Fragmento del libro de 1977 "Ceniza", ambientado durante la erupción del Irazú:
CAPÍTULO XIII
LOS PERROS TRISTES
—Amador, ¿me acompaña a ver una propiedad municipal?
—¡Cómo no, vamos!
El Gobernador con frecuencia llamaba a Amador, "el Corraterráneo", ambos habían pasado parte de la infancia y juventud, en uno de los pueblos más pintorescos y agradables del país, Tres Ríos. Pueblo privilegiado que tenía una hermosísima y verde montaña "La Carpintera", un saltarín y alegre río: "El Tiribí" y un montón de gente buena.
—¿Dónde vamos?
—Vamos al Cementerio Calvo. Tengo una idea y quiero ver si el terreno puede ser utilizable.
En pocos minutos llegaron. La maleza cubría el lugar en forma total, difícilmente se podían distinguir las tumbas y las desvencijadas cruces. Recorrieron el lugar, imagen de la tristeza, del olvido, del abandono. Un cementerio de pobres.
—Cuántos años habrán pasado, sin que una piadosa mujer, arrodillándose ante alguna de éstas tumbas, le pidió a Dios por el alma de su pariente desaparecido?
—Hace mucho tiempo —repuso Amador— aquí no vienen nada más que los empleados del hospital, que traen en pobrísimas cajas de mala madera, los cadáveres, de los que mueren sin que nadie los reclame.
—Esto es una barbaridad, debemos hacer algo!
En ese momento se oyó el ruido característico del acero al chocar contra una piedra. Rápidamente se encaminaron al lugar de donde nació el ruido y observaron como silenciosa y lentamente, un andrajoso y encorvado anciano, que hacía mucho tiempo se le había acabado el futuro, cavaba una fosa. Al ver a los funcionarios, respetuosamente se quitó el sombrero, que dejó ver un pelo blanquísimo y dió los buenos días. Parecía un resucitado del tiempo de la Colonia.
—Buenos días amigo— casi al unísono respondieron el Gobernador y Amador—.
—A qué hora llega el cadáver?
—Como al medio día, así me lo dijeron los del Hospital.
—Y dígame anciano, —preguntó el Gobernador— tiene usted algún plan, algún orden, para abrir las fosas?
—Qué va, señor, hace tiempo que nadie viene del Palacio Municipal, a veces creo que se les olvidó éste lugar.
—Y entonces? Por qué abrió la fosa en éste lugar? —continuó el Gobernador—.
—Bueno señor, la verdad es que ya me faltan las fuerzas y entonces busco los lugares que sean más suaves —repuso haciendo una mueca parecida a una sonrisa medio temerosa, medio avergonzada—.
—Continúe amigo, ¡continúe trabajando!
Amador no había vuelto a decir palabra, estaba pálido, pensativo y serio. En tres o cuatro paladas, afloró una calavera trepanada y muy pronto el resto de los huesos, sanos, enteros a unas pocas pulgadas del ras del suelo.
—La tierra está muy suave —anciano— no es difícil cavar aquí —dijo el Gobernador—. Dígame amigo, ¿es tan fácil encontrar esqueletos como en éste caso?
—Pues sí señor, no es difícil! —contestó el viejo—.
—Se puede encontrar huesos... descubiertos... tirados entre los matorrales?
—Sí algunos.
—Gracias señor, gracias, hasta pronto.
Los funcionarios continuaron recorriendo el "Campo Santo" y efectivamente sin gran esfuerzo, encontraron huesos humanos, esparcidos por todo el lugar... sin decir, ni comentar nada, salieron del lugar, prontamente regresaron a la Municipalidad. Ni una palabra se dijo en el trayecto.
El Gobernador con paso rápido, del automóvil, se encaminó a su Despacho y pidió a María hacer unas llamadas telefónicas.
—Quiero invitar a algunos amigos para una reunión mañana, a las ocho de la mañana en el Cementerio Calvo! Invíteme al Ingeniero Armando, a Nanne, Amador, el Dr. Robles, el Padre Pipo y a mi hermano Miguel.
A la hora señalada, puntualmente, todos llegaron a la cita. Después del acostumbrado intercambio de saludos, el Gobernador empezó a explicar la experiencia del día anterior y tan pronto como terminó, todos recorrieron el lugar, allí estaban los huesos, ahí los cráneos trepanados, ahí los perros flacos de miradas tristísimas, que no desentonaban con ninguna de las otras cosas que se encontraban en el lugar, ahí el viejo andrajoso, de cabellos blanquísimos, con el sombrero en la mano luciendo el mismo gesto, por el Gobernador ya conocido, de humildad arcaica.
—Esto es sacrilegio! —comentó el Sacerdote—.
—Esto es como una bomba de tiempo. Agregó el Doctor. Se puede desatar una peste de padre y señor mío!!!
—Haré que todos los grupos cívicos —señaló Miguel— te den todo su apoyo, para remediar este problema.
—Cual es su idea, Gobernador? —preguntó Nanne—.
—Hacer de éste lugar, un Cementerio estilo militar, tumbas iguales, todo cubierto de zacate recortado a ras, con pequeñas y blancas cruces de madera, cuando sea posible con el nombre del muerto. Las cruces deben lucir simétricas, alineadas uniformemente. En pata de gallo. No costará gran cosa y tal vez den ganas de hacer algo, que en éste inmundo lugar es imposible: rezar.
—Haremos los planos y proyecto hoy mismo, —aseveró el Ingeniero Armando— Nanne y Amador, empezarán a buscar el zacate apropiado de inmediato.
—Claro que sí —afirmaron los funcionarios mencionados—.
—Echale los tractores a este lugar, en la tarde, no perdás tiempo.
—Yo creo Padre, que los regidores nos darán apoyo, todo ha de salir bien, Dios lo quiera.
Los amigos, los funcionarios, el Gobernador, empezaron a conversar con los regidores, cortésmente éstos escucharon. Los técnicos presentaron el proyecto. Los regidores López y Chalo presentaron la moción... y fue discutida... se nombró una comisión para inspeccionar el Cementerio La comisión presentó días después su informe... y de nuevo volvió a ser debatida por los ediles municipales.
"El Cabildo" estaba completamente lleno. En la mesa del "Estado Mayor", todos ocupaban sus lugares habituales, se conversaba, se discutía, las risas explotaban espontáneas, el tema era el Cementerio.
Miguelito, socarronamente, dijo: le echaron la maquinita al Gobernador, alguien que nadie se puede imaginar quién, les avisó a los parientes de los difuntos del lugar y en menos de lo que canta un gallo, chapiaron el lugar, los huesos desaparecieron, algunas tumbas fueron encaladas. Le pusieron sonrisas a los perros tristes.
—Lavaron la cara del lugar más horrible de la Capital — señaló Manolón— el proyecto fue derrotado!
—Sírvase lo mismo para todos —ordenó López a Franchesco— botellas y copas participaban con sus sonidos característicos con las conversaciones, con las risas, con los chistes y algunas carcajadas de los componentes del grupo.
El "Jefe de Fracción", se paró de su silla, tambaleante, con un vaso semilleno en la mano y dirigiéndose al Ingeniero Armando con voz suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran dijo: —Ah hijo de puta Gobernador, cuando aprenderá, que los muertos no votan!!
Referencia: Guillermo Castro E. (1977). Ceniza, pp. 71-75. San José, Costa Rica: Borrasé.
Nota: El autor fue gobernador de San José cuando ese cargo existía, le tocó lidiar con la erupción de 1963 y lo primero que escribe en el libro es "Esta no es una historia, es un recuerdo... gris."
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