Un juicio final en Manzanillo de Abangares
Un juicio final en Manzanillo de Abangares
Manzanillo de Abangares se llamó antiguamente "Puerto Iglesias", en honor al ex-Presidente de la República don Rafael Iglesias Castro, según el decir de las gentes más ancianas de la localidad, y aseguraban que luego fue cambiado por el de Manzanillo, por los políticos enemigos que le sucedieron en el Poder.
Está situado en un punto de la larga cinta costanera norte del golfo de Nicoya, y por muchos años mantuvo en las postrimerías del siglo pasado y primeros treinta del presente, un fuerte movimiento comercial al calor del apogeo en la explotación minera de Abangares.
Yo lo conocí allá por el 1930, pero ya su fuerza comercial y turística había venido a menos. Su cuadrante lo constituían unas pocas manzanas mal alineadas con muchos solares desocupados y unas setenta y cinco casas de madera de pobre aspecto, a excepción de la que estaba junto al desembarcadero, que era de dos pisos y la del comerciante chino, con un establecimiento de licores, abarrotes, ropa y un salón de billares adjunto. Había además tres negocios de hotel y sobre un pequeño promontorio del terreno a la salida del pueblo, una ermita en construcción muy avanzada, que visitaba de vez en cuando un sacerdote católico de la parroquia de Puntarenas.
Por allí del año [19]36 y no puedo precisar el día ni el mes, ocurrió en ese lugar un suceso del cual fui un obligado espectador y que jamás ni nunca podré olvidar; suceso inusitado que mantuvo por dos días a la población en el mayor desasosiego.
Yo había llegado en la lancha-correo de la tarde y me había hospedado en la casa de huéspedes de una señora nicaragüense de mucho fervor religioso, que era a su vez la encargada principal del cuido de la ermita.
Constantemente en su conversación salían a relucir pasajes de la Biblia y tenía el propósito de enviar a un convento de Managua, una de sus tres hijas que apenas andaría en los trece años de edad.
El chinito y ella no se hablaban. Constantemente estaba doña Micaelita trinando insultos contra él porque su negocio era "la antesala del infierno", dado los continuos bochinches y otras cosas más que allí se suscitaban según su decir.
Las mujeres de vida airada, como toda la truhanería compuesta de tahures, baratijeros y gentes que vivían del engaño, al bajar de la lancha que venía de Puntarenas, iban a parar donde el chinito. Allí pernoctaban hasta la madrugada, antes de partir para las Juntas de Abangares, su lugar de destino, y lo mismo ocurría cuando regresaban después de los pagamentos quincenales de la compañía minera. Aquel negocio era la cueva donde pasaban el tiempo disponible, antes de la llegada de la lancha de Puntarenas y se bebía y se tiraba fuerte contra las orejas de San Jorge, o en otras liviandades a que es dada la naturaleza humana.
Todo eso era el dolor de cabeza de doña Micaelita y el de las poquitas señoras de su círculo, sometidas a su liderato religioso. Pero las cosas y los días de esta vida de farra y bailongo en que todo parecía igual, un día sí y otro también, alguna vez tenían que tener un cambio. Y el hilo fastidioso de toda monotonía se rompió una tarde y en qué forma, señores...!
Me encontraba en el patio, sentado sobre una hermosa piedra dándome aire con un periódico viejo; el sol era solo un puntito rojo en el horizonte. Había llovido un poquito y la lluvia escasa no había podido apagar el calor del día.
Unas de las chiquillas y la sirviente estaban alistando las "carburas", pues en Manzanillo no había alumbrado eléctrico y el único medio de sustituirlo eficazmente era por la lámpara de carburo, de uso corriente en las minas. Algunos de los comensales desocupaban el salón comedor, casi no se veía, cuando vino la hecatombe. Y el toque de alarma fue un enorme chillido que dio doña Micaelita desde su cuarto, cuando notó que inesperadamente se le iluminaba la estancia.
Segundos después estaba en la plazuela vociferando contra la impiedad de las gentes, que atemorizadas con el espectáculo celeste que se había presentado en el cielo, no atinaba como tomar la cosa.
La reunión improvisada había dejado sin parroquianos el negocio del chinito. Muy poca gente no había acudido a la plazuela. Y yo mismo, desde el patio, miraba silencioso aquel hermoso abanico de luz que parecía venir por encima de las nubes desde Puntarenas, sin darme una explicación natural del fenómeno.
Doña Chilita, después de las palabras de doña Micaelita, predicando moral y dura excomunión contra los pecadores, sacó su devocionario y dio inicio al Rosario.
Por instantes, curiosa lo suspendía para mirar al cielo aquellos hermosos focos de luz blanquecina que se corrían de uno para otro lado, poniendo un vistoso color plata a las cosas...
Estuve por más de un cuarto de hora buscando el cometa pero no lo vi por ninguna parte y meditaba en el fenómeno tan raro al que asistía, tal que no me había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo en la plazuela y las dos calles de la población. Se había suscitado un pánico colectivo.
Gente que gritaba despavorida; animales asustados corriendo en estampida por todas partes; viejecitas atacadas y doña Micaelita convertida por obra de las circunstancias en la guía espiritual del pueblo, hablando y gritando como una poseída. Otra señora del grupo con su rebozo al hombro aseguraba con tono doctoral: "Señales en el cielo, desgracias en la tierra".
