Fábula del bosque (teatro)

Fábula del bosque (adaptación para teatro, 2006)


Origen

Tierras de pasto, bosques, arroyos murmurantes, dormidas lagunas, densa niebla descendiendo a humedecer el valle

¡Montes lejanos de mi infancia! 

Yo tenía nueve años. Vagaba por colinas y praderas cercadas de pinares donde pacían vacas de amplia ubre y ojos mansos, 

inquietos ternerillos y toros paternales. Un niño apacentaba los ganados. 

Cierto día, descubrí un pinar maravilloso, como esos de los cuentos nórdicos: 

alfombra de hojas húmedas y musgos, invernal frescura y esa luz imprecisa de los sueños... 

Pájaros venidos de lejos traían su mensaje de música y marchaban de súbito, presurosos por llenar la tierra de canciones. 

Aves madres, de silencio y ternura hacían su nido. 

En delgados senderos, las hormigas cargaban su cruz, deteniéndose a cada paso para comunicarse. 

Lentos gusanos, milímetro a milímetro medían superficies de hojas y flores. 

Narraba una fuente historias de ríos prisioneros entre ciegas raíces; 

lloraban cipreses cuando el viento rompía las alas de las mariposas; sauces sentimentales enviaban adioses y sollozos... 

Pájaros, insectos y plantas, reveláronme allí su belleza y un ignoto sentido de sus vidas. 

Di en imaginar que esos seres poseen un lenguaje. Inventé coloquios de animales simples y tiernos como niños 

o graves y alocados semejantes a hombres. 

Cuando contaba trece años, visité los campos de mi niñez, y escribí un poema candoroso, con aves parlantes y aguas locuaces. 

Lo llamé "EI río y la hermosa Montaña". 

Mucho tiempo después quise ver aquel río, su bosque…Hallé un riachuelo triste y una dolorosa ausencia de árboles. (¡Habíamos cambiado tanto!)

De nuevo, en la vida instantánea de estas fábulas, 

criaturas silvestres dialogan seriamente, 

o charlan igual que los gorriones, sin orden ni propósito. 

¿Qué vínculo secreto me hace amarlas, comprender y revelar sus sentimientos? 

¡Extraña afinidad entre mi ser y el bosque! 

Tal vez dormita en mi alma, esperando la luz que la despierte, 

algún ave pequeña y silenciosa. 

¡Imágenes, imágenes de mi niñez, que están en mí como el bosque en las pupilas de los ciervos cautivos! 



Cuadro I

Pesaba la noche sobre las alas de los pájaros y los hacía volar bajo. 

Bullían insectos con sus himnos y danzas; aves cazadoras y la Zorra atisbaban en la vecindad de los nidos; 

gemían los sauces y arrullaban noctámbulas palomas. 

Grillo: —Señora Luciérnaga ¿por qué usted se apaga y se enciende? ¿No podría

 mantener quieta su linterna? 

—Olvida que cada cual tiene sus costumbres

 —respondió la Luciérnaga—. 

Es mi costumbre. Usted canta toda la noche, y se repite… 

Si lo hiciera de tarde en tarde, el… bosque apreciaría más su canto. 

—Tiene usted razón, tiene usted razón señora Luciérnaga 

—intervino el Búho—. 

Desde aquí, desde mi rama acostumbrada, lo escucho por las noches. 

Si el amigo Grillo prodiga su voz… terminará siendo un artista sin público. 

Puede que él tenga razón; usted lo ha dicho: cada uno tiene sus costumbres, y no debemos arrebatar a los otros su verdad, 

o su esperanza. 

—Ignoro a qué verdad se refiere, señor Búho 

—interrumpió la Luciérnaga—; 

debe ser… el suyo… un alto… pensamiento: no alcanzo a comprenderlo… Yo pienso cuando alumbro…, sin querer. 

—Entendido, entendido 

—exclamó la Araña—. 

Piensa usted sin proponérselo, sin pensar. 

Y usted, señor Grillo, ¿piensa de igual modo? 

—No sé. Amo, y canto 

—respondió el Grillo—. 

Es mi manera de sentir y de pensar. En la soledad y el silencio, nace mi voz. Así desde siempre. 

Soy el cantor más antiguo del bosque. 

—Vanidad, la propia alabanza 

—replicó la Araña—. 

¡No pensará usted que el mundo termina donde acaba su voz! 

La raíz cree que la montaña descansa sobre sus hombros… 

Sea usted modesto y sea práctico, amigo: cante por algo, y para algo. 

—Señora Araña 

—intervino el Búho, mirando con ojos fosforescentes —, 

sepa usted que se nace para cantar…, 

como para tejer trampas. Se es cantor como se es huraño o solitario.

Pide usted que la canción sea útil, que sirva para esto, para lo otro… 

¡Ha matado usted la poesía, señora Araña! 

La Luciérnaga alumbró: meditaba. 

—Es grato contemplar nuestra luz 

—dijo. 

—Y oír nuestra voz 

—dijo el Grillo, dando un pequeño salto. 

