El Asombro

El “asombro” como categoría explicativa de la muerte y el daño en la tradición costarricense

En el corpus de relatos recopilados, el “asombro” aparece como una categoría cultural consistente utilizada para explicar eventos de colapso físico súbito, enfermedad o muerte asociados a experiencias de terror intenso. Lejos de ser una noción aislada o anecdótica, se manifiesta como un sistema explicativo recurrente en distintas regiones y contextos sociales del país.


Definición y caracterización del asombro

En el ámbito rural costarricense, el asombro se entiende como el efecto producido cuando una persona se enfrenta a una manifestación que le provoca terror extremo, generando un colapso que puede culminar en la muerte. Esta definición aparece explícitamente en testimonios familiares, como el caso de Juanita Mora en Cachí, donde se afirma que “un asombro” ocurre “cuando una persona ve algo que le causa terror, y sufre un colapso nervioso que culmina con un ataque cardiaco” (Gutiérrez Coto, 2024, pp. 75–76).

Desde una perspectiva conceptual, esta noción se vincula con la idea de “sombra” como agente nocivo. Luis Barahona Jiménez señala que en la tradición campesina existen entidades (árboles, objetos y hasta personas) o influencias denominadas “mala sombra” (que proyectan una mala sombra), capaces de producir enfermedad y otros males, y establece una relación directa entre “sombra” y “asombrar”, entendiendo este último como el estado de quien ha sido afectado por un espanto (Barahona Jiménez, 1975, p. 216).


Manifestaciones físicas y proceso del asombro

Los relatos presentan una notable consistencia en la descripción del proceso del asombro, que suele desarrollarse en una secuencia reconocible:

Primero, ocurre un estímulo desencadenante, como la percepción de una figura, luz, sonido o presencia inexplicable. En el caso de Juanita Mora, se trata de un grito desgarrador en medio del cafetal (Gutiérrez Coto, 2024). En otros relatos, el detonante puede ser una aparición luminosa o una figura antropomorfa, como en “El asombro de Tobosí” (Zavaleta, 2003, pp. 143–146).

En segundo lugar, se produce una reacción inmediata caracterizada por parálisis, pérdida del habla o caída súbita. En múltiples casos, los afectados regresan en estado de shock, con la mirada fija y sin capacidad de comunicación, como ocurre tanto en el relato de Cachí como en diversas leyendas recopiladas.

Finalmente, se presentan consecuencias físicas que incluyen rigidez corporal, frialdad, alteraciones en la expresión facial y, en casos extremos, la muerte. Este patrón también se observa en otros relatos donde los individuos son encontrados “tiesos”, con signos de terror en el rostro o sin signos vitales aparentes.


Gradientes del asombro

El asombro no opera como una categoría binaria (vida/muerte), sino como un fenómeno gradual con distintos niveles de afectación.

En su forma leve, puede provocar enfermedad o debilitamiento, como se observa en relatos donde los individuos “se enferman del susto”. En un nivel intermedio, genera secuelas permanentes, tales como parálisis, pérdida del habla o alteraciones físicas, como en el caso de personajes que quedan “torcidos” o con impedimentos de por vida (Coto, 2009, pp. 146–151).

En su forma más grave, el asombro produce la muerte inmediata o diferida, como ocurre en múltiples narraciones, incluyendo las recopiladas en Juan Viñas, donde se afirma que quienes no resisten el contacto con los espíritus “se mueren y entonces quedan a cargo del espíritu que los mató” (Quesada Vargas, 2009, p. 94).

Existe además un nivel excepcional en el que la víctima adquiere una dimensión simbólica posterior, como en el caso de Tobosí, donde los asombrados llegan a ser considerados milagrosos tras su muerte (Zavaleta, 2003).


Intensidad variable y modulación del asombro

A partir del conjunto de relatos analizados, es posible plantear una hipótesis interpretativa: la intensidad del “asombro” no sería uniforme, sino que podría variar según la interacción entre la persona y la entidad o fenómeno experimentado.

Algunos casos sugieren una manifestación súbita y letal. En el testimonio de Gutiérrez Coto (2024), la figura del “asombro” aparece como un evento abrupto que provoca un colapso inmediato, interpretado comunitariamente como resultado del terror extremo. De forma similar, en ciertos relatos recopilados por Quesada Vargas (2009), se afirma que quienes no resisten la presencia espiritual “se mueren”, lo que refuerza la idea de un desenlace instantáneo.

Sin embargo, otros textos introducen matices importantes. En el relato de Coto (2009), el caso del difunto Goyo Calvo sugiere que el encuentro con la entidad no necesariamente produce un efecto inmediato, sino que puede implicar una negociación o interacción verbal previa. El narrador afirma que, tras hablar con el espíritu y pedirle llegar con vida a su casa, logra evitar el colapso en ese momento, aunque posteriormente sufre un deterioro físico asociado al “frío” del muerto. Este detalle abre la posibilidad de que la intensidad del “asombro” sea, en cierta medida, modulable.

Esta idea se ve reforzada por otros ejemplos del mismo corpus. En “El asombro de Tobosi” (Zavaleta, 2003), el personaje no muere de inmediato, sino que entra en un estado prolongado de afectación física y mental tras el encuentro. De igual forma, en relatos orales como el del “espanto de El Yas”, las consecuencias varían: desde la muerte hasta la parálisis o el simple desmayo, dependiendo del individuo y las circunstancias.

Asimismo, la tradición recogida por Quesada Vargas (2009) introduce un elemento adicional: no todas las personas están igualmente predispuestas a resistir estos encuentros. Se menciona que “no toda persona es la que resiste hablar con ellos”, lo que sugiere que factores como el valor, la disposición o incluso el conocimiento previo podrían influir en el desenlace.

En conjunto, estos elementos permiten proponer que el “asombro”, dentro del imaginario rural costarricense, no opera como un fenómeno rígido, sino como un espectro de experiencias cuya intensidad puede variar. Esta variabilidad podría depender de factores como la naturaleza de la entidad, el tipo de interacción (pasiva o activa), las creencias del sujeto y su capacidad de respuesta ante lo sobrenatural.


El frío como marcador del asombro

Un elemento recurrente en los relatos es la asociación del asombro con el frío. Se menciona el “frío de los difuntos”, la sensación de “mano helada” o la presencia de un “yelo” [hielo] que acompaña a los espíritus (Quesada Vargas, 2009, pp. 8, 94). Este rasgo aparece como un indicador físico de la presencia sobrenatural y del impacto que esta produce en el cuerpo humano.

Territorialización del fenómeno

El asombro no ocurre en espacios abstractos, sino en lugares específicos que adquieren una carga simbólica particular. Entre estos destacan cafetales, chayoteras, caminos rurales, montes, quebradas y haciendas. Estos sitios se convierten en puntos recurrentes donde “asombran”, consolidándose como espacios de memoria colectiva.

En diversos relatos, estos lugares quedan marcados por los eventos, generando advertencias comunitarias y configurando una geografía del miedo que forma parte del conocimiento local.

Relación con entidades sobrenaturales

El asombro se encuentra estrechamente vinculado a la aparición de diversas entidades del imaginario costarricense, tales como ánimas, espíritus del bosque, duendes, “hermanos” [fantasmas], el diablo, la Segua o el Cadejos. En todos los casos, estas entidades comparten la capacidad de provocar terror extremo y afectar físicamente a los individuos.

El texto “Espantos de antaño” recoge varias de estas figuras y señala que la aparición de entidades como los muertos o los duendes puede generar desvanecimientos o estados de incapacidad en quienes no logran resistir su presencia, específicamente personas que no son "muy valientes y santas”. (Tradicional, 2003, pp. 233–234).


Dimensión moral del asombro

En muchos relatos, el asombro se interpreta como un mecanismo de sanción moral. La aparición de entidades sobrenaturales puede estar asociada a conductas consideradas inapropiadas, como la irreverencia religiosa, la inmoralidad o el incumplimiento de promesas.

Por ejemplo, en la leyenda de la carreta sin bueyes, el fenómeno se presenta como una manifestación del desagrado divino hacia quienes llevan una vida desordenada (Zeledón Cartín, 2009, pp. 196–198). De manera similar, en el relato del “cuijen”, el castigo recae sobre una joven que desafía normas religiosas y familiares (Ramírez Sáizar, 2009, pp. 240–242).

No obstante, también existen casos en los que el asombro carece de una explicación moral explícita, como en relatos familiares o eventos fortuitos, lo que sugiere la coexistencia de interpretaciones múltiples dentro del mismo sistema cultural.


El asombro como memoria social

Finalmente, el asombro cumple una función importante como mecanismo de transmisión de memoria. En relatos familiares, como el de Cachí, la historia no se presenta como leyenda sino como experiencia vivida, transmitida de manera íntima entre generaciones (Gutiérrez Coto, 2024).

En este sentido, el asombro no solo explica la muerte o la enfermedad, sino que también articula narrativas de identidad, pérdida y pertenencia, integrándose en la memoria colectiva y familiar.


Referencias:

Barahona Jiménez, L. (1975). El gran incógnito. Editorial Costa Rica. (Obra original publicada en 1953 por la Editorial Universitaria de la Universidad de Costa Rica).

Coto, R. (2009). Espantos. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 146–151). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Repertorio Americano).

Gutiérrez Coto, F. (2024). Morir de “asombro”… así murió mi abuelita paterna. En Aún hay más de Cachí (pp. 75–76). Ideas Únicas, S.A.

Quesada Vargas, M. (Recop.). (2009). Cuentos terroríficos del antiguo Juan Viñas. Káñina: Revista de Artes y Letras, 33(3). Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Ramírez Sáizar, J. (2009). En Costa Rica salió el cuijen. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 240–242). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Folclore Costarricense).

Tradicional. (2003). Espantos de antaño. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1.ª ed., 3.ª reimpr., pp. 233–234). Editorial Costa Rica.

Zavaleta, J. A. (2003). El asombro de Tobosí. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1.ª ed., 3.ª reimpr., pp. 143–146). Editorial Costa Rica.

Zeledón Cartín, E. (Comp.). (2009). La carreta sin bueyes. En Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 196–198). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en 1936).





Textos completos


La carreta sin bueyes (1936)

Este terrible fantasma sale apenas anochece a recorrer las calles que le marca su itinerario: haya luna o no, haya mucha o poca gente por las calles; y con una velocidad tan admirable, sus ruedas traqueteando de un modo infernal, se abre paso sin reparar por dónde va ni a quién atropella, si no se le deja la vía expedita. No se ven bueyes que la arrastren, ni tampoco boyeros que la dirijan, pero adentro va el mismo "pisuicas", manejándola con tal destreza, que ya se la tomaran muchos choferes titulados.

Dicha carreta recorre únicamente las calles por donde viven amancebados escandalosamente libertinos, o, ya bien, matrimonios que diariamente están como perros y gatos. Así demuestra Tatica Dios su desagrado a esos mortales de mal vivir, para que se corrijan y busquen el buen sendero. Para eso ha sido enviada la "carreta sin bueyes" a este valle de lágrimas. En cierta ocasión dio en aparecer este hermoso fantasma por las calles de... produciendo tanto espanto entre los habitantes de aquel lugar, que apenas anochecía nadie se aventuraba a salir de su casa por temor a encontrarse con ella.

