Bizcocho

Pensión vitalicia de ₡ 15-00 mensuales se ha asignado, del Tesoro Público, al señor don Eduardo González Porras, quien prestó durante 30 años consecutivos sus servicios como músico de las Bandas de Alajuela y esta capital, y que hoy se encuentra sin bienes de fortuna y sin permitirle trabajar su avanzada edad.

Fuente: Pensión vitalicia. (1900, 16 de noviembre). El Día, p. 3. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20dia/el%20dia%201900/kp-16%20de%20noviembre.pdf


LA PROCESION del Dulce Nombre

Hoy me he levantado muy temprano.

Había que preparar la edición extraordinaria y que renunciar por consiguiente al placer de dormir con el sol alto, cosa que aunque los campesinos declaran que es dañoso á la salud, á nosotros los que vivimos en las ciudades nos parece muy agradable.

Por lo demás, vivimos perfectamente olvidados de nuestra salud.

En la calle encontré la tradicional procesión del Dulce Nombre. Allá en mis tiempos de chiquillo que con todo y ser pasados no son mejores que los actuales, yo seguía esa procesión por muchas horas y alguna vez anduve, como andaban ayer centenares de niños, vestido de raso morado y con una espiga de similor sujeta con una cinta dorada sobre la frente.

Entonces el buen "Bizcocho" era el violinista. Las salves en su violín tomaban unas modulaciones extrañas é infundían gran piedad á los oyentes.

La "pose" de "Bizcocho" era imponente y eso que no recibía más que veinticinco céntimos por tocar cada salve.

Pero él no se preocupaba por la remuneración; era un artista lleno de fe y de entusiasmo. Cuando estallaban los petardos y surcaban el cielo los cohetes, Bizcocho no pestañeaba siquiera; seguía imperturbable arrancando notas á su violín. Las salves de aquel violín eran superiores á todo el bullicio, al canto, á la pequeña banda recargada de cobres, á los petardos y los cohetes.

Doce horas seguidas tocaba el artista: al atardecer, cuando la procesión alcanzaba los últimos altares, el buen Bizcocho estaba cansado, el violín ronco, el brazo tembloroso; pero él no faltaba á su deber y encorvado por la fatiga seguía rascando, rascando nerviosamente mientras miraba fijamente con un ojo —el otro le faltaba— la imagen resplandeciente de la Virgen María.


Ayer no iba "Bizcocho" en la procesión; si hubiera ido tal vez las notas de su violín me habrían hecho seguir la procesión por muchas horas, olvidado de la edición extraordinaria, del trabajo, de todo, abstraído en un mundo alegre de evocaciones de la infancia.

Un campesino lo ha sustituido. Un hombre descalzo que toca con igual fe; pero las salves no suenan lo mismo que las inolvidables de Bizcocho. Talvez se debe eso á que las otras las oyó el niño y las de hoy las escucha el hombre. 

La procesión muy concurrida. El pueblo capitolino sigue agradeciendo al Niño galileo, el de los bucles de oro y de la túnica morada, el haber librado del flagelo del cólera y de muchas otras pestes y desgracias al país.

Cien madres llevaban á cien niños en brazos, vestiditos de morado como la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Es el cumplimiento de promesas: á unos los salvó el Dulce Nombre de la tos ferina, á otros de las penalidades de la dentición; á otros de la bronco-neumonía; y ahora sus madres los traen á la procesión y pasan como un ex-voto viviente y como testigos de una fe que no se extingue jamás.

Frente á nuestros talleres tipográficos pasó la procesión y el contraste era muy vivo. Dentro las maquinarias modernas que dan vuelo al pensamiento, voz á todas las rebeldías, forma á las dudas, vida á las más atrevidas especulaciones filosóficas. Fuera la fe que pasa en humilde cortejo, pero que es fe y es inmortal ya que ha resistido serenamente los embates de dos siglos de impiedad y de descreimiento.

Al alejarse el cortejo quedé pensando en la gran verdad que nos dijo un sabio: todas las revoluciones del pensamiento moderno han pasado por encima del pueblo, sin arrancarle la fe. Las nuevas ideas son el oleaje en la superficie del mar.

La fe tradicional es el mar profundo inmóvil, quieto, el mar que no avanza ni retrocede, el mar que ignora lo que son las tempestades.

Respetemos esa fe. ¡No se la arranquemos mientras no tengamos algo mejor para llenar los anhelos de su corazón!

EL TENIENTE NIKI.


Referencia APA (7.ª ed.):

El Teniente Niki. (1912, 9 de junio). La procesión del Dulce Nombre. La Información, p. 3. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201912/fi-9%20de%20junio.pdf


BIZCOCHO

Uno de los redactores de "La Información" dijo, con motivo de la última procesión del Dulce Nombre, lo siguiente:

"......En la calle encontré la tradicional procesión del Dulce Nombre. Allá en mis tiempos de chiquillo que con todo y ser pasados no son mejores que los actuales, yo seguía esa procesión por muchas horas y alguna vez anduve, como andaban ayer centenares de niños, vestido de raso morado y con una espiga de similor sujeta con una cinta dorada sobre la frente.

Entonces el buen "Biscocho" era el violinista. Las salves en su violín tomaban unas modulaciones extrañas é infundían gran piedad á los oyentes. La "pose" de "Biscocho" era imponente y eso que no recibía más que veinticinco céntimos por tocar cada salve. Pero él no se preocupaba por la remuneración; era un artista lleno de fe y de entusiasmo. Cuando estallaban los petardos y zurcaban el cielo los cohetes, "Biscocho" no pestañeaba siquiera; seguía imperturbable, arrancando notas á su violín. Las salves de aquel instrumento eran superiores á todo el bullicio, al canto, á los sones de la banda recargada de cobres, á los petardos y los cohetes.

Doce horas seguidas tocaba así el artista; al atardecer, cuando la procesión alcanzaba los últimos altares, el pobre "Biscocho" estaba cansado, el violín ronco, el brazo tembloroso; pero él no faltaba á su deber y encorvado por la fatiga seguía rascando, rascando nerviosamente mientras miraba con un ojo —el otro le falta— la imagen resplandeciente de la Virgen María.

Fuente: La Información. (18 de abril de 1913). Ayer cumplió 100 años de edad el conocido violinista Eduardo González Porras (a) Biscocho. La Información, p. 6. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201913/dr-18%20de%20abril.pdf



II.               Ayer cumplió 100 años de edad el conocido violinista Eduardo González Porras (a) Biscocho

Cumplió ayer CIEN AÑOS DE EDAD Eduardo González Porras (a) Biscocho, soldado de la campaña del 56. Los retratos que de este centenario publicamos hoy, se los tomamos ayer en nuestras oficinas, las que visitó por invitación nuestra.

No pareciera que González cargara sobre sus ya corvas, pero resistentes espaldas, el peso que representan cien años de vida, que para él han sido de continuo batallar, parque pobre nació y pobre es todavía.

Todavía está este viejecito fuerte y anda por las calles sin ninguna dificultad, apoyado con un bordón, que él dice usa por costumbre ó lujo, no porque le haga falta para andar.} Aunque la vedad es, que Biscocho está ya casi ciego y sin bordón no podría andar, aunque para él no hay peor ofensa que decirle "que ya es muy viejo y que no se puede valer por sí sólo."

Su paseo matutino de todos los días es á la Iglesia Catedral y el Parque Central. Almuerza muy tempranito y al medio día, si hace buen tiempo, da otra vuelta por la ciudad, come a las 4 y se acuesta á las 6. Es aficionadísimo á la lectura y, en medio de su pobreza, paga á un chiquillo para que en las tardes, después de comida, le lea los periódicos capitolinos.