—Y mirar la red, henchida de pesca 

—murmuró la Araña—; 

lo aprendí desde niña: trabajar… ser paciente… no dormir… 

Tejía presurosa. 

—¡Está!... exclamó de pronto. 

Prisionera en su red, una mosca se frotaba los ojos llenos de sueño. 

Un murciélago cruzó la tiniebla. La Araña, estremeciéndose, dijo: 

—¡Bárbaro!, se bebe la sangre de sus víctimas. 


Cuadro II

Junto al Pino, donde dialogaban la Araña, el Búho, la Luciérnaga y el Grillo, sigilosamente escuchaba la Zorra. 

—¿Qué hace usted ahí, señora Zorra, con la nariz levantada? 

—preguntó el Búho girando rápidamente la cabeza.  

—Huelo la noche. Nada más. 

No hago como la señora Rata, que anda en las sombras husmeándolo todo. 

Bajó humildemente la cola y agregó: 

—Nunca hice daño... 

Hasta ahora, no había salido… Se oyeron ruidos sospechosos, 

y era prudente permanecer en casa.

Se detuvo. Algo que llevaba entre los dientes le impedía hablar. Tenía manchada la boca. 

—…Sin querer 

—prosiguió— 

escuché vuestras palabras. 

Voces de la noche; 

luces que se apagan y se encienden… 

¡Palabras! 

¿Qué dicen esas luces y cánticos? ¿Qué habrá después, 

cuando cesen las luces y los cantos? 

Brilló la Luciérnaga. 

—El recuerdo 

—dijo—, 

el recuerdo. 

Entre las sombras la flor sigue viviendo en su perfume. 

—En el recuerdo vive lo que ha muerto 

—cantó el Grillo, que se había puesto a sentir. Y continuó la Zorra: 

—¡Oh iluminadores y músicos del bosque! ¡Desconocéis la vida! 

—Señora Zorra —respondió el Búho, 

puede que tenga usted razón, 

agitando las plumas de sus orejas—

y el Murciélago, y la Araña: llama usted vivir a eso que le corre entre los dientes 

y le mancha la boca. 

Eso es para usted vivir, y vivir es su razón. 

—Mi razón y la suya, señor Búho… ¡la de todos! 

—expresó vivazmente la Zorra. Y con pasitos de codorniz se fue alejando en la espesura. 

En la maleza se oyó una voz suspirante: 

—Ángel de la noche… 

Ruiseñor… lo vi morir…lo vi morir. 

Era el Rosal, soñando; soñando, recordaba… 

—¡Dulce compañero! 

—murmuró el Grillo, y liberó su canto. La Luciérnaga quedó pensativa: alumbró. 

—Señor Búho 

—dijo—, 

usted que sabe tantas cosas, 

¿cómo mueren los pájaros? 

—Aladamente, señora Luciérnaga. Aladamente…, 

así mueren los pájaros. 

—Se les rompe la vida, como a las abejas 

—exclamó el Escarabajo, que avanzaba paso a paso, cargando el cadáver de un insecto. 

Hosco, solemne, vivía en su morada de estiércol y barro, al pie de los hongos. 

Era el enterrador del bosque. 

Con el cuerno, que le nacía en medio de la frente, soportaba el cuerpo de una abeja. 

—No puede negarse 

—dijo, hablando consigo mismo—, 

¡era hermosa y distinguida! Amaba las cosas bellas: el viento y la luz. 

A veces, fue violenta… ¿Quién no lo es si le pillan su colmena? 

Se alejó con su carga. Al ver la abeja muerta, aves e insectos nocturnos deteníanse silenciosos. 

Un colibrí, que despertó de pronto, quedó suspenso… 

Las Rosas y las Amapolas exclamaron: 

—No es apropiado el traje nuestro, 

pero lloramos su muerte; 

las flores jamás vestimos el color de la noche…


Interludio I

Cuadro III

Aves diurnas desperezaban sus alas, recogidas para el sueño. 

Mariposas vacilantes cruzaban el aire, y entre las hojas, húmedas de sombra y rocío, corrían los gusanos a ocultarse. 

Arrullaron, despertando, las palomas. 

—¿Duerme usted, señorita Brisa? 

—preguntó una voz. 

—No, señora Agua; reposaba. Dichosa usted que puede reposar sin que la molesten. 

—Pues yo 

—contestó el Agua, que vivía en su pequeña laguna, entre helechos y juncos, a la sombra de los sauces— 

aunque usted no lo crea, 

acompañé a las estrellas en su vigilia. 

Para alejar el sueño y entretenerme, pasé la noche contándolas

—¡Lindo juego, contar estrellas! 

—interrumpió el joven Pino—. 

Usted, señorita Brisa, podría jugar a ese juego de las estrellas, 

o al de pétalos y hojas caídas, y no entretenerse desordenando mis cabellos, como esas personas que, 

para mostrar su afecto a los niños, se complacen en despeinarlos…

—Ay pequeño 

—le respondió la Brisa—, 

es verdad; pero, ¿yo? ...Puedo asegurarle…

—Perdonen ustedes 

—interrumpió a su vez la Mariposa que volaba lentamente—; 

conozco personas poco delicadas. 

