El Asombro
El asombro en la tradición oral y la cultura popular costarricense no constituye únicamente una reacción psicológica ante lo inesperado, sino que se define como una patología metafísica y clínica de carácter frecuentemente letal o transfigurador. Como bien señala el filósofo Luis Barahona Jiménez (1953) en su análisis sobre la "Mala Sombra", el término deriva etimológicamente de la sombra, entendida no como una simple ausencia de luz, sino como una proyección ontológica y energética que alcanza al individuo, eclipsándolo. Quedar asombrado implica ser cubierto por la influencia nociva de un objeto, árbol o entidad, lo que desencadena una sintomatología física documentada con asombrosa precisión por cronistas como Rubén Coto (2009) y Rafael Armando Rodríguez (1966). Esta fenomenología incluye una parálisis motora absoluta, donde el sujeto queda "tieso como un garrote" y con la "vista parada", acompañada de una afonía súbita que impide al asombrado relatar lo visto, tal como ocurrió en el trágico caso de la abuelita Juana en los cafetales de Guayabal de Cachí, quien tras salir a la oscuridad del cafetal cayó a los pies de su hijo con los ojos paralizados y la tez transformada de "negrita a blanca" de forma instantánea (Gutiérrez Coto, 2024).
Fisiológicamente, el fenómeno se manifiesta a través de lo que la sabiduría popular denomina "el yelo" o el hielo de los difuntos, una transferencia energética donde el espíritu, para manifestarse o comunicarse, extrae el calor vital del vivo, dejando a la víctima en un estado de hipotermia espiritual. Este proceso puede "minar" al individuo a lo largo de los años, dejándolo "encogidito" y debilitado, como se reporta en las crónicas de los trabajadores de calderas en Juan Viñas, donde el contacto repetido con los muertos consumía la vitalidad de los operarios (Quesada Vargas, 2009). La casuística muestra que el asombro opera en distintos grados de intensidad según la naturaleza del encuentro; mientras que para algunos representa un choque cardiogénico inmediato ante la ruptura de la realidad biológica —como los casos de muerte súbita atribuidos a los Akanikas en las plantaciones bananeras del Atlántico (Rodríguez-Gutiérrez, 1966)—, para otros, como Jacinto Jara en su intento de atajar la Carreta sin Bueyes, resulta en secuelas neurológicas permanentes que el saber popular denomina quedar "malsecho", manifestándose en tartamudez crónica o estrabismo (Zeledón Cartín, 2009).
Existe incluso una variante transfigurativa y extrema del fenómeno, ejemplificada en el relato de Jerónimo Ramírez Sáizar (2009) sobre una muchacha de la Zona Sur, cuyo encuentro con el "Cuijen" o diablo bajo una humareda de azufre provocó una detención biológica de su envejecimiento y una alteración material de su cuerpo: su cabello adquirió la consistencia del alambre bajo una tensión permanente y sus facultades mentales quedaron suspendidas en un encierro inalterable donde ya no sufría daño por el veneno de alacranes o serpientes. Por otro lado, el asombro posee una dimensión mística y económica vinculada a los tesoros ocultos o "huacas". En la comunidad de Tobosi, el encuentro con una "claridad" que perseguía a la familia Rojas no condujo a la extinción inmediata, sino a una consagración donde los asombrados fueron percibidos como seres milagrosos y dotados de riquezas enterradas en sus cercos, sugiriendo que el asombro puede actuar como una "marca de plata" que otorga prosperidad a cambio de la salud o la cordura (Zavaleta, 2003).
El factor común en todos estos relatos es la vulnerabilidad del sujeto ante la "oscurana", los ruidos infernales como el traqueteo de carretas invisibles o la visión de niños con "uñitas" y ojos de fuego que exigen ser mirados (Zeledón Cartín, 2009). El asombro suele ocurrir en espacios de transición y soledad, donde la presencia del "Hermano" o del espíritu exige una resistencia espiritual y un valor que solo los "santos" poseen para no desvanecerse (Tradicional, 2003). Como se describe en las tertulias de Pedro Villalobos bajo el higuerón de la iglesia, el asombro es un vínculo donde el muerto puede incluso "sujetar" al vivo, permitiéndole llegar a su casa antes de soltar la "mano helada" que le afloja las canillas (Coto, 2009). En última instancia, el asombro en Costa Rica es el testimonio de una frontera porosa donde lo invisible reclama lo físico, dejando como única prueba forense una expresión de terror absoluto grabada en el rostro de los difuntos, quienes al ver la verdad de "más allá" perdieron la capacidad de habitar el mundo de los vivos.
Referencias Bibliográficas
Barahona J., L. (1975). El gran incógnito. Editorial Costa Rica. (Obra original publicada en 1953).
Coto, R. (2009). Espantos. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 146-151). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA). (Obra original publicada en Repertorio Americano).
Gutiérrez Coto, F. (2024). Morir de "asombro"... así murió mi abuelita paterna. En Aún hay más de Cachí (pp. 75-76). Ideas Únicas, S.A.
Quesada Vargas, M. (2009). Cuentos terroríficos del antiguo Juan Viñas. Káñina: revista de artes y letras, 33 (3), 7-95. Editorial de la Universidad de Costa Rica.
Ramírez Sáizar, J. (2009). En Costa Rica salió el cuijen. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 240-242). EUNA.
Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses (2 ed., pp. 287-291). Imprenta Tormo.
Tradicional. (2003). Espantos de antaño. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (pp. 233-234). Editorial Costa Rica.
Zavaleta, J. A. (2003). El asombro de Tobosi. En E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (pp. 143-146). Editorial Costa Rica.
Zeledón Cartín, E. (Comp.). (2009). La carreta sin bueyes / Mírame las uñitas. En Leyendas costarricenses (9a. reimpr., pp. 196-198). EUNA.
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