El osocaballo

Oso-caballo

Una de aquellas tardes de mi infancia de potreros palmareños, me encontraba con mis hermanos disfrutando de los rojizos rayos del sol que se ocultaban por las verdes y tupidas montañas, cuando a lo lejos escuchamos un grito cargado de sufrimiento, proveniente de lo más profundo de aquella mezcla de bosque con cafetales. Aquel grito generaba una necesidad profunda de ir corriendo a ayudar a aquella pobre alma. En ese preciso momento se silenció el alboroto proveniente de mis primos y mis hermanos, todos nos quedamos mirando con caras interrogantes, buscando entre las mentes infantiles una explicación o en alguna idea de qué fue ese sonido.

Las miradas cautivas, desesperadas de explicación, terminaron dirigiéndose a nuestro primo de mayor de edad, a quien, después de unos instantes, le destelló en los ojos el rasgo de una posible solución a la incógnita que nos aquejaba. Se dispuso, entonces, a llenar con fuerza sus pulmones, para liberarlos con el grito más fuerte que pudiera generar su garganta preadolescente. Fue en el segundo previo a que expulsara todo ese oxígeno contenido en su raquítico cuerpo, cuando uno de mis tíos se dispuso a detener, con una mano tapabocas y con un seco «¡No!» entre sus labios, la acción de mi pobre primo.

En ese preciso momento surgieron más interrogantes y miradas de confusión hacia mi tío que las suscitadas anteriormente. Creo que hasta mi abuela volvió a ver, con una sonrisa y sus anteojos característicos, aquel acto tan curioso. Pero, ¿qué estaba ocurriendo y por qué no podíamos dar respuesta a aquella escalofriante invitación de las entrañas de la madre tierra?

Tuvimos que esperar unos segundos a la respuesta fría proveniente de ese rostro angustiado, que no he podido sacar de mi memoria hasta la fecha en que escribo esto, como tampoco esas palabras. Esos segundos, a mi corta edad, los comparé con un cuarto de mi vida. Sus labios secos y cortados por el viento, casi en forma de invocación, pronunciaron el nombre del ser casi místico que pocos conocemos. «Es un Oso-caballo».

Esas palabras fueron las que me trasportaron al recuerdo de mi padre contándome esa historia. La historia que suele brindarme pinceladas en mis propias pesadillas. Una anécdota sobre él, mi madre, mi hermano mayor y uno de los tíos de mi padre, en aquel Palmares de tiempos un tanto remotos, tiempos en los que ni siquiera tenía entre mis planes nacer.

Es inevitable no trazarla con la voz de mi padre en mi cabeza, narrando de una forma detallada como, en el camino empedrado a la casa de aquel tío, cada uno de los pequeños obstáculos que formaban el piso incitaban al tropiezo abrupto, por lo que mi madre, más que acostumbrada a estos pasos de carretas, sujetaba con fuerza a su pequeño primogénito. Cada vez que se adentraba, el camino se tornaba en sendero donde los cafetales daban paso a destellos de bosques con sus porós (Erythrina poeppigiana) e higuerones (Ficus luschnathiana).

Los frutos del trabajo de la zona estaban comenzando a tornarse amarillos, sería una buena cosecha para ese año. Los tintes rojizos anunciaban que el anochecer reclamaba ya su territorio, había que apresurar el paso por su seguridad, un niño tan pequeño en esas condiciones no era muy prudente.

Poco después de la mitad de su trayecto fue cuando aquella atroz invitación destacó en el suave escenario de las montañas. La atmosfera se congeló, e incluso la melódica compañía de las aves suspendió su concierto. Solo silencio fue lo que acompañó el grito; después, los sonidos de respiraciones profundas y de latidos alterados. Esa vez nadie reaccionó tan rápido para callar el grito de contestación de mi padre, mi madre volvió con un coctel de miradas, no se podía determinar si era rabia, intriga, duda o algo más; en la cara del tío Juan se podía leer con claridad el odio que le había generado ese gesto: a sus oídos había llegado la condena de muerte. Mi padre, con una sonrisa e ilusión infantil en los ojos, volvió su mirada a Juan, quien le borró todo vestigio de felicidad con su rostro enfurecido. «¡Pero, ¿por qué hizo eso?!»

Cuando sus labios se dirigían a una respuesta, emanó, ya no de tan profundo, ese grito que erizó la piel de mi madre e hizo estallar el llanto incontenible de mí hermano.

— Ya se está acercando, muévanse.

