El terremoto del 4 de mayo de 1910 - Federico Mora Carranza (cc Cuco)

EL 41 ANIVERSARIO DEL TERREMOTO DE CARTAGO SE CUMPLE HOY 

Inicia hoy LA TRIBUNA la publicación de un interesantísimo relato sobre aquella tragedia, escrito por don Federico Mora C. bajo el título de: "El terremoto del 4 de mayo de 1910" 



Hoy se cumple el 41 aniversario del terremoto que destruyó la antigua Metrópoli costarricense. 

Con noticia de que el distinguido caballero don Federico Mora C. había escrito un relato de aquella tragedia, logramos que nos facilitara su trabajo, que, como podrán observarlo los lectores, es de un gran interés histórico. 

Hemos creído oportuno iniciar hoy, en que se cumple el 41 aniversario de la tragedia que enlutó a tantas y tan estimables familias de la sociedad costarricense, la publicación del trabajo del señor Mora, especialmente para que las nuevas generaciones conozcan detalles de aquella dolorosa época que vivió el país. 

El señor Mora ha titulado su laborioso y valiosísimo trabajo: "el terremoto del cuatro de mayo de 1910". LA TRIBUNA agradece mucho al señor Mora la gentileza que tuvo al concederle la primicia para la publicación de la sugestiva narración que, sin lugar a dudas, habrá de despertar un gran interés. 




El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (1) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


El cuatro de Mayo de este año 1951, se cumplirán los cuarenta y un años del terremoto que destruyó la ciudad de Cartago. Para hacer esta narración de aquella catástrofe me he apoyado en los datos que apunté días antes y después de aquel cataclismo, y también en la rememoración de las escenas que presencié, tanto en la misma Cartago como en San José. 

Por esas razones, esos datos han sido mis mejores bases para detallar los eventos terroríficos, cuyo principal escenario fue la antigua Metrópoli costarricense. El lector encontrará en algunas de mis descripciones, detalles increíbles, pero que son absolutamente veraces de la destrucción de Cartago, así como del estado psicológico que sufrían sus habitantes. 

Quiero significar que, para narrar hechos históricos es necesario abolir toda clase de fantasías, y, sobre todo, poner en curatela las múltiples versiones que hacen muchas gentes, porque ello sería un atentado contra la veracidad de los hechos. 

Para que el lector pueda apreciar y comprender la magnitud de aquel terremoto, me ha sido necesario coordinar los eventos, haciendo mención de horas y fechas, incluyendo también los acontecimientos precursores que comenzaron desde muy a principios de aquel año fatal de 1910, y terminando por narrar los sucesos secundarios que ocurrieron dos o tres días después de aquel terremoto. 

EL COMETA HALLEY 

Desde principios de aquel año 1910, estaba visible este cometa, atravesando nuestro cielo seguido por inmensa cola luminosa. Como se iba acercando el mes de abril, su visibilidad era mucho mayor. La historia nos relata numerosos cataclismos que han ocurrido cada vez que este astro de apariciones periódicas, ha estado a la vista de los habitantes de la Tierra. 

Aquel verano de 1910, que ya iba finalizando, fue muy anormal; caían frecuentemente lloviznas y chaparrones; y los calores eran sofocantes durante el día, y las tardes y las noches eran frías y ventosas. 

LAS ERUPCIONES DEL VOLCAN POAS 

Unas semanas antes de la iniciación de los temblores, que comenzaron en las primeras horas del 13 de abril de aquel año 1910, el Volcán Poás entró en fuerte actividad. Enormes trombas de humo gris se elevaban desde su cráter y muy pronto eran lanzadas por los vientos hacia la Meseta Central. Desde la Sabana se podían observar perfectamente aquellas erupciones que parecían inmensos plumeros grises, tomando luego la forma de gigantescos hongos. Minutos después se iniciaba la lluvia de cenizas que caían abundantemente sobre la Capital. 

El producto de aquellas erupciones era un polvo gris finísimo saturado de sales de potasa en bruto. Poseía acción corrosiva atacando las plantas y los animales. Los humanos sentíamos fuerte escozor cuando nos caía en los ojos, y cuando penetraba en la boca producía un sabor acre. Aquella ceniza manchaba y perforaba las ropas que estaban tendidas a la intemperie. 

Las erupciones eran constantes. En los parques, patios, aceras, tejados y sitios similares se podían recoger puñados de aquella ceniza. El Gobierno nombró una comisión de científicos con el objeto que visitaran y estudiaran el Volcán Poás. Cuando aquel grupo se acercaba al cráter se vio imposibilitado de avanzar más; por esta circunstancia tuvieron que hacer sus observaciones bastante retirados de aquel lugar, porque la lluvia de cenizas que era muy densa y la caída de pequeños fragmentos volcánicos eran una amenaza. 

Aquella misma comisión fue enviada a los Volcanes Turrialba e Irazú con igual misión. Llegadas al cráter de cada uno de aquellos colosos, se dieron cuenta que estaban en completa inactividad. Posiblemente, sus galerías de desahogo estaban obstruidas, y por esta razón se estarían acumulando las fuerzas plutónicas en las entrañas de la tierra, para producir más tarde el cataclismo del mes de Mayo. 

INICIACION DE LA TEMPESTAD DE SISMOS 

En las primeras horas de la madrugada del 13 de Abril de 1910, se inició una tempestad de temblores de intensidad muy fuerte, que causaron mucha alarma en todo el país y principalmente en la provincia de Cartago. 

Cuando comenzaron a llegar noticias oficiales de toda la República, se confirmó que Cartago, Tres Ríos, Orosi y Navarro eran las regiones más fuertemente sacudidas por los sismos. Momentos antes de producirse un temblor, se escuchaban ruidos subterráneos terroríficos. Los temblores eran del tipo oscilatorio-trepidatorios. Esta forma de sismos han sido indicadas por los científicos, ser la más peligrosa y destructiva de edificios. 

EN LA CASA PRESIDENCIAL 

En aquella época yo desempeñaba un puesto militar en la Casa Presidencial; era Presidente de la República el Licenciado don Cleto González Víquez. Yo tenía bajo mi cuidado el estudio y censura de los telegramas oficiales, y por esa razón estaba bien informado de lo que acontecía en todo el país. Además, inicié un record de apuntes de los acontecimientos de los sismos. 

Cuando aquella ola de temblores se había iniciado, los empleados de la Presidencia de la República, ya estábamos bastante ocupados en la organización de los festejos oficiales para la transmisión de poder al Licenciado don Ricardo Jiménez Oreamuno. 


CONTINUARÁ 


Referencia: Mora, F. (1951, 4 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (1). La Tribuna, 4. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ed-4%20de%20mayo.pdf 




EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (2) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


ASPECTO QUE PRESENTABA SAN JOSE: La tempestad de sismos continuaba día y noche con más o menos duración e intensidad. Los habitantes de la Capital abandonaban sus casas desde las primeras horas de la tarde regresando a ellas en las primeras de la mañana. 

Parques, plazas públicas, solares, potreros, patios y todos aquellos sitios que estuvieran retirados de las paredes de las casas, se habían convertido en pintorescas barriadas, donde se habían construido ranchos, bohíos, tiendas de campaña, galeroncitos, y hasta cobertizos cerrados solamente con sábanas y cobijas. 

Se formaban alegres tertulias que, hasta cierto punto, mitigaban un poco la tensión nerviosa de sus habitantes. 


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LO QUE ACONTECIA EN CARTAGO: Aquella ciudad seguía movida por fuertes temblores muy seguidos. Era indudable que las convulsiones terráqueas se habían centralizado allí y en los pueblos circunvecinos. 

Los cartagineses también habían abandonado sus casas, durmiendo refugiados en construcciones similares a las empleadas de la Capital. Los ruidos subterráneos aumentaban dejándose escuchar momentos antes de un temblor. 


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LA TARDE Y NOCHE DEL 4 DE MAYO DE 1910: Durante aquel día se dejó sentir una extraordinaria ola de calor, que fue aminorando con la caída de la tarde. 

Aquella noche yo salía de la Casa Presidencial para asistir a una comida. La fiesta se había iniciado; la sopa estaba servida. En aquellos momentos eran las seis y cuarenta y cinco minutos. 

Las conversaciones alternaban comentando los últimos eventos de la campaña política, pero recaían insistentemente acerca de aquella tempestad de temblores. De pronto se siente un temblor fuertísimo, acompañado de un ruido similar al disparo de un cañón lejano. 

La sopa se rebasó de sus platos y el techo crujió lamentosamente amenazando caernos encima. Un reloj de péndulo que estaba en la pared y frente a mi, casi se desprende de su sostén; y la araña del alumbrado subía, bajaba y rotaba como si una mano misteriosa e invisible, le imprimiese aquellos movimientos. 

Cuando el terremoto cesó, aquel reloj, que se había parado, marcaba exactamente las seis y cincuenta y un minutos. 


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HACIA LA CASA PRESIDENCIAL: Salí con paso acelerado hacia la Casa Presidencial. En el trayecto había mucha gente en media calle, unos gritando y otros recitando el tradicional ¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡Santo Inmortal! 

A mi llegada pregunté por el Presidente y por su familia, sabiendo que todos estaban bien, pero que los niños lloraban aún de terror. 

Llamé a la Dirección General de Telégrafos, con la intención de que se me dieran noticias del temblor acabado de pasar. Fui atendido por el propio Director, quien seguidamente me dijo: 

"Desde que el terremoto ha concluido, estamos llamando a las centrales telegráficas de Cartago y Tres Ríos". "Las dos están silenciadas hasta el momento". "Sospecho que ha ocurrido algo grave en Cartago y Tres Ríos". "Pareciera que las líneas telegráficas están en el suelo". Inmediatamente que tengamos noticias las mandaremos. 


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INFORMO AL PRESIDENTE: La casa particular de don Cleto estaba anexa a la presidencial. Fuime allá para informar al Presidente de las noticias dadas por el telégrafo. 

Don Cleto se mostró bastante alarmado, y llevando en la mano su tradicional gorra, comenzó a pasearse en el amplio salón donde tenía instalado su billar. Cuando recobró su habitual tranquilidad me dijo: 

"Solo nos falta que haya ocurrido un cataclismo en Cartago, Tres Ríos y en otras partes del país". "Esa noticia del telégrafo es presagio de que haya ocurrido algo grave". "Teneme al corriente del texto de los telegramas que vayas recibiendo de todas partes del país". 


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LOS TELEFONOS DE LA PRESIDENCIA: Después de aquel terremoto acabado de pasar, se sintieron nuevas series de otros temblores bastante fuertes. 

El Conserje de la Casa Presidencial me mostró que los dos valiosos jarrones de Seevres que estaban en el salón rojo donde se recibía a los diplomáticos, habían sido lanzados al suelo, pero estaban enteros. 

Los teléfonos funcionaban constantemente; la mayoría de las personas que nos llamaban nos preguntaban si teníamos noticias de Cartago. Parecía que el corazón les avisaba que algo terrorífico había acontecido en aquella ciudad. 

