Fábula del Bosque

Fábula del bosque de Fernando Centeno Güell, 1974 (este texto fue tomado de la segunda edición publicada en 1976)


UNAS FABULAS *

Fernando Centeno ha escrito unas fábulas, y esto no es frecuente en estos días. La fábula ha perdido prestigio desde que comenzó a confundírsela, y llegó a ser sinónimo de una moralización elemental, pueril y majadera. 

Pero son fábulas, si por fábula entendemos una interpretación personificada de la vida de la naturaleza. Y si a esto se agrega que la interpretación de Centeno es además poética, profundamente poética, resultará que no hay más que pedir. 

Fernando Centeno se ha introducido en el bosque con el ojo atento y el oído avizor. Se ha introducido en él sin ideas preconcebidas, no a demostrar cosas, sino a captarlas poéticamente para trasmitírnoslas. Y ha encontrado lo que un poeta tenía que encontrar: un bosque lleno de poesía, o sea un bosque real y verdadero. Porque lo poético es lo más verdadero y lo más real que hay. 

Conforme nos dejamos llevar por la mano del poeta, vamos coincidiendo con él. La interpretación que él da de las cosas, se convierte en la nuestra. Y encontramos así que Centeno tiene ese don inefable y raro de la comunicación. 

En estos días, el problema de la comunicabilidad, o más bien de la incomunicabilidad, parece ser uno de los que más preocupan a los creadores poéticos. Así, es bueno que de manos a boca demos con que uno de los más notables y originales poetas costarricenses, se está comunicando con nosotros a manos llenas. 

Ultimamente, Centeno ha elegido la prosa. Y ha encontrado en ella (como lo demostró en sus "Ensayos Poemáticos") un instrumento de preciosa y certera expresión poética, como si hubiese decidido zanjar de una vez esa inútil e intermitente polémica en la cual se quiere dilucidar si la poesía es sinónimo del verso e inherente a él. Y la zanja dejando claro que la poesía y lo poético son algo íntimo y consustancial del poeta, y no de la forma que elija para expresarse: un punto de vista, una manera de apreciar, un enfoque, una sensibilidad, un modo particular de interpretar las cosas, algo indefinible en fin, que se tiene o no se tiene, que se capta o no se capta. 

Es la de Fernando Centeno una interesante trayectoria que arranca de un estilo tradicional, de un "modernismo" practicado con algún retraso hacia la búsqueda infatigable de adecuadas maneras de expresión. Y es curioso observar cómo, conforme el poeta se fue alejando de los estilos tradicionales y rayados, fue adquiriendo mejor y más fina expresión, y exhalando mayor poesía.

Aquí lo encontramos en amena comunión con la naturaleza, que es como un retorno a raíces esenciales. Apartado como siempre de la trivialidad, dando su puro mensaje poético, Centeno nos introduce hoy a este bosque que, aunque él se empeñe en que tenga algo de irreal y de imaginado, tiene una estupenda realidad, que es estupenda por ser absolutamente poética. Descubrió en sí, de pronto, el don de entender a los animales, y nos invita a que los entendamos con él, que es decir a través de él y como él. Y aceptamos lo que él nos dice como bueno, porque lo aceptamos como poético.

O sea, que ha logrado vencer en esa lucha de todo artista por comunicarse con su prójimo y hacerle recibir su mensaje.


Alberto F. Cañas


* Prólogo de la primera edición.



Origen

Tierras de pasto, bosques, arroyos murmurantes, dormidas lagunas, densa niebla descendiendo a humedecer el valle… ¡Montes lejanos de mi infancia! 

Yo tenía nueve años. Vagaba por colinas y praderas cercadas de pinares donde pacían vacas de amplia ubre y ojos mansos, inquietos ternerillos y toros paternales. Un niño apacentaba los ganados. 

Cierto día, descubrí un pinar maravilloso, como esos de los cuentos nórdicos: alfombra de hojas húmedas y musgos, invernal frescura y esa luz imprecisa de los sueños... Pájaros venidos de lejos traían su mensaje de música y marchaban, presurosos por llenar la tierra de canciones. Aves madres, de silencio y ternura hacían su nido. En delgados senderos, las hormigas cargaban su cruz, deteniéndose a cada paso para comunicarse. Lentos gusanos, milímetro a milímetro medían superficies de hojas y flores. Narraba una fuente historias de ríos prisioneros entre ciegas raíces; lloraban cipreses cuando el viento rompía las alas de las mariposas; sauces sentimentales enviaban adioses y sollozos... 

Pájaros, insectos y plantas, reveláronme allí su belleza y un ignoto sentido de sus vidas. Di en imaginar que esos seres poseen un lenguaje. Inventé coloquios de animales simples y tiernos como niños o graves y alocados semejantes a hombres. 

Cuando contaba trece años, visité los campos de mi niñez, y escribí un poema candoroso, con aves parlantes y aguas locuaces. Lo llamé "EI río y la hermosa Montaña". Mucho tiempo después quise ver aquel río, su bosque…Hallé un riachuelo triste y una dolorosa ausencia de árboles. (¡Habíamos cambiado tanto!)

De nuevo, en la vida instantánea de estas fábulas, criaturas silvestres dialogan seriamente, o charlan igual que los gorriones, sin orden ni propósito. ¿Qué vínculo secreto me hace amarlas, comprender y revelar sus sentimientos? ¡Extraña afinidad entre mi ser y el bosque! Tal vez dormita en mi alma, esperando la luz que la despierte, algún ave pequeña y silenciosa. 

¡Oh imágenes, imágenes de mi niñez, que están en mí como el bosque en las pupilas de los ciervos cautivos! 



I

1

Pesaba la noche sobre las alas de los pájaros y los hacía volar bajo. Bullían insectos con sus himnos y danzas; aves cazadoras y la Zorra atisbaban en la vecindad de los nidos; gemían los sauces y arrullaban noctámbulas palomas. 

—Señora Luciérnaga —dijo el Grillo—. ¿por qué usted se apaga y se enciende? ¿No podría mantener quieta su linterna? 

—Olvida que cada cual tiene sus costumbres —respondió la Luciérnaga—. Es mi costumbre. Usted canta toda la noche, y se repite… Si lo hiciera de tarde en tarde, el bosque apreciaría más su canto. 

—Tiene usted razón, tiene usted razón señora Luciérnaga —intervino el Búho—. Desde aquí, de mi rama acostumbrada, lo escucho por las noches. Si el amigo Grillo prodiga su voz… terminará siendo un artista sin público. Puede que él tenga razón; usted lo ha dicho: cada uno tiene sus costumbres, y no debemos arrebatar a los otros su verdad, o su esperanza. 

—Ignoro a qué verdad se refiere, señor Búho —interrumpió la Luciérnaga—; debe ser el suyo un alto pensamiento: no alcanzo a comprenderlo… Yo pienso cuando alumbro…, sin querer. 

—Entendido, entendido —exclamó la Araña—. Piensa usted sin proponérselo, sin pensar. Y usted, señor Grillo, ¿piensa de igual modo? 

—No sé. Amo, y canto —respondió el Grillo—. Es mi manera de sentir y de pensar. En la soledad y el silencio, nace mi voz. Así desde siempre. Soy el cantor más antiguo del bosque. 

—Vanidad, la propia alabanza —replicó la Araña—. ¡No pensará usted que el mundo termina donde acaba su voz! La raíz cree que la montaña descansa sobre sus hombros… Sea usted modesto y sea práctico, amigo: cante por algo, y para algo. 

—Señora Araña —intervino el Búho, mirando con ojos fosforescentes —, sepa usted que se nace para cantar…, como para tejer trampas. Se es cantor como se es huraño o solitario.

Pide usted que la canción sea útil, que sirva para esto, para lo otro… ¡Ha matado usted la poesía, señora Araña! 

La Luciérnaga alumbró: meditaba. 

—Es grato contemplar nuestra luz —exclamó. 

—Y oír nuestra voz —dijo el Grillo, dando un pequeño salto. 

—Y mirar la red, henchida de pesca —murmuró la Araña—; lo aprendí desde niña: trabajar… ser paciente… no dormir… 

Tejía presurosa. 

—¡Está!... exclamó de pronto. 

Prisionera en su red, una mosca se frotaba los ojos llenos de sueño. 

Un murciélago cruzó la tiniebla. La Araña, estremeciéndose, dijo: 

—¡Bárbaro!, se bebe la sangre de sus víctimas. 


2

Junto al Pino, donde dialogaban la Araña, el Búho, la Luciérnaga y el Grillo, sigilosamente escuchaba la Zorra. 

—¿Qué hace usted ahí, señora Zorra, con la nariz levantada? —preguntó el Búho girando rápidamente la cabeza.  

—Huelo la noche. Nada más. No hago como la señora Rata, que anda en las sombras husmeándolo todo. 

Bajó humildemente la cola y agregó: 

—Nunca hice daño... Hasta ahora, no había salido… Se oyeron ruidos sospechosos, y era prudente permanecer en casa.

Se detuvo. Algo que llevaba entre los dientes le impedía hablar. Tenía manchada la boca. 

—…Sin querer —prosiguió— escuché vuestras palabras. Voces de la noche; luces que se apagan y se encienden… ¡Palabras! ¿Qué dicen esas luces y cánticos? ¿Qué habrá después, cuando cesen las luces y los cantos? 

Brilló la Luciérnaga. 

—El recuerdo —dijo—, el recuerdo. Entre las sombras la flor sigue viviendo en su perfume. 

—En el recuerdo vive lo que ha muerto —cantó el Grillo, que se había puesto a sentir. 

Y continuó la Zorra: 

—¡Oh iluminadores y músicos del bosque! ¡Desconocéis la vida! 

—Señora Zorra —respondió el Búho agitando las plumas de sus orejas—, puede que tenga usted razón, y el Murciélago, y la Araña: llama usted vivir a eso que le corre entre los dientes y le mancha la boca. Eso es para usted vivir, y vivir es su razón. 