Mi padre, en un acto retador, elevó otro grito efusivo al cielo, generando un miedo colectivo entre los presentes. Juan desesperó en el intento de encontrar cordura en los actos de su sobrino.

— Sabes qué es un Oso-caballo, ¿verdad?

Fue ese el momento cuando la sonrisa de mi padre se vio truncada por un rostro consumido ante la duda, su cara demostraba el nulo conocimiento del nombre de tan curiosa criatura. ¿Cómo era posible que un animal hiciera ese sonido? Él estaba seguro de que se trataba de algún familiar haciéndole alguna broma de pueblo. Pero, de no ser así, ese sonido se convertía en su mente en lo que realmente era, una abominación. Juan lo miró ahora más preocupado que antes. El joven los había llevado a su perdición solo siguiendo un juego infantil, como era posible. Un nuevo grito cercano impacto el ambiente, más fuerte, más cerca.

El tío supo que era imposible correr ahora, por lo que les dijo:

— Un Oso-caballo es una criatura espantosa, a la que solo le interesa atrapar a su presa. El problema es que esos somos nosotros ahora. Ese animal endemoniado tiene muy buen oído con esa deforme cabeza de caballo y es muy veloz. Cuando llegue acá, porque lo va a hacer, tenemos que tener cuidado, ya que está oscureciendo mucho y, como tiene el pelaje tan negro, no va a ser fácil verlo. Tiene mucha fuerza en ese cuerpo que parece de oso, pero lo más peligroso son sus largas y afiladas garras; porque he visto las marcas que dejan, puedo asegurarles que le pueden traspasar la cabeza a cualquiera: Así que tenemos que quedarnos muy quietos, ellos no logran ver muy bien con sus malditos ojos rojos. Si no nos ocultamos bien, ninguno va a poder escapar de él.

Mis padres asintieron reflejando el horror que llenaba sus corazones. Buscaron un higuerón hueco y ahí se escondieron los cuatro. Los gritos de la maldita criatura eran cada vez más fuertes y se podía escuchar también cómo se acercaba a gran velocidad destruyendo toda la vegetación que encontraba en su camino.

Por más que trataron de calmarlo o de taparle la boca de forma desesperada a mi hermano, su llanto delataba con claridad su escondite. El Oso-caballo no detenía su envestida, se sentía como venía desesperado por capturar su alimento. Esas pobres almas morían en la desesperación de no poder callar al bebé. Ya se podía escuchar la respiración de aquella trompa con gran fuerza. La bestia sabía el punto exacto donde estaban, se apreciaba en su trayectoria. La angustia trituraba toda esperanza de que sobrevivieran, ese llanto sería lo último que escucharían.

El Oso-caballo se impulsó con la fuerza de aquellas patas potentes para dar el último salto fuerte que lo llevaría donde ellos se encontraban. Era momento de pedir perdón a Dios por los pecados cometidos. Mi hermano esmoreció en ese preciso momento, su cara morada no permitía que emanara ningún sonido de aquella pequeña alma. Ahí estaba el ser que deseaba su festín, de espalda frente a aquel árbol hueco, buscando, olfateando, explorando con aquellos ojos del infierno cualquier movimiento. Mi madre, desesperada, intentaba estar quieta, pero la angustia de ver que su pobre hijo no respiraba era peor que morir en esas fauces. Solo bastó ese pequeño movimiento de desesperación de mi madre para que aquellos ojos se dirigieran por un instante al refugio. Mi padre vio que sus miradas se cruzaron con la de su cazador, se encontraba desesperado por encontrar su presa. Fue entonces cuando confirmaron lo que el tío Juan les mencionó anteriormente: por más que su cabeza estaba directamente hacia ellos, no los veía en esa profunda oscuridad.

El animal levantó sus puntiagudas orejas y gritó con aquel tétrico sonido que calaba en la piel, era casi ensordecedor. Luego se giró y continúo a toda velocidad con su búsqueda. Mi madre sintió que le fallaban las piernas, pero no era momento de perder la compostura: empezó a mover a su hijo para que volviera a respirar, aunque parecía que llevaba horas sin hacerlo; toda la acción solo tomó unos cuantos segundos. El niño empezó a toser, estaba respirando, gracias a Dios.

«Vámonos rápido antes que vuelva», fueron las palabras de mi padre que apresuraron el paso a la casa de mi tío, donde pasaron la noche.

Fue cuando mi abuelo apareció, él estaba decidido a que aprendiéramos una lección. Se nos acercó y nos contó una historia.

