La serpiente de la laguna del Arenal
La figura de la gigantesca serpiente del Arenal y el Tenorio constituye uno de los complejos mítico-folklóricos más ricos y persistentes de Costa Rica. A lo largo del siglo XX, diversos testimonios orales, relatos periodísticos, recopilaciones folklóricas y memorias indígenas fueron configurando la imagen de un monstruo reptiliano asociado con lagunas, volcanes, humedales y fenómenos atmosféricos del norte costarricense. Aunque en las versiones más modernas la criatura es tratada como un animal real —una boa gigantesca o un reptil desconocido—, el conjunto de fuentes revela profundas raíces mitológicas vinculadas a antiguas concepciones indígenas sobre serpientes acuáticas y entidades ctónicas.
Los antecedentes más antiguos documentados provienen de la región de Guatuso y del entorno del actual Volcán Arenal. En 1923, Amando Céspedes Marín recopiló entre los maleku el relato de Zaálan, una enorme serpiente monstruosa que habitaba las cercanías del “monte que parece un pilón de azúcar”. Según la narración, un grupo indígena mató a la criatura y consumió parte de su carne; posteriormente, quienes la habían ingerido se transformaron en serpientes. Desde entonces, los maleku desarrollaron prácticas rituales relacionadas con la decapitación y cobertura de serpientes muertas con hojas, pues se consideraba que estas poseían cólera y capacidad de venganza espiritual (Céspedes Marín, 1923). El relato evidencia una concepción de la serpiente no como simple animal, sino como entidad transformativa vinculada a la montaña, la lluvia y el ciclo estacional.
Décadas más tarde, José Ramírez Sáizar publicó la leyenda de Eskameca y Tenori, localizada igualmente en el ámbito geográfico del Volcán Tenorio. En ella aparece un monstruo lacustre que emerge de una laguna cercana al Cerro de los Cascabeles y aterroriza la región. La criatura es descrita de forma ambigua: surge entre remolinos, enturbia las aguas cristalinas, produce hedor y barro oscuro, y finalmente es enfrentada por el guerrero Tenori, quien desaparece junto al monstruo en un enorme remolino (Ramírez Sáizar, 1979). Aunque el texto no identifica explícitamente a la criatura como serpiente, la iconografía de la primera edición, realizada por Juan Manuel Sánchez Barrantes, representa una entidad híbrida de cuerpo serpentiforme, garras y cabeza reptiliana, reforzando su asociación con antiguas imágenes de monstruos acuáticos y dragones mesoamericanos. Esta hibridación visual funciona como un puente simbólico entre la sierpe colonial y republicana y las antiguas serpientes míticas mesoamericanas.
Estas tradiciones parecen haber sobrevivido parcialmente en la oralidad campesina moderna bajo una forma más racionalizada: la “culebra de 30 metros” del Arenal. Durante gran parte del siglo XX, habitantes de Tilarán, Tronadora, Mata de Caña, Piedras y otras comunidades cercanas a la antigua Laguna de Arenal afirmaron haber observado rastros gigantescos, ondulaciones en los camalotales y enormes reptiles desplazándose entre las aguas y humedales. En un reportaje publicado en 1993, Enrique Tovar recopiló numerosos testimonios sobre una serpiente descrita consistentemente como un animal de aproximadamente treinta metros de longitud y entre uno y dos metros de circunferencia (Tovar, 1993). Algunos testigos la comparaban con una boa descomunal de piel tostada; otros le atribuían cuernos, ojos incandescentes o cabeza triangular semejante a la de las víboras. La criatura dejaba enormes senderos aplastados en la vegetación acuática y era vista principalmente durante lluvias intensas o nieblas espesas.
La percepción popular de la sierpe oscilaba constantemente entre el terror sobrenatural y la interpretación zoológica. Algunos pobladores sostenían que era simplemente una boa gigantesca que habitaba bajo los camalotales de la laguna; otros la concebían como una entidad casi demoníaca. La tradición recogida por Ufión García en 2008 muestra claramente esta ambigüedad. En su relato, Evencio Pérez describe a la criatura con “ojos como bolinchas gigantes, color fuego”, mientras otros vecinos recuerdan cómo la sierpe hacía gemir a los perros o aterrorizaba a pescadores y campesinos (García, 2008). El texto también menciona a figuras locales convertidas en protagonistas del imaginario regional, como Lecho Solano, quien aseguró haber disparado dieciocho veces contra la serpiente, y Coquita Delgado, cuyo amigo creyó observar nuevamente a la criatura en el lago antes de descubrir que se trataba de un enorme tronco flotante. Estos personajes funcionan dentro de la narrativa oral como “testigos autorizados” o héroes locales que legitiman la existencia de la bestia mediante su experiencia y reputación comunitaria.