Voy a edificar una historia espeluznante que me refirió ñor Feliciano, persona bastante erudita en estas cosas de espantos.
Cuando murió la finada Rafaela Gallina —que asina la llamaban por jódela— me encontraba yo en la vela, que estuvo muy riata por cierto; había mucha comedera, chirrite hasta para tirar para arriba y un gentiambre que cuasi no cabía en la salilla, pus los tatas de la finada dijunta tenían alguillo de qué echar mano.
Entonces yo estaba muy enamorao de Pilar, una mechudilla de ñor Estanislao Carvajal; y como la muchacha estaba en el acompaño, yo estaba hecho una pura payasada y una sola repugnancia, ¡hombre! nada más que por congraciame con ella. Si vieran cuánto me costó para que esta muchacha me quisiera al principio. Le atollé polvos de cuyeo, y nada. Le di polvos de cacho de coriúzuelo, tampoco; hice cuanto me decían, sin escisión del secreto del pizote solo, y la mesma. Hasta que una vieja bruja de Escazú me dijo que hiciera un muñeco de chuica, lo llenara de alfileres y que después —al puro tan tan de las doce del día— lo aventara al tejao de la casa de ñor Estanislao.
Asina lo hice. Desde entonces la pobrecilla andaba detrasito de yo, mesmamente que si fuera una perrita. Pero hizo la gran vaina que una confisgadísima vieja lenguona, vecina de ellos, se dio cuenta de cuando yo tiré el muñequillo a las tejas.
En la mañana del mesmo día del velorio, se le jue antojando a mi suegro encajarse al tejao a coger unas goteras y dio con la cochinada con que yo tenía amarrada a Pilar. En el acto se bajó muy bravo y le entregó a la muchacha el mentao muñequito. Al gran alboroto que hicieron llegó la condenilla vieja y les puso en pico que yo había sido el de la chanchada. Cuando yo estaba de lo más tranquilo en la vela, onde que yo estaba sabiendo lo que pasaba.
De pronto salió la muchacha como un cohete, y como para asariame se puso a enseñar la cochinada a toditica la gente; en seguida me reventó el muñeco de chuicas en la cara, diciéndome: "Yo no quiero a su estampa, patas, descarao".
Dende aquel momento me jue cogiendo una ostinación muy fea de la cabanga; desiaba como estar en un retiro, solo, ingrimo. O como sacar la cutachilla y dármelas con todos los de la vela para que salieran de yo, o de matame yo mesmo y de quitarme de esta vida tan desgraciada.
En aquel tiempo era fregadera de todas las noches salir la carreta sin bueyes. Apenas el rezador rezó lo que rezó, dijo: "Muchachos, ya son las doces, lora que pasa la carreta sin güeyes". En el acto se levantó del escaño ñor Jacinto Jara, un cholillo muy valiente y gritó: "¿Cuál de tantos mamitas que hay aquí, quiere acompáñame pa que vayamos a atajar la carreta sin güeyes?"
—¡Yo voy, carastas! le contesté (hombre, de puro ostinao). Todas las mujeres se prendieron de nosotros pa que no juéramos; trancaron todas las puertas y ventanas, y suplícanos jue no suplícanos. Las hicimos un lao, arrempujamos la puerta, nos brincamos la tranquera, jalamos las crucetas palante, nos persinamos un chorro de veces, y cogimos calle arriba en un solo grito y una sola rajadera, por la callecilla por onde acostumbraba a salir la mentada carreta.
A poquito de andar oyimos un turún tún onde venía. Jacinto como que quiso aflojar, pero yo lo alenté diciéndole: "¿No cargás calzones, pendejo?; vamos a atajarla de cualquier manera, aunque nos joda". A él le entró calorcillo y cogió la delantera.

Cuando la vimos venir a toitica pareja questa que levantaba polvo... A yo se me aflojaron las canillas y sentí una cosilla muy fea por todo el espinazo. No supe aquioras me tiré por unas piñuelas, y asina con los pieses estacados seguí juyendo por entre los cercos. La chaquetilla hice rajas en los picos de los palos; el chonete lo dejé botao y los calzones se mesguavilaron en unos alambres.

Por fin llegué a la vela. Me preguntaron qué tenía, y onde que yo podía manejar la lengua; hasta que me atollaron el tanto de una cuarta de fierrillo y me flotaron la nuque con mostaza, injundia y miel de palo, entonces pude platicar y contar la manganeta que nos había pasao. Como era ya tarde y Jacinto no se asomaba, se jueron unos cuantos a búscalo. Al ratico llegaron con él en brazos, más pálido que un dijunto, con la vista parada y tieso como un garrote.

Y esa mesma noche llegó Tata Padre a olialo y el dautor a hacerle mil deligencias; y estuvo muchos días volcao en cama si era de desta o de lotra, hasta que por fin se levantó, pero quedó con un ojo torcío y tartamudo pa toitica la vida.

Referencia: Zeledón Cartín, E. (Comp.). (2009). La carreta sin bueyes. En Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 196-198). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en 1936).



Rafael Armando Rodríguez Gutiérrez, era periodista y recogió estas historias de personas mayores que entrevistó a lo largo de años en varios lugares de la república:

Los Akanikas negritos de la región Atlántica (1950/66

Información de contexto

Yo no sé si los duendes de ustedes son los Akanikas de nosotros, o los Akanikas de los negritos son los duendes de los blancos, pero lo cierto es que estos diablitos son terribles y en sus fechorías no le van a la zaga a los otros, si es que acaso no son la misma cosa.

Y para que usted no lo ponga en duda, le voy a relatar la siguiente historia:

Muy antes de irse de la región Atlántica al pacifico la Compañía Bananera conocida por la United Fruit Company, ocurrieron en la zona de la Estrella ciertos sucesos inexplicables atribuibles a los Akanikas, que pese a los muchos años transcurridos, todavía no deja de ponerse la carne de gallina al solo recordarles.

Quien tal relato me está haciendo es un negrito muy anciano de la ciudad de Limón conocido por Conrad Rodgers. Estamos sentados en el corredor de su casa. Para atender la conversación ha dejado su dedo pulgar metido en la Biblia señalando la página que estaba leyendo antes de mi llegada, en tanto que sus espejuelos, cabalgando sobre su nariz roma, parecen dos chapas plateadas en su frente con una creación fantástica ocultando su miopía.

Mister Rodgers en buen castellano continúa después de hacer una pausa:



Primera muerte

El primer caso sucedió así: un domingo por la tarde se presentó imprevistamente en mi casa un individuo de "raza" (negra) muy asustado, que antes de caer al suelo me dijo tambaleante: "Creo que vienen para acá, cierre la puerta."

Como Angus era un poco mentiroso, creí que simulaba un ataque y sin darle importancia me levanté del asiento y miré por la ventana hacia donde se internaba la ronda del camino por donde él había venido y no ví nada. Llamé a uno de mis hijos y como todavía permanecía en el suelo lo levantamos, quedándonos espantados porque el hombre estaba muerto. Le miramos la cara y allí estaba impresa claramente la imagen del terror.

Uno de los curiosos que llegaron, al verle comentó alarmado en voz alta: "Angus parece que hubiera visto el mismo diablo."

Poco rato después llegaron la autoridad y el médico de la Compañía, el cual diagnosticó que el sujeto había muerto de un ataque del corazón.



Segunda muerte

Pasó un tiempo largo y ya casi había olvidado aquello cuando vino a mí el informe de otro suceso parecido en el ramal de Indiana. Únicamente que esta vez el caso se repitió en un latino. Examinado por el doctor, este notó que el cuerpo del muerto presentaba ciertas magulladuras, como si antes de caer exánime hubiera sufrido una paliza tremenda. Aunque intrigado, volvió a diagnosticar que el sujeto había fallecido del corazón.



Tercera muerte

El tercer caso ocurrióle a un "gringo" venido a menos en favor de la Compañía, debido a sus constantes borracheras. Era un mandador yanqui y la Bananera quiso averiguar el motivo de aquel asombro siniestro ocurrido dentro del platanar.



Investigación del caso y expulsión de los “Cinquit”

Alguien supuso que aquello podría ser atribuido a un tigre o a un danto y entonces se dio una fuerte batida con magníficos cazadores y perros y nada se encontró, poniendo a todo mundo en conmoción.

Como aquello también era insólito, la mente de muchos se puso a conjeturar y no faltó quien echara la culpa a la secta "Cinquit" (sinkit) y las altas autoridades de Limón exigieron a la Compañía que destituyera inmediatamente a quienes se les comprobara la comisión de un delito diabólico de tal naturaleza. Por esto muchos negritos de origen africano, miembros conocidos de la asociación, sufrieron su chubasco de adversidad en la cárcel o fueron echados del país.



Culebras en la ropa

Pero los labios delatores de los Cinquit, la secta religiosa que solía inmolar en sus creencias víctimas humanas a decir de las otras que los adversaban, tuvieron su revés al comprobarse otro caso de naturaleza parecida. Uno de tantos borrachos, de esos que frecuentemente caían a la sombra de una de las matas de la plantación, que venía haciendo zetas en el carril fue la nueva víctima. Al despertarse de la embriaguez se encontró con una docena de culebras venenosas metidas entre la camisa y enrrolladas en los brazos. Casi se muere del susto. Las serpientes estaban dormidas o indefensas y el hombre salió ileso de una mordedura, no así de los nervios que casi se muere de eso en el hospital de Limón.



El susto de Aleja

Y para concluir los casos voy a contarle el siguiente:

En una de las fincas de la Compañía todos los sábados solía poner su mesita de venta de tamales y café una mujer guanacasteca bastante mayor pero todavía robusta, debajo de unos árboles de la plazuela, y aconteció que una tarde estando lo más apurada soplando con un sombrero de palma el fogón, tuvo la impresión de que alguien se le acercaba por la espalda, como para hacerle un daño. Se volvió inmediatamente y vio con sorpresa que junto a ella estaban tres niños negros, a los cuales les brillaban los ojos de muy extraña manera. La mujer gritó y cayó al suelo, de donde la recogieron unos vecinos.

La gente creyó que lo de doña Aleja era viejera y no le dio importancia, quedando a cargo del negocio su sobrina. Pero el asunto no estaba terminado y dos horas más tarde, estando calentando unos tamales una mano invisible le tiró un cubo de agua al fogón apagándolo, y al volverse furiosa para ver quien le había jugado aquella broma tan pesada no vio a nadie. Miró a las ramas del árbol que le daban sombra y tuvo la sensación de que entre el oscuro claro de la arboleda unos sujetos casi invisibles en lo alto se estaban riendo de ella. No pudo más y salió huyendo a explicar a unos individuos que estaban conversando a poca distancia lo que le había ocurrido. Un poco nerviosos vinieron a constatar el dicho de la muchacha y encontraron que el fogón estaba ardiendo y por ahí no se advertía alguna novedad. La mujer se quedó y para no darse por vencida se puso a hacer otros oficios. Pero Ia cosa iba para largo, en el momento en que iba a sentarse vio volcarse la olla de los tamales y presurosa corrió a levantarla, siendo en vano todos sus esfuerzos por el enorme peso que parecía tener en ese instante la cacerola.

Aquel lugar parecía embrujado y asustada dio un grito de terror cayendo al suelo. Acudieron los vecinos y como ya se había repuesto doña Aleja, volvió a ponerse al frente del negocio y precavida y todavía nerviosa pasó la mesa y los demás utensilios al otro extremo de la plazuela, donde se instaló debidamente.

