Los ojos de Zarudana
Los ojos de Zarudana
Resumen
Hace mucho tiempo vivió en Guanacaste un cacique tiránico llamado Nizimán, un día un barco español llegó a Nicoya y todos los caciques locales, excepto él, fueron bautizados y le juraron lealtad a España. Tiempo después el barco zarpó, dejando a 25 españoles en tierra; Nizimán ordenó atacarlos y en la batalla hicieron prisionero a un hombre llamado José Antonio.
Zarudana, la hija de Nizimán, se enamoró a primera vista de él y para evitar que lo sacrificaran una noche fue a su celda, apuñaló al guardia y lo ayudó a escapar. Se vieron muchas veces en el cerro Nayudel (hoy Las delicias), e hicieron un plan para liberar también a la madre de Zarudana, sin embargo, fue descubierta por el paduché (Primer Ministro) de Nizimán, quien juró sacrificar a su propia hija si sus hombres no lograban encontrar a José, lo que lograron a la mañana siguiente.
Como castigo, Nizimán obligó a Zarudana a ver como su amado era atado y arrojado en una débil piragua, la cual se hundió en el mar embravecido; como consuelo, el brujo del pueblo le dijo que él había sumergido las cuerdas en una sustancia que las debilitaría al contacto con el agua de mar, y que probablemente José seguía con vida.
Zarudana siguió yendo al cerro con la esperanza de reunirse con José, pero como eso no pasó, a los meses murió de "pesar". Desde entonces en las noches de febrero a marzo de cada año, se ven unas luces (los ojos de Zarudana) sobre el cerro Las delicias, "las olas se paran" y se escucha un llanto de mujer.
Historia completa
Información de contexto
Cuando se navega en pleno Golfo de Nicoya, a la altura del islote de Pan de Azúcar, se divisa hacia el occidente un pequeño montículo cerca de la calcárea prominencia del Cerro de Copal. La pequeña colina se conoce hoy con el nombre de "Las Delicias", pero nuestros antepasados la llamaron Nayudel. Los hombres de mar cuentan de ella una vieja historia que se remonta a muchísimos años, cuando en aquella famosa comarca dominaba el Príncipe Nizimán, digno émulo de Nerón.
Navegaba yo una noche de febrero de 1907 por aquellos contornos a bordo de un pailebote, cuyo timón iba a cargo del anciano lobo de mar, Ñor Yanuario Silva, hombre muy supersticioso como todo marino, y en cambio verdadero sabio narrador de leyendas y tradiciones. Hacia las once de la noche, lo sustituyó el gaviero Horacio Muñoz y aquél, estirándose sobre los talones, al terminar un bostezo de gigante, dijo, más que gritó:
— Muchachos, al peso de la noche nos detendrán los ojos de Zarudana.
Ni un trueno que hubiese estallado cerca de mí, me habría horrorizado tanto como aquel apocalíptico vaticinio que por completo me "espantó el sueño" y, sosteniendo cuanto pude la eléctrica manifestación de mis nervios, rogué al Maestro Silva que me explicara la desgracia que se avecinaba.
Pero el viejo no hablaba ahora y, como si no hubiese oído mi solicitud, sacó tabaco de una mochila para la pipa que "taqueaba y taqueaba" con las uñas de oso hormiguero, y sin apartar los ojos de la tenebrosa lontananza.
Descripción romántica del paisaje
Por esta época las "quemas" intencionales de los cazadores ofrecen en las noches un espectáculo bellísimo en las distantes montañas de Guanacaste. A veces, el incendio se concreta sobre vastísimas malezas de "piñuela" selvática describiendo iniciales caprichosas o rictus crepitantes sobre los flancos oscuros de los cerros, y se escuchan ruidos colmantes, como si dragomanes (intérpretes) voraces ulularan en las crenchas (cabellos) de fuego, y hay ocasiones en que toda una montaña arde fantásticamente fingiendo un gigantesco árbol de Navidad que constela (llena) la sólida oscuridad de la noche bajo el domo tropical de Guanacaste, el único rincón de Costa Rica en donde la propia belleza del cielo se derrama con el candor más fascinante, y donde la luna desplaza toda la poesía soberana de su luz rubia, que armoniza con la somnolencia encantadora de las lagunas, llanuras y montañas, y donde los crepúsculos son tan bellos, que parecen una conflagración de mariposas y joyeles de rica pedrería y encajes de belleza auténtica y boreal.
Los destellos de esos incendios forestales y lejanos, llegan al Golfo como saetas semi-temblantes que se clavan levemente sobre el mar. Y cuando la bonanza es casi absoluta, como comenzaba a ser aquella noche memorable, las brasas distantes de los cerros producen la singular fantasmagoría de numerosos rieles de oro que cruzan en todas las direcciones la tersa inmensidad y, como si por ellos ocurrieran trenes invisibles arrastrando versos y flores, una brisa muy tenue, cálida y murmurante, distribuye sobre el golfo el selvático olor de las riberas y el débil rumor de los manglares.