El se interesa mucho por la marcha política de la Nación y comenta con interés los acontecimientos. No cree en el patriotismo de los hombres contemporáneos y cuando de éstos se le habla, exclama con mucha tristeza: para políticos sanos y bien intencionados los hombres de mi tiempo…!

Y no dice Biscocho ninguna mentira!

González nació el 17 de abril de 1813, en esta capital, en una casita que sus padres construyeron en la esquina que hoy ocupa la casa conocida con el nombre de La Arena, Parque de Morazán (el Edificio Solera Bennett en 2025).

En 1833 los padres de González fueron dueños de todo el lote de terreno que hoy ocupa la manzana de La Arena y que ese mismo año vendieron en QUINCE ONZAS DE ORO ó sean DOSCIENTOS CUARENTA PESOS. Hoy esa manzana no vale menos de MEDIO MILLON DE COLONES!

Los papás de González fueron don Lino González y Castro y doña Lorenza Porras y Castro de González. Don Lino fué el mejor sastre de su época en esta capital y en su taller, especie de "Club de Valenzuela", reuníanse todas las noches á charlar y discutir los acontecimientos sociales, políticos y económicos del día, los hombres de más valer de la capital.

González entró á la Escuela (Santo Tomás) á los 10 años de edad, —es decir, el año 1823. En aquel entonces, la casa de escuela era en la que hoy se encuentra la Casa Presidencial (el Ministerio de Hacienda en 2025), que era de horcones y corredores. Regentaba aquella Escuela el maestro (Casimiro) Segovia, un verdadero sabio y hombre sumamente íntegro en todo y por todo, según referencias de González.

La matrícula no ascendía á más de 25 alumnos, cuyos nombres no recuerda González.

De mis condiscípulos—dice él—solamente recuerdo de don (José de la) Cruz Alvarado (Velazco) y don Bruno Carranza (¿Ramírez?), de los que fui siempre amigo muy querido y compañero inseparable.

El maestro Segovia—agrega González—sabía enseñar, como no se sabe enseñar en estos dorados tiempos de tanto libro y de tanta pedagogía. Eso sí, el viejecito era muy bravo, pero mucho, y manejaba la palmeta de manera admirable.

Algo me pasó un día con el maestro Segovia que no olvidaré nunca. Daba la lección cuando Bruno me hizo reír. El maestro se molestó tanto, que tomándome fuertemente de un brazo me condujo al centro del salón y tomando la palmeta, me gritó:

— González, la mano...!

— Fué Bruno que me hizo reir—contesté al maestro, miedoso y casi llorando.

— Que saques la mano te digo, González—repitió él enfurecido.

Y no tuve más remedio que obedecerle. Para darme los palmetazos, el maestro Segovia me sujetó la mano por los dedos, pero, al dejar caer la palmeta en la palma, yo retiré nervioso la mano y el golpe lo recibió él.

Que hombre más bravo, Dios mío! Yo sali á escape y su furia se la desquitó con Bruno que seguía riendo de la mala broma que me habia dado á mí y del accidente ocurrido al maestro.

— Digame Ud., González, en aquellos tiempos ¿eran los muchachos tan malos como lo son ahora?

— Ni qué pensarlo…! Eran traviesos… al fin muchachos! pero eso sí, sumisos, obedientes, respetuosísimos. Ahora veo por ahí á los discípulos que andan del brazo de los maestros y que con ellos charlan, ríen, bromean como si tal cosa… En aquel entonces, amiguito, al maestro había que hablarle de lejitos, con el sombrero en la mano y con la mayor seriedad. ¡Guay! de aquel escolar que ante su maestro tuviera una palabra descomedida ó un movimiento desairoso!

— Y como enamorados, sí que lo eran los jóvenes de aquella, época... 

— Ps… así… así…

— No se conocían entonces vicios en la juventud ¿no es verdad?

— Era una juventud aquella muy sana, muy fuerte, muy robusta. Era un acontecimiento para todos los vecinos, el caso de que una persona fuera detenida por ebriedad, juego ó escándalo.

— Cuántos años estuvo Ud. en la escuela?

— Verá Ud., unos cinco no más. Luego se le antojó á mi padre que yo debia ser zapatero, oficio que no me llamaba mucho la atención.

Precisamente, en la esquina donde hoy se encuentran las oficinas de redacción de "La Información" (Edificio Maroy en 2025), había establecido con una zapatería que era entonces la de moda, un tío mío, Pedro Porras, hombre muy serio y de un genio de toda la trampa.

El me admitió en su pequeño taller en calidad de aprendiz, en el que no estuve más que quince dias, pues como ya le dije, á mí nunca me llamó la atención aquel oficio. Un día me llamó mi padre, y sentándome á su lado, me preguntó:

— Oye, ¿qué quieres ser tú, José María?

— Yo le contesté, músico.

— Músico… ¡Hombre, no te encuentro embocadura para ello…! me respondió sonriendo.

— Sí, músico, quiero ser, pues me encanta el arte— le dije.

— Pues, músico serás— me dijo por último él.

Y al día siguiente yo ingresaba en la Escuela de Música dirigida por el maestro José María Mora, una notabilidad en el arte.

— Amigo González, como que en aquel tiempo todos eran notabilidades…

— Si señor, había hombres notables en aquella época, en todos los ramos del saber. Repito, amigo estimado, el maestro Mora era uno de ellos…

La casa donde estuvo establecida la Escuela (Nacional) de Música, existe todavía, aunque muy reformada; es la de adobes que se halla frente á la casa de habitación del Lic. don Vidal Quirós (Calle 19 sur, Avenida 7 oeste).

En aquella Escuela estuve varios años y allí aprendí á tocar varios instrumentos, entre esos el violín, con el que me he ganado la vida después de viejo!! Luego fui músico de la Banda Militar de esta capital y de músico estaba cuando lo de la campaña del 56, y marché en el Estado Mayor del Presidente Mora á Nicaragua; estuve en las acciones de Rivas y San Juan y de aquellas gloriosas jornadas puedo dar cuantos informes se me pidan, pues no obstante mi vejez, no olvido el menor detalle de todos los acontecimientos que vi desarrollarse.

Soy capitán del ejército, grado que gané en los campos de batalla y en recompensa de mis servicios, la patria me pensiona. Serví como músico de la Banda Militar de San José 35 años consecutivos.

— Es Ud. casado?

— Casado, viudo y con tres hijos, dos hombres y una mujer; tengo varios nietos y no me moriré sin la satisfacción de arrullar en mis brazos algún biznieto.

González desea vivir muchos años más, y en el día de su centenario, nosotros pedimos Dios satisfaga los deseos de este honorable y modesto viejecito, á quien presentimos las profundas muestras de cariño y de respeto que le debemos. (El Duque, 1913)

 

Nota: las partes resaltadas en negrita, salvo los títulos, son mías


Fuente:

-        El Duque. (18 de abril de 1913). Ayer cumplió 100 años de edad el conocido violinista Eduardo González Porras (a) Biscocho. La Información, p. 7. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201913/dr-18%20de%20abril.pdf (fotografía tomada de esta misma fuente).



A los republicanos

Por fin recibimos en esta jornada política el pago de nuestros esfuerzos. Jamás lo hube de suponer, que veinte años de permanecer firmes, leales y desinteresados en vuestra compañía, tanto mi señor padre como yo, fuese motivo para que un tal "Ex-contribuyente" (supongo sea un republicano de esos de nuevo cuño) se haya atrevido tanto en "Hoja Obrera" como en una hoja volante para apellidar a mi señor padre con el apodo soez y grosero de TUERTO BIZCOCHO, faltando con esto al respeto debido a tan venerable anciano, a q' por muchos títulos es acreedor. Mi señor padre se llama Eduardo González Porras, y la Patria agradecida lo premió con medallas de honor el 56 y 57; cuando el descubrimiento del Monumento Nacional también fue condecorado y hoy día la Nación le recompensa con una pequeña jubilación su probado patriotismo.