El proceso de crecimiento narrativo resulta particularmente significativo. Algunos relatos tempranos hablan de boas reales de cuatro metros capturadas para controlar plagas en beneficios cafetaleros de Naranjos Agrios. Posteriormente, aparecieron historias sobre reptiles capaces de engullir potrancas enteras y finalmente versiones sobre una criatura de treinta metros que habitaba las profundidades del Arenal (García Marín, 2017). Esta evolución refleja un mecanismo típico de la oralidad rural, donde hechos reales sirven como núcleo para la expansión mítica y la construcción de criaturas extraordinarias.
La transformación del paisaje norteño también influyó profundamente en la evolución del mito. La construcción del embalse hidroeléctrico del Instituto Costarricense de Electricidad inundó pueblos enteros, destruyó humedales y alteró radicalmente el entorno de la antigua Laguna de Arenal. En consecuencia, muchas versiones sostienen que la gigantesca serpiente desapareció de la laguna y migró hacia las faldas del Volcán Tenorio, donde continuaría apareciendo durante aguaceros y neblinas (Tovar, 1993). De este modo, la sierpe terminó funcionando no solo como criatura monstruosa, sino también como memoria simbólica del paisaje desaparecido y de los pueblos sepultados bajo las aguas, como Mata de Caña y Arenal Viejo. La criatura se transformó así en una especie de guardiana mítica de un territorio perdido por la modernización hidroeléctrica.
En conjunto, las distintas fuentes permiten observar la persistencia de un imaginario serpentiforme profundamente arraigado en el norte de Costa Rica. La culebra del Arenal y el Tenorio no puede entenderse únicamente como un criptido campesino o una exageración folklórica. Más bien constituye la convergencia de múltiples tradiciones: antiguas serpientes acuáticas indígenas, monstruos lacustres chorotegas, creencias maleku, observaciones de boas reales magnificadas por la oralidad y reinterpretaciones modernas influenciadas por la prensa y el imaginario global de monstruos lacustres. La criatura permanece así suspendida entre la zoología fantástica y la mitología ancestral, como una encarnación simbólica de los humedales, volcanes y nieblas del norte costarricense.
Referencias
Céspedes Marín, A. (1923). Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso. Imprenta Lehmann.
García, U. (24 de julio de 2008). ¿Culebra de 30 metros? La Nación. La Nación
García Marín, U. (2017). La culebra gigante. En Vivencias de Chamelo (pp. 58–60). Producciones ALPI.
Ramírez Sáizar, J. (1979). Folclor costarricense. Editorial Imprenta Nacional.
Tovar, E. (5 de agosto de 1993). La gigantesca culebra del Arenal. La República, p. 13.
¿Culebra de 30 metros?
Por Ufión García
24 de julio 2008
Varios afirman haberla visto y algunos cayeron pasmados tras comprobar que su cabeza era tan grande como la de una vaca.
Evencio Pérez (q.d.D.g.) pataleó y pataleó en el borde de la laguna de Arenal en una tarde lluviosa y oscura, sin poder alejarse ni un metro siquiera.
Nadie se explica por qué la sierpa –como la llamaba mi abuelo Emilio– no se lo tragó con todo y botas. Hay quienes se atrevieron a afirmar que ese bicho no era de bocados pequeños.
Evencio se percató de repente que aquel monstruo lo veía, cabeza en alto, desde unos cien metros maleza adentro.
–¡Lo juro, los ojos de ese diablo eran como bolinchas gigantes, color fuego! –contaba varios años después, todavía pálido.
La sierpa de Arenal vivía la mayor parte del tiempo en el fondo de la laguna, debajo del gamalotal, pero a veces salía a flote y se revolcaba tan fuerte que levantaba agua por los aires como gruesos cordones plateados, visibles desde las lomas cercanas.
Ciertos intrépidos pescadores de guapote la vieron allá cerquita de Arenal Viejo, algunos por el lado de Mata de Caña, y a veces subía por el cauce del río Piedras, casi hasta donde Joaquín Chávez.
Entonces los catorce bravucones perros venaderos de ñor Joaquín gemían como cachorros debajo del piso de la casona.