Mi preocupación aumentaba por instantes; estaba seguro que en Cartago había acontecido algo grave. Pensaba en muchos amigos míos con quienes había cultivado buena amistad desde mi infancia y juventud, y recordaba velozmente aquellos lugares inolvidables en donde se habían desarrollado los más gratos eventos de mi vida durante varias temporadas en que había vivido en Cartago. 

El telégrafo comenzó a mandarnos mensajes de todas partes de la República, dándonos informes oficiales, en los que se reportaba la intensidad, hora y daños producidos por el terremoto las seis y cincuenta y un minutos. En tanto, las centrales telegráficas de Cartago y Tres Ríos seguían silenciadas. 


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LLEGA UN MENSAJERO DE CARTAGO: Serían como las nueve y cinco minutos de aquella noche del 4 de Mayo de 1910, cuando yo estaba ocupado leyendo el texto de los telegramas que ya nos llegaban por docenas. Acababa de levantar la ventana de mi oficina del Mando en Jefe que daba a la calle. 

De pronto escuché el galopar de un caballo y que luego se paraba en raya frente a la puerta principal. Momentos después entró a mi oficina el Conserje y me dijo horrorizado: 

"¡En la puerta está un hombre montado a caballo!" "¡Dice que Cartago y Tres Ríos están en el suelo!" "¡Quiere hablar con el Presidente o con Usted!". 

Salté de mi sillón y me dirigí a la puerta. Se trataba de un hombre que cabalgaba un caballo retinto. El animal estaba fatigadísimo y temblando, pegando grandes resoplidos. 

"¡Coronel, Coronel!: ¡Vengo a todo correr para avisar a don Cleto que Cartago acaba de ser destruido por un terremoto y que la ciudad está en el suelo!" "¡Hay miles de muertos y heridos!" "¡Manden doctores y auxilios!" "¡Cuando yo salí de allá los terremotos seguían botando las casas!". 

Debo confesar que tuve el prejuicio de que aquel hombre podría tener entre pecho y espalda algunos traguitos; pero rápidamente me convencí que estaba en un grave error. 

Me fui a donde el Presidente y lo enteré de la noticia que traía aquel mensajero. Don Cleto pasó inmediatamente a la Casa Presidencial, y aquel hombre lo acabó de enterar con lujo de detalles del acontecimiento de la catástrofe. Aquella relación impresionó profundamente al Presidente, y cuando recobró su ecuanimidad usual, volvióse a mi comenzó a impartirme sus primeras disposiciones. 

"Pedí inmediatamente un tren para Cartago, ordenando que lo alisten inmediatamente y te avisen cuando esté pronto para partir". 

"Dale orden al General Romain que reconcentre toda la policía, y que mande a aquellos policías que conocen las residencias de los doctores, para que los citen a nombre mío, para que se presenten aquí a la mayor brevedad posible". 

Te vas al Hospital para que comuniqués a los doctores jefes, que alisten médicos, enfermeros, camillas e instrumental de cirugía con todo lo necesario para asistir a centenares de heridos". "Explícales detalladamente lo que ha ocurrido en Cartago, y les decís que se vengan y manden todo aquí". 

Y continuó dándome muchas otras órdenes que sería largo mencionar aquí. 

Para poder desempeñar con mayor rapidez aquellas órdenes, pedí a la caballeriza Nacional me mandaran un buen caballo aperado. 

Cuando salí a la calle ya estaban numerosos grupos de amigos y gente que me pedían detalles del cataclismo de Cartago. La noticia había corrido por toda la Capital con la velocidad del rayo. Siéndome imposible complacer a tanta gente, les narré en alta voz solamente los principales detalles del siniestro. 


(Continuará). 


Referencia: Mora C., F. (1951, 5 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (2). La Tribuna, p. 4. Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ee-5%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (3) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


A LAS DIEZ Y MEDIA DE AQUELLA NOCHE: A esa hora ya había regresado a la Casa Presidencial, habiendo terminado el cumplimiento de las órdenes recibidas. Aquella mansión estaba plena de ministros, diplomáticos, clérigos y de infinidad de personas de buena voluntad que ofrecían sus servicios incondicionales para la obra de socorro a los cartagineses. 

Por todas partes había estibas de sacos, rimeros de cajones y buena cantidad de camillas. Continuamente me interrogaban muchas personas pidiéndome detalles de la catástrofe; siéndome imposible atender tantas solicitudes, contestaba brevemente. 

Fui avisado que me llamaban por teléfono de la estación del ferrocarril. Quien me llamaba era el despachador de trenes, comunicándome que prontamente estaría listo el tren pedido, pero que necesitaba saber la cantidad y tipo de carros necesitados. Le respondí que alistaran once carros de pasajeros y cuatro de carga del tipo cerrado. Le advertí estuviera prevenido porque había posibilidad de correr otro tren más. 


——oOo—— 


EN LA ESTACION DEL FERROCARRIL: Dispuse irme adelante hacia aquella estación, llevándome la policía, los voluntarios y carretones, con el fin de ir cargando en el tren todo aquel material de cirugía e implementos de socorro. 

Una multitud estaba en el andén con intenciones de aprovechar aquel expreso para hacer un viaje de simple curiosidad y entretenimiento. Los carros ya estaban ocupados por los logreros. No valieron nuestras palabras suplicantes para convencerlos de que salieran de ahí. Fué necesario emplear la policía porque no había manera de que atendieran nuestras súplicas; los muy vivos se hacían los suecos. 

Escuché una voz que me llamaba; era mi amigo Alfredo Sáenz que necesitaba marchar a Cartago para saber de sus numerosos familiares de aquella ciudad. Le contesté gustosamente que subiera al tren. 

Los doctores y demás personal de socorro iban llegando en grupos. En aquellos momentos eran las once y media de aquella noche. 

Mr. Smith, el Despachador de Trenes, me informó que el tren estaba listo para salir, esperando mi orden; luego me agregó sentenciosamente: 

"Nuestras líneas telegráficas con Tres Ríos y Cartago están interrumpidas". "Presiento que la línea férrea haya sufrido daños de bastante importancia y que los puentes y alcantarillas presenten peligro; sobre todo el puente de la Quebrada del Fierro". "Habrá que tomar muchas precauciones caminando muy despacio y con sumo cuidado". 

Aquel tren estaba integrado por quince carros; tenía una locomotora a la cabeza y otra en el final; sólo con aquellas dos máquinas se podría subir el Alto. 

La policía había trabajado activamente plena de buena voluntad y disciplina y ya se me había comunicado que había terminado el embarque de los enseres de socorro. 

Acerqueme a don Cleto que ya había entrado al último carro y le interrogué disciplinadamente que si tenía que darme alguna orden antes de partir el tren. 

"A mí no me pregunte nada; usted es el que debe saber bien si ya podemos partir". 

El Presidente estaba nervioso y anonadado; nunca había escuchado de sus labios una contestación tan terminante y fuerte. Confieso que aquella respuesta me mortificó y molestó bastante; pero recapacitando, comprendí que, al haberme contestado en aquella forma era que reconfirmaba haber depositado en mí toda su confianza. 

Creí conveniente hacer el viaje a bordo de la locomotora del frente que ya iluminaba brillantemente la vía. Sonaron pitazos, tañidos y resoplidos, y el tren inició la marcha lentamente. 

Antes de llegar a cada puentecillo o alcantarilla el tren paraba, mientras el abanderado hacía una inspección. 


——oOo—— 


DE SAN JOSE A TRES RIOS: En este trayecto el tren marchaba lentamente tomando las precauciones necesarias, llegando hasta Tres Ríos. 

En el andén de aquella estación había mucha gente abrigada bajo el alero. El conductor del tren llamó reiteradamente a la puerta de la agencia sin obtener respuesta. Una de aquellas personas le dijo: 

"Nadie hay, el agente no está". "Como el telégrafo quedó interrumpido inmediatamente con el terremoto, él se fué para su casa porque tiene dos hijas heridas". 

Hice una mirada de inspección hacia el pueblo y me di cuenta de que varias casas estaban destruidas y que existía completo silencio. En tanto, los temblores seguían precedidos de retumbos subterráneos. 


——oOo—— 


EL PUENTE DE LA QUEBRADA DEL FIERRO: El tren subía hacia el Alto de Ochomogo empleando baja velocidad; yo seguía observando la vía asomado por una ventanilla de la locomotora. 

Segundos antes de llegar a la entrada de aquel puente, vi que, en medio de la vía se levantaba un obstáculo. Avisé al maquinista y éste aplicó un frenazo empleando toda la fuerza. Nos apeamos y nos quedamos sorprendidos al darnos cuenta de que aquel obstáculo era un montículo como de metro y medio de elevación con los rieles curvados en su parte superior. Una fuerza plutónica había levantado aquello dándole la forma de una semi-esfera. 

La gente que iba en los carros llegó a aquel sitio y se quedó impávida ante la presencia de aquel fenómeno que se levantaba en la propia entrada del precipicio. Aquello parecía un fantasma avanzado que mudamente nos advertía la magnitud de la hecatombe sufrida por Cartago. 


——oOo—— 


A PIE HASTA CARTAGO: Había llegado el momento de continuar la jornada a pie hasta Cartago. Para tomar la carretera era necesario atravesar la finca donde están las fuentes que suplen el agua a la capital. 

Hubo necesidad de convertir a los policías en machos de carga. Ellos, muy solícitos y activos, se dieron a la tarea de transportar todos los equipos de socorro, bajándolos hasta la carretera. 

Fui avisado de que el Presidente me llamaba y luego me dijo: 

"Tendrás que irte adelante de nosotros para que anunciés en Cartago que vamos con médicos y socorros, comunicando que antes de una hora estaremos allá". "Será bueno que observés el camino, tomando nota de lo que haya ocurrido en su trayecto". 

Cuando yo partía con la policía, mi amigo Alfredo Sáenz estaba a mi lado comunicándome que seguiría conmigo. 


(Continuará). 


Referencia: Mora C., F. (1951, 6 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (3). La Tribuna, p. 3. Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ef-6%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (4) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


ATRAVESANDO EL ALTO DE OCHOMOGO 

Como íbamos salvando la cuesta del Alto, los temblores se sentían más fuertes y precedidos de retumbos subterráneos. Los árboles producían ruido singular cuando eran estremecidos por los sismos. Los movimientos terráqueos nos producían tal mareo, que nos hacía parar la marcha. De los paredones de la carretera seguían cayendo derrumbes. 

La luna que estaba bien alta y hacia el norte, nos enviaba sus rayos rojizos. Observé el Volcán Irazú que estaba bien despejado y no demostraba ninguna actividad eruptiva. En las faldas de aquel coloso se notaban luces intermitentes; posiblemente eran faroles o candelas que empleaban los habitantes de aquellas regiones quienes estaban fuera de sus casas. 

Estábamos para llegar hasta el propio Alto donde se levanta la estancioncilla del ferrocarril. De pronto se sintió un ruido subterráneo sumamente fuerte y luego un terremoto. 

— "¡Santo Dios!" "¡Santo Fuerte!" "¡Santo Inmortal!" "¡Virgen de los Angeles tened piedad de tus hijos!". 