¿Puede ser posible que tan respetable anciano sea objeto de mofa y parangón, del que el tal artículo publicó titulado "Una misa cantada"?

¡No esperábamos nosotros que siendo republicanos, los mismos fernandistas y su vocero "Hoja Obrera" nos faltaran al respeto y consideración ante la sociedad! Sirva esto de ejemplo a los demás ancianos que militan en dichas filas republicanas, para que después no se extrañen del proceder incorrecto de sus mismos copartidarios. Por lo tanto, altamente resentidos y AGRADECIDOS, nos retiramos de dicho bando, quedando por el momento neutrales. ¡Salud republicanos, tened cordura y respeto a los ancianos!

San José, Julio 24 de 1913. JOSE M. GONZALEZ B.


Fuente: González B., J. M. (1913, 26 de julio). A los republicanos. La Prensa Libre, p. 2. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201913/LA%20PRENSA%20LIBRE_26%20JUL._1913.pdf






Sociedad de Socorros para Obreros sin Trabajo

ESTADO DE CAJA DEL 18 DE AGOSTO AL 24 DE SETIEMBRE DE 1914

ENTRADAS:

Agt. 22 Operarios a cargo de Luis Vázquez. ₡ 22.25

" " José Ramón Mesén .... 5.00

" " José Pérez Pérez.. .... 5.00

" " S. Montero h..... .... 1.00

" " Andrés Montero... .... 1.50

" " Bruno Castro .... .... 1.00

" " Abel Cambronero . .... 1.00

" " Roberto Fernández .... 0.25

" " Segundo Artavia .. .... 1.00

" " Célimo Muñoz M.. .... 0.50

" " Arcadio Rojas.... .... 1.00

" " Moisés Sevilla .... .... 1.00

" " Manuel Calvo..... .... 0.25

" " C. Mondragón..... .... 0.50

" " J. Porras Chaves.. .... 0.50

" " José M. Aguilar.. .... 0.20

" " Jesús B. D........ .... 0.25

" " Isidro Sánchez... .... 0.75

" " Paco Castro (niño) .... 0.25

" " O. Morales (niño). .... 0.10

" " C. Montero (niño) .... 0.10

" " Miguel X. X....... .... 0.25

" " Juan Jiménez .... .... 0.25

" " José María Durán. .... 1.00

" " X. X. ............ .... 1.00

" " Obreros Taller Jorge Morales ...... .... 3.85

" " Alberto Barrantes . .... 0.50

" " Manuel Vindas..... .... 0.50

" " Pedro Araya...... .... 0.50

" " M. C. G.......... .... 1.50

" 28 Operarios a cargo de Luis Vázquez .... 15.00

" " Manuel Flores .... .... 4.00

" " Manuel Flores .... .... 2.25

" " Manuel Flores .... .... 39.40

" " Manuel Salazar.... .... 5.00

Stbre. 2 Asilo Chapuí ...... .... 7.20

" " Recibido de "La Información" hasta la fecha ......... .... 1,350.05

" " Rómulo Artavia .... .... 20.00

" 15 Taller Manuel Salazar ............ .... 4.50

" " Operarios a cargo de Luis Vázquez .... 17.75

" " José M. Castillo.. .... 10.00

" " Obreros José M. Castillo ......... .... 8.25

" 19 Retirado de "La Información"......... .... 800.00

" " Taller Manuel Salazar (2 semanas).... .... 6.00

" " Imprenta Nacional (2 semanas)..... .... 6.00

" " X. X. ............ .... 0.25

Suma .................. ₡ 2348.00

Total del Haber........... ₡ 2348.00

Total del Debe............ 2279.35

Saldo en Caja............. 69.55

(f.) ADRIAN GONZALEZ,

Tesorero.

Vo. Bo.

(f.) JUAN H. CARRILLO,

Fiscal General.

SALIDAS:

Agt. 18 2000 hojas sueltas ₡ 12.00

" " Luz Eléctrica (instalación) ........ .... 7.50

" " Dos sellos de hule. .... 3.00

" " Un libro para el Tesorero ......... .... 1.00

" " Una cerradura ..... .... 1.50

" " Un cucharón ....... .... 0.90

" " Un abridor de latas .... 0.35

" " Un candado ........ .... 1.00

" " Un martillo ....... .... 1.05

" 31 2 bombas "Osram" . .... 2.00

" " Otra bomba (16 candelas) ........ .... 0.75

" " Un cincel ......... .... 0.50

" " Una romana ........ .... 16.00

" " Madera para la Estantería ......... .... 16.00

" " 200 libras café molido ............ .... 30.50

" " 8 sacos arroz (1296 libras) .......... .... 220.30

" " 6 cajas de jabón... .... 33.00

" " 6 sacos sal......... .... 31.20

" " 10 cajas candelas.. .... 62.50

" " 1 bulto papel...... .... 9.50

" " Una escoba ........ .... 0.90

" " Una fanega maíz.. .... 34.00

" " Cuatro sacos vacíos .... 1.40

" " Cuenta Tomás Fernández .......... .... 308.00

" " Un rótulo ......... .... 3.00

" " Impresión hojas, cupones, etc...... .... 45.50

" " Miguel Guevara..... .... 3.00

" " Gastos por comisiones ............ .... 5.00

Stbre. 5 134 tamugas dulce. .... 64.30

" 8 Una jaba manteca. .... 39.00

" " Chenta L. M. Castro y Co......... .... 5.40

" 10 Un saco maíz...... .... 9.00

" " Papas s/c......... .... 24.00

" 11 Utiles para el Secretario ........... .... 7.40

" " Cuenta Rómulo Artavia ............ .... 44.90

" " Una fanega maíz... .... 35.00

" " Cuenta Rómulo Artavia (candelas) .. .... 19.50

" " Cuenta Tomás Fernández .......... .... 39.00

" " Sueldo a Miguel Guevara .......... .... 16.00

" " Papas (dos sacos) . .... 11.00

" " Sueldo a Eduardo González ........ .... 20.00

" " Comisiones ........ .... 6.00

" " Cuenta Tomás Fernández .......... .... 40.15

" " Dulce s/c.......... .... 41.15

" 14 Media fanega de maíz .............. .... 18.00

" " Papas ............. .... 10.00

" " Manteca 1/2 quintal .... 18.00

" 15 Comisiones ........ .... 3.00

" " Una jaba manteca. .... 39.00

" " Un saco arroz (220 libras) .......... .... 37.40

" 16 1 1/2 jaba manteca . .... 57.00

" " 242 libras arroz... .... 41.15

" " 5 sacos sal (605 libras) ............ .... 26.60

" " 3 cajas jabón ..... .... 16.50

" " 3 cajas velas...... .... 19.50

" " Un saco café (239 libras) ............ .... 31.60

" 18 242 libras arroz... .... 41.15

" " 390 libras manteca. .... 142.65

" 19 Sueldo a Miguel Guevara .......... .... 16.00

" " 120 tamugas dulce. .... 48.00

" " Trabajo de Alberto Meléndez ......... .... 1.00

" " Comisiones (adelanto a Solís)...... .... 4.00

" 22 cajuelas de frijoles ............ .... 83.40

" " 2 cajas velas...... .... 13.00

" 20 Un paquetito fósforos ............. .... 2.00

" 22 10 libras bolsas.... .... 2.50

" " 5 cajas jabón...... .... 27.50

" " 5 cajas velas...... .... 32.50

" " 2 sacos café (380 libras) ............ .... 40.80

" " Una lata de fósforos ............. .... 18.00

" " 485 libras de arroz. .... 82.45

" " Un viaje carretón y un telegrama .... 1.00

" " Comida a un obrero .... 3.50

" " Subvención a Juan Hernández ....... .... 4.00

" " Papel y cubiertas para el Secretario.. .... 1.75

" 23 Eduardo González. .... 14.00

" " Papas (2 sacos)... .... 10.00

" " Abraham Madriz (1 carretada plátanos) ........... .... 8.00

Saldo en Caja............. 69.55

Suma .................. ₡ 2.348.00

(f.) ADRIAN GONZALEZ,

Tesorero.

