Cerro Picacho
El legendario volcán Santa Lucía
Costa Rica es un país que tiene más de 120 volcanes, la mayoría de ellos extintos. Los más importantes son: Orosí, Rincón de la Vieja, Miravalles, Tenorio, Arenal, Poás, Barva, Turrialba e Irazú. Este último es el de mayor altitud, con 3.432 metros.
Estudios geológicos recientes indican que el cerro Santa Lucía, también conocido como cerro El Picacho, no es un volcán en términos técnicos. La interpretación geológica sugiere que las características del cerro, como las concavidades y las fuentes de agua en sus faldas, están relacionadas con fenómenos tectónicos y geotérmicos propios de la región, y no con actividad volcánica activa o histórica.
El cerro Santa Lucía se encuentra dentro de un entorno natural privilegiado y es parte del paisaje que caracteriza al cantón de Paraíso, con su topografía montañosa y sus suelos fértiles, ideales para la agricultura. Forma parte de la cadena volcánica que recorre la región central de Costa Rica, que incluye otras formaciones de mayor relevancia geológica y turística como el volcán Irazú.
A lo largo de la historia, el área alrededor del volcán Santa Lucía ha sido aprovechada para actividades agrícolas, sobre todo para el cultivo de café, que es uno de los productos más importantes de la zona. Además, debido a su altitud y ubicación, ofrece miradores naturales con vistas panorámicas del Valle de Orosí, lo que lo convierte en un atractivo local para caminatas y excursiones al aire libre.
El uso del término "legendario" en el título dado a esta sección, sugiere una narrativa que va más allá de la simple descripción geológica de la formación del cerro Santa Lucía. Esa palabra implica que hay historias, mitos y tradiciones asociadas con el volcán que lo han hecho significativo para la comunidad local a lo largo del tiempo.
Hay cuentos y leyendas que explican la existencia del volcán o algún evento que ocurrió en su entorno, que dan lugar a un aura de misterio alrededor de él. Este cerro no solo es un elemento natural, sino un símbolo del patrimonio y la identidad del cantón de Paraíso. Se ha convertido en un punto de referencia importante en la memoria colectiva y ha jugado un papel significativo en la historia.
En la "Revista Geográfica de América Central", dos autores publicaron un artículo en el año 2021 sobre la interpretación geológica de las leyendas del volcán Santa Lucía. Son tan interesantes esas leyendas que bien vale la pena leerlas textualmente:
"Terminando el valle de Ujarrás, hacia el oeste, se levanta un Cerro de poca vegetación y un tanto precipitado. Ese Cerro que aún hoy en día tiene en agitación constante la imaginación de los vecinos, los cuales afirman que para los terremotos de 1910, las fuentes que nacen en sus faldas corrían blancas como leche, y que, tanto antes como después de los terremotos, el Cerro, cuando menos piensa, se pone a bailar, tiene, pues, hacia la cumbre, un enorme hueco o concavidad, en el cual, si se echa a rodar una piedra, se oye por largo rato el ruido que hace al caer, el ruido que va debilitándose poco a poco hasta escucharse como un eco muy lejano, que se pierde sin causar fondo alguno (Prado, 1921, p.17)".
El Cerro viene a ser como la última depresión, por ese lado, del gran macizo cuya cúspide domina el Irazú. (...) también me decían con cierta malicia un viejo descendiente de Ujarrás que me contó la historia en una de mis vistas a las pintorescas ruinas (...) que una mañana, cuando el Padre Guardián terminaba el santo sacrificio de la misa, al volverse al pueblo para dar la bendición, vio que el Cerro que esta frente a frente de una derruida iglesia, se alcanzaba en llamas (...) Muchos ujarraceños habían visto las llamas. Pronto estuvieron lo más con el Padre Cura. A medida que aumentaba el fuego, aumentaba el temor en las sencillas gentes. El Padre Guardián trato de tranquilizarlas, sin conseguirlo, proponiéndoles, entonces, subir con ellos al Cerro para bautizarlo, pues estaba sin cristianizar y no cabía duda de que a esto se debía su furor (Prado, 1921, p.17). Además, sobre el nombre de volcán Santa Lucía, la narración señala que: Se acercaron lo más que pudieron a las llamaradas (...) el Padre bendijo el Cerro en todas sus direcciones, empezando por el lugar de la erupción que roció bastante con agua bendita. En estos momentos el Cerro empezó a temblar que daba miedo y, tragándose las llamas reventó en cuatro fuentes. El Cerro, que también llaman volcán, recibió el nombre de Santa Lucía, porque en tal día se celebraba la fiesta de esta santa (Prado, 1921, p.17).
Otros fragmentos de la misma publicación dan cuenta de más aspectos que son pura leyenda, y no hechos constatados en forma científica. Los transcribo a continuación:
Las fuentes son las quebradas de Ujarrás, llamadas también aguascalientes, aunque el agua que arrastra es fría, pero según el pensar de los vecinos, "son calientes al estómago" hacen daño según unos, y son medicinales según el sentir de otros. Yo las he tomado, son pesadas; el sabor que dan es amarroso, posiblemente deben contener mucho mineral. Son aguas cristalinas, pero son raros y contados los vecinos que toman de ellas por el miedo que les tienen (Prado, 1921, pp.17-18).
Adicionalmente Quirós (1981) señala que: “Chismosos y malas lenguas, decían que don Lorenzo había muerto de que ella, por celos, le dio a beber agua de "Las Cuatro Fuentes". Al pie del cerro desde el cual cae una catarata, brotan en diferentes lugares "Las Cuatro Fuentes", cuyas aguas, según los vecinos, son frías pero cálidas, porque, aunque heladas, son calientes al estómago de quien las toma; y recogidas a cierta hora y de cierta manera, las aguas de Las Cuatro Fuentes resultan veneno mortal” (Quirós, 1981, p.26).
Además de las leyendas antes transcritas sobre el volcán Santa Lucía, varios libros y estudios dan cuenta de la existencia de otras fábulas cargadas de misticismo y elementos sobrenaturales. Aquí detallo algunas de ellas:
La leyenda de la princesa indígena y el guardián del volcán.
Se cuenta que, en tiempos precolombinos, la región de Paraíso estaba habitada por tribus indígenas que veneraban al volcán como una deidad protectora. Según la leyenda, la hija de un cacique, una hermosa princesa llamada Lucía, se enamoró de un guerrero que vivía al pie del volcán. Sin embargo, los dioses, celosos de ese amor, desataron la furia del volcán para separarlos. La princesa imploró clemencia y ofreció su vida a cambio de la paz de su pueblo. El volcán se calmó, pero el espíritu de la princesa quedó atrapado en sus faldas, protegiendo a la comunidad desde entonces. Dicen que, en las noches de luna llena, se pueden ver destellos de luz en el volcán, que se atribuyen a la presencia de la princesa.
El tesoro escondido en el volcán.
Otra leyenda popular narra que, durante la época colonial, un grupo de piratas llegó a la región de Cartago y escondió un tesoro en las cuevas que se encuentran en las laderas del volcán Santa Lucía. Se dice que estos piratas sellaron la entrada a la cueva con un encanto para que solo aquellos que demostraran nobleza de corazón pudieran encontrarla. A lo largo de los años, muchos exploradores y habitantes locales han buscado el tesoro, pero nadie ha logrado hallarlo. Algunos afirman haber visto sombras y escuchado voces que los alejan del lugar, sugiriendo que los espíritus de los piratas todavía protegen sus riquezas.
Los susurros del viento en el volcán.
Los agricultores y habitantes que han trabajado en las tierras cercanas al volcán aseguran que, en ciertos momentos del año, especialmente durante las noches frías, se escuchan susurros que parecen provenir de las profundidades de la tierra. Se afirma que estos son los espíritus de los antiguos habitantes del lugar, quienes se comunican con aquellos que están en sintonía con la naturaleza. Algunos vecinos incluso afirman que el volcán es un portal hacia otro mundo y que estos susurros son advertencias o consejos para proteger las tierras y las cosechas.
La serpiente de fuego
Una leyenda más reciente habla de una enorme serpiente de fuego que vive dentro del volcán Santa Lucía. Esta criatura, según los relatos, aparece cada vez que alguien intenta dañar la naturaleza o extraer recursos de manera desmedida. Las historias cuentan que varios hombres que intentaron talar árboles o explotar el suelo del volcán, sin permiso de los guardianes espirituales de la montaña, han visto la serpiente salir envuelta en llamas, como un aviso para que respeten el entorno. Esta leyenda ha sido utilizada por generaciones para inculcar respeto y cuidado por el ambiente local.
