Los Siete Negritos

2. El rápido enriquecimiento de don Chico

Prácticamente todas las narrativas coinciden en subrayar el súbito ascenso económico de Cubillo. Jerónimo “Chombo” Ortega, por ejemplo, nacido en 1909, contó cómo su padre trabajaba junto con Cubillo y otros peones en la finca de José María Obando. Según don Chombo, Cubillo “era un trabajador cualquiera como nosotros”. Luego Obando le prestó un poco de tierra para cultivar maíz, tabaco y frijoles, y “comenzó a trabajar”:

“Y ya cuando sintió que podía hacer algo más comenzó a comprar las yeguas, las vacas. Entonces él comenzaba a comprar vacas de diez colones, once colones, veinte centavos el kilo de carne. Y él se fue, y él se fue y ya a los tiempitos él compró su primer pedazo de tierra. Y ahí se fue el hombre trabajando, trabajando, trabajando y fue comprando pedacitos de tierra, pegándolos al primer lote que compró él. El Coyol, ahí fue donde él compró, a Claudio Chavarría. De ahí comenzó para adentro. Comenzó comprando, comprando, comprando todo, todas las fincas, parte por parte... Compró en la Jirona dos hectáreas y después siguió comprando ahí. Se hizo de 1600 hectáreas. Se fue poco a poco a la Penca, hasta llegar a Santa Cruz [a 20 kilómetros de Filadelfia]”.

Zoila Medina nació en 1903 y cumplió 88 años el 11 de julio de 1991, el día del eclipse total de sol. Algunos días después, hablamos con ella en la destartalada casa de madera que heredó de Francisco Cubillo, quien fue el padre de sus nueve niños. Al referirse a una de las mujeres anteriores de Cubillo, y aludiendo a los rumores misteriosos que siempre giraban alrededor de la figura de su difunto esposo, doña Zoila recordó que: “cuando él tuvo la primera mujer que le ayudó a trabajar, pasaron hechos [dificultades] sí graves. Él no tenía ni como darle la ropita a la mujer cuando tenía su chiquito. Era pobrecito. Y aquí se venía levantando, trabajando hasta que se hiciera ricachón. Trabajando, nada más. No porque tenía esas cosas malas”.

Las historias acerca de “esas cosas malas” –es decir, el pacto entre Cubillo y el diablo– emplean imágenes ricas que merecen un examen detallado. Algunos insistieron en que el diablo había dejado su marca en la espalda o en el hombro de Cubillo, una afirmación rechazada por doña Zoila, y calificada como “mentiras” y un “levante” [una calumnia], señalando que cuando fue con su esposo a bañarse en el río, vio que “tenía la espalda limpia”.

Otras versiones del pacto entre Cubillo y las fuerzas malignas destacan la existencia de unos objetos cuasimágicos dados a Cubillo por el diablo, o por sus hijos o asistentes, llamados por los narradores “los enanos”, “los siete diablitos” o “los siete negritos”. El más prominente de estos objetos es la alforja de Cubillo. Los “siete diablitos” se presentan como una fuerza de trabajo incansable, quienes laboran sin parar para el signatario del pacto diabólico y le ayudan a acumular riqueza, o como los vigilantes y cronometradores del demonio, quienes acompañan al signatario durante la vigencia del contrato. En un relato nicaragüense, “los siete negritos” son suficientemente pequeños para caber en una cajita de fósforos, que siempre es llevada por el individuo que firma un contrato con el diablo. Un relato proveniente de un pueblo cercano a Filadelfia, que es quizá un comentario sobre los males del lujo, la vida urbana o la intemperancia, dice “que [esos diablitos] existen en los grandes restaurantes, en los grandes bares, como el demonio va a tomar su parte en eso”.

El tema de la alforja como un símbolo de la riqueza figura repetidamente en las historias de Cubillo, indiferentemente de que se le vea o no se le vea como un regalo de las fuerzas del mal, y de que la narrativa particular trate o no trate el tema del pacto con el diablo. Doña Zoila contó la historia de una confrontación que destaca el sentido de humor irónico, y la disposición violenta, de Cubillo (un rasgo de su personalidad frecuentemente citado que, ya sea que fuera o no fuera premeditado, probablemente contribuyó a extender las creencias acerca de su malevolencia): “Decían que de noche don Chico iba a un potrero y que traía las bolsas llenas de plata porque tenía un contrato con el diablo. Una vez vino un señor de Belén con unas alforjitillas al caballo. —Don Chico, quiero hablar con usted. —Y bueno, espéreme. —Y mire don Chico, por el río Tempisque ¿es ahí que va a los potreros y viene con alforjadas de dinero y que tiene un contrato con el diablo y que tiene los diabliditos aquí? —dice. —Sí —dice—. ¿Quiere verlos? —Sí —le dice él, el hombre. —Eh, Fulano, Sutano, y vos Mengano. —Ellos vienen—. Estos son los únicos diablitos que tengo, un montón —dijo Cubillo, refiriéndose a sus hijos— [Mucha risa]. Y —espérese, espérese, no se vaya— le dice. —Señora, tráeme la pistola, la de plata. Yo le voy a dar plata a este señor y ¡basta de esta carajada! [Mucha risa]. Se fue corriendo. No le esperó”.

En algunos relatos, el pacto es visto como un pedazo de papel comprometedor, cuyo signatario o poseedor se convierte en alguien maravillosamente rico. Francisco Cortés, un agricultor de los alrededores de Filadelfia, narró lo siguiente: “La gente pensó que firmó un pacto, un documento, con el demonio por el hecho de que él, pues de la noche a la mañana, pues, a la noche no tenía nada y a la mañana sí. Porque hay un palo donde él tenía la casa, un palo de matapalo, ahí tenía el contrato enterrado. Ahí es donde Chico Cubillo se iba a reunir con ese hombre [el diablo]. Los peones cuentan que primero había un viento fuerte [y] que después se levantaba el hombre a conversar. Las nuevas generaciones han ido escarbándolo, han ido haciéndolo pedazos, buscando el tesoro que la gente piensa está ahí. De manera que el palo está chiquitico y ya se les perdió, porque el palo a todos los lados que lo vuelan se pega. Ya nadie sabe donde estaba”.

