Asesinato del misionero

Asesinato del misionero


Resumen

Hace mucho tiempo llegó a Térraba un fraile acompañado de tres hombres, estos les enseñaron a sus habitantes a hacer muchos trabajos. Al poco tiempo los acompañantes del fraile murieron o desaparecieron, pero él continuó con su misión evangelizadora y convenció a los Térrabas de construir un templo.

Para cortar la madera necesitaban sierras de mano que solo podían conseguir en Limón, por lo que el fraile y otros diez hombres organizaron una expedición hasta allá; en el camino se toparon con algunas dificultades, pero fueron bien recibidos en donde llegaban, incluso por los Bribris (enemistados con los Térrabas), gracias a la intervención del fraile y de su intérprete, un hombre joven llamado Tabaré.

En su viaje de regreso avistaron a Térraba en la distancia; les ganó la emoción y avanzaron en la noche para llegar más rápido, pero unas lluvias torrenciales los obligaron a guarecerse bajo unos árboles donde pronto todos se quedaron dormidos. Uno de ellos escuchó un ruido y al levantarse no vio a Tabaré, pero sí un rastro de huellas ensangrentadas, despertó a los demás y siguieron el rastro hasta dar con un jaguar y lo que quedaba del hombre, dieron muerte a la fiera y el fraile ordenó hacer una camilla para llevar los restos al pueblo.

Llegaron de noche, en secreto, y el fraile les dijo que no dijeran nada mientras él preparaba el cuerpo para hacerlo presentable, pero un niño curioso los vio y rápidamente se difundió la noticia.

Después del entierro de Tabaré continuaron con la construcción e inauguración del templo, la cual se celebró, como era costumbre, con una gran chichada. Consagraron el templo en honor a San Francisco de Asís y, desde entonces, cada día de San Francisco lo celebraban con una chichada para disgusto del fraile, quien trató de convencerlos de tener moderación en la bebida, lo que no gustó a algunos.

Un día, durante el sermón, el fraile dijo que tuvo el presentimiento de que, como Jesús, él iba a ser asesinado por alguien a quien amaba. En efecto, esa misma tarde se encontraba rezando y dos de los hombres que lo acompañaron en la expedición, ebrios, lo asesinaron y luego huyeron.

El cacique ordenó buscar a los asesinos y quemarlos vivos, pero estos, ya sobrios, se arrepintieron de sus acciones y, recordando a Judas, se ahorcaron. Cuando la gente encontró sus cadáveres vieron que sus lenguas eran anormalmente largas y una serpiente estaba enrollada en el cuello de uno de ellos, por lo que el cacique ordenó dejarlos allí para ser devorados por los zopilotes.

En cuanto al templo, este fue abandonado y pasado un tiempo un grupo de forasteros bajó la campana de oro y la enterró en un lugar secreto, después hubo una epidemia que mató a muchos y el pueblo fue abandonado. Desde entonces, algunas noches, allí se oye un alarido de almas penando y un triste repicar de una campana que parece reclamar su vieja torre.


Historia completa

Esta leyenda parece coincidir con una cita histórica muy importante que se encuentra en el libro Aborígenes de Costa Rica, de Carlos Gagini:

“Fray Pablo de Rebullida, asesinado por los indios, dice en una carta fechada en 1702, que desde Urinama hasta la Concepción de Talamanca se hablaban dos lenguas, Talamanca y Cabécar: y que los enemigos de estos indios eran los Térrabas, Toxas y Changuenas. Los Tesabas (de la misma familia de los Térrabas, pero que habitaban cerca de Boruca), son mansos y han reñido con los otros por su levantamiento”.


De la llegada del fraile a Térraba

Como se desprende de la cita anterior, no se señala dónde fue asesinado el padre Rebullida. Hace muchos años, según es sabido por los antiguos**, llegó desde** esas tierras que llaman España un padrecito acompañado por unos hombres siguas (blancos). Su sotana estaba completamente deshilachada por las espinas de los bejucos de la montaña que tuvo que atravesar para llegar a estas tierras. Había aguantado muchas hambres y había dormido muchas veces en las húmedas tierras de Chiriquí y todo el sur.