Leyenda del Cerro del Tremedal
En una explanada bastante amplia de la selva agreste, donde escogieron los indios Huetares el lugar para plantar su ranchería, se encuentra una plaza cerca de un riachuelo. Es el mismo sitio en que centenares de años después se asentaría la ciudad de San Ramón que, para el tiempo de la Conquista, los españoles llamaron "Doctrina de Santa Catalina de Garabito", recordando al rey Huetar que los combatía con tanto ardor.
La plaza descrita les servía a los indios para realizar sus ritos sagrados y para entrenar a sus guerrilleros y flecheros.
En el acto que se va a relatar están realizando un acontecimiento cívico-religioso. En la tarima real, sombreada por un enorme guapinol, se encuentra el cacique Kablí con su corte: Chucarque, Cuvhay y Chara. Cerca de éstos: Corobicí, Abacara, Barva y Yaruste (o Yorustí), quienes pronto reemplazarán a los primeros. Aquéllos se han reunido para tratar de la guerra que irán a sostener contra los indios Botos (1) de San Carlos y Sarapiquí (actualmente).
El rey Kablí ha dispuesto que, por encontrarse enfermo, debe entregar el reino a su sobrino Garabito, indio robusto y fuerte, que hizo venir el día anterior del actual Cartago, donde reinaba su hermano Guarco. Como esa raza no admitía dos caciques, al hacer esta designación, el rey había decretado su propia muerte.
Kablí no tenía más que una hija, Xuala de 15 años, destinada a ser sacerdotisa del Gran Espíritu. En medio de la plaza está la piedra de los sacrificios y el altar, donde el sacerdote Eusékara fuma, tirando el humo en todas direcciones para ahuyentar los malos espíritus. El sukia llega con una serpiente arrollada al cuello y otra en su brazo (2).
Al terminar los ritos, se dedican a comer viandas en bateas: grandes cantidades de pejibayes, plátanos, ñames, yuca, elotes, carne de venado y de cerdo ahumada, atol de maíz, chocolate y chicharra, que bebían nobles y plebeyos en abundancia.
Kablí, después de comunicar al pueblo la designación de su sobrino Garabito, se despoja de su vestimenta y la entrega a su heredero. En este momento hay un redoble ensordecedor de tambores, y cuando callan se oyen las ocarinas y la voz dulce y armoniosa de la joven Xuala. Eusékara se pone su máscara con cara de lagarto y un collar con un águila de oro; llega al altar, hace un sahumerio y con el humo cubre tanto a Kablí como a Garabito, Xuala vuelve a danzar y a cantar, pero esta vez sus cantos son tristes... Al terminar, los indios se colocan formando un gran círculo y en el centro se posa Garabito con sus nuevos príncipes: atrás los lanceros y los flecheros.
Cuatro hombres traen a Kablí en una angarilla; baja de ella, se quita el penacho de vistosas plumas de la cabeza y lo coloca en la de Garabito. Se oyen los tambores y de nuevo comienzan las danzas. Kablí se acuesta en la piedra de los sacrificios. Aparece el sukia, quien, después de besarle la mano, le coloca una serpiente para que le clave sus colmillos. El sukia pone en la boca de Kablí, seguidamente, un algodón con un calmante. La tribu entera se arrodilla y llora incansablemente por su rey. El sacerdote cubre el cuerpo de éste con hojas de bijagua y le abre las venas de los brazos para recoger su sangre en tutumas (jarros), con gran fervor.
Como a 50 metros del lugar de los hechos, un grupo de cien indios prisioneros de otras tribus, trabajan haciendo un gran andamio que tienen que rellenar con piedras del rio cercano, para formar la tumba de Kablí. Es con este penoso trabajo como aquellos prisioneros pueden conseguir su libertad.
Después de pasar tres lunas (3), enterraron a Kablí con sus mejores pertenencias, algunos personajes de su séquito, doce guerreros y algún esclavo; a un lado de su nicho colocaron cantidad de armas, objetos de oro y alimento. Cubrieron la superficie con tal cantidad de tierra que lograron formar un cerro, el cual, con el correr de los años, se llama Cerro del Tremedal.
Su nombre
En tiempos en que gobernaba José María Alfaro, gente de Alajuela y Heredia resolvió internarse en las montañas y llegar a orillas del Río Grande, donde formaron un caserío (actual San Ramón). Al cabo de los años, unió a estos inmigrantes el español Santana Orozco, oriundo de Orihuela (distrito de Albarracín), quien residía en Alajuela y llegó a estas prometedoras tierras con el fin de hacer denuncia de una parcela, en la que se encontraba un cerro.
La tradición cuenta que el cerro comenzó a crecer, por lo que cundió pavor entre los moradores de San Ramón, los cuales temieron que éste se convirtiera en volcán. El señor Orozco propuso se pusiera el cerro bajo protección de la Virgen del Tremedal, ya que éste, con paisaje, le recordaba el cerrito de Orihuela, España, donde se apareció la Virgen del Tremedal. El mismo señor Santana trajo la imagen, fue así como se le dio el nombre de "Cerro del Tremedal" a este sitio (Zeledón, 1996, pp. 40-41). Originalmente tomada de: Rodríguez de Carvajal, Dora. "Leyenda del Cerro del Tremedal". Album de Granados. Es de un álbum de recortes de Jaime Chacón Granados, al buscar en el catálogo prensacr no pude encontrar la publicación original, y Jaime no siempre recortaba la fecha junto con el artículo.
La Leyenda de La Yarca (síntesis de dos versiones)
Los abuelos y abuelas huetares cuentan que La Yarca o Cangreja es un poderoso "encanto" (genius loci) que vive en el cerro La Cangreja de Puriscal.
Originalmente era una criatura gigante, del tamaño de una "cazadora" (autobús), que fue perseguida desde Escazú hasta este cerro en Puriscal, donde estableció su dominio, creando allí un volcán que a veces hacía erupción (1) y convirtiéndose en la guardiana de todo lo que existe en el cerro, protegiendo las aguas, la fauna y la flora del saqueo y la codicia humana.
Se cuenta que, un día, un hombre de Pacaca conocido por su sabiduría (quizás el héroe mítico Carate), encontró al encanto; La Cangreja se le presentó en forma de mujer y le ofreció un pacto: el cerro le daría abundantes verduras y frutos (tacacos, chayotes, pacayas) con la condición de que nunca revelara su ubicación ni trajera a nadie más.
Sin embargo, la terquedad y la codicia triunfaron, y el hombre rompió el juramento guiando a un grupo numeroso de hombres (entre cincuenta y cien) al cerro. Al ver esto La Cangreja rompió el pacto y les advirtió de las consecuencias, pero no le hicieron caso y en un acto de sacrilegio, por la noche, mientras dormía, los hombres rodearon a la entidad y le arrancaron una de sus tenazas para cocinarla y comérsela.
Ante la profanación, La Cangreja, conmovida, ofreció una última prueba de obediencia: les dijo que se pusieran "orejas de palo" (hongos del bosque) sobre los ojos si querían salvarse. El hombre sabio obedeció, protegiendo sus ojos de la forma indicada; pero los demás ignoraron la advertencia.
A medianoche, un ejecutor de La Cangreja (el Gavilán, Aguilón o Tabaquí) descendió en silencio y le arrancó los ojos a los hombres desobedientes sin que se dieran cuenta, dejándolos ciegos (o intuertos). La Cangreja, entonces, retiró la abundancia del cerro y, en castigo final, ordenó al hombre sabio que atara a los ciegos con bejucos y los guiara de vuelta a casa.
Carate los llevó hasta un guindo cerca de la Poza de los (In)tuertos en el río Quivel, y al intentar cruzar cayeron, se ahogaron, y se "encantaron" (hechizaron): en el lugar se escuchaba música hasta el "diluvio" de 1909.
Finalmente, La Cangreja, herida, fue llevada por el Aguilón hasta la costa y se estableció en el mar, en el islote La Morada (hoy Mogote), cerca de Punta Mala.
Su legado perdura en los retumbos y aguaceros que castigan a los transgresores del cerro; a los cazadores que hieren animales sin necesidad o a quienes recolectan recursos (tacuás, venados, sahínos, flores de ayares o ciplinas, tocotas) en exceso, los castiga nublándoles el cerro, mandándoles fuertes aguaceros con rayería, y haciendo que se piedan en los trillos, lo cual los deja "encantados en el tiempo" sin poder salir por varios años (aunque para ellos solo pasan unos pocos días).
La leyenda concluye con una profecía apocalíptica: un día La Cangreja regresará o se manifestará con una gran marea, el volcán hará erupción y acabará con toda la humanidad.
Según otras tradiciones orales, las cangrejas de río o guascasas son las que producen el agua de las nacientes, quebradas y ríos que bajan en torrentes de lo alto del cerro.