«Se dice que hace ya bastante tiempo existía un hombre a quien le encantaba cazar Osos-caballos. Se adentraba en el bosque dirigiendo sus gritos con el afán de que fueran respondidos, y la mezcla de los gritos se podía escuchar en el atardecer. Él esperaba, paciente, escondido detrás de un árbol, a que vinieran con su gran velocidad, y justo cuando se los encontraba frente a frente, los azotaba con un palo justo en la nariz. Esto les impedía respirar y en ese preciso momento los cazaba.

Cuentan que una de tantas veces que se adentró en la montaña, se pudo escuchar más de la terrible cantidad de gritos en lo profundo de la madre naturaleza, pero de golpe no se escuchó un solo sonido más. Desde ese día nadie volvió a ver nunca al cazador.

Referencia: Saravia, R., Delgado, P. (2016). Crónicas de lo oculto: Relatos de espantos y leyendas de Costa Rica, 1 ed., página 122. San José, Costa Rica: Editorial ClubdeLibros.



El Oso Caballo

Se comentaba y se murmuraba la noticia por toda la hermosa zona del valle, que en Río Conejo, por las fincas de los cafetales del Llano La Martina, donde Curina, el Cerro, Puente Negro, en especial las fincas de la Empresa, se estaban pelando los tallos de poró y en algunas casos se comían hojas, se notaba el paso de algo desbastador, sin misericordia, atropellador, que no podía detener su curso, un poco alto y fuerte, pues los destellos de corte que dejaba en los árboles, indicaban que era algo grotesco y sin control.

Fue así que un día, un hombre de esta localidad, se fue a tratar de averiguar, ya que las personas estaban asustadas y asombradas por lo que se estaba viendo en los cafetales. Este hombre dejó que llegara la noche, y esperó al tan ansiado animal, que tenía traumatizadas a toda la comunidades del valle, cuando llegó la hora esperada, las diez de la noche, bajo la luna en aquel resplandor, vio este hombre un animal que se acercaba comiendo hojas de poró, mordía los tallos, quebraba el café, aquel hombre atónito, deslumbrado y quebrantado por el miedo, sacó el cuchillo, cuando observó aquel animal tan grande, que echó a correr cerco abajo, a veces por el camino y para acortarlo, cogió por derechura, llegó al pueblo y juró que vio al Oso Caballo, un animal extremadamente feo, al cual le colgaba una cadena en su cuello. La gente de estas comunidades viven siempre a la expectativa de que se lo encuentren en algún cafetal, pero lo más temido por los habitantes es cuando llega la época de la escumbra de los árboles de poró, pues tienen su máximo verdor y espesor, lo que más le apetece al Oso Caballo.

Referencia: Picado Picado, Á. F. (2008). Leyendas del Valle (1ª ed.). A. F. Picado P.



El Oso Caballo de las Llanuras del Coyoche

Los llanos de las Mesas, Corralillo y El Silencio, como los peñascos y serranía de la costa de Caldera, supieron de la valentía y la hombredad de Napoleón Valverde. Su hombredad era copiosa manifestación de dignidad y fuerza, en el ancho ámbito de las llanuras del Coyoche, defendiendo al pequeño contra el fuerte y la justicia, según el paisaje de su caprichosa naturaleza indómita.

Diríase que Napoleón Valverde fue un Aguafuerte en el trazo vegetal y de nubes plomizas de la acuarela del Hacedor en la extensa región de Esparta.

¿Y la voz del vulgo?. ¿Qué digo, si el vulgo no tiene mil voces...? Asegura que una vez llegó hasta la corralera del finado Chente González, en la nostalgia mortecina de un sol moribundo, allá por los mil novecientos diez, a buscar pelea con el nica Ulises Cantón, de los valientes Cantón, que había en Chinandega de Nicaragua, todo porque el arriero de ganado tenía fama de buen pegador.

Y se verificó la pelea a “trompada limpia”, y otra vez el vencedor, el púgil que tenía en las manazas la patada de la mula, tuvo que volver a sus cultivos y a sus animalitos. Y naturalmente, su fama cundió amontonando tormentas y recogiendo decires.

En otra ocasión los famosos “guapes” de Puntarenas, que en los puños tenían la violencia de la tromba marina, jugaron su gallo con él y salieron chasqueados. Aquello fue para unas “fiestas cívicas; casi todo Esparta se volcó sobre los tablados de la plaza de toros, y los de aquel tiempo que hoy conversan de esas cosas, le dan resonancia de odisea, y asomados al balcón de sus recuerdos de ayer, aseguran que era todo un hombre Napoleón Valverde.