Al llegar a este pueblecillo, le gustó tanto que se quedó viviendo con los indios. Les enseñó muchos trabajos y muchas cosas que hasta entonces no conocían. Los tres hombres que le acompañaban fueron desapareciendo. Uno de ellos se perdió en las montañas y nunca se supo de él; los otros dos fueron mordidos por una serpiente en el mismo rancho donde vivían y, por no querer tomar ninguna medicina de los indios, murieron casi a la vez. El padrecito quedó solo entre los indios, que no sabemos qué estamos haciendo cuando tomamos mucha chicha.

El buen padrecito, en medio de aquella montaña, soñaba ver elevarse dos torres de un templo y habló a los indios con las siguientes palabras:

— Queridos hijos, reconozco que vuestros corazones están llenos de voluntad; que vuestros espíritus rebosan de amor hacia Dios; que habéis puesto en esta reunión todos vuestros valiosos conocimientos al servicio de la fe. Pero lo que yo os propongo no es algo así como lo que habéis imaginado. Es algo más difícil, más hermoso, más digno de Nuestro Señor: es un templo que urgirá de un sacrificio mayor del que habéis propuesto; un sacrificio que no durará un día, ni un mes, sino muchos meses o años.

Los indios guardaron un profundo silencio tratando de interpretar aquellas amorosas palabras, cargadas de ideas innovadoras jamás oídas por ellos. Después de una pausa, agregó el sacerdote:

— Noto en vosotros una preocupación muy natural. Posiblemente la mayoría estará pensando en los materiales para esa construcción; solo quiero pedirles en nombre del Señor vuestra colaboración. Yo me encargaré de buscar los medios y vosotros os encargaréis del trabajo.

Todos a coro exclamaron:

— Cuente con nuestra ayuda.

En aquellos días, los pobladores de Térraba vivieron como el despertar de un sueño que había perdurado tras los siglos. En todos los ranchos se murmuraba sobre la construcción; se hacían las más variadas conjeturas sobre cómo se llevaría a cabo el importante proyecto. Para unos resultaría fácil e importante; para otros, simplemente no se podía hacer.

Mientras que las ideas iban de aquí a allá, por toda la ranchería, el fraile, encerrado en el rancho que le habían construido en dos días, maduraba su proyecto. Quería él enseñar a elaborar la teja, a usar las sierras de mano para sacar la madera y cantear la piedra para formar las bases. Con frecuencia salía por la reducida puerta del rancho y, mirando hacia el cielo, imploraba a Dios la merced de poder ver levantado el templo y oír un día el redoble de las campanas desde las soñadas torres.


Del inicio de la construcción de la iglesia

Un buen día, el cura se resolvió a convocar al pueblo de nuevo. Ya para esta reunión tenía planes concretos para iniciar la obra y propuso lo siguiente:

— Lo primero que haremos será seleccionar el terreno donde se ubicará el templo. En el transcurso de esta semana lo prepararemos y el domingo será la bendición con una alegre ceremonia.

El fraile estaba seguro que con esto los indios trabajarían con entusiasmo y dedicación. Efectivamente, en el transcurso de la semana se preparó el terreno mediante el concurso de todo el pueblo, que era muy grande. Una llanura quedó convertida en un bello campo.

Fue traída de inmediato una serie de siembros de árboles frutales y plantas de ornato que, en forma bien dispuesta por el director de la obra, sustituyeron la selva virgen. Mientras el campo se iba convirtiendo rápidamente en un huerto, en uno de sus extremos se montaba una fábrica de tejas. Los indios trabajaban cuatro días en sus parcelas y dos días en lo que hoy llamaríamos ayuda comunal.

Pronto fue construido un enorme horno de barro y poco tiempo se tardó en tener lista una buena cantidad de tejas que servirían, ya no solo para iglesia y sacristía, sino también para construir una casa comunal. Como el indio es sumamente hábil para las manualidades, esto facilitó la rápida realización de la empresa.