Algunas abuelas, como Pastora Sánchez, aseguran que las cangrejas viven en el bajo del río Quivel, al pie del cerro, y se aparean en octubre: las hembras, con sus huevitos fertilizados en su vientre, inician una migración aguas arriba durante octubre, noviembre y diciembre, funcionando como "fontaneras" que destaqueaban los ojos de agua.
Suben quebradas arriba del cerro y se meten en los huecos de los ojos de agua que las alimentan en la parte alta, ahí se introducen por los mantos de agua de hasta 20 m de profundidad; sacan terrones de barro, hojas y raíces muertas, piedrillas y arena de adentro hacia fuera de las nacientes, asegurando que en los meses secos de enero, febrero y marzo, en todas las rancherias güetares al pie del cerro ellos contaran con agua corriendo en las quebradas abajo, para tomar en las casas, regar y para el ganado.
Referencias:
1) Alfaro-Solórzano, G. (2014). Agricultura güetar (1.a ed.). Editorial Tecnológica de Costa Rica.
2) Quesada Pacheco, M. A. (1996). Los huetares—Historia, lengua, etnografía y tradición oral. Editorial Tecnológica de Costa Rica.
LAS CUATRO FUENTES
Terminado el valle de Ujarrás, hacia el Oeste, se levanta un cerro de poca vegetación y un tanto precipitado. Ese cerro que aun hoy día tiene en agitación constante la imaginación de los vecinos, los cuales afirman que para los terremotos de 1910, las fuentes que nacen en sus faldas corrían blancas como leche, y que, tanto antes como después de los terremotos, el cerro, cuando menos se piensa, se pone a bailar, tiene, pues, hacia la cumbre un enorme hueco o concavidad, en el cual, si se echa a rodar una piedra, se oye por largo rato el ruido que hace al caer, ruido que va debilitándose poco a poco hasta escucharse como un eco lejano, que se pierde luego sin acusar fondo alguno.
El cerro viene a ser como la última depresión, por ese lado, del gran macizo cuya cúspide domina el Irazú.
Allá en los buenos tiempos, cuando los hombres eran buenos, y las mujeres también... me decía con cierta malicia el viejo descendiente de Ujarrás que me contó la historia en una de mis visitas a las pintorescas ruinas del lugar, empezaron, pues, a descomponerse los hombres y las mujeres. Pero ¡para qué lo hicieron! Aquella tierra de María Santísima no quería admitir pecados, y he aquí que una mañana, cuando el Padre Guardián terminaba el santo sacrificio de la misa, al volverse al pueblo para dar la bendición, vio que el cerro —que está frente a frente de la derruida iglesia—, se alzaba en llamas.
Muchos ujarraceños habían visto las llamas. Pronto estuvieron los más con el Padre Cura. A medida que aumentaba el fuego, aumentaba el temor en las sencillas gentes. El Padre Guardián trató de tranquilizarlas, sin conseguirlo, proponiéndoles, entonces, subir con ellos al cerro para bautizarlo, pues estaba sin cristianar y no cabía duda que a esto se debía su furor.
Revestido de ornamentos, se dirigió, el Guardián, al cerro, acompañado de casi todo el pueblo.
Encabezaban la procesión la cruz alta y los ciriales. Se acercaron lo más que pudieron a la gran llamarada. Puesto el pueblo de rodillas, el padre bendijo el cerro en todas sus direcciones, empezando por el lugar de la erupción que roció bastante con agua bendita. En estos momentos el cerro empezó a temblar que daba miedo y, tragándose las llamas, reventó en cuatro fuentes.
El cerro, que también llaman volcán, recibió el nombre de Santa Lucía, porque en tal día se celebraba la fiesta de esta santa.
Las fuentes son las quebradas de Ujarrás, llamadas también aguas calientes, aunque el agua que arrastra es fría, pero, según el pensar de los vecinos, "son calientes al estómago"; hacen daño según unos, y son medicinales según el sentir de otros. Yo las he tomado, son pesadas; el sabor que dan es amarroso, posiblemente deben contener mucho mineral. Son aguas cristalinas, pero son raros y contados los vecinos que toman de ellas por el miedo que les tienen.
Referencia: Prado, E. (1989). La Virgen de Ujarrás (3.ª ed., pp. 32-33). Editorial Costa Rica.
EL RIO TABARCIA
Angie Pérez Mena
Cuenta la gente que hace muchos años, existía una laguna que era un volcán. En medio de la laguna había un árbol de jícara, que a la gente le llamaba mucho la atención y el volcán se enojaba cuando llegaban a robárselas. Y una de tantas veces se enojó tanto, que explotó y de ahí se originó el río Tabarcia.
Cuentan también que las campanas de la iglesia de Tabarcia son de oro, que unas personas las recogieron de la creciente que llevaba al río. Ahora el volcán se llama la Cangreja.
Ramírez Gatjens, J. D. (Comp.). (1996). Comunidad indígena Huetar: Cuentos y leyendas quitirriseñas (A. Pérez Mena, Narrador) (pp. 49-50). EFUNA.
La leyenda del Irazú
La luna llena plateaba la noche repleta de calma. Sentada a la orilla de un perezoso riachuelo, una pareja de enamorados conversaba quedamente. Ella, frágil, esbelta y dulce, hija del cacique. Él, ágil, alto y fuerte, renombrado cazador y temido guerrero. La luna, testigo de su cariño, conocía de sus planes, de su constancia, zozobras y amoríos. Miraban plácidamente la inmensidad del cielo, con las manos entrelazadas, prometiéndose amor eterno, escuchando el bullicio silencioso de la plácida noche.
Súbitamente, el silencio se interrumpió al crujir dolorosamente una rama seca que se quebraba. El guerrero, de un salto, se puso en pie con el filoso puñal desenfundado, pero… el inquietante ruido no se repitió más, la armoniosa calma continuó. Una suave brisa transportaba el perfume de las fragantes flores silvestres.
La aldea, con sus pequeñas y numerosas chozas, con su imponente palenque y su majestuoso templo al Dios Sol, permanecía despierta. En las chozas, grupos familiares conversaban y reían al calor de los chispeantes fogones. En el templo, solemne silencio llenaba todos los rincones, la estatua de piedra erigida al Sol reflejaba, inconstantemente, las rojizas llamas de la tea permanente encendida en su honor.
En el palenque, los principales de la tribu oían, entre olores a carne asada y chicha de maíz, leyendas de los héroes del lugar, contadas cadenciosamente por un anguloso servidor del templo del Sol, quien, con mano hábil, golpeaba un tosco tambor que resonaba con furia cuando el relato se refería a momentos de peligro o heroísmo. El viejo cacique, sentado en un sitio preferente, escuchaba con atención. Su rostro, cruzado por profundos surcos de experiencia, brillaba como si fuera de bronce iluminado por las amarillentas llamas del fogón, expresando intensa serenidad.
Como un felino entra en su cueva cuando no lo amenaza peligro alguno, así entró, arrogante y silencioso, el gran sacerdote al palenque. Paso a paso atravesó el lugar hasta acercarse al patriarcal jefe. Susurrante empezó su relato. Ninguno de los presentes oyó ni una palabra con claridad. El rostro del anciano, que reflejaba serenidad completa segundos antes, empezó a cambiar sucesiva y rápidamente de expresión.
Las llamas, primitivos reflectores, iluminaban la transfiguración: disgusto… apatía… leve interés… profunda atención… sorpresa… tristeza… enojo… cólera… furia.
El cacique lentamente se incorporó. El narrador automáticamente cortó su relato. El gran sacerdote, de ojos negros, pequeñísimos y refulgentes, se apartó de su lado y el anciano, con paso lento pero firme, se dirigió hacia el templo.
Ante el monumento al Sol, rasgando sus vestiduras clamó:
- Sol todopoderoso, ¡oh Dios inmenso! Con profundo dolor vengo hoy, triste día, a pedirte clemencia para nosotros y castigo ejemplar para quien no supo obedecer tus inflexibles mandatos. Mi hija, mi propia hija, insensatamente ha querido por mucho tiempo a un guerrero de la tribu de cazadores, enemigo de nuestra raza y nuestra religión. Por su sacrílego pecado, oh Dios, te pido castigar su falta y maldecir al miserable infiel.
Quejumbroso, el cacique continuó suplicando, primero con voz sonora y fuerte, luego con gritos poderosos, ensordecedores. La calma de la aldea fue desalojada por los retumbantes gritos del viejo que pedía al Sol Dios ejemplar castigo que fuese lección eterna para los pecadores irreflexivos y desenfrenados.
