La leyenda de los monos "Congo" de Nicoyán

Ilustración: Lewis. (1966). [Ilustración de La Leyenda de los monos "Congo" de Nicoyán]. En R. A. Rodríguez-Gutiérrez, Cuentos y leyendas costarricenses (2.ª ed., p. 64). Imprenta Tormo.


La leyenda de los Congos de Nicoyán


Resumen

Hace muchos años, durante una guerra entre los Chorotegas gobernados por Nicoyán (o Xocoyán), y los Huetares gobernados por Taque, resultó prisionera la hija del segundo, Nairaní, quien estaba destinada a ser sacrificada al Jaguar (el dios de la guerra), sin embargo, Taxacuy (hijo de Nicuaxi, el chamán Chorotega) se enamoró de ella y le ayudó a escapar asistido por doce flecheros.

Por esto Taxacuy y sus cómplices fueron capturados y condenados a ser sacrificados en su lugar. Nicoyán, amigo de Nicuaxi, no deseaba esto y tenía el poder para aceptar o rechazar la decisión del Consejo de ancianos (compuesto por sacerdotes), pero como tenían mucha influencia temía que al rechazarla podría ocasionar una guerra civil.

A la fiesta del sacrificio asistieron varios amigos de Nicoyán, pero también sus caciques tributarios, lo que lo puso nervioso porque algunos podrían ponerse de parte de Nacaome, el sacerdote mayor, quien pretendía aprovecharse de la situación para hacerse con el trono.

Durante el juicio, cuando Nicoyán iba a dar la palabra final, Morote, su jefe de gobierno, pronunció un discurso en defensa de Taxacuy, el cual no terminó de convencer ni al pueblo ni al Consejo que, enardecidos por Nacaome, reclamaban la sangre de los traidores.

Cuando Nicoyán estaba a punto de apresar a Nacaome, inesperadamente apareció Nicuaxi y, ayudado por el Espíritu de la Selva, convirtió a Taxacuy y a sus flecheros en monos congos.

Tal sacrilegio generó un escándalo y, para calmar la situación, uno de los arqueros de la guardia de custodia disparó una flecha envenenada a Nicuaxi; Nicoyán y los presentes comenzaron a reír descontroladamente, pero al rato los ánimos se calmaron y tres días después, en su lecho de muerte, Nicuaxi le confesó a Nicoyán que, tarde o temprano, aquellos hombres recuperarían su forma humana.

La historia aclara que, por eso, para cada luna llena los monos congos aúllan estruendosamente, como recordándole a La Deidad de la Selva su promesa todavía incumplida.



Historia completa


Información de contexto

Varios siglos atrás contemplaron, espantados, una cruenta guerra de exterminio entre las tribus aborígenes del altiplano costarricense y sus vecinos de la baja llanura del procurrente nicoyano. Güetares y chorotegas eran enemigos irreconciliables todavía para la llegada de los españoles.

Era una guerra de guerrillas en la que las incursiones de uno y otro bando en el campo del enemigo eran frecuentes. Su principal finalidad parecía ser la adquisición de víctimas jóvenes y de adolescentes de ambos sexos para inmolar a sus diferentes dioses tutelares o deidades, pero especialmente al Sol.

A consecuencia de esta situación belicosa, pocos años antes de fallecer Xocoyán y ascender al cacicazgo su hijo Nambí, aconteció en Beda (o Vetka), capital del señorío chorotega, un extraño caso que estuvo a punto de provocar entre los nativos una fulminante guerra civil. La versión que me sé fue recogida por mí hace unos treinta años en Pueblo Viejo de Nicoya. Como era un viejo recado de antiguas edades ya desaparecidas, lo escribí y aquí está. Ustedes dirán si valía la pena recoger este decir caminero de nuestra patria.