La imagen del matapalo es interesante en este contexto, a causa de la asociación que sugiere entre la extinción agresiva de la competencia, el pecado y la infertilidad, y los males de la riqueza monetaria. Después de todo, matapalo (nombre común para la Ficus populnea) es una designación apropiada para las enredaderas predatorias que crecen en los troncos de los árboles, los envuelven y los estrangulan en su red de raíces, uniéndose después para formar un tronco falso alrededor del huésped muerto. Otra característica singular de ciertas especies de higuerones, señalada como prueba de su maldad intrínseca en por lo menos una narrativa centroamericana de los pactos del diablo, es que parece que no florecen; sin embargo, producen fruta.

Como si estas realidades cotidianas no fueran suficientes, el higuerón fue también el árbol encontrado por un iracundo y hambriento Jesús; dándose cuenta de que no tenía fruta, lo maldijo, un día antes de echar a los mercaderes del templo. Al regresar a Betania, sus discípulos vieron que apenas un día después de la maldición de Jesús, el árbol se había secado, desde las raíces hasta la copa. Este vínculo de los higuerones con la maldad diabólica y la muerte es una intersección impresionante de las imágenes “populares” y “oficiales”. Sea que se haya originado en las alusiones bíblicas, o en la observación común, lo cierto es que también es un tema extendido en las letras hispanas contemporáneas, empleado por escritores tan diversos como el ensayista uruguayo Eduardo Galeano y el novelista español y ganador del premio Nobel, Camilo José Cela.

La idea de que don Chico tenía un contrato con el diablo no era en absoluto creída por todos. Muchas narrativas, al explicar su ascenso a la riqueza, enfatizan su trabajo duro y su astucia empresarial. Jerónimo Ortega y Eliécer Zúñiga, ancianos filadelfinos y dueños de pequeñas fincas en el campo cercano, todavía se maravillan con emoción de lo que ellos recuerdan como la inteligencia extraordinaria de Cubillo. Ortega relata: “Fue el hombre más millonario de Guanacaste... Y no sabía leer. Un hijo de él cuando ya estuvo grande le enseñó a leer y a sumar y restar. Y él sacaba cuentas así [indica la cabeza], mentalmente nada más. Y no fallaba...”. A lo que Zúñiga añade: “No fallaba. Era una computadora ese señor [mucha risa]”.

Ortega continúa: “Después compraba lotes de ganado de 200 ó 300 reses”. Zúñiga recordaba: “Con diferentes precios. Yo admiraba a ese hombre, porque tenía el corral ahí lleno y llegaba un día y [me dijo] ‘de aquí para abajo vale tanto el ganado y de aquí para arriba vale tanto’. Ta ta ta así. Había una división en el corral según el peso. Unos más gordos, otros más flacos. Así era ese hombre. De los que aquí hay en el colegio no hay ninguno con una cabeza como ese hombre”. Ortega asiente: “No, ¡qué va!”, y Zúñiga concluye: “¿Usted sabe lo que son cien reses con diferentes precios? Y decir, ‘y es tanto y es tanto’. Ni con el lápiz, con la cabeza nada más. Manejaba todas esas cuentas en la cabeza. Pura cabeza. Claro. En la cabeza. ‘Si me engañas, es porque quiero’, decía [risa]”.

Otro individuo, a quien su fe en las enseñanzas de la Iglesia católica le condujo a rechazar las historias del pacto diabólico de Cubillo como “leyendas” o “babosadas”, las explicó en términos de lógica social: “Él hizo mucho dinero muy rápido porque él, ya le digo, la sagacidad, la inteligencia que él tenía sobre los negocios, lo hizo hacerse grande... Pero ¿qué es lo primero que dicen? Es como si usted se encuentra una mina de diamantes siendo un pobre y a poquito lo ven con un Mercedes Benz, y lo ven con, que compró una gran mansión, que compró un yate. ‘Pero, ¿cómo diablos hizo, si el hombre no tenía dinero?’ ‘Pues seguro hizo un contrato con el diablo’. Porque no hay otra relación. Claro, si después se dan cuenta que usted se encontró la mina de petróleo o de diamantes o una mina de oro, y después lo convirtió en dinero... Él venía de Nicaragua con esa mentalidad. Y cuando llegó aquí se encontró la mina...”


Referencia: Molina Jiménez, I., & Palmer, S. (Eds.). (1992). El paso del cometa: Estado, política social y culturas populares en Costa Rica (1800-1950) (pp. 172-178). Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED).


Un reto al diablo

Ma. Mayela Padilla

—Qué fincón más lindo es ése—, comentaba Chus Morales una tarde muy soleada con Espiridión Corrales. Tiene un cafetral como éste y manzanos y naranjos y una quebrada que viene desde allá, de aquellos altos; tiene cuatro vacas yersi, un zacatal puro estrella y por ahí anda la bola de que esa finca está en venta porque don Roberto el dueño como que se va pa Grecia, y cobra millón y medio al contao por supuesto, y ah tirada uno tan pobre no tiene ni onde quer muerto mucho menos esa plata pa comprale a don Roberto. Y es que ya ve usté don Espi como ando de remendao, sin zapatos, sin sombrero y hasta mal alimentao que a como están hoy las cosas, a como todo ha subido analizando el asunto deja pérdida estar vivo. Al menos si uno se muere no ha de pensar en más nada, con suerte tal vez se salva de ir a parar a las llamas; y como le decía, don Espi, que si yo tuviera plata esa finca de don Beto de inmediato la compraba. Pero diónde cojo monis con esta gran chonetera. Si hubiera que hablale al diablo le hablaría de a deveras con tal de salir de pobre, de dejar esta miseria.

Al oir estas palabras el atento Espiridión le comentó a Chus Morales que él tenía la solución:

"Si querés hablar deveras con el pisuicas, yo sé sin ninguna jetonada lo que uno tiene que hacer. Yo es que soy muy religioso y la verdá, mire, Chus, a esas cosas del demonio mejor les hago la cruz."

"Ah, pero yo sí me animo a hablale a ese condenao' unque el chíspero que largue me deje todo quemao".

"No dudo que tenga ese ánimo, no dudo ni dudaré, pero la cosa es que tiene que agarrarse usté con él a machetazo pelao y se sabrá quién es quién: si usté lo logra vencer él será su esclavo eterno pero si el que gana es él va usté derecho al infierno."

