Ramona Jacinta Camacho

Natural de San Rafael de Heredia, se dice que desde joven fue mujer de la calle, alcohólica y que ejercía la prostitución. (8)

Se le conocía con el mote de Ña Fustes porque ya desde esos tiempos, al ajustar un contrato, decía "Afustemos" con una F muy marcada. (9)

También la conocían como "Pícale la gallina" o "Jacinta Pícales", ya que, una vez, trató de robarle una gallina a un señor italiano, quien la sorprendió infraganti. Ella le dijo que quería castigar al animal porque la había picado, a lo que el señor respondió:

― ¿Con que pícale la gallina? Pues cuidado signora...

Niños, e incluso adultos, tanto formales como informales y de diversas profesiones, disfrutaban de corretearla, gastarle bromas y hacerle burlas hasta el punto de hacerla llorar, por el puro gusto de verla encolerizada. (3)

Así lo confirma el Diario de Costa Rica, en su edición del 24 de julio de 1897, que dice:

"En la tarde de anteayer un grupo de chicuelos persiguió á una mujer llamada Jacinta y por apodo "Ña Fustes", encolerizándola al extremo d[e] hacerla llorar". (2)

Incluso le cantaban una coplilla con música y letra anónima que comenzaba:

 

"Jacinta tiene novio,

el novio no la quiere…"

 

Una vez, Jacinta tuvo un hijo ilegítimo quien murió al poco tiempo, y se corrió el rumor de que ella lo había matado para evitarse estorbos, por más que lo negara le decían:

― Sí, la mató.

A lo que ella respondía: ― No la maté. Se lo va a llevar el diablo por mentiroso.

Se encolerizaba y amenazaba con tirar piedras, pero no lo hacía por miedo a ser arrestada (3), y según Vargas fue arrestada por hacerlo una vez. (9)

Según Dobles, en el fondo era un alma buena, llamaba a las casas diciendo “¡Ave María!”, y todos los días iba a misa y recibía la comunión, encontrando en ella su único consuelo. (3)

Cuando llegó a la vejez, se le describía como una mujer fea, alta, delgada, erguida, desgreñada, con caderas salientes, nariz medio respingada, sin dientes y mirada triste; vestía una camisa de gola, un rebozo de algodón salvadoreño retorcido sobre el busto, un pañuelo rojo sobre la cabeza y una enagua azul de zaraza. (1, 9)


Para los tiempos del presidente José Joaquín Rodríguez Zeledón (1890-1894) trabajaba como carretonera (repartidora) en la Fábrica Nacional de Licores, llevando cargas muy pesadas por 25 céntimos -como mucho una peseta- las que solo bajaba para responder a las burlas con injurias y mentadas de madre. (9, 1). Empezó a trabajar ahí desde antes de 1888. (6)

En 1893, para las fiestas cívicas de la independencia, la familia Valerín hizo una mascarada a su semejanza. (9, 1)

― ¡Cómo, esa no soy yo! ― gritaba.

Y la gente se carcajeaba. (9)

Conforme pasó el tiempo, Jacinta perdió las fuerzas, y en 1902 perdió una pierna por una operación quirúrgica, por lo que comenzó a mendigar a los taquilleros, quienes le daban pesetas. (9, 7)

En 1904, junto con Joaquín Bolaños, Pedro “Micos” y “Bellezas”, formaba parte de un grupo conocido como los “Berrecas”, que figuró en las noticias de ese año por gritar ¡Viva Heredia! ¡Viva Heredia! por las calles, causando alarma a un policía por pensar que se trataba de un motín. (4)

Eventualmente, Jacinta enfermó de tuberculosis, y por recomendación del doctor “Nilo” iba por donde ordeñaran pidiendo que le dieran leche caliente en un tarrito de lata que siempre cargaba. Cuando se la negaban, decía:

― Es que solo aquí me dan. (3)

Una de las casas que frecuentaba era la de Ramiro Alvarado, donde era cristianamente favorecida. (9)

En 1913, un Cura la encontró agonizante tendida sobre la yerba de una calleja suburbana, fue llevaba al hospital San Juan de Dios y a los cinco días murió al amparo de la piedad cristiana. Sus restos fueron enterrados en el cementerio Calvo y se le hizo una cruz con dos reglas de madera.