Pero he aquí que aquel vencedor en mil peleas, el gallito del patio de los espartanos, que estaba ahito de triunfos fáciles, encontró al fin un rival nada despreciable, por las depresiones y matorrales de las llanuras del Coyoche.

Don Carlos Villafaña, de los acomodaditos de aquel tiempo, que tenía su finca por la contornada, llegó un día a Esparta con la historia de un animal raro que estaba diezmando sus hatos, y contra el cual nada habían podido hacer los valientes hombres de la Hacienda. Relató que él y todos los finqueros estaban consternados por causa tan extraña que estaba amenazando su estabilidad económica, por lo que habiendo hecho recolecta general, ellos estaban dispuestos a dar un premio al valiente que fuera a enfrentarse con la bestia diabólica.

Preguntado por otros detalles, Villafaña contó a la Autoridad que aquel animal no tenía sitio fijo para atacar. Su halo de sangre aparecía hoy aquí y al día siguiente a más de diez leguas. Era como un espíritu maligno que se impregnaba de selva y se llegaba hasta los establos por el sólo afán de matar. Y el mayoral, que así le decían por mal nombre, había venido al pueblo por que necesitaba un hombre, pero un hombre de verdad, que fuera a buscar la bestia hasta su cubil y la destruyera, para lo cual se ofrecía una buena paga.

La noticia cundió por todo el pueblo y el pueblo señaló al instante al mozo de las gallardías y la valentía. Y este, fiel a la consigna de su vida, en silencio, sin estridencia, aceptó el reto de la muerte, y una madrugada, febril y bien dispuesto, se adentró en la llanura ilímite, rastreando la huella de la bestia.

Y pasa el día en suspenso; todo mundo a la espectativa aguardaba la noticia. Pero con la fatiga de la tarde opalescente, se produce el regreso del suicida de los valles de la muerte, y cuando por el recodo de un camino aparece su figura, con las piernas cansadas de trajinar senderos y los ojos abiertos por el milagro de la resistencia que le anima, el Mayoral y la peonada, acuden a su vera para solo escuchar: “no nos pudimos encontrar”.

Dueño de una actividad extraordinaria, y no se pudieron encontrar comentan todos para sí.


EL DUELO

Dos días después retorna al monte. Alistando sus armas se le había ido la mañana; salta la última tranquera y ante el amplio corredor del llano mira hacia lo alto y luego sobre todos los puntos cardinales, sobre el horizonte, como abriéndose a los vientos, auyentando la fatalidad. ...

Se amarra uno de los botines y al ver que nadie le sigue, de un tajo de su machete corta una rama y la va alisando a medida de que se va internando en la llanada, cuando un fuerte rugido, que repercutió por todos los senderos, le hizo comprender que “el otro estaba ahí” y que la hora cero de su lucha se acercaba. Vuelve la cabeza y a veinte pasos, semi oculta entre la sombra de un matorral estaba la bestia en acecho. Impasible ante el peligro, agudiza sus sentidos y como al examinar el terreno, comprende instintivamente que no es allí donde debe librarse la pelea, engaña al animal haciéndole creer que huye, y corre hasta la sombra de un roble corpulento. Se detiene en seco y se devuelve machete en alto dispuesto a dejarlo caer sobre la cabeza de su enemigo. Pero por unos segundos se detiene perplejo ante la presencia de aquello, que tiene el parecido de un caballo y es un oso.

No es el momento apropiado como para ponerse a examinar aquel misterio biológico y se tira a fondo. El oso caballo esquiva el golpe, pero no tanto que el filo no le corte una oreja, y entonces enfurecido se para y estira los brazos tratando de atrapar en ellos el cazador. Pero Napoleón Valverde da un salto hacia atrás dándole vuelta al árbol, y le toma desprevenido por la espalda y le da un fuerte planazo sobre la cabeza que aparentemente le deja aturdido. Ruge de cólera el oso-caballo y su bramido se escucha con gran estruendo por toda la superficie. Aves y avechuchos huyen espantados y unos caballos que pastaban por ahí cerca se desbordaron por todos los caminos, y a correr nadie les gana.