Ellos construían sus ranchos con palmas y, por ello, sentían ansias de ver aquellas acanaladas formas de barro cocido. ¿Cómo se verían y cómo se colocarían sobre un techo? El cura trataba de explotar esta ansia, explicándoles con dibujos.

Para conseguir madera, el fraile organizó una expedición. No resultó nada fácil pues, como se recordará, los tres compañeros blancos del cura habían desaparecido y la expedición resultaría muy peligrosa. Debían atravesar las selvas de la Cordillera de Talamanca y cruzar por Amubri hasta Limón, desde donde traerían sierras de mano al hombro.

Algunos indios conocían perfectamente el camino y la dificultad consistió en convencer a los desconfiados a que los acompañaran, pese a que ya le tenían cierta confianza al fraile; confianza que no era suficiente como para acompañarle en una gira de tanto riesgo, pues anteriormente habían sido víctimas de engaños y traiciones. Convencidos unos cuantos, diez indios aceptaron acompañar al religioso en la difícil travesía.


De la partida de la expedición… y un augurio funesto

Como quien despide a un grupo, al domingo siguiente, antes de aparecer los primeros rayos del día, fueron despedidos con bendiciones y augurios de triunfo. Conforme su costumbre, el fraile tomó tribuna y, con palabras en que no pudo ocultar su emoción, manifestó:

— Queridos feligreses: reconozco que nuestro propósito no es fácil; pero no consideremos la tarea que hoy iniciamos como una aventura. Quienes exponen su vida en aras del progreso, y particularmente tratándose de servir a Dios, no son aventureros. Les aseguro que no vamos solos, que llevamos a nuestra cabeza al Rey de Reyes y que en todo momento nos protegerá. Todos corremos desde este momento la misma suerte. Si regresamos todos, bendita sea la hora. Pero si no regresamos todos o alguno, pueden tener la seguridad sus parientes de que ese o esos que faltaren son héroes que se han quedado en el difícil trillo del sacrificio.

Al momento de partir, uno de los más jóvenes, presintiendo una despedida definitiva, se apartó de la fila y le dio un beso a su abuelita. Algo le dijo al oído y se incorporó de inmediato al grupo, que pronto se perdió entre la abundante vegetación que bordeaba el estrecho caminillo.

Los atrevidos expedicionarios afrontaron los primeros problemas cuando estuvo a punto de ser destruida la balsa que hábilmente improvisaron para atravesar el caudaloso río Térraba. El contratiempo se fue superando gracias a la audacia de los nativos para luchar en el agua. De haber caído al agua, posiblemente allí habría terminado su intento, pues lo cruzaban precisamente en un paso tranquilo del río donde abundaban los lagartos.


De la travesía por Cabagra, Talamanca y Limón

Atravesaban las largas sabanas de Cabagra cuando fueron sorprendidos por un grupo de Bribris que, extrañados por el misterioso desfile**, habían hecho un llamado de emergencia** al que acudieron rápidamente el numeroso grupo que les salió al paso. Gracias a la presencia del sacerdote no fueron víctimas de un ataque, ya que las relaciones entre Térrabas y Bribris no eran cordiales.

El joven Tabaré, que no solo dominaba el térraba sino también el bribri, mantuvo un intercambio de palabras y contestó todas las preguntas que le hicieron los integrantes del grupo bribri, de manera que todo terminó con una amistosa reunión. En uno de los ranchos cabagras les permitieron descansar, les sirvieron suficiente chicha y alguna bebida de cacao. Además, aumentaron sus víveres y les acompañaron un largo trecho aliviándoles sus pesadas cargas.

Después de tres días, con muy pocas horas de descanso, llegaron a Talamanca, donde fueron espléndidamente recibidos. Por la noche se asó un saíno en honor a los expedicionarios. El fraile, que sin demostrar su cansancio parecía desvanecerse ante la fortaleza y costumbre de sus compañeros para caminar en las montañas, aprovechaba la oportunidad en cada tribu para llevar el aliento espiritual, prédica que hacía por medio del intérprete, que siempre fue el fornido e inteligente Tabaré.