"Pos me animo de a deveras se lo juro a usté, don Espi y pa que vea que nu'es vara agarremos los machetes y empiece a entrename ya después veremos el resto porque lo que es Chus Morales al diablo reta un día d'estos."

"Espérese hombre de Dios no sea tan arrebatao, ¿y si viene el mandador y los agarra jetiando? Espere que sean las dos y los vamos pa la casa y de camino ensayamos lo que a usté le dé la gana. Ah, otro asunto es que tiene que traese una olla'e fierro, siete gatos negriticos y arrempujalos adentro cuando esté el agua'e la olla como los diablos de hirviendo; además la leña usada debe ser madero negro y cuando vea que los gatos están chasparriaditicos puede usté llamar al diablo y sacar su machetico. Acuérdese de otra cosa, que tiene que ser un sábado a las doce de la noche en un lugar solitario".

"Pos le digo a usté, don Espi, que este mismitico sábado en este mismo lugar Chus Morales le habla al diablo."

Y siguieron los amigos muy contentos trabajando sin saber que el mandador los había estao escuchando bien acurrucaditico entre una cepa de caña; y al oir aquellas cosas se fue a buscar a Chepillo y le contó aquel vinazo pidiendo que le ayudara a disfrazarse de diablo pa pegale un susto a Chus la media noche del sábado.

Seis tardes se pasó Chus preparando aquel encuentro, lo que más le costó fue conseguir los gatos negros: anduvo por La Vereda, por San Luis y Turrujal, por Tablazo y Agua Blanca y hasta a Servilla fue a dar. Pero consiguió los gatos y una gran olla de fierro y pa volar machetazos estaba hecho un gran maestro. Y dispuesto a lo que fuera con el machete en la mano iba el sábado el tal Chus a enfrentase con el Diablo.

Empezó a alistar el fuego a las once de la noche, a los gatos los tenía amarraos en un gangoche. A las once y media el agua hasta que echaba vapor y Chus a veces con miedo otras veces con valor no espegaba ni un momento la mirada del reló. Le temblaban las canillas, le temblaban las quijadas, sentía un güecón en la panza, de arriba a abajo sudaba y como un tambor de orquesta el corazón le sonaba. Pero no se echaba atrás que pa eso era valiente y hasta los valientes tiemblan y hasta los valientes temen. A las doce menos cinco agarró el saco'e los gatos y lo echó a la olla'e fierro tapándola de inmediato; como un concierto'e violines empezó a sonar aquello, pegaban brincos y saltos siete pobres gatos negros pero la tapa ya estaba bien prensada con dos leños. En la iglesia'e San Inacio se oyeron claras las doce y el reló de Chus Morales también marcó media noche, y Chus sintiendo que el miedo le bajaba por los güesos llamó al diablo: "¡Satanááás! ¡vení porque aquí te espero dispuesto a salir de pobre o a ime pa los infiernoooos!"

Se llenó de olor a azufre todo el aire de repente y apareció un bulto negro con dos cachos relucientes echando un gran chisperío y blandiendo su machete. Entre el humo de la olla y el concierto de los gatos empezó la gran pelea: CHUS MORALES contra EL DIABLO.

El machete del pisuicas era puritico fuego, desde los primeros toques se dio cuenta Chus de aquello. Tras de que era el puro diablo traía ventaja de feria pensó Chus pero siguió derecho como hombre que era. Los machetazos silbaban y chocaban con estruendo, las matas del cafetal iban quedando en el suelo. A la una'e la mañana no paraba aquel combate, largo trecho habían andao ambos pa'trás y pa'lante, a las dos de la mañana iban saliendo al camino, Chus de cansado que estaba ya temía por su destino. Lo que hubiera por delante al suelo se lo llevaban, ya la ronda del camino chapiaditica quedaba. El machete a Chus Morales a las tres se le quebró y le quedó sólo el cacho para defender su honor. ¡Ahora sí me llevó el diablo! dijo Chus pa sus adentros recibiendo un gran planazo en ese mismo momento que lo dejó desmayao tendiditico en el suelo.

Chus cuando se despertó iba camino a la casa, cuatro piones de la finca en sus hombros lo llevaban. Era domingo y la gente se arremolinaba al verlo con el cuerpo lleno'e llagas, la ropa llena de güecos, sin hablar media palabra, chasparriaditico el pelo y una jediondez a azufre que la verdá, daba miedo. Se empezó a regar la bola que le había salido el diablo y que fueran pa que vieran el caturral chasparriao; que la medalla'e la Virgen que llevaba en el pescuezo fue lo que lo había salvao de parar en los infiernos.

Al darse cuenta Chepillo de lo que había sucedido se fue a hablar con Luis Umaña cabizbajo, arrepentido. Le remordía la conciencia y pedía perdón a Dios porque él había fabricao el disfraz del mandador para que el sábado a Chus le diera su vacilada sin pensar nunca que fuera una broma tan pesada.

Pero sucedió que Luis venía llegando a caballo desde allá, de Sabanillas onde tenía su ganado: porque estaba una vaca enferma viernes le avisó Renerio y el sábado se había ido a ver si tenía remedio.

Al oir lo que pasaba mediante su gran amigo Luis Umaña el mandador se puso paliditico, hizo la cruz con dos manos apiándose del caballo: "Chepillo, por Dios le juro que yo me fui ayer temprano Créame usté por la Virgen, créame lo que le hablo, ¡a ese pobre Chus Morales ¡de verdá le salió el Diablo!


Referencia Bibliográfica (APA 7)

Padilla, M. M. (1993, 5 de agosto). Un reto al diablo. La República, p. 12. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201993/La%20Republica_5_3%20ago%201993.pdf


La Semana Santa y el Diablo

—un diálogo entre Máximo Pérez, Amalia Bermúdez, Vilma y Marilén Pérez B.

Máximo: Los Viernes Santos, un limón a las puras doce, las semillas que puede tener entre la fruta usted se las saca...

Amalia: ...del tallo.

Máximo: ...diay sí, del palo. De cualquier parte. Va con una cuchilla le ve una roncha, usted va y la escarba. ¿Qué otra cosa se sucede?

Amalia: El carbón a las ocho de la mañana.