El cazador, en miedo casi instintivo a la muerte, se agudiza más y más y hay un momento en que sus acometidas van duro y a la cabeza de aquel fenómeno viviente, pero la fortaleza del hombre tiene su límite y en desventaja en eso con la bestia, ésta logra atraparlo. Valverde se revuelve dentro de aquel nido de la muerte que trata de molerlo y logra zafar un brazo, acto que aprovecha para dar de manotazos en los ojos del animal. Pero esto no le trae ningún respiro a su difícil situación, que por momentos se torna más triste, y hombre y bestia en su encono caen al suelo y ruedan por la hondonada. Un arbusto los detiene y ya hincaba el animal sus uñas en la espalda de Valverde, en su desesperación por triturar al hombre, cuando la Divina Providencia vino en su ayuda. Dos fuertes disparos le entraron a la bestia en medio de los ojos y en la convulsión de la muerte suelta el monstruo al hombre. Napoleón se desenvuelve de aquellas tenazas y queda desvanecido al lado del oso-caballo, pero no sin escuchar antes la voz del Mayoral que le grita acongojado: Creo que llegamos a tiempo Napoleón. . . !

Varios días después Napoleón Valverde, un poco recobrado de sus quebrantos, ve salir por última vez de su casa al médico que le ha curado sus heridas y el brazo izquierdo que se le había dislocado, mientras en la cantina más popular del pueblo, un músico beodo entonaba esta canción:


“Aquí esta breve historia termina,

aquí mi tonada se fué al rayo,

que Napoleón Valverde se estima

desde que venció al Oso - Caballo.-”


Referencia: Rodríguez Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses. Empresa Editora Centroamericana.



EL OSOCABALLO:

¿Recuerdan ustedes aquellas columnas sobre los "Asustadores"? Pues bien, si no las recuerdan eso quiere decir o que tienen muy mala memoria, o que no las leyeron. Si por el contrario las recuerdan sería bueno que las fueran olvidando pues no deja de ser una superficialidad eso de ocupar el espacio cerebral para guardar recuerdos totalmente inútiles.

Hoy me estaban contando sobre la existencia de un nuevo miembro del club de los asustadores oficiales. Claro está que no se trata del "policía de la esquina"; pues ese pertenece a la Asociación desde hace ya bastante tiempo. Se trata de un animal con forma absolutamente deforme, conforme me lo describieron.

¡SI USTED PADECE DEL CORAZÓN, DETÉNGASE. NO SIGA LEYENDO!

El osocaballo (No sé si se escribe así, o si por el contrario se ponen las dos palabras separadas, pero en todo caso estoy seguro de que la forma en que yo lo escriba, al osocaballo le viene floja) es un cuerpo de dinosaurio pero un poco más flaco, casi como un cocodrilo pero sin cabeza ni rabo, y desde luego sin escamas. Pegado al cuerpo en la parte de adelante, como quien dice colgando del pescuezo, tiene una cabeza con forma de cabra pero sin barba y con dos colmillos color verde tierno que nadie se los ha podido ver pero que se sabe que existen porque si no existieran sería señal evidente de que no tendría dientes. El osocaballo camina sobre las patas traseras, igual que los elefantes, los terneros, los pectodráctiles, las iguanas, los garrobos, y los abogados. Las patas de adelante tienen forma de manos, y las usa especialmente para rascarse la espalda cuando le pica y para limpiarse las uñas de los pies. Sale únicamente en las noches de luna, y en las otras también, siempre que esté muy oscuro. Los martes no se ve por ningún lado, por lo que se supone que los demás días sí se le ve. Lo más importante del osocaballo es que existe.

Referencia: P. Z. (1963, 2 de agosto). El osocaballo. La República, (2552), 2. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201963/La%20Republica_2%20ago%201963.pdf



Joaquín Matatigres

Aquel quiero mencionar algo que los hombres que han andado en la selva saben que es curioso. Cuando en montaña viven un grito pronto empieza a llover. Eso ocurrió con mis gritos; comenzó a llover intermitentemente, y apenas sucedió eso, cayó la noche; salieron las candelillas o luciérnagas, y en ese momento me di cuenta de que ya era de noche y que no podría salir de aquel lugar hasta el día siguiente.

SEGUÍ gritándole a Necho, a Chemaría, a Picuya, pero nadie me contestaba. Y todos los callejones de los animales y trillos de dantas se parecen, porque eso fue lo que pasó, el novillo siguió un trillo de danta, estaba mojado, resbaloso, lleno de lodo, y salir en esas condiciones de noche era imposible. Decidí entonces pasar la noche en aquel lugar y empecé a prepararme.