Era mi amigo Sáenz quien lanzaba aquellas exclamaciones en alta voz. Lo ví tirado en el suelo permaneciendo boca abajo con sus brazos tendidos en cruz. El mareo que sentí fué tan fuerte, que me obligó a colocarme en cuclillas. Los policías pusieron una rodilla en tierra y musitaban oraciones. 

Por momentos creí que la tierra nos iba a tragar entre una de sus grietas que se abrían y cerraban a pocos pasos de donde estábamos. En tanto se escuchaban los aullidos lejanos de los perros. El ganado que pastaba en los potreros laterales de la carretera, bramaba lamentosamente y se arrodillaba a cada temblor que sentía. Nunca había dado crédito a la versión que asegura que el ganado se hinca cuando tiembla fuerte. 

Llegamos al recodo de la carretera donde se inicia el descanso a Taras; y vimos que seguía cayendo un gran derrumbe que nos impedía pasar; montones de tierra y piedras estaban formando una barrera infranqueable. Era imposible pasar por encima de aquel desprendimiento, porque la tierra estaba convertida en un barreal. Posiblemente horas antes de nuestra llegada había llovido fuerte. Tuvimos que salvarlo rodeándolo por el norte donde existía un guindo. La pasada de los equipos fué tan laboriosa como tardía. 

LA PRIMERA TRAGEDIA 

Atravesamos cautelosamente el puente del Río Taras y de pronto veo que en una cerca de piedra que estaba hacia la izquierda de la carretera, estaba sentada una pareja; detrás de ella había un potrerito y a pocos metros las ruinas de una casita y una candela que oscilaba. 

— "¿Qué están haciendo ahí?" (interrogué a aquella gente, empleando tono cariñoso). La mujer me respondió: "Señor...: Ya hace unas tres horas que murió prensada entre los escombros nuestra única hijita". "Aquella candela que vé, es para velar a la difuntita". 

Aquellos infelices padres estaban anonados; el pesar y el terror habían hecho de ellos dos seres inconscientes. Aquella era la primera escena bien real de la catástrofe y del estado psicológico que, más tarde me di cuenta que también tenía embargados a la mayoría de los habitantes de Cartago. 

Salté la cerca acompañado de unos policía llegando hasta los escombros que comenzamos a removerlos. Aquella candela veladora ya estaba produciendo un incendio. Después de una fuerte labor se nos apareció el cuerpo de una niñita de unos cuatro a cinco años. 

La encontramos prensada por una viga que la tenía prisionera sobre el estómago. El cuerpecito estaba tibio; sospeché que la muchachita estaría viva, y la tomé en mis brazos llevándola donde estaban sus padres. Sus facciones mostraban un gesto de terror y los ojos, que permanecían abiertos, querían salir de sus órbitas. 

Ante el cadáver de su hijita, la madre lanzó un grito lastimoso, levantando la cara y brazos al Cielo, y siguió gritando como grita una loca de hatar. 

— "Señor...: no estará vivita mi chiquita? (me interrogó el padre cuando la contemplaba aprisionada entre sus brazos). 

Le asculté el corazón y me dí cuenta que estaba completamente paralizado; luego, para tener mayor seguridad, le arrimé a los labios un espejito pero el cristal no se empañó. El calor que yo había sentido en aquel cuerpo, era causado por el fuego de las ruinas que estaba muy cercano al cadáver. 

ATRAVESANDO TARAS 

Continuamos la marcha hacia la ciudad. Los supervivientes de aquella población de Taras estaban en medio de la carretera; unos atendiendo sus heridos y los otros velando silenciosamente sus muertos. 

A grandes voces avisábamosles que detrás de nosotros venían médicos con auxilios para los heridos. Nadie se daba por enterado de nuestros avisos. Montones de escombros se veían por los dos lados de la carretera, y las pocas paredes que aún permanecían en pie pero desplomadas, seguían cayendo con estruendo a cada temblor que se iniciaba. 

EN LAS PUERTAS DE LA CIUDAD 

Seguimos caminando hacia el este, y cuando pasábamos a la altura del Panteón que estaba como a doscientas varas al sur, sentí un aire pestilente. Sospeché que aquel ambiente infecto procedía de aquel cementerio, que posiblemente estaría en ruinas y los cadáveres fuera de sus fosas. 

Seguimos recto y después de caminar unas tres cuadras, doblamos hacia el sur para tomar la Avenida Central. Llegamos frente a la Capilla de los Padres Salesianos; los temblores seguían derrumbándola. Al pie de lo que había sido su fachada, se levantaban montones de escombros que aumentaban en alturas con otros escombros que seguían cayendo. De los torres del campanario nada quedaba. 

Nunca sospeché que aquellas ruinas fueran los mudos testigos de la tragedia del poeta Rafael Angel Troyo. Ante nuestros ojos solo ruinas se veían; aquella avenida estaba obstruida. Seguía temblando recio y seguido y con ello seguían cayendo más paredes. 

— "¡Cuco...!" "¡Cuco...!" amigo mío, por caridad entrá para que veas en el estado que estoy". "Me estoy muriendo lentamente en medio de atroces dolores y sin esperanza de asistencia médica". 

Se trataba de un infeliz conocido mío que yacía en el suelo con las dos piernas trituradas y una herida mal vendada en la frente de la cual corrían hilos de sangre coagulada que le cubrían la mitad de la cara. 

¿Qué medidas curativas podríamos tomar en favor de aquel desgraciado que se lamentaba horrorosamente?. Ninguna era posible para asistirlo. Dos policías trataron de alzarlo en brazos para llevarla hasta el kiosko del parque, pero a cada envite aquel infeliz daba gritos, pidiéndonos que lo dejáramos quieto, y rogándonos le mandáramos doctores. 

Así se lo prometí y dejé a su cuidado un policía con órdenes de que diera aviso al primer doctor que llegara hasta allí. La conforté con palabras cariñosas y continuamos la marcha. 


(Continuará) 


Referencia: Mora C., F. (1951, 9 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (4). La Tribuna, p. 4. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/eh-8%20de%20mayo.pdf   


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (5) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


ASPECTO DE LAS CALLES DE CARTAGO: Aquellas calles tan anchas y rectas, estaban intransitables y desconocidas. Los postes, los alambres del alumbrado, los de los hilos telegráficos y telefónicos, estaban en el suelo; otros postes estaban recostados a las paredes desplomadas como sirviéndoles de mampuestos. Montones de escombros, planchas de hierro de techos, piezas de madera, tejas, etc., las obstruían completamente. 

En los centros de aquellas calles habían ranchos unos en pie y otros semi-aplastados y enterrados. La violencia del terremoto había causado muchos heridos y muertos que permanecían adentro o afuera de aquellas viviendas improvisadas cuando el sismo lanzó sobre ellas montones de tejas, ladrillos y aún secciones de caballetes. 

De aquellas viviendas salían gritos y lamentaciones; algunas personas, que en su mayoría estaban afuera, atendían silenciosamente sus heridos, mientras que otros permanecían contemplativamente, al lado de los cadáveres de sus familiares. 

La luna estaba bastante baja y con ello la obscuridad de las calles aumentaba. Ciertas secciones de ellas se oponían a nuestro paso, porque con frecuencia nos enredábamos en los alambres que nos hacían caer. Teníamos que librarnos de los restos de paredes que seguían derrumbándose a cada temblor. 


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EL COLEGIO DE SAN LUIS GONZAGA: Creí que la Calle Real estaría más transitable y nos dirigimos a ella, llegando hasta la esquina norte de este colegio. De aquel centro educativo aún caían sus últimas paredes. Lo mismo acontecía con el edificio de la Escuela de Varones que había dirigido nuestro recordado maestro don Pedro Ulloa Mata, en donde recibimos el pan de parte de nuestra enseñanza primaria. 

Seguimos con dirección al kiosko del Parque. En el camino, una señorita que no recuerdo quien fué, me informó que el poeta Rafael Angel Troyo estaba agonizando en el kiosko. 

Efectivamente, ahí estaba mi viejo y buen amigo; la escena era conmovedora. Un movimiento nervioso agitaba sus labios siendo el único indicio de vida; su melena era un cuajarón de sangre semi-cubierto por una bolsa con hielo que le habían colocado. 

Su esposa Lila, estaba llorando a su lado y contemplando aquella lenta agonía; el suelo estaba humedecido por la sangre y tal vez por lágrimas. Y en medio de aquella escena tan impresionante, vinieron a mi mente todas las buenas épocas del poeta y las múltiples veces que lo había tratado. 

"¡Señora!" (dije a Lila) "No deben de tardar en llegar los médicos de San José que vienen con toda clase de auxilios". "Rafael Angel recibirá inmediata atención de ellos". "Aquí se establecerá el hospital de sangre". 

Una señora que permanecía detrás de mi, me dijo muy pasito: "¡Dios se lo pague, Cuco, pero ya será tarde!" "¡Rafael Angel está entregando su alma al Cielo!". 


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LA TRAGEDIA DE RAFAEL ANGEL: La tarde del 4 de Mayo, que era una tarde esplendorosa como pocas se contemplan en Cartago, el poeta Troyo salió del Parque Central para dar su paseo favorito por la Avenida Central con rumbo al Cementerio; iba acompañado de un amigo. 

Cuando pasaba frente a la Capilla de los Padres Salesianos, el poeta escuchó que los huérfanos cantaban a coro; se estaba celebrando un rosario. Atraídos por aquellas melodías, los dos amigos decidieron entrar. En aquellos momentos caía la noche envuelta en blancos sudarios de brumas que bajaban de las laderas del Irazú. 

Instantes después vino el terremoto y los dos amigos se lanzaron a la calle; y en el momento de alcanzar la acera, una de las torrecillas del campanario cayó sobre la cabeza del poeta, dejándolo gravemente herido y sin conocimiento. Cuando el terremoto amainaba fué levantado y conducido al kiosko del Parque. 

Más adelante narraremos su muerte y entierro. 


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LA PLAZA DEL CUARTEL: Los ruidos subterráneos y luego los temblores proseguían su obra destructiva. 

Pasamos por la esquina nordeste del Palacio Municipal, en momentos que se desplomaban sus últimas paredes. Seguimos hacia el norte con dirección a la plaza del Cuartel. Ahí encontramos reposando sobre el césped, los primeros cadáveres que tenían un aspecto impresionante. Había cadáveres mutilados y sangrantes y muchos sin derramar una gota de sangre. Aquello era una escena real de la magnitud de la catástrofe y de la enorme cantidad de muertos que aún estaban dispersados por las calles y posiblemente aterrados. 

Estaba ansioso y necesitado de encontrarme con las autoridades civiles y militares de Cartago; posiblemente estaban atareadas atendiendo la obra de salvamento, o quizás, atendiendo sus familiares heridos o sus cadáveres. 

En aquella penumbra descubrí la silueta de un policía de la localidad que estaba parado, inmóvil y silencioso. Me acerqué a él y le interrogué en donde podría encontrar los comandantes de su cuerpo. Aquel pobre hombre no solo omitió hacerme el saludo militar, sino que me volvió a ver con aire estúpido sin musitar palabra respondiendo a mi pregunta. En seguida me di cuenta de que aquel infeliz hombre estaba acompañando el cadáver de una hija suya que la había matado el terremoto. 