Máximo: A las ocho. ¿No es a las doce, también?

Amalia: A las ocho.

Máximo: ¿Uno escarba en qué?

Amalia: En el suelo.

Máximo: Y halla carbón.

Amalia: Máximo, yo tengo la idea de que el limón es a las ocho, también.

Máximo: Doce en punto. Las doce.

Vilma: ¿Del día?

Máximo: Sí. Y así, a esa hora es la hora de ir a la montaña a quemar los gatos. Para que los gatos hagan bulla, y mediante esa bulla, llega el viento. Y con el viento llega el amigo¹. Y hay que hablar con el amigo.

Amalia: Al que aguanta, ¿ve'dá?

Máximo: A los gatos hay que...

Vilma: ¿Cocinarlos vivos?

Máximo: Mm mm.

Vilma: Ni quiera la araña.

Máximo: Claro.

Amalia: Usted se imagina los aullidos.

Máximo: Exactamente. Sí.

Vilma: ¿Cuántos? ¿Un gato?

Amalia: Siete.

Máximo: Siete gatos.

Marilén: No alcanzan.

Máximo: Y vos sabés la cantidad de ruido que hacen siete gatos sintiendo calor a...

Amalia: Esto es así, ¿verdad?, sin oírlos quemando... que como hacen de feo.

Máximo: Y ahí con ese ruido llega el viento. Y con el viento llega el Chato², y ahí es cuando ya llega y habla, qué es lo que quiere. Uno le tiene que hablar. Esto si se halla valor, ¿verdad? Y si no, pelota atrás³ y sale huyendo. Y uno tiene que decirle qué es lo que quiere, si se anima, ¿ve'á?, y él le pone la condición. Y si no acepta, se hace su «no».

Vilma: ¿Y si no acepta, se va con él de una vez?

Máximo: No, porque uno queda en la plena ruina.

Vilma: Yo me imagino que mientras probó⁴ ya hasta ahí llegó toda la vida de él, ¿verdá?

Máximo: Si uno pudo hacer algo así, en plenas condiciones lo hace. Pero ya una vez que entró en ese plan, no le funciona nada.

Vilma: Sí, yo me imagino que mientras que uno lo vea, ya hasta ahí llegó la vida de uno. Ya se arruina.

Máximo: Dicen que una vez llegó uno y andaban dos haciendo el trato. Resulta que...

Vilma: ¿Tenían que quemar catorce gatos o con sólo siete se la jugaban los dos?

Máximo: ...ah, bueno que llegaban y ya se cumplían, entonces él tuvo que ir a hablar con el hombre⁵, no sé qué, ¿verdá? No sé qué tenía que ir a discutir o arreglar el asunto. Pero el otro llevó un amigo. Y ya entonces llegaron y a'onde llegó el otro, llegó transformado en un hombre. Y le dice, «no, no», dice, «vos tenés que irte conmigo». No sé pa'qué, le puso ahí las condiciones. Y dijo que «no», que «mirá», que «no, no», y lo agarra de la mano. Y se lo lleva y el hombre va pa'rriba y va pa'rriba y le dice al compañero, «¡líbrame!, ¡líbrame!» Y le voló un machetazo y le apió la mano. Y el otro que iba pa'rriba, se llevó la mano, y él que cayó, cayó chingo. Y aquel se fue con la mano, ¿verdá? Pero entonces el amigo salvó al compañero. El compañero salvó al que se iban a llevar.


¹ Diablo

² Diablo

³ Defecado del miedo

⁴ Intentó llamar al Diablo...

⁵ Diablo


Referencia Bibliográfica (APA 7)

Stocker, K. (1995). La Semana Santa y el Diablo. En Historias matambugueñas: Una antología de historias, recetas típicas y remedios caseros recogida en la comunidad de Matambú (1.ª ed., pp. 101–103). Editorial de la Universidad Nacional.


El Alma de Juan

Autor: Paulo Rodríguez Fallas (Seudónimo: "Dulce Brisa") Lugar: Dota

Allá en Santa María de Dota, San José de Costa Rica, cuando corrían los años cuarenta se le apareció la muerte a Juan, y le dijo te quedan tres años de vida, haga lo que sea, pues, ya son los últimos de tu vida. Lo primero que pensó Juan, fue, como disfrutar al máximo esos tres años.

Preguntó a unos ricos y le dijeron que con una olla negra de hierro y un gato negro sin pelo de otro color, retirándose a un cruce de camino, a las doce de la noche, un día Viernes... poniendo a cocinar el gato, sin destapar la olla, haría un demonio.

Juan se fue a Vara Blanca y escogió el lugar. Contaban nuestros agüelos, que en este lugar, no debían oírse el canto del gallo, pues esto le recordaba al demonio el arrepentimiento de San Pedro y el demonio no hacía trato. La olla no debía destaparla sino en su debido tiempo. Juan dijo y decidió que lo haría un día viernes 13. Consiguió una olla, como se lo indicaron. Para encontrar el gato negro, habló con un vecino, quien le vendió por 613 colones, el felino.

Se puso en camino, llegó al lugar, eran como a las once de la noche, encendió fuego y puso al gato a hervir, este al sentirse cocinando, comenzó a llamar los diablos maullando: "...dmiablou.... dmiablou..., etc.", los vientos comenzaron a soplar, se soltó un fétido olor a azufre y hay algunos que dicen que bajó fuego del cielo, por lo general dicen que hoy en día no crece vegetación ni árboles en ese pequeño lugar. El gato se convirtió en un pequeño demonillo. Juan tenía instrucciones de que debía alimentarlo, los días viernes, con limadura de un cuchillo y que este le concedería lo que fuera, pues lo cierto es que Juan le pidió al demonillo, que le concediera una billetera que siempre tuviera cien mil colones.

Nuestro personaje, con este dinero compró varios carros, ropa nueva, asistía a todos los bailes de la zona, consiguió varias mujeres y todas las comodidades que el dinero puede dar. Pasó el primer año, y todo muy bonito y bueno, a mediados del segundo año se vino una carestía terrible. El afortunado de Juan, tenía familiares bien acomodados, también pobres, él decía que los ricos lo salvarían en este mundo y, los otros pobres, allá en el reino de los cielos, a esto se atenía por un lado.