—Mi razón y la suya, señor Búho…¡la de todos! —expresó vivazmente la Zorra. Y con pasitos de codorniz se fue alejando en la espesura. 

En la maleza se oyó una voz suspirante: 

—Ángel de la noche… Ruiseñor… lo vi morir…lo vi morir. 

Era el Rosal, soñando; soñando, recordaba… 

—¡Dulce compañero! —murmuró el Grillo, y liberó su canto. 

La Luciérnaga quedó pensativa: alumbró. 

—Señor Búho —dijo—, usted que sabe tantas cosas, ¿cómo mueren los pájaros? 

—Aladamente, señora Luciérnaga. Aladamente…, así mueren los pájaros. 

—Se les rompe la vida, como a las abejas —exclamó el Escarabajo, que avanzaba paso a paso, cargando el cadáver de un insecto. 

Hosco, solemne, vivía en su morada de estiércol y barro, al pie de los hongos. Era el enterrador del bosque. Con el cuerno, que le nacía en medio de la frente, soportaba el cuerpo de una abeja. 

—No puede negarse —dijo, hablando consigo mismo—, ¡era hermosa y distinguida! Amaba las cosas bellas: el viento y la luz. A veces, fue violenta… ¿Quién no lo es si le pillan su colmena? 

Se alejó con su carga. Al ver la abeja muerta, aves e insectos nocturnos deteníanse silenciosos. Un colibrí, que despertó de pronto, quedó suspenso… Las Rosas y las Amapolas exclamaron: 

—No es apropiado el traje nuestro, pero lloramos su muerte; las flores jamás vestimos el color de la noche…



3

Llegó el alba. Aves diurnas desperezaban sus alas, recogidas para el sueño. Mariposas vacilantes cruzaban el aire, y entre las hojas, húmedas de sombra y rocío, corrían los gusanos a ocultarse. Arrullaron, despertando, las palomas. 

—¿Duerme usted, señorita Brisa? —preguntó una voz. 

—No, señora Agua; reposaba. Dichosa usted que puede reposar sin que la molesten. 

—Pues yo —contestó el Agua, que vivía en su pequeña laguna, entre helechos y juncos, a la sombra de los sauces— aunque usted no lo crea, acompañé a las estrellas en su vigilia. Para alejar el sueño y entretenerme, pasé la noche contándolas

—¡Lindo juego, contar estrellas! —interrumpió el joven Pino—. Usted, señorita Brisa, podría jugar a ese juego de las estrellas, o al de pétalos y hojas caídas, y no entretenerse desordenando mis cabellos, como esas personas que, para mostrar su afecto a los niños, se complacen en despeinarlos…

—Pequeño —respondió la Brisa—, es verdad; pero, ¿yo?...Puedo asegurarle…

—Perdonen ustedes —interrumpió a su vez la Mariposa que volaba lentamente—; conozco personas poco delicadas. Anoche, mientras dormía sobre un rosal, alocado y de improviso llegó el Viento… ¡Vean ustedes…! 

La Mariposa mostró sus alas, pálidas y semirrotas. En sus ojos desnudos, había una leve tristeza. 

—…En su carrera atolondrada —continuó diciendo—, el Viento me desgarró las alas y no tuvo la delicadeza de disculparse; huyó entre los arbustos, destrozando retoños, sobresaltando nidos…Silbaba como una persona mal educada. 

—Señora Mariposa, no sé si deba decirlo —replicó la Brisa—: mi primo, el Viento, es persona bien nacida; aunque marcha atropelladamente, como los jóvenes cuando pretenden alcanzar algo... En verdad, no debería olvidar el respeto a los ancianos. 

—Señorita Brisa —contestó con presteza la Mariposa—, ciertamente, he vivido algunos días, pero, ¿anciana yo? ¿Cree usted?... Vea mis antenas: son ágiles; y hay brillo en mis ojos: puede mirarlos; mis alas... ¡Véalas usted! —Agitaba débilmente sus alas, descoloridas como una flor marchita.

Bajo los sauces, se oyó otra vez la voz del Agua: 

—Amiga Brisa, ¡venga usted conmigo! ; hará un hermoso viaje; verá los prados maravillosos del musgo...; algas y corolas navegantes…; libélulas amando en los jacintos

La Brisa se agitó un instante: dudaba… La Mariposa, suspensa en el aire, aleteó ágilmente en la luz… como el día en que dejó de ser crisálida. 

—La acompañaré, señora Agua —respondió la Brisa—, ¡es usted tan bondadosa y apacible! Aunque no sé si debo acompañarla: oí contar leyendas de doncellas que desaparecieron en lagunas…Iré, por hacerle compañía… ¡Allá voy!... ¿Cree usted que conviene alejarse?... Allá voy... 

Se estremeció el Agua: la Brisa bogaba como una vela invisible sobre un pequeño mar sin rumores. 

—Ah, ¡qué placer!, señora Agua. Es grato pasear en su compañía. ¡Qué profunda es su laguna! ¿Verdad que no existe peligro? ¡Tiemblo ante las profundidades y la altura! No sé cómo las raíces ¡tan hondas! y las nubes…

Temblaba su cuerpo vaporoso. 

—No tema usted, señorita Brisa: ¡me hace estremecer… A veces, todo es engaño de nuestros ojos. Hay cosas que parecen profundas, y están muy altas. Allá, en el fondo, mire usted esa estrella que va apagándose… Y no crea que las cosas permanecen siempre en la altura. Le contaré una historia que aprendí de mi madre la Lluvia…

"Un atardecer, en la estación de las tormentas, la Hormiga solitaria se detuvo al pie de una palmera, y llamó con dulzura: 

—¡Señora Palmera! ... ¡Señora Palmera!... ¿Me oye? Es tan débil mi voz…, y el viento…, y el ruido de las hojas. 

—La oigo —contestó la Palmera. 

La Hormiga sentía deseo de hablar, de comunicarse. 

—Vivo sola —siguió diciendo—, entre la hierba, bajo los tréboles. Un poco sola, nada más. Creí que también usted. 

—No soy un ermitaño —respondió la Palmera—. Tengo compañía. 

—Mi vida es modesta —prosiguió la Hormiga—; ¡me agradaría conocer la suya! 

—No podría comprenderla. Vivo cerca del viento, entre las nubes. Migraciones de aves reposan en mis ramas; hasta ellas llega el Tordo, y anuncia la tormenta ... 

¡Si pudiera usted ver lo que yo veo! 

—Y, ¿qué es lo que ve, señora Palmera? 

—Mundo…

—¿Qué mundo? 

—¡El mundo! 

La Hormiga insinuó, suplicante: 

—Permítame trepar por su tallo; será más cómodo.... mi voz es débil…, y el viento…, y las hojas… 

—Suba usted. Se aproxima la noche. A mi lado, será más grande y creerá, como el Tordo, que es fuerte su voz…, Oiga usted… Escuche: ¡el Tordo anuncia la tormenta! 

 Tembló el bosque. ¡Zas!... ¡Zas! resonó en las alturas. Se iluminó todo como en un día esplendoroso de verano… ¡Zas! La Hormiga, horrorizada, vio caer a tierra la cabeza arrogante de la Palmera ... Y huyó enloquecida. En el camino detenía a las hormigas, y misteriosamente susurraba: 

¡La señora Palmera!... ¡tan alta!... ¡Pobre señora Palmera! ¡Terrible deber ser el mundo…! 

Las hormigas andadoras continuaban su marcha, y reían… Las hormigas suelen reír de las cosas que no comprenden."

Cesó de hablar el Agua; se agitaron sus ondas: la Brisa sollozaba.



4

—Señorita Garza, la Brisa se entretiene jugando con las plumas de su copete —exclamó el pequeño Pino, desde la orilla.

Tendió la Garza el cuello flexible, y miró a lo alto: en sus ojos, inmóviles y redondos, el bosque amanecía...

—Debo vigilar y meditar —dijo con gesto pensativo—. Todo está en el corazón del agua: árboles, alas, la tristeza de las aves que olvidaron el vuelo.

Abrió las alas y sobrevoló la laguna. El Pino vibró de júbilo: en el fondo, otra garza volaba.

—Es hora; apagaré mi luz —exclamó la Luciérnaga.

El Grillo cantó:

—Mi voz... sin sentido ya... Nadie escucha... mi voz.

—Disculpe, señor Grillo —dijo el Alba, asomando entre las frondas—. Vine a importunar, pero debo ser exacta, esclava de mi oficio. En sueños, me pareció escucharle. ¿Estaba usted desvelado?

—¡Es tan honda la soledad —dijo el Grillo—, tan fría la sombra! Frotaba las alas para calentarme; una vieja costumbre. ¿Interrumpí su sueño, señora Alba?

—¡De ninguna manera! Cierro los párpados... y duermo. ¡Es larga y tediosa la noche!

—¡Claridad, claridad!... ¡Cantemos...! ¡Claridad...! ¿Por qué hablar de las sombras? La noche se marchó a otra parte y nos dejó el mundo... ¡Claridad!, ¡claridad! ¡Cantemos! —Era la Alondra. Hablaba de prisa, temerosa de perder su alegría, su canto, la luz.

—Señora Alondra —dijo con acento sosegado el Búho—, usted quiere expresar el mundo en su canción, y el mundo no cabe en su garganta. Yo hablo poco: se charla demasiado; el que habla mucho, escucha sólo sus palabras. Debo decirles, señora Alondra y señora Alba: ¡me es imposible vivir en su compañía! No es hora de cantos ni voces elocuentes; el bosque quiere luz, una gran luz que ilumine su noche.

Y el Búho, sin hacer ruido, voló hacia los álamos llenos de sombra.

—Sabio es —comentó la Luciérnaga—. No pretende que la noche, su noche, sea eterna.

