La sirena que nació en Puntarenas




La sirena que nació en Puntarenas

Para don Roberto Fernández Zúñiga, Gerente de la Republic Tobacco Co. como un homenaje de simpatía.


Resumen

Una hija desobediente se bañó en un estero un Viernes Santo, Dios la maldijo haciendo que la secuestrara una diosa Chorotega, la cual reemplazó sus piernas por una cola de delfín, dando origen a la primera sirena, la cual vuelve a tierra un Viernes Santo cada 100 años.

En las notas puse un resumen de otras versiones, las cuales expanden el lore.


Información de contexto

Ha concluido la primera parte del rezo que por el descanso eterno del finado se ha ofrecido en casa de la viuda, celebrando el novenario. A continuación, viene una colación de café y chocolate con tortitas de yuca rellenas de queso y repostería para todos los asistentes.

Doña Damiana enciende su cigarrillo, lo golpea con gozo inefable saturándose de humo y ceremoniosamente como si estuviera en una tribuna política, se vuelve al grupo de personas que atrás de ella espera y come y les dice:

— Hace unos días leí en una revista que están volviendo a salir las Sirenas en el Golfo de Nicoya (1). Eso no me extraña nada. Cada cien años, un viernes Santo, suelen estas criaturas salir del fondo de los mares donde viven y se dejan ver.

Una chiquilla, que forma parte del auditorio le interrumpe. — ¿Doña Minita, de verdad existen las Sirenas?

La setentona toma una actitud complaciente y le contesta: — Sí existen. La primera Sirena nació en este puerto. Fue una hija desobediente que se tornó en pez en el estero de Puntarenas.

Yo que inadvertidamente le escucho mientras daba el pésame a la viuda en el aposento contiguo al del rosario, no puedo resistir la tentación de oír su historia y segundos después paso a engrosar con mi presencia el auditorio de la rezadora, mientras una chiquilla de la casa hace la repartición de cigarrillos a quienes fuman.

Ña Minita toma un paquete de "Liberty" y lo guarda con disimulo en su vieja bolsa de carpeta que ni por un segundo deja de mantener en su brazo izquierdo. Bota la colilla del que tenía en la boca y continúa:


La leyenda

— Allá por el 1750 o 60, que para el caso es lo mismo, en que esta querida y bonita lengüita de arena no era lo hermosa que es hoy, y en cambio era una modesta aldeita de pescadores y gente de mar, tuvo ocasión el siguiente sucedido que si no me interrumpen paso ahora mismo a contarles: Pues señores, por aquella fecha aproximadamente vivía al lado del estero una buena señora, muy apreciada del pueblo, que tenía una hija de lo más malcriada y desobediente.

Según mi abuelito, que Dios lo tenga en la gloria, de nada valía a la muchacha ser una buena moza y un poco corronga, si estos portes que el Señor le dio, solo le servían para hacer sufrir a su pobre madre, con la vida de pecado que llevaba.

La pobre señora sufría en silencio, pero un día se fue con ella de la mano a ver al Cura para ponerle las quejas, y la muchacha se le devolvió del zaguán empedrado de la casa rica donde se hospedaba el levita cada vez que venía de Esparta, para los oficios religiosos.

Esto hizo que las relaciones de la hija y la madre no fueran muy cordiales, pero, aun así, el tiempo iba pasando y si bien las cosas no se arreglaban, tampoco se empeoraban. La moza tenía el diablo metido en el corazón. Por el placer de hacer el daño, enamoraba a los hombres y luego los ponía a batirse por ella.

Solo la fe religiosa mantenía viva a la madre, y pidiendo entre tanto, que Dios se apiadara de su suerte, haciendo el milagro de que su hija cambiara de ser o le diera por casarse, ya que sus veinte años bien cumplidos eran por extraña rareza en los hombres mozos de su época, un hechizo de ilusión convertido en mujer.