Xocoyán, dueño y señor de un gran territorio: jefe supremo estilo feudal, con

numerosos caciques que le rendían tributo y obediencia, no era feliz. Por esos días, sostenía consigo una dura batalla interior. Uno de sus jóvenes guerreros, un valiente tapaligui, hijo del suquia de la tribu, había caído en desgracia por culpa de los encantos de una bella princesa indígena, la segunda hija de Taque, gran jefe y audaz guerrero de la raza huetar, enemigo avecindado al otro lado del Golfo de Nicoya, entre las sinuosidades montañosas de las márgenes del río Barranca, que descarga sus aguas en la bahía de Puntarenas.


El martirio de Nicoyán

Con el corazón destrozado por la pena, el chorotega veía acercarse más y más la hora aciaga en que tendría que comparecer ante su pueblo en el juicio de muerte de su más querido hombre de confianza, confeso de traición y sacrilegio ante los dioses tutelares. Locamente enamorado, había dejado escapar de su prisión y colaborado en la fuga de Nairaní, la bella hija de Taque, la cual estaba destinada por los sacerdotes a ser sacrificada al terrible Jaguar, dios de la guerra, sobre las tres piedras triangulares donde estaba su adoratorio, junto a la explanada del pueblo.

Muchas veces había llegado a su palenque, erigido de caña de bambú y junco, y que destacaba sobre el follaje verde de la campiña, su buen amigo Nicuaxi, el suquia de la tribu y padre de Taxacuy. Encorvado por el dolor, aquel octogenario cargado de méritos no había cesado un instante de pedirle humildemente un castigo menos drástico contra su hijo, sin poderlo complacer.

Juntos habían llorado su pena en su teyopa o caseta de oración, suplicando misericordia a los dioses. Invocaban un milagro, algo imprevisto que viniera a salvar la vida del guerrero y los doce flecheros que le habían ayudado en la faena sacrílega. Muchos soles se habían puesto en el horizonte y muchas lunas perdido de vista, pero dentro del incendio de cada alborada no venía el milagro implorado. En el abismo del espacio celeste parecía que los dioses del destino habían decretado su muerte, y la congoja y la pena moral lo estaban matando.

En la serenidad de su silencio imperturbable, era visible el enojo del dios de la guerra, el terrible Jaguar. Meditando sobre esos hechos tan graves casi no podía dormir sus noches. Tenía mucho poder, pero un mando débil que no le permitía salvar a aquel mocetón de veinticinco años de edad, quien tantas y tantas pruebas de valor y fiereza le había dado en la guerra que los chorotegas sostenían contra los huetares allende el Golfo, y contra las raquíticas fuerzas de los nahuas del cacicazgo de Bagacis, allende el Sapansí, hoy río Tempisque.

En su rodela de cuero de danta casi no cabían las mareas de la lista de vidas ofrendadas de famosos e intrépidos guerreros enemigos caídos bajo su brazo de hierro. Las mil voces de la selva le eran familiares. Cavilando, varias veces había hilado estratégicas fugas de Taxacuy, pero horrorizado las desechaba, temeroso de que un nuevo delito contra la majestad de los dioses atrajera sobre la brava raza chorotega su maldición eterna.

Cuando la madrugada empezaba a extender sus brazos sutiles por el boscaje y la pradera como una deidad sin rumbo, los logros agoreros iniciaban sus cantos fúnebres y aciagos en los mitotes de cada esquina de la salida del pueblo. Invocaban el perdón y la gracia de los dioses, y esto lo ponía de mal talante. A sus sesenta y tantos solilunares (años) vividos, él ya conocía esos preparativos. Casos similares los había visto llevar a cabo desde su niñez.


De los preparativos para la ceremonia del sacrificio

La característica y típica chacarrachaca (carretilla de varas con mesa y forro de hojas de plátano sin ruedas, pues los indios no conocían la rueda) cargada de arena del río, halada por cuatro tamemes (peones rudos) robustos hasta el teopilitl (o plazuela de los suplicios), no cesaba de pasar cada media hora. Su challulla o niñera, solía despertarlo en su infancia para mostrársela y conversarle de esas cosas.