Vo. Bo.

(f.) JUAN H. CARRILLO,

Fiscal General.


Fuente: Sociedad de Socorros para Obreros sin Trabajo. (1914, 14 de octubre). Estado de caja del 18 de agosto al 24 de setiembre de 1914. La Información, p. 3. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201914/jl-La%20Informacion_14%20Oct%201914.pdf


El anciano fallecido en días pasados a la edad de 104 años

Brevemente informamos en nuestra edición de ayer del fallecimiento de Eduardo González, conocido músico de esta capital, quien después de grave dolencia bajó a la tumba rodeado del cariño de los suyos a la edad de 104 años.

Fue González hombre de trabajo a quien siempre se vió entregado con abnegación a sus faenas y quehaceres. Durante muchos años acompañó la Procesión del Dulce Nombre que recorría las calles de esta capital el primer domingo de junio de cada año. Nuestra fotografía fué tomada cuando aquel anciano cumplió un siglo de existencia.

En la campaña contra los filibusteros del 56 y 57 supo comportarse como buen soldado.

Su entierro estuvo bastante concurrido, habiendo hecho el servicio la empresa funeraria de Manuel Campos y Hno.

Reiteramos a la familia doliente nuestro pésame muy sentido.


Fuente: El anciano fallecido en días pasados a la edad de 104 años. (1917, 31 de enero). La Información, p. 4. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201917/azb-La%20Informcaion_31%20Ene%201917.pdf


Los Años Pasan

Los lectores habrán visto ya en el periódico la noticia de la muerte del conocido músico Eduardo González, más conocido para los costarricenses que cualquiera de los músicos de fama mundial; porque este era músico de los de aquí y no de los que se preocupaban mucho de las notas, sino de los artistas intuitivos que —además— saben hacer del arte una profesión.

González tocaba con su violín en las velas y rosarios, en las fiestas religiosas del pueblo y sobre todo en la Procesión del Dulce Nombre, una procesión que la piedad tica creó en agradecimiento al bueno y manso Jesús niño, que libró a nuestros padres de la plaga del cólera a mediados del siglo pasado.

Y en esa procesión, que ya ha tomado perfiles clásicos por la antigüedad y devoción parece haberse desgastado mucho, siempre correspondía el puesto de honor entre los músicos a González, a quien con irreverente picardía, llamaban los chiquillos "Bizcocho", sin reparar sus canas venerables, sus dotes artísticas sus muchos y muchos años de edad y las ejecutorias que tenía a la pública gratitud por haberse batido, él tan humilde y sencillo, como un fiero león en la campaña del cincuentiséis.

El violín de González era como una parte de su propio organismo. A él, a González, se le veía muy poco, pero siempre con su violín en la mano. De chiquillos creíamos que nunca hablaba, que todo lo decía, lo pedía, lo ordenaba con su violín, con las notas graves o agudas del mismo, conforme fuera el estado de su ánimo.

Pero nuestra gran alegría era verlo en la Procesión del Dulce Nombre. Nos parecía que la estatua con su traje morado y sus espigas doradas en el cabello esa estatua tan conocida del Niño Jesús, era propiedad de González, que a él pertenecía, que la cuidaba en su casa durante todo el año y la sacaba en los calurosos días de Junio para que el pueblo la viera y le rindiera homenaje. Y había que ver el entusiasmo con que González, fijos los ojos en los ojos azules de vidrio del Dulce Nombre rascaba aquellas endemoniadas ave marías, mezcla de rugidos y de lamentos, que a veces acompañaba con su propio canto, "Salve Regina Madre" si la paga era buena y el altar lo merecía.

Hace algunos años escribimos un artículo referente a este violinista "tico" que ha muerto después de haber vivido más de un siglo; allí vertíamos los recuerdos de nuestra niñez, después de la cual por muchos, por muchísimos años, no volvimos a ver al viejo violinista por quien tanto respeto sentíamos y tanta admiración también.

Después, cuando hemos oído a los violinistas verdaderos, los hemos admirado, nos han sacudido las emociones de su emoción; pero instintivamente les hemos buscado defectos; en la técnica, en la interpretación, en algo; es el espíritu de crítica que tan desarrollado está en el hombre y que no existe en el niño; porque en aquellas doradas y risueñas horas de la juventud que aún dejan en el alma recuerdos amables y bellos como pétalos sueltos de rosas, González nos parecía el más grande, el más autorizado, el más serio de los violinistas del mundo y lo envidiábamos porque tocaba aquellas "Avemarías" que nos sonaban a música celestial.

Después que ya pudimos apreciar lo que era arte verdadero, música, melodía, todo lo demás, entonces ya nos dimos cuenta de que González no era un gran violinista; pero siempre lo respetábamos y admirábamos con esa fuerza con que se arraigan los recuerdos e impresiones de la niñez y no hemos tenido motivos para dejar de envidiar su sincera fe, su entusiasmo artístico, su devoción, su "intimidad" con el Dulce Nombre de Jesús.

Y por eso sentimos su muerte y nos parece que con ese músico viejo se va algo de la vieja Costa Rica y pasa a la categoría de tradición, lo que hasta ayer era una realidad.

Y sentimos también el paso lento, pero desgracia —seguro, de los años!

EL TENIENTE NIKI.


Fuente: El Teniente Niki. (1917, 1 de febrero). Los Años Pasan. La Información, p. 5. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201917/ba-La%20informacion_1%20Feb%201917.pdf


EL VIOLINISTA GONZALEZ TENIA 89 AÑOS

Ha resultado una leyenda lo de que el violinista don Eduardo González, recientemente fallecido, tuviera ciento cuatro años de edad. No sabemos el origen de ese rumor que corrió con mucha persistencia y que aún la propia familia del extinto aceptaba como cierto. Hemos obtenido la fe de bautismo de González en la cual dice que se llamaba Lino Eduardo de los Dolores, hijo de Luis González y de Lorenza Porras (casados en San José el año de 1821). Fué bautizado y nació el 13 de octubre de 1828, siendo padrinos don Manuel Diez Dobles y doña Carmen Alfaro. Lo bautizó el padre Policarpo Méndez.

Así pues González no tenía más que ochenta y nueve años de edad. Para lo que se suponía resulta que era joven.


Fuente: El violinista Gonzalez tenia 89 años. (1917, 2 de febrero). La Información, p. 4. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20informacion/la%20informacion%201917/bb-La%20informacion_2%20Feb%201917.pdf


UN PEREGRINO SUELTO

Un "Viejo Republicano", en la Sección Ricardista de LA TRIBUNA del viernes, publica un articulito jocosamente PEREGRINO, un sueltecito inefable. Toma pie el muy CHULO, de un error tipográfico en la fecha del telegrama que hablaba de nuestra admirable reunión de Limón, pues en vez de decir 19 dice 18, para unas ELUCUBRACIONES, como dice Ugaldillo y el ex-presidente Acosta, del más sutil ingenio.