Como última burla, algún trasnochador puso una banderita tricolor en su tumba y en la regla escribió como epitafio, en lápiz, "PÍCALE LA GALLINA", y como si no fuera suficiente, se inventaron la leyenda que dice que ella era una bruja que, con alfileres clavados en el corazón de un gallo puesto sobre el retrato de una persona, la mataba poco a poco sin que valieran rezos y menos médicos. (1, 3, 9)



Referencias:

1)      Acuña-de Chacón, A. (1970). La mujer costarricense a través de cuatro siglos, II Tomo, pp. 189-191. San José, Costa Rica: Imprenta Nacional.

2)      Diario de Costa Rica Año I, N. 21. (24 de julio de 1897). Crónica josefina, p. 3. En: https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201897/aar-Diario%20de%20Costa%20Rica_AnoI_24%20jul_1897.PDF

3)      Dobles-Segreda, L. (1928). Por el amor de Dios... edición de 2016, pp. 35-40. Costa Rica: EDEL

4)      El día: diario independiente. (11 de setiembre de 1904). Sugestiones mundiales, p. 2. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20dia/el%20dia%201904/ik-11%20de%20setiembre.pdf

5)      González-Feo, M. (1967). María de la Soledad: y otras narraciones, p. 201. San José, Costa Rica: Trejos.

6)      La república. (5 de febrero de 1952). Un organillo, un italiano y 3 piezas de opera por dos reales, p. 11. En https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201952/La%20Republica_5%20feb%201952%20parte%201.pdf

7)      La Prensa Libre. (28 de mayo de 1902). Crónica, p. 3. En: https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201902/LA%20PRENSA%20LIBRE_28%20MAY._1902.pdf

8)      Ruiz-Sánchez, M. A. (2011). Un siglo de amor paciente, pp. 133-134. Indiana, Estados Unidos: Palibrio. En: https://www.google.co.cr/books/edition/Un_Siglo_de_Amor_Paciente/YMF7PYAedxoC?hl=es-419&gbpv=1&dq=un+siglo+de+amor+paciente+p%C3%ADcale+la+gallina&pg=PA134&printsec=frontcover

9)      Vargas-Castro, M. (1952). ¡Oh tiempos aquellos! Antañerías, pp. 8-10. San José, Costa Rica: Imprenta Borrasé.



Anexo:

Pícale la Gallina

Luis Dobles Segreda


En la paz de esta tarde, entristecida por el invierno, he ido a buscar la paz del cementerio. Suelo acercarme hasta mi padre en el silencio magnífico de la Ciudad Doliente.

Perdida entre las cruces miro una banderita tricolor clavada en el testero de un montículo. ¡Una banderita tricolor! Pienso en la tuba de algún soldado a quien hubiesen despedido con la enseña de la patria. Me acerco. Ni una cruz, ni una señal que indique nada. Sola, la banderilla descolorida y rota, ondeando todavía, rendida del pedazo de regla clavado en el tesoro del montículo.

Observo el homenaje. Sobre la regla está escrito con lápiz este epitafio:

Pícale la Gallina

Pregunto al sepulturero que está cerca cavando en la tierra humedecida. 

—Sí, allí está la señora Pícale.

El silencio se hace profundo y solo se oye caer el chorrito de agua que canta, al escaparse de la llave entre abierta en el vecino tubo. La banderita tricolor no es un homenaje, es la última burla a una mujer a quien burló siempre la vida.

Pícale la Gallina, la llamó la ciudad entera. Dicen que las aguas del bautismo la llamaron Jacinta Camacho, pero de eso sólo quedó el Jacinta, se borró el Camacho por obra y gracia de la confirma que la dejó en Jacinta Pícale.

¿Por qué?

Por cualquier cosa. Porque una vez quiso robar una gallina y fue sorprendida con el hurto en las manos. Dio como excusa que trataba de castigar al animal porque la había picado. El dueño de la prenda era un vejete italiano: 

—¿Con que pícale la gallina? Pues cuidado signora…

¿Verdad? ¿Mentira? Que lo averigüe [Macabeo] Vargas [Castro]. La confirma se corrió y en la ciudad fue Pícale. Jacinta Camacho era desconocida, Jacinta Pícale, o mejor, Pícale la Gallina fue la más popular mujer de la ciudad.