Al día siguiente por la mañana doña Aleja colocó otra vez su mesa a fin de terminar la venta y cuando todo marchaba bien, he aquí que vuelven a suscitarse los inexplicables hechos del día anterior.



Abandono del poblado

En los momentos en que unos clientes se iban a servir la primera cucharada de los tamales, una mano invisible les echó un poco de tierra en las hojas del plato. Como ya estaban al tanto de lo acontecido, se levantaron de sus asientos y salieron huyendo espantados, volviéndose risible el caso cuando se les vio forcejando y tratando de sostenerse los pantalones que manos invisibles parecían interesadas en bajárselos. De todos los grupos de gentes que se encontraban por ahí salió instantáneamente la carcajada. El espectáculo era cómico. Sudados y aterrorizados los hombres lograron ponerse a salvo y entonces se dieron cuenta de que les habían cortado la faja y arrancado los botones de la jareta.

Ante el diabólico fenómeno todo mundo evacuó el poblado quedando sola la finca y la Compañía no tuvo otra alternativa que aceptar el abandono, porque de otra manera la gente asustada como estaba y supersticiosa, la hubiera quemado.

Más de tres meses estuvo así la finca, pero como eso le causaba mucha pérdida y no poco trastorno en los planes de producción intensiva de banano, la Compañía ordenó el retorno de la peonada y los jefes. Pero la orden quedó en el papel.



Premio de la U.F.C.

Nadie hizo caso y entonces la Compañía procedió a obsequiar un premio de doscientos colones a las dos primeras personas que se atrevieran a entrar a la finca y dormir allí la noche. También les ofrecía otras garantías.

Yo trabajaba por esos días como conductor de un carro-motor y como tal se me dio orden de llevar a la entrada de la finca dicha a los primeros individuos que se atrevieran a entrar a ella. Yo no soy cobarde, pero la verdad es que nada ni poquito me gustó el encargo. A fin de cumplir el mandato se me situó a una milla del lugar, tener encendido el motor y no discutir con nadie el uso del vehículo inmediatamente que algún particular lo requiriera.

De esta manera estuve varios días haciendo esa guardia, hasta que no se presentaron los famosos hermanos. Silas y Mauricio Perretier, dos antillanos muy fornidos y hombres de pelo en pecho, capaces hasta de hablarle al diablo y conversar con él.

Antes de subir les hice tomar unas copas de cognac y con el miedo que me corría por todo el cuerpo me dispuse a entrar a la zona peligrosa. Tres minutos después paraba frente a la entrada; allí bajaron en silencio y traspusieron el cercado con sus sacos de ropa al hombro.

Por un si acaso, esperé quince minutos oido atento avizor, dispuesto a embarcar los hombres y salir en estampida, pero como no se presentaban, intrigado y curioso me bajé y silbando para darme valor abrí un portillo entre las matas del cercado y miré. Como no se veía nadie me metí y fui caminando despacito pero sin dejar de silbar. Había un silencio de muerte y el montazal de la plaza se había tupido. Con mi miedo a cuestas seguí caminando, tratando de escuchar el más leve ruido, pero nada. Miré hacia los árboles y nada. Más confiado me dirigí al edificio donde estuvieron instaladas las oficinas del Administrador. Con sumo cuidado subí poquito a poco la escalera y al llegar al salón del despacho ¿qué cree que vi?

— No me lo imagino.

— Pues nada en particular. Solamente que allí estaba cada uno de los antillanos acostado sobre un escritorio de los grandes, bien borrachos, con una botella de whisky descorchada al lado. Al verme no se asustaron. Les pareció la cosa más natural del mundo.

Más aliviado de mi miedo bajé la escalera y volví al moto-car, encontrándome la sorpresa de que allí estaba impaciente un enorme montón de gente, a la expectativa, esperando el resultado de los acontecimientos. Al verme de vuelta, la multitud se alegró y comenzó a vitorearme, elevándome a la categoría de un héroe popular.

La Compañía Bananera me hizo también partícipe de otro premio obsequiándome otros cien colones y a los antillanos les dio el dinero prometido y lo que pidieron, obteniendo ellos los pasajes de un viaje de paseo a su país de origen, la bonita isla de Guadalupe en el Caribe.



De cómo se deshicieron de los Akanikas

Intrigado, antes de subir al barco que los había de llevar a su patria, les pregunté que si aquel día de su entrada a la finca embrujada habían sentido algún miedo y entonces me contaron el secreto de cómo habían logrado penetrar en ella y que no les pasara nada sobrenatural. El secreto consiste —decían ellos— en que lo vean a uno descorchando una botella de licor e invitarlos a tomar con uno, y cuando los Akanikas están bien tomados, tirarles encima las páginas sueltas de una Biblia sagrada y ponerlos a leer uno de los versículos. ¡Amigo! Salen del sitio donde asustan como un cohete para no retornar jamás.

Esos hombres sabían mucho. La magia negra no tenía secretos para ellos.

Los Akanikas son una especie de duendes de color negro y pelo ensortijado que sin ser el mismo diablo, sí son una manifestación de su espíritu de maldad y humorismo. Yo he supuesto que vinieron a Costa Rica siguiendo la huella de las primeras inmigraciones negras del Africa, cuando la United Fruit Company inició la importación de braceros para sus enormes plantaciones de banano.

Los antillanos, que ya sabían mucho de ellos les dieron su medicina y eso fue todo.

Así concluyó el relato del negrito Conrad Rodgers. Verdad o mentira, sean ustedes mis amables lectores quienes le pongan puntos a las íes. Por mi parte juzgo que en estas cosas lo mejor es… callar. 



Fuente:

Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 287-291. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.



Anexo


La siguiente leyenda no los menciona, pero tiene similitudes interesantes:



Mírame las uñitas



Por donde lo vieras, la barriada de "La Colmena" siempre era peligrosa. Era el lugar más movido del puerto y a la policía no le caía bien. El Comandante Araya siempre ponía a tres gendarmes fijos, pero en ciertos días como los sábados y los domingos, ni un destacamento podía con la cantidad de broncas (peleas) que al calor de la cantina del Cholo Santos se armaban a cada rato.

Además, los pescadores de perlas, que al volver de cada viaje venían a gastar la plata en fiestas de todo tipo, y ya borrachos se ponían bien difíciles por lo fuertes que eran, hacían peligrosa la chamba de la policía. Muchas veces pasó que una bronca tremenda empezaba en “La Colmena” y el relajo seguía hasta la otra esquina, donde había otra cantina menos famosa, pero donde también se tomaba y había un montón de gente agresiva con ganas de pelear.

Y había que ver entonces los apuros de la policía y los de las pobres vendedoras que ponían sus mesas de comida y golosinas en toda la calle a la orilla de la acera. Ni siquiera los acordes suaves pero melancólicos del Tamborito calmaban eso. ¡Qué tiempos aquellos!

Y doña Lenchita tomaba "juego" y seguía con su relato interesante. Pues bien, y aquí viene la parte que más me interesaba contarles, tanto alboroto y tanta desmoralización tenía que tener un castigo del Cielo. Un jueves, como a las diez de la noche, encontraron el cadáver de un desconocido que tenía pintada en la cara toda una escena de terror.

— ¡Qué vería! —decíamos todos— porque tanto yo como la Pichú, la Camilona, la Chiricana y la Contentillo, teníamos nuestra mesa por donde encontraron al muerto, y vimos que tenía los ojos como locos y una mueca igual en la cara.

Casi todas hicimos la señal de la cruz. Parecía que había visto al diablo en persona. A los días, cuando ya casi se había olvidado eso, la policía encontró a una mujer, por la boca de Las Playitas, que tenía pintado en la cara el mismo terror que el anterior. También había muerto de repente.

— Yo les digo que yo he sido muy valiente, pero eso me puso nerviosa. Además, ya en la barriada se empezaba a decir que después de las diez de la noche asustaban por los alrededores. Hasta mi marido, que en paz descanse y que mis palabras no le hagan ruido porque era un gran "hechao", estaba dispuesto a trabajar para que yo no volviera a poner la mesa. Con esto les digo todo, para que vean que no miento y se den cuenta del miedo que estaba «cundiendo» por ese lado.

Esto hizo que por casi un mes eso se normalizara y el movimiento bajara. Después de que terminaba el tamborito, las vendedoras nos íbamos para la casa y al rato nomás se oía el paso de las carretas de café que venían del interior y buscaban uno de los lugares donde pasar la noche, y eso era todo. Un silencio de muerte invadía el resto de la noche, excepto los ladridos de los perros y el maullido de algún gato en los tejados.

Pero en realidad la fiesta apenas había empezado, porque después fue terrible. Un policía que hacía su ronda por la esquina de Las Playitas había sido asustado, y poco antes de quedar muerto solo pronunció estas palabras: "Los negritos". A los días cayó un Sargento y otro día otra mujer de mala vida. El señor Cura creyó oportuno hacer una predicación en el púlpito un domingo y hacer referencia al caso raro que estaba pasando en Puntarenas,


"Advertencias del Cielo"— decía—para que la gente descreída vuelva al temor de Dios, y sepan ser más cuidadosos en su forma de vivir.

Los más valientes le sacaban a la noche por el barrio de La Colmena, y la gente que vivía por el lado del Matadero, y que tenían que caminar hacia Pueblo Nuevo, hacían sus diligencias temprano pa' no tener que pasar por la calle esa a la hora peligrosa. Pero la cosa cambió de lugar.

El Ñato Morales, que era un hombre bien valiente y como inspector de Policía tenía que hacer su ronda de la Estación nueva del Ferrocarril a la Y Griega, lo recogieron examine por el matadero los polis de la línea. Lo llevaron al cuartel y lo vio el doctor Bonnefiel, y se dieron cuenta que lo habían asustado. El doctor le hizo "su terapia" y después de un montón de horas luchando con él, lo logró revivir y que pudiera hablar.

¡Y hay que ver lo que contó!

Decía, y todos lo escuchábamos con mucha atención, que, estando parado en la esquina del rastro, vio pasar a dos chiquillos de color hacia el suiche, y que al llamarles la atención por lo tarde que andaban en la calle, el mayor lo miró y le mostró las manos y le dijo: ¿Mírame las uñitas? Eso era tan raro que se quedó mirándolo y vio con horror que los ojos del chiquillo brillaban con un resplandor rojizo y había algo bien feo en los dos.

Él no era muy creyente que digamos, pero una señal de la cruz cualquiera la puede hacer en un momento de peligro, y hasta rezar tartamudeando un Padre Nuestro. Y en ese momento el Ñato Morales eso fue lo que hizo, echando a correr como loco más de cincuenta varas, y sin voltear la cabeza. De los negritos él no volvió a saber más, ni de lo que pasó después. Cuando volvió en sí, estaba en el Hospital y tenía al frente al doctor y a su Coronel.

Aquí terminó la abuela su cuento.

Los pocos que la oíamos nos quedamos callados y hasta en shock. El rezo de ánimas ya había terminado y había un poco de nervios en el ambiente. Una mujer y una chiquilla dijeron que ellas no se iban a dormir. Un muchachote gritó que a él no le daban miedo esas historias de fantasmas y diablos... Yo me quedé pensando.