Bien, apartemos el PEREGRINO error y el telegrama y diga el popularísimo aspirante a la reelección por Limón, la croniquilla que se publicó el jueves respecto a la jira de la comisión republicana por la provincia de Limón, ¿no es leal, no es absolutamente veraz?

Oigamos al PEREGRINO escribidor en este párrafo, digno de un Tuerto Bizcocho, metido a literato: "El cielo (la tarde del lunes 19) quiso intervenir, parecen cosas del destino, para descargar esa noche TODA EL AGUA DE LLUVIA acumulada durante varias semanas de sequía. Y hubo relámpagos y hubo truenos en el cielo".

Lo de que el cielo descargó agua de lluvias es una originalidad de ahora del cielo de Limón, igual a la de que en él se pinten los relámpagos y retumben los truenos, pues lo que allí cae de arriba, casi siempre, en la mollera de ciertos ambiciosos de una reelección INDISCUTIBLE, es el agua-chacha de una venalidad; en todo caso, nuestra crónica dijo verdad: "LA NOCHE FUE TORMENTOSA Y LA ASISTENCIA FUE LA MAYOR QUE PARTIDO ALGUNO PUEDE TENER EN NOCHE TAL".

Lo que no podemos aceptar, ni en un PEREGRINO, fantaseo, es que este Dautor —que recita nerviosamente, entrecortadamente a Peza mientras le saca la muela y la libra a un negro— haya sido republicano o partidario de don Carlos María Jiménez Alguna vez: ("los que seguimos a don Carlos en aquella campaña y estamos hoy muy lejos de él"). ¡QUITA DE AY!, le decimos en modismo rural: si este no ha sido más que un monaguillo de ricos, influyentes, olímpicos o gobiernos, algo que dé sombra a su cimbreante talle o tallo pegado al suelo de una inanición.


Fuente: Un peregrino suelto. (1931, 25 de octubre). La Tribuna, p. 6. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201931/jy-25%20de%20octubre.pdf




TAPICERÍA FINA


Manuel González Zeledón (Magón)


No sé exactamente desde cuándo data la Procesión del Dulce Nombre que ha sido varias veces causa de grandes controversias entre los devotos y la Gobernación de San José, aquéllos manteniendo el derecho del pueblo religioso para sacar por las calles la Divina Efigie del Niño Dios y ésta oponiéndose esporádicamente a que se interrumpa el tránsito y se armen alborotos en los arrabales de la ciudad con pretexto de devoción. El caso es que, desde que yo ya alcanzaba a pararme en las dos y mantenerme tiesecito, fui testigo presencial de la anual ceremonia. Entiendo que la inventó una corazonada de los angustiados "güechos” a raíz de la tremenda peste del cólera que se llevó de encuentro un tercio de los pobladores de la Villa Nueva del Murciélago en 1856, importada por las tropas que regresaron de Nicaragua al final de la primera etapa de nuestra gloriosa Guerra Nacional.


Y se ofreció ese solemne homenaje al Dulce Nombre de Jesús para que nos librara en lo sucesivo de flagelo semejante; nos cogió la palabra la Divina Criatura, pues el cólera nunca más nos ha visitado.


Salía la Procesión de la Iglesia del Carmen, bien de mañanita, echaba calle abajo hasta El Ballestero, cruzaba hacia el Oeste hasta el Paso de la Vaca, recorría de Norte a Sur hasta la Puebla, volvía cara al Este hasta el Laberinto y de allí al Norte por la calle del Vapor hasta topar con la casa de los Jones, cerca de la Laguna, cruzaba al Oeste hasta donde los Johannings y volviendo a la izquierda regresaba a su templo. En cada altarcito, por humilde que fuese, allí reposaba la graciosa imagen, se le entonaban los cánticos especialmente inventados para esa fiesta y “eche palante”, al otro altar o mesa. Así resultaba que, saliendo tan temprano de la mañana, la procesión duraba todo el día y casi entrada la noche, terminaba.


Cosa bien significativa era de observar, que no obstante la elevadísima jerarquía del Santo, los acompañantes, músicos, cantores y portadores de las andas, los devotos mantenedores de altares y costeadores de pólvora y sahumerios, eran de la clase más humilde, del pueblo bajo, de la plebe; “orilleros”, como entonces se les apellidaba. Rara vez un pañolón de burato, una mantilla de encaje, una levita traslapada o un cuello parado, eran indumentarias que adornaran a los procesionarios. Sin embargo, aunque pocos, no dejaban de verse señoras y caballeros muy distinguidos, quienes no vacilaban en formar parte de la procesión codeándose con la gentuza que constituía el grueso de ella. Vienen a mi memoria los nombres de una buena docena, señalándose entre ellos el de el Doctor don Nicolás Gallegos, Secretario de la Corte Suprema de Justicia y Profesor de Filosofía de la Universidad de Santo Tomás, quien al despedirse de esta vida llevó consigo el respeto, el cariño y la veneración de cuantos tuvimos el alto honor de conocerlo.


Los músicos: violín, viola y violoncelo, eran siempre los mismos, artistas “colados”, es decir, vitalicios, pues solamente en casos de grave enfermedad o de muerte, abandonaban sus arcos en manos de sustitutos. Ñor Eduardo González, “el Tuerto Biscocho” Benjamín Jiménez y Ñor Juan Salazar, respectivamente, “ejecutaban” en ese terceto de sagradas armonías. Y tenían el doble mérito de que, a más de rascar las de tripa y entorchado, daban voces, es decir, cantaban las alabanzas al Santo, con gran unción, fervorosamente, con trémulos y gorgoritos, especialmente los del Tuerto, que en eso de modular y de dar expresión sentimental a los “motetes”, era simplemente “nonis”. Cierto que, la vida más azarosa que aquejaba a los del terceto, la influencia del clima húmedo del Valle y, tal vez, el dañoso efecto que en sus cuerdas vocales producían las abundantes libaciones del guarito de 22 grados que “muy de cuando en cuando” servía de refresco a sus privilegiadas gargantas, contribuían de manera desastrosa a dar a las voces un timbre bien marcado de caña rajada o de bisagra herrumbrada, especialmente a la del tenor González, el Tuerto. Pero indudablemente, si los “solos” de éste se resentían de ese trémulo, el conjunto de las tres voces, resultaba estridente, como si fuese producto de un enjambre de chicharras. Por fortuna, tanto el violín, como la viola y el violoncelo, rascados a conciencia, con escasez de pez rubia y abundancia de rajaduras, emitían sonidos tales que las vibraciones del canto quedaban ahogados entre las ondas de chillidos equiparables a los de marrano prisionero entre las pencas de una cerca de “tunas” y “poroses”. Y, sin embargo, aquello era música, era armonía imitativa, era sentimiento y salía costando a los fieles la no despreciable suma de no menos de treinta pesos que de óbolo en óbolo recogía de antemano el incansable primer tenor-violín en su carácter de Promotor-Recaudador-Encargado General y Tesorero de la Cofradía.


Los altares o “mesas” en los que sin excepción, debía asentarse la Divina Efigie durante la larga procesión, eran fiel trasunto de los posibles de las personas que los aderezaban. Los había suntuosos, ricos, abundantes de cristalería y argentería, pebeteros de incienso, flores finas, alfombras y cortinajes, pocos, contadísimos, contadísimos; los había modestos, con mantel de lino bordado, candeleros de porcelana, floreros atestados de rosas, lirios y jazmines y alfombrita raída para la genuflección del sacerdote; y los más, por centenares, pobrísimos, humildes, mezquinos: una mesita de pino con servilleta de algodón labrado, dos candeleritos de cobre con sus velas de cera y unas cuantas latas de tiestos con almácigo de maíz, trigo y linaza, con una que otra matita de yerbabuena y albahaca, y un par de escudillas de barro con brasas encendidas sobre las cuales, a la llegada de la Imagen, se espolvoreaba “dulce raspado” que al quemarse producía una imitación no despreciable del de la mirra o del incienso. Y, como regla sin excepción, de ritual, de obligación ineludible cada puerta y cada ventana en todas las casas del tránsito, debían adornarse, ya con tapices, ya con colgaduras, ya con cortinas.