——oOo—— 


LA IGLESIA DEL CARMEN Y EL MERCADO: Seguimos por la calle de la línea férrea con rumbo al oeste donde estaba construido con estructura de acero, y pensé que allí podría establecerse un hospital de sangre. 

Cuando llegamos a la esquina de la Iglesia, ví que, en medio de los rieles había una mole, que había hundido rieles y sus traviesas a una profundidad de medio metro. Era la cúpula del campanario que el terremoto la había arrancado de cuajo. 

Las paredes del Mercado que eran de ladrillo seguían cayendo a cada temblor, pero la estructura metálica central estaba en pie. Para ocuparla como hospital, se necesitaba sacar los víveres y mercaderías. Exterminé mi modo de pensar a dos tenientes de la policía y uno de ellos me dijo: 

"Si Ud. lo ordena, Coronel, inmediatamente procederemos a la sacada de todo lo que existe adentro". 

Guardé silencio pensando que aquella medida sería peligrosa, porque muy pronto se iniciaría el pillaje, y creí conveniente no proceder hasta ponerme de acuerdo con las autoridades locales. 


(Continuará). 


Referencia: Mora C., F. (1951, 9 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (5). La Tribuna, p. 4. Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ei-9%20de%20mayo.pdf 




EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (6) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


UNA MANO ENTRE LOS ESCOMBROS 

Bajamos hasta la esquina nordeste del Mercado donde estaban las ruinas de la Pulpería la Copa Blanca. Una mujer me informó que en un montón de escombros de la esquina frontal, salía una mano y que ahí debía haber un aterrado. 

En aquellos escombros había existido horas antes una fonda o una cafetería. Nos lanzamos a remover aquellas ruinas y poco a poco fué apareciendo un brazo gordo y blanco, encontrando luego el cadáver de una mujer. Tenía la cabeza aplastada diagonalmente, partiendo de la sien izquierda y terminando en la quijada derecha. Una enorme viga posaba sobre aquel cadáver, que resultó ser el de la dueña del negocio. 

Fuí informado que, segundos antes de operarse el terremoto, la habían visto sentada debajo del marco de la puerta de la calle donde fué sorprendida por el sismo. Su cuerpo había sido lanzado adentro de la casa como dos metros de aquella puerta que estaba ya en ruinas. Como este caso existieron muchos otros de personas que fueron lanzadas en diferentes direcciones cuando el terremoto sacudió la tierra. 

UNA NOTICIA ALARMANTE 

Un hombre llegó hasta nuestro grupo y nos dijo muy nervioso: 

— "Vengo para avisarles que en el Panteón hay multitud de cadáveres lanzados fuera de sus sepulturas". "El aire está irrespirable por la pestilencia a mortandad y muy pronto se nos va a soltar una peste". "Unos perros hambrientos están entrando por entre las rejas del portón el que está completamente trabado porque su arco descansa en él". "De los nichos casi nada existe". "Se están levantando bolas luminosas que persiguen a las personas que corriendo huyen aterrorizadas de ellas". "Manden gente para que vuelva a reenterrar los cadáveres, porque no será extraño que los perros que vimos entrar se los estén comiendo". 

Yo no tenía ni hombres disponibles ni palas ni picos. La obra de salvamento de aterrados y la asistencia de heridos era lo primero y más principal que había que atender en aquella Babilonia. Habría que dejar aquella terrible tarea para las horas del día. 

LLEGA EL PRESIDENTE Y LOS MEDICOS 

Quise saber la hora que sería; busqué mi reloj pero se me había perdido. Calculé que estaría muy cercana la entrada del Presidente y los doctores que había dejado atrás en la finca del nacimiento de las fuentes de agua. Fuíme a su encuentro. 

Don Cleto venía a la cabeza de los grupos rodeado por unos doctores. Se notaba fatigado y silencioso. Rápidamente le informé de toda mi visita de inspección y de la obra de salvamento que habíamos iniciado y las extracciones de cadáveres. Cuando le comuniqué lo referente a la agonía del Poeta Rafael Ángel Troyo, hizo un gesto de dolor. 

Nos fuimos para el Parque. Los médicos, camilleros y voluntarios iniciaron prontamente sus preparativos para asistir heridos. Indiqué que el galerón central del Mercado estaba incólume sin amenazar peligro y que podía servirnos para el establecimiento del hospital central. Nadie contestó a mi pregunta en forma concreta. 

UNA MANCHA DE SANGRE EN MI UNIFORME 

Creo que fué el doctor Barrionuevo, quien acercándose a mi me dijo: 

— "¿Estás herido?" "Tu uniforme está manchado de sangre, vení para hacerse una cura". 

Aquello me sorprendió porque yo nada tenía ni tampoco me había dado cuenta de aquel detalle. Posiblemente aquella mancha era causada por la sangre que emanaba del cuerpo de la infantita que yo había sacado en mis brazos de las ruinas de aquella casita de Taras. 

Pregunté la hora que era y fuí informado por aquel mismo doctor que era la una y media de la madrugada. 

UN PROFESOR MUERTO 

El profesor don Jesús Pacheco de quien corría la noticia que había desaparecido momentos antes del terremoto, acababa de ser hallado su cadáver. Se le había encontrado prensado por una solera. Como iba transcurriendo el tiempo, íbamos sabiendo más noticias de heridos y muertos de la sociedad y trabajadores cartagineses. 

La tempestad de temblores continuaba con más o menos violencia, siempre precedidos de horrorizantes ruidos subterráneos. Las paredes que habían quedado falseadas seguían cayendo con estruendo y levantando nubes tupidas de polvo. Nosotros teníamos que atender la obra de salvamento y al mismo tiempo salvarnos de los escombros que caían. 

LA PLAZA IGLESIAS 

Con bastante dificultad llegamos hasta ella. Ahí habían bastantes muertos y heridos de mucho cuidado; nuestra jornada fué dificultosa porque las calles estaban obstruídas por los escombros. 

Aquella plaza estaba plena de campamentos y por todos lados se veían grupos silenciosos. De cuando en cuando se escuchaba el llorar lamentoso de los familiares que asistían sus heridos o velaban sus muertos. 

Cuando temblaba, la gente se tiraba al suelo abriendo sus brazos en cruz. Observé un fenómeno bastante curioso: las aceras parecían reptiles que ondulaban hacía arriba y abajo sin moverse de sus sitios; aquellas ondas sísmicas eran lentas y acompañadas de retumbos subterráneos. 

Avisamos a aquellas gentes que llevaran sus heridos al Parque Central donde ya estaban operando los médicos traídos de la Capital. Nadie se preocupaba de nuestras indicaciones. ¡Pobre gente: estaban casi inconscientes!. 

LLEGAN GENTES DE LA CAPITAL 

Serían la una y cincuenta de aquella madrugada, cuando encontramos unos grupos, los unos a pié y los otros a caballo. Nadie nos ofreció sus servicios para cooperar en la obra de socorro; en su mayoría eran tipos curiosos e inútiles que llegaban de paseo como expectadores. 

Entre aquella gente habían sospechosos que llevaban botellas de vino, licor y latas de conservas. Uno de los policías que me acompañaban descubrió que, entre aquella gente había rateros muy conocidos de la Capital. Posiblemente ya habían saqueado las ruinas de algún establecimiento comercial. 

Les ordené terminantemente que regresaran a la Capital, pero me alegaron que habían llegado para ofrecer sus servicios en la obra de salvamento. Mintiendo, les comuniqué que la ley marcial ya estaba promulgada y que corrían peligro de ser fusilados sin misericordia. Muchos hicieron la comedia de regresar. Al día siguiente fué informado que las ruinas de una pulpería habían sido saqueadas por aquellos hampones. 


(Continuará) 


Referencia: Mora C., F. (1951, 10 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (6). La Tribuna, p. 4. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ej-10%20de%20mayo.pdf 



 

EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (7) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


EL HOSPICIO DE HUERFANAS: Fuimos avisados que aquel centro de caridad estaba en ruinas y que había muchos muertos y heridos. 

Desde la calle vimos las ruinas, luego, el patio nos mostró escenas dolorosas. Aquellas monjitas con las huerfanas que estaban ilesas, se encontraban atareadas sacando de los escombros cuerpos de las niñas asiladas, unas heridas y otras muertas. En el patio yacía el cadáver de una monjita muerta. 

De pronto escucho que me llaman a gritos; era una parientita mía que estaba tendida en el patio; la había herido un pedazo de una corniza y la habían vendado provisionalmente con un pedazo de ropa interior. 

Ayudamos activamente a la tarea de salvamento. Las heridas las conducíamos dos y hasta tres en cada catre y eran llevadas al Parque para su asistencia. 


——oOo—— 


LA CAÑERIA DAÑADA: Desgraciadamente el sistema de cañerías estaba completamente paralizado. El problema era bastante grave porque los heridos y los doctores pedían agua y solo la había en una acequia al costado oeste del Parque. 

Era necesario emplear aquella agua para las primeras curaciones. Se la hervía dificultosamente en diferentes clases de recipientes, empleando como cobustible pedazos de madera procedentes de los montones de escombros. Hasta aquella hora tan avanzada de la madrugada nadie se había interesado en averiguar donde estaba el daño. 


——oOo—— 


UNA SORPRESA DOLOROSA: Caminábamos por la Calle Real atendiendo la obra de salvamento y extracción de cadáveres. El servicio de traslado de heridos hacia el parque era activo; muchos de estos tenían que transportarse en diferentes formas empleando la policía sin contar con camillas porque éstas no eran suficientes. Muchos de aquellos heridos eran conducidos alzados, y a veces gritaban cuando sus transportadores se veían obligados a dar pasos falsos para salvar los escombros. 

Escuché una voz conocida y lamentosa. Era el Doctor Bocanegra, Magistrado por Guatemala ante la Corte de Justicia Centroamericana. En estado desesperante me comunicó que el terremoto le había matado a su señora esposa y a su hija, y quería saber si era posible conseguir dos ataúdes: La única funeraria establecida en Cartago no existía ya porque la casa estaba en ruinas aplastando las pocas cajas mortuorias que tenía. 

Le ofrecí mis servicios y hasta cometí el error de decirle que le iba a mandar doctores y él me respondió con las lágrimas en los ojos: 

—¿Para qué, Cuco? ¡Si ya los cuerpos están fríos! 

Después supe que los dos cadáveres de la madre e hija, habían sido sacados de las ruinas íntimamente abrazadas. 


——oOo—— 


UN NIÑITO DESESPERADO: Estábamos por las vecindades de la Calle del Molino, cuando se nos acerca un muchachito de unos siete años, implorándonos le ayudásemos a sacar de las ruinas de una casa a sus padres. Aquella criatura estaba enloquecida y rompía un sombrerito de palma que tenía en las manos. Inmediatamente atendimos aquella criatura suplicante. 