Lejanamente, hablaba el Agua:

—Le contaré otra historia, amiga Brisa:

“Erase un ruiseñor, y la Zorra le dio muerte. Cuando fue viejo, quedó ciego y cantaba en el día...”

—Me marcho, señor Grillo —exclamó la Luciérnaga—; nuestra hora ha pasado.

—¡Vámonos, vámonos! —respondió el Grillo—. En esta claridad, ¿quién podría cantar? Es inútil el canto.

A lo lejos, se oyó la voz del Agua:

—Para el ruiseñor... no se hizo el día.



II

1

“¡Al sur...! ¡Al sur...!”

Era la voz de las grandes migraciones.

La Golondrina acataba el mandato: venía del norte, donde nace la niebla y desciende la nieve como un ángel deshecho... Ahora, allá, comenzaban a caer las hojas.

“¡Al sur...! ¡Al sur...!”

El ave sobrevoló montañas con árboles y nidos; campos, valles y aldeas como nidos. A veces, perseguía su propio vuelo, o aquietando las alas, descansaba en el viento...

“¡Al sur...!”

Siempre hacia el sur.

Nacía la primavera. Palpitaban las savias colmando tallos y raíces. En el silencio y la luz, apresuraba el bosque sus retoños. Por la cima de los árboles oíanse voces de hojas nuevas: “¡Nos hace estremecer la altura! ...” Florecía el musgo y alzaban su breve cúpula los hongos. Bajo las encinas hacían su perfume las rosas silvestres.

La Golondrina se posó en un sauce, a la orilla de la charca donde anidaba una familia de ánades. Al pie del árbol, conversaban el Agua y los Patos.

—En mi seno hay dormidas ternuras y arrullos —murmuró la charca.

—Sip, sip, sip... —silbaron los ánades—, ¡no podemos creerlo!

—Sip, sip, sip... sólo arrulla nuestra madre —intervino un pato recién nacido.

—... Repito mi canción —prosiguió el Agua—; mis ondas son iguales, y siempre diferentes..., como el árbol, que repite sus hojas cada primavera.

—Sólo conocemos esta primavera —dijeron los patos, que nadaban atrapando larvas y moscas.

—Esta primavera —insistían, impulsando sus barquitas emplumadas y amarillas.

—¡Pequeños —regañó la madre con dulzura—, ¡no hagáis ruido! Hay otras primaveras...

El viento de los valles llegó al bosque. Temblaron suavemente las frondas.

—La sentí posarse —dijo el Sauce a la Golondrina—; ¡aunque es usted tan delicada y sus pies tan pequeños!

—Más ligeros son los de mis hijos —pensó la madre Anade, viéndoles mover ágilmente sus remos: avanzando, deteniéndose; hacia un lado, hacia el otro. Los patitos recordaban, y aprendían.


—... La vi venir —continuó el Sauce—. Vigilo desde el alba. Cuando llega la luz a despertar a los pájaros, miro la lejanía o contemplo el rocío sobre el sueño de los tréboles.

—Nosotros —dijo el árbol— amamos las sombras; tenemos nuestra sombra.

Meditó un instante y murmuró:

—Con los años, va desapareciendo.

—Le han nacido nuevas hojas, señor Sauce. ¡Aún es usted joven!

—Uu... uúu... —respondió el árbol. Y onduló como un río.

Era un viejo sauce. Penosamente reverdecía. Conoció la niñez de las plantas y sorprendió de las aves los primeros gorjeos.

—Un... uúu... —repitió, y guardó silencio. El viento había partido. El viento era su voz y su palabra.



2

En la charca, crecía el silbo de los patos:

—Sip, siiip..., nacimos aquí...; sólo conocemos este día.

—Niños —afirmó la Golondrina—, vuestra madre lo ha dicho: hay otros días.

—¡No podemos creerlo! —insistieron los Anades.

—... Y hay también otras aguas... y otras aves. —Aquí, en nuestra charca, sólo vive esa señora, ¡tan grande! , subida sobre dos juncos...

—La Garza —aclaró la Golondrina—. Ignoráis muchas cosas. Debéis crecer.

—¿Crecer? —preguntaron las aves nadantes.

—Tener alas —pensó la Golondrina.

—Hundir las raíces, y empinarse —meditó un árbol; y habló a los patos:

—Mirad hacia arriba, un poquito cada día, como esos lirios...

—¡Cierto! —respondieron los Lirios acuáticos—; crecemos así.

Y emergieron los húmedos tallos, entreabriendo dulcemente sus corolas.

—¡Increíble! —gritaban alborozados los patos, y aplaudían con sus alas nacientes.

—¡Ridículos! —gritó alguien en la misma rama—. Ridículos, con los pies tan cerca de la cola...

El Cuervo. Repetía siempre las palabras.

—... ¡Bulliciosos! —agregó con acento colérico—, alborotan y dan voces si un junco se mueve o me acerco a sus nidos... ¡Bulliciosos!

—Qué negro y brillante es su plumaje. La noche lo ha vestido —pensó la Golondrina.

El viento regresó al bosque. En la colina ascendían, rumorando, los álamos.

—A veces, zambulléndose, los Anades hurgan mis raíces, o interrumpen mi sueño —dijo el Sauce, recobrando la voz—; pero, debemos reconocerlo: aprenden buenos modales y costumbres de sus padres: amistad con las aves del pantano, afecto, obediencia.

—¡Arrogancia! —graznó el Cuervo—. Arrogantes, suben y bajan la cabeza...

La Golondrina escuchaba el diálogo, y miraba al Cuervo acercarse.

—¿Abandonó usted su hogar, señora Golondrina? —interrogó el Cuervo con voz amable—. ¡En estos tiempos!

—En estos tiempos —meditó el árbol— hay vecinos poco gratos.

—No tengo nido —respondió la Golondrina.

—Me gustaría conocer su casa —dijo el Cuervo—. Aunque usted no tiene nido, (guiñó con el párpado rápido), poseerá cosas admirables, como la señora Urraca...; naturalmente, la señora Urraca... No hago como ella o los Gorriones, que andan murmurando de las madres que abandonan a sus hijos, y de un señor con la cola muy larga y las manos muy pequeñas, que va por ahí atisbando nidos.

De pronto, como si algo recordara, exclamó:

—¡Debo irme! , ¡debo irme! ... ¡Adiós!

Movió torpemente las alas, y con vuelo tardo desapareció.

—Hizo usted bien, amiga Golondrina —dijo el Sauce—; si le indicara el sitio de su nido, iría a despojarlo.



3

Penetraba el sol en el espacio limpio bajo los árboles, iluminando vuelos de abejas y mariposas. Venía el amor en el canto de los pájaros. Alzaban su reclamo los mirlos o desparecían volando de dos en dos. Llenaba el bosque el gran olor de los sauces.

—¿Sufre usted, señora Codorniz? —interrogó el jilguero.

—Las madres —suspiró la Codorniz— siempre tenemos algo... ¿le parece triste mi canto? ¿le disgusta mi voz?

Inclinando la cabeza, miró con ternura su nidada, y exclamó:

—Sólo sirve para arrullarlos... (Y la voz se le volvió simple y balbuciente para que la entendieran sus hijos.)

—Se afana usted demasiado, madre Codorniz —insistió el Jilguero, revoloteando y cantando— oí decir del Cuclillo, que no cuida sus polluelos y casi nunca hace nido...

—Perdone usted —le interrumpió la Codorniz—: no tengo tiempo para escuchar esas cosas... Es ya la primavera; visten su nuevo traje los Gorriones, ¡y aún estoy con mis primeros hijos!

—¡Crac! ... ¡cráaac...! —graznó un pato en la charca. Era el padre Anade. Erguida la cabeza tornasolada, miraba a lo alto, con un solo ojo. Palpitaban las plumas blancas de su collar...

—¡Crac! ... ¡cráaac! ... —repitió, alertando.

—Cui-da-do —cantó el Petirrojo, asomándose por el hueco del árbol donde tenía su morada. Y agregó, misterioso—: ¡Nadie sabe!

—Hay trinos y luz por todas partes... ¿Qué podríamos temer? —pió la Golondrina.

—... No sabemos nunca —continuó el Petirrojo—; aquella vez... No debería contarlo, es doloroso...

Contempló un momento su pecho, y prosiguió:

—Hace ya mucho tiempo; mi abuelo era joven. Cierto día jugaba con su amigo el Colibrí... y el Colibrí, vibrando, a veces como inmóvil, retrocediendo, adelantándose... hundió su pico en el corazón del amigo.

Miró la mancha roja de su pecho y cantó:

—Recuerda... aquella... herida...

—El Colibrí es débil —dijo la Golondrina—; pequeño y débil; se ocupa sólo de su miel. Le he visto cuando duerme: cansado del trajín, parece una hoja muerta. Le vi también, despertar de su sueño.

Renacía en la charca el graznido de los patos. Miraban al Sauce, y picoteaban nerviosamente debajo de las alas.

—¡Ridículo! ... ¿Quién piensa atacarlos? —gritó una voz áspera.

El Sauce movió a un lado y a otro su fronda. Parecía preocupado.

—Ha vuelto —dijo para sí—; a mis años, el Colibrí no puede herir, ni engañar con su charla los Cuervos.

La Golondrina escuchaba. Cerca de ella, el ave rapaz, de ojos duros y negros.

—Es hermoso su plumaje y grande su pico —pensó la Golondrina.



4

Por el tronco del Pino trepaba una Oruga. Detenía el blando cuerpo anillado, y avanzaba la cola. Paraba de nuevo, y otra vez, ¡hacia arriba!...

—No es tiempo —musitó el gusano—, aún no han nacido mis alas, señor Pino, pero iré hasta su cumbre.

—¡Necio! —expresó la voz áspera—, ¡subir sin tener alas! ... ¡Necio! —repitió violenta.