Continuaré mi verídica historia pidiendo perdón a mis lectores por verme forzado a usar nombres ficticios, pues aunque los protagonistas hayan desaparecido, quedan aún numerosos descendientes a quienes lastimaría el relato del incidente, aun cuando si picante es, no tuvo nada de deshonroso.


Casi en la esquina Sudeste de las calles de la Laguna y de la Presa, habitaba la muy distinguida familia, de rancio abolengo alajueleño–cartaginés, compuesta entonces del matrimonio y de dos hijas cada una de las cuales era un “brazo de mar”, guapas y recatadas; ese día, la madre y sus dos pimpollos habían salido de visita dejando a don Melquíades de Jesús en tranquila posesión del domicilio.


Don Melquíádes era hombre de poquísimas pulgas y de escasas palabras, aunque muy vibrantes y de indudable contundencia. Al oír estruendo cercano de bombetas y cohetes, llamó al “concertado” que lo acompañaba.


— ¡Terencio…! ¡Anda asomate a ver qué pendejada son esas bombas!

— Es la “prosección” del Dulce Nombre qui’and ajuera y ya viene cruzando por onde los Yones… Y ora que lu’echo de ver, la puerta y las ventanas nu’están adornadas y la gente va a criticar…

— ¡Ah, cara… cho! ¡Yo con qué demonios voy a adornar…! Cogé la colcha grande de mi cama, la amarilla con flores azules y clavála en la puerta, con gracia; sacá dos alfombrillas y echálas en los antepechos de las dos ventanas, bien sacudidas… ¿Vos no sabés dónde guarda Emeteria las cortinas?

— Ella le dio dos partes a ña Benedicta pa que las lavara y quedó de trelas ayer, pero nu’a parecido con ellas…

— ¡Vieja puñ… o etierra! ¡Hay que buscar en los armarios y en las gavetas de las cómodas…! ¡Date ligero… pelmas!


Y amo y criado se dieron a la busca con febril empeño. De pronto don Melquíades lanzó una exclamación de triunfo que resonó en toda la casa.


— ¡Aquí están las condenadas cortinas…! Echá acá los clavos y el martillo y ayudáme con la escalera.


Don Melquíades encaramado en la escalera, por el lado de la calle, majón más o menos y ajos más o menos, clavó las cortinas en lo alto de las dos ventanas, y con tiento y ojo de artista, que nadie le hubiera concedido, las sujetó a los costados con sendas cintas de vivos colores.


A la acera del frente fuéronse amo y fámulo a juzgar del efecto de la ornamentación… El golpe de vista era magnífico; la puerta ostentaba muy ventajosamente la colcha, primorosamente amarrada al centro con una banda carmesí con flecos negros; las alfombrillas caían sobre los pretiles como un par de cascadas de flores y arabescos de todos los límites del arco iris; y las ventanas… ¡ah!… las ventanas parecían orgullosas, de lucir las flamantísimas y coquetonas colgaduras de lienzo blanquísimo que en lo alto mostraban una sencilla pero resistente hiladilla blanca y que en la parte baja y en más de dos palmos de anchura, estaban recamadas de encajes superpuestos, desde uno angostito de hojillas menudas hasta el inferior, de cuatro dedos de ancho con rosas y hojas que parecían tejidas por una araña… Y no eran como las cortinas ordinarias, sencillas, es decir, de una sola tela; no señor, eran de doble tela, amplias arriba, más angostas abajo, partidas en el frente y medio, como para facilitar mejor su colocación en forma de V invertida… ¡Soñadas!


Y no hubo un solo acompañante de la procesión que no las contemplara embelesado; que no cuchicheara con sus vecinos y, arrebatado por la envidia, seguramente, que no soltara una carcajada que no se avenía con la solemnidad de la fiesta religiosa…


Doña Emeteria y sus dos pimpollos llegaron a la casa en cuanto la procesión se había desprendido del altar de la esquina. Mucho le sorprendió que don Melquíades hubiera atendido a la ornamentación de puerta y ventanas, y aunque el conjunto le pareció un tanto charro, iba ya a cumplimentar al artista, cuando observó más de cerca los detalles… ¡Ave María Purísima…! ¡Qué gran vergüenza…!


Más habría tardado un rayo. De cuatro fuertes tirones desprendió las cortinas de las ventanas con grandísimo daño de blondas y cintas y entró como una tromba al tranquilo hogar, casi ahogada por los sollozos y las lamentaciones. Algo debió escuchar don Melquíades que le diera el hilo de la maraña porque a poco se le vio salir disparado por la puerta encolchada y esa misma tarde llegó a Alajuela de donde no regresó a la Villa Nueva sino varias semanas después.


La Procesión anual del Dulce Nombre de Jesús siguió celebrándose con iguales ceremonias; otros músicos y cantores han sustituido a González, Jiménez y Salazar; jamás han faltado altares, incienso y dulce raspado, bombetas y cohetes y mesas humildes; sólo dos cosas no se han visto más en la Villa Nueva, la pretensiosa ciudad de San José, capital de Costa Rica: ni el Cólera Morbus, ni cortinas como las de don Melquíades de Jesús.



Washington, D. C., 16 de octubre de 1933



Fuente: González Zeledón, M. (2012). Tapicería fina. En *Cuentos de Magón* (1.ª ed., pp. 197-200). Imprenta Nacional. https://imprenta.hermes-soft.com/ver/editorialdigital/libros/literatura%20costarricense/cuentos_de_magon_editorial_digital.pdf](https://imprenta.hermes-soft.com/ver/editorialdigital/libros/literatura%20costarricense/cuentos_de_magon_editorial_digital.pdf



Antañerías

BISCOCHITO EL VIOLINISTA

Una añoranza de FEDERICO MORA C.

Recordando nuestros músicos cimarrones que existieron hace medio siglo, hoy me ocuparé de Fernández, alias Biscocho, aquel violinista especializado en el canto de salves y avemarías.

Bizcocho era devoto de San Miguel Arcángel. En la época a que me voy a referir, aquel músico y cantador tendría unos 60 años. Era tuerto del ojo izquierdo, lo que motivaba su apodo. Bizcocho generalmente vestía un saco azul desteñido con dibujo con cuadros muy anchos; pero cuando amenizaba con su canto y su violín alguna fiesta religiosa, entonces se vestía de gran gala, llevando un paletó y un tirolé ya muy rosillos por el excesivo uso, pantalones con rayas verticales con los ruedos raídos porque le quedaban muy largos. Zapatos de charol con botones, los que eran dos o tres números más grandes que lo necesario para acomodar en ellos sus pies.

Bizcocho decía que aquellas prendas eran regalos combinados que le habían hecho sus amigos y protectores, don Federico Tinoco y don Alejandro Alvarado.

Bizcocho, además de ser violinista y cantador, era rezador, y se ganaba honradamente la vida recorriendo toda la Meseta Central, amenizando y rezando rosarios, bodas campestres, velas de angelitos y cuantas ceremonias religiosas había.

Pero donde Bizcochito ganaba más dinero, era en la tradicional procesión del Dulce Nombre, porque era el director y contratista de una especie de fanfarria, siendo su primer cantador.