Encontramos los cadáveres mutilados y fríos. Cuando los pusimos en medio de la calle, el niñito se lanzó al cuerpo de su madre haciéndole preguntas incoherentes y rogándole a gritos que le contestara sus interrogaciones. Aquel infeliz no concebía que sus padres estaban bien muertos. 


——oOo—— 


UN CHINO BAJO LOS ESCOMBROS: Pasábamos frente a la bodega del ferrocarril conduciendo unos heridos y de pronto nos salen al encuentro dos chinos suplicándonos sacáramos de los escombros a un paisano que pedía socorro. Nos indicaron donde estaba aproximadamente el chino aterrado, y muy pronto escuchamos unas lamentaciones debilitadas que clamaban: 

"—¡Qué fea e la mete lenta!" "¡Qué fea e la mete lenta!" "¡¿Pol qué no me sacan?!" 

Encontramos al chinito metido debajo de una mesa muy fuerte y completamente sitiado por los escombros. 

En el preciso momento que vino el terremoto, él estaba muy ocupado hinchando unos chorizos, y, sin saber cómo, el sismo lo tiró debajo de aquella mesa. Cuando aquel chino se sintió liberado de su ratonera, corrió hacia la calle como un venado perseguido por los perros y luego, arrecostado a la baranda de la bodega, se ascultaba todo el cuerpo haciendo ejercicios gimnásticos y tanteándose todas las articulaciones. 

Muy pronto comenzó a lamentarse diciendo: 

"—¡Toda la cane de un chancho está peldida y cincuenta mil colones atelados en las luinas!" El pobre chinito estaba descontrolado y seguía ascultándose todo el cuerpo. 


——oOo—— 


UN LADRON OPERANDO: De pronto escuchamos gritos desaforados e insultos. Eran los de un fornido hombre que tenía aprisionado entre sus brazos a un individuo con dos cobijas que estaban abrigando unas gemelitas de pocos meses de nacidas que sus padres las tenían acostadas sobre sillas que estaban en medio de la calle. 

Aquel bandolero blandía un puñal tratando de herir a su opresor. Uno de mis policías sacó su cincha y propinó a aquel ladrón un buen planazo en mitad de la cabeza. 

Desafortunadamente ya se había iniciado el bandolerismo a mano armada. Había que detener a aquel ladrón, pero, ¿a dónde lo llevaríamos? 

El padre de las gemelitas robadas nos dijo: "Déjenmelo aquí a mi cuidado"; y tomando unos pedazos de alambre le amarró las manos hacia atrás, y luego nos pidió permiso para atarlo a un poste de la luz. 


——oOo—— 


CONVERSO CON EL PRESIDENTE: Llegué al Parque para informar a don Cleto de la labor que habíamos hecho y pedirle instrucciones. Estaba abrigado con una cobija gris que alguien le había llevado para que se protegiera del frío y el sereno. En aquellos momentos fumaba su habitual cigarrillo Flor de Cuba pectoral, que le causaba alguna tos. 

Le hice un informe detallado de los acontecimientos y le comuniqué lo del asalto de las cobijas. Inmediatamente se incorporó diciéndome sentenciosamente: 

"—Ya se habían tardado esos pillos ladrones para poner en juego sus fechorías". "Habrá necesidad de promulgar la ley marcial aunque sea para atemorizar ese canalla". 

En aquellos momentos el trabajo de los doctores y sus ayudantes se aumentaba por segundos. El Parque y sus cuatro aceras estaban plenos de heridos y moribundos y se escuchaban lamentaciones. 

Cuando informé al Presidente de la noticia del Panteón exclamó: 

"—¡Qué horror!" "¡Andate al Panteón para que hagas una inspección ocular!" "¡Qué haremos para dar sepultura a los centenares de cadáveres que tendremos que enterrar dentro de pocas horas!" 

Unos doctores que operaban cercanamente se enteraron de mi noticia, opinaron que lo mejor sería incinerar los cadáveres. 

Pedí a don Cleto anuencia para solicitar al General Romain nos enviase soldados para que operaran como zapadores, diciéndole que mandaría un mensajero montado para cumplir aquella misión. El Presidente me contestó que todo lo que yo creyera necesario ejecutar lo hiciera a su nombre sin consultarle. 


(Continuará). 


Referencia: Mora C., F. (1951, 11 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (7). La Tribuna, p. 5. Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ek-11%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (8) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


EN CAMINO PARA EL CEMENTERIO 

Caminábamos a la luz muy débil de unas linternas de petróleo. De pasada nos paramos un momento frente a la Capilla de los Salesianos. Vimos un sacerdote que, con una candela en la mano, caminaba cautelosamente sobre los escombros cercanos al sitio donde había existido el altar. Aquel clérigo estrechaba contra su pecho un copón y una custodia y estaba tan ocupado en su trabajo que no nos vió. 

Seguimos hacia el Cementerio y a unas doscientas varas antes de llegar, el aire apestaba a mortandad. Me acompañaban unos veinte policías de la capital, que bastantes servicios iban haciendo de camino. 

A nuestra llegada hicimos algunos tanteos de acabar de derrumbar el portón de hierro, pero nuestro intento fracasó; unas piezas del arco que tenía aprisionado aquel portón empezaron a derrumbarse con peligro para nosotros. Tanteamos de escalar los muros laterales que rodeaban aquel panteón y nos convencimos de la imposibilidad de lograrlo. Unos vecinos nos trajeron dos escaleras y colocamos una en la parte exterior y la otra la bajamos al interior. 

ESCENAS MACABRAS 

Creo prudente advertir a mis lectores que, este capítulo de nuestra peregrinación no es recomendable para aquellas personas nerviosas y delicadas del estómago. 

La pestilencia era insoportable. ¡Qué fétidos somos los humanos cuando nuestro cadáver entra en descomposición para entregar nuestros despojos a la madre tierra!. 

Subí precedido de un policía que llevaba una linterna y cuando mi vista alcanzó a ver el interior, se me presentó una escena espantosa. Centenares de cadáveres de diferentes fechas de enterrados estaban fuera de sus fosas. El cataclismo no había respetado ni la tranquilidad y reposo de las tumbas. ¡Aquello parecía increíble!. 

Para poner mis pies en el suelo tuve mucho cuidado de no descansarlo sobre un cadáver en completa descomposición porque aquello era una masa informe de restos de carnes putrefactas y pestilentes, rodeados de charcos de pus verdoso. El cráneo de aquel cadáver yacía despegado del tronco del cuerpo y distanciado como a una vara. Por dos trenzas que aún permanecían adheridas al cráneo me dí cuenta que aquellos despojos eran los de una mujer. 

Cuando la policía ya acababa de entrar se vino un fuerte temblor y con sus movimientos rodaron muchos ataúdes podridos que aún permanecían semi-sostenidos de los nichos; con la caída aquellos despojos se segregaban y revolvían con los escombros. Aquel temblor nos saludaba como diciéndonos: "¡He aquí los efectos desastrozos de nuestro hermano mayor!". 

Caminábamos hacia el centro del panteón y por todas partes se veían en el suelo cadáveres y esqueletos segregados. La mayoría de las tumbas lujosas estaban derrumbadas y sus estátuas lanzadas a distancia de la extructura confundidas con los montones de escombros. 

No existía un solo cadáver que hubiese ocupado los nichos altos que permaneciera en su fosa, todos, todos estaban lanzados fuera de sus reposos originales. Uno de los policías más viejos de la patrulla exclamó: 

— "¡Ave María...! ¡pronto escucharemos las clarinadas celestiales anunciándonos el Juicio Final!". 

Aquello era tan confuso e incomprensible, que era imposible adivinar a que sepultura pertenecía cada cadáver y los restos disgregados. Era de sospechar que solo aquellos cadáveres que estuvieran enterrados debajo del nivel del terreno, serían los únicos que permanecerían en sus fosas. 

Los policías y yo, estábamos bastante fatigados y desnutridos. Algunos, haciendo esfuerzos inauditos, arrojaban los pocos alimentos que les quedaban en el estómago. Me contaminé, y aunque mi estómago se convulsionaba fuertemente, nada podía lanzar afuera. 

Un policía se me acerca y ofreciéndome un purillo me dice: 

— "Coronel: fúmese esta 'bajerita' porque así sentirá menos esta pestilencia". 

Por el momento nada podíamos emprender en el re-entierro de aquellos restos porque no teníamos ni palas ni picos con qué abrir aunque fuesen zanjas como fosas comunes. Continuamos nuestro camino internándonos más y más entre las callejuelas del panteón. 

EL CADAVER DE UNA JOVEN 

El policía que me precedía llevando una linterna, exclama: 

— "¡Coronel, vea lo que está aquí!". 

Se trataba de un lujoso ataúd forrado con tela de damasco blanco, que estaba atravesado en el callejoncillo. Había sido lanzado completamente fuera de su fosa, teniendo la tapa recostada lateralmente, como si alguien la hubiese colocado así. 

Adentro estaba el cadáver completamente conservado de una linda muchacha de unos quince a diez y siete años que parecía estaba durmiendo tranquilamente. Vestía un lujoso traje hecho de piel de seda y velillo del mismo material. Sus cabellos rubios y ondulados, pasando por sus hombros seguían extendiéndose sobre el pecho y terminando cercanamente a las manos que eran muy blancas y estaban entrelazadas. 

En el nacimiento de sus senos reposaba un relicario que pendía de una cadenita de oro. Su cuerpo era el de una mujer alta y bien formada y calzaba zapatillas de razo blanco. 

El techo de aquella sepultura estaba completamente derrumbado y los escombros la ocupaban. A la derecha e izquierda de aquella tumba estaban plantados dos rosales florecidos que eran mecidos dulcemente por las auras; y en la cabecera de aquella tumba se levantaba un ciprés. 

— "¿Quién podrá ser esta muchacha?" (dije en alta voz). 

No cabía duda de que aquel cuerpo estaba bien embalsamado porque no mostraba vestigios de descomposición. 

Un teniente de policía ya viejón, cortó un manojo de rosas y las fué esparciendo sobre aquel cuerpo. De pronto, un avejoncito dorado salió de una corola, y después de caminar un poco, se quedó inmóvil sobre la comisura del labio superior, semejando un lunar natural. 

Dí orden de sacar todos los escombros que estaban dentro de la fosa y luego, con todo cuidado procedimos a colocar la tapa y metimos el ataúd. 

Buscamos entre los escombros para encontrar una lápida que perteneciera a aquella tumba, porque así podríamos averiguar el nombre de aquella muerta y dar aviso a sus familiares. Nuestras pesquisas resultaron infructuosas. 

Una lechuza que permanecía posada en una rama del ciprés nos contemplaba misteriosamente. De pronto dejó escuchar su canto tétrico y levantó el vuelo perdiéndose en las sombras de la noche. 

LOS PERROS FAMELICOS 

Cuando seguíamos la marcha hacia el sur, vimos en las sombras como unas brasas movibles que estaban cercanas. Eran los ojos centellantes de un grupo de perros que estaban devorando el cadáver de una infantita. Avanzamos sigilosamente y ordené a los policías que desfundaran sus revólveres para hacer fuego simultáneo contra aquellos lobos domésticos. Tres perros cayeron muertos, otros aullaban heridos y el resto se escapó. 