¿Qué voy a hacer para protegerme del tigre? Vi que el palo donde había amarrado el novillo tenía una horqueta; y a la par, a unos dos metros, estaba otro arbolito con otra horqueta. Me dijo "si logro montar una vara entrambos, entonces puedo montarme y hacer una especie de camastro para pasar la noche". Corté palos, unas horquetas, y a ambos lados de cada palo elevé una horqueta, de manera que pudiera hacer el camastro. Cogí entonces un bejuco de casa, es decir, chirravaca, comenzó a cortarlo e hice un enrejado bien hecho para cubrir las dos varas. Ya tenía la cama; ahora, ¿qué le pongo encima? Corté un poco de colegallo, y lo coloque a manera de estera de colchón. Todo esto en medio de un zancudero terrible, con lluvia sin cesar. Me subí trabajosamente y me metí en el ahulado. Pero allí comenzó un calvario: manazo iba, manazo venía contra los tábanos y los zancudos. El novillo también estaba muy inquieto porque los bichos no lo dejaban en paz.

No sé cuánto tiempo habría pasado; unas dos o tres horas, cuando de repente comenzaron a oírse que rodaban piedras y se rompían los palos. "Ay María Santísima; se está desmoronando el volcán". Comencé a rezar porque mi madre me había enseñado buenas oraciones, de las que lo fortalecen a uno. Estaba asustadísimo, pero no me podía mover de aquella incómoda posición, porque, ¿a quién recurrir? Sólo tenía a mi lado el Ángel de la Guarda, que ha sido mi gran compañero. Si no hubiera sido por él, yo estaría muerto hace años.

Aquel escándalo aumentó tanto que de pronto entendí: es una danta. Oí los bramidos, pero entonces se me hizo la luz: esta danta viene huyéndole al tigre, no hay otra posibilidad. Mi abuelo Recaredo y mi padre me habían contado que el tigre se le encama sobre el lomo a una danta y entonces ésta corre como loca. Lo que sucede es que la danta tiene una enorme resistencia, y cuando embiste en la montaña rompe con su cabeza y su duro cuerpo palos y lo que se le ponga por delante. "Eso tiene que ser; un tigre tras una danta".

Pasó aquel animal que hizo retumbar todo alrededor de donde yo estaba, y me quedé esperando a ver si bajaba el tigre, pero nada.

Aquí quiero hacer referencia a una de las animaladas que con el hombre en una ocasión como en la que yo estaba viviendo; es la de amarrar un animal al mismo árbol donde duerme uno, especialmente si el palo es delgado. Cada sacudón del novillo, cada susto que el animal sufría, lo sufría yo arriba. Así pasé toda la noche, en una continua zozobra. Yo no estaba nada seguro de si las amarras o las horquetas iban a resistir, de si no me caería en cualquier momento. Pasó la borrasca de la danta y me quedé pensando sobre lo que en realidad había ocurrido, cuando oí que del río hacia arriba llegan unos bufidos muy fuertes. "Esto podría ser el bufido de tres animales diferentes: un pavón, el oso caballo o el tigre. El pavón no hace ruido de noche; el oso caballo sí y el tigre también".

Mi abuelo y mi tío me habían explicado cómo rugía el tigre detrás de la presa y también el oso caballo. Seguro le llegó el olor a boñiga, a ganado, y entonces viene a buscarlo".

Efectivamente, poco a poco se fue acercando hasta que estuvo muy cerca. Había un promontorio o medio cerrito al otro lado de donde estaba yo con el novillo. Cuando el tigre llegó a unos 25 metros el novillo se desesperó pero en forma terrible. "Dios mío, si se me quiebran las varillas al suelo voy a dar, Ángel de la Guarda".

Saqué entonces un foquito, alumbré, hice bulla, para aumentar el escándalo del novillo, y hecho una perica me dispuse a ver cómo luchaba contra el tigre. Ya yo había estado con Abel Ruiz y este maestro, como les conté, me había mostrado que valen más la astucia y las mañas que la fuerza. Agarrado como le dijo igual que la perica ligera, cincho-ne el palo y, bendito sea Dios, el animal, tigre o lo que fuera, se alejó.

Seguí yo en aquella noche interminable, matando tábanos y zancudos y sin poder cerrar los ojos. Fue algo que no se lo deseo a mi peor enemigo. Finalmente me quedé viendo hacia el oriente y vi la primera claridad del día. "Gracias a Dios; ya va a amanecer. No he oído los kuyeos, ni los congos, sólo los olopopos o lechuzas, y la júa del león, que es un animal del cual dice la gente que anda delante del león, pero es mentira". En fin, de pronto comenzaron a sonar los congos y a cantar los pájaros. Pero, vean la desesperación; esas primeras claras era la luna que estaba rayando. Todavía pasó mucho rato para que amaneciera. Por fin llegó el nuevo día, calculo que esa noche tuvo unas cien horas de duración.