Y los chiquillos enamorados de Piedras y La Argentina rogábamos a Dios que al inmundo reptil no se le ocurriera atacar a Grace, la mocosa de ojos verdes que bajaba al río a lavar la ropa.
Un día cualquiera respiramos más tranquilos. Lecho Solano llegó al comisariato y afirmó que le había vaciado los 18 tiros de la carabina a la culebra de la laguna.
Él sostuvo que iba por el río con los Campos de Eliseo (q.d.D.g.) cuando el bicho cruzaba el cauce dejando un rastro de un metro de ancho en las orillas.
Nadie dudó que había llegado el fin. Lecho Solano era de los que donde ponía el ojo ponía la bala.
¡Pero qué va! Ahí en el mismo lago Arenal, desde donde se prenden los bombillos de Costa Rica, un amigo de Coquita Delgado cree haber visto a la sierpa de 30 metros hace solo unos días.
¡¡Ah..., ah..., ah... ahí está la cu...culebra...!!, exclamó antes de caer sobre una banca. Coquita y otros fueron a ver y solo apareció un enorme tronco torcido jugueteando con las olas.
Ahora, cuando contemplo de punta a punta el majestuoso lago Arenal, reconozco que aún adolescente creía más factible toparme con la sierpa que ver hecho realidad el plan hidroeléctrico.
Referencia: García, U. (24 de julio de 2008). ¿Culebra de 30 metros? La Nación. https://www.nacion.com/opinion/culebra-de-30-metros/QKBWB6UVHNCDLOGM2B5HQLZNWM/story/
La gigantesca culebra del Arenal
La culebra gigante
La serpiente de 30 metros de longitud vive hoy en la zona del volcán Tenorio
Enrique Tovar
POBLADORES DE LA REGION DE Tilarán hablan del más espectacular reptil de toda la historia de nuestro planeta.
Muchos aseguran haber visto el rastro que dejaba allí por donde pasaba, especialmente en los camalotales que cubrían la Laguna de Arenal.
Muy pocos son los que la observaron enroscada o reptando y salieron espantados.
El recordado Mario Vargas aseguraba que Saúl –Chulo– Barrientos, también de grata memoria, en una oportunidad se topó con la culebra y prudentemente condujo por otro camino al caballo en que viajaba.
Decía, además, que en diversas ocasiones Vidal Herrera –el famoso "Peje", quien nunca aprendió a nadar y que vivía metido con su bote en la laguna y de allí sacaba "racimos" de guapotes–, vio a la culebra hacer, con su pesado cuerpo, onduladas sendas en ese "zacate acuático" llamado camalote.
La descripción de tan gigantesco reptil fue variada. Mientras unos aseguraban que se parecía a una boa de descomunal anatomía, de piel tostada, otros aseveraban que tenía un color semipajizo.
También se afirmó que poseía cuernos y ojos incandescentes aunque vecinos de Tronadora y San Luis señalaban que no, que la cabeza triangular era similar a la de las víboras comunes y corrientes.
En lo que sí hubo consenso fue en el tamaño. Todos invariablemente han señalado que medía 30 metros de longitud, pero nadie ha explicado cómo hicieron para calcularle su dimensión, pues podría ser una cuarta más corta o más larga.
"Mide 30 metros exactos", dijeron categóricamente vecinos de Piedras y Tierras Morenas a elementos del antiguo resguardo fiscal.
Lo mismo repitieron, tiempo después, pobladores del Aguacate y de Mata de Caña, caserío este último que quedó sepultado bajo el agua con el embalse hidroeléctrico que construyó el ICE.
En cuanto al volumen, las versiones oscilaban entre uno y dos metros de circunferencia en su parte más gruesa, que para algunos era la barriga y para otros el talle.
Misterioso reptil
Nunca nadie refirió si vio la serpiente engulléndose a un animal, o comprimiéndolo como lo hace la boa.
No obstante, Viriato Cerdas, aquel singular personaje de piel morena y ojos brillantes, que entraba a Tilarán con culebras enrolladas en el cuello, los brazos y la cintura, y le gustaban las bebidas de alcohol de fricciones mezclado con agua, relató que en una ocasión espió al gigantesco ofidio a la sombra de un ceibo, entre un macollal de juncos, y que a cada lado del hocico le colgaban botas con espuelas, como si estuviese terminando de tragarse a un jinete.
Jamás nadie habló de manchas a lo largo del cuerpo de esa extraña "béquer" ni de haberle contemplado los colmillos y mucho menos haberse encontrado la muda o epidermis que cambian las serpientes de tiempo en tiempo.