Pero nada. El sol moría una tarde y volvía a nacer al siguiente día y nada, hasta que vino a suceder lo que tenía que suceder, que el cielo le mandaría un castigo. ¡Y qué castigo, Dios mío!

¡Ni quisiera contar el resto!

Como por aquella época no había iglesia en este puerto, cuando el sacerdote no venía, la gente cristiana tenía que ir a Esparta para oír la misa. Y en cuanto a las Semana santas, era una rareza que pudieran realizarse en Puntarenas. Un viejito de apellido Lezcano, cuyo nombre no recuerdo, instaló un oratorio público contiguo a su casa. Con el correr de los años las angustias religiosas del medio lo convirtieron en una especie de ayuda de parroquia y la gente solía ir allí a implorar el favor Divino.

Y como es de suponer, a doña Chayito siempre se le encontraba rezando en aquel oratorio. Y vino una Semana santa y la pobre señora se entregó con mayor ahínco a su devoción llevando flores y cuanto era posible al altar que se improvisó para velar el Santo Cristo en la humilde ermita.

Pero de poco valió todo aquel esfuerzo y religiosidad porque ya el cielo tenía dispuesto otra cosa, pues ocurre que esa mañana antes de irse para la ermita, dejó encargada a su hija que hiciera el almuerzo y, sobre todo, que, respetando el día santo, no fuera a bañarse al mar como solía hacerlo en otros días.

Sin embargo, decirle a Evangelina que no hiciera una cosa era para que más pronto lo hiciera. Era el espíritu de la contradicción. Y ese día fatal, después de los más elementales oficios, dejando casi listo el arroz con mariscos, se fue a la playa y se metió al mar. Dejó entre el zacate y el verdolagar su ropa menor… eso fue todo lo que encontraron cuando la sufrida madre fue con otras vecinas a buscarla a la playa, al pasar las horas y la mala muchacha no regresaba a su casa. (2)

Llorando amargamente por todo el cinturón de playa que rodea Puntarenas fue recorriéndola doña Chayito y nada. Los vecinos la consolaban diciéndole que tuviera resignación, pensando quizá que Evangelina había perecido ahogada y que en la baja marea aparecería, el cuerpo.

"¡Yo no me puedo conformar así!"

Y continuaba la madre llamando a Evangelina sin que nadie le contestara. Los palos de papaturro y los de icacos, como los cocotales y las matas de higuerilla escucharon sus quejas y lamentos. Y el mar y esas olas que jamás han temido perder su propia voz, nada tenían que decir a la angustiada madre por temor a no decir nada.


Así pasaron las horas y aquellas buenas gentes estaban consternadas sin saber qué hacer con aquella pobre mujer acongojada llamando a su hija, sumida en la esperanza de recobrarla. Pero he aquí que ante el asombro general de los que se habían quedado a su lado, entre los pliegues huracanados del viento, se escuchó una voz que parecía venir del mar que entre sollozos llamaba a la madre.

"¡Madre, Madre...! Soy yo... Evangelina." — Decía aquella voz espantando el silencio y haciendo más lúgubre el momento —¡Soy tu Evangelina... ¿No me oyes…?

"¡Si te oigo hija querida... ¡Mi hijita consentida…!" ­— Loca de dolor gritaba la madre.

"Pero no te veo, ¿dónde estás...?" ­­— Y con la misma avanzó unos pasos metiéndose entre las olas con la indudable intención de ver a su hija.

Tres personas que estaban a su vera la hacen retroceder, a pesar de estar asombradas ante aquel cúmulo de sucesos incomprensibles y sobrenaturales. Y como la señora

insiste en tirarse al mar, de pronto, ante el estupor y el pánico de aquellas gentes, se yergue, en fantástica visión ultraterrena, pero breve y fulminante, la figura bella y hermosa de Evangelina.