Suponía que Morote, como quien dice, su jefe de gobierno, encargado mayor de las cosas principales del reino en los deberes de su cargo, habría mandado correo informando e invitando a los caciques de Chira, Paro, Chomis, Avancari; a Gotani de Cañas: a los de Cangen, Curime, Sabandí, Diriá, Namiapi, y, sobre todo, hasta la Churuteca (Caldera y Herradura), donde estaba asentado su amigo Cauquení, para que vinieran a Beda.

Posiblemente todos ya venían de camino con sus gentes y su tantito de fiebre de violencia en las venas, estimulados por el espíritu pagano de su religión. Nadie se quería perder el acto glorificador a la deidad de la guerra, el terrible Jaguar, que esta vez tenía una víctima de la más alta calidad en la persona de un tapaligui exaltado y rebelde, que había traicionado audazmente la fe de sus mayores y se había envilecido por una pasión de amor incontrolable.

¡Cuánta sabiduría había aprendido en el libro del tiempo desde entonces...! Posiblemente, ahora los orfebres de la cultura artística de su tribu, y porque así convenía a los ritos de la gran ceremonia pagana, estarían puliendo sus joyas de ostentación: finas de río, entre las que sobresalían los dientes de felinos y lagartos; su chaguaba o pendiente de oro de uso en la nariz sería retocado; a su penacho se le agregarían nuevas plumas coloridas y deslumbradoras; el múrice que debía teñir de púrpura su mandil y demás prendas de su vestuario ya había sido traído de los peñascos de la costa, donde se consigue el caracol de esa tinta.

El ídolo de barro fino que semejaba el terrible jaguar, dios de la guerra de los nativos, estaba siendo tallado nuevamente por los artífices alfareros en una nueva pose, evocando del tigre la fiereza y su destreza en sus enormes zarpas de felino; sus fuertes colmillos y sus ojos torvos, penetrantes, como rasgando la neblina de la noche cual luceros del averno. Su presencia y altanería desdeñosa, que contrastaba con su paso suave y presto en los peligros, tal como querían los sacerdotes que lo viera el pueblo.


De la ceremonia y del proceso judicial

Le parecía estar viendo aquello como una cinta: varias horas antes de ser presentada la víctima para el escarnio público, habría gran Consejo en medio de la plaza, debajo de una enramada de palmas de coco. La pipa de la sabiduría con su larga caña de bambú sería fumada durante varias horas en absoluto silencio por once grandes sacerdotes de la tribu.

Luego el Tlachtl o juego de la pelota en una esquina de la plaza, tomado de sus vecinos nahuas sojuzgados de Bagacis, como diversión pública para entretener al pueblo. Concluido este juego, cada cuál en su sitio, el encantador de serpientes llevaría la pipa a la tarima donde la esperaba el cacique, el cual la fumaría unos minutos y la tornaría al Consejo. Enseguida no más, se pararía frente a su pueblo, dando la orden de presentación del preso y sus otros compañeros de infortunio. Se volvería a hablar de su culpabilidad y el mejor y más anciano del grupo de sacerdotes tomaría la palabra pidiendo al cacique la muerte del culpable.

Las palabras y la iracundia del orador enardecerían al pueblo y de todas partes se oirían voces. ¡Paupula...! ¡Paupula...!, dirían las gentes coléricas. ¡Maldito...! ¡Maldito...! El cacique esperaría un rato hasta no escuchar en los árboles más frondosos el sonido de los caracoles atemperando o silenciando el vocerío de las gentes. Habría un silencio. Él levantaría su voz aceptando o desechando la decisión de los sacerdotes del Consejo que presentaban los motivos. Pero para un caso como el presente, que tendría peligrosas implicaciones y consecuencias, ello podría costarle la pérdida del trono y hasta la vida.