Anoche, mientras dormía sobre un rosal, alocado y de improviso llegó el Viento… 

¡Vean ustedes…! 

La Mariposa mostró sus alas, pálidas y semirrotas. En sus ojos desnudos, había una leve tristeza. 

—…En su carrera atolondrada 

—continuó diciendo—, 

el Viento me desgarró las alas y no tuvo la delicadeza de disculparse; 

Silbaba como una persona mal educada. 

—Señora Mariposa, no sé si deba decirlo 

—replicó la Brisa—: 

mi primo, el Viento, es persona bien nacida; 

aunque marcha atropelladamente, como los jóvenes 

cuando pretenden alcanzar algo... 

En verdad, no debería olvidar el respeto a los ancianos. 

—Señorita Brisa 

—contestó con presteza la Mariposa—, 

ciertamente, he vivido algunos días, pero, ¿anciana yo? ¿Cree usted?... Vea mis antenas: 

son ágiles; y hay brillo en mis ojos: mis alas, puede mirarlos; ... ¡Véalas usted! 

—Agitaba débilmente sus alas, descoloridas como una flor marchita.

Bajo los sauces, se oyó otra vez la voz del Agua: 

—Amiga Brisa, ¡venga usted conmigo!; hará un hermoso viaje; 

verá los prados maravillosos del musgo...; algas y corolas navegantes…; 

libélulas amando en los jacintos

La Brisa se agitó un instante: dudaba… La Mariposa, suspensa en el aire, aleteó ágilmente en la luz… como el día en que dejó de ser crisálida. 

—La acompañaré, señora Agua 

—respondió la Brisa—, 

¡es usted tan bondadosa y apacible! Aunque no sé si debo acompañarla: oí contar leyendas 

de doncellas que desaparecieron en lagunas…Iré, por hacerle compañía… ¡Allá voy!... ¿Cree usted que conviene alejarse?... Allá voy... 

Se estremeció el Agua: la Brisa bogaba como una vela invisible sobre un pequeño mar sin rumores. 

—Ah, ¡qué placer!, señora Agua. 

Es grato pasear en su compañía. ¡Qué profunda es su laguna! 

¿Verdad que no existe peligro? 

¡Tiemblo ante las profundidades y la altura! No sé cómo las raíces ¡tan hondas! y las nubes…

Temblaba su cuerpo vaporoso. 

—No tema usted, señorita Brisa: ¡me hace estremecer… 

A veces, todo es engaño de nuestros ojos. 

Hay cosas que parecen profundas, y están muy altas. Allá, en el fondo, 

mire usted esa estrella que va apagándose…Y no crea que las cosas permanecen siempre en la altura. 

Le contaré una historia que aprendí de mi madre la Lluvia…

"Un atardecer, en la estación de las tormentas, la Hormiga solitaria 

se detuvo al pie de una palmera solitaria, y llamó con dulzura: 

—¡Señora Palmera! ... ¡Señora Palmera!... ¿Me oye? Es tan débil mi voz…, 

y el viento…, y el ruido de las hojas. 

—La oigo 

—contestó la Palmera. 

La Hormiga sentía deseo de hablar, de comunicarse. 

—Vivo sola 

—siguió diciendo—, 

entre la hierba, bajo los tréboles. Un poco sola, nada más. Creí que también usted. 

—No soy un ermitaño 

—respondió la Palmera—. 

Tengo compañía. 

—Mi vida es modesta 

—prosiguió la Hormiga—; 

¡me agradaría conocer la suya! 

—No podría comprenderla. Vivo cerca del viento, entre las nubes. 

Migraciones de aves reposan en mis ramas; hasta ellas llega el Tordo, y anuncia la tormenta ... 

¡Si pudiera usted ver lo que yo veo! 

—Y, ¿qué es lo que ve, señora Palmera? 

—Mundo…

—¿Qué mundo? 

—¡El mundo! 

La Hormiga insinuó, suplicante: 

—Permítame trepar por su tallo; 

será más cómodo.... mi voz es débil…, y el viento…, y las hojas… 

—Suba usted. Se aproxima la noche. A mi lado, será más grande y creerá, 

como el Tordo, que es fuerte su voz…, Oiga usted… Escuche: ¡el Tordo anuncia la tormenta! 

Tembló el bosque. ¡Zas!... ¡Zas! resonó en las alturas. 

Se iluminó todo como en un día esplendoroso de verano… ¡Zas! 

La Hormiga, horrorizada, vio caer a tierra la cabeza arrogante de la Palmera ... 

Y huyó enloquecida. 

En el camino detenía a las hormigas, 

y misteriosamente susurraba: 

¡La señora Palmera!... ¡tan alta!... ¡Pobre señora Palmera! ¡tan alta!... ¡La pobre! ¡Terrible deber ser el mundo…! 