Sí se describió hasta la saciedad el trillo que dejaba en la espesura, especialmente en el camalote, en la maleza de poca altura y en los cenagales.
Tampoco se tiene conocimiento de grupos que se organizaran para cazarla, aunque en una época Joaquín Murillo –el legendario Joaquín Matatigres– la buscó afanosamente a fin de atraparla, mantenerla en cautiverio, y sacar dinero con su exhibición en los pueblos, tal como hizo con el oso caballo hace muchos años.
Incluso Matatigres construyó unas trampas especiales con ramas de guarumo y guácimo y colocó –dentro de esas rústicas jaulas– conejos, zorros y hasta terneros como señuelos. Sin embargo, la bestia reptante ni siquiera se acercó a husmear esos artificios.
En el Volcán Tenorio
Cuando se empezó a inundar el embalse del Arenal desapareció misteriosamente.
Años después unos agricultores del Jilguero y Los Cartagos aseguraron haber seguido, durante dos horas, lo que aparentaba ser el trillo que a su paso dejaba el fenomenal reptil y presumieron que se alejaba hacia las faldas del volcán Tenorio.
Posteriormente sabaneros de Palmira, Los Naranjos, Bijagual y Cuipilapa empezaron a decir que por la zona del Tenorio aparecía de cuando en cuando una culebra de 30 metros de largo.
Hace pocos años unos expedicionarios de San José, que subieron al cráter de ese coloso, advirtieron de la presencia en ese lugar de una serpiente de igual medida.
Todo parece indicar que la culebra de 30 metros, que durante decenas de años vivió solitaria en la Laguna de Arenal, cambió de territorio y que ahora se deja ver en las inmediaciones de las faldas del volcán Tenorio, especialmente los días de torrenciales aguaceros o de la más espesa niebla.
Referencia: Tovar, E. (5 de agosto de 1993). La gigantesca culebra del Arenal. La República, p. 13. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201993/La%20Republica_5_3%20ago%201993.pdf
En Naranjos Agrios había beneficio de café, enorme caserón de madera, zinc y cemento. Allí se multiplicaban las ratas, por lo que Toño Bolaños, trabajador jefe en el beneficio, salía regularmente al campo en busca de boas para liberarlas en la misteriosa edificación.
Él las atrapaba con su grandota mano derecha por detrás de la cabeza y los resbalosos reptiles se le enrollaban en los brazos, lo que parecía fascinante para los mocosos del caserío, que lo seguían a prudente distancia.
Un sábado en la tarde, Toño atrajo la atención de toda la comunidad, la mitad reunida en el comisariato después del pago, pues apareció desde el potrero de "la enfermería" con una enorme boa (algunos dijeron que de más de cuatro metros) arrollada a dos vueltas en el cuello y agarrada celosamente por los extremos. Esta vez, antes que seguirlo, los chiquillos se fueron a sus casas en busca de apoyo para volver a ir detrás de Toño.
Cuando la liberó en uno de los caños de concreto que pasaban bajo el piso del caserón, pegó un coletazo que arrancó expresiones de temor incluso entre los hombres.
Pasaron meses, quizá un año, cuando llegó al comisariato Jeremías Lindo (quien había aparecido en Naranjos Agrios procedente de Matina tres años antes como chapulinista) “blanco, blanco” (así lo describió Arturo Solano, dependiente) y sin habla.
“¡¡Un pi..., un pi..., un pitón...!!” alcanzó a decir por fin, señalando hacia la plazuela de los cenízaros que bañaba la quebrada de “las amebas”. Cuando Jeremías, conocido como Federico, recobró el color y el habla, pudo contar lo que había visto.
Varios hombres corrieron quebrada abajo y apenas vieron sumergirse una culebra de por lo menos ocho varas de largo y un grosor de más de medio metro. Al decir de Federico, la halló tragando la potranca que parió la yegua retinta dos meses atrás.
El monstruo se internó por la quebrada, que desembocaba en el río Sábalo, en la entonces suamposa laguna Arenal.
Años después, pescadores y cazadores afirmaron haber visto una culebra de por lo menos 30 metros laguna adentro. Parece que comenzó a crecer debajo del piso del beneficio de café, en Naranjos Agrios.
Referencia: García Marín, U. (2017). La culebra gigante. En Vivencias de Chamelo (1.ª ed., pp. 58-60). Producciones ALPI.