El Dios… le oyó. Con mano omnipotente tomó a la dulce y enamorada muchacha, y con furia le incrustó en el azul del cielo, en el azul intenso, en el azul profundo, convirtiéndose en suave, blanca y vaporosa nube que engalanó por primera vez el cielo de Costa Rica.
El Dios vengativo no tocó al bravo guerrero, viril y valiente. Murió de soledad jurando luchar eternamente por alcanzar a su amada.
Como era tradicional, el intrépido guerrero fue enterrado en la llanura con los ritos y ceremonias dignos de sus méritos y rangos.
Sus amigos abandonaron pronto el lugar, dejando en la tumba el cuerpo yerto, guardián del juramento eterno. Esa misma noche la tumba quebró la monotonía de la llanura empezando a crecer. Con esfuerzo titánico creció, convirtiéndose en túmulo, lentamente de túmulo en duna, despaciosamente de duna en loma, de loma en montaña, de montaña en el imponente Irazú. Irazú, centinela gallardo de aquella llanura. El juramento estaba cumplido…
En las mañanas frías, la nube blanca, vaporosa y femenina, cariñosamente envuelve al gigantesco Irazú, guerrero viril, disfrutando eternamente de su amor, el cual ni el omnipotente Dios del viejo cacique logró romper (Zeledón, página 50-51). Tomada: Castro E., Guillermo. "El Irazú". Brecha, Año 1 (1957), N° 5, pp. 20-21.
La leyenda de Iztarú
Hace muchos años, antes de que los españoles llegaran a Costa Rica y Juan Vásquez de Coronado fundara Cartago, los grandes palenques se levantaban en las partes Norte y Sur de la región del Valle del Guarco.
La parte Norte era gobernada por un cacique llamado Coo, de gran poder, su aldea se dedicaba a la agricultura con gran maestría. La parte Sur la gobernaba Guarco, que era un cacique déspota, invasor con hambre de poder.
Guarco y Coo sostenían una lucha por el dominio de todo el territorio (Valle Central del Guarco). La lucha fue grande; poco a poco, Guarco iba derrotando la resistencia de Coo, hasta que este murió y dejó en mando a Aquitaba, el cual era enérgico y fuerte guerrero.
Aquitaba, ahora al mando y procurando la protección de su aldea, y observando la posible derrota ante el cacique Guarco, tomó a su hija “Iztarú”, la llevó al monte más alto de la parte norte de la región y la sacrificó a los Dioses, implorando la ayuda para la guerra.
Estando en una dura batalla con Guarco, Aquitaba imploró la ayuda de “Iztarú” la cual se encontraba en el mundo de los Dioses; y del monte más alto salió fuego, ceniza, y piedra, logrando que los guerreros de Guarco huyeran al ver la respuesta de los Dioses.
Del costado del monte salió un riachuelo con agua hirviendo que a su paso destruyo los palenques del Guarco, debido a este suceso el pueblo recibió el nombre Agua Caliente.
Se cuenta que después del enfrentamiento una maldición cundió, y se decía que los habitantes del Guarco trabajarían la tierra, haciendo con ella su propio techo (teja); el pueblo se llamó luego Tejar de Cartago, la región Norte, gobernada por Coo, se convirtió en el pueblo llamado Cot, y el monte alto, el cual recibió el sacrificio de “Iztarú” se llamó volcán Irazú.
Así es como se fundaron, según la leyenda de Iztarú, varios de los pueblos de Cartago y especialmente como este fue la creación del Volcán Irazú, trayendo la paz y el fin de una guerra de tribus (Zeledón, página 35). Originalmente tomada de: Gómez, José Alberto. "La leyenda de Iztarú". Gentes y Paisajes, julio de 1978, p. 16. B.
[segunda tanda]
Los ríos gemelos
Don Pedro Varela, recio y simpático agricultor, abandonó la urbe para dedicarse allá, entre las frías neblinas de Coliblanco, a cultivar una pequeña parcela. Leía mucho, observaba más y como un ermitaño de los viejos tiempos, estudiaba su yo. Simpático y afable, a pesar de que vivía en una soledad llena de brumas y vientos helados, atendía con alegría a quienes lo visitaban.
Rondando y rondando por esos campos hermosos de la Patria, llegué hasta su albergue, perdido en una fresca hondonada en la cual se preservaba de los gélidos temporales que duraban todo el año. Viví allí varios días. Una noche apacible, lunar y fresca, cuando la neblina se deshacía en jirones en las ramas de los corpulentos jaules, escuché este fantástico relato:
“Es Pacayas un pueblecito encantador, enclavado en las faldas fértiles del Irazú. Pueblo hospitalario como ninguno, acoge bondadosamente a los forasteros, los cuales sienten dolor al alejarse.
Una noche en que la luna tamizaba la soledad dormida del pueblo, recostado a un bastión de un puente de los ríos Gemelos, sentí surgir una leyenda de siglos olvidados.
Los indios güetares, en la noche silenciosa de los tiempos milenarios habitaban confiadamente esta región, pródiga siempre, esta tierra maravillosa devolvía cien por uno y así fructificaba una vida sencilla y tranquila. Allí, en una verde altiplanicie, entre el verdor de frescas arboledas y cantarinas fuentes, se alzaba una choza, refugio encantador de una familia trabajadora.
Huécar y su esposa Talhía soñaron muchos años con el hijo que vendría a llenar sus soledades. Fueron felices cuando arribaron al mismo tiempo dos hermosos niños. Al tiempo Pacis y Ayas se convirtieron en dos recios mocetones que ayudaron a su padre en las faenas agrícolas, en la caza, en sus horas de alegría y también en las de agobiante tristeza. Verdaderos hermanos, sus vidas no fueron turbadas por rencilla alguna; pero un día conocieron a ldaí, la hermosa hija del pastor Dagobh.
Frescura de mañanita de diciembre, luz argentada de luna de enero, rosa exótica de un jardín mirífico, graciosa porcelana dorada, eso era Idaí. Los hermanos gemelos, Pacis y Ayas, se enamoraron perdidamente de ella. Lo que no se esperó nunca, el amor hacía Idaí separó a los hermanos. Profundamente herida se abrió en el amor fraternal. Huécar y Talhía, miraban asombrados aquel despertar del odio y nada podían hacer para amortiguarlo.
Idaí, mujer al fin, alentaba a sus dos admiradores. Esperanzas, un futuro prometedor, amor sin límites ofrecía en sus palabras engañadoras. Insistían ambos jóvenes y el cielo hogareño se nublaba con presagios de tormenta.
Pero un día… el Coloso despertó. Dirigió al cielo llamas gigante, lanzó a los cielos nubes de rojizas piedras, se desbordó de su cráter la ardiente lava y la tierra se sacudía con temblores intermitentes. El pánico reinó entre los habitantes de sus laderas.
Ante el peligro, el Cacique de Cot convocó a sus consejeros, sacerdotes y sabios, para encontrar remedio a la catástrofe que se cernía sobre su pueblo. Reunido, el Concejo resolvió que, para calmar al monstruo rugiente, era preciso el sacrificio de una joven, virgen y bella, que, entregada a las entrañas calcinadoras del Volcán, detuviera su ímpetu destructor.
¿Cuál doncella escoger? No hubo dudas: Idaí era la virgen más bella, la rosa más fragante de aquel pueblo güetar.
¡Toda la tribu se estremeció! Pero ante el peligro inminente, ante la destrucción de todos, era preciso tomar una decisión, por más dolorosa que fuera.
Pacis y Ayas, rugiendo de dolor ante el veredicto del Consejo, aprestaron su valor para salvar a la víctima inocente.
Era clara la noche de junio; tenuemente la luna alumbraba los campos y el silencio nocturno era rasgado solamente por los truenos subterráneos del Volcán. Un cortejo alucinante, silencioso y fantasmal, se encaminaba lentamente hacia el cráter. Delante caminaban los sacerdotes hoscos y fanáticos y atrás todo el pueblo, mientras encendidas antorchas hacían más pavorosa la nocturna procesión. En el centro de ella, Idaí, envueltas sus primaverales formas en blanca túnica, pálida y triste, en altas andas se dirigía impávida al sacrificio.
Los sacerdotes iniciaron un lúgubre cántico a sus dioses sanguinarios y el pueblo los siguió; en el silencio roto, el canto espantoso hizo correr escalofríos por las desnudas espaldas. Faltaba poco para llegar a la cumbre, cuando de ambos lados del camino, surgieron las arrogantes figuras de los gemelos, quienes, odiándose entre sí venían a rescatar a la dueña de sus ensueños de aquel trágico y fatídico destino.