Las hormigas andadoras continuaban su marcha, y reían… 

Las hormigas suelen reír de las cosas que no comprenden."

Cesó de hablar el Agua; 

se agitaron sus ondas: 

la Brisa sollozaba… sollozaba.


Preludio

Cuadro IV

Jadeaba el bosque como animal perseguido. Sobre las frondas, grandes aves, sostenidas por sus alas, huían hacia el valle. 

En la hojarasca corrían liebres fugitivas. El viento desordenaba el plumaje de los pájaros. De pronto 

cesaron de cantar y abrieron las alas para cubrir sus nidos. 

El Ciprés combaba hacia la tierra sus ramas, que erguía luego, vibrantes. 

En la charca, se oyó el graznar alarmado de los Anades. 

El bosque gemía y cantaba.

Cantaron los pinares y cantaron las cigarras. 

Estremeciéronse retoños, hojas y pájaros recién nacidos. 

Como un huso vertiginoso, giraron en el aire insectos diminutos. 

Las flores entregaban sus aromas. 

—¡No temo al Viento…!

— exclamó la Libélula de grandes alas transparentes. Parecía danzar y en verdad, temblaba. 

—Joven bailarina, 

tenga usted cuidado 

—murmuró el Musgo, al pie de los álamos—; 

danza usted de tal modo, que podría desgarrarse. 

—No temo al Viento 

—repitió la Libélula—. 

Es usted muy amable, señor Musgo, y su voz es tan suave… 

Créame: sé bailar y escapar de las ráfagas. 

Se oyó un débil golpe. Alguien saltó y vino a caer en el césped. 

—¿Ve usted, amiga Libélula? 

—dijo—. 

Es fácil: un brinco, y burlamos al Viento. 

En mis noches de soledad aprendí, que el salto nos salva la vida. 

—Señor

—replicó una hoja de álamo, a punto de desprenderse—, 

la soledad le enseñó… 

bueno, lo que usted ha aprendido; 

y yo sé, por haberlo escuchado de personas mayores, que el salto 

hace más grande la caída. Al final, todo… todo…

Hizo un ademán de adiós a su planta, y se precipitó en el vacío. 

—¡Ah!... 

—murmuró la Libélula—, 

¡danzar… danzar…!  

Cayó con las alas heridas. 

Flotaban en el aire cuerpos muertos de hojas y libélulas. 

—Viénnnn…tó…

—plañían los lirios y campánulas meciendo sus corolas. 

—¡Criaturas tan pequeñas! 

—exclamó el Musgo—. 

¿Cómo podían vivir en las nubes…? 

Yo estoy aquí, en la tierra, pegado a ella, y todo pasa sobre mí sin hacerme daño: 

armadillos, liebres de pies ligeros, gorriones…

—Suceden cosas terribles, allá arriba 

—intervino la vieja Tortuga, que regresaba a la charca—. 

Es mejor vivir en silencio, en la sombra… 

Lo repito, lo repito siempre. 

Hablaba despacio. Le nacían trabajosamente las palabras. 

—¡Allá…! ¡Alláá…! —graznaron los patos alzándose del agua. 

Sus alas rozaban los juncos y ascendían presurosas. 

¡Ay, no es posible comer en paz! 

—dijo la Liebre que llegaba de prisa—. 

¡Es molesto! ¿Qué ocurre?... ¿Acaso, la Zorra?... Anda por ahí, entre los cipreses… 

En el bosque ya nadie sabe quién está ni quién se ha ido… 

Altas las orejas, el corazón batiéndole en el pecho, se detuvo junto al agua. Tomó un sorbo. 

—¡Para volverse loca! 

—suspiró. Parecía llena de ansiedad y temor. 

—Calma… calma… 

—aconsejó la Tortuga—. 

Es el Viento, es el viento. 

—¡No, noó…! 

—gruñó el Armadillo, que iba en busca de su cueva—. 

No teman: es el Viento. Sólo el Viento. Óiganle ustedes: aplasta la hierba, rompe tallos y renuevos. Aúlla como 

si él fuera el herido. Es preciso regresar: 

¡muchas cosas pueden suceder lejos de casa! 

Sin despedirse, desapareció bajo el Roble donde tenía su madriguera. 

—Prudente 

—pensó la Liebre. Y agregó—: 

¡Quién tuviera su vestido!... 

Tendidas las orejas sobre el lomo, dio un salto hacia adelante y se internó en la espesura. 

—¡Atroz!, ¡atroz!... 

—gemía la Tórtola, estremeciendo su pecho. Voló contra el viento. Volaba y gemía. 

En la colina cercana sollozaba el Ciprés, triste de no tener fruto, envejecido su oscuro tronco, inclinado. 

—¡Se exagera! 

—dijo—. 

La vida me enseñó a ceder… sin tocar el suelo: encorvándome, meciéndome... 

La Tórtola exagera. ¡No es para tanto! 