¡Leyendas que el tiempo no logra borrar de la gente y les va poniendo cada vez más fantasía! ¡Leyendas y supersticiones de este viejo y querido Puntarenas, que desde chiquillo vengo escuchando! Ojalá que plumas menos humildes que la mía y mojadas en la tinta vaporosa del más rico colorido, las saquen del viejo cofre de los recuerdos, para que sirvan de manjar y deleite de espíritus selectos que les gustan estas cosas bonitas que la fantasía popular tejió con arte.



Fuente:

Rodríguez-Gutiérrez, R.A. (1950). Costa Rica de ayer y hoy, abril-mayo n. 2 (2 y 3), páginas 30 y 33. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/b-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte2.pdf#.Y45YPnbMI2w

https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/c-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte3.pdf#.Y450-3bMI2w



(1953/75)

MALA SOMBRA.—* Nuestros campesinos tienen la idea de que hay ciertos árboles que dan mala sombra, es decir, que producen enfermedades con la influencia nociva de su sombra. También se dice lo mismo de otros objetos y aun de personas. Mala Sombra es el título de una novela de Joaquín García Monge. De sombra viene asombrar. Persona que al ver un espanto (sombra) queda asombrada. También esta es una mala sombra.

Referencia: Barahona J., L. (1975). El gran incógnito (p. 216). Editorial Costa Rica. (Obra original publicada en 1953 por la Editorial Universitaria de la Universidad de Costa Rica). 


El asombro de Tobosi (1959)
José Antonio Zavaleta

Se habían arrebujado las nubes de gris mayor en la rinconada de Tobosi. Por los caminillos iban, a paso rápido, como brincando, los cholitos de caites duros y sonantes, unos tras de otros. Llevaban a la espalda los inmensos canastos trabajados en los cobertizos del pueblo, donde los Piedra y los Ortiz.
Más que la fuga de la tarde, era aquella agostina la llegada sorpresiva de la noche. Ya era muy pasado el día de La Asunción, con su fiesta rumbosa, y el pueblo se había aplastado en la soledad y en la calma habitual. Esa tarde, con la oscurana encima, los inditos iban presurosos, de regreso a sus hogares escondidos entre las lanzas de los cañaverales y los setos de altas cabuyas.
Martín Rojas marchaba con sus hijos. El más pequeño de estos, Ruperto, paró en seco la marcha y haló de la falda de la camisola blanca a su padre:
—¿No ve allí arriba lo que hay, papá?
—¿Onde, muchacho indino, onde?
—Nomasito, por la tranquera de don Panta.
—Pos no veo nada.
—Fíjese bien. ¿Lo ve?
—No, hijo. Naitica hay.
—Fíjese aquí derechito, por onde pongo la mano.
—¡Hum! Vos estás perdío. Si lo que hay allí son nubes. ¿No ves que se viene encima l'oscurama?
—¿Y aquella claridad? ¿No ve? Como una mujer muy linda.
—¡Callate, tonto!, ¡que ofendés a Dios! Camina o te sueno.
La familia siguió trotando, huyendo de la lluvia que se avecinaba. No obstante, el hijo de Martín volvía la mirada, de cuando en vez, hacia el monte que parecía caer de bruces sobre el poblado.
—Papa, mire; vuelva a ver: la claridad viene hacia acá. Nos persigue.
—No seas tonto, muchacho, que estás viendo visiones. Aligera el paso para que lleguemos a tiempo de poder darte algo pa’ limpiate el hígado.
Caminaron otro poquito. De pronto fue Martín quien paró en seco la marcha. Lo había envuelto la claridad y caía como alucinado, dando gritos.
—¿Lo vio, papá? ¿Ve que a yo no mentía?
Martín no contestó. Estaba en el suelo tendido, tenso. Sus ojos parecían desorbitados. Su rostro, desencajado. Un espumarajo salía de su boca. Los chiquillos no atinaban qué hacer. Se habían apenas inclinado para mirar al viejo indio que seguía inánime.
Cuando se vino el aguacero, Martín reaccionó y, como pudo, se incorporó para seguir, sin pronunciar palabra, camino a su choza. Sus hijos tampoco hablaron, aunque el cerebro de Ruperto no paraba de pensar que habían espantado a su padre.
Martín Rojas pasó muy mal la noche. A cada instante despertaba sobresaltado y llamaba a Ruperto, quien acostado a los pies del viejo, en la misma “cuja” recubierta por la estera de junco y vena de plátano, hacía las cruces con las dos manos, presa de un terror que no se animaba a expresar. Porque el indio es callado. No musita palabra casi.
Al día siguiente, corrió por todo el pueblo la noticia del indio “asombrado” y su rancho fue visitado durante toda la mañana por grandes y chicos, llevando aquellos “camándulas” en el puño de la mano izquierda y los chicos florecillas de “zorrillo” para alejar al “Malo”.
Martín Rojas no hablaba y permanecía en la cuja tirado con desgano. Se sentía rendido y apenas si recordaba lo ocurrido en el trillo, no muy lejos de la Quebrada Gata.
Ruperto y su hermana, La Chona, salieron a eso de las cuatro a buscar unas pocas barañas para alimentar el fogón, tomando el mismo camino por donde habían regresado a la casa la víspera. No iban muy tranquilos que digamos y, aunque no hablaban, iban expresando en sus gestos el temor que los invadía.
Otra vez Ruperto vio arriba, por la montaña, la claridad, como la víspera y sujetando fuertemente a su hermanita por la diestra, la haló haciéndola devolverse. Pero no habían dado veinte pasos, cuando Chona caía, como su padre la víspera. Entonces Ruperto gritó. Se oyó su lamento a gran distancia y cayó también, sin conocimiento.
Las gentes se llegaron poco después al lugar donde los dos niños estaban postrados. Los levantaron luego de haber hecho la “cura” al lugar donde los malos espíritus estaban actuando.
Hace poco pasé cerca del sitio del “asombro”. Iba conmigo un cholito de apellido Ortiz.
—Mire: aquí derecho fue donde asombraron a los Rojas.
—Y ¿qué ha sido de ellos?
—Murió Martín y murieron sus dos hijos.
—¿Después de haber sido asombrados?
—Al mucho tiempo, cuando ya eran como santos y les llevaban candelas y les daban limosnas. Vivían bien. Como que la claridad que los asombró los vistió de plata, porque cuando escarbaron en el cerco de ñor Martín encontraron así tamaña huaca de plata.
—¿Mucha plata?
—Así montón en unos tiestos de los que antes hacían en El Tejar.
—¿Y qué hicieron con ese dinero quienes lo hallaron?
—Ve. Ya eso sí que no lo sé.
—¿Por qué?
—Porque los dos que se hallaron el tesoro de los Rojas se las mandaron pintar para la capital, pusieron un negocio y nunca más volvieron por acá. Pero mire, con todo y todo, Martín y sus hijos son milagrosos. Viera las curas que se han hecho invocándolos. Sobre todo cuando se les invoca a los tres juntos y no por separado. Por eso el brujo de Jacinto mercó la propiedad de Martín Rojas. Dice que el cerco tiene el imán de lo de más allá.

Referencia: Zavaleta, J. A. (2003). El asombro de Tobosi. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1a ed., 3a. reimpr., pp. 143-146). Editorial Costa Rica. Originalmente publicado en la Revista Orbe, Año XX, No. 130 de Agosto de 1959, página 5: https://sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/orbe%20revista%20literaria%20ilustrada/orbe%20revista%20literaria%20ilustrada%201959/Orbe_1959_XX_130_Agosto.pdf


En Costa Rica salió el cuijen (1979)
José Ramírez Sáizar

En un lugar no muy lejano de la Zona Sur, aledaño a la Carretera Interamericana, hace algún tiempo salió el diablo. No ubicamos la zona exactamente por existir, aún, deudos conectados a este tenebroso caso.
En un sitio pueblerino con un asentado espíritu religioso, situado allá en una planicie, fondo natural de elevados cerros que convierten en cazuela natural a ese vallado, pasó la historia. La gente cree devotamente que muchos fenómenos son efecto del desagrado de Dios y atribuye al castigo, cosas que han sucedido. Es el folclore mágico de los pueblos.
Un creyente de esa zona nos contaba hace mucho tiempo, que en una festividad religiosa, al sacar del templo a la imagen venerada de la Virgen, en procesión devota —como es natural la llevaban en hombros las mujeres solamente—. Llegó un momento en que las andas y la imagen se tornaron muy pesadas y ya nadie podía con ellas. Por más que trataban de caminar no lograban su intento y sentían cada vez más aplomada aquella preciosa carga.
Se lo comunicaron al cura que precedía la procesión cantando salmos y resolvió cambiar de devotas en tan místico empeño. Las nuevas fieles sí lograron continuar con la imagen a cuestas. Rato después, las primeras mujeres quisieron volver a cargar la imagen y sucedió otra vez lo mismo. Esfuerzos redoblados y falsos empeños por caminar y no pudieron. Vuelven nuevas mujeres y exclusivamente muchachas de la Cofradía llamada "Hijas de María" y lograron continuar el camino. Esto dio cabida a los rumores de que alguna o algunas de las personas que antes intentaron llevar la imagen, no estaban en "gracia de Dios" y por eso la Virgen no se dejaba conducir por ellas.
Terminada la procesión, seguía el rosario solemne y ya tarde redoblaron las campanas de la ermita invitando a los creyentes al piadoso acto. Vivía en esa comarca una morenita prieta, llena de ínfulas y extravagantes ideas y caprichos. No parecía haber nacido en la zona por sus aspiraciones y sus raros deseos, que la sindicaban como muchacha extraña. Era voluntariosa, inconforme con su modo de ser y parecía predestinada al lujo y a las comodidades de la ciudad. Maldecía de su suerte y su pobreza y se abochornaba de su familia y de la humildad en que vivía.
La madre, resignada y piadosa, la quería llevar a que visitara el templo, que fuera a los oficios religiosos y que se confesara para acercarse a Dios. Pretendía la pobre mujer que Dios le diera el don de la humildad, que pudiera cambiar de carácter y de manera de ser. Ella se burlaba de los buenos deseos de su progenitura... y esa tarde que la quería obligar a que fuera al rosario, se escapó a la plaza y desde ahí se mofaba y ridiculizaba a su madre y a sus deseos de que entrara a la ermita. Como poseída de un espíritu maligno se reía de las advertencias de su madre y a las amenazas respondía con carcajadas y visajes, se levantaba la enagua y maliciosamente se nalgueaba ella misma.
La madre, una santa mujer, exasperada por aquella provocación de su hija, avergonzada de su conducta de la que se daban cuenta los devotos que iban a la iglesia por lo que escandalizados se "persignaban", dicen que no atinó sino a decirle, llena de santa cólera:
—Andá, hija maldita, ya tendrás tu merecido. El diablo te ha de salir en castigo de las burlas que le hacés a tu madre y a las cosas de Dios.
Ella siguió para el rosario cuando, a poco, oyeron unos gritos y lamentos escalofriantes en medio de la plaza. Una intensa humareda y un fuerte olor a azufre se regó por aquellos ámbitos. Al salir a la plaza una oscurana enorme, con destellos de fuego rojo, azul y amarillo... y ya en el aire una figura humana que se debatía entre gestos de pavor, dando estridentes alaridos. Una inmediata conjuración del sacerdote, la señal de la cruz abarcando la escena y rociada de agua bendita se disipó la dantesca visión.
Cuando el humo y los de-stellos desaparecieron y tornó la calma, solo hallaron en el centro de la plaza a la muchacha díscola con su cabellera larga enmarañada y todos los pelos de punta como si en vez de hebras fueran alambres tensos que salían de su cabeza. Sus ojos desorbitados. Una mueca repulsiva en su boca y presentando muchos arañazos y rasguños profundos en su cara y el cuerpo, al que, difícilmente, cubrían los escasos jirones de su vestido.
—Es el "cuijen" en persona que se la alzó —decía una viejita entre oraciones y persignadas.
—Ya se la llevaba el Pisuicas —comentaban otras ancianas besando su rosario.
Lo cierto es que allá, a los tiempos, contaban que la muchacha permanecía aún con el pelo tieso y tenso como el alambre... que no creció más, permaneciendo en un ser y jamás volvió a masticar palabra... Que jugaba con los sapos y alimañas y no le hacían daño ni los alacranes ni las culebras... y con su eterna juventud fatalmente transfigurada en un encierro inalterable, hubo de vivir de la caridad pública, pues jamás se volvió a atrever a asomarse a la ventana de su casucha vieja a la que todos temían y se santiguaban al pasar.