Lo interesante es que para este punto, y desde ese punto de vista, se le trata como un animal real, sin embargo, si bien tenemos antecedentes de serpientes mitológicas gigantes por todo el país, hay dos historias locales que caben señalar por su proximidad geográfica, una recopilada por el gran Amando Céspedes Marín entre los maleku en 1923, y la otra rescatada por el gran folklorista José Ramírez Sáizar, cuya primera edición salió en 1979. En la leyenda rescatada por Sáizar no se menciona una serpiente, pero no se especifica lo suficiente como para descartarlo:
Eskameca y Tenori
Nada tiene que ver el nombre del Volcán Tenorio con aquel personaje pícaro y enamorador del escrito José Zorrilla, denominado Don Juan Tenorio.
El nombre original del volcán fue Tenori, pues así se llamó un valiente guerrero chorotega de las tierras bajas cañeras. Con el pasar del tiempo, y al castellanizarse muchos nombres indígenas, Tenori transformó su nombre por Tenorio y nosotros seguimos ese desacierto, provocando que con el cambio de nombre se sigan dando los chismes del volcán, romántico como aquel toro enamorado de la luna.
Lo que sí es bien cierto es que entre los fundos de la Estación Experimental “Enrique Jiménez Núñez” en el distrito Bebedero de Cañas, Guanacaste, había en un principio una laguna detrás del Cerro de los Cascabeles.
Actualmente sólo “talolingas” y “trompillales” marcan los vestigios de su sitio. Pero en el pasado, esa enorme laguna era hogar de bandadas de aves bellísimas, como garzas rosadas y galanes sin ventura que, al caminar, semejaban llamas vivas en zancos, y lucían como una floración de sangre cuajada que salpicaba la laguna.
Cuentan los viejos que recorrieron la comarca, que esa laguna albergaba un monstruo terrible que asolaba las proximidades de la región. En esos tiempos sus aguas eran cristalinas y arrebujaba en sus ondas los lirios acuáticos llamados “Nayuribes”, con sus cálices de raso blanco, inmaculado, y de cuyas raíces, al quemarlos, los antiguos nahuas-chorotegas obtenían una ceniza carmesí que servía de tinta indestructible para decorar vasijas y dar colorido a las plumas y tejidos de los mantos y crestones caciquiles.
Una tarde de oro y zafir, la bella Eskameca, novia del guerrero Tenori, fue a bañar su cuerpo de curio, brillante como las mieles del carao, a esta laguna. Cantaba feliz mientras disfrutaba de las aguas mansas y cristalinas que corrían libres desde la montaña. Cuando de pronto, entre rápidos remolinos y la agitación de los nayuribes, surgió desde la profundidad un horrible monstruo (aparentemente un Ahuízotl) que empaño el cristal del agua, del que emergían, como suspiros que se remontaban al cielo, las bandadas de aves, y rompió el vidrio del espejismo de agua.
Esto produjo pánico en la belleza nativa Eskameca, quien casi pierde la vista por haber contemplado la fealdad de aquella bestia de la laguna. La tierna princesa huyó precipitadamente, y un nauseabundo olor y un barro oscuro inundaron desde ese momento las cristalinas aguas de aquella laguna.
Al saberlo, y furioso por tal afrenta, su valiente amado y prometido Tenori, de la tribu de Avancari, se propuso destruir a la alimaña. Acompañado, vigiló constantemente durante muchos días y llevó muchas flechas de huizcoyol, envenenadas con “niek-yee” veneno de la terrible serpiente de la selva.
Sus guerreros lo iban dejando solo, presos del pánico cuando se escuchaban ruidos en el agua. Sólo se supo que al final, al aparecer de nuevo el monstruo de la laguna, Tenori se lanzó con decisión a las ondas y disparó certero sus flechas, hiriendo mortalmente al monstruo, pero el indio agotó sus flechas y, para rematarlo, se abalanzó furioso contra la bestia infernal, al mismo tiempo que un tremendo remolino absorbió juntos a la bestia herida y al guerrero valiente, desapareciendo ambos para siempre bajo las aguas de aquella laguna, que a partir de ese momento se volvieron eternamente mansas y serenas.
Es cierto que la alimaña jamás volvió a sembrar terror en la comarca, pero nadie supo tampoco el destino que corrió el valiente indio Tenori, que los libró de la amenaza. De él sólo queda su recuerdo allá a lo lejos, perpetuada su memoria en el volcán Tenorio, como gloria y recuerdo de su hazaña y que las generaciones fueron cambiando su vocablo de Tenori por Tenorio.