—Es joven 

—pensó la Tortuga—; 

no sabe del dolor ajeno. 

Calló un momento, y agregó: 

—Para él, la vida es repetirse cada año, sin fruto; 

para la Tórtola, continuar en su queja. 

El Saltamontes permanecía silencioso. Dio un salto y alcanzó una rama baja. 

—¡Pobre señora Tórtola! 

—dijo, bajando el abdomen hasta tocar la corteza—: 

la oigo gemir… ¡Qué pequeño, desde aquí, su llanto! 

¡Qué pequeña, desde aquí, la pena de la señora Tórtola! 

En el nido, pequeños colibríes aleteaban ágilmente: 

aprendían el vuelo. 

Vibraban sus alas: ligero, ligero… ¡Veloces! Temblaban plumas y pajas. 

—Es aire, el aire

—exclamaron las Efímeras—, 

¡el dueño de nuestras vidas! El aire del nido arrastró a las Efímeras. 

—¡Error! 

—comentó el Ciprés, tratando de continuar su charla—. 

Sabiamente lo ha dicho el señor Musgo: "Criaturas tan pequeñas, viviendo en las nubes…" 

¡Engaño! Yo vi a la Codorniz perseguida del Zorro: arrastraba 

una ala, como herida. 

Cuando el Zorro marchó, la Codorniz alzó el vuelo…

—¡El salto! 

—dijo una vocecita. 

Allá, en la cima del roble, habló el Perezoso: 

—El mundo… está… al revés… 

—Al revés… al revés…

—chilló, despertando, el Murciélago—; 

tenemos que vivir… con la cabeza para abajo. 

—¡Basta! 

—exclamó violenta la Avispa—. 

¿No ven ustedes lo que ha pasado? 

¡Mi hogar y el de la señora Tórtola!

—Y el mío 

—dijo tristemente la madre Colibrí—; 

¡era tan frágil! 

Tendré que coser y tejer, igual que la Calandria, aunque por pocos días: mis hijos aprenden ahora a sostenerse 

en el aire. Pronto marcharán a conocer el bosque, la vida. 

El ave calentaba sus polluelos. Tenía la cabeza y la cola fuera del nido. 

La Avispa clavó en ella los ojos. 

—¿Conocer qué?... 

¿a qué llama usted la vida? 

—pensó la avecilla. Y replicó con presteza: 

—Ha seguido su camino, ¿no cree usted, señora, que debemos continuar el nuestro? 

La vida es…, bueno…, vivimos de prisa, ¡y hay tantas 

flores todavía! 


Interludio II

Cuadro V

Cesó el rumor de las frondas, 

como un río de pronto detenido. 

Vibró el sol en las copas tranquilas 

de los álamos. Murmuraron, mansos, 

los pinares 

y sonó sus cascabeles 

la Cigarra; 

abejas y avispas cumplían su faena de miel y de ira. 

Volvió la urgencia de las hormigas 

a recorrer caminos 

y alternaron sus cantos los pájaros. 

Entre los lirios, una mariposa salió del capullo. Aparecieron sus antenas: exploraban vacilantes. 

Después, surgió el cuerpo. 

—Mirad, hijos míos 

—ordenó tiernamente la madre Colibrí—; 

mirad: ¡van creciendo sus alas! 

A la mariposa brotábanle alas verdes y amarillas. La Avispa exclamó irritada: 

—No hay razón para maravillarse; 

es natural que crezcan sus alas—. 

Y agregó bruscamente: 

—¡Para que el Viento las destroce! 

Zumbó entre las zarzas, y prosiguió vehemente: 

—¡Hay que castigarle! ¡Vamos a su guarida! Con nuestros dardos… 

—Señora Avispa 

—interrumpió pausadamente la Tortuga—, 

¿dónde hallará usted la guarida del Viento? 

El Saltamontes meditaba, cabalgando en su rama: 

—¡Qué pequeñas, desde aquí, la Tórtola y la señora Avispa! 


Final 

¡Celebremos la luuuuuz…!

¡Celebremos la luuuuuz…!

—¡Cantemos, cantemos, cantemos y celebremos la luz! 

¡Cantemos la luuuuuz…!

¡Cantemos la luuuuuz…!

—dijo el Jilguero, que escuchaba el bosque para componer sus canciones—. 

Cantemos por las aves amantes y las avispas vengativas; 

por las madres que tejen amorosamente 

y las mariposas que emergen del capullo; 

por las ranas que cantan a las estrellas, y las efímeras, 

que arrastran hacia la muerte 

el aletear de un pájaro. 

¡Celebremos la luuuuuz…!

¡Cantemos la luuuuuz…!

—¡Celebremos, y cantemos la luz! 

¡Cantemos y celebremos la luuuuuz…!

¡Celebremos la luuuuuz…! ¡Cantemos la luuuuuz…!

¡Cantemos y celebremos la luuuuuz…!

¡Luuuuuz…!

¡Luuuuuz…!

—Habla usted bien 

—respondió la Tortuga, sacando la cabeza—. 