—Venga usted —respondió el árbol al gusano—. Desde aquí verá usted el mismo bosque, aunque un poco más pequeño, y sabrá que hay otras cimas más allá de la cumbre.

La Oruga ascendía: despacio, despacio. El Cuervo acechaba.

—No tengo nido, no tengo nido... —exclamó de pronto, remedando el piar de las golondrinas.

—No... ten... gg... —balbuceó la Golondrina. La voz se quebró en su garganta.

El Cuervo había atacado.

—¡Horrible! —murmuró la Oruga.

—¡No está más! —exclamó el Sauce, pensativo; y habló así a la Oruga:

—¿Ve usted ese claro? ... Lo habitaba el Roble. Alguien llegó hasta él cierta mañana y puso una señal en su corteza. Después... todos contemplamos su agonía. Una voz dijo entonces: "¡No está más!" ¿Ve usted ese otro sitio? ... Ahí vivía el Pino. La luz se quedaba entre sus ramas, y como ave dormida, en ellas reposaba el Viento. Bandadas de gorriones hinchaban su ramaje, y en la aurora desprendíanse igual que frutos maduros. Su sombra dio frescura a las bestias sedientas, a las flores, al musgo. Lentamente, el Pino fue perdiendo las hojas, los tallos, su sombra. Un día, la sangre se detuvo entre sus venas. En vano el Viento lo acarició: estaba mudo. entonces, la voz habló de nuevo, y dijo: "¡No está más!"

Por el tallo del árbol, temblorosa y blanda, subía la Oruga.

En la hojarasca, entre las hierbas, clamaba la Codorniz:

—¡Mi hijo! ... ¡el más bello de mis hijos! ... Me alejé un momento, para traer bellotas... sólo un momento... hasta esa rama... jamás abandono mi nido.

En la vecina charca, bajo el árbol que sombreaba sus aguas, gemían los Ánades:

—¡No podemos creerlo! ... Sip, sip, siip... Las alas descendieron por el aire, y nuestro hermano desapareció hacia arriba...

El Sauce agitó suavemente sus ramas: el viejo árbol sollozaba.

La Oruga se había detenido.

Latía como un pequeño corazón.



5

Regresaba al nidal con su carga de hoja... Se entretuvo en el valle explorando tallos y raíces o simplemente en topar, y era tarde: sobre el césped palidecía ya la sombra de los tréboles...

Tanteando como un ciego, retrocediendo a veces cual si hallara obstáculos o desconociera el sendero, recorrió la distancia del valle hasta el bosque... el espacio entre dos árboles de vecinas frondas. Se hallaba ahora en la sima de los grandes hongos. Solía detenerse bajo sus cúpulas para hablar con viajeras que iban a la inversa, por el mismo sendero.

—Adiós, señora Hormiga —díjole alguien que pasó velozmente.

Depositó en el musgo su hoja y miró hacia el extremo de la hierba más alta:

—No fue el Colibrí —dijo—, ni mucho menos la Liebre... Observó una flor cercana: —¡Lo supuse! ¡Sabía que era usted, señorita Abeja!

—¿Cómo ha podido reconocerme, señora Hormiga? —respondió la aludida.

—¡Quién no conoce su voz! Es inconfundible, y nadie, como usted, puede estar y desaparecer a un tiempo.

—Exagera un poco —murmuró la Abeja—. Quizá me juzga así porque usted está siempre en un mismo sitio...

—He andado la mitad del camino —protestó humildemente la Hormiga—. Oí decir al Caracol, que quien va de prisa piensa que el mundo no se mueve...

Cortó la palabra. La Abeja no podía oír: se había metido de cabeza en la flor.

Siguió avanzando. De pronto topó con algo duro y negro.

—¡Ah!, ¡no pude suponer que fuera usted, señor enterrador!

—Olvida usted mi nombre, sólo recuerda mi oficio —respondió en tono áspero el Escarabajo, que era el enterrador del bosque—. Luego agregó: —Cuando debo llegar a alguna parte, tomo cualquier camino...

—Lo sé, lo sé —balbuceó la Hormiga—. Hizo como si buscara algo entre la hierba, avanzó, retrocedió, y estremeciéndose dijo:

—¿Hacia dónde se dirige ahora, señor Escarabajo?

—Creí que lo sabía... perdone usted... todo el bosque lo sabe... no puedo detenerme... Para servir a usted.

Se alejó rápido.

—Malo —dijo en voz alta la Hormiga—, malo cuando ese señor ofrece sus servicios...

Se acercaba al nidal. El Caracol, que vivía en la vecindad, salió a recibirla agitando los brazos. Hablaba desordenadamente ( ¡el Caracol, tan comedido en gestos y palabras! )

—¿Qué ocurre? —preguntó seria y expectante la Hormiga.

—El agua... —dijo el Caracol— equivocó su camino... ¡la Perdiz y sus hijos! ... nada quedó de ellos ni de su casa. ¡También la Rana enferma! ... tenía ya tres inviernos... no pudo escapar...

—¡Ay! —sollozó la Hormiga— ¡cómo pudo la señora Agua, tan suave y amable...!

—¡Fíjese usted de amabilidades! —interrumpió la Araña que andaba cazando por ahí—. Se pierden pronto modales y buenas costumbres.

La Hormiga, no dijo más. Dejó su carga olvidada, y aturdida y sollozante, penetró en el nido.



III

1

Comenzaba la estación de las lluvias. Oíase ya el leve salto y picotear continuo del Gorrión en las semillas; bajo los árboles renacía la hierba poblando los senderos trajinados por la Liebre. En los nidos sólo había plumas de la última nidada.

Allá, en lo hondo del bosque, donde viven los árboles ancianos y las grandes plantas solitarias, habitaba el Armadillo, entre las raíces del Roble, en el círculo ondulante de la sombra. Salía y hablaba pocas veces. Era tímido, y sensible a lo que dijeran de él en el bosque. Cierta vez, el Tucán le dijo que tenía orejas largas y un cuerpo ridículo... ¡El Tucán! ...

Solía charlar con el Roble, pero el gran árbol prefería dialogar con el viento y las nubes... El Armadillo hablaba a veces con la Garza, que vivía aislada, abstraída en su laguna. La Tórtola, el Agua y los Patos manteníanse ocupados: la Tórtola, en tareas de hacer la casa o calentar polluelos, el

Agua, cantando y saltando entre las piedras para divertirse. Los Ánades tenían también sus quehaceres: alertar al primer ruido temerosos del Cuervo, y discutir... por cosas de ánades.

Atardecía. Aves retrasadas regresaban al nido, y aquietándose, esperaban el sueño.

—Noo... . nooó... ¿dónde está? —gruñó el Armadillo, que regresaba del paseo vespertino. Escarbó la tierra con sus pequeñas manos, sobresalientes apenas de la breve coraza. Desnudó una raíz. Iba de un lado para otro.

—No... nooó... —repitió—. ¡Estaba aquí!

—Tarde regresa, vecino. ¿Qué busca entre la hierba? —preguntó la Tórtola.

—Oscurece, y tengo mala vista —repuso el Armadillo.

—Quien busca, halla —contestó la pájara, con acento de arrullo—. No todos tienen casa y sombra tan hermosa. ¿Son suyas la sombra y la casa?

—No me pertenecen —respondió humildemente el Armadillo—. Ya usted sabe: los pobres vivimos de lo que nos quieren dar los señores.

—¡Qué le vamos a hacer, así es la vida! —suspiró la Tórtola—. Y a propósito de injusticias, ¿se ha enterado...?

—Sí, señora Tórtola; lo supe por la Alondra.

—Yo también me enteré por ella. La pobre estaba tan conmovida que no podía hablar. Se le llenaba de palabras la garganta...

La Tórtola interrumpió su charla. En voz baja, pausando, como lo hacía al arrullar, continuó:

—... Yo vi... yo vi... los niños de la Liebre... La Zorra los rompió... Yo vi... sus vestidos... deshechos.

—¡Qué pena! —lamentó el Armadillo.

—Y ahora esto... —observó la pájara—. Dicen que fue la Lechuza. No lo creo: sucedió en el día... Al murciélago lo pillaron dormido.

—¡Bien le estuvo, por pasar el día dormitando, con la cabeza para abajo! —dijo la Zorra, que pasaba casualmente por ahí.

—Perdonen ustedes si me retiro —interrumpió la Tórtola—; perdonen, pero tengo que regresar a casa...

Partió en vuelo bajo, temblorosa, rozando torpemente las margaritas.

—Siempre ocurre lo mismo —dijo irónicamente la Zorra—. Cada vez que me acerco tiene prisa. ¡Pequeñeces! Hay cosas más importantes.

—¿Sucede algo, señora Zorra? —preguntó el Armadillo, aguzando las orejas y sonriendo con su boca sin dientes.

—No me lo pregunte, porque tendría que hablar mal de los Gorriones y de la señora Rata... personas muy estimables. No deseo censurar a nadie, pero es el caso que en las eras, allá en el valle, había granos recién sembrados, y los Gorriones... ¡bueno!, todo el mundo sabe que roban la simiente. Sucedió que la Rata andaba por ahí, de paseo, naturalmente, y en un descuido de los Gorriones, ¡paf! ... ¡No quise ver aquello! ¡Cayeron tantos! Creo que fueron nueve, como los hijos de la Liebre.

—¡Oh, ooó...! —interrumpió el Armadillo—. ¿Cómo sabe usted, señora Zorra, que eran nueve los hijos de la Liebre?

La Zorra no contestó; prefería no hablar de eso. Sigilosamente, como vino, sin despedirse, marchó por entre la maleza anochecida...

Los últimos pájaros regresaron al nido o a posarse en la rama de costumbre.

Cerraba el crepúsculo.



IV

1

Revoloteaba a ras de los helechos y el rosal silvestre. Presentía la noche.

Deshechas por el viento morían las rosas.