Referencia: Ramírez Sáizar, J. (2009). En Costa Rica salió el cuijen. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 240-242). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Folclore Costarricense, 1979).


Espantos de antaño (2003)
Tradicional

Las leyendas, cuentos y supersticiones de los diferentes pueblos del país han sido en el fondo casi las mismas. Pequeñas diferencias de forma y raras adaptaciones al medio ambiente dan muy escaso carácter regional a este aspecto de la vida campesina.
Son notorias la pureza de costumbres y la sencillez e ingenuidad de expresión en los años de que hemos podido conseguir referencias.
Las supersticiones fueron muchas, inevitablemente: “El Cadejos”, “La Llorona”, “Los Duendes”, “La Segua”, “El Salvaje”, “Los Hermanos”.
El Cadejos es un animal negro, largo, inofensivo, amigo del hombre. Algunas raras veces aparecía corriendo tras los trasnochadores y oíase, dicen las gentes, como si llevara herradas las patas. Aunque no se decía que pasara de acompañar al hombre solo, pues nunca se aparecía a dos personas, no eran pocos los que se abstenían de andar tarde en la noche, temerosos de verlo.
La Llorona es la mujer que en mala hora echó su niñito al río y anda eternamente buscándolo por la orilla, dando lastimeros ayes.
Los Duendes son enanitos de vestido azul, que andan por los cafetales, a veces muy cerca de las casas. Son los que pierden a los niñitos. A un niño, que ahora está en la escuela, “se lo llevaron” estando muy pequeño, y lo más curioso es que él, que entonces no hablaba aún, cuenta detalladamente por dónde lo llevaban, que le decían, etc.
La historia de La Segua, mujer sentada en las piedras del camino que ofrecía acompañar al primer hombre que pasara y que al pedirle a este fuego para encender un cigarro dejaba ver su cara descarnada, con figura de caballo o de mula, fue muy corriente. Un señor muy valiente, de los que enseñaron a trabajar a la nueva generación y de los que no se asustaban con nada de este mundo, tuvo una vez que montarla a caballo por delante de la silla; y nadie podía contradecir, ni siquiera dudar de este hecho. Todavía algunas madres cuentan a sus hijas, de buena fe, que La Segua es ejemplo del castigo que recibió una mala hija al intentar pegarle a su madre.
Los hacheros de hace 30 o 40 años, cuando veían cubrirse de niebla la montaña, decían: “Ahí anda El Salvaje”, fantasma que unos imaginaban como un gigante solitario y feroz de carne y hueso, y que otros tenían como un espíritu infernal.
Los muertos, al parecer de algunas gentes, volvían al mundo cuando habían dejado dinero enterrado o cuando debían alguna promesa. Una luz débil y vacilante como un fuego fatuo era el aviso, y poco después el muerto, en figura de esqueleto envuelto en un sudario blanco, se presentaba para decir lo que quería. Solo personas muy valientes y santas resistían sin desvanecerse la presencia de “El hermano”.
Una persona seria me dijo:
“Vea si hay mucho de estas cosas que al mismo padre Brenes, persona tan buena e ilustrada, le salió en “Los Cerrillos”, de noche, una enorme “chancha” que echaba fuego por el hocico y por los ojos”.

Referencia: Tradicional. (2003). Espantos de antaño. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (1a ed., 3a. reimpr., pp. 233-234). Editorial Costa Rica.


Las ánimas reclaman (2007)

Información de contexto

En aquella casa grande con las paredes empotradas, sus ventanas eran puertas que permanecían abiertas en el día y si no llovía, a la mitad dividida por un gran pasillo, a la izquierda estaban ubicados tres cuartos bastante grandes, a la derecha la sala, el comedor y la cocina al fondo con sus largos molederos, y la cocina de hierro en el fondo de la derecha, junto a ella un cajón de leña, sobre ella la cafetera siempre lista con el café, detrás las tapas de dulce, más allá un trastero donde se guardaban los jarros de loza, los platos, las cucharas y el pichel. No podía faltar la canasta con hojas de plátano envolviendo las tortillas.

Siempre a mano derecha hacia el oeste estaba la puerta que nos comunicaba con la pila y sobre esta un tejado por techo, sostenido por dos grandes horcones, y sobre estos, hacia los lados, dos hermosas veraneras, sin faltar los largos corredores con sus largas bancas que se usaban para las tertulias por las tardes.

Los pisos de madera luciendo hermoso brillo. Las aceras lucían piedras colocadas en forma muy ordenadas, empotradas en la misma tierra. A mano izquierda estaba la troja construida de tucas de madera empotradas unas con otras y al frente estaba el picadero de leña que se colocaba en estribos, no nos podía faltar el molejón sobre un tronco grueso ni la carreta, la cual ya estaba bastante maltratada por su uso constante en el trabajo. En el cerco gallinas, pollos, dos caballos, y detrás del escusado una gran mata de chayote, junto a ella una paja de agua.

Que felices éramos, vivíamos entre tanta paz y tranquilidad. Me daba tanto Orgullo y alegría ver a mis padres, el respeto que se demostraban el uno al otro. Sobre todo, la gran unión que se notaba en sus frecuentes acciones, siempre cariñosas entre sí y con nosotros. Estos sucesos que aún siguen vivos se iniciaron alrededor del año 1928.

Éramos ya muchachillos mis hermanos y yo, Narciso de 10 años, Joaquín de 11 y Pantaleón de 13, trabajamos con papá, sembrando cubases, maíz y cuidando las vacas. Mis hermanas eran Leticia de 7 años, Concepción de 14 y Clemente de 15. Siempre muy unidos, nunca nos faltó nada, más bien en la troja siempre había reserva de maíz y cubases, además la lechita diariamente. Mis dos hermanos mayores estaban en el convento del Corazón de Jesús y mi tía materna Elvira ayudaba en los deberes a mamá.

La historia

Primer ataque

Un viernes que nos visitaban nuestros hermanos a eso de las 5:00 p.m. mi mamá se fue al escusado; como tardaba tanto mi hermana Clemente salió a buscarla, de repente escuchamos unos gritos con gran alarma: papá, papá ven rápido, ven a ver a mi mamá.

Todos los que estábamos en la cocina salimos en carrera en auxilio de mi mamá, la encontramos detrás del escusado a la par de la mata de chayote, estaba tiesa y con la mirada fija, su corazón palpitaba aceleradamente. Entre mi papá y yo la llevamos a la cama. Por la distancia que hay entre mi pueblo y Cartago ese día no pudimos traer el doctor. A eso de las tres de la mañana del siguiente día Pantaleón y yo salimos a buscar al doctor. El diagnóstico fue que ella se llevó un gran susto, una impresión demasiado grande y que debíamos esperar que reaccionara.

Mi papá permaneció junto a ella sin despegarse, solo para lo más necesario, esperando su mejoría; transcurrieron treinta días, pero sin ninguna reacción, cuando a eso de las siete de la mañana llegué de ordeñar, me acerque a la cama, mi papá fielmente a su lado; toque sus manos, estaban frías, toque su corazón, ya no palpitaba, me volví y le dije a papá. Mamá murió,

Él la tocó, la abrazó, la movió, pero fue inútil, no podía creer lo sucedido, ya había que resignarse, no se podía hacer nada más. Guardó silencio y se acomodó siempre a su lado; tenía un gesto como si a él mismo se le acabara la vida.

La vela

Llegaron dos de mis tíos paternos para realizar las vueltas del entierro; nosotros confiamos todo en ellos por la experiencia que ellos tenían. Lo único que nos consultaron fue la hora del entierro, decidimos que fuera a las 3 de la tarde. Fueron donde Porfirio López, el que hacía las cajas de los difuntos en el pueblo y como era tan prevenido siempre tenía tres echas, una morada, una gris y una beige.

Por cierto, la de mamá fue morado purpura, a ella la vistieron con un traje alusivo a la Virgen del Carmen, abrieron campo en la sala y pusieron la mesa del comedor con una sábana blanca, sobre ella en el fondo de la pared un cristo y una estampa de la misma Virgen del Carmen rodeados de espárragos y margaritas, parecía increíble ver a mamá a sus treinta y ocho años muerta metida en aquella caja. A su alrededor pusieron candelas pegadas sobre platos y ramos de calas y hortensias metidas en tarros con agua.

Debajo de la caja no podía faltar el vaso de vidrio con la mecha larga que descansará sobre un plato de loza, donde poco a poco caerían las gotitas de agua lentamente y así saciar la sed de mi madre cuando iba en el camino hacia Tatica Dios. Alrededor de la sala pusieron las cuatro bancas que había en los corredores.

Fue una escena muy desgarradora, una escena que yo jamás esperaba, tan rápido e inesperada, pero eso era la voluntad de Dios y había que aceptarla. Por lo tanto, en la cocina empezaron a llegar las vecinas a alistar la acostumbrada comilona, en estas situaciones ya estaba listo el bizcocho para meterlo al horno de piedra, doña Zeneida llevó una canasta con deliciosas tortillas, mi tía Elvira ya había hecho un tamal asado y sobre él cocina dos cafeteras de café recién chorreado y una olla con agua caliente.

Por su parte Pantaleón y José, mi primillo, desplumaban unas gallinas para alistar el almuerzo del velorio. No podía faltar la rezadora, Doña Ema Gamboa, cada hora se arrimaban de primera se tiraba un rosario y debíamos estar listiticos sino nos dejaba perdidos al contestar.

A eso de la 1:00 p.m. empezó a llegar más gente, se repartía el pan que habían hecho las vecinas y las tortillas con queso fresco; el traguito de guaro contrabando no podía faltar, el cual era gustado por la mayoría de los hombres ya adultos con la excusa; hay que calentarse porque este frío no se aguanta.

Así, entre rosarios, dolor, comida, tertulias y traguitos se llevó el velorio de mi mamá; a sus treinta y ocho años ya muerta era increíble. A mí lo que más me preocupaba era ver a papá a la par de la caja con un semblante tan pálido, con la cabeza gacha y con los ojos llorosos, apenas levantaba la mirada cuando le daban las condolencias; cada vez se veía la casa más llena de gente y se acercaba la hora de llevarse a mamá para la iglesia y seguir al cementerio.