Resulta que en Santa María había un soldado muy valiente llamado Pedro, que le pidió que le auxiliara con comida y dinero. Juan vio la forma de aprovecharse de la ocasión, y le dijo: "te doy lo que me estás pidiendo a cambio de que me acompañes al sepelio, y que, también, estas primeras horas después de las doce de la noche, durante tres días después de mi muerte, ya que como dicen los entendidos y acertados en la materia, el demonio se presenta en esos días después de las doce de la noche a tomar el alma del ayudado".

Pasó el primer día y el valiente no vio nada extraño y así el segundo día. Se dijo para sí, se quedó la visita para el tercer día. Efectivamente, la tercera noche, se le aparece y el soldado como valiente, al ver al demonio le dijo que le dejaría en paz si le llenaba las botas de cuero de monedas de oro y plata. Al diablo le pareció bien, y le dijo que le llenaba las botas de monedas mencionadas, si también le daba el alma; eso sí, tenía que darle tiempo de irlas a recoger entre sus agarrados seguidores y adeptos. El demonio pensó que iba a tener la posibilidad de tener dos almas.

Pedro, como no era nada tonto, hizo un hueco a las botas hacia la suela y las puso en una tumba que tenía un agujero. Lo cierto es que el cachudo pasó durante cinco horas recogiendo las monedas entre sus adeptos y seguidores agarrados y las "botas" no se llenaban. Dieron las cinco de la mañana y el diablo dijo a Pedro que ya iba a clarear y que tenía que irse al infierno; inmediatamente el alma de Juan se salvó y Pedro quedó con una fortuna grande de monedas de plata y oro. Por ahí cuentan que él hizo lo mismo que Juan al morirse.


Referencia en formato APA 7.ª Edición

Rodríguez Fallas, P. (2005). El alma de Juan. En S. Quesada Vanegas, E. Troyo Vargas, & A. Y. Vargas Quintanilla (Eds.), Cuentos, leyendas, anécdotas e historias de vida de la zona de Los Santos (pp. 129-130). Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes; Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural. https://www.patrimonio.go.cr/ver/biblioteca_digital/publicaciones/2005/certamen_tradiciones_2004.pdf


Maullidos en el bajo Dorotea

En el Bajo Dorotea vivían pocas familias: La familia de Abdón, la de Efraín, la de Nitos-Pitirré, los Picado Morales y la de la propia Dorotea. Ese sector siempre fue un sitio bonito, tranquilo, de buenas personas. Aun así, no hemos de confiar en lo que se ve o se dice de la gente.

A quien transitara por ese lugar, fuera de noche o de día, se le recomendaba ponerse en manos de Dios porque ahí los espíritus vagabundos aterrorizaban a las personas. Por ejemplo, quien iba a caballo era común que el animal se espantara a toda carrera dado que algo lo atormentaba. Terminado el martirio que padecía la bestia, le surgían en la crin nudos irreconocibles y dificultosos de deshacer.

Era común ver en el Bajo Dorotea gatos negros que con ojos chispeantes y ambarinos, deambulaban. Estos gatos feísimos, maullaban a todo galillo, tal que se oían sus lamentos desde El Alto de Toña. ¿Quién llevó a estos inofensivos animales hasta ahí?

Si la noche estaba con neblina o lloviendo menudito, seguro que algo iba a pasar. Si la luna se veía bonita en el cielo estrellado, también. Siempre se consideró extraño que los vecinos no se dieran cuenta de los espíritus vagabundos que merodeaban por ahí. Nada se decía del asunto, tampoco se mostraban asustadizos si alguien se refería a los extraños maullidos que, por lo general, se escuchaban en el barranco de la quebrada.

—Debe de ser algún animal de agua que nunca hemos visto, o cualquier tontera que oyen ustedes los creyenceros en esas necedades —decía de mal modo Efraín a quien siempre le repugnó hablar del asunto.

—Parece que esas gentes del bajo se hacen los desentendidos porque ni fu ni fa —expresó Toña Cerdas que vivía al otro lado. Pasara, lo que pasara, Toña atravesaba por ahí porque no le quedaba alternativa para llegar a su casa. Toña Cerdas tenía un carácter fuerte y decidido, nunca se dejó amedrentar por espantos, brujerías ni otros asuntos de esta índole.

Otra persona que con frecuencia se le veía pasar era el chiricano Arnobio Caballero que nunca habló con nadie.

—¡Chiricano raro! —decía Monchita cuando lo veía cabalgando una mula café. Lo que menos imaginaba Monchita es que el chiricano andaba en busca de los siete negritos diabólicos. Esos siete negritos no era más que un trato con el Diablo que el chiricano quería con el fin de adquirir poder, bienes económicos y amores.

—Y qué llevará en ese saco que se le corcovea —nos preguntábamos al verlo con sus cargas casi inmanejables sobre la mula.

—Ese chiricano desgraciado —señala Toña a fuertes voces, tiene una paila de fierro en el barranco de la quebrada, así como la que tiene el brujo hechicero que curó al Humatoro. La pone a hervir, y a mí se me pone que hierve gatos vivos.

—¡Ingrato ese! —murmura Monchita en la ventana de su casa, desde donde lo ve pasar casi todos los días como a las siete de la noche.

—¡Ajaaaaaá!, y eso es un puritico trato con el Demonio. Fíjese usted Monchita que los que quieren esos tales negritos ponen a los gatos al hervidero. Le meten fuego y fuego a la paila y esos poreciticos animales hasta que yeden a azufre. Los hierven hasta que cada gato se convierta en un negrito satánico del tamaño más o menos de un jeme, —contaba Toña Cerdas que se la sabía perfectamente en brujería y santerismo, pero no practicaba.

—Fíjese usted, Monchita que un gringo allá por Aserrí tenía esos negritos. ¡Oigame, es cierto! En el día los negritos le cuidaban las cajas fuertes, llenísimas de plata. De noche salían a trabajar y le traían más y más plata a ese gringo malo.

—¡De verdá Toña, que esas cosas son el puro Pisuicas! —dijo Monchita y continuó —por dicha mis hijos no andan en esos portes, gracias a Dios y a la Santísima Trinidad. Nada de eso me preocupa, pero que un chiricano como ese and'iai pa' rriba y pa' bajo con eso de gatos negros cocidos, en algún momento a los muchachos míos les puede entrar curiosidá —apuntó Monchita.