Los talamancas prácticamente fueron los que facilitaron la consecución de los objetivos que movían a aquellos buenos hombres: estos organizaron un buen número de personas de su tribu que los acompañó hasta Limón, donde consiguieron tres sierras y, llenos de alegría, emprendieron el regreso.

Nuevamente en Talamanca, permanecieron tres días, que fueron de fiesta. Se celebraron matrimonios, bautizos y, en ausencia de las hostias, algunas confesiones. En medio de una gritería de júbilo se despidieron y emprendieron el penoso camino de regreso.


Sobre el regreso a Térraba y el ataque del tigre (jaguar)

Todo hacía parecer que, no obstante la dureza de la travesía, el grupo de once se haría presente de nuevo en la comunidad. Un viernes, después de veintidós días de haber abandonado su pueblo, lograron divisar a lo lejos una fogata. En medio de gritos la anunciaron al cura: que se trataba de Veragua, territorio térraba, y que ya estaban muy cerca de Cabagra.

Sin medir la magnitud del peligro, en la oscuridad de la noche, acordaron avanzar lo que pudieran libres del peso del día y poder llegar así al anochecer del sábado a Térraba. Pero fue muy poco lo que avanzaron; fuertes lluvias huracanadas los obligaron a guarecerse por grupos en las raíces de gigantescos árboles. Posiblemente, la alegría de haber divisado de nuevo sus tierras y, desde luego, el cansancio, les hizo romper la disciplina de dormir unos y velar otros, y todos se entregaron en el más profundo de los sueños.

Uno de ellos oyó algún ruido extraño a una corta distancia, como algo que se arrastraba entre la humedecida vegetación; se enderezó, pero volvió a caer por el sueño. Poco duró su nuevo sueño. Cuando despertó de nuevo, recordó el extraño ruido y lo asoció con la coincidencia de haber oído cantar un búho cerca de donde dormían**, cosa que nunca era buena.** Se paró con rapidez y se dirigió al grupo donde se encontraba el sacerdote, encontrándolo profundamente dormido, lo mismo hizo con el otro grupo que estaba a muy corta distancia.

Ya se disponía a despertarlos para continuar el viaje, seguro de que aquel ruido obedeció al paso de algún animal**, cuando de pronto advirtió un rastro con marcadas manchas de sangre.** Con sobresalto gritó a sus compañeros que, como un solo hombre, se pusieron de pie. El primero en advertir la ausencia de Tabaré fue el fraile quien, terminando con su costumbre de voz pausada y serena, lanzó un grito: “¡A buscar a Tabaré!”.

Con una rapidez instintiva siguieron el rastro hasta llegar a medio kilómetro de donde durmieron. El rastro finalizó en un grueso tronco que hacía tiempo había sido derribado por el viento. Sin oírse una voz de mando, rodearon disciplinadamente el inclinado tronco.

El mayor, que parecía no importarle su vida por el menor del grupo, subió con una facilidad tal como si el tronco estuviese horizontal, con una filosa lanza en su mano derecha y una rama verde en la izquierda. La rama servía para obstaculizar la visibilidad de la fiera.

Avanzó hasta la mitad del viejo tronco, donde encontró un enorme tigre que dormía plácidamente a la par de su víctima, el desafortunado Tabaré. Pronto cayó la temible bestia con la lanza clavada en el pecho; acudieron todos los demás y, tras enfurecida lucha, pronto le dieron muerte.

Todos tendieron su angustiosa mirada hacia el valiente que lo había derribado del tronco, quien después de un gesto de amargura, se inclinó lentamente y recogió entre sus brazos prácticamente medio cuerpo de quien hasta horas antes había sido su más valioso compañero**. El fraile, después de derramar abundantes lágrimas,** se inclinó respetuosamente sobre el destrozado cuerpo y, tras haber rezado las oraciones de rigor, ordenó que se formara una camilla y fuese llevado hasta Térraba, donde sería sepultado con todos los honores de un héroe.