Antes, cuando nacía la floresta y eran niños los árboles, cigarras, fuentes y pájaros, celebraban el sol y la luz. 

Ahora… otras cigarras, aves y fuentes, dicen la misma canción. 

—La misma… siempre…

—trinó alegremente el Jilguero—. 

El bosque es eterno, ¡como usted, abuela Tortuga!  



Recepción


La Nación

7 de agosto del 2006


La ópera se mete al bosque

» 10 agosto: El jueves será el estreno -en el Teatro Melico Salazar-, de Fábula del bosque , una obra del tico Mario Alfagüell

Los personajes que el escritor Fernando Centeno Güell creó para su cuento infantil Fábula del bosque tomarán vida en el estreno de una ópera que se inspira en esa obra y llevará el mismo nombre.

Se trata de una adaptación contemporánea realizada por el compositor Mario Alfagüell que este jueves tendrá su estreno mundial en el Teatro Melico Salazar.

El montaje es un proyecto del Centro de Investigación, Docencia y Extensión Artística (CIDEA) de la Universidad Nacional, e involucra a las escuelas de música, danza, teatro y arte y comunicación visual. El resultado es una puesta multidisciplinaria que contempla la participación de bailarines, actores, cantantes, coristas y una orquesta, en total serán unos 50 artistas en escena.

La dirección musical es realizada por Álvaro González, y la escénica por Luis Carlos Vásquez.

Montaje. La obra consta de dos actos y utiliza dos grandes fragmentos del cuento para puesta.

" Fábula del bosque es un diálogo poético entre los seres vivos que habitan en él: los animales, las plantas, el viento, el agua... las imágenes que surgen de las conversaciones y reflexiones de los personajes constituyen un material propicio para la escena", comentó Lawrence Alfaro, encargado de relaciones públicas del montaje, quien aclaró que si bien la puesta está basada en un cuento infantil tiene un tratamiento escénico dirigido al público en general.

El elenco está encabezado por Olga Lidia González ( mezzosoprano ), Guiselle Santamaría (soprano), Eddie Arguedas (bajo); y Carlos Velazco (tenor). La escenografía es de Pilar Quirós, Ileana Álvarez trabajó en las coreografías y la actriz Ana Clara Carranza será la narradora.

El estreno de Fábula del bosque será el jueves en el Teatro Melico Salazar, ahí cumplirá con tres funciones, luego tendrá siete fechas más en el Centro para las Artes de la UNA, y en setiembre saldrá a hacer trabajo de extensión en Guanacaste y Pérez Zeledón.



La Nación

14 de agosto del 2006


Crítica de ópera: ¿Burla genial?



[Foto]

Desperdicio.El montaje costó más de ¢20 millones, con resultados artísticos muy pobres. ALFREDO HUERTA Para LN


¿Qué es la ópera? Sin entrar en detalles, la ópera es un género artístico mixto, que reúne componentes escénicos, dramáticos, literarios y musicales. Más concisamente, la ópera es un drama cantado con acompañamiento instrumental.

¿Qué es la ópera? Sin entrar en detalles, la ópera es un género artístico mixto, que reúne componentes escénicos, dramáticos, literarios y musicales. Más concisamente, la ópera es un drama cantado con acompañamiento instrumental.

Ahora, el concepto de drama implica una acción dramática seria o enaltecida; música aparte, el canto implica la palabra también. En cuanto al aspecto literario, la acción dramática y la palabra se estructuran mediante el libreto, es decir, el texto teatral de la ópera, por lo general, en verso y de elevada calidad retórica.

De modo que el texto, o más bien, el ordenamiento del texto para que adquiera forma teatral y dramática como libreto, es un componente esencial de la ópera. Sin embargo, la Fábula del bosque, conato escénico-musical de Mario Alfagüell, estrenado el jueves 10 en el teatro Melico Salazar, careció de un libreto en el sentido expuesto, y Alfagüell simplemente hizo una traslación tal cual, de la página impresa al escenario, del relato homónimo de don Fernando Centeno Güell (1908-1993), y lo musicalizó a su manera, o sea, sin ton ni son a mis oídos.

La ausencia de capacidad y disciplina demostrada por Alfagüell en su desidia por siquiera aproximarse a este requisito fundamental del género operístico descalifica como ópera su opus 173 (¡según su cuenta personal de las obras que escribe!), bien que el cuento didáctico de don Fernando tiene virtudes artísticas propias y visualmente el espectáculo lució hermoso, gracias a la dirección escénica de Luis Carlos Vásquez, la escenografía de Pilar Quirós, el vestuario diseñado por ambos, y la iluminación de Emilio Martínez.

Menos méritos encontré en la coreografía de Ileana Álvarez, más brincos, correteos, contorsiones y gimnástica que una propuesta dancística coherente.