Mis hermanas Clemente y Concepción, que siempre habían pasado metidas en el cuarto con Leticia salieron vestidas todas de negro, con los ojos hinchados y rojos de llanto y sobre sus cabezas unos largos velos negros. Traían a Leticia de la mano que con costos entendía lo que estaba sucediendo. Tuve que tragar grueso para no soltar el llanto; al ver la inocencia de Leticia a sus escasos siete años ya sin mamá. Mis tíos paternos se acercaron a la caja y fueron abriendo campo para sacarla, me asomé para darle el último a Mamá y casa y aún estaba con los ojos abiertos.

Segundo ataque y entierro

Papá se puso de pie y salió de la casa en dirección del escusado. Mis tíos y mi primillo José ya estaban listos para levantar la caja, pero papá no llegaba para que le diera el último adiós a su esposa, llame a Narciso para que fuera a buscarlo, salió en carrera y regreso más rápido, pero muy asustado; entre su agitación apenas le entendí.

— Papá está tieso.

Salí tan rápido como pude, lo busqué en el escusado, pero nada, con todo mi miedo lo busqué detrás, donde estaba la mata de chayote y ahí estaba, muy tieso y no reaccionó a mi llamado.

Lo sornaguie, pero nada, y por último toque su corazón, pero fue inútil; salí corriendo a buscar a mis tíos; la gente se alarmó al ver que salimos muy apresurados y empezaron los murmullos. El también murió asombrado. Recogimos a mi papá, pero lo confirmamos, no pudimos hacer nada, papá había muerto. Lo vestimos con la ropa que más le gustaba, de traje negro, camisa blanca y corbata negra y rápidamente nos trajeron la caja de donde Porfirio López.

Todos abrazados lloramos la doble desgracia, perder también a nuestro padre, era increíble pero real. Mis tíos maternos Julián y Bernardo fueron por el sacerdote. Entre llantos no salíamos del asombro, tanto nosotros como nuestros acompañantes. Doña Ema, tratando de calmar a la gente empezó un rezo, pocos eran los que estaban atentos. Al terminarlo se arrimó al sacerdote, se paró junto a las dos cajas y dijo a la gente presente:

— Esto es obra de Dios por la gran unión y amor que se profesaban estos esposos — no pudo ser mejor; nada de pensar y comentar tonterías. Porque con eso lo que hacen es atormentarse y perderán la paz. Me parece que más conveniente es enterrarlos juntos

Mirándonos nos dijo: — Les parece a eso de la 10 a.m. Estad felices y pensad, esto es un regalo de Dios, para ellos y para ustedes. Estad en paz. — bendijo las cajas y a todos los parientes ahí presentes; inmediatamente se tornó un gran silencio.

Mientras tanto en la cocina nuestras vecinas Doña Zeneida, Doña Trinita, y mi tía Elvira, molían el maíz en el metate, palmeaban las tortillas y las cocinaban; además chorreaban café para con lo que habían guardado de la mañana, como si las ánimas avisarán lo que iba a pasar.

Fueron siempre mis tíos paternos los que estaban atentos a todo lo que correspondía al velorio; buscando las cajas. Aquella imagen, dos cajas sobre la mesa, dos vasos debajo de ellas con las mismas flores y las mismas candelas ya un poco gastadas. Cuanto dolor, cuanto vacío, siguió el velorio, pero no faltaron los rosarios con Nanito Pipe, el rosario, el pancito casero y por supuesto los llantos unidos a los comentarios:

— Murieron asombrados; hay que alejarse de la mata de chayote y ese escusado que lo cambien a otro lado.

Ya era de noche, en los corredores se aglomeraba la gente, sobre todo los hombres que entre tertulia y tertulia pasaban muy bien el rato; tomándose su traguito para aplacar el frío acostumbrado en aquella época. Como era costumbre cuando se velaba un difunto por la noche se hizo una fogata en el patio y alrededor de ella nos calentábamos todos; así se soportaba mejor el frío. Mis hermanas metidas en el cuarto, ya no podían llorar ni hablar, estaban completamente roncas y Leticia estaba ya dormida.

Las muestras de condolencias eran de no acabar. De repente se oyó un gran alboroto alrededor de la fogata, dos de mis vecinos, bastantes chispeados, quisieron ofender a Celimo, el hermano mayor de mi papá, este se volvió y les dió de trompadas. Nunca me di cuenta que le dijeron para ofenderlo tanto. Entre todos los que estábamos ahí tratamos de calmar el pleito; Doña Zeneida se llevó a su esposo, mi tío se fue y así todo volvió a su calma; el otro vecino, Cipriano, permaneció tambaleándose, pero sin chupar suelo. Amaneció dormido en una esquina del corredor y muy mansito.

Jamás olvidaré entre aquel trillo la imagen del traslado de las cajas hacia el cementerio, entre aquella espesa vegetación y para ajustar una gruesa capa de neblina, como si fuera una historia de terror. Los más duro era que ahí iban mi papá y mi mamá ante circunstancias aún desconocidas.

Dolorosa pérdida

Con gran tristeza pasó el funeral y el novenario, tratando de encontrar resignación. Después de dos meses llegaron los hermanos de mi mamá, Jarino y Cleto, nos comentaron a manera de secreto que tuviéramos cuidado porque los hermanos de mi papá han andado recorriendo los terrenos con gente muy rara que no conocemos. Pero nosotros no le dimos importancia; para nosotros era más importante el vacío que dejaron nuestros padres que los terrenos, además nosotros confiábamos plenamente en ellos.

Mis hermanas permanecían en la casa cuidando a Leticia y tratando de superar la prueba tan dura que estábamos pasando. Asistiendo la casa como lo hacía Mamá; siempre con la ayuda de la tía Elvira. Sin pasar mucho tiempo, cierto día por la tarde con gran imponencia llegaron mis tíos Julián y Bernardo, nos dijeron que de ahora en adelante ellos eran los dueños de los terrenos y el ganado de Papá, nos enseñaron un montón de papeles raros y no tuvimos más que aceptarlo.

Solo nos quedó la casa donde vivíamos y el cerco donde estaba la chayotera. Apenas podíamos creer lo que estábamos pasando, nos quedamos muy desilusionados de ver a mis tíos tan llenos de avaricia y codicia. Mis hermanas regresaron al convento, pero Leticia se quedó en casa de Tía Elvira. Mis hermanos Narciso y Joaquín tuvieron que irse a vivir con mi tío Julián; Pantaleón y yo nos fuimos a trabajar en Tres Ríos; como vaqueros.

Las ánimas reclaman

Nos seguimos reuniendo en la casa cada vez que ellos cumplían meses de muertos. Al cumplir el año de muertos todos fuimos juntos al cementerio y como era normal la neblina nos acompañaba. Rezamos, colocamos flores y nos regresamos; cuando íbamos bajando Narciso volvió a ver para atrás y vio una luz que salía de las tumbas, caminamos más rápido, pero la luz nos seguía de larguito, nos acercamos a la casa y la luz se metió en la chayotera. podrán ustedes imaginarse la sensación tan grande en todo nuestro cuerpo, el corazón aumentó su ritmo cardiaco, no podíamos hablar, solo nos mirábamos fijamente unos a otros, quedamos como paralizados y sudando frío.

Nos metimos a la casa, cerramos por todo lado y empezamos a rezar creyendo que eran las ánimas que andaban reclamando algo. Ni a palos nos volvimos a arrimar a la chayotera, aquellos ricos chayotes, grandotes y blancos, eran recogidos por nuestros vecinos.

En el año de 1933 contraje matrimonio y me fui a vivir a la casa de la familia. Yo no me animaba a estar fuera de la casa cuando ya oscurecía porque la luz siempre salía y empezaba a rondar la casa. Mi hermana mayor, Clemente, faltando a sus principios religiosos; ante aquella insistencia de la luz buscó a un clarividente de Turrialba y lo trajo a investigar. Esperaron que llegaran a las 12 de la noche y, portando unas canfineras, palas y mucho valor se fueron a la chayotera, porque según el clarividente ahí había un tesoro, excavaron hasta llegar al tope con una gran laja, de inmediato salió la luz seguida de un humo muy espeso, mientras tanto se escuchaba una voz como tipo estruendo, que decía:

— Aún no ha nacido el dueño de lo que aquí está enterrado.

Mi hermana y el clarividente salieron como alma que lleva el diablo. Solo pudieron recoger las canfineras para regresar a la casa. El clarividente no pudo dirigir más palabras y al día siguiente apenas salió el sol salió despavorido en su caballo hacia Turrialba. Unos vecinos que desconocían la presencia de la luz nos hicieron el favor de tapar el hueco; pero hoy día todavía está como evidencia las piedras en un puñito a un costado de una casa recién construida.

Como narradora les puedo garantizar que esa luz siempre sale; yo no soy creyencera, pero la he visto cuando sale de las tumbas y ronda ese terreno donde estaba la chayotera, hoy hay una casa. Quién podrá asegurar que son las mismas ánimas que reclaman la ingratitud que les hicieron los tíos a sus sobrinos, o más bien que indicarán que en alguna de sus generaciones, se va a confiar el tesoro ahí escondido, que va a recompensar la ingratitud de la avaricia y codicia. Pero ante todo la ausencia prematura de una pareja ejemplar.

Fin

Esta narración es resultado de una investigación realizada con la familia afectada directamente, pero para evitar disgustos familiares, se usaron nombres ficticios; ya que ellos aún viven la situación como si fuera ayer y se alarman ante cualquier luz y sonido que escuchen. En sus manifestaciones expresaron el resentimiento de haber sido desposeídos de sus grandes amores y lo que pudo ser su herencia.