Ya sobre la camilla, el fraile pidió que le fuese permitido el sacrificio de ser uno de los que llevaran la camilla hasta Térraba sin relevo; pero antes, tendiendo su mirada a las alturas, como implorando paciencia del cielo, dijo:

— Antes de partir de este lugar, les pido ánimo y serenidad; la fiera no lo ha matado por maldad, sino por satisfacer una necesidad. Tabaré no ha muerto; vivirá eternamente en nuestro recuerdo y las generaciones le honrarán. Este agreste altar que nos rodea, ya debe haberse convertido en un altar celestial para quien acaba de entregar su vida cumpliendo con el deber.

A pesar de las alentadoras palabras del pastor de almas, desde aquel momento en que se inició la última etapa del camino, la pena se aumentó por el silencio con que devoraron la distancia. Efectivamente**, al anochecer del sábado llegaron** sin que nadie los esperara por desconocer el día de su regreso. Llevaron todo su cargamento al rancho del fraile quien, con toda la fineza que merece un viejo amigo, puso el destrozado cuerpo sobre una rústica mesa de varillas atadas a cuatro horquetas; pidió a sus compañeros que no dieran noticia de su llegada hasta tanto no arreglaran el cuerpo de tal suerte que se disimulara en parte su estado.

De inmediato pusieron manos en la obra, rellenando las partes vacías con balsa, que abundaba en la región. Pero un curioso chiquillo que vivía en el rancho inmediato descubrió la presencia de los viajeros en el rancho, al deslizarse sigilosamente hasta llegar al envarillado que le servía de pared al rancho, cosa que no hubiese ocurrido de no haber la inquietud que existía en toda la comarca por la llegada de los hombres y de las sierras.

El chiquillo corrió a su rancho primero y luego a otros dando la nueva. Pocos minutos tardó en movilizarse la mayoría de la tribu, que llena de curiosidad rodeó el rancho. Al abrirse la puertecilla fueron apareciendo caras mustias, notándose movimientos muy rápidos del afligido cura que trataba de terminar su trabajo cuanto antes. Todos encontraron al salir a sus familiares y amigos, con quienes se abrazaron. Fue en ese momento cuando apareció una anciana, que movía su cabeza por todo el grupo buscando algo. El fraile la logró ver desde el envarillado de una de las paredes y le salió al encuentro; tomándola entre sus brazos con ternura, le besó la frente. La viejecita, aliviando el duro compromiso del padre, se adelantó y le dijo:

— Todo lo comprendo, desde aquel beso que me diera Tabaré a la despedida se me clavó el aguijón de que no regresaría, pero todo sea por el Amor de Dios.

Él contestó nerviosamente:

— La resignación es la mejor medicina para estos casos, pero sí ha regresado; pueden pasar a verlo.

La primera fue la viejecita, que se inclinó respetuosamente sobre el cadáver del amado hijo (nieto). Sus largas trenzas cayeron sobre el cuello de Tabaré en cuyo rostro casi desconocido depositó muchos besos y le humedeció con sus lágrimas; luego, sin decir una sola palabra, se retiró a su rancho.


Del funeral de Tabaré y la conclusión de la iglesia

Todo el pueblo se reunió y pasó en vela la noche comentando el suceso. Nadie se volvió a acordar de la sierra, mas comentaban con insistencia el enorme sacrificio del religioso, que tenía uno de sus delicados hombros molidos por la carga del cuerpo y la larga distancia, y desde luego no faltaban los recuerdos de lo que había sido en vida el desaparecido.

Al día siguiente fue sepultado con todos los honores religiosos que permitieron los medios. Pasaron algunos días y solo se hablaba de la hazaña del grupo y del único desafortunado. En todos los ranchos de sus integrantes se formaban grupos en busca de detalles sobre la travesía.