En condiciones normales, pronunciada la sentencia, habría un receso para que el pueblo y los demás dignatarios y funcionarios pasaran a comer y beber la chicha en las jícaras sagradas, con lo que tácitamente todo mundo quedaría libre de impurezas. El encantador de serpientes silbaría llamando a un grupo de juglares a su servicio, los que entre salto y salto harían malabares para entretener al público. Al concluir, prenderían fuego frente a la pirámide de los sacrificios y, después de varios saltos sobre la hoguera, sus ayudantes le colocarían la máscara ritual de la guerra, quitándole el penacho. El gentío, poco a poco, habiendo terminado su colación y tomado algunas jícaras de chicha, retornaría a la plaza.

Las damas del cacique que no quisieran estar presentes en los actos subsiguientes podrían abandonar su puesto en la tarima. El encantador de serpientes, revestido con su ropaje ritual, atravesaría la plaza hasta donde estuviera la caja de las culebras; abriría y sacaría la más venenosa, apartándola en otra caja que sería transportada hasta la cima del túmulo de la muerte, a un lado del lecho de piedra destinado para los sacrificios.

Acto seguido, vendría la danza de los guerreros, que duraría media hora. Esta tendría como fondo musical sus propias voces y gritos onomatopéyicos tomados de los animales de rapiña mejor conocidos de la región, con sus juegos de lanza y simulacros de pelea.

Al retirarse los guerreros, irrumpiría en media plaza un grupo de jóvenes de ambos sexos, cantando y bailando la danza de la muerte, la danza macabra, casi desnudos y pintarrajeados los varones, luciendo horribles máscaras. Las muchachas lucirían solo el mandil, los senos al viento, la cabeza coronada por sencillos penachos de flores y ramas, y entonarían tristes baladas. Una orquesta o fanfarria musical de tamboriles, ocarinas, maracas, pitos y flautas sería el adorno musical de fondo.

Acto seguido vendría el sacrificio. Sostienen algunos escritores que es en la tradición donde mejor trabajan los recuerdos en la ancianidad; y al cacique, arrecostado en su hamaca de bejucos, con los ojos entornados, le parecía ver a Taxacuy acostado sobre la piedra de los sacrificios. Allí estaría el suquia o encantador de serpientes, luciendo su doble tiara, serio, emblemático, dispuesto con su cascabel, buscando el brazo izquierdo del tapaligui donde hincara la serpiente su colmillo venenoso.

Las chiraquinas, es decir, las mujeres encargadas de repartir los alimentos y la chicha, mujeres al fin, harían gestos de horror desde sus enramadas al verlo retorcerse de dolor y se escucharía un ¡Oh... Oh... Oh...! general, coreándolas.

Deteniendo ese estupor de la muchedumbre, se oiría en ese instante la sordina de los caracoleros subidos en dos árboles cercanos. Muerto Taxacuy, incapaz de toda rebeldía, sería entregado por cuatro tamemes a los embalsamadores que lo prepararían para su viaje al fondo del monte. Embalado con resma de caraña y envuelto en grandes hojas de platanillo y una manta, sería entregado el cuerpo a sus familiares sin ningún miramiento. Se trataba de un gran guerrero, pero, maldecido y desechado por su tribu, no se le rendirían honores.

Vería a su viejo amigo Nicuaxi, apartado enteramente de todo acto anterior, aparecer de repente y solicitar el cadáver de su hijo. Con él atado a una vara y la cooperación de sus amigos, lo conduciría sollozante al fondo del monte. Su mujer y otras almas piadosas le irían cantando baladas tristes. Escogido el sitio, ahí colgado al aire entre dos horquetas de árbol, permanecería un tiempo largo hasta que la carne se desintegrara.