Fuente:

Troyo et al. (2007). Cuentos, leyendas, anécdotas e historias de vida en los cantones de Alvarado y Oreamuno de Cartago. Certamen de tradiciones costarricenses 2005 de los cantones de Alvarado y Oreamuno, p. 65. Ministerio de Cultura y Juventud, Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural. San José, Costa Rica: Imprenta Nacional. En: https://www.patrimonio.go.cr/biblioteca_digital/publicaciones/2007/tradiciones_2005.pdf


Espantos (2009)

Rubén Coto
A este tal Pedro Villalobos, a quien Dios guarde por muchos años, lo conozco desde hace ya tanto tiempo que no podría precisar fecha, como tampoco podría decir desde cuándo se grabaron en mi mente la imagen de las dos torres grises de la humildosa iglesia de mi pueblo con sus móviles guirnaldas de golondrinas, el armonioso tañido de las dos campanas, María del Pilar y Santiago, magnífica ofrenda de ñor Ramón Andrade (aquel viejecito ricacho que usaba chaqueta de jerga gris con barbillas en el borde inferior, zapatos amarillos de remaches, banda de seda, de rojo vivo, en la cintura y sombrero de pita de ala tendida, y que iba a dos misas los domingos), los tonos esmeralda de la vecina montañuela, La Carpintera, y el cuchicheo perenne y sonriente del Tiribí en cuyos remansos y pasos —hay testimonios formales de más de un coterráneo, todos hombres de bien— se oyen a las tantas de la noche los ayes lastimeros de La Llorona, siempre errante...
A Pedro Villalobos se lo jirvieron las virgüelas cuando chiquillo, las condenadas le güequiaron todita la jicara; por lo demás, nunca ha padecido de nada, algunas calenturillas de la Línea, pero nada más. Ha sido un confisgao en cuestión de mujeres: ¿pues no ha gastado tres mujeres propias, fuera de los contrabandos? Hora no, porque ya viejo; le han valido mucho los secretos que sabe pa enamorar y pa evitar que le echen males: bebedizos, oraciones, polvos de cuyeo, ciertos güesos de lagartos, el unicornio que siempre cargaba encima y por el que tuvo que dar cinco pesos, todo lo que tenía, por cierto que no le quedó esa vez ni con qué comprar la carne, y etc., etc. Como sirvió tantos años en la polecía, se sabe los reglamentos de memoria, los jefes gustaban mucho de los cumplimientos que él hacía; pa todo se necesita gracia en la vida, no hay caso.
Ha oscurecido completamente. En el interior del patio de la iglesia vacilan en lo alto los focos diminutos de luz intermitente en las candelillas; se percibe el rumor cercano del Tiribí; los sapos cantan con ruido de guijarros que se agitan en el interior de calabazos vacíos. A la sombra protectora del higuerón que extiende la bondad de sus ramas frente al viejo muro de calicanto, bajo y musgoso, que separa la calle del patio lateral de la pequeña iglesia, algunos hombres del pueblo se han congregado para charlar en paz. De ordinario, en los días cálidos, hacia el anochecer, es este uno de los sitios preferidos para estas tertulias. La plática recae sobre lo ocurrido a ñor José María Pérez en los últimos días. Este ñor José María Pérez es uno de los vecinos más conocidos en el pueblo: viejecito rezador, muy de trabajo, muy buen hombre. Es él quien en los nueve días y cabo de años sigue el rosario; el mismo en las procesiones de Semana Santa y del Corpus precede a todos con la Cruz Alta; entonces lleva el hábito de San Francisco, un poco arrugado, con el cordón bien ceñido.
No importa si, una vez cumplidos los deberes religiosos del día domingo, se alegra un poco; es siempre la suya una alegría pacífica y breve que nunca se ha salido de los términos del día domingo para invadir con la fiebre de sus vapores los dominios de algún lunes. Todos los lunes, ñor José María Pérez como de costumbre: bien de mañanita a su trabajo, con el almuercito y la pala o el machete al hombro.
Pedro Villalobos, como mejor enterado, hace la relación de lo que pasó, como si lo estuviera viendo. Primero saca fuego en su yesca y enciende un puro; en el ambiente se esparce un ligero olor a trapo quemado. Todos escuchan en silencio.
—Esa mañana comenzábamos a mediar café. Ñor Pérez, tempranitico, guindó la chaqueta y el saco con el almuerzo en uno de los poroses del madriao y se jue con su fisguita, a tirarle. Estaba ruediando una mata en una esquinilla, onde mismo asombraron a ñor Cipriano Fonseca —que Dios lo haiga perdonao—, cuando en eso se oyó el batacazo onde cayó. Lo abrigaron con un saco en la nuque, y se lo llevaron pa la casa. Ya ayer foliaron.
Alguno de los concurrentes confirma este último: el Padre llevó el día anterior los Santos Oleos al viejecito que permanece en actitud de asombro, ha perdido completamente el habla y casi no puede moverse; por dicha el domingo había subido al Altar...
Nuevamente interviene Pedro Villalobos en la relación. Dice que ya son muchos a los que les ha pasado su mano en esa hacienda en la que nadie ignora que sale un hermano... quién sabe si será promesa sin cumplir o botija que hay enterrada; el caso es que los han alzado tiesos. Allí cada nada están levantando gente del suelo. Uno que estuvo de mandador le contó que una noche, hacía muy bonita luna, oyó el perro late y late y como el animal no lo dejaba dormir, salió con el cuchillo a ver lo que sería. Se puso a poner cuidado cuando en eso le pegaron un gran socollón a la cerca, y no era que hiciera viento; le entró un gran frío por la espalda y se metió ligero; la mujer dijo a rezar y a pasarle bien duro la cobija por la espalda; ya desde esa noche nunca volvió a latir el perro. De día se encuentran huellas de niños y de caballos en el suelo, se oyen relinchos y trotes, van a ver, y nada; también ven faroles con la candela prendida, debajo de todo el sol. En media hacienda hay un lugar en donde siempre está haciendo un gran frío de toda la trampa, hasta en los días más calientes de marzo. Le han contado de un Padre de Cartago que vivía solito en la casa de esa hacienda, mucho tiempo, hasta que se murió. Salía siempre a las cinco de la mañana a decir su misa, después todo el día metido, encerrado en su cuarto sin hablar con nadie, ni la viejita que lo asistía lo podía ver; para avisarle que ya estaba el café, o el almuerzo o la comida, la viejita sonaba una campanilla que tenía, y se quitaba; cuando oía los pasos del Padre que ya se iba de la mesa, entraba otra vez la viejita a llevarse los trastos, y el padre otra vez encerrado. Sería que dejó plata enterrada; también pudieran ser duendes o el Malo. Quien sabe...
En cuanto a él mismo, hace algún tiempo le pasó una muy fea: hacía una porcia de días que lo venía persiguiendo una luz donde quiera que estaba solo; en una de tantas resolvió echarse el alma al hombro y hablarle al muerto, primero se atolló su buen guaro: —“Decí lo que querrás, carajo, pero eso sí te pido que me dejés llegar hasta la casa sin querme al suelo, por vida tuyita...". Era el dijunto Goyo Calvo que quería que le hablara a Rafel, el hijo, sobre de que tenía que pagar unas misas que había quedado debiendo. Efectivamente, no cayó al suelo en ese momento; pero no bien hubo llegado a la casa cuando comenzó a sentir que le pasaban una mano helada como de muerto, por toda la espalda, de arriba para abajo y de abajo para arriba, se le aflojaron las canillas y entre cuatro lo treparon a la cama; la mujer lo arrebató a flotaciones en la espalda, con ceniza caliente que es lo que hay bueno para esos casos, regaron agua bendita y quemaron palma bendita en el cuarto. A los días le dio la razón que le había mandado el dijunto Goyo a Rafel, pero Rafel se hizo el chancho y de allí le vino el tuerce p'atrás y p'atrás desde entonces; tenía establecimiento, y quebró; tan derecho que había sido siempre para la taba, pues no volvió a ver un tiro de carne; se fue a meter en la policía un tiempo aquí en Tres Ríos, y hasta que se murió.
Declara que se sabe la Magnífica al revés, de atrás para adelante, esa es la gracia, por si llega a verse en algún apuro cualesquiera vez; espíritus malignos u otra zanganada que no faltan. El Cadejos en no metiéndose con él para nada, pasa derecho. Se lo topó una noche viniendo de Carrillo con bueyes; oyó primero como un chis chis, eran los casquillitos que le sonaban donde venía; en seguida no más viendo las dos brasas, los ojos. Le han contado que era un muchacho como de unos trece años, un mentado José Joaquín; el tata le echó una maldición porque una noche quiso pegarle un susto debajo de un puente. La culpa la tuvo la mama que aconsejó al hijo; ella como el marido tenía una querida, pensó que asustándolo dejaría la llegadera tarde en las noches; el chiquillo fue el que sacó la rifa, y hasta la hora... Nunca ha visto la Cegua, y no es porque no haya sido mujerero, qué va; debe ser porque siempre le ha gustado cargar alguna reliquia, el escapulario del Carmen, casi siempre, o el Detente. La Cegua busca siempre al hombre birringo cuando anda de noche en sus fechorías: al pronto ve uno una mujer de pelo suelto, enlutada, con un cuerpo que da gusto verlo, chiquiona para andar, haciéndose la desentendida. El que es la palabrea y ella dejándose alcanzar; cuando ya uno va apañándosele y se le arrima con confianza y le dice "cholita linda" o cualquier otra carga, vuelve la cabeza y pela así dientes de caballo, las orejas también de caballo. Con toda seguridad que al individuo tienen que juntarlo después. Pero solo al hombre mujerero es al que le sale. Al hombre formal lo respeta, y a las mujeres...
En este punto, uno de los contertulios interrumpe el hilo de la relación que Pedro Villalobos hilvana, para hacer una referencia en concreto a la Cegua. Se trata de un caso personal que evidencia otro aspecto del horrible espanto: venía de Cartago a caballo, como a las once de la noche, al pasar por el Fierro oyó un chiquito llorando en la raíz de un güitite, se apió del caballo y alzó la criatura de donde estaba, se puso a sobarlo y el chiquito ya se calló; estaba viendo el modo de montarse otra vez con todo y criatura cuando en eso oye que ésta le dice: "ispiame los dienticos..." así guitarra y tamañas macanas, mismamente una yegua... "Lo juntaron del suelo y a los días se confesó con el Padre Diego".
Pedro Villalobos comenta: que sí, que en esos casos es bueno confesarse; pero que Dios guarde subir al Altar, hasta después de unas tres confesadas. Y sigue; siendo policía en San José, cuando Soto, oyó la carreta sin bueyes, como a la una de la madrugada; estaba haciendo segunda, por la Soledad. Primero sintió en la cara un viento muy feo, como de barranco, después la vido onde venía; pegó carrera hasta encontrar el otro policía, estaba vuelto para la paré y en un temblor todo el cuerpo, y a todo esto sin onde beberse un trago; se estuvieron juntos hasta que ya se vieron las claras del día. Lo que cuentan de que en la iglesia se ven a la noche las Animas rezando en rueda, son mentiras de Chepe Chacón; a las ocho, a las doce y una vez hasta la una de la mañana se ha asomado por debajo de la puerta de en medio, a ver, y sólo murciélagos. En el pantión sí; pero ni por la diabla se ha arrimado allá de noche...
A un conocido suyo de Alajuela, le pasó en una ocasión una vaina muy fea, pero por birringo. Era de lo más parrandero; él en bailes, él en novios, en rezos con música, en velas, nada perdía. Los días sábados el modo de llegar a la casa a acostarse era como a la una de la mañana. Esa noche venía a caballo, pasando por Itiquís; cuando llegó cerca de un palo de guapinol por onde tenía que atravesar, de repente se le paró la bestia resistida; en eso va viendo una casa toda iluminada, onde mismo estaba el palo, y en el corredor bulla de gente muy alegre comiendo en unas grandes mesas; eso sí, notó que ninguno de los que allí había podía verle la cara bien, por más que se restregaba los ojos con las dos manos; de adentro fue saliendo una señora muy mudada y peinada y se puso a convidarlo con muy bonito modo que se apiara y que viniera a comerse un tamalito, si no le daba mucho asco. Se apió, amarró la bestia de un horcón del corredor de la casa y se sentó en una mesa que estaba sola; le trajeron el tamal, que hasta que echaba fuego, lo desenvolvió, y al echarse la primera cucharada, va viendo que no tenía nadita de sal; se lo dijo así a la mujer que lo había convidado, y no hizo más que mentar sal cuando quedó en tinieblas. No quedó ni casa, ni gente, ni luces, ni nada, y él arriba en el palo, prensado en una horqueta; el caballo guindando de otra rama, que ya se iba a ahorcar. Abrevió y con el chafirro le cortó el cabresto al ruco, pas se oyó el vastagazo en el suelo. Se volvió a montar ligerito y dijo patas pa qué te quiero, para la casa. Llegó con un gran dolor aquí derecho, en la pura boca del estómago, sería del susto o de la gran carrera. Desde entonces, ya nunca volvió a salir solo después de las ocho de la noche.
Terminada la relación anterior, el silencio se mantiene por cortos momentos dentro de los del grupo. El rumor del río se percibe más claro; en el espacio tupido de sombras resplandecen a poca altura, de cuando en cuando, los misteriosos puntitos de luz de las candelillas, cual si fueran el vértice de cinceles de oro con que alguna mano invisible estuviera horadando silenciosamente la negra pizarra de la noche. Es posible que algunos de estos hombres, en alguna ocasión, haya creído adivinar en las vacilantes brasas intermitentes, puntas de cigarros de algún fumadero nocturno de las brujas. A distancia, muy lejos, muy lejos se distingue el ruido de una carreta, alejándose cada vez más sin que se pueda precisar su rumbo.

