El tigre de río
Dinama: el "tigre" de agua.
Espíritus antropófagos, como todos los felinos, se cree que nacieron de las lágrimas de Namàsia, la abuela de la tierra. Viven en el inframundo, cerca de la desembocadura del río Dapáli, que se encuentra al este, de debajo de donde sale el sol y donde todas las aguas de la tierra se juntan en un solo río.
En la antigüedad, los aborígenes lucharon contra estos seres y lograron atrapar algunos; por eso se sabe que su cuerpo quema y que se parece a un gran puma rojo o a un perro negruzco y peludo. Su cuerpo es gris o marrón oscuro, aunque se cree que puede cambiar de color para combinar con el color del agua, sus ojos son rojos, aunque también pueden ser amarillos, azules o lilas. Sus colmillos son grandes y rojos y sobresalen de ambos lados de su hocico. Tiene garras grandes para arañar a sus víctimas y una o dos colas prensiles y peludas como las de un mono, que usa para atrapar a una o dos personas a la vez, a las que arroja a un agujero en su espalda. Puede nadar tanto en agua dulce como salada y ve la sangre de los humanos como chocolate (tsuru').
Son custodiados por Olomsa (el rey de los cocodrilos), él guarda la puerta para que no puedan pasar, y en la puerta tiene una trampa preparada para ellos: una olla de agua que siempre está hirviendo; cuando intentan eludir la vigilancia del guardia, caen en el agua hirviendo y mueren, luego él se los come. Cuando Sibú (el dios supremo y único) le da permiso, el guardia se duerme y ese es el momento en que escapan por la puerta que se abre cuando sale el sol, caen, primero al mar, y luego suben río arriba, ansiosos por beber chocolate (sangre humana), una vez en la tierra, su casa son los lagos, pozos de cascadas, ríos inundados y el mar.
Cuando escapan por la puerta del este, Olomsa se despierta e inmediatamente envía una advertencia a la gente (posiblemente el ruido de un temblor que causa un tsunami). Esta advertencia se escucha en el horizonte (káñak), y el sonido retumba como un trueno, pero sin mal tiempo ni lluvia. Luego envía a Tára (el señor del trueno), quien procede a matarlos disparándoles balas de piedra con su cerbatana. Una vez muertos, Tára se los lleva a Olomsa y se los come junto con él, porque Tára ve a este espíritu como un camarón de río.
Se dice que en la temporada de lluvias (julio a noviembre) se aparece a la gente cerca de los ríos en las montañas, luego crea deslizamientos de tierra que llevan a las víctimas a un río para que pueda matarlas más fácilmente o se esconde cerca de los puentes y espera a que una persona cruce, se bañe o camine cerca de un río. Cuando ve a sus víctimas, las agarra con su(s) cola(s) para sujetarlas, luego crea olas o inundaciones repentinas para llevárselas.
Si los atrapa mientras cruzan un río, se cuelga del puente y hace que el río se inunde hasta que alcance la altura correcta, luego desciende al río, llevándose a su presa y desapareciendo en la corriente. Cuando logra cazar a una persona, se esconde bajo el agua, y algunos dicen que se transforma en un cangrejo para retener el cuerpo con sus pinzas (solo el sonido de una caracola puede hacer que suelte el cuerpo y huya), luego, muerde a sus víctimas en los codos, las rodillas y la frente para beber su sangre, después de sujetar el cuerpo durante unos dos o tres días, lo deja en las orillas del río.
Las personas que logran matar a uno de ellos también mueren debido al calor del animal. Solo pueden sobrevivir si beben inmediatamente sus heces mezcladas con agua en un cuenco. Cuando la persona hace este tratamiento, el animal no muere en el agua, sino que sale a morir en tierra. Solo los Usékölpa (chamanes/sacerdotes) pueden protegernos del tigre de agua. Deben caminar de noche, cuesta arriba, vestidos con mastate (tela de corteza de árbol). Llaman al tigre de agua, y él se les acerca, luego, lo acarician para calmarlo, lo que hace que se encoja hasta convertirse en un guijarro. Los Usékölpa lo meten en una canasta, lo llevan a su casa y lo guardan para que no vuelva a amenazar a la gente, si una persona no autorizada toca ese guijarro, vuelve a ser un tigre que devora a la gente de esos lares.
Referencia: Jara-Murillo, C.V. (2018). Diccionario de Mitología Bribri (1 edición). [Versión digital]. Recuperado de: https://www.lenguabribri.com/diccionario-de-mitolog%C3%ADa-bribri [Consultado 12 Nov 2021]
REVISTA DOMINGO / ANECDOTICO Domingo 13 de octubre de 1991
Si no es porque hace años mataron uno en Bribrí, algunos indígenas de Talamanca, como Lorenzo Hernández, no creerían que exista el tigre de agua.
(Pie de foto superior): La leyenda del tigre de agua no todos los indígenas la creen en la actualidad, pero desde pequeños la mayoría la conocen. Es una tradición oral que todavía se mantiene.
Leyenda indígena
Un tigre campea por los ríos
Víctor J. Barrantes C.
Todo sucedió un día en que el río creció tanto, que pasó por encima del puente y el tigre que, como era lo normal, iba arrastrado por la corriente, quedó enredado entre las piernas de una persona que pasaba. Por fortuna, otra que lo acompañaba, le dio el flechazo certero.