—Y, yy, yyy, esos pobres animalitos son los que provocan los aullidos. Ya nadie quiere pasar por el Bajo Dorotea. Óigame Monchita hasta de día se oyen berridos qui' a uno se le paran los pelos de puntillas. Dicen que ha hervido más de cincuenta gatos y no llega al punto de tener los negritos, o sea le falta truco a ese chiricano.

Señoras, ¿ustedes saben por qué no puede ese chiricano hacerse de los siete negritos? —dijo Marino Ramírez, un vecinillo feo del Alto de Alonso—, es que no lo hace como debe ser. Mire, mire se consigue una olla de hierro grande de las que llaman perola, luego se busca un gato negro, bien negro, sin ningún pelo de otro color. Con tres tinamastes hace un fuego de leña bien buena, ojalá que sea de guayabo o de guaba. Busca una tapa bien pesada para la olla y una piedra bien grande para ponerle encima. ¡Claro tiene que ser un día de luna llena! El fuego se enciende a las once de la noche. Se coloca la olla a calentar, para que a las doce esté al rojo vivo. A las doce en punto se echa el gato a rostizar; que sea solo un gato y no siete. Se tapa bien la olla y en poco tiempo tendrá siete negritos que le conceden todo lo que usted quiera, pero tiene que darle el alma al Cachón.

Así Marino Ramírez, con su gesto de maldoso particular terminó de decir a Monchita y a Toña que casi no le ponían atención, a pesar de que no le apartaban los ojos de la cara donde escondía sus ojillos achinados y su naricilla de duende maloso.

—Chiricano matagatos —le gritaban los chiquillos y salían huyendo por la bajada del potrero de Patrocinio. El chiricano ni levantaba la mirada. Llevaba el rostro metido dentro de un sombrerón. Era poco lo que se sabía de la forma de su cara u otros rasgos para reconocerlo y denunciarlo. El Jefe Político, Trino Montero, hizo gestiones para capturar a ese chiricano perverso, y nada.

—Es que uno lo va a agarrar y se vuelve viento con to' y mula. Después de que ni se ve, soplan remolinos de aire hediondo que se lo quieren levantar a uno —decían asustadísimos los policías que trataron de detenerlo frente a la pulpería de Picocha, y ahí mismo se les convirtió en un pájaro picudo grandote, tal si fuera un dinosaurio volador. El chiricano siguió pasando hasta que la gente se olvidó de él. Entonces no volvió a pasar.


Referencia: Arce Navarro, L. E. (2010). Cuentos del General. Ambal. (pp. 79-82).


Los siete negritos

Cuentan los viejos del pueblo, que vivía en la ciudad de San Isidro del General un hombre llamado Jenaro, que hizo pacto con los siete negritos, harto de una vida pobre, en la que tenía que sudar demasiado en los cafetales para llevar el sustento a casa y víctima de una mujer histérica quien le hacía arrebatos de malacrianza frente a sus amigos -en el mero mercado o en pleno parque- y todo porque él no le podía proveer todos los caprichos que ella miraba en las mujeres que venían de San José.

En el barrio, los vecinos lo trataban como un perdedor, porque él desahogaba sus penas en la cantina.

Pasaron años de vivir en la misma rutina, sin que nada cambiara nunca. Su esposa se volvía cada vez más insoportable, y con regularidad miraba un vaso con el terrible polvo para la mezcla de gramuzón. Un solo sorbo de ese brebaje lo desaparecería del mundo para siempre; no quedaría ni el recuerdo de su miserable existencia, y su mujer... que se la llevara el diablo. Él sabía que podía hacerlo. Algunos de sus tíos lo habían hecho antes, y ya a él nada le importaba.

Aquella tarde noche se dirigió a la troja, aprovechando que su mujer andaba en un rosario. Para su desgracia, la luz de la troja se quemó en ese momento, así que quedó a tientas. No podía ver nada y tanteando en la oscuridad, para su mala suerte, tocó una culebra que había enroscada en la horquilla. De inmediato lo picó en el brazo y al no saber qué clase de bicho era, salió disparado dando voces de auxilio.

Algunos vecinos oyeron los gritos, así que lo llevaron en carreta al hospital de la ciudad, que quedaba como a unos veinte kilómetros de ahí, por un camino de barro ocre. En esos momentos, el cielo se partió y dejó caer un torrencial que empapó al herido y a los que trasportaban la carreta de bueyes.

Pasaron un par de meses, y Jenaro seguía en el hospital internado. Al parecer había sido una terciopelo la que le había herido el brazo, pero con tan buena suerte que era vieja, así que el efecto de su ponzoña no fue tan poderoso como lo suele ser en el caso de las más pequeñas y jóvenes serpientes. A Jenaro le habían hecho una incisión en la piel para extirparle el veneno con el método de succión, la cual los doctores trataban de curar con yerbas y ungüentos.

Fue en un día aburrido de hospital que Jenaro conoció a ña Luz. Una viejecilla encorvada de pelo trenzado y gris, que tenía muchas trazas de bruja. La conoció cuando lo llevaron a los pacientes a un salón que allí tenían para hacer bingos y cosas de esas. Los sentaron al lado, y se pusieron a jugar cartas mientras charlaban. La vieja encendió un puro de tabaco muy pestilente y parecía tener mucha seguridad en sí misma; mientras hablaba toda una sarta de babosadas con Jenaro, que había aceptado jugar con ella para matar el aburrimiento que le tenía casi loco.

Atentamente, escuchaba a su interlocutora hablando de cosas raras, lanzando bocanadas de humo al aire. Así duraron un poco de tiempo sin que nada de lo que ella dijera tuviera sentido, hasta que tocó un tema que atrajo su atención.

—Los siete negritos —dijo ella con una voz ensombrecida.

—¿Qué son? —preguntó Jenaro con cierto tono de burla.

—Mucha gente llega a desesperar a veces —se apresuró a contestar con una sonrisa en su boca de labios finos–. Y entonces recurren a una última salida.

En este punto, Jenaro tragó grueso, y las pupilas se le dilataron ante la vibra oscura que percibía en aquella bruja santera.

—¿Una última salida? —interrumpió él– cuénteme de qué se trata.