Por su parte, la bella y apasionada Eskameca, todas las tardes llegaba a vigilar la orilla de la laguna en reclamo de su amor perdido y, al transcurrir el tiempo, presa de esa ansiedad y enorme pena, se fue agotando su cuerpo… se fue muriendo su encanto.
Cuentan que todavía, en las tardes más apacibles, es posible escuchar a lo lejos el llanto enamorado de sus tristes lamentos, implorando el regreso de su amado, y en las noches de luna llena, o en las tardes brillantes de sangre crepuscular, aún se ve la sombra de la gentil Eskameca.
Y quien se acerca a la orilla para indagar el misterio, sólo logra ver como una cruz de fuego surcando el espacio… una enorme garza rosada y un galán sin ventura que se remontan al cielo y se van a perder en el cono del Volcán Tenorio, en el confín de la llanura.
Con sus 1.920 metros de altitud en un cono casi perfecto, con pendientes muy regulares, el volcán Tenorio está constituido por dos cráteres bien diferenciados, el Montezuma y el Tenorio, ambos se encuentran semi destruidos. Al recordar el nombre del guerrero chorotega Tenori, que enfrentaba con valentía a los invasores y a las bestias, a sus angustias y su propio destino, este volcán ubicado entre Cañas, Upala y Bagaces esconde el dolor de los indios corobicíes que huyeron de la invasión española y se asentaron en el valle de Guatuso. El espíritu aguerrido de Tenori sigue derramando su sangre valiente en estas nobles poblaciones indígenas que le rinden tributo al conservarnos su cultura a pesar de tantas invasiones sufridas. (Sáizar; 63-65)
Referencia: Ramírez Sáizar, J. (1979). Folclor costarricense. Editorial "Imprenta Nacional".
Zaálan (título dado por el investigador Elías Zeledón Cartín para Leyendas Ticas)
En cuanto a creencias, uno de los viejos sostenido a una vara por viejo o por cojo, malamente me contestó con palabras guatusas o como los chinos que hablan español:
Mira, viejito Saka, cuéntame: ¿por qué los indios guatusos después de que matan las culebras, las alzan y las cubren con hojas?
“Chi, chi, indio cré todo, naiála pun”, me dijo tocando un palo añoso para que nos sentáramos. Y con la vara rayaba el suelo con una M continuada, repitiendo zaálan, zaálan, talázu. Y comenzó el cuento:
En tiempo de los “muerras”, que no nos querían y que habitaban aquel monte que parece un pilón de azúcar (el Arenal), muchos de los abuelos nuestros que andaban en brama oyeron un ruido como de muchas dantas. Se prepararon para matarlas con flechas y con mazos. Horrorizados se quedaron al ver que no eran dantas, sino una serpiente muy grande. El “cocoro” (jefe), lleno de terror, la mató y llamó a los compañeros para que vieran el monstruo. La vieron con recelo y con miedo. Como tenían tanta hambre se comieron parte de ella y se fueron a dormir. Cuando amaneció (paitón toji), un muchacho que no había querido comer la carne de zaálan vio que todos los indios convertidos en serpientes le gritaban: no te asustes, no tengas miedo; llévanos al cerro de Tojivachaca y después cuéntales a los indios lo que te diremos tendrás que hacer cuando en la sequía los visitemos.
El muchacho, asustado, lo contó. En el verano siguiente, muchas zaálan vinieron hasta el palenque y los indios lloraban contemplándolas; pero como andaban encantadas, el muchacho gritaba, después de mucho rato, lo que ellas le habían dicho tenían que hacer: “...cortemos las cabezas y estiremos sus cuerpos debajo de las hojas, para ser indios en el invierno después...”. Entonces los indios mataron a una que picó al muchacho. Las otras se fueron al monte otra vez. Por eso: “Nosotros indios, chi, chi, cuando ver culebra cortar cabeza para no picar... Ellas tener cólera por no hacer pronto y matar el muchacho”, que desde entonces, allá arriba, en las noches de invierno, cuando zi-ije (la luna) no está, escribe en las nubes con su mano de fuego, para recordar a nosotros indios, las mismas “emes” que en este suelo rayando estoy. (Céspedes; 67-68)
Dame puro, Saka y volver contar.
Referencia: Céspedes Marin, A. (1923). Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso. Costa Rica: Imprenta Lehman.
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