—Se van —dijo para sí—. O tal vez no se van...

Aleteó ligero, a veces flotaba... Sus antenas palparon leves gotas de lluvia y sombras nacientes. Bajo la copa de los grandes hongos era casi de noche.

Se acercó al nido de hormigas, en el tallo hueco de un árbol caído y habló:

—¿Duerme, señora Hormiga? ¿O quizá no es hora todavía?

—No es hora de llamar a una casa honrada —replicó una voz desde dentro—, ¿Quién es y qué desea?

—Soy yo... ¡claro, soy yo! , usted me conoce; todos me conocen... ¿Tal vez no recuerda?

—¡Ah, perdone, señorita Mariposa! Disculpe que no le abra: es tarde y con el tiempo que hace, ¡imposible!

—Mi vestido... —insistió la Mariposa—, es precioso. He pasado muchos días pintándolo... La lluvia, ¿comprende?

—Comprendo —respondió la Hormiga—. El caso es, que usted no desea estropear su vestido, ni yo perder mi trabajo. Si le abro, se inundará el granero, ¡y cuesta tanto conseguir provisiones!

Penetraron gotas de lluvia en la guarida.

—¡Qué horror! ¡Nos ahogaremos! —exclamó la Hormiga, y fue a ocultarse al fondo de la madriguera.

La Mariposa voló indecisa, sobre las campánulas, después sobre los lirios, que empezaban a entrecerrar sus cálices y entregarse al sueño. El aire pasaba bajo sus alas y la sostenía como una mano invisible. Se detuvo junto a un nido de abejas.

—Señora Reina —llamó suplicante—: Quizá usted... por hoy solamente, ¡hay en su casa tantas habitaciones!... La lluvia, ¿sabe?, el agua es mala y arruinará mi vestido.

—¡Conque el agua y su vestido! —contestó, asomándose, una abeja—. ¿Le preocupan esas cosas? Sepa usted, que la señora Reina está ocupada, y nosotras, es decir, en esta casa, se trabaja siempre. No podemos pensar en pequeñeces; es dura la faena. Ciertamente, hay aquí señores que no trabajan..., ¡pero hallarán su merecido! ¿Cómo hará la gente para vivir sin hacer nada? Disculpe, señorita Mariposa: esta tarde no podemos recibirla, todo el taller está en trabajo.

Apagábase el día. La brisa continuó deshojando las rosas sobre el césped. Sus pétalos quedaban ahí, inmóviles, perfumando la hierba.

—¡Ya! —dijo la Luciérnaga, y se encendió. (Esperaba un momento preciso para alumbrar.) —¡Ya! —repitió—. Es él; me llama...

Y destelló suavemente, respondiendo al amante...



2

El bosque seguía haciendo sus plantas y pájaros, su silencio y rumores. Pequeños animales silenciosos iban por el musgo, en la hojarasca anidaban quietamente las palomas, escondía la liebre su miedo en la maleza y el Búho, solemne, en el árbol de costumbre, oía crecer la noche.

—Cri, cri, cri, cri —dijo una voz aguda, entre las hojas caídas. Nadie respondió. Era el primer grillo.

—Cri, cri, cri, cri —repitió la voz, desde un arbusto—. ¡Deténgase, amiga Mariposa! ¿Cómo se atreve, sola y anocheciendo? ¿No ha oído decir que en los matorrales...? Sí: detrás de cada helecho puede estar oculto. Por eso, conviene no quedarse en el mismo sitio... ¡Upa!... —Y saltó—. ¿Lo ve usted? Aquí estoy más seguro y puedo hacer un poco de música...

—¿Música? —interrumpió la Araña, ocupada en remendar su tela rota por la brisa—. No está el tiempo para músicas. ¡Hay que ver el daño que hacen el viento y la lluvia!... ¡A quién se le ocurre, música a estas horas!

—Piensa sólo en ella —reflexionó la Mariposa, posándose sobre un lirio. Se desprendió luego; su huella semejaba el rastro de un pájaro en el musgo.

—Cri, cri —insistió el Grillo—. Le haré oír mi mejor canto, aunque parezca un poco antiguo.

—Gracias —respondió conmovida la Mariposa—. Es usted un artista y me agradaría escucharlo; ahora debo marcharme. Volveré mañana..., es posible que vuelva.

El viento hacía flauta de los juncos. Despertaban insectos y flores crepusculares emitían su primer aroma. La Araña, ascendiendo y descendiendo, construía su tela. Soltó una hebra, la ató luego y dijo: —¡Al fin!

En su red había libélulas muertas y gotas de rocío.

—Señora Araña —comentó el Grillo—, ha hecho usted un buen trabajo.

—Sin duda —respondió la Araña—, toda labor es buena y da su fruto, al que no duerme o pasa la vida cantando... Y a propósito: ¿qué hace usted en el día? Lo veo siempre ensimismado, mirando hacia adelante, como si esperara algo. ¿Aguarda al Escarabajo...?

—No me hable de ese señor —interrumpió el Grillo—; llega cuando menos se piensa... ¡ia qué recordar! Lo vi llevarse a mi abuelo... ¿Decía usted?... Ah, ¡ya! Preguntaba en qué paso las horas del día. Pues... haciendo mis canciones para la noche. A veces me olvido de todo: del bosque, de comer algo por ahí.

—Bien se ve —pensó la Araña.

—Cuando canto —prosiguió el Grillo— no siento deseos de comer... ¿Quiere usted oír mi nueva canción? Es modesta, pero arrulla a los recién nacidos y acompaña a las madres en vela.

—¿Es feliz en su trabajo, señor Grillo? Podría decirme, ¿cómo hace usted sus cantos?

—Como usted su red, señora Araña.



3

En los arbustos y en el césped alumbraban luciérnagas. "Vea, vea...", "vea, vea" —iban diciendo, y como un eco luminoso, otras lucecitas errantes respondían: "Vea, vea...; vea, vea." Si alumbraban, la Mariposa lucía sus colores, si apagaban su luz, se veía apenas el bosque.

—Allá —dijo la Luciérnaga.

—Allá —repitió la Mariposa—. O tal vez aquí...

Paró en el centro de una margarita. En la penumbra, la flor dormía, y no sintió su peso.

—¿Está usted apresurada, señorita Mariposa? —preguntó la Luciérnaga.

—Todo ahora tiene prisa —respondió la aludida—. Las rosas también. Quizá tengan prisa de hacer su perfume.

Hablaba confusamente. Parecía soñar.

—Las cosas cambian —insistió la Luciérnaga—. Antes, cuando alumbrábamos la pradera, corrían a mirarnos gusanos y niños recién nacidos. Nadie se interesa hoy por la luz. En el bosque sólo se habla de la Araña o del Escarabajo: que si la Araña atrapó a la Mosca, que si el Escarabajo se llevó a la Abeja.

—Ha cambiado el bosque; ¿lo cree usted que es el mismo? —insinuó la Mariposa.

—Es otro —afirmó la Luciérnaga—. El mío era diferente; en él sólo había cosas bellas y hermosas.

—Su bosque, ¿en dónde está? —murmuró soñienta la Mariposa—. ¿Existió realmente, señorita Luciérnaga?

—Existió.

—¿Podría usted contármelo?

—Cada uno tiene su mundo, y le pertenece; cada cual vive sus recuerdos, y son suyos —concluyó la Luciérnaga.

—cri, cri, cri... cri —silbó lejanamente el Grillo—: todo cambia y se va.

—O quizá no cambia... y tal vez no se va —dijo la Mariposa. Dobló las alas, juntó las antenas, y se quedó dormida.

La Luciérnaga, en silencio, apagó su linterna.



V

1

Nadaban los ánades hacia la orilla en busca del refugio nocturno.

—¡Apresuraos! —ordenó la madre—. Viene la sombra, hay peligro.

—Conviene regresar a casa... a casaaa... —afirmó la Calandria, que escuchaba desde el nido, en la rama de un sauce inclinado sobre el agua.

—Sí... sí... siii —dijo el Grillo, que yacía en la hojarasca, quieto y duro como una ramita seca.

—so... lo, so... lo... —cantó el Sinsonte que regresaba de lejos—. Solo, en mi bosque.

Como de costumbre, hablaba siempre de su bosque y defendía su territorio.

—Es grato el hogar —continuó la Calandria acomodándose en el nido—, es grato, aunque tenga que coser cada día.

—Solo... so... lo... —repitió el Sinsonte—, en mi casa. 

—Se queja usted continuamente, señor Sinsonte —dijo la pájara—. Yo no me quejo; no estoy sola: me acompañan mis hijos. Aprenderán el vuelo y se irán algún día, pero ahora están conmigo.

Meditó un momento y prosiguió:

—La otra primavera nacieron hijos ajenos en mi nido, ¡hay madres que no son madres!... Los pequeños se criaron con los míos, y también desaparecieron.

—Los hijos —observó el Sinsonte—, propios o ajenos, son lo mismo: complican la vida, y un día se van.

—Se van, se vaaan... y nos queda su recuerdo —dijo melancólicamente la pájara.

—Canta usted bien —respondió el Sinsonte—: se van, y nos dejan su recuerdo. ¿Dónde aprendió esa canción, señora Calandria?

—La aprendí de la vida, amigo Sinsonte; viviendo y mirando partir a mis hijos.

La noche descendió sobre el bosque. Enmudecieron los pájaros y ardieron más las Luciérnagas.

Envueltos en sus alas, los Ánades comenzaban el sueño. A la entrada de las cuevas y en los nidos, brillaron pupilas de animales despiertos. Escarabajos enterradores portaban alas y cuerpos de mariposas. Los Pinos permanecían quietos. El Agua componía sus canciones. Avivaron su linterna las Luciérnagas y hubo una alba instantánea en los arbustos.

Al borde del charco, junto a los helechos, alguien dijo:

—Uoc, uoc, uoc... ¡es larga la noche!