Atacaron furiosamente a la comitiva; la reyerta fue corta, sanguinaria y cruel… Sus cadáveres quedaron a la vera de la senda.
Prosiguió la tétrica comitiva, fantásticamente lúgubre, hacia su destino. Los cantos empavorecedores se hicieron gritos… Y entre el fragor tremendo de aquellos cantos bárbaros, Idaí fue lanzada fondo de aquella boca de fuego. Un ¡ay! lastimero se prendió del aire y llenó de consternación a los indígenas. Surgió desde las profundidades del cráter una nubecilla rosada y un perfume de violetas tenuemente palpitó en la brisa.
Las antorchas mortecinas alumbraron el camino del retorno y silenciosamente la muchedumbre, apesarada por el crimen cometido, regresó. Al amanecer, una aurora espléndida cubrió de amaranto el macizo del Irazú y una suave brisa sutilmente perfumó la tierra.
Talhía, llena de dolor, vino a llorar sobre los cuerpos de sus hijos inmolados. Lloró… lloró tanto que de sus pupilas brotó incontenible manantial de lágrimas. Todo el día lloró… y el nuevo amanecer vio que las lágrimas vertidas habían formado dos riachuelos y que en los lugares donde sus hijos habían caído, brotaban extrañas palmeras. Al volver a su hogar encontró, sorprendida, que los dos manantiales se unían más abajo formando un río parlero y claro, que hoy se llama Pacayas y que tiene en sus orillas aquellas palmas recién brotadas...
Las lágrimas santas de una buena madre habían unido en el valle fresco y cantarino un solo caudal, imagen de la unión perpetua de sus hijos allá en la Eternidad…"
Esto es lo que Pedro Varela, alma sencilla, romántico soñador, hizo nacer una noche de luna, recostado a un bastión de un puente de los ríos Gemelos, mientras la neblina descendía del Coloso (Zeledón, páginas 59-61). Originalmente tomada de: Sur, Ciro del. "Los ríos Gemelos". La Prensa Libre, 18 de abril de 1961, p. 2. A.
El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva
Hace muchos años, tantos que aún no habían llegado a nuestra tierra los primeros descubridores españoles, este país era un dominio de los aztecas. Así lo dicen los documentos de la época española y así también parece desprenderse de la siguiente leyenda que nosotros recogimos de boca de un anciano de más de setenta años, moreno, barbilampiño, posible descendiente de los huetares.
Cuenta la leyenda que en el valle del Abra (1) existía un grupo de aborígenes bastante numeroso, distribuido en rancherías; una de ellas, cuyo nombre indígena se perdió, estaba situada en una zona próxima a lo que hoyes San Rafael de Heredia, San Josecito.
Según se desprende de los enterramientos hasta ahora hallados en esa región, estos indios eran hábiles en las artes manuales; sabían hacer en piedra cabezas, retratos, sukias, es decir, hechiceros modelados con bastante perfección, hachas de varios tamaños, cerámicas policromadas y otros objetos más.
Un día llegó a ese pueblo una suntuosa comitiva de indios extranjeros, todos muy bien vestidos, algunos llevaban armas de guerra. En el grupo se destacaba uno que portaba un arbolito de matasano en el que se veía arrollada una serpiente, la cual parecía ser el símbolo de la cultura a la que los visitantes pertenecían.
Los recién llegados eran nada menos que los agentes colectores de tributos en las tierras dominadas por los aztecas. En su lengua se les llamaba calpixquis y los tributos que demandaban eran maíz, telas, cerámica, mujeres, esclavos, etc.
La gente del poblado se reunió en la plaza y los intérpretes tradujeron el deseo de los calpixquis, que era el de dejar allí el arbolito junto con la serpiente (2).
Pero sucedió que al poner en el suelo la serpiente, al momento empezó a brotar agua y más agua, cosa que no agradó a los indios quienes suplicaron a los colectores de tributos que se llevaran la serpiente y que dejaran el arbolito de matasano.
Así lo hicieron éstos y cuando, siguiendo su camino con dirección al norte en ruta hacia el país de donde habían venido, llegaron a la cumbre de la montaña más próxima, allí dejaron la serpiente. Del suelo empezó a salir y salir agua, hasta que se formó una laguna: la laguna del volcán Barva (3).
Después de estos sucesos habían transcurrido doce lunas cuando la alarma cundió en el pueblo de indios a causa de que la serpiente se había salido de la laguna, había bajado al poblado y andaba devorando niños. Todos los pobladores corrieron al rancho del sukia a pedirle su intervención mágica. El sukia dijo que lo que sucedía era que la serpiente tenía hambre y que para calmarla había que subir a la laguna y ofrecerle sacrificios.
Así se hizo. Desde entonces, año con año, los indios de aquel pueblo llevaban a la laguna niños que inmolaban en honor de la temida serpiente. Los padres de los niños sacrificados recibían como premio poder entrar a la hacienda que por virtud extraña tenía la serpiente en el fondo de la laguna; allí podían recoger y llevar para sus casas, eso sí sólo durante un año, abundantes comestibles que les ayudaban a vivir. Los que no tenían parentesco con los niños sacrificados y que trataban de entrar a aprovisionarse de la laguna, jamás pudieron lograrlo.
1. Valle del Abra. Es hoy la zona occidental del Valle Central, de las provincias de San José, Heredia y Alajuela.
2. La suprema deidad de los aztecas era Quetzalcóatl, cuya figura se representaba como una serpiente emplumada.
3. Esta leyenda parece indicar que la laguna del Barva era conocida desde tiempos muy remotos y que existió un camino o calzada indígena hacia el norte, hacia Nicaragua. (Zeledón, pp. 30-31) Originalmente tomada de: Meléndez Ch., Carlos. "El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva". Nuestro país, pp. 34-36.
Referencia: E. Zeledón Cartín (Comp.) (1996), Leyendas costarricenses (9a. reimpr.). Editorial de la Universidad Nacional (EUNA)
La vieja del volcán Rincón de la Vieja
El volcán más grande de Costa Rica, el Rincón de la Vieja, con 1.806 metros de altitud*, con una laguna y 9 cráteres (solo uno activo), se basa su historia en las tradiciones de los aborígenes de Guanacaste.
Los vecinos de Curubandé, la población liberiana más cercana al volcán, dicen que la tradición del nombre del volcán recrea la historia de un amor imposible donde la que se roba el show es una heroína valiente de la nobleza llamada Curubandá.
El jefe de la tribu, Curubandé, tenía una hija llamada Curubandá, de la que estaba muy orgulloso. Ella había aprendido a curar muchas enfermedades con los secretos del barro volcánico, la vegetación y las aguas termales de estos lugares.
Esta mujer aborigen hermosa sufrió una gran decepción amorosa porque se había enamorado de Mixcoac, el hijo del jefe de una tribu enemiga. Cuando su papá se enteró de esa relación se enojó mucho e invitó a Mixcoac a una fiesta por los alrededores del volcán; después de emborracharlo lo agarró y, para alejarlo para siempre de su hija, lo mató y tiró su cuerpo dentro del cráter del volcán.
Curubandá, que esperaba un hijo fruto de ese amor, al enterarse del vil asesinato de su amado en manos de su propio padre, se volvió loca y, desesperada, huyó a refugiarse en lo más alto de la cima del volcán.
Meses después dio a luz a un hijo marcado con el signo del dolor y el sufrimiento. En su cuento de hadas, y para poder recrear su vida familiar, se prometió a sí misma llevar a su hijo al lado de su padre, por lo que tomó una decisión fatal: lanzarlo también dentro del volcán.
Entonces se fue a vivir al lado del volcán, lejos de su pueblo natal. El tiempo pasó y Curubandá fue envejeciendo, sin olvidar los poderes mágicos de este lugar con los que curaba a muchas personas. Ya sin familia y retirada como una ermitaña que vivía entre animales salvajes dentro de una cueva cerca de las faldas del volcán, se transformó de princesa indígena a chamán y se hizo famosa por la práctica de la magia blanca o curación con flores, hierbas y plantas medicinales, diciendo fórmulas antiguas para librar a quienes así se lo solicitaran de toda clase de males.
Esto hizo que por muchos años la gente viajara largas distancias en busca de la curandera que vivía en este rincón remoto del bosque. Ellos esperaban ser curados de sus males con los secretos y la magia de esta anciana.
La lejanía de su escondite, cercano al majestuoso volcán, le dio el nombre con que actualmente se le conoce, ya que todos estos viajeros, cada vez que se referían al lugar donde se encontraba la sufrida princesa Curubandá, decían: “Voy para donde la Vieja del Rincón o voy para el Rincón de la Vieja india curandera”.