Días después, el padre llamó de nuevo al pueblo y mostrando las sierras los dividió en grupos. Adiestró a uno y este se encargó de adiestrar a otros en el manejo de las sierras para, al cabo de dos meses, tener completamente lista la madera de la iglesia.

Ahora faltaban las bases: el padre seleccionó a los más hábiles, y con la fuerza bruta de un grupo de aquellos hombres, arrastraron hasta el lugar donde se construiría la iglesia el número suficiente de piedras, que fueron puestas en las hábiles manos de los picapedreros. Fue un trabajo lento, pero conforme avanzaban los días, aquellas piedras de las más variadas formas se fueron transformando en una sola forma y, cuando estuvieron finalizadas, fueron dibujadas en sus costados con motivos religiosos artísticamente tallados. (Recientemente se extrajeron las bases para construir una nueva ermita y los motivos fueron dejados fuera de la superficie de la tierra para que puedan ser observados por los visitantes).

El trabajo de la iglesia se inició en medio de las más variadas fiestas en las que, para futuras desgracias, nunca faltaba la chicha, el estimulante indispensable en todas las labores que se realizaban. Al cabo de un año el templo se levantó. En el transcurso de ese año, un grupo de artistas en el trabajo de orfebrería había chorreado una campana en oro macizo.

El fraile, muy satisfecho, abandonó su rancho y se trasladó a las sacristías, que eran amplias. Preparó la inauguración invitando a las tribus vecinas: Borucas, Térrabas, Changuenas y Bribris. Entre tanto, en el pueblo se preparaban grandes cumbos de chicha; se habían dedicado a la cacería logrando acumular gran cantidad de carne, además de la variedad de comidas que hacían con el maíz y el cacao.

A las cuatro y media de la mañana comenzó a llegar gran cantidad de visitantes, que con cantos en distintas lenguas y el característico griterío con que celebraban los actos especiales, fue llenando el pueblo con una concentración que jamás se había visto. A las ocho de la mañana, en un impresionante acto, se hizo sonar por primera vez, desde la torre derecha de la iglesia, la valiosísima campana de oro, cuyos finos repiques llegaron a largas distancias. Después de la bendición del templo, alegró el ambiente una orquesta de pitos de barro, flautas de cañas especiales y pequeños tambores.

El ambiente a cada momento era más animado, y los térrabas estaban cada vez más orgullosos de su obra. En el sermón de la primera y solemne misa, el cura hizo mención de los méritos de Tabaré, por quien se celebraba aquella misa. Después del sermón, una anciana en medio de la multitud, cubriéndose su cara, se retiró al rancho.

La fiesta se extendió tres días, aumentando el calor de la chicha y disminuyendo el motivo de la fiesta. Los visitantes se retiraron en grupos y quedaron los Térrabas, que no cesaban en sus bailes y borracheras, por lo que el buen fraile les convocó de emergencia al templo a una ceremonia especial. Allí les invitó cordialmente a poner fin a las celebraciones populares y recordar que se trataba de una celebración religiosa; en esa ceremonia se eligió como patrono del lugar a San Francisco de Asís.


Del funeral de Tabaré y la conclusión de la iglesia

Todo el pueblo se reunió y pasó en vela la noche comentando el suceso. Nadie se volvió a acordar de la sierra, mas comentaban con insistencia el enorme sacrificio del religioso, que tenía uno de sus delicados hombros molidos por la carga del cuerpo y la larga distancia, y desde luego no faltaban los recuerdos de lo que había sido en vida el desaparecido.

Al día siguiente fue sepultado con todos los honores religiosos que permitieron los medios. Pasaron algunos días y solo se hablaba de la hazaña del grupo y del único desafortunado. En todos los ranchos de sus integrantes se formaban grupos en busca de detalles sobre la travesía.

Días después, el padre llamó de nuevo al pueblo y mostrando las sierras los dividió en grupos. Adiestró a uno y este se encargó de adiestrar a otros en el manejo de las sierras para, al cabo de dos meses, tener completamente lista la madera de la iglesia.