—¡interminable! —lamentó el Lirio que empezaba a florecer.

—Niño —replicó la voz—, apenas naciendo y ya se queja del mundo. ¿Qué deja usted para la vejez? Yo sé lo que digo: es larga la noche... Esa luz...

—Esperaré el alba para mostrar mis flores —interrumpió el Lirio, entreabriéndose—. En la noche, ¿quién podría verlas?

—¡Ah! —exclamó la voz desde el agua—, desea que lo miren y lo admiren. Es afortunado, y un poquito vanidoso. Su trabajo se ve y estima, el mío no se aprecia. Cada tarde, sin faltar una, canto y hablo para el bosque. En vano: nadie escucha ni responde. Antes solía charlar con el Grillo, que ahora habla menos. Puede que esté cansado; llega el día en que nos cansamos de hablar.

—Perdone mi ignorancia —dijo el Lirio—, aún no comprendo bien las palabras: empiezo ahora... Veo que ha venido la luz y debo aprovecharla. Temo que vuelvan las sombras.

—Uoc, uoc... es cierto —afirmó la voz desde el agua—, es cierto. Para usted, ha venido el alba: una alba de luciérnagas, y la aprovecha para que lo vean. ¡Ah, los jóvenes, siempre deseosos de mostrarse! En mis tiempos era diferente: dejábamos la noche para alegrarnos y charlábamos. Se ha perdido la costumbre del diálogo. Ahora nos comunicamos de prisa y en el camino, como las hormigas. El Búho, allá de noche en noche, conversa con sus amigos. El Pobre se está volviendo viejo.

—¿Podría usted decirme, señora...?

—Señorita —corrigió la aludida.

—Perdone nuevamente —suplicó el Lirio—; todavía no conozco a las personas. ¿Podría decirme, Señorita Rana, ¿por qué es viejo el señor Búho?

La Rana se miró en el agua, infló la garganta, carraspeó como si fuera a cantar, y dijo:

—Somos viejos, cuando hemos visto nacer y morir muchos lirios y a los árboles quedarse sin nidos y sin hojas; cuando olvidamos el canto.

—Estoy aquí, aquí, es mío este bosque —silbó, entre sueños, el Sinsonte.

La Rana volvió la cabeza para escuchar y prosiguió:

—Somos viejos, cuando ya no podemos decir, como el Sinsonte: el mundo nos pertenece; cuando ya no es aurora para nosotros, la luz de las Luciérnagas.

Tenía los ojos húmedos. Dio un salto hacia arriba y remando despacio, se hundió en el agua.

El Lirio seguía entreabriendo sus flores. Empezaba a comprender las palabras.



2

Despertaba el bosque.

Cayeron pequeños granos y bayas en la hierba.

Los pájaros descendían a picotear las semillas.

Por los tallos alargaban y encogían sus cuerpos gusanos madrugadores. Aves y mariposas de la noche, doblando las alas, quedábanse dormidas. El Caracol despertó y asomando sus antenas, se puso a registrar el musgo, a reconocer el aire y la luz.

—El mundo es ahora diferente —dijo—. Prefiero continuar en casa donde todo me es conocido.

—Bien se ve que usted no ama la aventura —replicó un gusano que exploraba las hojas—; vive atado a su morada. Yo me desprendí. Es interesante; tengo recorrido todo el árbol. Los mismos caminos son nuevos cada día.

—Estoy aquí, aquí, es mío este bosque...

El Caracol, recogiéndose despacio, murmuró:

—Es mía mi casa. El mundo es del gusano y del Sinsonte.



3

—¿Viene el día? —preguntó el polluelo de la Alondra.

—Aún... aún... —arrulló la pájara.

—Veo las cosas... ¿Y esas voces, esas voces? —insistió el polluelo.

—Duerme, duerme. Vendrá la luz; también para ti.

—Ujú, ujú, ujujú... —graznó el Búho—, ¡el niño quiere ver la luz! ¿A qué tanta prisa? Cuando crezca, conocerá la luz. Ujú, ujujú...

Palidecieron las Luciérnagas. Bajando y ascendiendo, iluminaban tenuemente la hierba; el aire se hacía visible en las hojas; brillaban gotas de rocío.

El Búho alertó las orejas. Oía alejarse la noche. El aire mecía levemente las frondas.

—Veo las flores —pió el polluelo de la Alondra.

—Están aquí —intervino el Saltamontes, que andaba entre la hierba.

—¿Dónde?

Aquí, aquíii... (hablaba desde un rosal distante).

—Uoc, uoc... —croó la Rana, emergiendo—, ¡cuánto ruido! Imposible dormir.

Entre las hojas, hongos y musgos, avanzaban las Hormigas. La Zorra permanecía al pie del Roble.

Habló el Búho:

—Ujú, ujú... (El bosque repitió su voz.)

—La otra noche —dijo— en casa de la señora Liebre, nacieron nuevos hijos. ¿Los ha visto usted, amiga Zorra?

—¿Para qué? ¡Todos los recién nacidos son iguales! Algún día iré a visitarlos.

—A ver... los —sonrió el Búho, mirando de reojo. Y agregó:

—Hablando de otra cosa, ¿oyó usted, la otra tarde, el llanto de los Anades? Parece que el pequeño, el más hermoso...

—Se alarman sin razón —interrumpió la Zorra—. Viven temblando, temerosos como liebres. ¿Piensa usted que yo...?

—No estoy en edad de pensar —declaró el Búho—; pero, alguien raptó al pequeño Anade. Pasan ahora cosas desagradables. Los Gorriones, que hablan siempre y lo saben todo, cuentan que han visto caer hormigas y abejas. Dicen que se persigue a los trabajadores.

—El... mundo... está... al revés —interrumpió calmosamente el Perezoso.

Se agitó la maleza. La Zorra oteaba, y, de pronto, dio un salto y crujieron sus dientes. Iba alejándose. Con la boca llena, balbuceaba:

—Criaturas débiles... ¡Sólo debe vivir el más fuerte! Hay demasiadas liebres y palomas.

Detúvose; bajó la cabeza y husmeando, musitó:

—Malos vecinos tenemos.

Detrás de la Zorra, siguiendo sus pasos, venían las Hormigas. Sin dudar ni detenerse, como un delgado río, adelantaban sobre hojas y flores. Al pasar junto al arroyo, dijo el Agua:

—Ir bajo el día... o en tinieblas; nuestro destino es ése.

La Zorra se alejó de prisa. Su trote menudo golpeaba acompasadamente las hojas.

—¡Débiles! —repetía—. Hormigas... sin olor siquiera.

—Claro está, claro está... pero es un pueblo de Hormigas —pensó el Búho. Y con vuelo silencioso fue a refugiarse entre los sauces, donde todavía duraba la noche.

—Perdone usted, amiga Sombra —susurró la Luciérnaga—; alumbro porque es preciso guiar a las Hormigas: pueden extraviarse.

—Haga usted su trabajo —respondió la Sombra—. Yo hago el mío. En el bosque, la tarea de cada una ayuda a todos. La suya es admirable... aunque, a veces, me hace parpadear…



4

Oyose el grito del Búho despidiendo la noche. En el amanecer vagamente emergían los pinares. Iluminábanse apenas los bajos arbustos, el sitio de las Tórtolas y el nidal de los Anades. El viento agitaba las frondas. Un árbol soltó sus pájaros.

—Crac, craaac... es pequeña esta laguna —dijo la madre Anade deslizándose hacia el agua.

—Sip, sip... —afirmaron sus hijos nadando detrás y en fila.

—Pequeña no —corrigió la Garza, entreabriendo las alas adormecidas—; casi no existe. Pienso, es decir, pensaba que el agua se fue del bosque... Como su hijo, señora Anade, como el Ruiseñor y la Golondrina: ¿recuerda?

—¡Ah! —suspiró la madre—. ¡Nadie sabe adónde han ido!

Enarcando el cuello, la Garza ordenó sus plumas. Después miró el agua, y lanzó el pico...

—¡Qué modales! —exclamó una voz despaciosa.

La Tortuga asomó la cabeza.

—Se equivoca... ¿Por quién me ha tomado, señorita Garza? Si mi casa no fuera tan fuerte, de seguro que usted la deshace.

—Disculpe, abuela Tortuga —rogó la Garza—, ¡estaba usted tan escondida!

La Tortuga salió del agua. Lentamente fue ganando la orilla. Sobre la tierra lodosa quedaban sus huellas.

—Desaparecieron las buenas costumbres —prosiguió, hablando despacio—. Se devora al amigo, si el amigo no tiene casa que lo proteja.

Moviendo lentamente los pies, fue alejándose de la orilla.

La Garza encogió una pata. Meditó un momento, y se puso a contemplar el agua.

Envueltos aún por la neblina, nadaban los patos. La voz maternal repetía:

—¡Tened cuidado, tened cuidado, mis hijos!

Los patitos, asintiendo, subían y bajaban la cabeza:

—Sip, sip, siiip...

Y nadaban dócilmente tras la madre, en la laguna que se había empequeñecido.

Empezaba a caer el plumaje de las aves: flotaban plumas en el agua. Un ganso que vivía entre los juncos, remando majestuoso se aproximó a la Garza.

—¡Buen día! —dijo cortésmente—. Tendremos una hermosa mañana: el Viento corre hacia la orilla.

—No he tenido tiempo de observarlo —respondió la Garza.

—¿Y en qué se ocupa usted, vecina?

—Pienso.

—¡Ah... í... ... —silbó el Ganso—, ¡las personas ocupadas! ¿Ha visto que hemos perdido algunas plumas? Empieza ya... Pero vendrán otras, como las hojas.

—Sí, sí —afirmó la Anade—; su traje será más hermoso. Y miró tiernamente a sus polluelos.

En la laguna flotaban plumas y nidos vacíos.