Los policías emplearon sus crucetas para cavar un hueco de poca profundidad y enterrar aquellos restos, amontonando luego escombros por si aquellos canes volvían. 


(Continuará) 


Referencia: Mora C., F. (1951, 13 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (8). La Tribuna, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/el-12%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (9) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


¿ENTERRAR O INCINERAR? 

Este era un problema que me tenía preocupado cuando regresábamos del Cementerio. Desde luego, mi opinión íntima era incinerar aquellos restos mortales; pero estaba temeroso de que aquella medida causaría muchas protestas de los deudos. La responsabilidad era grande y pensé delegar aquella misión a las autoridades locales de Cartago. 

EL AMANECER DE CARTAGO 

Los primeros resplandores del alba se iniciaban y caía una de esas lloviznas típicas en Cartago con sus gotitas gélidas y penetrantes. Poco a poco se fué escuchando un clamor semejante al de una plegaria que salía de millares de labios. Aquello era impresionante. Eran los cartagineses que despertaban de su sopor. La luz de aquella alborada ya comenzaba a demostrar la realidad de aquella catástrofe tan espantosa. 

La gente lloraba, gritaba y se movía en busca de familiares desaparecidos y por todas partes se iniciaba una actividad inusitada. Lo peor de todo era que no existía ni una onza de café ni un gramo de pan para el desayuno. El espectro del hambre se ceñía amenazante. Por todas partes por donde pasamos se nos hacían súplicas solicitando nuestros servicios para escarbar entre las ruinas algún alimento. ¡Oh noche trágica! ¡Oh amanecer espantoso!. 

SIN COMUNICACION CON LA CAPITAL 

Las comunicaciones telefónicas y telegráficas estaban completamente dañadas sin esperanza de ponerlas a funcionar. Necesitábamos hombres, palas, picos y muchos más, material para los doctores. El éter y el cloroformo se habían terminado, habiendo necesidad de operar con los heridos despiertos. 

Consulté con el Presidente si estaba de acuerdo en que despachase mensajeros montados a la capital, ordenando lo que con tanta necesidad necesitábamos. 

— "Hacé todo lo que creas conveniente ordenando a mi nombre". 

En un pedazo de papel de envolver dirigí una comunicación al General Romain exponiéndole nuestra aciaga situación y que dispusiese todo lo conveniente para enviarnos hombres, palas, picos, anestécicos, alimentos, atados de hierro para techos, camillas pailas, e infinidad de otros artículos largo de enumerar aquí. Si no había esperanza de correr trenes mandase lo más urgente aunque fuese a lomo de bestias, pero con la mayor prontitud posible. 

UNA NOVIA QUE IBA PARA EL ALTAR Y SE FUE PARA EL PANTEON 

Por las vecindades del Barrio del Carmen nos encontramos con el cadáver de una novia ataviada con su traje de bodas. El novio, que se lamentaba ante aquel cuerpo, me informó que aquella muchacha, que en las primeras horas de la mañana la llevaría para el altar, se estaba probando su traje de novia frente a un espejo, cuando el terremoto la sorprendió. La encontraron prensada por una pared, muriendo antes de que se pudiese sacar de allí. La pobre muchacha tenía el cuerpo completamente aplastado y las vísceras salidas. 

LOS PROFANADORES DE CADAVERES 

Sacamos de los escombros el cadáver de una señora con tipo de extranjera y nos dimos cuenta que le faltaban dedos, dando señas de haber sido amputados. Una vecina de aquella muerta me informa que aquella señora estaba temporando en Cartago y que siempre usaba alhajas de mucho valor y que le quedaban bastante talladas a los dedos. No quedaba duda de que algún profanador de cadáveres era el autor de aquellas amputaciones. 

VOLUNTARIOS OFRECEN SUS SERVICIOS 

Muchas personas de buena voluntad me ofrecían sus servicios solicitando se les diera de alta. Como la mayoría me era desconocida, en forma muy cortés y agradecida les indicaba hicieran esa solicitud al Comandante de Plaza de Cartago. 

BUSCANDO ALIMENTOS ENTRE LOS ESCOMBROS 

Entre los escombros y en el Mercado había existencia de víveres. Organicé pelotones de policías para que, de acuerdo con los dueños de los establecimientos comerciales en ruinas y los del Mercado, se dispusiera aprovecharlos, en beneficio de la población hambrienta. Instruí a los jefes de pelotones para llevar un control de la distribución de los víveres, especificando las entregas y firmando vales a favor de los propietarios con cargo al Gobierno. 

EN LA PLAZA DEL CUARTEL 

Serían como las ocho de aquella mañana cuando visité de nuevo la Plaza del Cuartel. Había centenares de cadáveres reposando. Lo grave era que aún no se había tomado una decisión para los entierros o su incineración. Los deudos pedían ataúdes e instrucciones para los entierros. Les contestaba que las autoridades locales eran las encargadas de disponer lo conducente. Guardé absoluta reserva acerca del proyecto de la incineración. Ya había corrido la noticia del estado desastroso del Panteón. Dentro de pocas horas se iniciaría una oleada de protestas de los deudos. 

PRONTO HABRA TRENES 

La Agencia del Ferrocarril me informa que el puente de la Quebrada del Fierro estaba en perfecto estado y que cuadrillas de peones estaban eliminando el obstáculo de la entrada de aquel puente. Me avisaría la hora de la llegada del primer tren. 


(Continuará) 


Referencia: Mora C., F. (1951, 15 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (9). La Tribuna, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/em-13%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (10) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


EL BOLIDO 

Este fenómeno de la pasada del bólido ha creado y sigue creando versiones fantásticas. La verdad de las cosas es la siguiente: El paso de aquella bola luminosa es exacta, y se vió a través del cielo de Cartago a las siete y veinte minutos, llevando trayectorias de noroeste a suroeste. Ese fenómeno nada tuvo que ver con el terremoto; fué una simple coincidencia del paso de un aerolito. 

El seis o siete de Mayo recibimos en la Casa Presidencial un telegrama procedente de Puntarenas en que se nos comunicaba, unos pescadores que trabajaban cercanamente a Cabo Blanco, vieron pasar inmensa bola luminosa que luego se hundió en el mar a bastante distancia, causando un ruido similar al producido por un hierro candente metido dentro del agua. 

Fué, por tanto, un aerolito y bajo ninguna forma una bola de fuego salida del cráter del Volcán Irazú, que, como lo he dejado dicho antes, estaba en completa inacción eruptiva. El único volcán que tiene la particularidad de lanzar bolas de fuego es el Strómboli, que luego estallan produciendo el ruido de grandes obuses cuando han alcanzado cierta altura. 

SOLICITANDO CARRETAS 

Dispuse montar a caballo un pelotón de policía con el objeto de suplicar a los finqueros de los alrededores de la ciudad, que nos facilitaran voluntariamente su contingente prestándonos carretas y sus conductores para llevar los muertos al Panteón. 

Solo en el caso que alguna persona se mostrase revelde en aquella cooperación, se le decomisaron sus carretas, extendiendo un certificado de aquel decomiso, del que se responsabilizaba el Gobierno. 

A MEDIO DIA 

Si las series de sismos habían menguado, la cantidad de heridos aumentaba. Ya no había sitio donde colocar en el Parque tantos quebrados y heridos cuya atención era urgente. Don Cleto presidió una conferencia con los doctores y se determinó que, tan pronto tuviéramos trenes, enviar aquellos heridos a la Capital. Se acordó convertir el Edificio Metálico en hospital. Por medio del telégrafo del ferrocarril se mandaron telegramas ordenando se alistase aquel edificio para esa finalidad. Más adelante me referiré a la importancia de esta creación. Los doctores temían el desarrollo de la gangrena, que desgraciadamente se desarrolló después con gran violencia. 

MUERTE Y ENTIERRO DEL POETA TROYO 

Serían las doce y media de aquel 5 de Mayo, cuando el poeta entregó su alma al Creador. Fué sacado del kiosko y colocado debajo de un covertizo improvisado con un manteado suspendido en cuatro cañas. Dejándole el traje de calle que vestía, cuando la fatalidad lo sorprendió, al cadáver fué envuelto en sábanas, haciendo esta piadosa obra amigas de la viuda. 

El cadáver del poeta reposaba rodeado de flores y de amigos. Tenía la cara terriblemente amoratada e inconocible. Fué colocado en un ataúd que se consiguió con grandes dificultades porque no los había en Cartago. 

El poeta Troyo fué un distinguido apóstol de la literatura. En todos su poemas está destacado su temperamento soñador, pleno de sensibilidad y romanticismo.  

Sus obras literarias y musicales fueron bien forjadas y bien acabadas, aunque fueron criticadas con veneno por quienes, tratando de dudar de su paternidad literaria, lo postergaron. Esta campaña malevolente amargó bastante su existencia, pero él fue recio y no se abatió. 

Al recordarlo volvemos a colocar sobre su frente una corona de laurel y un manojo de siemprevivas sobre su tumba. 

EL PRIMER TREN 

Fuíme para la agencia del ferrocarril para indagarme de las posibilidades de tráfico de los trenes. El agente me mostró un telegrama que poco más o menos decía: — "Va tren directo con tropas, equipos de socorro y alimentos: Avise al Presidente González Víquez". 

Aquel tren había salido de la Capital media hora antes de la noticia. El agente me preguntó si lo necesitaríamos para el regreso. Le indiqué pidiera órdenes al despacho de trenes porque lo necesitaríamos para el envío de heridos a la Capital. 

UN PRINCIPIO DE DESORDEN EN EL MERCADO 

Cuando me disponía para acompañar el entierro del poeta Troyo, fuí llamado para solventar un principio de desorden en el Mercado. No obstante que las disposiciones de orden y control que yo había dado una hora antes, la gente hambrienta trataba de romper el orden reinante en la distribución de víveres. 

Calmado aquel principio de desorden, para lo cual fue necesario emplear violencia, la policía siguió entregando víveres a los solicitantes llevando un control de aquello. Los cartagineses dieron pruebas de su educación y consecuencia y el reparto se reanudó ordenadamente sin abusos. 

LLEGADA DEL PRIMER TREN 

Fuí avisado que el tren entraba en agujas y fuíme para la Estación del Norte. El Mayor Pantoja y el Capitán Rojas saltan al andén, y el primero me comunica que llegaba al mando de doscientos soldados, con orden del General Romain de ponerse a mis órdenes directas. 

En cuatro carros de carga llegaban camillas, medicinas, implementos de socorro, y víveres, pailas, hierro para techos, palas, picos, carpinteros, fontaneros y cocineros con sus respectivos marmitones. 

Los soldados estaban armados con rifles Mauser y buena provisión de municiones, para imponer respeto y terror a los rateros que seguían operando sin temor ni misericordia. El Mayor Pantoja me entregó una nota del General Romain en la que me comunicaba que estaba acuartelando más soldados para serme enviados a la mayor brevedad posible y me pedía reportara todo aquello que fuere de urgente necesidad para atender a los cartagineses. 