Ahora faltaban las bases: el padre seleccionó a los más hábiles, y con la fuerza bruta de un grupo de aquellos hombres, arrastraron hasta el lugar donde se construiría la iglesia el número suficiente de piedras, que fueron puestas en las hábiles manos de los picapedreros. Fue un trabajo lento, pero conforme avanzaban los días, aquellas piedras de las más variadas formas se fueron transformando en una sola forma y, cuando estuvieron finalizadas, fueron dibujadas en sus costados con motivos religiosos artísticamente tallados. (Recientemente se extrajeron las bases para construir una nueva ermita y los motivos fueron dejados fuera de la superficie de la tierra para que puedan ser observados por los visitantes).

El trabajo de la iglesia se inició en medio de las más variadas fiestas en las que, para futuras desgracias, nunca faltaba la chicha, el estimulante indispensable en todas las labores que se realizaban. Al cabo de un año el templo se levantó. En el transcurso de ese año, un grupo de artistas en el trabajo de orfebrería había chorreado una campana en oro macizo.

El fraile, muy satisfecho, abandonó su rancho y se trasladó a las sacristías, que eran amplias. Preparó la inauguración invitando a las tribus vecinas: Borucas, Térrabas, Changuenas y Bribris. Entre tanto, en el pueblo se preparaban grandes cumbos de chicha; se habían dedicado a la cacería logrando acumular gran cantidad de carne, además de la variedad de comidas que hacían con el maíz y el cacao.

A las cuatro y media de la mañana comenzó a llegar gran cantidad de visitantes, que con cantos en distintas lenguas y el característico griterío con que celebraban los actos especiales, fue llenando el pueblo con una concentración que jamás se había visto. A las ocho de la mañana, en un impresionante acto, se hizo sonar por primera vez, desde la torre derecha de la iglesia, la valiosísima campana de oro, cuyos finos repiques llegaron a largas distancias. Después de la bendición del templo, alegró el ambiente una orquesta de pitos de barro, flautas de cañas especiales y pequeños tambores.

El ambiente a cada momento era más animado, y los térrabas estaban cada vez más orgullosos de su obra. En el sermón de la primera y solemne misa, el cura hizo mención de los méritos de Tabaré, por quien se celebraba aquella misa. Después del sermón, una anciana en medio de la multitud, cubriéndose su cara, se retiró al rancho.

La fiesta se extendió tres días, aumentando el calor de la chicha y disminuyendo el motivo de la fiesta. Los visitantes se retiraron en grupos y quedaron los Térrabas, que no cesaban en sus bailes y borracheras, por lo que el buen fraile les convocó de emergencia al templo a una ceremonia especial. Allí les invitó cordialmente a poner fin a las celebraciones populares y recordar que se trataba de una celebración religiosa; en esa ceremonia se eligió como patrono del lugar a San Francisco de Asís.


Del presagio y la muerte del fraile

Cada año, a la llegada del cuatro de octubre se hacían grandes fiestas. La lucha del fraile era ahora disminuir la bebida del fermento. Esto no gustó a algunos. El último cuatro de octubre de esas fiestas y de prosperidad Térraba, se notó al fraile paseándose alrededor del templo y admirándolo como si lo viese por primera vez; tendió una mirada sobre todos los ranchos y sobre las verdes montañas que los rodeaban, hasta que se llegó la hora del sermón, que fue el más elocuente de todos los que había pronunciado. Entre otras cosas dijo:

— Cristo murió a manos de quien Él más amaba, y siento que inmerecidamente correré su misma suerte. Si así fuera yo les ruego sepultarme en el huerto de esta iglesia.

Todo el pueblo salió de la iglesia haciendo unos y otros comentarios sobre el extrañísimo sermón de aquella mañana. Pronto se dieron a la bebida de la chicha y como de costumbre se olvidaron de todas las inquietudes.