5

Amanecía el bosque entre rumores y cantos. Animábanse las cosas que parecen muertas en la noche: los árboles recobraron su forma, ondularon las frondas y comenzó el hervor de los insectos; sobre las amapolas, instantáneo y metálico, brilló el plumaje de los colibríes.

En el sitio donde retozaban liebres, margaritas amarillas ocultaban el césped. El sol iluminó alfombras de flores, y como un órgano disperso, zumbaron abejas. El rosal silvestre sostenía el peso de sus rosas; el viento hablaba bajo, acariciando la hierba. En el pinar parloteaban los Gorriones.

—¡Vengo sofocada! —exclamó la joven Libélula posándose sobre el rosal—. No he dejado de volar desde que se fue la noche. Alguien me persigue: marcha siempre a mi lado.

—No es extraño: hay cosas que los niños no comprenden —respondió una abeja que iniciaba su trajín matutino.

—Vea, señora Abeja —dijo nerviosamente la Libélula—; ¡véalo usted misma! : se ha parado, al posarme en esta hoja... Si muevo las alas... ¿lo ve?... las mueve también.

—¡La sombra...! —intervino el Saltamontes que andaba por ahí desperezando las piernas—. Es verdad lo que ha dicho la señora Abeja: eres pequeña para entender ciertas cosas. Siempre hay alguien que imita nuestros pasos y dócilmente nos sigue. Debemos ir adelante, sin mirar hacia abajo... o a los lados: ¡está la sombra!

—¡Otra vez! , ¡otra vez! —exclamó la Libélula, que involuntariamente aleteaba—. Es verdad lo que ha dicho el señor Saltamontes: hay personas que imitan nuestros pasos.

—¡Lo aprendiste, pequeña! —chilló el Saltamontes—. No lo olvides. En el bosque todos tenemos una sombra, una sombra que vive de nosotros.

—¡Tedioso! —interrumpió el Sinsonte, subiendo hacia la copa de un pino. Deteníase en cada rama a cantar. Era un poco orgulloso, a veces colérico—. Es hora de alegrarse —prosiguió—. Dejemos las cosas tristes al señor Búho y a la abuela Tortuga; por sus años... por sus aaa... —Su voz se perdió entre el ramaje. El ave ascendía por una escala de trinos.

El Saltamontes dio algunos pasos, más ágiles ahora, y se ocultó en la hojarasca. La Abeja renovó su vaivén y la pequeña Libélula voló tranquila, sin temor ya de su sombra.

Repetíase el canto del Sinsonte. Tenía mayor dulzura su voz: aves recién nacidas alegraban su nido. Allá, entre las hojas más altas, hablaba la madre:

—No miréis hacia abajo, hijos míos: allí hay niños torpes que temen a su sombra. Y personas que saltan, porque no tienen alas... Vive también una señora bulliciosa, que pasa el día robando a las flores. Obedeced, y seréis dulces y bellos.

—¡Así! —afirmó el Sinsonte, posándose al borde del nido. Levantó la cabeza para agrandar su estatura, y prosiguió—: No es bueno hacer amistad con todo el mundo. Nuestros hijos son diferentes; pero hay que vivir en el bosque, y no conviene tener enemigos. No es bueno permanecer como el señor Ciprés, siempre solo.

El viento cortó su voz. En la colina alborotaban los Gorriones.

—Algo desagradable traerá la mañana —monologó el Ciprés. Hizo una pausa y dijo, moviendo la cabeza—: ¡Poco hay de qué alegrarse! Los Gorriones no charlan como de costumbre. No sé qué viento más allá de la colina...

—¿Habla usted solo, señor Ciprés? —interrogó una voz, al pie del árbol.

—No, señora Liebre, no estoy solo: hablaba conmigo mismo.

—Ah, perdone usted; no se me había ocurrido.

Moviendo de continuo la nariz y la cola, la Liebre olisqueaba la hierba. Mordió un renuevo.

—Madruga usted —observó la Abeja en tono zumbón—.

¿Se levanta antes del día? ¿O es que alguien la ha asustado? ¡Tan temprano!

—Me divierte sorprender a los perezosos —respondió la Liebre.

Hizo un gesto picaresco con los labios y poniendo las orejas en punta, señaló el nido de la Araña.

—Claro, quien no se acuesta de noche, mal puede trabajar en el día...

—Se equivoca usted —replicó la Araña, desperezándose—; trabajo a todas horas; necesitaba recuperarme.

—Es verdad —repuso la Liebre en tono serio—, conviene descansar. Vivimos para sustos y fatigas. Además, como dice el señor Búho, cada uno tiene sus costumbres.

La Abeja giró en torno de sí misma, ascendió hasta el nido de los Sinsontes y vino a posarse al lado de la Araña.

—No podemos descansar —prosiguió— si de una depende el sustento de otros, ni tener costumbres que perjudiquen a los demás; pertenecemos a la colmena.

—Se ve que ha escuchado usted a los Gorriones —exclamó la Liebre—. ¡Esos parlanchines que hablan sin sentido! Con su palabrería, tratan de alterar la paz del bosque. Oigales usted...

Quedó suspensa. Alertó las orejas.

—No saben lo que dicen —continuó—. Parece que algo sucede... Se dispersan... ¡ellos, tan unidos!

—¡Lo dije! —intervino el Ciprés, que permanecía escuchando—: nada bueno traerá la mañana.

El pequeño Caracol, saliendo de su casa, palpó el aire, giró varias veces sus antenas, y exclamó:

—¡A prisa...! ¡A prisa...!

Despaciosamente desapareció en su morada.

—Vií... vií... Vi, vi... —cantó el gorrión, sin detener el vuelo.

Arrancadas de su tallo, rodaron por el césped hojas amarillas y hojas nuevas.

—Caer, es triste —susurró una hoja tierna.

—Saltar, aprender a saltar... —aconsejó una vocecita entre los arbustos. Una hoja seca respondió:

—Si usted lo piensa dos veces, no saltará desde esa rama, señor...

Un soplo violento cortó la voz. La Liebre dio un brinco, tendió las orejas y huyó velozmente.

—¡A inclinarse..., a ceder...! —dijo el Ciprés solitario— ¡Todo es preferible a morir despedazado!



6

Jadeaba el bosque como animal perseguido. Sobre las frondas, grandes aves, sostenidas por sus alas, huían hacia el valle. En la hojarasca corrían liebres fugitivas. El viento desordenaba el plumaje de los pájaros. De pronto cesaron de cantar y abrieron las alas para cubrir sus nidos. El Ciprés combaba hacia la tierra sus ramas, que erguía luego, vibrantes. En la charca, se oyó el graznar alarmado de los Anades. El bosque gemía y cantaba.

Cantaron los pinares y cantaron las cigarras. Estremeciéronse retoños, hojas y pájaros recién nacidos. Como un huso vertiginoso, giraron en el aire insectos diminutos. Las flores entregaban sus aromas. 

—¡No temo al Viento…! ¡No temo al Viento…! — exclamó la Libélula de grandes alas transparentes. Parecía danzar y en verdad, temblaba. 

—Joven bailarina, tenga usted cuidado —murmuró el Musgo, al pie de los álamos—; danza usted de tal modo, que podría desgarrarse. 

—No temo al Viento —repitió la Libélula—. Es usted muy amable, señor Musgo, y su voz es tan suave… Créame: sé bailar y escapar de las ráfagas. 

Se oyó un débil golpe. Alguien saltó y vino a caer en el césped. 

—¿Ve usted, amiga Libélula? —dijo—. Es fácil: un brinco, y burlamos al Viento. En mis noches de soledad aprendí, que el salto nos salva la vida. 

—Señor Saltamontes —replicó una hoja de álamo, a punto de desprenderse—, la soledad le enseñó… bueno, lo que usted ha aprendido; y yo sé, por haberlo escuchado de personas mayores, que el salto hace más grande la caída. Al final, to… to…

Hizo un ademán de adiós a su planta, y se precipitó en el vacío. 

—¡Ah!... —murmuró la Libélula—, ¡danzar… danzar…!  

Cayó con las alas heridas. 

Flotaban en el aire cuerpos muertos de hojas y libélulas. 

—Viénnnn…tó…

—Viénnnn…tó… —plañían los lirios y campánulas meciendo sus corolas. 

—¡Criaturas tan pequeñas! —exclamó el Musgo—. ¿Cómo podían vivir en las nubes…? Yo estoy aquí, en la tierra, pegado a ella, y todo pasa sobre mí sin hacerme daño: armadillos, liebres de pies ligeros, gorriones…

—Suceden cosas terribles, allá arriba —intervino la vieja Tortuga, que regresaba a la charca—. Es mejor vivir en silencio, en la sombra… Lo repito siempre. 

Hablaba despacio. Le nacían trabajosamente las palabras. 

—¡Allá…! ¡Alláá…! —graznaron los patos alzándose del agua. Sus alas rozaban los juncos y ascendían presurosas. 

¡No es posible comer en paz! —dijo la Liebre que llegaba de prisa—. ¡Es molesto! ¿Qué ocurre?... ¿Acaso, la Zorra?... Anda por ahí, entre los cipreses… En el bosque ya nadie sabe quién está ni quién se ha ido… 

Altas las orejas, el corazón batiéndole en el pecho, se detuvo junto al agua. Tomó un sorbo. 

—¡Para volverse loca! —suspiró. Parecía llena de ansiedad y temor. 

—Calma… calma… —aconsejó la Tortuga—. Es el Viento. 

—¡No, noó…! —gruñó el Armadillo, que iba en busca de su cueva—. No teman: es el Viento. Sólo el Viento. Óiganle ustedes: aplasta la hierba, rompe tallos y renuevos. Aúlla como si él fuera el herido. Es preciso regresar: ¡muchas cosas pueden suceder lejos de casa! 

Sin despedirse, desapareció bajo el Roble donde tenía su madriguera. 