El tiempo ha pasado, pero nunca ha podido sanar el corazón de Curubandá, por lo que su espíritu frecuenta el volcán y protege los secretos de este bosque. Si usted escucha con atención, podría oír todavía sus sollozos y lamentos de desesperación cuando el viento golpea la cima del volcán y la montaña.
De esta forma es que se le dio el nombre a uno de los volcanes y zonas más bonitas de Guanacaste.
* De hecho el volcán más grande de Costa Rica es el Irazú, a 3432 msnm.
Referencia: Vargas, R., Cantón, E. (2015, 25 de mayo). La vieja del volcán Rincón de la Vieja; para nuestros amigos que les gustan las leyendas guanacastecas. Diario digital El Independiente. En: https://diariodigitaelindependiente.wordpress.com/2015/05/23/la-vieja-del-volcan-rincon-de-la-vieja-para-nuestros-amigos-que-les-gustan-las-leyendas-guanacastecas/
La Dabaiba o la bruja del volcán Rincón de la Vieja
El Rincón de la Dabaiba* era un horno donde vivía una malvada Camac (bruja) anciana dentro de la tierra, quien vivía aterrorizando a los pueblos de la Gran Nicoya.
Los indios, que en bonitas ollas le llevaban la comida, la obedecían con mucho miedo porque sus ojos echaban fuego y su boca tenía dientes de jaguar muy grandes.
Fue tanta su maldad hacia la gente humilde del pueblo que, en una versión, los dioses de la tierra la agarraron, la amarraron y la metieron en el cráter del volcán, sujetando sus feas patas con la misma lava volcánica, donde quedaría para siempre amarrada. Según otra versión, a Dios ella no le gustaba por ser mala, entonces envió a un sacerdote desde Nicaragua para que la maldijera en Su nombre, los indios lo mataron y desde entonces no se volvió a ver a la vieja.
Algunos indios borrachos, cuando van para Liberia, dicen que la vieja sigue prisionera allá arriba, enterrada, que se está ahogando con un barro plomizo, espeso y caliente, y cuando lanza sus gritos furiosos para tratar de escapar, la tierra tiembla y las aguas termales aumentan su vapor.
Otras veces, agotada de intentar escaparse, se limita a lanzar ardientes resoplidos que se sienten en los pueblos de alrededor por medio de un fuerte olor a azufre. Y dicen que así se quedó desde la batalla de Walker en el gran Río de Nicarao (Río San Juan), echando desde entonces mucho humo con fuego por haber él matado a muchos indios en el fuerte de San Carlos.
Referencia: E. Zeledón Cartín (Comp.), Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia (p. 87). Editorial Costa Rica. Originalmente tomada de: Céspedes Marin, A. (1923). Crónicas de la visita oficial y diocesana al Guatuso. Costa Rica: Imprenta Lehman.
Leyenda del Rincón de la Vieja
Los que vivían antes en Cañas Dulces, que le decían así por la cantidad de cañas bien dulces que había, se fijaban en todo lo que la naturaleza les mostraba. Así, con el calor de la familia y los amigos, se inventaron sus propias leyendas.
En esos tiempos, los abuelos se imaginaban cómo era el lugar y los alrededores de la parte de la Sierra Volcánica de Guanacaste. A ese lugar le decían "Cerro La Vieja", que ahora se conoce como "Volcán Rincón de la Vieja". Contaban que en la parte más alta del volcán vivía una mujer muy guapa que, a toda hora del día, le gustaba estar bien arreglada, por eso le colgaban de las orejas unos aretes preciosos hechos con el oro más fino que salía de las entrañas de la tierra de por ahí.
Esta señora se adornaba el cuello con collares de cuentas y perlas preciosas que antes era fácil encontrar y sacar de las huacas o entierros de los indios que vivían ahí. Además, se pintaba o maquillaba con unos coloretes bonitos y finos de un barro especial de la zona, que quitaba las arrugas de la piel. También, se peinaba el pelo negro y lacio con dos trenzas largas.
En las tardes, esta mujer hermosa se sentaba en los corredores grandes de su casa, que parecía un palacio, con un puro en la boca hecho con hojas grandes de tabaco que ella misma sembraba. Decían que, desde el centro de Cañas Dulces, se veía un montón de humo que, a veces, apestaba tanto que te costaba respirar.
Esta mujer era muy celosa con sus cosas, porque contaban los que habían ido por esos lugares, que muy cerca de las faldas de "La Vieja" hay árboles de jícaros, aguacates, mangos, marañones, entre otros; y que las frutas son bien grandes. Si alguien se robaba algo, aunque fuera un jícaro, quedaba embrujado y, por más que intentara salir de ahí, no podía porque no encontraba la salida. No importaba cuántas vueltas diera, porque no había forma de quitarse el embrujo y, en cada vuelta, se encontraba con el árbol de donde robó la fruta. Esto no se acaba si no devuelve lo que robó.
Por eso, los del pueblo ya no se arriesgaban a visitar a esa señora tan atractiva y respetaban todo ese lugar como propiedad de la vieja. Por eso, cuando hablaban de ese lugar, siempre le decían El Rincón de la Vieja (p. 255).
Referencia: Ramírez-Vásquez, N. (2017). Leyendas de Cañas Dulces. Káñina, 40 (3), 253-273. En: https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/kanina/article/view/30516
La Madremonte (en esta la Dabaiba parece haberse sincretizado con La Madremonte colombiana)
Hay un lugar donde se juntan los vientos del norte con los vientos del sur; y dicen que en ese lugar nacen todos los arcoíris, y dicen que ahí vive ella. Por eso, muchos cazadores le tienen miedo cuando van a la montaña, porque, en cualquier lado, ella se les puede aparecer: arriba, en la cordillera, en los cráteres de los volcanes; abajo, por las llanuras, o de adentro, en lo más tupido de la selva. Muchos dicen que la han visto a la orilla del río, pero ella desaparece rapidito porque se puede convertir en cualquier animal. La Madremonte es una mujercita así: mitad persona, mitad monte como de paja.
Cuentan que, una vez, un hombre llamado Faustino Colombari tenía una finca por el lado de San Carlos. Un día se fue a buscar unos palos de madera fina para exportar y, de paso, se llevó la escopeta por si acaso se le aparecía un armadillo o un venado rico.
De repente, en un claro de la montaña, vio a la Madremonte. La tarde ya estaba cayendo y escuchó un grito largo que hacía temblar los cerros. Quiso correr para el otro lado, pero ahí mismo estaba la viejita, con los ojos prendidos como chispas, la cara color ceniza y las manos secas como las raíces de una celda vieja.
— Toma — le dijo — Vos querías mi venado; pues ahí tenés tu venao — y venía un venado enorme que, con sus cuernos, lo golpeaba.
— Toma — le dijo — Vos querías mi armadillo; pues ahí tenés tu armadillo — y venía un armadillo con su cola, que lo golpeaba.
Y así, al grito de la Madremonte, llegaron las lapas, las ardillas, los pumas y muchos más. Entre todos lo golpearon tanto, que Faustino, el cazador, apenas podía moverse. Entonces la viejita le preguntó:
— ¿Tenés rosquillas de maíz? — y él, casi sin poder moverse, sacó de uno de sus bolsillos unas rosquillas todas deshechas y se las dio.
—Tenés suerte — le dijo. Si no fuera por estas rosquillas de maíz, mañana no contarías el cuento.
Dicen que sus hijos lo encontraron después de tres días de búsqueda, y el cazador no decía otra cosa más que: "He visto a la Madremonte, he visto a la Madremonte...".
Pero a la Madremonte no le gusta cualquier rosquilla. Por eso muchos, muchísimos cazadores jamás volvieron a sus casas. Ella [los] perdió por esos cerros: vuelta y vuelta... Hasta dicen que los lleva al volcán Rincón de la Vieja. Ahí tiene un lugar con plantas y animales de la montaña que han sido heridos. Ella los ha llevado a ese lugar, para que, con sus lenguas, curen las heridas de sus hijos e hijas.
Y, además, este cuento es cierto porque a mí me lo contó mi abuela; a ella se lo había contado mi bisabuela, y a mi bisabuela se lo contó mi tatarabuela, que era vieja, vieja: del tiempo de los indios.
Referencia: Zeledón-Cartín, E. (2014). Sortilegios de viejas raíces. San José, Costa Rica: EUCR. (Recopilada por Guadalupe Urbina)
La Leyenda de Tapezco
...¿y Tapezco, qué significa?
Tapezco, les voy a contar, Tapezco era un indio boto o un indio Güetar. Era un cacique con mucho poder y mucha idea, según me han contado por las huacas.