Unas semanas antes de la celebración de aquella procesión, Bizcochito solía llamar a la puerta de millares de devotos del Dulce Nombre, para contratar anticipadamente con ellos, el tocado y canto de sus salves, ya fuesen cantadas completas o a medias.

En los momentos en que Bizcocho estaba cristalizando sus contratos musicales, que eran bien originales, preguntaba al devoto, en qué forma le gustaba que se le arrempujara a las salves.

¿Con cuántos vientres Jesús las quiere? ¿Cuál voz le gusta más a usted: la de tenor, la de bajo, la de barítono, la de soprano ligera o la de falsete? Incluidos los vientres Jesús, le cuesta un peso cada salve, y sin ellos solamente un diacuatro, con opción de seleccionar la voz humana que más le guste.

El origen de aquel violín que tocaba Bizcocho, se remontaba a la época en que don Tomás Guardia era Presidente de la República. Parece que, cuando don Manuel María Gutiérrez, autor de nuestro Himno Nacional, salía para Europa, Guardia le había encargado que le comprase un buen violín para regalárselo a su gran admirador y subalterno, el Sotacabo Fernández.

¿Por qué no te cantas, Bizcochito, el miserere del Trovador?, le decíamos los chiquillos, cuando queríamos punzarle el hígado, en el momento en que cantaba sus salves con o sin los vientres Jesús.

¡Váyanse a los mismísimos infiernos, grandísimos hijos de mil pulgas! ¡Dejen de estarme jorobiando la paciencia! Por lo menos respeten la imagen del Dulce Nombre. Pero si quieren entretenerse con algo, ¿por qué no se meten el dedo en la boca?.

Aquel año como todos los anteriores, se estaba celebrando la procesión del Dulce Nombre, recorriendo en aquellos momentos el barrio de la Puebla, con una concurrencia de miles de devotos.

Un chiquillo, a quien Bizcocho le había arrempujado con su arco del violín un fuerte golpe en la cabeza, pensó que la ocasión era propicia para vengar aquel castigo del violinista y cantador.

La venganza de aquel chiquillo era poca cosa: se trataba de meterle un alfilerazo en las asentaderas a aquel pobre músico, empleando uno de aquellos alfileres tan largos como puntiagudos, que usaban las mujeres de la época para sujetarse el sombrero al moño.

¡Dios te salve Reina y Madre. Maaadre, Maaadre, de mi corazón! (cantaba en aquellos momentos Bizcocho, y de un momento a otro lanzó un agudo grito diciendo): ¡Ay...! ¡Ay...! ¡hijo de mil pulgas!.

Aquel fue el grito de dolor y de protesta que lanzó a toda voz Bizcocho, cuando el largo y puntiagudo alfiler entró en las postas de las asentaderas.

¡Bizcocho se ha vuelto loco! ¡Bizcocho está borracho! ¡Bizcocho es un sacrílego! Aquéllas eran las voces de protesta que salían de los labios de los beatos y aún de liberales vergonzantes.

El Padre Jiménez que era el sacerdote encargado de la dirección de la procesión, al escuchar aquella blasfemia equivocada salida de los labios de Bizcochito, se santiguó reiteradamente.

Pero las gentes que integraban la procesión, seguían protestando fuertemente contra Bizcochito, sin darse cuenta de los atroces dolores que sentía con el alfilerazo metido.

Inmediatamente fue llamado Bizcocho por el Obispo Thiel, quien lo reprendió severamente, amenazándole con que se vería obligado a suspenderlo definitivamente en sus tocatas y cantatas religiosas, si volvía a concurrir a ellas con tragos entre pecho y espalda.

Al fin Bizcocho convenció al Prelado de que él nunca había cometido semejante sacrilegio, ofreciendo votos de fe y de inocencia, comprar unas cortinas para regalarlas al altar de San Miguel Arcángel.

Cuando Bizcochito cumplía sus setenta años de edad, ya no podía ganarse la vida ejecutando y cantando sus salves, con y sin vientres Jesús. Estaba muy pobre e impedido a causa de un reumatismo articular que no lo dejaba moverse y para mal de peores en su vejez, casi ciego.

Unos caritativos amigos consiguieron asilarlo en el Hospicio de Incurables, donde pasó tranquilamente los últimos días de su vida, hasta que la muerte lo atrapó con su guadaña.


Fuente: Mora C., F. (1953, 29 de diciembre). Biscochito el violinista. La Prensa Libre, p. 11. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201953/La%20Prensa%20Libre_29%20dic%201953_Parte2.pdf


COSAS DE ANTAÑO

EL PORTAL DE NAZARIA

Por Manuel Chacón

Corrían los años de 1912 a los veintes, y yo cursaba por allí de los ocho a los nueve. En esa temprana edad, San José se extendía ante mis ojos como una gran ciudad y en mi infantil imaginación se me convertía como algo inexplicable. Mi mundo era el barrio donde vivía con aquel grupo de mocosos de mi edad que todas las tardes y después de hacer la tarea de la escuela, nuestras madres nos daban asueto para ir a la calle a jugar a los trompos, botones a la chócola o a la pesca de olominas en la poza más cercana.

Pero lo que siempre ha quedado impreso en mi espíritu, y que aun ya lejos de la patria, a veces lo recuerdo como una ilusión, eran aquellas noches de verano que mi hermano mayor me llevaba de la mano frente al teatro Tívoli, allí por el Mercado a presenciar la función de títeres que noche a noche y antes de la tanda de cine, los empresarios daban al público como atractivo.

La charla de Cristóbal y la muerte, personajes titerinos, hacía reír la chiquillería que frente a aquella ventana del teatro, saboreaba aquella emoción que le producía la comedia de los personajes de madera.

No estaba completa la representación teatral al aire libre, sin la participación de los muchachos que noche a noche por todos aquellos alrededores y con grandes canastas vociferaban, "bizcocho caliente y tamal asado..."

Aquel canto nocturno de los vendedores ambulantes anunciando su mercadería en un conjunto armonioso con la plática de los títeres, saturaba el ambiente con un tinte de lo que fue nuestra Costa Rica de antaño y en la cual creímos muchos de los que hoy vagamos por el mundo, pero que a pesar de la distancia y los años transcurridos, estoy seguro que otros como yo, añoramos aquellos tiempos vividos en nuestra niñez al calor de tan sanas costumbres en un ambiente patriarcal. Aun me parece percibir el eco de aquella canción que llegaba a mis oídos cuando ya dentro de mis cobijas pensaba en lo ocurrido al pobre Cristóbal con el mal corazón de la muerte que siempre terminaba por llevárselo.

Años más tarde, cuando ya estaba yo hecho un mozalbete y un palomilla de los barrios bajos de la ciudad, y también San José en mi juvenil mente conquistado, aquel bizcocho caliente y tamal asado cuyo aroma tantas veces había saboreado al pasar los vendedores junto a mis narices, esos manjares digo, llegaron a ser para mí ya algo muy familiar. Noche a noche y después de terminar mis correrías donjuanescas y en compañía de mis compañeros de aventuras, nuestro punto de reunión era donde Nazaria, la señora que confeccionaba aquellos ricos manjares que lo fueron en mis primeros años. Allí y al pie del horno esperábamos el humeante y oloroso bizcocho que hacía hilos de plata al ser ingerido por nosotros. Era tal la clientela de Nazaria, que sus manos ni el horno no daban a basto para suplir a todos los que allí esperaban.