Voz tersa, aspecto agradable y dicción comprensible ayudaron a Ana Clara Carranza a cumplir como la Narradora, pese al nulo interés dramático del papel. Al prestar palabra a las distintas criaturas del bosque, los solistas vocales se desempeñaron como pudieron en el remedo de Sprechgesang (canto hablado) que Alfagüell practica y que él debe de considerar el último grito de la vanguardia, cuando medios más desarrollados del campo de la ópera encuentran passé este estilo de canto semirecitado o recitado semicantado, salvo, acaso, en el ámbito académico.

El teatro Melico Salazar estaba bastante lleno para la función del estreno y el público, en su mayoría invitados y funcionarios de la Universidad Nacional (UNA), aplaudió calurosamente al final, pero, ¿cuántos estarían dispuestos a presenciar de nuevo el espectáculo?

A veces me he preguntado si Mario Alfagüell no será un humorista solapado en vez de un compositor incomprendido.

Aunque improbable, si mi barrunto fuera cierto, Fábula del bosque sería una burla genial y no un simulacro fallido.



La Nación

26 de agosto del 2006


Opinión

Fábula del bosque

Es de esperar que una obra artística se preste a múltiples interpretaciones y su lenguaje sea objeto de diferentes lecturas. En el caso de la ópera Fábula del bosque, de Mario Alfagüel, las opiniones fueron extremas entre una crítica aparecida en La Nación y la opinión de un sector del público asistente, en el cual me incluyo. Aclaro que mi formación es musical y las opiniones que vierta sobre otras artes no van más allá de un aficionado.

Se me pidió que, para el estreno de la ópera en el Melico Salazar, escribiera para el programa de mano una semblanza del autor, Mario Alfagüel, y de su ópera Fábula del bosque . Por eso estudié la partitura musical.

Visto en perspectiva, el XX aparece como siglo de experimentación y eclecticismo: a los movimientos más o menos conservadores se yuxtaponen otros igualmente innovadores. Música de vanguardia ( avant-garde ) se llama a la música que rompe con los esquemas del pasado. Mario Alfagüel es un representante de esta corriente. Su música no es tonal, y las sonoridades son el producto de los temas que desarrolla. Así, en la ópera que comentamos, las melodías y sonoridades armónicas son el resultado de la elaboración de una escala pentatónica bribri que genera la mayor parte del material temático.

Ejemplo de antología. Otra posibilidad que se le presenta al compositor es la exploración de nuevos timbres de instrumentos (cuerda, viento y percusión), bien ejecutando de diferente manera los tradicionales, bien sea incorporando nuevos. En este campo, Mario Alfagüel es un maestro de muchos años y su ópera es un ejemplo de antología.

El canto es otro campo de exploración contemporánea. Con todo, el canto aproximado o Sprechgesang no es un recurso usado por Mario Alfagüel en esta ópera; al menos, en la partitura no aparece prescrito en ningún momento y en la función del 12 de agosto en el Mélico Salazar ningún cantante hizo uso de él; además de que se requiere entrenamiento vocal específico.

Parece haber cierto consenso en que el material sonoro que emplea un compositor no determina la calidad de la obra. Entonces, ¿qué criterios priman a la hora de valorar una obra? Me referiré a uno de ellos: el desarrollo temático. Como se indicó antes, una escala pentatónica indígena es la idea central y la que genera el material temático de buena parte de la ópera de Mario Alfagüel. Tiene presencia en casi todas las escenas. Aparece transformado en las voces de los cuatro solistas, con el carácter que, a juicio del compositor, mejor interprete la acción del momento. El coro es otro gran protagonista en el desarrollo de la posibilidades del tema: cambios de carácter y tempo, diálogos dentro de un contrapunto libre y variedad de registros en sus intervenciones.

El resultado puede que guste o no al oyente; eso sucede y ha sucedido con los compositores y sus obras a través de los tiempos. Y no puede ser de otra manera. Lo importante es tener cierta comprensión de la obra, no negar al oído la oportunidad de educarse, escuchando obras de diferentes escuelas y estilos y así formarse una opinión crítica.

Impresionante fantasía. Además del compositor, en la producción de una ópera se requiere un equipo coordinado del cual depende el éxito del espectáculo. Es así como la escenografía de Pilar Quirós crea una impresionante fantasía apropiada al argumento. Los bailarines y las bailarinas, con la danza y la expresión corporal, interpretan, como si fueran actores, las simpáticas escenas de los animales del bosque; la narradora, con una dicción y animación ágil y dinámica da continuidad y secuencia a las escenas; cuatro cantantes llenan de emoción todos los rincones del teatro; el coro comenta y alterna con los demás protagonistas; el director de orquesta, con seguridad profesional da vida a una compleja partitura y seguridad a todos los integrantes con entradas precisas.

De si la Fábula del bosque es o no una ópera, y para no meterme en problemas semánticos y de otra naturaleza, devuelvo la inquietud en forma de pregunta. ¿Qué es más, ópera la Fábula del bosque o sinfonía la Novena de Beethoven? En resumen, pese a haber entrado al teatro con cierto suspenso, dudas y hasta prejuicios (¿ópera nacional?, ¿Mario Alfagüel?), desde que se abrió el telón, quedé cautivado por un trabajo de tanta calidad. Es un espectáculo digno de cualquier escenario.