A las tres de la tarde, estaba el fraile inclinado sobre el Altar Mayor, rogando a Dios que le ayudara a terminar con aquella primitiva forma de celebrar esas fiestas, cuando dos salvajes ebrios lo atacaron por la espalda, dándole muerte. El indio que le servía de mayordomo pronto se dio cuenta y dio aviso al pueblo, que olvidando la fiesta y olvidándolo todo, recordó las sabias palabras del sermón y se aglomeró en la iglesia.

Ahí yacía el santo sacerdote que había pagado con su vida el haber dado todo por un pueblo. Todos querían verlo primero, pero no resistían mirar aquel rostro ensangrentado con una mirada llena de dulzura y de perdón.

Sobre el misterio de la muerte los asesinos y el destino de la campana de oro

El jefe de la tribu, visiblemente indignado, ordenó a su pueblo suspender toda bebida y darse a la tarea de encontrar a los salvajes. Las sospechas eran inminentes sobre dos individuos que habían desaparecido del grupo, dejando sus criminales hachas de piedra a la entrada del templo. Nuevamente, el jefe, cuyo furor aumentaba en cada minuto, agregó:

— Es preciso que se pongan frente al templo dos estibas de leña donde serán quemados vivos los traidores de nuestro querido padre.

Las mujeres se encargaron de esta tarea, mientras que los hombres en grupos se pusieron a revisar cuidadosamente todas las montañas aledañas. El indio es muy diestro en perseguir las huellas más inmediatas, por lo que no le fue difícil a un grupo seguir la pista de los fugitivos.

Los dos asesinos, que habían formado parte de la extraordinaria expedición a Limón, no fueron muy lejos: en un trecho del camino se detuvieron, y habiendo perdido los efectos de la borrachera, analizaron su crimen y recordaron que en muchas ocasiones el buen sacerdote les había hablado de Judas que con un beso entregó a su Maestro. Y más aún se les nubló la conciencia cuando ahí en sus oídos, como en alucinaciones, se repetían las últimas palabras de su inocente víctima:

— Yo los perdono para que Dios los perdone.

Sin pensarlo mucho se pusieron de acuerdo y colgando un bejuco de una rama cada uno, se ataron su cuello y se ahorcaron. Cuando el grupo que los perseguía los descubrió, se horrorizó al ver aquellas largas lenguas fuera de sus bocas. Como corolario a su desgracia, una enorme serpiente rodeaba el cuello de uno de ellos.

Resolvieron regresar y dejarlos en aquel lugar. Ante la noticia, nadie quiso ir a verlos, ni sus propios familiares, y el jefe ordenó que se dejasen allí para que fueran devorados por los urús (zopilotes). El cura fue sepultado al día siguiente, conforme lo había solicitado, en medio de cantos fúnebres y algunos cantos en dialecto térraba. La fiesta terminó en medio del más profundo dolor y todos se auto culpaban por no haber atendido los llamados del Padre para que dejaran los excesos en la chicha.

La noche siguiente, búhos y lechuzas revolotearon sobre los ranchos con sus fúnebres cantos y nadie se atrevió a salir de sus ranchos, pues creían que aquellas aves eran los espíritus de los desgraciados asesinos.

Pasado algún tiempo, llegó la noticia de que un grupo de forasteros se proponía visitar Térraba. Hubo un consejo de ancianos y, a media noche, en medio del silencio y la soledad, visitaron el ruinoso templo que se había convertido en nido de murciélagos y golondrinas**, bajaron la valiosa campana de oro y la enterraron en un lugar secreto,** tan secreto que se fue a la tumba con el grupo al que se encargó la misión.

La ruina para todos no se hizo esperar: una extraña enfermedad que no pudieron combatir los sukias fue terminando rápidamente con todas las gentes. De los pocos que quedaron, algunos se agruparon y se fueron a formar pueblos en otras tierras, y quedó aquí un pequeño pueblo que nunca ha podido levantar cabeza.

Algunas noches, año tras año, se oye un alarido de almas penando y un triste repicar de una campana que parece reclamar su vieja torre. (Méndez; 103-115)


Referencia: Méndez Salazar, H. (1968). El aborigen talamanqueño. Editorial Amubri.

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