Tiempo perdido (HISTORIA JOSEFINA)

Tiempo perdido.

(HISTORIA JOSEFINA.)

A Juan de Dios Céspedes G.


Era del mes de diciembre

una noche fria y opaca,

y léjos, léjos el viento

indómito rebramaba.


De la Catedral las torres

parecian dos fantasmas,

de esos fantasmas de historias

que causan terror al alma.


En el reloj del cuartel

doce secas campanadas

sonaron, y el centinela

dió golpes con la culata,

tosió, estiró los brazos,

y levantando la cara

procuró que el cabo viera

que despierto vijilaba.


Un sereno recorría

su línea, la vez octava,

y al reflejo del farol

atónito su mirada

fijó en un bulto harto raro

que como una sombra extraña

reclinado en una puerta

quietamente se encontraba.


Muy previsor el sereno

se puso al instante en armas,

y emprendió muy poco á poco

hácia el bulto la avanzada.


Temblando, (tal vez de frio!!)

con el retaco apuntaba,

y para un caso fortuito

volvía hacia atrás la cara.

Ya un poco cerca—¡quien vive!—

gritó con voz fatigada,

y el bulto se estaba mudo

y de sitio no cambiaba.


Haciendo un esfuerzo heroico

se puso como á una vara

de distancia, y sorprendido

vió que era un hombre el fantasma.

El valeroso sereno

para cumplir su ordenanza

—¡quien vive!—dijo otra vez,

y el hombre ni señas daba

de ser objeto viviente.


El sereno ya con rábia

al fin decidió acercarse,

y dió al hombre en las espaldas

dos manotazos sabrosos.

—Diga usté como se llama—

voceó el sereno.

—¿Qué?—

dijo el hombre con cachaza.

—¿Cual es su nombre mi amigo?

—¿Qué?—

—Diga cual es su gracia.

—¿Qué?—

—Diga pronto su nombre.

—¿Qué?—

—Y vuelve á las andadas!

si no me contesta pronto

no le van á quedar ganas

de jugar con un sereno!

—¿Qué?—

—Verá si esto le agrada

clamó furioso el sereno,

mientras al hombre ensartaba

el tortol en la muñeca.

—Ahora no hay caso canalla.

—Ay ay ay ay nó soltame!

—Pues bueno, no tiago nada

pero decí ya tu nombre

gran zurriago de la trampa.

—No jugués soltame.

—¿Cómo?,

que no juegue? ah! gran lana!

—Pero hombre que me soltés.

—De aonde venís? ¿por qué causa

estabas acurrucado

en la puerta de esa casa?

—Hombre que me soltés hombre!

—Dejémonos de palabras,

—Pero hombre que me soltés!

—A la cárcel gran caramba

tenés que ir por sospechoso

esto el Código lo manda.

—No jugués hombre soltame!

—No sabia yo que espinaba

tu cabeza. ¿Y aonde está

tu sombrero papanatas?

—Pero hombre que me soltés!


A cada paso que daban

el sereno y el pobre hombre

cuestiones así intrincadas

se trababan que era un gusto.

Para caminar cien varas

gastaban (y no es mentira)

lo ménos dos horas largas.


El tiempo lijero huía

y la aurora ya asomaba

por sus balcones de Oriente;

y el labrador de su cama

saltaba precipitado;

y el poderoso entre sábanas

se preparaba á gozar

el sueño de la mañana;

y á su hogar el jugador

soñoliento retornaba;

era en fin venido el día

(y esto no es cosa muy rara.)


Nuestro sereno y el preso

al final de su jornada

en esta hora se encontraron;

es decir, que ya se hallaban

en la puerta de la cárcel.

Llamó el sereno: la aldaba

se oyó salir de su asiento

y el alcaide en una capa

envuelto salió á la calle.


—Señor alcaide, en batalla

he estado toda la noche

con este hombre, de unas trazas

no muy buenas: sospechoso

me pareció.

—Oh mal haya!

—Hombre que me soltés hombre!

Usando singular calma

dijo el alcaide al sereno:

—traer presos así agrada

á los serenos de hoy dia,

porque es una gran mamada

prender á un hombre indefenso;

pero lijeros escapan

cuando ven que el delincuente

no les teme y se les pára.

—Pero este hombre es sospechoso.

—Sospechoso? pela-papas

y no conocés al preso?

—No señor, pero pa nada.

—Pues se llama Pedro Mico.

—Si?

—Pedro Brincos le llaman,

Pedro, Pedrillo y Pedrules.

—Eh! tiene cara de rata!

—Pues no se almite en la cárcel

este pobre papanatas,

porque no siente el castigo

y la multa no la paga;

así es que ya soltalo!

—Juipipipia!!!.......

—Caramba!

—Domino sécula amen!!!!!!

Y dijo el sereno,—vaina!

fregarme toda la noche

para quedar hora en nada......

Y aquí la historia termina

de estas soberbias hazañas.


ARÍSTIDES.

(San José de Costa-Rica-1879.)


Referencia: Arístides. (18 de abril de 1879). Tiempo perdido (Historia josefina). El Preludio, (6), 68-69. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20preludio/el%20preludio%201879/dc-El%20Preludio_18%20abr_1879.pdf

Comments

Popular posts from this blog

El Credo Costarricense

Los gritos de la montaña

La Yarca