Momentos después se me presenta mi padre don Federico Mora Gutiérrez y me entrega una nota en la que se me comunica haber sido nombrado Intendente General ad Honorem. Le indiqué que el mejor sitio para instalar la central de la Intendencia, era la Plaza del molino que estaba bastante descongestionada de campamentos y que luego veríamos adonde se establecerían otros puestos. Designele un pelotón de soldados para el transporte de los víveres y para el trabajo de instalación de las cocinas. 

Rápidamente hice la organización de servicios de aquellos soldados, distribuyéndoles en cuatro secciones de la ciudad; otros fuéronse como retenes para posesionarse de las entradas a Cartago impidiendo el paso de aquellas personas que no justificaren su entrada. Nombré una guardia especial con el fin de aporar como centinelas de aquellos delincuentes que fuéramos apresando, designando el patio de la estación, e irlos mandando a la Capital en calidad de prisioneros. 


(CONTINUARA) 


Referencia: Mora C., F. (1951, 16 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (10). La Tribuna, p. 4. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/eo-15%20de%20mayo.pdf  


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (11) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


BREVE ENTREVISTA CON DON RICARDO JIMENEZ: 

De casualidad lo encuentro haciendo una visita de inspección por las vecindades de la Plaza Iglesias. Me acerco y lo saludo, contestándole luego una serie de preguntas que me hizo. 

Me llamó bastante la atención que, durante toda la conversación que tuve con don Ricardo ni una sola vez me mencionó a don Cleto. Aquellos dos grandes ciudadanos estaban distanciados. 

EL TELEGRAFO NACIONAL TRABAJA: 

Llega un mensajero del telégrafo nacional y me entrega varios telegramas comunicándome que la oficina estaba trabajando en media calle. Aquello era un alivio para las comunicaciones urgentes con la Capital. 

Un mensaje comunicaba que el Gabinete estaba en sesión permanente y pedía instrucciones al Presidente. 

El primer telegrama de don Cleto fue ordenando la instalación de un hospital en el Edificio Metálico y recomendando toda actividad para recibir el primer grupo de heridos que llegaría a las cinco de aquella tarde. 

Me comunicó que le urgía regresar a San José y le indiqué que el tren llegado estaba a la orden del Gobierno. 

EL PRIMER DESPACHO DE HERIDOS: 

La tropa y la policía comenzó su tarea de transportar a la Estación los heridos más graves. Una procesión de camilleros subía la cuestecilla. La calle estaba convertida en un escenario bien triste; por todas partes se escuchaban quejidos y lloros. 

Para evitar abusos se repetía la orden de que solamente un familiar podría acompañar a cada herido. 

Al acercarme al tren pasé por la pena de enterarme que todos los carros estaban ocupados por gente que quería regresar a la Capital después de haber pasado un día de recreo paseando y estorbando por todas las ruinas de la ciudad, sin haber prestado ningún servicio. 

Suplicantemente pedíamos salieran de los carros, pero aquellos desalmados no atendían la orden. En tanto los heridos esperaban pacientemente colocados a la intemperie. 

Nuestras voces suplicantes no eran atendidas y hasta nos lanzaron insultos, y nos desafiaban. 

"Se dan cinco minutos de tiempo para desalojar los carros" (ordenaba la policía ya con la cincha empuñada) Aquella orden fue contestada con una lluvia de botellas y piedras que felizmente solo hirieron a los camilleros y policías. 

Muy a pesar mío tuve que ordenar a la policía que sacaran aquella gente a como hubiera lugar, y que si era necesario emplear las crucetas tuvieran mucho cuidado de no maltratar niños, ancianos y mujeres. 

A los primeros planazos las gentes salían y se tiraban hasta por las ventanas, formándose un caos indescifrable, empleando las palabras más soeces para insultarnos. 

Los que estaban acomodados en los techos de los carros y que se creían en completa seguridad, se mostraban extasiados contemplando aquel motín desde su palco. 

Después de unos diez minutos de lucha aquella plebe fue retirada de la estación, pero prontamente los más exaltados y enfurecidos emprendieron contra nosotros una guerrilla de pedradas. Para atemorizarlos ordené que el pelotón de guardia provisional para los detenidos, hiciera fuego al aire. 

Aquella rebeldía que el tren saliera con veinte minutos de retraso, momentos después de calmado el motín llegó el Presidente a quien informé de los sucesos y entró en el último carro de segunda clase. 

Yo necesitaba regresar a la Capital con el Presidente porque el cuerpo me pedía aunque fuese de una sola noche de descanso para regresar al siguiente día. Estaba bien acalenturado y con fuertes dolores en el cuerpo. 

De pronto don Cleto, dirigiéndose a mi me dice: 

"Si no estás muy fatigado, te agradeceré bastante te quedés aquí hasta segunda orden" 

Hice de tripas corazón; tendría que seguir la tarea tan ardua que el cataclismo de Cartago me había impuesto, y que yo acepté con todo cariño para los cartagineses. 

UN POCO DE ALIMENTO: 

Salimos de la Estación con rumbo a la Plaza del Molino de donde había sido llamado, sin saber con qué fin. 

Se trataba de brindarnos un plato de sopa con verdura acompañado de un bollo de pan y unas tazas de café. 

Cuando llegamos, la Intendencia ya estaba en plena actividad. Santiago el cuque y sus marmitones trabajaban preparando grandes pailas de alimentos. El primero estaba muy complacido mostrando sus galones de subteniente del ejército y haciéndome estrambóticos saludos militares. 

La policía capitalina y yo nos sentimos reconfortados y varios de ellos estaban tan hambrientos que repitieron la dosis. Les ordené descansaran unas horas, y aquellos hombres tan disciplinados y activos se tiraron al suelo y prontamente roncaban. 

Lástima que actualmente no queden ni vestigios de aquel cuerpo de policía, que en todos los actos de su vida hicieron honor a la República y fueron una viva garantía para los ciudadanos! 

LOS PREJUICIOS DE UN SOLDADO: 

Un soldado tan rústico como prejuicioso que trabajaba como zapador abriendo zanjas en el Panteón para entierros, súbitamente pregunta a su teniente la hora que es. Se le responde que faltan diez minutos para la media noche. Para su trabajo y volviéndose a su superior le dice sentenciosamente: 

"No se olvide mi teniente que ya se acerca la hora de los fantasmas, en que los muertos reviven para conversar entre ellos" "Dejémoslos solos durante una hora porque hay que respetar las costumbres de los dijuntos" Y muy decidido soltó el pico que tenía en la mano, invitando a sus compañeros que lo imitaran. 

LAS PROTESTAS DE LOS DEUDOS: 

Cuando los familiares de los muertos se dieron cuenta de que éstos serían enterrados en fosas comunes, protestaron enérgicamente alegando: 

"Nuestros muertos nos pertenecen". "Nadie nos puede obligar a enterrarlos en una sepultura común revueltos con otros cadáveres desconocidos". 

Comenzaban las complicaciones que yo había previsto. Las autoridades locales de Cartago se vieron en una situación bastante complicada. 

DESFILE DE ENTIERROS: 

Un tren de carretas desfilaba hacia el Panteón, llevando cada una hasta cinco y siete cadáveres. Los familiares acompañaban aquel desfile. Se escuchaban lamentaciones y lloros. Ya el sol se iba podiendo detrás de las serranías de Ochomogo. 

Como no existían ataúdes suficientes, muchos de aquellos cadáveres eran transportados sobre camillas, parihuelas improvisadas y hasta en tijeretas. 


Referencia: Mora C., F. (1951, 16 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (11). La Tribuna, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/ep-16%20de%20mayo.pdf 




CARTAS INOCENTES 


Querido sobrino: 

Como en cinta de cine los motivos se van presentado para evocación de recuerdos. Este mes de mayo ha sido fecundo en ellos. Don Federico Mora C. ha estado escribiendo una serie de artículos descriptivos de cuanto ocurrió en el terremoto del 4 de mayo de 1910 que destruyó la ciudad de Cartago. Para los que somos de la vieja guardia el nombre de Cartago va unido a una serie de emociones, de recuerdos, de pensamientos curiosos. Al pronunciarlo pareciera que se levantara vigorosa la voz de la tradición y de épocas pasadas que en verdad de verdad fueron mejores. 

Aquella prestancia y aquel señorío de sus clases dirigentes. Aquel ambiente de pujanza intelectual en el que destacaban sus valores científicos, literarios y artísticos formados al calor de su prestigioso Colegio de San Luis Gonzaga a cuyas aulas acudían atraídos por su fama estudiantes de Centro América y hasta de Colombia. 

Aquel volver la mirada hasta el otro lado de las bellas serranías del collado de Ochomogo en busca del sitial desde el que venía la luz en la forma del pensamiento preñado de sabiduría para indicar los caminos frente a las situaciones difíciles. Aquella sensación de confianza y de bienestar del pueblo costarricense mientras se mantuviera incólume su Vieja Metrópoli, como capital de su fe católica, como semillero de luz en el esparcimiento de la ciencia y del saber, como maestra consumada en los afanes del buen proceder, de la actitud noble, del gesto elevado, de la austeridad verdadera, de la sencillez de costumbres, aquella sensación había que sentirla para estimarla como don del cielo en recompensa a la laboriosidad, industria y cúmulo de virtudes de un pueblo formado en la ranciedad de costumbres que le dio encanto a una época. 

Ahora, con motivo de los artículos del señor Mora he estado recordando el concurso literario que con motivo del terremoto de mayo de 1910 se efectuó en aquel tiempo, concurso en el cual Mario Sancho se llevó la palma con un bello trabajo en prosa. Alguna vez desempolvando papeles viejos dimos con ese trabajo que te leí complacido con propósito de hacerte saborear prosa galana y que tú escuchaste arrobado desde aquel comienzo que habla de la ciudad puesta en mitad de un valle que suscita recuerdos de la antigua Arcadia y sigue por el estilo aquella prosa de la que entrando en ella no es fácil soltarse hasta no dar remate al escrito. Si tienes buena memoria recordarás cuánto te conté y dije de la Cartago de antes del terremoto, en la cual discurrieron los mejores años de mi juventud. Bella Cartago la de ese tiempo en la que era verdad de tomo y lomo que cada cual en su casa y Dios en la de todos. 

Todo esto viene a cuento porque días ha la tía Merceditas se pasaba urgiendo porque la llevaran a Cartago a cumplir promesas. "Llévenme que voy a pedir por mí y a pedir por ustedes y por los que nunca vuelven la mirada a Dios". Y no hubo caso. En consejo de familia se resolvió que yo debía ir con ella y así fue como el sábado 12 de este mes a buen temprano partimos rumbo a la ciudad querida y recordada. 

A las diez de la mañana ya habíamos recorrido templos y oratorios, ya habíamos dejado limosnas en las alcancías y ya habíamos caminado por algunos de los alrededores de Cartago de los que fe he dicho que para mí tienen un encanto especial que nunca he podido definir. En recorriéndolos se va sintiendo el alma poseída de un sentimiento especial, como si mil voces lejanas y quedas trajeran el eco de los siglos que fueron pasando, que aquellas cercas de piedra que dividen propiedades, sin hablar, dicen tantas cosas... y la leyenda... y la tradición... y el recuerdo... 

