida en el misterio de la noche. Se necesitan muchos años para llevar al hombre a la convicción de que todo esto que él dice haber visto no son sino fenómenos internos del espíritu producidos por el miedo y la credulidad ingenua. La perversión de la idea religiosa, la degeneración de su cristianismo en esa selva de prácticas torcidas, de creencias semi-paganas, es lamentable sobremanera. Recuerdo la contestación que me dio una mujer a quien preguntaba en broma, hace algún tiempo, si no le tenía miedo al diablo. "No, ¿por qué miedo?, me dijo, si el diablo es bueno, sólo que no venció: ¿Sabe usted quién era la madre del diablo? Pues la Virgen de la Luz". Creo que esto es algo así como mandar a paseo toda la dogmática católica. ¿Y qué decir del Anima Sola, El Pollo de las Ánimas, Los Trece Martes, la Oración de la Virgen de Monserrat, algunas devociones a Santa Teresita, Santa Elena, San Judas Tadeo, y las oraciones de cadena con que encadena el diablo a más de un simple? No sé si hay alguien preocupado por conocer este lado sombrío de nuestro "concho", pero quien quiera situarse en el terreno de los hechos a juzgar lo que somos, lo que realmente somos, pese a la labor de escuelas, maestros y predicadores, ha de convenir en que bajo este aspecto somos tan primitivos, tan ignorantes, como los indios que vio Colón a la hora de su descubrimiento: temerosos del rayo..."
Y añade esta nota al pie de página:
"Ya lo había observado y sentido fielmente el viajero alemán que escribe: "Ya casi sé, en verdad sólo casi, lo que siente un hombre que se extravía en la selva virgen. No es otra la causa de la locura de los diez dementes que hay en este país, ya que por religión o política nadie se vuelve loco en este clima indolente. Pero cuando un hombre se ve metido en el verde mar de follaje, sin saber de dónde viene ni a dónde va, su angustia llega hasta la alucinación. La mayor parte de los que por esto han pasado cuentan de un hombre negro ante cuyo aspecto perdieron el sentido". Wilhelm Marr, "Viaje a Centro América". Traducción de Ricardo Fernández Guardia." (Barahona; 61)
"En cuanto a otras manifestaciones que acusen un acrecentamiento en las facultades superiores del campesino, poco se puede observar de importancia. Lo único que sí merece considerarse por separado es el aspecto artístico, no porque sea una característica que nos eleve por dotes estéticas congénitas, —pues lo poco que tenemos es de muy escaso valor—, sino porque por su ausencia o presencia se puede ahondar un punto más el alma nacional auténtica....
Finalmente, la riqueza de leyendas, la maravillosa floración de cuentos, que han ido brotando al calor de la fantasía en noches claras cuando los enamorados sueñan con Sarates y Nandayures de apasionantes miradas o en noches de tempestad, cuando caen turbiones de agua sobre los tejados de barro simulando el paso de los espíritus maléficos, toda esa producción que abarca el mundo de las sombras desde la TuliVieja, la Cegua y la Carreta sin Bueyes, hasta la Llorona, el Padre sin Cabeza y el Viejo del Monte, manifiesta al vivo una pujante y vigorosa imaginación al servicio de una potencia inventiva inagotable, pues el número de leyendas que andan en boca de las gentes y que aún aguardan la pluma devota del coleccionista que las recoja, es tan grande y variado como el de las especies de flores y pájaros que orlan la selva y regocijan los campos nativos.
Tales son los principales aspectos artísticos del concho. No tiene dotes excepcionales en ningún aspecto, pero sí puede llegar a mayores realizaciones con un poco de historia y de conocimiento de su propia alma. Nuestro pueblo es demasiado joven para que pueda ofrecer modalidades definidas de belleza autóctona, como otros pueblos ricos en tradiciones, en costumbres en luchas, en vida secular intensa a causa de su antigüedad. Lástima que nuestra posición geográfica, el cine, la radio y la novelería de la moda, que trueca fácilmente todas las joyas y arreos indígenas por la exótica flor de papel, estén aventando el oro puro de nuestro criollismo y acallando las únicas voces que pueden dar sentido profundo a la patria tica." (Barahona; 101-102)
Referencia: Barahona Jiménez, L. (1975). El gran incógnito. Editorial Costa Rica. (Obra original publicada en 1953 por la Editorial Universitaria de la Universidad de Costa Rica).
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