De pronto se hizo la oscuridad, Vino el silencio, un silencio de expectación que luego trajo un poco de calma al serenarse los espiritus de la atribulada vecindad, pasaron las horas y nada. El espectáculo había durado escasamente una hora, pero había sido lo suficiente como para conmover las fibras de aquel pueblo, hasta el punto de que la "cueva del chinito", permanecía sola y sin parroquianos y en cada vivienda se oía bien que se rezaba. Yo me acosté al poco rato sin haberme dado una explicación de aquel fenómeno celeste y me dormí como un bendito. Al siguiente día desperté tarde. La población se había agrandado con la presencia de gran catidad de gentes asustadas venidas de los montes, que habían llegado a Manzanillo a buscar asilo. La ermita había sido adornada con flores y estaba abierta a la feligresía. Como yo había ido a esos lugares a hacer "unas cubicaciones" de una madera que tenía que recibir, alisté mi caballo y partí a la montaña, donde se me había indicado que se encontraban las tucas que tenía que cubicar. Por la tarde regresé al poblado. Casi nada había cambiado el panorama místico. Nadie quería que el final del mundo lo encontrase en pecado mortal y se daba maña para darse un toquecito de limpieza. La doña que manejaba aquel enjambre de locos, que no otro nombre podía caberles, seguía pontificando en las esquinas y el templo y no faltaba un ignorante que la viese como a una santa y recordando al Crucificado, creyera que con solo tocar un ruedo de su enagua, con eso tenía suficiente para obtener el milagro de su redención.
Tamaño susto me llevé cuando al pedir mi comida se me dijo que doña había ordenado un ayuno forzoso de todo el día, y que por tal motivo no se había hecho almuerzo ni comida en ningún hogar del pueblo. Pero más boquiabierto quedé cuando ví en la ermita al chinito con una candela en cada mano, haciendo votos de arrepentimiento en la siguiente forma:
"Chinito no sabe... Chinito no peca más... Chinito no son flegao... Chinito no son jolilo calajo y va legalá a elmita unas tejas de zinc que antes no quelías lal. Chinito no va a sel malo".
Cuando me pasó el asombro tuve que alejarme de aquel lugar a carcajearme. No aguantaba la risa. Pero el espectáculo llegó a su instante supremo cuando por orden de la misma doña, todo mundo se puso a cavar dentro de la ermita y a llenarse de barro la cara con aquella tierra santa, e inclusive el chinito.
Como pude lo saqué del templo y lo llevé al negocio para que me vendiera unas latas de sardina y unas galletas de soda. Tenía hambre. Cuando estuvimos solos me dijo en confianza:
"Jolila mujel, aquí vino con mucho gente a pedile mucho plata pa santo y yo sustalo tiene miedo y legalal dociento peso... pelo yo cleo sel mintila juicio final mundo".
Volví a reirme y casi me ahogo con los pedazos de galleta que me había metido en la boca. Tomé un sorbo de agua fría y me sentí mejor.
Pero mi asombro mayor llegó a su colmo cuando al salir de donde el chinito, ví venir hacia mí una procesión de fantasmas con una o dos candelas en cada mano. A la doña se le había ocurrido hacer una procesión de encapuchados, dizque para alejar al diablo del poblado, y como un loco hace ciento, pues frescamente aquella gente sencilla, se había prestado dócilmente para aquel pintoresco espectáculo, en aras de la salvación de su alma.
Como pude me escabullí y yendo por detrás a la pensión, me metí a mi cuarto y me acosté todo cansado. La noche ya se había metido por los carriles del pueblo. Me estaba durmiendo cuando vi de pronto inundada de luz la estancia. Otra vez se suscitaba el espectáculo grandioso de la noche anterior. Me puse la ropa y salí. Como el embarcadero quedaba a unos quinientos metros, tomé ese rumbo. Además, para las nueve de la noche se esperaba la lancha de Puntarenas y yo quería tener noticias del puerto. Muy lejos se oía el eco de los cantos litúrgicos de las gentes. En el muellecito encontré a Claverita y y nos pusimos a conversar y a reírnos de los hilarantes sucesos del pueblo.
Con poca diferencia de tiempo llegó la lancha y con ella la contestación al fenómeno celeste que tanto había conmovido las fibras del pueblo de Manzanillo y de los demás lugares de la costa.
El fenómeno, que no era tal fenómeno, lo habían provocado dos grandes reflectores, de dos fragatas de guerra niponas, que se encontraban surtas en el puerto, llegadas el día anterior a Puntarenas.
A mi regreso al siguiente día al puerto, todavía pude ver el magnífico espectáculo: tendían los reflectores sobre el cielo su halo de luz blanca y segadora unas veces y en otras sobre el horizonte, encima de las montañas en un abanico de luz plateado que daba la sensación de un retorno inesperado al día. No daba la luna una luz así. Como cerca de Manzanillo vivía un buen amigo mío en su finca "Estero del Barco", don Vicente Solano, le puse un telegrama aclarando el misterio y sugiriéndole que pusiera sus buenos oficios ante la doña, a fin de que aquella risible comedia terminara de una vez. Su telegrama contestación me dejó absorto y fue el siguiente:
"Con ayuda Agente Policía, tuve que amarrar la doña y la embarco por lancha hoy; llévela al muelle se convenza de su error, Si no, métala en el manicomio". V. Solano.
Esta es la historia que me ocurrió hace muchos años en Manzanillo de Abangares, que espero que les guste, y si no... ¡Qué le vamos a hacer! No tuve suerte.
Referencia: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 232-235. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
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