Yo, mojado totalmente, estaba todo acalambrado; durante doce horas estuve acostado sobre el brazo izquierdo, porque en el camastro no podía darme vueltas. Al rato de hacer ejercicio pude entrar en calor. Hice un tiste y me comí un pedacito de queso con rosquillas de maíz; ya con esto cogí un poquito de acción y agarré el novillo para buscar la salida. Poco a poco fuimos trepando, hasta que llegué a donde había dejado el caballo, que no estaba allí. "¡Idiay, que tirada; seguro se soltó y se fue detrás del arreo". Nada del caballo; cuando me fijé en la tierra vi un montón de sangre. Ah caray, aquí hay gato encerrado. Seguí aquella huella de sangre, y el monte aplastado, hasta un lugar en donde el jinetillo de la montura, un pico para amarrar el ganado a la carga, se enganchó en una raíz. Allí estaba el caballo, porque el tigre no pudo arrastrarlo más. Se le había comido el pescuezo y las nalgas.

En ese momento no me quedó más que resignarme. El novillo aún estaba un poco hondo; amarré a este animal cachibarbado, es decir, le amarré el pescuezo a una pata o mano, para que no corriera, porque era muy belitre. Cuando estaba ya por salir a la calle o camino de herradura, oí los gritos de mis compañeros, que durmieron al pie del cerro donde los Peñaranda. "No pudimos venir a ayudarte porque era de noche y nos dio miedo dejar el ganado solo". Los perdoné —¡qué me quedaba!— y sacamos la montura con miles de costos. Después seguimos el arreo hasta La Fortuna, al lugar llamado El Burro, cuarto día de jornada; sin embargo la partida se decidió que era mejor llevarla hasta Alajuela, y entonces la noche siguiente dormimos en La Vieja, era el quinto día, finca del expresidente Otilio Ulate, y luego continuamos hasta la meta. Así terminó una de esas aventuras en las cuales hay tantísimo tropezón, tantísimas angustias, tantos dolores, que para mí fueron una escuela valiosísima. En esta ocasión, el caballo salvó al novillo, y quien sabe si mi vida, porque si el tigre hubiera atacado: de repente le caigo encima.

Referencia: La República. (7 de junio de 1987). Joaquín Matatigres. Revista Dominical. La República, 15. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201987/La%20Republica_7_3%20jun%201987.pdf



LOS ASUSTADORES

Por P.Z.

Hay una familita color de hormiga, que se dedica y se ha dedicado siempre al popular y lucrativo negocio de los sustos.

La familia está encabezada por “Doña Calavera” y “Don Diablo”, y tienen una larga cola de cabezones entre los que podemos citar a “El Cadejos”, “El Padre Sin Cabeza”, “La Segua”, “La Llorona”, “El Dueño del Monte”, “La Carreta sin Bueyes”, “El Oso Caballo”, “El Duende Malo”, “La Bruja del Techo”, “El Policía de la Esquina”, El “Impuesto Sobre la Renta” y el “Diputado sin Placa”.

Cada uno de estos personajes legendarios tiene sus propias características, pero todos ellos coinciden en el extraordinario placer que experimentan al asustar al próximo prójimo o a la próxima prójima. Esto es una “Máxima” muy tóxica que viene de un lugar muy próximo a México, ¡Cuestiones de léxico!

Es indudable que personajes de tan alta alcurnia, tienen méritos más que suficientes para que se les tome en cuenta o por lo menos en cuenta gotas ¿Quién se atrevería a negar que “Doña Calavera” nos da canillera; que el viejo “Don Diablo” sale en el establo; que el negro “Cadejos” nos vuelve pendejos; que el “Padre Sin Cabeza” nos deja la pata tiesa; que la bella “Segua” nos corrió una legua; que un día la “Llorona” nos dejó en la lona; que el “Dueño del Monte” no tiene componte; que el “Oso Caballo” dejó mudo al gallo; que “La Bruja de Techo” se comió el afrecho; o que “El Duende Malo” salió tras un palo; que “El Policía de la Esquina”, me agarró por la pretina; que “El Impuesto de la Renta” no pierde la cuenta, y que el “Diputado sin Placa” atropelló una vaca?

Creo en esos hechos históricos que no tienen discusión y que cada uno a su manera toca la madera de la escalera cuando piensa en la Calavera.