—Bueno, en realidad se trata de algo sencillo, pero se requiere de mucho valor.

—Continúe, señora. Ya habló, ahora acabe la idea; yo no le tengo miedo ni al mismísimo Pisuicas —dijo Jenaro con ansiedad.

—Los siete negritos se han usado por siglos. Tú haces un pacto con ellos, y te darán todas las riquezas del mundo. Por siete años, serás dueño de los deleites con los que siempre soñaste, con todo aquello a lo que en tu miserable vida nunca podrías aspirar.

—¿Y luego qué?

—Luego se acaba el tiempo del contrato, y todo termina —sentenció la vieja con una mirada ensombrecida por el misterio.

Jenaro sintió algo así como un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, y también su pulso el cual le temblaba con violencia, cuando le daba taquicardia.

—¿Y cómo los encuentro? —se atrevió a preguntar asombrado aún por lo que acababa de escuchar.

—No creo conveniente decirte la manera. No quiero ser responsable por lo que te pueda pasar después.

—Dímelo, y te daré lo que me pidas...

—¿Lo que te pida? —dijo pensativa–. Siendo de esta manera, escucha bien lo que haz de hacer. Primero debes subir a una montaña solitaria una noche de luna llena, y llevar un caldero con siete gatos negros. Luego, cuando estés allí, buscarás un claro en medio de la arbolada, y pondrás tres piedras en los que reposarás el perol. Seguidamente harás un fuego, y dejarás que la olla se ponga al rojo vivo.

Jenaro se puso muy nervioso, y notó que la vieja lo miraba con ojos extraños, con un fuego en el iris.

—Finalmente, echarás los siete gatos dentro del caldero en seco. Sus gritos serán tan desgarradores, que el Señor de la Noche los oirá, y acudirá a ti para cumplir tus deseos. Pactarás con él, justo a la media noche, y no deberás mencionar mi nombre por nada del mundo —Jenaro tragaba grueso al oír aquellos espeluznantes procedimientos.

—Cuando él se haya ido, irás de inmediato a la caldera, y deberás sacar de allí a los siete negritos, unos muñequitos del tamaño del pulgar, a quienes acudirás cada vez que te propongas algo. Ellos han asistido a mis ancestros desde tiempos remotos, y también lo harán con el que invoque su poder. Deberás guardarlos en una cajita fabricada de cedro, y revestida de terciopelo. Colocarás la caja en un cuarto oscuro, y cada siete días le pondrás a la par un puñado de alfileres y chinches sobre un pañuelo, junto a una copa de vino tinto. Ese será su alimento, y no deberás fallar nunca.

—Todo esto parece una locura. Sin embargo, en caso de ser cierto, ¿cuál es el precio de su secreto, señora? —preguntó Jenaro de mala gana, y con cierto temor a la vez de tratar con una viejilla tan mañosa.

—Bueno, tú sabes. Son muchos años ya de estar sola...

Jenaro, muy asqueado por lo que esa vieja degenerada le había propuesto, aceptó la petición, y prometió visitarla tan pronto saliera del hospital en tres días. Ya nada le importaba en la vida más que una sola cosa: tener aquello que se le había negado desde siempre. Por fin tendría el respeto de todos. Ya no sería más el fracasado que todos pensaban que era.

Pasaron unos meses desde aquella tétrica conversación en el salón de bingo, y Jenaro había regresado a su vida normal. Con el pasar de los días, fue olvidando tanto a la vieja, como la historia increíble de los siete negritos, la cual no había acabado por comprender. Poco a poco, la rutina se fue apoderando de su vida otra vez, que trascurría entre el cafetal, la casa y la cantina, y volvieron así los mismos problemas que tenía antes de ir al hospital. Su mujer cada día se volvía más insolente con él, y a cada rato lo humillaba, ya fuera en la casa, o en público. Al poco tiempo comenzó a pegarle con lo que tuviera en la mano, con sartenes, la escoba o con una verga de toro que había en la troja. Todo lo soportaba estoicamente, hasta que llegó el fatídico día en que se colmó su paciencia.

Hacía algún tiempo atrás, había estado llegando a la casa un hombre con el pretexto de que quería comprarle una porción de terreno a Jenaro, para hacer una huerta o algo así. Comenzó a llegar con regularidad, y finalmente el trato fue hecho, sin que por esto dejara el señor de llegar. Sucedió que una mañana a Jenaro se le olvidó un abono que necesitaba para el almacigal, así que tuvo que devolverse enseguida a traerlo.

Cuando llegó a la troja para buscar el saquito, escuchó como unos ruidos que salían de la quebrada. Se acercó con cuidado, y no tuvo dificultad en comprender que se trataba de una mujer haciendo su travesura con algún mozo. Pronto divisó por la poza a la pareja, quienes estaban bajo unos ramazales, desnudos y besándose muy apasionados.

Jenaro, quien tenía un sentido de humor negro muy agudo, cogió una piedra para asustarlos. Cuando se las tiró, la pareja salió asustada y se levantaron de inmediato para ver quién era el mirón que los molestaba. De pronto, Jenaro se quedó mirando incrédulo que era su propia mujer la que yacía en cueros con el tipo que les había comprado la parcela, quienes al no ver de dónde provino la pedrada, habían emprendido la huida por entre el montazal, sin advertir quién era el que los había descubierto. Destrozado el hombre por dentro, aulló con espantosa agonía:

—¡Esta vida no vale nada!

Eran las doce en punto, y la luna que resplandecía en el medio cielo no podía ser más brillante. Había llovido toda la tarde, y por eso algunas matas aún goteaban, cayendo en charquitos por todas partes. La olla estaba al rojo vivo, y los gatos, todos mojados, maullaban con desesperación entre el saco de gangoche, arañándose entre sí. Fue entonces cuando Jenaro, en un acto de suprema bestialidad, y sorbiendo el último trago de contrabando que le quedaba mientras miraba la luna llena en el medio cielo, abrió la boca del saco y fue echando uno a uno los siete gatos, quienes pegaban unos aullidos desgarradores dentro de la caldera incandescente. Fueron unos instantes nada más, y de repente todo quedó en silencio...