—Prudente —pensó la Liebre. Y agregó—: ¡Quién tuviera su vestido!... 

Tendidas las orejas sobre el lomo, dio un salto hacia adelante y se internó en la espesura. 

—¡Atroz!, ¡atroz!... —gemía la Tórtola, estremeciendo su pecho. 

Voló contra el viento. Volaba y gemía. 

En la colina cercana sollozaba el Ciprés, triste de no tener fruto, envejecido el oscuro tronco inclinado. 

—¡Se exagera! —dijo—. La vida me enseñó a ceder… sin tocar el suelo: encorvándome, meciéndome... La Tórtola exagera. ¡No es para tanto! 

—Es joven —pensó la Tortuga—; no sabe del dolor ajeno. 

Calló un momento, y agregó: 

—Para él, la vida es repetirse cada año, sin fruto; para la Tórtola, continuar en su queja. 

El Saltamontes permanecía silencioso. Dio un brinco y alcanzó una rama baja. 

—¡Pobre señora Tórtola! —dijo, bajando el abdomen hasta tocar la corteza—: la oigo gemir… ¡Qué pequeño, desde aquí, su llanto! ¡Qué pequeña, desde aquí, la pena de la señora Tórtola! 

En el nido, pequeños colibríes aleteaban ágilmente: aprendían el vuelo. Vibraban sus alas: ligero, ligero… ¡Veloces! 

Temblaban plumas y pajas. 

—Es el aire —exclamaron las Efímeras—, ¡el dueño de nuestras vidas! 

El aire del nido arrastró a las Efímeras. 

—¡Error! —comentó el Ciprés, tratando de continuar su charla—. Sabiamente lo ha dicho el señor Musgo: "Criaturas tan pequeñas, viviendo en las nubes…" ¡Engaño! Yo vi a la Codorniz perseguida del Zorro: arrastraba una ala, como herida. Cuando el Zorro marchó, la Codorniz alzó el vuelo…

—¡El salto! —dijo una vocecita. 

Allá, en la cima del roble, habló el Perezoso: 

—El mundo… esta… al revés… 

—Al revés… al revés…—chilló, despertando, el Murciélago—; tenemos que vivir… con la cabeza para abajo. 

—¡Basta! —exclamó violenta la Avispa—. ¿No ven ustedes lo que ha pasado? ¡Mi hogar y el de la señora Tórtola!

—Y el mío —dijo tristemente la madre Colibrí—; ¡era tan frágil! Tendré que coser y tejer, igual que la Calandria, aunque por pocos días: mis hijos aprenden ahora a sostenerse en el aire. Pronto marcharán a conocer el bosque… la vida. 

El ave calentaba sus polluelos. Tenía la cabeza y la cola fuera del nido. 

La Avispa clavó en ella los ojos. 

—¿Conocer qué?... ¿a qué llama usted la vida? 

—Resentida… —pensó la avecilla. Y replicó con presteza: 

—El Viento ha seguido su camino, ¿no cree usted, señora Avispa, que debemos continuar el nuestro? La vida es…, bueno…, vivimos de prisa, ¡y hay tantas flores todavía! 



7

Cesó el rumor de las frondas, como un río de pronto detenido. Vibró el sol en las copas tranquilas de los álamos. Murmuraron, mansos, los pinares y sonó sus cascabeles la Cigarra; abejas y avispas cumplían su faena de miel y de ira. Volvió la urgencia de las hormigas a recorrer caminos y alternaron sus cantos los pájaros. 

Entre los lirios, una mariposa salió del capullo. Aparecieron las antenas: exploraban vacilantes. Después, surgió el cuerpo. 

—Mirad, hijos míos —ordenó tiernamente la madre Colibrí—; mirad: ¡van creciendo sus alas! 

A la mariposa brotábanle alas verdes y amarillas. 

La Avispa exclamó irritada: 

—No hay razón para maravillarse; es natural que crezcan sus alas—. Y agregó bruscamente: 

—¡Para que el Viento las destroce! 

Zumbó entre las zarzas, y prosiguió vehemente: 

—¡Hay que castigarle! ¡Vamos a su guarida! Con nuestros dardos… 

—Señora Avispa —interrumpió pausadamente la Tortuga—, ¿dónde hallará usted la guarida del Viento? 

El Saltamontes meditaba, cabalgando en la rama: 

—¡Qué pequeñas, desde aquí, la Tórtola y la señora Avispa!



8

Junto a la charca, ocultos por los helechos, vivían el Caracol, la Rana y la Tortuga.

—Uooc, uooc —dijo la Rana.

—Uooc... uooc... uooccc... —repitió el eco.

—Trata de imitarme —pensó la Rana. Y continuó:

—Admiro al señor Saltamontes... aunque a veces copia mis pasos...; y al señor Musgo, a pesar de que ha imitado mi traje.

Con sus ojos hinchados miró a la Tortuga, y alzando la voz, agregó:

—¿Debemos proceder con violencia?

—He vivido largo tiempo —respondió la Tortuga—; para llegar tan lejos, anduve despacio, muy despacio. No es bueno enojarse, ni precipitarse. —Y añadió, mirando al Caracol—: Lo sabemos los que llevamos la casa a cuestas...

—Lo sabe también la señora Rana; pasa la noche sentada, cantando... —dijo el Caracol.

—Uooc, uooc —croó la Rana, encendidos los ojos y dilatando la boca hecha para atrapar y engullir—. ¿Sentada, ha dicho usted, señor Caracol? ¡Si supiera lo arduo que es mi trabajo! Limpio el jardín y la casa, acompaño al Grillo y la Luciérnaga. Pregunte usted a la Lechuza vigilante. Claro, hay personas que viven sólo para sí, y nada saben de los demás.

—Dispense —contestó el Caracol—; no pensé ofenderla.

Y la Rana, gesticulando:

—También dirá usted, que no pretende asustarme, y cada vez que asoma la cabeza por debajo de esa piedra que lleva encima, siento miedo y, a veces, grito. Comprenderá que eso no está bien: la garganta se hincha demasiado... (Contempló su imagen en el agua). —¡Me volvería horrible!

Fuera de su albergue, el Caracol se movía sin avanzar, agitando blandamente los cuernos.

—Señora Tortuga —exclamó—, lo ha escuchado usted: sin ofender a la señora Rana, ella se ha ofendido; sólo quise decir, que canta a las estrellas.

—Ah, usted quiso decir —replicó la Tortuga—. Hay gente que dice lo que no quiere, y personas que interpretan mal nuestras palabras.

—¿Debo, entonces, permanecer callado, sin hablar con mis vecinos y apartarme del bosque, como si el bosque me molestara? —preguntó el Caracol.

—No debes despreciarlo —repuso la Tortuga—; aprende a vivir en él asomándote apenas...

Encogió el cuello rugoso, y agregó:

—Sé discreto.

—¡No nos entendemos! ¡No nos entendemos! —clamó impaciente la Rana—. Hablábamos de la señora Avispa.

Miró con desdén al Caracol, y continuó:

—No vale la pena discutir; además, ¿a quién importa ya vengarse del Viento?

Ladeó la cabeza para mirar al sol.

—Aún está muy alto —dijo—. Esperaré la noche.

Brincó, como el Saltamontes, y fue a ocultarse entre los grandes helechos.

Sorbían los pájaros una agua de música. El bosque estaba en paz. Moviendo el cuello hacia adelante, iban las palomas por el césped o decían sus arrullos en los nidos.

—Luz... Luuuuuz... luuuuuuz... —silbó la Cigarra—; venimos de la tierra y fue noche nuestra infancia... 

¡Celebremos la luuuuuz…!

—¡Cantemos la luz! —dijo el Jilguero, que escuchaba el bosque para componer sus canciones—. Cantemos por las aves amantes y las avispas vengativas; por las madres que tejen amorosamente y las mariposas que emergen del capullo; por las ranas que cantan a las estrellas, y las efímeras, que arrastra hacia la muerte el aletear de un pájaro. 

—Habla usted bien —respondió la Tortuga, sacando la cabeza—. Antes, cuando nacía la floresta y eran niños los árboles, cigarras, fuentes y pájaros, celebraban el sol y la luz. Ahora… otras cigarras, aves y fuentes, dicen la misma canción. 

—La misma… siempre…—trinó alegremente el Jilguero—. El bosque es eterno, ¡como usted, abuela Tortuga!



Contraportada

FERNANDO CENTENO GÜELL nació en San José. Estudió Pedagogía especializada en la Universidad de Madrid y en Francia, y organización y funcionamiento de centros para sub-normales en los Estados Unidos. Ha dedicado su vida a la enseñanza de niños y adultos deficientes. Dirigió la Escuela de Enseñanza Especial de Costa Rica durante veintinueve años y trabajó en la fundación de escuelas similares en Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Panamá. Dictó cátedras de Pedagogía especial en la Universidad de Costa Rica y ha sido Presidente del Comité Nacional de Salud Mental.

Su obra poética y literaria es impresionante por su calidad y extensión, y bibliográficamente se inició en 1926 con Lirios y cardos, obra de adolescencia. Sus libros más recientes: Ensayos poemáticos y La íntima búsqueda. Ha escrito también artículos y ensayos de su especialidad en periódicos y revistas.

Del libro que hoy presentamos dice en su corto prólogo Alberto Cañas: "Fernando Centeno Güell ha escrito unas fábulas, y esto no es frecuente en estos días." Fábulas, relatos de animales, bucólico regreso al bosque de la infancia, inocente y feliz regodeo de los sentidos, sano y oxigenante alejarse del ruido mundanal hacia el susurrante mundo de los limpios de corazón... Todo eso y más podría expresarse de él, cuyo autor "tiene ese don inefable y raro de la comunicación"; como acertadamente lo expresa el prologuista seguramente porque, a más de ser ameno y sugerente, escribe como maestro del bien decir.

Editorial Costa Rica

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