Inquietud

Horrorizado, juntó sus manos y se las pasó por la frente. Se le salieron algunas lágrimas y tornó a la realidad. Aquella visión macabra lo asustó bastante. Trató de dormir, pero aquella pesadilla no lo dejaba en paz. Sin querer tornaba a la visión de aquellas horribles cosas. Se sentía enfermo. De pronto volvió a ver al encantador de culebras sobre el túmulo funerario, cubiertas sus manos de sangre y con ellas extendidas en lo alto, invocando el favor del dios de la guerra, pediría que derramara su bendición húmeda sobre los plantíos de maíz, cacao y demás frutales. Pediría que continuara dando fortaleza e intrepidez a sus guerreros. Se sintió con la frente empapada de sudor.

Abandonó su hamaca y salió al campo a olvidar sus preocupaciones. Su figura, todavía ágil a pesar de los muchos años acumulados, se perdió entre los matorrales no lejos de su choza hasta que la rosada claridad del alba no empezó a colorear las cumbreras de los árboles y palenques diseminados del vecindario autóctono.


Del comienzo de la ceremonia

Han pasado tres días. Beda, hoy Pueblo Viejo de Nicoya, capital del señorío chorotega, es un hervidero de gente. No se sabe de dónde sale tanta. Son aproximadamente las cinco de la mañana. Tarde de la noche anterior quedaron terminados los tabancos y palcos para los invitados de honor según su categoría.

El pueblo comenta a media voz los sucesos ocurridos y aguarda inquieto y temeroso los que están por desarrollarse. Aunque nadie se atreve a decirlo públicamente, se acentúa el rumor de que algo va a pasar si Nicoyán pretende salvar la vida de Taxacuy contra lo dispuesto por los sacerdotes. La gente está nerviosa y algunos se preguntan inquietos, tratando de adivinar cuál será el vencedor de la intriga, por quienes están de parte del cacique y quienes de parte de los sacerdotes.

El día está cálido y la aurora pinturera ha puesto sus más bellos colores en el fleco de las nubes. Pero nadie hace caso a eso. Hay grandes preocupaciones y se temen sucesos desagradables que puedan dar motivo a una violenta guerra civil. Por primera vez en la historia chorotega se enfrentan, tras muchos años de paz y tranquilidad interna, el estado civil y la iglesia; es una guerra fría que nadie sabe quién habrá de ganar.

La gente se va apiñando en la plazuela y sus alrededores, indecisa y temerosa. Con el canto del alcaraván, que es como el reloj del pueblo, dando la primera hora, se inicia el desfile. Atrás de los veinticinco flecheros de su guardia personal camina el cacique. A su vera, el hijo mayor que habrá de heredar el reino y sus varias mujeres. El séquito real es numeroso y camina en medio de la calle, entre las dos filas de flecheros y tapaliguis bien fornidos que llevan sus lanzas y rodelas en actitud combativa, como si en defensa del rey se fueran a ver sorprendidos en cualquier momento.

Siguen los once sacerdotes seguidos de sus fieles y de la poca guardia personal que se les permite, sus amigos y familiares. Detrás van trescientos hombres armados: flecheros, lanceros, honderos, cargueros y trepadores de árbol. La siguiente comitiva es la de los grandes jefes y pequeños caciques tributarios de Nicoyán, cada uno con su propio equipo de hombres y de armas. Cerrando la comitiva va el populacho y a continuación la gente de servicio cargada de grandes bateas de comida y las vasijas de chicha al hombro.

Los presos habían sido trasladados con la debida anticipación por la guardia personal de los sacerdotes. Allí, en medio de la plaza, amarrados con bejucos, estaban atados al sol. También estaban ahí esperando por el cacique los ocarineros, tamboreros, maraqueros y los caracoleros subidos en los árboles, los cuales se encargaron con su música de anunciar la llegada del cacique.