Hay entierros de esos, que tienen hasta diez calaveras acomodadas a los pies del esqueleto, con muchas flechas y muchas mazas de puro mármol, y también tienen cabezas de tigre y ollas como esmaltadas de amarillo con pájaros "pintaos", que parecen gavilanes peleando con serpientes, con todo y hacha.
Yo creo que los indios eran bravos y que peleaban con los Toris que vivían en el río San Juan.
El caso es que, por lo que dicen las ollitas, cada siete lunas Tapezco peleaba con Tori o con Yari, para robarles las mujeres y los muchachos y que, una vez, los caciques de Tori, de Curtis y de Yari, tuvieron una pelea con los Botos.
El día estaba oscuro, seguro la luna le puso un "eclis" al sol.
Tapezco no estaba...
Tapezco había subido al volcán para consultar con la "Dabaiba" cómo celebrar la fiesta del gavilán, que bajó del cielo para destruir la cosa mala y hacer crecer las plantas.
Cuando volvió, encontró el pueblo desolado y a su gente mucha muerta. Corrió entonces, subiendo la colina que está al norte y como vio la caravana de sus enemigos que huía, rugió como un león y llamó a la Dabaiba, la cual, vomitando fuego por las fauces, sacudió la montaña y abrió la laguna por ahí por el Espino, ese río que está allá abajo como torrente con piedras y lodo inundó las cuencas de La Vieja, de Ron Ron y del Safino: desbarató las cataratas de La Vieja cerca de Villa Quesada donde hay una leyenda; hizo rodar la piedra en la Isla de la Luna, frente al Río Tres Amigos y llenó de arena todo el cauce del Gran San Cutris, hasta Rosalía, dejando enormes palos atravesados como puentes.
La cabeza de agua, de piedra y de lodo fue grande; pero no tan potente como la correntada del río San Juan, que, sintiéndose vapuleada, apretó su caudal contra la avalancha y detuvo la cólera de la Dabaiba, dejando un gran delta en la desembocadura del río que llamamos hoy San Carlos.
Todo eso hizo la Dabaiba, muriendo Tapezco después de haber hecho el acuerdo, para destruir a Tori con fuego y agua.
Referencia: Céspedes Marín, Armando “La leyenda del Tapezco”. Crónica de la visita oficial y Diocesana al Guatuso.p.172-173.
La cantilena del cautivo
F. Serrano
I
Zagales y doncellas que bajáis de la montaña: al ocultarse el sol en el ocaso, detenéos un momento al borde de las ruinas y oiréis, al compás de la brisa que mece el sombrío boscaje en lo hondo del desierto valle, los tristes ayes del cuitado zipa Chirripó, que halló su tumba al pie de la cascada.
En las crudas noches de invierno, cuando el cierzo hacía crujir los copudos árboles y silbaba al atravesar las grietas de las torrezuelas, la gentil Orosia, de los rústicos coyoles y pejivalles, chichisveadores centinelas del hogar indígena, escuchaba arrobada las melancólicas cantigas del vencido caudillo víctima de los azares de la guerra, quien, doblemente prisionero, lanzaba a los aires desde el cerco señorial de su vencedor las dolientes endechas de su alma.
“Ay del que llora en la cautividad
el sacro tesoro de su libertad”.
No dirijas a mí tu altiva mirada, oh mujer bella: la más hermosa que vieron mis ojos. En los tuyos asoma un espíritu misterioso que hace soñar en paraísos divinos. Siento en mi pecho una pasión que ahoga; y sufro y lloro. ¡Ah! Si me amaras, te sirviera como esclavo.
“Ay del que llora en la cautividad
el sacro tesoro de su libertad”.
II
Ya sale dentro de los bohíos y del palenque pedrizo el apuesto Chirripó, a quien el bravo Ujarrás, su vencedor, ha puesto en libertad. No así su corazón o pobre zipa, pues allí queda aherrojado.
¿A dónde va Chirripó, el jayán gallardo, que no sigue la senda hacia sus lares recta? ¿Por qué mira hacia atrás? ¿Por qué una lágrima de sus sombreados párpados resbala?
Vedle internarse en lo más agreste y profundo del bosque, siempre entonando su canción plañera:
“Ay del que llora en la cautividad
el sacro tesoro de su libertad”.
III
El huracán arranca de raíz los corpulentos robles y hace rodar los peñascos por los declives de la montaña; arrasan con estrépito la campiña los turbiones que forma el aluvión desde la sierra.
Sobre la cima, allá en el vórtice del Páez precipitante, sobre la más alta roca avanzada, una sombra confusa, como espectro hechicero se divisa: es el zipa, el montañés altivo, que contempla en la brumosa lontananza, menos con los ojos corporales que con los ojos del alma, la idílica mansión de la virgen de sus ensueños y carcelera de su corazón.
El torrente bramador avanza, la roca desquiciada gime y se desprende de su alveolo: el alud se desploma y con él el mancebo herculáneo desaparece en el abismo.
Desde entonces, cuando el viento susurra entre las ramas, al sepultarse el sol en el ocaso, se oye salir de entre la poza oscura la triste voz del cantador suicida, cuyo eco entre la selva repercute:
“Ay del que llora en la cautividad
el sacro tesoro de su libertad”.
Fuente: Zeledón-Cartín, E (comp.). (2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia, 1a ed., ea reimpt., pp. 46-47. Editorial Costa Rica.
[tercera tanda]
LA ERUPCION DE AGUA
Amanecía. El espléndido valle de Ujarrás, último resto del Paraíso terrenal, jardincito perfumado de la Virgen, jironcillo del cielo perdido en la inmensidad de la tierra, despertaba alegremente a los primeros besos del sol. Era Mayo, el mes de las primeras aguas. El olor de la húmeda tierra, confundido con la fragancia de las flores silvestres, embalsamaba el ambiente. Los yigüirros hacían su agosto en los güitites cargados de exquisita uva. Andaban, los yigüirros, en parejas, saltando de rama en rama, cantando sus penas o sus alegrías: ¿sabemos acaso, cuando el yigüirro canta, si eleva su canción a la alegría o la eleva al dolor?...
Cantaba el río también, con dejos medio tristes. La canción del río es peculiar; a ratos es ronca y hueca como si formulara una protesta por su eterno correr hacia la mar; en ratos es triste y lánguida como la despedida del soldado cuando se aleja de la novia para no volver jamás; ¿será que las aguas del río se despiden, mañana a mañana, de la límpida fuente que las ve brotar?... ¿Se despedirán acaso de la virgen montaña que las besó al pasar y que jamás, jamás volverán a ver?...; ora es el canto argentino, unísono y alegre porque va llegando al llano y puede saludar al padre sol...; ora se queja, heridas, sus aguas, en los filos de la peña que las quiere detener...; y ora, en fin, apenas si suspira, porque ha encontrado fondo, profundo y vasto, y entonces se desliza mansa y majestuosamente como un gran rey que sube al trono; serena, serenísima como sabio sapientísimo sumido en profunda meditación...!
¡Las aguas! ¡Qué bellas son las aguas cuando bajan en paz y contentas!; pero, en cambio, cuando se revuelven y crecen, y saltan de su cauce, retorciéndose furiosas, ¡qué espantosas y terribles! Las aguas semejan a las turbas: agradables cuando pasan apacibles; ¡feas, repugnantes y terribles cuando se agitan iracundas!
* * *
La población de Ujarrás, casi en su totalidad compuesta de labriegos, se había repartido por el campo. En las casas quedaban algunas mujeres alistando el almuerzo de sus hombres, el cual llevarían enseguida los niños de la casa que aún no eran aptos para el trabajo.
El Padre Guardián había celebrado, y ahora, montando brioso alazán, dábale con la tahona sobre los lomos, y cogía el camino, rumbo a las Joyas, a administrar una india vieja que se moría.
El capitán de milicias ejercitaba a los 31 soldados de su mando, en la plaza, frente a la iglesia; y un montón de chiquillos curiosos seguía, ávido y divertido, los movimientos de aquel minúsculo ejército, honra, gloria y orgullo del pueblo del Rescate.
Por encima de las colinas de Turrialba empezaron a asomar algunas nubes enlutadas, refunfuñonas y caritristes. Subieron un poco y tras ellas vinieron otras con la misma indumentaria y el mismo aspecto. Se estrujaban por seguir, todas, la misma dirección. La dirección que buscaban era la del sol. Seguían estrujándose, más y más, como si se disputaran, cada cual por llegar primero. El sol las vio, pero se hizo el desentendido y siguió subiendo. Me parece que las miraba de reojo y con desdén, y corría y corría para no darles audiencia. Parecía, aquello, un ejército de inconsolables viudas, todas a caza del mismo galán, galán que se les escapaba corriendo tras de la pálida luna, más bella y más hermosa y menos viuda!