Y es claro que hicimos visitas y de verdad que no son para repetir las cosas que nos dijeron porque aun oyéndolas allá mismo cuesta darles crédito. Que la última política fue tomada tan a pecho que dividió a la ciudad en dos bandos irreconciliables. Que en el seno mismo de las familias existe división. Que los de una casa no pedirían un vaso de agua al vecino porque se lo negarían, que aquello se volvió malos modos, indirectas, malos deseos de los de un bando para los del bando contrario. Que hubo quienes tuvieron que irse a vivir a otra parte porque los contrarios le hicieron la vida imposible y por el estilo, con cada quien que se hablaba se iba formando juicio y llegando a la conclusión de que la armonía dejó el campo a la desunión, de que la cordura fue sustituida por la pasión, de que la tranquilidad de espíritu fue reemplazada por la agresividad. Que hasta a la Virgen quisieron enrolarla en las luchas de los hombres a tal punto que Monseñor tuvo que ir a Cartago para decirles a sus habitantes que la Virgen no es Diosa de la guerra sino Princesa de la paz. Por ese estilo eran las referencias que se iban oyendo al conversar con las gentes en la visita amistosa que se hacía a sus casas. 

Hacia el medio día, al salir del templo de los Salesianos, allá por el Molino, nos llamó la atención el paso de un entierro. La carroza tirada por troncos de caballos y cubierta de ofrendas florales, algunas con inscripciones en cintas anchas. Era fácil entender que se trataba de persona de buen linaje y de alta alcurnia. Escaso público formaba el cortejo. Fácil fue salir de la curiosidad. A la primera pregunta se nos contestó: "Este es el entierro de don Nicomedes Jiménez, hermano de don Ricardo. Fué gobernador de la provincia". Un sacerdote que en esos momentos salía de la iglesia salesiana nos completó las referencias. 

Se trataba de persona que en vida había ocupado dignamente curul en el Congreso Nacional en representación de su provincia. Había sido su primera autoridad, servido el cargo con ecuanimidad, con inteligencia, con probidad. Empeñoso del adelanto de su ciudad y de la provincia. Impulsor del progreso de las instituciones. Vea usted, me decía el señor sacerdote como va ahí un grupo de enfermeras guiadas por religiosas. Debe ser en representación del hospital Max Peralta. Yo me limitaba a observar, pero allá desde mis adentros pugnaba por salir el comentario: "Qué cosa, me decía yo. Qué distinto hubiera sido si la muerte de este señor hubiera ocurrido en vida y durante una de las presidencias de don Ricardo, su hermano. Entonces hubiera sido poca la anchura de la calle para dar cabida al acompañamiento. Y abrazos y frases de condolencia y carros saliendo de San José desde buen temprano para conducir acompañantes y ofrendas florales, cada cual queriendo dejar ante el hermano Presidente la impresión de que su dolor no tenía igual". 

Y la ciudad enlutada, con representación de lo más granado de su sociedad, con sus intelectuales, industriales, comerciantes, es decir, con la representación de sus distintas actividades y funciones, ahí hubiera estado, humedeciendo con sus lágrimas las flores con que el cariño de familiares y amigos hizo su última ofrenda. 

Con la tía Merceditas estuve ahí largo rato contemplando el desfile que iba camino del Cementerio. Por no dejarla sola no me fui con el acompañamiento. Ese era mi deseo. Cuando un hombre ilustre muere, el luto es para toda la familia costarricense, sin distinciones. Día y oportunidad vendrá en que he de hablarte de don Ricardo, el hermano de don Nicomedes. Fueron bastantes los minutos que estuve ahí al amparo de la portada del templo de los Padres Salesianos. Inmóvil el cuerpo, pero el pensamiento en ebullición y los recuerdos en tropel... Fué hacia el anochecer de un cuatro de mayo, en 1910. En aquel mismo lugar, la torre que el terremoto se trajo al suelo, dejó sin vida al poeta de la ciudad Rafael Angel Troyo. Volaría con él para irse de este mundo, lo hidalgo, lo noble, la Cartago fraternal, nidal cariñoso en donde sus hijos hermanados en sus virtudes por nadie negadas, cumplían el precepto bíblico de amarse los unos a los otros? 

No puedo creerlo. Pasiones y enconos han de pasar y el manto de la Virgen ha de extenderse para unirlos a todos en fraternidad familiar. 


Te abraza tu tío, 

HERMOGENES PIEDRA. 


Referencia: Piedra, H. (1951, 17 de mayo). Cartas inocentes. La Tribuna, p. 3. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/eq-17%20de%20mayo.pdf 


 


EL TERREMOTO DEL CUATRO DE MAYO DE 1910 (12) 

Escribe FEDERICO MORA C. 


EL CANSANCIO ME DOMINA: 

Serían las 2 de la madrugada del seis de Mayo cuando estaba recostado sobre unos sacos de gangoche, atacado de una fuerte calentura y raras pesadillas. 

Llega hasta mí un doctor que no recuerdo y me dice: "Cómo te va Cuco? Y pronto me colocó en la boca un termómetro y me ascultó el pecho y la espalda. 

"Tenés treinta y nueve y medio grados de calentura; aunque puede tratarse de un fuerte resfrío, también puede ser un principio de pulmonía; tenés los pulmones muy congestionados". "Es mejor que te releven y te vayas para San José cuanto antes". 

Me hicieron tragar una fuerte dósis de quinina y luego me pusieron una inyección. 

Amanecía el día del 6 Mayo; estaba cayendo una llovizna muy fría. 

Sentado en duro banquillo de madera, comencé a recibir los partes que los jefes de la tropa y policías que me daban pidiéndome nuevas instrucciones. En aquellos momentos hacía de tripas corazón. Tuve necesidad de hacer una inspección personal en diferentes sitios donde aún se sacaban cadáveres. 

UN MENSAJE: 

Estaba despachando el segundo tren con heridos cuando un mensajero del telégrafo me entrega un telegrama del Mando en Jefe. 

El Presidente me ordenaba regresar por primer tren a la Capital, y hacer traspaso del mando de la tropa y la policía al Comandante de Plaza de Cartago. 

Para no interrumpir los servicios de mis subalternos, llamé a los jefes y estando presente el Comandante Militar de aquella ciudad hice la comunicación de ponerse a las órdenes de aquella autoridad, y me despedí recomendándoles no flaquearan en su tarea. El origen de aquella orden de regreso, fué motivado por un aviso que tuvo don Cleto dándole cuenta de mi estado. 

EL HOSPITAL EN EL EDIFICIO METALICO: 

Al medio día del siguiente de mi llegada a la Capital hice una visita a aquel centro de educación convertido en hospital. 

Centenares de muchachas de la sociedad operaban como enfermeras. Toda la planta baja del edificio y parte de la alta estaba llena de heridos reposando en catres y recibiendo curaciones y buenos alimentos. Se instalaron cinco salas de cirugía donde ya se habían hecho muchas operaciones y amputaciones de miembros atacados por la gangrena. 

Era increíble cómo, en una forma tan rápida se había establecido aquel hospital de emergencia. Miembros de todas las colonias y especialmente de la alemana, prestaban importantísimos servicios. Cada tren que llegaba con heridos era objeto de novedad para los desocupados que bastante molestias causaban curioseando y haciendo preguntas hasta a los heridos de gravedad. 

MUERTOS EN EL TERREMOTO DEL 4 DE MAYO DE 1910: 

Consultando varias estadísticas referentes al número de muertos en el referido terremoto, se puede calcular que las cifras alcanzaron a 782 hasta el 7 de ese mes. 

Pero hay que considerar que, el número de cadáveres aumentaba día por día hasta una semana después, que se iban sacando de las ruinas ya en estado de descomposición. 

Acerca de esa cifra nada puedo asegurar, porque ciertamente no existen datos exactos. 

SACUDIDAS HABIDAS EL 4 DE MAYO DE 1910: 

El profesor Rudín anota que, desde las 6 p.m. hasta las 12 de aquella noche, se registraron 200 sacudidas. 

El mismo Profesor agrega que el terremoto de aquella tarde fué exactamente a las 6.30 p.m.; y que, durante tres minutos consecutivos después del primer golpe destructor, siguieron otros sismos continuamente. 

El primer golpe destructivo empezó por movimientos trepidatorios y continuó oscilaciones muy lentas, terminando por otras extraordinariamente grandes con rumbo Este hacia Oeste. 

OBSERVACION: 

Creo necesario advertir que en aquella época del cataclismo de 4 de Mayo de 1910, tanto nuestro Observatorio Nacional, como los recordados profesores Rudín, Michaud y Tristán, hicieron sus observaciones sísmicas, con sismógrafos bastante anticuados e imprecisos, que no tienen paragón con los usados en los grandes observatorios mundiales, de hoy día. 

Hay que tomar en consideración que todos aquellos observadores científicos limitaron sus trabajos hasta la media noche del 4 de Mayo, y que, a partir de esa hora no existen datos que nos den luz a cerca de la continuidad de los sismos que ocurrieron desde la hora citada hasta las 5 de la mañana del día siguiente del cataclismo. 

Por ejemplo: El terremoto que sentimos en el propio Alto cuando lo atravesábamos, los que sentimos durante toda la madrugada del 5 de Mayo, y aquel que se operó cuando estábamos visitando el Panteón de Cartago, de ellos, que fueron más o menos violentos y largos, aquellos científicos no nos hacen mención. Es muy posible que el estado de deterioro de los sismógrafos no se los permitiera observar esa tempestad de temblores, o que ellos, fatigados de sus trabajos y observaciones, se retiraran a descansar. 

SE PENSABA EN REEDIFICAR A CARTAGO: 

Para epilogar esta narración, deseo hacerlo reproduciendo literalmente un párrafo de un artículo del profesor don Arturo Pérez Martín, publicado con fecha 4 de Mayo de 1910: 

"Los hijos de Cartago son inteligentes, sobrios, tercos y serenos; son los mismos castellanos viejos transplantados a América y con los mismos vicios y virtudes conservados por condiciones del suelo jugoso y del clima fresco que fortifica el músculo y templa el alma". 

"¡Ah, castellanos viejos, tercos y serenos!" 

"¡Oh manes de Vázquez de Coronado!" 

"En la ciudad por tí fundada y destruída tres veces, encarnó el alma serena de los campos de Castilla; esa alma serena y solemne que cantó Gabriel y Galán en estrofas de oro". 

"¡Oh Cartago inmortal!" "¡No tu volcán bravío, ni tus cavernas de falsa base, pueden quebrar el temple del alma de Castilla!" 

"¡Noche trágica!" "¡Cartago inolvidable!" 

"Que la catástrofe haya templado el alma de mis hijos para esperar serenamente la muerte ante la bravía naturaleza y para resistir con entereza las borrascas sociales y las desdichas de la vida". 


— F I N — 


Referencia: Mora C., F. (1951, 17 de mayo). El terremoto del cuatro de mayo de 1910 (12). La Tribuna, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201951/eq-17%20de%20mayo.pdf 

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