Un extraño presagio

De pronto hubo un murmullo de voces y de gritos espantosos y todo mundo buscó un sitio adecuado para protegerse. Algo inesperado se había presentado en la plaza que abría un paréntesis de alarma en el programa: había sido descubierta una manada de monos cariblancos pintarrajeados de rojo vivo, que había invadido las tiendas y enramadas de palma de coco donde se guardaban los alimentos, robando audazmente las frutas recolectadas para los festivales religiosos al dios de la guerra y botando gran parte de las jarras de chicha.

Nicoyán no cabía de gozo. Desafortunadamente, los sacerdotes, interpretando el acontecimiento a su manera y en beneficio de su causa, presto se hicieron cargo de la situación y uno de ellos se dirigió al pueblo pidiendo calma y explicando que aquellos monos con su presencia estaban en cumplimiento de un mandato divino. Con sus rostros llenos de tinta roja, recogida del fruto de la pitaya, era fácil colegir que eran los dioses los que los habían mandado, celosos de que los Chorotegas no fueran a cumplir con su deber.

— Hasta la selva — decían — pedía la sangre del maldito y sus compañeros de herejía. Ante tal argumento y sin que nadie lo rebatiera, enardecido, el pueblo comenzó a gritar iracundo: ¡Paupula...! ¡Paupula...! ¡Paupula...! Es decir: ¡Maldito, maldito, maldito...! y a mirar hacia el palco despreciativamente.


Intrigas

Nicoyán comprendió inmediatamente que había perdido la partida; resignadamente se levantó de su asiento y delante de su pueblo se puso el hermoso collar de piedras finas y de colmillos de lagarto y felinos, con lo cual quería dar a entender que tácitamente estaba aceptando su derrota. Luego con su vara dio comienzo al programa.

Los sacerdotes y sus amigos se sentían satisfechos. Aunque la situación seguía tensa y todavía se podían esperar muchas cosas, lo cierto es que el cacique lucía apabullado ante el pueblo, aunque fuera en una actitud convencional y del momento. Otra cosa también les resultaba inexplicable y era la ausencia de Morote, pues para un caso así era imprescindible su presencia y ellos no sabían que estuviera enfermo.

Morote era la mano derecha del cacique, dado su palabra fácil y su habilidad para dirigir todo el movimiento de opinión, aunque siempre leal al cacique. Y a ellos les intrigaba su ausencia. ¿Qué se estaría preparando en las trastiendas del monarca en su contra...?

Aumentaba su desasosiego la llegada de Tempate y la inesperada del viejo guerrero Cauquení, antiguos compañeros de armas del cacique en sus años mozos que, aunque alejados de los embates de la guerra, permanecían fieles a su amigo. Les llamaba la atención también la continua llegada de otros altos jefes que, avecindados entre la baja serranía al sureste del Sapansí, por la costa, atestiguaban que las cosas se les estaban poniendo turbias.

Nacaome, el sacerdote mayor que dirigía los hilos de la trama teocrática y que aspiraba en su interior al trono, sentía por momentos que el terreno se le estaba falseando. Por lo pronto, así pensaba, el programa se estaba cumpliendo al pie de la letra y eso era lo más importante. La glorificación del dios de la guerra y el castigo al infame y sus secuaces vendría por consecuencia directa o se caía del trono Nicoyán.


El juicio de Taxacuy

Las horas iban pasando y nada sucedía, aunque la tempestad estaba ahí, latente, pronta a desatarse. De acuerdo con la tradición ortodoxa, el más anciano de los sacerdotes llegó ante la tarima del cacique y ante la mayor expectación de los presentes pidió la pena de muerte para Taxacuy. Su arenga, hecha con voz vibrante llena de sutilezas y doctas disquisiciones, enardeció los ánimos. De todos los rincones del solar nativo se oyó una voz: ¡Paupula! ¡Paupula...! ¡Maldito... Maldito...!