Referencia: Coto, R. (2009). Espantos. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 146-151). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Repertorio Americano).


Muerto de frío (2009)

Yo salía de trabajar en las calderas de ingenio a las doce de la noche, con un compañero que siempre lo perseguían los muertos y hablaba con ellos.

Una vez, le llegó un olor feo, como a muerto, y me dijo que alguno quería hablar con él. Me pidió que me pasara para delante, para cubrirme del frío de los difuntos. Me dejó en mi casa y se fue para la de él, que estaba a la par de la mía. De veras, habló con el muerto y se puso tan heladitico que tuvieron que calentarlo.

Al día siguiente, le pregunté que con quién había hablado y me dio el nombre; pero, me dijo que no podía decirme lo que hablaron porque era un secreto de algo que no pudo arreglar en vida.

Cuando murió, estaba muy encogidito porque, después de tanto hablar con los muertos, el frío de ellos lo fue minando. (p. 8)


Secretos de espíritus

Yo conocí un señor que se dedicaba a pescar en el Reventazón; no le tenía miedo a nada, porque hablaba con los espíritus. Él sabía dónde estaban los dormideros de los peces y, por eso, podía pescarlos.

No a todas las personas se les presentan los espíritus. Los que no tienen valor para hablarles, se mueren y entonces quedan a cargo del espíritu que los mató.

El espíritu trae un "yelo" [hielo] y cada vez es diferente como se presenta. Por eso, no toda persona es la que resiste hablar con ellos porque queda asombrada. (p. 94)


Referencia: Quesada Vargas, María (recopiladora). (2009). Cuentos terroríficos del antiguo Juan Viñas. Káñina: revista de artes y letras, 33 (3). San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica.


El Asombro de Alfaro (2011)

De seguro que donde haya una persona de apellido Alfaro en cualquier lugar del país estará siempre a la expectativa, porque le puede aparecer "El Asombro de Alfaro".

Éramos una familia de seis personas, habíamos trabajado mucho durante el día, nuestra madre y padre siempre nos esperaban con mucho gozo y alegría porque le aportábamos una platica a la mantención de todos.

Fue así que, cuando eran como las 9 de la noche, estábamos tomando una aguadulce riquísima, pues mi mamá le echaba "polvo queso", que traía mi tata siempre del mercado Central; de pronto se apaga la canfinera; mi padre, que siempre estaba atento a cualquier cosa, escuchó una bullilla por la mata e' chayote, algo que socolloneaba la galera; se escuchaba que caminaba por las esquivas de leña, pasaba deslizándose por los rollos de frijol verde que habíamos amarrado en las cerchas de la galera.

Hubo momentos que las gallinas se tiraban del gallinero aleteando y cacareando, pues el árbol de guititte que servía de gallinero estaba bastante cerca del corredor de la casita.

La cosa es que nosotros en aquella zozobra, guardando silencio pa' ver que pasaba.

De pronto papá cogió el balaú (rifle), salió alumbrándose con la luna, se encaminó por donde cuidábamos la vaca y la ternera, pasando por aquel cuitero del gallinero, un palo de güitite que dejaba sobresalir aquel montón de gallinas, cuando todo se quedó en silencio, no se escuchaba ningún ruido, nosotros dentro de la casa esperando a papá para que nos dijera qué era.

En eso suena un puertazo, era nuestro padre asombrado, deslumbrado, casi inmóvil, sin habla, con las manos en su rostro. Le preguntamos con gritos de horror ¿qué fue lo que vio?, pero no pudo contestar. Se quedó viéndonos, se persignó, había perdido el habla; en silencio se fue a acostar; lo más doloroso y triste es que nuestra familia lleva la pena en el alma, porque nuestro padre murió a raíz de ese asombro, nunca se supo qué fue, y la gente dice que fue "El Asombro que le sale a los de apellido Alfaro".

Referencia: Picado-Picado, F. (2011). Leyendas del Valle II, p. 23. San José, Costa Rica: A.F. Picado, P.



MORIR DE "ASOMBRO"... ASÍ MURIÓ MI ABUELITA PATERNA (2024)

Es una historia triste, pero ineludible de contar, si el afán, es saber, de donde venimos, y legarlo a los brotes nuevos, de nuestra saga familiar.

Juanita Mora, llegó a Cachí, de Curridabat, trayendo a la par, a su hijo pequeño, de escasos tres años, nuestro padre, Rafael Gutiérrez Mora.

Empezaba la década de 1920, y el traslado de Paraíso a Cachí, fue tormentoso, en carreta, cuándo a nuestro pueblo, se ingresaba por la Calle Whale, lo que conocemos como la Ajenjal.

Qué la hizo, decidirse a venir a estas tierras, "en el fin del mundo", nunca lo sabremos, no la conocí, y mi padre, era muy reservado en estos temas.

Quizá, presumo, fue atraída por la fama de las grandes cogidas de café, o buscando un nuevo horizonte, que no le ofrecía Curridabat ni la capital.

Su albergue, fue una humildísima casita, por los cafetales de Guayabal, frente a Calle Boza, y allí junto a su hijo, empezaron a ganarse la vida, en la recolección de café y trabajo al campo.

Parecía una hormiguita, por trabajadora, me cuentan los que la conocieron, y era característico su grito de "Rafaelito", cuándo por los callejones de los cafetales, llegaba a dejarle el almuerzo a su hijo, que ya de 8 años, bregaba como un adulto, de "aguero" de la peonada.

Pero la fatalidad se cernía, sobre ambos, allá solitos, sin luz, en el alto de Guayabal.

Papá nunca nos lo contó, pero se lo confió a nuestra madre, que un día, hace muchos años, nos lo narró.

Era una noche cualquiera, en Cachí la gente se alumbraba con candelas, y los más pudientes, con canfineras.

Ella, preparaba la comida para el otro día, mi padre, en una rústica estera descansaba.

De pronto, se oyó, entre el cafetal, un grito desgarrador, que helaba la sangre, se volvieron a ver asustados y no se movieron de donde estaban.

Pero aquél grito seguía, por lo que mi abuelita Juana, valientemente, abrió el pestillo de la puerta y fue a ver que ocurría, si alguien requería de ayuda.

Volvió a los pocos minutos, sus ojos paralizados, su tez negrita, se había transformado en blanca, no podía hablar, y cayó a los pies de su hijo.

Nuestro padre, pensó que era un desmayo, y se arropó con ella, en espera de su despertar, el que nunca ocurrió.

No habían vecinos cercanos, pero al pasar las horas, los que veían bajar religiosamente, a esa pareja humilde, desde los altos de Guayabal, fueron a ver qué les había pasado.

La escena, que encontraron, fue dolorosa y lacerante, mi padre, aquél niño de 8 años, seguía abrazado a su madre, que ya no era de este mundo.

Manos piadosas, se lo llevaron, mientras otras igual de bondadosas, preparaban el funeral.

De qué murió, se preguntaban los vecinos, y al contarles Rafaelito, que fue lo que había sucedido, ellos mismos se contestaron: fue un "asombro".

En la zona rural, se conocía como un asombro, cuándo una persona, ve algo que le causa terror, y sufre un colapso nervioso que culmina con un ataque cardiaco.

Qué vio, mi abuelita Juana, aquella aciaga noche... en la oscuridad del cafetal, ese misterio, se lo llevó a la tumba...

Referencia: Gutiérrez Coto, F. (2024). Morir de "asombro"... así murió mi abuelita paterna. En Aún hay más de Cachí (pp. 75-76). Ideas Únicas, S.A.



Esta es una leyenda paraiseña que me fue referida por una señora mayor quien es conocida de mi tía, por lo que no encontrarán fuentes escritas. Como la recuerdo, se las cuento, decidí bautizarla como: 
 
El espanto de El Yas 
 
Hace mucho tiempo, en algún lugar de El Yas de Cartago de cuyo nombre no puedo acordarme, un monje encapuchado de origen español llegó al área y construyó la primera iglesia del lugar, con el tiempo, de alguna manera amasó una gran fortuna, la cual enterró en algún lugar. Eventualmente, el monje murió y se convirtió en un fantasma alto y negro que se desplazaba flotando en vez de caminando. 
 
Cuenta la leyenda que se le ha aparecido a varias personas, a continuación presentaré algunos de los casos que me fueron narrados: 
 
1. Primero: una señora se encontraba cerca de su casa recogiendo bambú seco para utilizarlo como leña, entonces el fantasma del padre se le apareció, se le acercó y le informó que no podía entrar al cielo hasta que su tesoro fuera encontrado y desenterrado, sin embargo, la mujer enfermó del susto, posteriormente se la llevaron al hospital, donde murió, pero no sin antes contar su experiencia. 
 
2. Segundo: una vez, el padre se le apareció a una muchacha, conocida de la informante, en este caso ella sobrevivió pero quedó parapléjica de por vida. 
 
3. Tercero: una noche, el abuelo de la informante, quien se encontraba en estado de ebriedad, se encontraba en el patio de su casa y el padre se le apareció y le solicito su ayuda y le dijo que él era el único que podía ayudarlo, él accedió. Al atravesar la cerca, el hombre pudo ver como el padre desaparecía, entonces se desmayó del susto, al día siguiente lo encontraron descompuesto, cuando mejoró, contó lo que había experimentado. 
 
4. Cuarto: un grupo de niños, entre los que se encontraba la informante, estaban cazando carbuncos de noche, entonces vieron la sombra de una criatura grande y cuadrúpeda, creyendo que era un caballo, comenzaron a tirarle piedras, entonces vieron que el “caballo” se irguió en dos patas y se fue flotando, sin embargo, este suceso no causó efectos adversos en los niños posteriormente. 
 
5. Quinto: una mujer estaba entrando en labor de parto, así que se la llevaron en carro al hospital, y en el camino pudieron observar una sombra grande que se movía junto al carro un buen trecho del camino, después desapareció. 
 
Mientras todo esto sucedía, los vecinos reportaron ser capaces de, ocasionalmente, observar una luz grande y roja cuyo origen desconocían, algunas veces aparecía sobre los techos de las casas, otras veces en el monte. 
 
Con la introducción del alumbrado público y de la televisión, tanto el fantasma como la luz misteriosa desaparecieron y no se han vuelto a ver hasta el día de hoy, en cuanto al tesoro, nadie nunca pudo encontrarlo. 
 
Fin. 

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