Fin de la descripción
Había avanzado yo hasta el bauprés, cuando dos brazos poderosos me estremecieron los hombros. Era el maestro Ñor Silva, quien en medio de espirales hediondas de tabaco me dijo, invitándome a sentarnos sobre un saco de café:
"Cada vez que tengo que contar esta historia, siento que se me paran los pelos y se me alargan las unas, porque no es así no más como se habla de los espíritus.
La leyenda
Al otro lado de aquella montañita que ve Ud. allá a lo lejos existió, tiempos atrás de la llegada de los españoles, un príncipe muy rico y muy poderoso, pero muy feroz, y se llamaba Nizimán, cuyo nombre significa "El elegido del sol"
Tenía una hija llamada Zarudana, que estaba reputada como la princesa más bella de toda la Moracia, quien poseía el aire de las palmeras, corría por los riscos como las gacelas y su voz era como el murmurio nocturnal del Nimboyore (agua de la flor, culebra o pájaro).
Cuando los españoles desembarcaron en Puerto Jesús y bautizaron allí a millares de indios, el único príncipe que no se sometió fue Nizimán.
Cinco meses más tarde, cuando el bergantín había zarpado, Nizimán, confiado en su poder fue a atacar a los únicos veinticinco hombres blancos que habían quedado al frente del territorio de Nicoya. En la reyerta, cayó prisionero un joven español llamado José Antonio, cuya apostura y facciones electrizaron súbitamente a Zarudana, la cual quedó prendada del desventurado "gari", que así se llamaba a los prisioneros y significaba "el odiado", proponiéndose ella desde aquel momento, salvarlo en secreto.
Quince noches antes de aquella en que José Antonio debería ser quemado en la plaza de los sacrificios, Zarudana, acompañada únicamente de su intención, fue a la caverna donde se encontraba el preso. El vigía o centinela dio paso a la soberana, pero la siguió, y ella al aproximarse a la estancia, se detuvo. Estaba temblorosa, profundamente apasionada y contemplaba furtivamente al sentenciado. Sobre un rústico montón de hojas recién cortadas estaba José Antonio, sentado y cabizbajo, oprimiendo un viejo escapulario de la Pilarica que le diera su madre una tarde, cuando lo despidió en las lejanas playas de su patria.
De pronto Zarudana, lenta y recelosa, avanzó hasta él y los ojos de José Antonio se encontraron apasionadamente con los de aquella, quien besándole con sutil caricia los cabellos, le decía:
— Bello hombre blanco, el Dios Sol no quiere que tú mueras, porque eres como naobul florecido y te he oído hablar como suena la fuente, llámame tu esclava.
Súbitamente los ojos de Zarudana estallaron en rutilante (brillante) frenesí con mezcla de un extraño coraje, y antes de que otro ser pudiera escuchar la respuesta de su amado, giró sobre sus pies, ágil, furibunda y lívida. Con la rapidez de un rayo alzó un krizz azul de piedra y lo clavó con firmeza en el pecho del guardián, quien se desplomó con un ruido que se perdió en el silencio de aquella caverna, a cuyos muros húmedos confiaba Zarudana desde ese momento, el más profundo secreto de su trágica pasión.
Zarudana desprendió luego una bolsa que llevaba sujeta a su cinturón de plumas de tucán y entregó a prisa una pobre Indumentaria y una sustancia betuminosa a José Antonio, con todo lo cual debía disfrazarse para la fuga. Un cuarto de hora más tarde, los dos jóvenes corrían hacia la cumbre del Nayudel y sus siluetas se escurrían velozmente bajo los boscajes. Era media noche y ahora habían llegado a la cima donde, aquella y otras muchas noches, se encontraban para cantar su idilio bajo la hermosa luz de la luna y frente a la inmensidad del mar que abría su romance azul ante los ojos.
Mientras tanto pasaban las noches sin que el fiero Nizimán supiese nada de la burla terrible de la enamorada Zarudana, motivo que habría sido suficiente para mandar que le arrancasen el corazón, ofreciéndolo regocijadamente al Sol, en la horrorosa pira del patíbulo de aquellos remotos tiempos. La princesa sabía esquivar la mirada exploradora de su padre y al caer la tarde se dirigía al Nayudel.