La Nación

31 de agosto del 2006


Opinión

Cartas


"... Avispa y rana

El crítico Andrés Sáenz no menciona el logro de la orquesta, coro y director ante la difícil partitura de Fábula del bosque. Solo se ensaña contra el compositor Mario Alfagüell porque su ópera no es convencional. ¿Cómo pretende comparar unaópera contemporánea con una tradicional? Es como buscar en una avispa las características de una rana; ambas son animales del bosque, pero no son objeto de comparación.

Doris María Díaz Melchor

Heredia"...



La Nación

26 de setiembre del 2006


¿Pagó palco, sol o sombra?

A pocos días de haber compartido el escenario junto con el reconocido Ballet de Stuttgart donde se interpretaban obras de Gyorgy Ligeti y Steve Reich, que combinaba danza y música en vivo, con piezas de Helmut Lachenmann, compositor y musicólogo alemán en un concierto transmitido en directo por la Radio del Suroeste Alemán y habiendo visto a Pierre Boulez a sus ochenta años dirigir una de sus piezas, entre algunas de las tantas maravillas artísticas que he podido apreciar o interpretar en los últimos cinco años en Europa, me permito comentar la pseudocrítica musical que publicó Andrés Sáenz el pasado 14 de agosto. No he presenciado la ópera Fábula del bosque , Opus 173, pero sí conozco el catálogo de Alfagüell.

Al no existir en nuestro país crítico alguno de música que se apellide Stückenschmidt o Adorno, o que al menos posea la misma formación y gusto que ellos, es penosamente comprensible que Sáenz desubique y confunda al pueblo costarricense, insultando efusiva- mente el trabajo del compositor Mario Alfagüell.

En su afán de expandir horizontes, con gusto y curiosidad, y en una constante búsqueda por un ser costarricense que vaya más allá de los estereotipos de los estadios de fútbol o las malas copias de los valses de Strauss, el público y las nuevas generaciones asiste a los conciertos y presentaciones de las obras de Alfagüell, a la expectativa de sonoridades y resultados muy diferentes de lo que un concierto con música de Bach, Beethoven o Armando Manzanero en versión orquestal les puede ofrecer.

Autoridad musical. Como artista profesional tengo muy claro que cada quien es libre de expresar sus opiniones y gustos, pero como persona tengo aún más claro que, por encima de las preferencias artísticas y sonoras individuales, la ética y el respeto por los demás resulta más importante que hacer alarde de una autoridad autoadjudicada, puesto que no tenemos ningún conocimiento de que el señor Sáenz se haya dedicado a estudiar música ni que se haya informado sobre el acontecer musical en el mundo.

Que el señor Alfagüell haga y deshaga la música a su antojo, con la disciplina y número de opus que a él como compositor serio le parezca, es una característica normal en el trabajo cotidiano de cualquier compositor profesional.

Lo que resulta inadmisible es que Sáenz, haciendo gala de sus virtudes estilísticas y literarias se rebaje, a la manera de la mejor gradería de sol, a lanzar improperios e insultos contra Alfagüell, el cual, desde el palco, sin necesidad de lanzarle bolsas de orines a nadie, con seriedad, dedicación, humor fino y gracia compone sus obras, enriqueciendo el catálogo de música costarricense.

Comentarios grises. Para aquellas personas que nos encontramos en el continente, cuna de la música clásica y contemporánea, que tenemos la dicha de escuchar frecuentemente grandes orquestas y ensambles de cámara, interpretando en un mismo concierto obras que van desde Guillaume de Machault hasta Toru Takemitsu, pasando por Haydn, Debussy, Stravinsky y Tchaikosky, los comentarios grises y los intereses miopes que Sáenz en su crítica defiende resultan inútiles y completamente ajenos a la realidad musical de nuestro tiempo.

El aldeanismo, la involución, el desconocimiento y el estado hepático que Sáenz en su columna muestra nos llevan a sugerirle que, por el bien de las nuevas generaciones y la evolución de la cultura musical costarricense, pague sombra y se acoja a su merecida jubilación.



Perfil de Andrés Sáenz en La Nación

Andrés Sáenz

Crítico de teatro y música

<strong>(1937-2013)</strong> Crítico de teatro de La Nación desde 1980 y crítico de música de arte desde 1986. Catedrático jubilado de la Universidad de Costa Rica. Licenciado en Bellas Artes con especialidad en Teatro por la Universidad Nacional. Diplomado de The Royal Academy of Dramatic Art y estudios avanzados de teatro en el Drama Centre, ambos de Londres. Como actor y director ha estado vinculado con la actividad teatral en Costa Rica y fuera de ella. Recopilaciones de sus comentarios críticos se publicaron con los títulos La Comedia es cosa seria (1985) y ¡Dispárenle al crítico! (1993).


Última entrada el 7 de abril de 2013.


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