Un viento misterioso comenzó a soplar en dirección al norte, y al campesino se le helaron los huesos. Allá por donde se divisaban unos arbustos en medio de la noche, un punto negro empezó a crecer rápidamente, mientras despedía una extraña bruma desde sí mismo. En cuestión de segundos, el Señor de la Noche se hizo presente allí en el claro del bosque, frente al semblante enrojecido de Jenaro.

Diez meses después de aquella noche de bizarros sucesos apareció un señor de gran porte en medio del Mercado Central de San Isidro del General. Llevaba un enorme sombrero de ala ancha, color blanco y una gruesísima cadena de oro colgando de su cuello. Se paseaba con mucha jactancia por los trillos del mercado, haciendo alarde de sus billetes, los cuales no cabían en la cartera. Iba de un lado para el otro, y de repente se paraba en una esquina por donde tal vez había una soda llena de gente, sacaba su buen fajo de billetes, y con una gigantesca actitud de mezquindad se ponía a contarlos uno a uno frente a todos. Fue cuestión de días para que ya todos hablaran de él en la ciudad, como el hombre más rico de allí, y tal vez de toda la zona sur.

Pasaron algunos años, y la fama de Jenaro llegó incluso a la misma capital. Dueño de fincas, empresas empacadoras de piña, líneas de transporte de café, y así una descabellada cantidad de negocios por todas partes, lo que le había dado muchísimo dinero, sin menospreciar todo el favor político del que le hicieron merced. Fue durante este tiempo que planeó vengarse de su ex y su amante, los dejó en la ruina con unas hipotecas bancarias. Conforme aumentaban sus riquezas, también se alimentaban sus malos sentimientos. El despotismo para sus empleados llegó a ser monstruoso. Lo único que nadie entendía era por qué nunca se veía acompañado de ninguna dama, a pesar de tener tantísimo poder.

El viejo solía frecuentar costosos restaurantes y bares en la capital, donde se reunía con amigos de igual poderío para jugar al póker. Él les relataba la historia de que había sido muy pobre y que de la noche a la mañana había hecho fortuna con un negocio que inició; un recibidor de café que logró hacer con la venta de la parcela. Luego de café que logró hacer con la venta de la parcela. Luego de que construyó otros más, y, por último, se compró dos camiones para transportar cosechas. Así había iniciado su fortuna. Por supuesto que esta historia asombraba a todos, pero ellos sospechaban que debía haber algo más; algún oscuro secreto que le daba tanto éxito en todas sus empresas sin perder nunca ni un solo céntimo. Cuando se pasaba de copas, alguno que otro trataba de enredarlo para que revelara la verdadera fuente de su riqueza, pero él siempre los lograba esquivar.

Algún tiempo después, quizás por el peso de la culpa, llegó a revelarle su secreto a alguien. Fue una noche de verano, en la que su hermano lo había visitado. Estaban solos en la mansión y ante la insistencia de este, le compartió el misterio de los siete negritos. Algún tiempo después, la gente vería a este otro hombre, llamado Urbano, andando en lujosos carros con hermosas mujeres y bañado en oro puro, aunque esto ya a nadie sorprendería, porque todos aseguraban que su hermano lo había ayudado.

Una calurosa tarde de enero, Jenaro tocaba la puerta de una choza vieja, que tenía por techo unas desteñidas palmas secas prensadas con tablas podridas. Por dentro, la casa era muy oscura, pero iluminada por muchas candelas de todos los colores y grosores.

El viejo faruscas contemplaba aquel tétrico lugar lleno de santos y vírgenes por doquier, todos con sus respectivas velas. Una mano huesuda corrió el velo de un aposento y salió ña Luz, con su vestido de telas corrientes, cara pintorreada y adornada con un montón de baratijas.

—Por fin llegaste, mi amor —dijo ella con maliciosa voz.

—Aquí estoy, dispuesto a todo, dijo él, con una mirada perdida, bajo el efecto hipnótico del brebaje que la vieja le había dado la primera vez que él la visitó después que la conociera en el hospital. Rápidamente se entregó a sus brazos largos y flacos, y se amaron durante toda la noche.

El año séptimo había llegado. Lo temido por tantos días, desde hacía algunos meses atrás se había cumplido. Una mañana, simplemente uno de sus negocios no funcionó y Jenaro tuvo una cuantiosa pérdida. Desesperado por lo avaro que era, llegó al cuarto oscuro de su mansión y corrió el velo para reclamarle a los muñequitos el por qué habían permitido que tuviera esa pérdida importante, pero con horror, sin poder explicarse lo que sucedía, miró cómo habían desaparecido de la caja de cedro.

Lleno de espanto y enloquecido por el miedo, corrió hacia la casa de ña Luz sintiendo como el corazón se le salía. Cuando llegó, esta había partido para San Vito de Coto Brus según supo después por la vecina más próxima, dejando su cuchitril vacío. Una vecina le dijo que la había visto huir en una carreta jalando todos sus peroles, inclusive una centena de santos y vírgenes de yeso.

Jenaro salió espantado para su empresa de tractores y buscó a su mayordomo para que fuera tras ella. Cuando llegó al patio donde guardaban la maquinaria uno de los chapulines que estaba parqueado, misteriosamente comenzó a rodar hacia donde estaba su dueño, sin que este se percatase del peligro. Algunos de los empleados solo escucharon un alarido aterrador y cuando llegaron, hallaron a su jefe aplastado bajo las llantas traseras del chapulín.

Se dice que el día del entierro, bajo un estruendoso aguacero, el cura leyó el último de sus rezos ante la mirada de unas diez personas, todos empresarios y políticos de San José con quienes el finado había sostenido negocios. Precisados como eran, se marcharon apenas terminaron los servicios fúnebres. Frente a ellos, yacía un ataúd negro que pronto comenzó a ser descendido lentamente en la fosa por un par de panteoneros supersticiosos, asustados por el montón de gatos que habían llegado esa tarde al cementerio, maullando la lúgubre sinfonía de un mal presagio.

Referencia: Naranjo, J. D. (2020). Los siete negritos. En Sombras y misterios del sur (1.ª ed., pp. 53–62). ATABAL.



Libro nicaragüense (buscar)




Lolí Estrada https://repositorio.iiarte.ucr.ac.cr/handle/123456789/10596 



Cuentos del general 80

Comments

Popular posts from this blog

El Credo Costarricense

Los gritos de la montaña

La Yarca