Desde aquella poética prominencia, Zarudana había señalado con su brazo aterciopelado las lejanas palmeras de la comarca del Seguinore, donde su madre vivía aborrecida desde hacía muchos años por Nizimán, en las profundas galeras de una prisión, y cierta noche concertó con José Antonio el plan de ir a emanciparla de la tortura con sus hombres y regresar al risueño valle del Veda, donde sus bodas serían brillantemente celebradas, bajo los auspicios del Príncipe de Nicoa, en aquel tiempo emparentado con su madre y de quien esperaba apoyo y especial afecto.
Sólo la atormentaba el "paduché" que era el Primer Ministro de Nizimán, pero ella mostraba a José Antonio su krizz azulino y juraba también clavarlo, si fuera necesario, en el corazón tenebroso del más astuto de los lugartenientes de su padre. Tarde en la noche, Zarudana descendía como las gacelas, deslizándose entre los bambúes mecidos dulcemente por la brisa, y llegaba al valle llena de esas ilusiones que seguramente sólo saben experimentar las mujeres que llevan en sus venas sangre indígena, que es la sangre del amor.
Pero, ¡ay! aquel bellísimo idilio terminó al correr de catorce noches, pues fue descubierto por el "paduché" y, por consiguiente, trasmitido a su padre, quien al saberlo rugió como lo hacen los leones y así, sanguinario, rugiente y brutalmente enfurecido, tomó su arco y lanzó una flecha contra su propio escudo de armas, lo que significaba venganza aún contra su propia hija, la que sería sacrificada si el fugitivo no aparecía en los dominios.
Sus hordas fieles y salvajes fueron lanzadas por los cuatro puntos cardinales en busca
del desventurado José Antonio, al cual deberían capturar vivo. Esto no fue difícil, y a la mañana siguiente Zarudana vio ingresar a su amado en la estancia de su padre. Lo contemplaba aparentemente serena y ahora sólo pensaba cómo salvarlo de nuevo y vengarse del Ministro delator; pero éste que era muy avisado y precavido, burló todas sus tramas y Nizimán, en venganza de la hija inconfesa y desgraciada, en la primera luna, justamente una tarde en que el mar estaba más enfurecido, mandó a arrojar a José Antonio en una débil piragua con las manos atadas hacia atrás.
Y todavía, como una terrible burla compensativa para su hija, le ordenó a esta que escalara el Nayudel para que presenciara la horrorosa escena. Así fue; desde la cumbre de aquella colina donde en las noches anteriores había encendido su amor bajo la voz seductora de su querido "gari", la desventurada Zarudana vio cómo en una cabriola fatal e inolvidable, la piragua se hundió en los abismos del mar con el tesoro de su corazón.
Pasaron varios días, hasta que un brujo aseguró a Zarudana que él había previamente sumergido la cuerda del suplicio de José Antonio en una sustancia especial, que la desintegraría al contacto con el agua del mar y que, por lo tanto, debía haberse libertado de ella y ganado las costas de Chira. Y asida a esta última esperanza, Zarudana subía todas las noches a la cima del Nayudel, y ansiosa, entristecida y desesperada, desde aquel lugar llamaba a su amor, ante el mar, bajo la luna, clavando sus bellísimos ojos sobre las olas.
Pero aquella obstinación terminó pronto, porque a los pocos meses la enamorada Zarudana murió de pesar, y desde entonces, — me dijo Ñor Silva bajando la voz— y esto es lo más peligroso que se cumple cuando se cuenta; de febrero a marzo de cada año, los ojos de Zarudana asoman allá sobre el Nayudel, "las olas se paran" y dicen que llora y llama lúgubremente al hombre blanco, dueño de su corazón, que sepultó el mar aquella tarde".
No habrían transcurrido quizá ni 30 minutos después de aquella narración, cuando despejadas las brumas de occidente, aparecieron sobre el horizonte del Nayudel, algo así como dos luces fulgidas, soberanamente bellas.
— Ya ve— me dijo con no poco recelo el maestro Silva, señalando las lejanas lomas Las Delicias, y casi sin detenerse:
— ¿Oye Ud. unos lamentos?
Efectivamente, las gavias inmóviles recogían rumores lejanos y en las aguas se quebraban los destellos que suelen apreciarse cuando se navega de noche en aquellos parajes. Pero era la votiva luz de los ojos de Zarudana, que caía sobre el mar como dos larguísimas lágrimas de oro semi-temblantes, que rodaban sobre la callada inmensidad del Golfo.
Ilustraciones: Jorge Castillo Rojas. Tomada de: Ministerio de Salud. (1977). Salud para todos, N. 6., pp. 56-59. San José, Costa Rica: Asociación Demográfica Costarricense.
Fuente:
Lizano-Hernández, V. (1941). Leyendas de Costa Rica, 1 ed., pp. 9-14. Serie escolar Costa Rica Nº 3. San José, Costa Rica: Editorial Soley y Valverde.





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