Un rato después, los caracoleros abrían un silencio de minutos. El instante era crucial. Todo mundo volvió la mirada hacia el palco. Nicoyán aparecía terriblemente pálido. Frente a la pirámide de tierra de tres metros de alto estaban las víctimas amarradas, cada una en una vara de dos metros de alto enterrada en el suelo. Su posición era incómoda y el sol del medio día les daba en la cara. De cuando en vez, la chiraquina les llevaba una jícara de agua, que los presos bebían ávidamente.

Pálido y desencajado, el cacique quiso levantarse de su duro asiento y no pudo. Quiso dialogar con su pueblo y tampoco pudo modular una palabra. La sentencia de muerte no salió de sus labios.

Aquello era espectacular. Nacaome y sus sacerdotes se pusieron alerta y a la defensiva con su numeroso grupo de amigos. El rayo estaba por caer y los indicios eran de relámpagos y truenos. Una congoja general sacudía con ímpetu de tragedia la columna vertebral de aquella comunidad aborigen.


La intervención de Morote

Pero de la nube negra del destino no salió la fatídica descarga, y en ese instante crucial Morote, que ya había llegado y estaba al lado de su amo como viejo zorro del gobierno, se levantó imponiendo silencio al murmullo y comenzó a hablarle al pueblo. Su voz fluida y fuerte se impuso llamando a la cordura.

Luego inició la defensa. Hizo la historia de aquel muchacho que, descontrolado por una pasión de amor, se había saltado la ley sin meditar en las graves consecuencias que su acto acarrearía. Enseguida lo ensalzó fijando la atención de la indiada en sus grandes hechos de armas. Galopando sobre la muerte, aquel intrépido tapaligui que se había batido en muchas batallas con su arco y con su lanza, saliendo ileso, porque el dios de la guerra le perdonaba la vida siempre, no debía morir así, condenado en forma vil por quienes mucho habían recibido de él.

— Recobremos el don de perdonar — decía — y cambiémosle el castigo por otro menos drástico. Juntémonos por encima de nuestras pasiones que viven de lo actual y se abanican de nuestro orgullo. Que la sombra de estos mártires, por nuestra culpa, no nos apabulle mañana como lenguas de fuego sobre nuestros espíritus, sobre nuestras conciencias. El dios de la guerra, nuestro terrible Jaguar, sabrá bien interpretar nuestra decisión de hoy y nos perdonará nuestra sinceridad y nuestra lealtad a quien, como Taxacuy, estremeció la llanura con su arrojo, su desprendimiento de la vida y su fiereza en el combate.

— Estamos frente al porvenir y las mentes agoreras no nos dicen qué es lo que nos espera. Los grandes jefes no se improvisan; ellos dan alas a la voluntad y el coraje en las batallas. Por los héroes poseemos la tierra que nos vio nacer y la mesa abundante que nos da hartura, y el ambiente respirable que nos hace placentera la vida. ¡Perdonémoslo!

Calló el orador y la multitud indecisa dijo: ¡Oh... Oh… Oh...!, en la alternativa apremiante de tener que tomar una resolución, aunque le urgiera tomar partido. El sol de la tarde, cayendo sobre los cerros que bordeaban el valle, parecía alargarse por instantes al paso de las nubes y todavía aquel pueblo estaba indeciso.


La intervención de Nicuaxi

Nacaome llamó a consejo y nuevamente se volvió a fumar la pipa. Los caracoleros hicieron silencio y al final se levantó uno de los sacerdotes, pidiendo con voz fuerte y respetuosa la sentencia de muerte al cacique, lo que provocó un enorme revuelo.

Llenos de prejuicios e imbuidos por su sectarismo que veían en peligro de muerte, aquellos ancianos sin ninguna evolución espiritual, quizá inacorde con su época, llenos de pedantería, tornaban a pedir la muerte de Taxacuy, ahondando el cisma que había entre la iglesia y el estado.