Referencia: P. Z. (25 de marzo de 1982). Los asustadores. La República (Suplemento La Piapia), (812), 28. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201982/La%20Republica_25_3%20mar%201982.pdf



EL OSO CABALLO

La caza... Qué placer, qué delicia! Había de fundarse un club. El club se fundó con el sonoro nombre de “Club Diana”. Numerosos fueron los socios y la inauguración debía corresponder a la categoría de los asociados, y al mitológico nombre del centro. La inauguración se verificó con una asamblea magna en los escaños del parque. Así abría sus puertas a la vida social el club cazador.

Reunidas las primeras cuotas se preparó la panoplia. El trabajo estuvo a cargo del socio Chumingo. Se trajo el armamento. Este consistía en “una escopeta de tubo” y carga por la boca del cañón, comprada donde Chico Pérez en la fabulosa suma de ₡ 7.00. Los accionistas con derecho a disparar la única arma del Club pasaban de 20.

La primera salida a cacería se llevó a cabo muy luego a Sarapiquí. En el “Desengaño” hubo disidencias y desalientos, no pudiéndose llegar más allá de Vara Blanca. Se pernoctó en casa de un viejo cazador lugareño, y como era natural, durante la noche no se habló de otro asunto que de tigres, leones, dantas y toda la fauna feroz que habitaba las intrincadas selvas. Todo mundo, o por mejor decir, todo el Club reunido en torno al viejo Apolonio se quedó embobado y creo que atónico y medroso con los relatos sobre el oso caballo. Fue descrito con lujo de detalles, vivos, ejemplarizados y atestiguados por otros lugareños. Todos los socios del DIANA y Apolonio debían dormir porque en la madrugada debíase salir a cazar. Bien pocos o quizá ninguno pudo dormir. El oso caballo constituye la pesadilla y más de un valiente lo aguardó como una enorme figura del Apocalipsis. Bultos y ruidos se veían y oían en la montaña, que desde luego se atribuían al oso caballo. La figura ideológica del oso caballo quedó grabada horriblemente en las mentes adolescentes de los miembros del Club Diana.

El club tuvo tanta vida como duró en buen estado la única escopeta de taco que poseía su treintena de socios. Las glorias del Club Diana pasaron, no así el recuerdo del oso caballo, que nadie había visto. No fue sino unos dos o tres lustros después que en las montañas de Santa Clara tuve la fortuna de encontrar a la famosa bestia.

En compañía de un viejo huelero nica recorría los exuberantes bosques entre los ríos San José y Sardinal. El picaba el hule, y yo recogía insectos, helechos y orquídeas. Acampábamos en la ribera derecha del Sardinal en un rancho provisional. Sin ser anunciado, se presentó por los alrededores un oso. Quintero me dijo —tienes que luchar con ese oso caballo... Quería darme la broma, pero ya yo tenía todos los informes y no me sorprendió. Solo me fue extraña su figura, pues nunca lo había visto.

El oso caballo mide más de dos metros de la nariz al extremo del rabo; la altura no pasa de unos 75 centímetros. El cuerpo está poblado de un pelo grisáceo, denso y largo, especialmente en la cola. De media espalda arrancan dos bandas oscuras que formando una V pasan por los hombros, como los tirantes de un overol, y van a reunirse en el esternón. El hocico es estrecho, largo y encorvado, los ojos grandes, orejas pequeñas, erectas. La boca estrecha, en la cual se aloja una lengua vermiforme, protráctil y viscosa; los dientes pequeños o por mejor decir, casi rudimentarios. Las patas llevan largas y encorvadas uñas aceradas y filosas, propias para romper cortezas de árboles y sacar los insectos de que se alimenta. Esas uñas van replegadas hacia las plantas de las patas delanteras de manera que cuando el animal camina produce un ruido peculiar por el roce de las uñas unas con otras. Es en esta particularidad donde ha forjado la imaginación popular tantos relatos como que el animal lleva unas cadenas ruidosas. El famoso cadejos no es otro animal que el oso caballo. En otro tiempo se le veía más próximo a las poblaciones como era natural. La tala de bosques, los perros, escopetas y el mismo hombre explorando los últimos rincones han ido alejándolo a los bosques más espesos.

El oso caballo, zoológicamente, es del grupo de los desdentados o xenartros, insectívoro por su alimentación, primo hermano del oso hormiguero. Es absolutamente inofensivo y pacífico.

Prof. M. Valerio

Referencia: Valerio, M. (9 de octubre de 1930). El Oso Caballo. Diario de Costa Rica, 10. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201930/jh-DIARIO%20DE%20COSTA%20RICA_%209%20OCT%201930.pdf




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