Ah... pero Nazaria no solamente hacía bizcocho y tamal asado. Nazaria era una artista para hacer su Portal de Navidad. Este era famoso en todo San José. Lo hacía de gran tamaño con iluminación eléctrica y de movimiento. Su hijo era electricista y ponía todos sus conocimientos y gusto en aquel Portal. Por demás está decir que la casa de Nazaria era pequeña para acomodar la enorme concurrencia que por ella desfilaba a admirar el famoso Portal.

Aquel templo de trabajo de todo el año, se convertía como por encanto el día de los Santos Reyes en el templo de Dios. Ese era el día del rosario del Niño, y Nazaria echaba la casa por la ventana. De todos los rincones de la ciudad llegaba gente a rezar y luego saborear el chocolate con bizcocho, rompope y la chicha de maíz que nunca faltaba. El violinista Bizcocho acompañado de la guitarra y mandolina de los músicos de por el mercado, que hacían segunda a Luis Chorros el rezador con sus cantos al final de cada salterio. Y al final de aquel acontecimiento religioso, el estallido de los cohetes quedaba vagando por los ámbitos de la tranquila ciudad.

Cada Navidad que llega, y aunque muy lejos de esa patria y de esa época que sigue viviendo en mí con esa magnitud espiritual de mis primeros años, y que modeló también un poco de mi temperamento soñador, viene hacia mi memoria lo que fue en mis infantiles años una canción: Bizcocho caliente y tamal asado...

New York, 1956.


Fuente: Chacón, M. (1956, 21 de diciembre). El portal de Nazaria. La Prensa Libre, pp. 22-23. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201956/La%20Prensa%20Libre_21%20dic%201956_Parte4.pdf


I.               BIZCOCHO Y SU VIOLÍN

 Lo conocimos ya en sus últimos años: anciano, pobre y medio cojo. Pero no era una carga para la sociedad, pese a sus ochenta años y sus achaques. Ochenta y pico, decía él, eso sí, no detallaba a cuánto ascendía el pico.

— ¿Y el pico? le preguntaban por molestarlo.

Eludía la pregunta con sorna:

— No me di cuenta el día exacto en que nací, ni había almanaque a la mano.

Una vez, después de verlo seguir la procesión del Dulce Nombre, tocando su violín, —tan viejo como él—, entramos en conversación:

— Usted no nos había contado que era músico.

— Pues rasgueo las cuerdas del violín, nada más.. 

— Pero ¿sólo toca cuando sale la procesión del Dulce Nombre?

— Verá fue una promesa, y la debo cumplir año tras año, hasta que cierre los ojos definitivamente. Así agradezco el milagro de poder contar el cuento, después de haber estado en el cementerio.

— ¡Qué!; ¿usted estuvo muerto alguna vez?

— Sí, fue para la peste del cólera morbus. Si no estuve muerto, me creyeron alma del otro mundo y me enviaron al cementerio, con otros muertos.

— Relátenos el caso, que nos va resultando interesante.

— Me tocó asistir a la Guerra Nacional de 1855 y 57. Me llevaron muy nuevito, porque había que defender a la Patria. Cada familia debía dar por lo menos un hijo varón y como mi familia era pobre, no podía ofrecer otra cosa que mis servicios. Me enlistaron de los primeros. La experiencia fue magnífica. Pude hacer las grandes caminatas que exigía el traslado a la frontera, soporté hambres, dormí mal y finalmente me batí como un valiente.

— ¿Con que usted fue un buen soldado?

— Bueno, es que frente a las balas, se vuelve uno un valiente. El propio miedo de que una bala haga blanco en nuestro cuerpo, nos obliga a tirar y a pegar en el blanco. Yanqui que blanqueaba, era hombre muerto.

— ¿Estuvo usted en la Batalla de Santa Rosa?

— ¿Para qué le voy a mentir? Me tocó quedarme en Liberia, y allí nos llegó la noticia del triunfo de los nuestros. Bailamos de contentos y les perdimos el miedo a los yanquis.

— ¿Fue en Rivas su experiencia?

— Exactamente. Allí nos vimos a palitos como quien dice a un paso del sepulcro. Era que los machos tiraban con certeza y tenían mucha malicia. Donde ponían el ojo, ponían la bala. Pero nadie se muere la víspera.

— ¿Entonces salió usted bien librado de esa prueba del fuego?

— Como la peste del cólera arreció, el Comando Superior ordenó el regreso a Costa Rica, y víctima del mal, con "retorcijones" y calambres, sin medio en la bolsa, como la mayoría, tratamos de llegar a nuestras casas, para tener el consuelo de morir con los de uno.

— ¿Cómo sucedió lo de la resurrección?

— Tenga paciencia, ya vamos llegando. A poco de estar en casa, cada vez más malito, me dieron por muerto, tal era el estado de desfallecimiento, por efectos del viaje y de la enfermedad, tanto como del hambre. Yo traté de hablar, para demostrar que no estaba muerto, pero no pude. El pánico al contagio, disponía el envío rápido al cementerio.

Era tan grande el número de los muertos que los enviaban en carretas, unos sobre otros, para lanzarlos a una zanja común. Cuando había bastantes, se cubrían con la tierra. La tarde que me llevaron, ya oscuro, llovió y entonces los enterradores dispusieron aplazar la remoción de la tierra.

El frío de la noche, la lluvia, no sé qué, permitió que yo abriera los ojos e intentara salir de aquel hueco. Me fue bastante difícil, porque me faltaban las fuerzas pero al fin, ayudado por Dios, y movido por el mismo miedo de estar allí con los muertos, pude verme fuera y caminar hacia mi casa. El camino se me hizo largo. Iba muy paso a paso. Por fin me vi frente a la puerta de mi casa.

Todos dormían. Toqué y nadie respondió. Insistí con más fuerza, las que podía sacar de mis flaquezas. Al cabo vi que hicieron luz y una voz preguntó:

— ¿Quién toca a esta hora?

— Soy yo, dije, sin dar el nombre, para no asustar a mi familia. Al rato se abrió la puerta y respiré. Mi hermana, por su parte, dejó caer la linterna y se apagó la vela. Cayó al suelo desmayada. Yo me descompuse también y no supe más. Cuando abrí los ojos, al día siguiente, estaba en mi cama rodeado por los familiares. Entonces pude afirmarles que no estaba muerto.

Para agradecerle a Dios el milagro de haber podido regresar a la casa, y de haberme salvado, —lo que no lograron muchos—, ofrecí la promesa de unirme a la procesión del Dulce Nombre, con mi violín, una promesa jurada que hicieron las almas piadosas, para dar gracias a Dios de que la peste hubiera desaparecido.

— ¿Volvería usted a participar en una guerra?, le preguntamos.

— Ya me ve usted, viejo, enfermo y baldado, pues si la Patria necesitara de que sus hijos fueran a pelear por su libertad o su independencia, no pensaría ni en las balas ni el cólera, iría a matar machos... (Zeledón, 2009).


Fuente: Zeledón-Cartín, E (comp.). (1996). Leyendas costarricenses, 3ra. edición, 1a. reimpresión, p. 130. Heredia, Costa Rica: EUNA.

Para tener en cuenta: Zeledón cita la fuente en el periódico "Diario de Costa Rica" del 11 de junio de 1961, p. 17, sin embargo, está digitalizado en la página del SINABI y no pude encontrar esta anécdota, pero buscando en el catálogo prensacr, se revela que el texto original proviene de: 

La página 4 del Diario de Costa Rica del 4 de diciembre de 1960, firmado por Francisco María Núñez, a quién Zeledón sí acredita en su cita: https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201960/ld-Diario%20de%20Costa%20Rica_4%20dic_1960.pdf 




Encontré una canción compuesta por él, arreglo para piano de Roberto Campabadal G. si lee esto y sabe tocar piano, le animo a grabarla y compartirla.

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