Nicoyán palideció de cólera. Sentía que le habían tirado un trapo rojo a la cara y, hombre de arrestos para la pelea en campo abierto, ya iba a dar la orden de apresar al sacerdote tumbando el orden teocrático, cuando algo insólito vino a oponerse a su mandato de manera inesperada. Algo inaudito que lo dejó perplejo en su asiento. Su amigo querido, el suquia de la tribu, había aparecido inopinadamente subido en la pirámide de los sacrificios, luciendo la doble tiara, serio, emblemático, dispuesto con su cascabel, ocupando el lugar del sukia de turno en aquel acto.

Por breves segundos se preguntó entonces: ¿se había vuelto loco Nicuaxi...? Nada tenía que hacer allí. Sacerdotes, gente de armas, altos dignatarios, la corte, el pueblo entero estaban asombrados. Nadie creía lo que veía.

En aquel instante, y como en cadena, no hubo persona que no pensara que la presencia de Nicuaxi allí no se debiera a una nueva maniobra de los sacerdotes. Quizá el golpe más rudo que se le podría asestar al cacique. Y solo una mente diabólica podría haberlo ideado con tanta maestría: Nacaome, el sacerdote mayor del culto al dios de la guerra. Y todos se volvían para verle. El padre mismo de Taxacuy iba a consumar en su hijo el castigo de muerte fijado a los herejes.


La metamorfosis

Pero aún falta un tantito más. Quienes estaban atentos a los hechos, por poco se desmayan del susto cuando Nicuaxi, extendiendo el brazo sobre los prisioneros y sobre su hijo, acostado sobre la mole de los sacrificios, haciendo unos ademanes raros y de desconocido simbolismo, ante la muchedumbre perpleja y amedrentada, los convirtió en monos.

¡Sacrilegio, sacrilegio...! ¡Paupula, paupula...! ¡Maldito!, coreaba el pueblo a sus clérigos. Uno de los arqueros de la guardia de custodia, al ver la barahúnda que se había armado, viendo correr espantado a todo el mundo, disparó una de sus flechas envenenadas contra Nicuaxi, que bajaba del túmulo de los sacrificios y no pudo evitar ser herido.

En el palco, al ver al cacique muerto de risa, gozando de la burla recibida por los sacerdotes, todos reían. Luego la risa fue invadiendo los otros grupos y a más y más gente de los contornos; por contagio, al poco rato, no había persona que no estuviera riendo.

Tácitamente, con el sorpresivo desenlace del último acto, inesperado, cómico y dramático, cada cual fue tomando el camino de su choza. Los sacerdotes cabizbajos, pero serenados los ánimos, se quedaron un rato más en la plaza, comentando entre sí aquellos desafortunados sucesos y dando gracias al cielo, hincada la rodilla, por haber evitado de aquella manera tan espectacular y rara una posible matanza entre los mismos chorotegas.

Tres días después viéndose en trance de muerte, Nicuaxi hizo llegar al cacique a su lecho de enfermo. El cacique ya no vivía para sorpresas y así, parado frente al moribundo, escuchó su confidencia. Supo que el suquia había logrado salvar a su hijo mediante la gracia que le había concedido el Espíritu de la Selva, por la cual, convirtiéndolo en mono aullador, lo salvó de la muerte.

Turbado, el cacique escuchó aquella dolorosa confesión y luego le preguntó: — ¿Cuándo volverán a sus anteriores formas humanas...?

— Eso es lo triste –contestó el suquia en sus últimos instantes. El Espíritu de la Selva no me lo dijo, pero tengo promesa de que algún día les levantará el encanto.


***


Esta es la leyenda de los monos congo. Esta historia ha venido relatándose durante varios siglos, de generación en generación, en la Península de Nicoya. Posiblemente los congos volverán un día a sus antiguas formas humanas. Ellos lo saben y es por eso que para cada luna llena aúllan estruendosamente, como recordándole a la deidad de la selva su promesa todavía incumplida.


Fuente:

Zeledón-Cartín, E (comp). (2003). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia, pp. 48-62, 1 ed., 3a reimpr. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.

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