Renacimiento de Cartago
Todavía con el espanto en el rostro, diez o doce dias después del horrible cataclismo, teniendo frente a sus ojos la ciudad en ruinas y en el corazón el dolor de centenares de muertos y miles de contusos de la catástrofe, sintiendo aún en los oídos el espantoso crujido de la ciudad que se derrumbaba en fracaso ensordecedor, como ausentes de sí mismos, sin saber qué hacer ni hacia dónde encaminar sus pasos, yo vi una clara mañana de mayo del año 1910, grupos de cartagineses deambular por entre montones de piedras, escombros y roto maderamen en lo que había sido asiento de sus hogares, casco de aquella antañona cuidad singular entre todas las del país, lejana reminiscencia en cada uno de sus rincones de la época colonial.
En una de las esquinas del parque, frente a la que había sido casa legendaria de doña Anacleto Arnesto de Mayorga, último refugio del General don Francisco Morazán en los turbulentos días de setiembre de 1842, un grupo de personas rodeaba a un caballero que les hablaba firme y pausadamente, con una seguridad de viejo hidalgo que da órdenes o de veterano capitán que expone su plan de batalla.
Bajo un sombrero de pita de anchas alas, cenceño y juncal, vivos los ojos, señorial el ademán, don Manuel de Jesús Jiménez era en medio de aquella ruina, como una llama de fe y de esperanza a cuya luz vivificante iba a hacerse el milagro de la transformación y del renacimiento.
En periódicos y corrillos se hablaba de trasladar a Cartago a otro sitio, lejos del valle del Guarco. Se hacía reminiscencia de las veces que la ciudad había sido arrasada por las furias plutónicas y se hacia el plan de dejarle abandonado al terremoto el mirífico valle. Bajo la impresión del supremo espanto, muchos miles de cartagineses compartían aquella idea y el éxodo de familias había empezado.
Al amanecer del día siguiente de la noche terrible del 4 de mayo, cuando las luces indecisas de la aurora comenzaban a clarear aquel lúgubre paisaje de desolación y muerte, don Manuel había dicho a algunos vecinos aterrorizados que se le acercaban: ahora, a enterrar a los muertos, curar a los quebrados y a volver a levantar la ciudad.
Él, el historiador y tradicionalista, el que le había cantado su lirica serenata a aquella casa solariega de la familia costarricense, sentía que todo su fervor romántico se condensaba en querer más a su cuna en cuanto más desgraciada la veía, y en no apartarse de aquellos terrones y de aquellas sagradas piedras. Y se impuso la tarea de empeñarse en rehacer a Cartago.
La historia, que él manoseara tantas veces y que tenía tan presente, detalle a detalle, le decía que aquella no era sino otra etapa, como tantas otras había tenido la vieja fundación. Más dolorosa, más triste, más cruel: pero Cartago renacía siempre de sus ruinas, como la esperanza en las desolaciones, como la luz después de las tinieblas.
Su voz se levantó como la de un profeta bíblico y detuvo a los que ya tenían amarradas al pie las sandalias peregrinas para irse del viejo valle; sus acentos confortaron los espíritus abatidos y sus palabras fueron el sur sum corda que galvanizó a las gentes. Cartago era allí y no podía ser en ninguna otra parte. Las gotas de sangre de don Juan Vázquez de Coronado que corrían por las venas de don Manuel de Jesús, que frisaba entonces por los 55 años de vida, le dieron temple acerado a aquél espíritu suyo y lo convirtieron en el mantenedor de la fundación que un día hicieran, junto al Purires y el Toyogres cuatro siglos antes, los pobladores hispánicos. Aquella voz tuvo enseguida un eco profundo en los corazones de los viejos cartagineses: fuera de allí, nada podría ser Cartago. Y se quedaron en el Guarco y una nueva ciudad empezó al levantarse sobre los viejos cimientos.
La luz nueva de cada mañana que apuntaba por oriente, coloreando las cumbres del Irazú y del Turrialba, y el sol que salía como una hostia flamígera por detrás del santo lugar en que había aparecido el faro de mística fe de Nuestra Señora, eran como heraldos de esperanza que serenaban cada día más los espíritus y que secaban las lágrimas del duelo.
Cuando un año después del día fatal se oficiaron en los santuarios de la reciente ciudad misas funerales por las víctimas, en la penumbra fresca de la iglesia de San Francisco, en el viejo convento de la orden de los Capuchinos, grave, solemne, manso el corazón, inmóvil el cuerpo y fijos los ojos en el ara como un hidalgo severo de los años floridos de la leyenda católica y fanática, don Manuel de Jesús, vestido de negro, pulcro y señorial como siempre, asistía a los oficios. Y cuando el sacerdote, cantando las lúgubres preces de difuntos, repetía la letra de los salmos pidiendo el descanso eterno de los muertos, una luz casi gloriosa se iluminaba en los ojos del patricio: habían muerto muchos cartagos, pero Cartago no había muerto. Cartago vivía, Cartago renacía, gracias a él en gran parte. Cartago estaba allí, pidiendo al cielo por el descanso eterno de sus muertos, alabando a Dios con los cantos litúrgicos bajo las naves de sus templos y con la música del trabajo que, al despuntar aquella mañana aniversaria, inundaba todos los rincones del valle maravilloso, con su rumor de colmena.
(La Semana Cómica, 17 de setiembre 1949)
Fuente:
Vargas-Coto, J., Oconitrillo-García, E. (compilador). (1994). Crónicas del Húsar Blanco/Joaquín Vargas Coto, 1 ed., pp. 107-109. San José, Costa Rica. Editorial Costa Rica.
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