La alegre chiquillería la enojaba en las calles con cualquier broma, con cualquier palabra. Y, hasta lo que no somos chiquillería, pero que a retos tenemos por dentro cosas de gamín, la poníamos rabiosa con hacerle una cruz doblando los dedos. La pobre mujer fingía un llanto ridículo, como de plañidera a sueldo, se explicaba, porfiaba, y así se iba todos los días, por todas partes, arrastrando su miseria, cogiendo cincos de las manos piadosas y oyendo tras sí zumbar las abejas de mil palabras burlonas con que la ciudad entera se reía y la mortificaba.

Cuando fue joven tuvo un hijo. Estas infelices tienen también su idilio trunco, su hora de amor y, un día cualquiera, se sienten ennoblecidas por la maternidad. Murió el chiquillo y Pícale, la pobre Pícale, ocultaba el pecado. Las gentes inventaron que ella había matado la criatura por evitarse estorbos. Y allí eran los dares y tomares de la infeliz Jacinta.

—Sí la mató. Gritaba cualquiera, y ella empezaba su eterna porfía para negarlo. 

—No la maté. Se lo va a llevar el diablo por mentiroso.

Cuando iba ya convencido a alguno, de otro corrillo salía la voz: 

—Sí la mató.

Y vuelta la explicación y la excusa, y vuelta a llamar en apoyo a las personas formales. Pero hasta las personas formales se divertían con ella y certificaban el crimen como testigos presenciales. —Allí están don Gerardo, don Octavio o don Mariano, que no me dejarán mentir.

Entonces se encolerizaba y recurría a la suprema razón: alzaba piedras. Amenazaba a tirios y troyanos, pero no acababa por dispararlas, temerosa de andar por las jefaturas de policía.

Los golfos, los limpiabotas, los rompebotas, sabían una coplilla anónima que comenzaba:

Jacinta tiene novio, el novio no la quiere.

La copla tenía música de otro anónimo y, silbada por los golfillos, era objeto de carreras, de alboroto y de zozobra. Y así vivió, desde el amanecer hasta que anochecía, siempre agitada por el mar en tempestad de la chiquillería, y siempre braceando para escaparse, sin comprender que al bracear se echaba encima toda la amargura del oleaje. En el fono era un alma buena. Todavía llamaba a las casas como en tiempo de nuestros patriarcas, con el: ¡Ave María!

Me conmueve esta manera de llamar a las puertas que es una evocación de tiempo más santos y mejores. Mejores que estos en que, avergonzados de invocar a María, llamamos con el estúpido: ¡Upe! ¡Upe!

Todos los días recibía comunión. Llegaba a la iglesia con un jarrillo de lata inseparable y lo metía en el cuestionario. Recibía la hostia, la santa hostia que consuela y visita a los desamparados de la tierra, a los pobres de espíritu, a los mansos de corazón, y luego se iba con el jarrillo pidiendo leche caliente donde quiera que ordeñaran. Como estaba tuberculosa, un médico, don Nilo, le dijo que tomara leche y constituía ya su necesidad y se deseo. Cuando alguien la despachaba a casa del vecino, porfiaba: 

—Es que solo aquí me dan.

En todas partes le daban, pero tenía que recurrir a la pequeña mentira para sacer verdad, la blanda verdad de su pizquita de leche. Hace pocos días, el señor cura, al ir una madrugada llevando la extremaunción a otro cristiano, la encontró agonizante, tendida sobre la yerba de una calleja suburbana. De allí la condujeron al hospital y, cinco días después, la sacaron las gentes de servicio.

Y aquí la dejaron, sin nombre, sin nada, como quedan los anónimos y los desamparados de la tierra. Quizá entonces vino tras ellas algún trasnochador que amaneciera con la banderilla de la última francachela, en la mano. Banderita que adornó la puerta del chinchorrillo en fiesta, o que sirvió de garrote para espantar a alguno.

Ahora, santificada, recogida en el silencio de este santo lugar, clavada en él, quizá por manos que hicieron al clavarla la última burla a la infeliz Jacinta, está sirviendo de cruz. A ella, a quien todos, por broma, le hicimos la cruz, habían de traerle también la suya, después de muerta, aunque fuera esta la última broma que le daba la vida.

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