El tigre siguió, moribundo, río abajo, pero apareció luego en un playón. Todas las dudas sobre el malvado empezaron a despejarse: resultó que era del tamaño de un gato, a diferencia de que tenía todo el cuerpo poblado de pelos, y llevaba unos colmillos tan largos como misteriosos.
Muerto y todo, como lo encontraron, tenía todavía algo vivo. De hecho quien intentó quitarle los colmillos como prueba contundente de haberlo matado, sufrió serias quemaduras en sus manos. Y aquel a quien se le enredó entre las piernas también salió quemado.
Y don Lorenzo, reposado sobre una de esas hamacas que ocupan de punta a punta el corredor de la casa, mueve su cabeza verticalmente para darle crédito a su leyenda. “Así es. Y todavía quedan de esos bichos”, advierte.
¿Que es eso del tigre de agua? Es posible que si usted se lo pregunta a uno por uno obtenga tantas versiones como personas lo cuenten, pero casi todos los indígenas (por lo menos entre los bribris y cabécares que son a quienes he escuchado) coinciden en que el tigre de agua es un mal espíritu encarnado.
Es parecido a un gato, sólo que un poco más grande, pero “muy peludo”; dicen, que al verlo en el agua puede pasar como un veroliz (flor de caña de azúcar). De hecho cuando los cañaverales están floreados son muy pocos los que ocultan el resquemor de cruzar un río.
El tigre de agua vive en el mar, pero sube a los ríos, que es donde suele capturar su víctima y hasta que lo logra regresa al mar. Es por eso que en los ríos muchos tienen su morada y no regresarán hasta tanto hayan capturado su presa. Tampoco es recomendable atravesar un río cuando retumba mucho. Parece ser que los retumbos los aviva y les alimenta su sed de ataque.
Su aparición puede ser tan repentina como la de un rayo y hay meses del año en que más abundan y los hay de varios colores.
Carmelino Morales, actual maestro de Coroma de Talamanca, cuenta que el bicho tiene los ojos de colores (verdes, rojos y otros) y que “cuando lo ve a uno se le tira encima para arrollarlo con la cola peluda”.
Muchos “sikuas”, como le dicen los indios a los “blancos”, que han escuchado la leyenda, quizá con una visión más prejuiciada del asunto, sostienen que es la manera como los aborígenes controlaban algunas faltas.
Y aunque algo de cierto pueda tener esta tesis, la dimensión de la creencia va mucho más allá. “Si usted (en vida) castigaba a los animales tenía que pasar luego por el castigo de estos, porque ellos son protectores y están en el más allá”, explica don Lorenzo.
Lo cierto es que el bicho no hace discriminación y puede atacar hasta sin motivo al más inocente de los que vayan pasando por el río en ese momento de infortunio.
Del animal, lo último que se dice, es que se chupa la sangre de la gente y ataca, generalmente, en los codos, las rodillas y la frente. Y si usted, como el afortunado personaje del principio de esta historia logra matarlo, debe hacer una gran ceremonia para alejar el espíritu, de lo contrario se arriesga a morir de calentura.
La sobrevivencia de una leyenda Es cierto, no todos en Talamanca están convencidos de si realmente existe el tigre de agua, pero hay quienes tras el rescate de las leyendas narran la historia como si realmente a ellos les hubiera sucedido.
Motivado por la curiosidad, cuenta Guillermo García, asesor nacional de educación indígena, que cuando trabajaba como docente en Cabagra de Buenos Aires pidió a los alumnos hacer una redacción sobre el tigre de agua y más o menos todos coincidían en señalar el misterio que se esconde detrás del animal.
Pero contrario a lo que escribieron sus alumnos indígenas uno “blanco”, cuyos padres habitaban dentro de la reserva escribió algo así como: “en mi casa hay un gatito blanco, le gusta tomar leche, se llama Minino…”. La lectura, y no para menos, causó la hilaridad entre el resto de los estudiantes. Evidentemente se trata de una leyenda indígena.
Que se conserve la historia aún en esa población infantil, pese a la posible interferencia causada por la entrada del blanco, es para García la revelación de que entre la cultura indígena costarricense queda mucho por rescatar.
Y así como un señor castellano al que le decían Bravo fue atacado y reducido a la muerte por el tigre (luego se le encontró en un estero y sin una pierna) hoy muchos, sin haberlo visto, sostienen que la historia es verdadera y luchan por mantenerla.
“Yo soy indio, me crié afuera y sé que la costumbre se ha ido perdiendo. Se habla poco de los antepasados, pero esta es parte de las leyendas que se trata de conservar” manifiesta el maestro Carmelino Morales.
Morales, que también ha emprendido la lucha para que se hable en la lengua materna, se queja de que son pocos los que como él quieren rendir tributo a sus antepasados conservando sus creencias.
Doña Paula García, esposa de don Lorenzo, se había mantenido al lado escuchando la historia. De repente, ojos muy abiertos, suspira y se levanta de aquel banco que quizá como en otras ocasiones sirvió de testigo silencioso del relato y se incorpora a su faena. Ella nunca ha visto el tigre de agua, “gracias a Dios” dice, pero su madre sí, se lo aseguró y por eso está segura de que existe.
Referencia: Barrantes C., V. J. (1991, 13 de octubre). Un tigre campea por los ríos. La República (Revista Domingo), p. 8 B.
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