Por fin, las enlutadas viuditas alcanzaron al ardiente señor de las manchas sospechosas, pero, en la tierra nunca se supo el final de la amorosa correría, porque el sol se ruborizó y cubrió su visaje y por varios días no se dio a ver. Sin embargo, el Alcalde de Ujarrás, que había seguido todos los movimientos de las nubes y que se conocía en achaques amorosos, aseguraba que el rey de los astros, tan pronto le alcanzaron las viuditas les dio, incontinenti, calabazas, y que todas las pobrecitas se echaron al momento a llorar a moco tendido. En efecto, el aguacero fue torrencial como nunca se vio otro en Ujarrás, ni antes ni después.
A eso de mediodía, cuando el sacristán tocó el Angelus, nadie oyó la campana, tan fuerte era el ruido del agua al caer.
Poco después, el volcán. Santa Lucía, enemigo de mojarse, protestó contra el aguacero, metiéndose en furor. Se retorcía y retorcía que daba miedo.
Los rayos cruzaban el espacio en todas direcciones; repercutiendo, en el valle, los truenos que daba espanto.
Los centenarios cedros temblaban desde el tronco hasta la copa y los congos se agarraban a las ramas llorando que daba pánico.
Silbaba el huracán acostando las palmeras y el mismo río murmuraba de una manera extraña como si por debajo de las aguas repercutiera el eco de tremendas y lejanas descargas. Las mujeres se jesuseaban y quemaban palma bendita.
Los hombres se persignaban disimuladamente y rezaban de los dientes para adentro. El Santa Lucía seguía crujiendo más y mejor, abriéndose al fin con horrible estruendo y lanzando agua en todas direcciones.
Creció el río y salió de madre. Y las aguas del río y las aguas del volcán, uniéndose se adelantaron sobre la población.
Algunas gentes pudieron huir hacia los montes. Las aguas entraron en las casas subiendo hasta una vara de alto. No respetaron ni la iglesia, adonde penetraron con ímpetu, pero, al llegar al altar de la Virgen de Ujarrás, se detuvieron en raya como por encanto. Mientras tanto, una media docena de mujeres que rezaban en la iglesia, habían subido al coro detrás del altar de la Virgen, y allí, rezando la Magnífica, presas de pánico esperaban la última hora.
De los pocos que habían quedado en el pueblo, se salvaron, unos subiendo a los tejados, otros agarrados a las soleras de la techumbre, quienes encaramándose en algún árbol a pesar del aguacero torrencial. Unos pocos eran arrastrados por la corriente y luchaban a brazo partido.
Entre las mujeres refugiadas en el coro, había una entrada en años, la cual invocaba continuamente a Nuestra Señora del Rescate. En una que va y otra que viene, oyó que la Virgen le decía:
Arranca una de las tablas de la escalera del coro; toma el Niño Dios, el del portal, que está en el nicho izquierdo del altar del Nazareno. Coloca el Niño sobre la tabla y pon la tabla sobre el agua.
El agua, como hemos dicho, se detuvo al pie del altar de la Virgen y por consiguiente la mujer pudo bajar del coro y acercarse hasta el altar del Nazareno que estaba cerca, a un lado del altar de Nuestra Señora y a nivel de éste. Subió como pudo, tomó la imagen del Niño Dios y volvió al coro. Aquí, ayudada de sus compañeras despegó la tabla y acercándose después, hasta el borde de las aguas, hizo como se le había mandado. Y sucedió algo muy extraño. La tablita en que descansaba el Niño Dios empezó a deslizarse sobre el agua. El Niño pareció animarse, se le encendieron los colores del rostro, le brillaron los ojitos y alzando el bracito derecho empezó a dar bendiciones a uno y otro lado. Las aguas, entonces, retrocedieron y salieron de la iglesia. El Divino Niño en su frágil embarcación salió también del templo bogando, después, por sobre las aguas que cubrían las calles de Ujarrás, siempre bendiciendo con su preciosa manecita y en tanto que bendecía, bajaba rápidamente el nivel de las aguas, las que huían temerosas hacia el río.
Y bajaron y bajaron. Y cuando fue la tarde, de la inundación no quedaba, en Ujarrás, más que un finísimo lodo sobre las calles, pero, ¡oh dolor que aún perdura en Ujarrás!, el Niño-Dios se fue con la decreciente y nunca más volvió por aquellas tierras, ni se volvió a saber de él hasta la fecha.
Y por esto, mientras existió Ujarrás, el único paso que, en todo el mundo, no tenía niño, era el de Ujarrás. Y por eso también, en Ujarrás, en las fiestas de Navidad, los históricos tamales se amasaban con lágrimas! (Prado, pp. 41-46).
LA INUNDACION DEL RIO PAZ [hoy Páez]
Era en la segunda semana del mes de Enero de 1725.
Había pasado la misa, y Fray Miguel Hernández, Guardián que había sido del Convento de San Francisco de Cartago en 1707, y a la sazón, desde 1709 doctrinero de Ujarrás, rezaba tranquilamente su breviario en los corredores del Convento.
Los labriegos cuidaban de sus campos a lucha partida con el mal tiempo. Los hombres estaban en sus respectivas faenas y las mujeres en el trajín de la casa.
Las campanas de la iglesia repicaron triste e inusitadamente. Los ecos repitieron por el valle aquel lúgubre repique. Hombres y mujeres se estremecieron. Se suspendió todo trabajo, en el pueblo y en el campo, encaminándose los labriegos al pueblo; y en el pueblo, convertido en activo hormiguero, lanzábanse todos a las calles; preguntábanse unos a otros y corrían en diferentes direcciones, encaminándose, los más, hacia la iglesia.
Mientras tanto, el doctrinero había suspendido el rezo y apresuradamente se dirigía al campanario, sorprendido y extrañado de aquel toque inusitado. Toparía, quizás, con el sacristán entablándose entre ellos el siguiente diálogo:
—¿No eres tú —diría el doctrinero— quien toca las campanas? —No tatica —le contestaría temblando el sacristán. —¿Qué significa entonces?... ¿Quién toca?... ¿Por qué toca?... —Corro a ver. Tatica.
Y tras breves instantes volvería el sacristán, más pálido que un cadáver, diciendo al doctrinero con voz entrecortada y temblona:
—¡Ta... ti... ca... están... tocando... solas! —¡Imposible! ¡Estás loco! Y al decir estas palabras, el doctrinero, sobrecogido de temor, subiría al campanario, en donde pudo constatar, preso de pánico, que efectivamente las campanas tocaban solas.
Cesaron las campanas, mas, para volver de nuevo, un rato después, a romper el silencio del aire con su lúgubre tañir.
Callaron nuevamente, emprendiendo momentos después y por vez tercera, su alarmante repique. Entonces ya todos o casi todos los habitantes de Ujarrás estaban reunidos en la iglesia, con el doctrinero. Rezaron todos juntos y, no encontrando explicación al extraño suceso, resolvieron huir todos a los montes en espera de nuevos acontecimientos. Pocas horas después, y cuando ya no quedaba nadie en el pueblo de la Purísima Concepción del Rescate, oyeron desde los montes un sordo rumor, como oleaje del mar, que por momentos crecía y se agigantaba tomando proporciones espantosas, hasta romper en enormes cataratas que, bajando por el río Paz, río de poco caudal que atraviesa la población en dirección N. E. S. O., como a 200 varas de la Iglesia, bajando, pues, se extendieron sobre el valle, inundándolo completamente, a 15 de Enero de 1725, y subiendo el agua, en las casas, hasta la altura de una vara.
Los vecinos vieron, en el toque de campanas, un aviso sobrenatural del cielo, achacándolo a intercesión de Nuestra Señora, y para conmemorar el suceso se hizo una grandiosa procesión con su imagen, llevándola a Cartago adonde entró triunfalmente, acompañada de más de dos mil personas. En Cartago se le hicieron fiestas solemnísimas. En el archivo de Cartago se encuentra una carta del doctrinero Fray Miguel Hernández relativa al suceso.¹
¹ La carta de Fray Miguel se limita a decir que las campanas sonaron tres veces por sí solas y que con este aviso se pusieron los vecinos a salvo. Hacemos esta advertencia, porque la escena que acabamos de relatar no consta tal como la describimos, en ningún documento. Hemos pretendido reconstruirla fantaseando algún tanto. En la obra del Lic. don Cleto González Víquez sobre temblores, terremotos, inundaciones, etc., en Costa Rica, al folio 9 se habla de la carta referida, inclinándose, el señor González Víquez, a atribuir tan extraordinario repique de campanas, a algún temblor (Prado, pp. 55-58).
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