Casi nadie resistió el impacto, y sin detenerse a ningún razonamiento, aquella buena gente salió huyendo espantada de aquel sitio. La pobre madre al verse sola pretende volver al mar, pero la hija torna a dejarse ver a unos veinte metros, a fin de atajarla, y llena de dolor exclama:

"¡No madre, no entréis! iNo vengáis por mí, ¡que ya nunca podré salir del mar!"

Pregunta acongojada la viejita el motivo, y la joven le muestra entonces la cola de pez que le ha nacido en la parte inferior del cuerpo. Mientras las espumas le salpican el rostro, Evangelina le explica a doña Rosario, que cuando se metió al agua un cardumen de caballitos de mar la montaron a la fuerza sobre una Aurelia (medusa) marina y la condujeron ante Chichinpacatl (3) la deidad de "las aguas que rugen" de los Chorotegas, que vive en el fondo del Golfo de Nicoya, donde dos peces espada le cortaron las piernas y en su lugar un horrible pulpo le puso la cola de un Bufeo (delfín rosado) que peleando con una feroz tintorera (tiburón) había muerto unas horas antes.

Loca de dolor al convencerse de que había perdido para siempre a su hija, aquella pobre señora sale huyendo del sitio fatal hasta el caserío, donde es auxiliada por los vecinos.

Pero los mozos más valientes al regresar de sus trabajos, no quieren creer aquel infundio y vienen a la playa a comprobarlo, y allí todavía pudieron ver por última vez a Evangelina, llorando sentada sobre un arrecife, mientras el chiflón cada vez más sombrío y fuerte estremece con violencia los cocoteros y almendros, como signo precursor de enorme tempestad que se avecinaba.

Muchos años han pasado de aquel entonces y la tradición, como hormiguita carguera de nuestros campos, recogió la leyenda nativa y la ha venido pasando de una a otra generación hasta nosotros. Ahora yo la paso a ustedes, porque es parte también de esta historia, que Evangelina volverá a dejarse ver en esta playa al cumplirse otro centenario de su infortunado suceso.


Fin de relato

Calla la anciana su relato. Todos nos hemos quedado silenciosos; la niña que reparte los cigarrillos suspira temerosa, lo que da motivo a la rezadora para recordar que aún falta una parte del rosario. Se da vuelta un instante para pedir silencio a su auditorio, y conforme al apagarse el murmullo de voces, con voz semi gangosa silabea:

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… ¡Amén! — Todo mundo se pone de rodillas fervoroso y sigue el resto de la oración. (Rodríguez, p. 187)



Notas:


1. Pueden leer la leyenda en el anexo #1


2. En la historia original, Evangelina desapareció mientras recogía leña con su madre, pueden leerla en el siguiente enlace:

Parte 1: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201957/n-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.45%20oct%20-nov%201957_Parte1.pdf#.ZC425HbMI2w (p. 4)


Parte 2: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201957/q-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.45%20oct%20-nov%201957_Parte4.pdf#.ZC48SHbMI2w (p. 42)


3. No he podido encontrar más información sobre esta deidad, la más parecida es Chalchigüegüe: (náhuatl "Chalchihuitlicue: “la del faldellín de jade”), diosa de las aguas terrestres y marítimas, un atributo de la reina madre Teteu. Decían que era hermana de los dioses de la lluvia que llamaban Tlaloques." (Cuasrán) ¿Quizás es su versión Chorotega'


4. En otra versión, esta Sirena (o tritón) era un hombre llamado Nicolás, quien fue maldecido por un sacerdote por bañarse en la playa, como hacia todos los días, un Viernes Santo. Después de eso se la pasaba dando vueltas alrededor de la isla en la que vivía y alquilaba una canoa para ir a los velorios y matrimonios a contar sus vivencias en el mar. Dejó de hacer esto después de la boda de su hermana menor y se dice que no volverá más hasta la consumación de los siglos. (Zeledón, 2012, p. 198). Pueden leerla en el siguiente enlace: https://www.reddit.com/r/Ticos/comments/u3yol0/a_continuaci%C3%B3n_un_par_de_leyendas_costarricenses/?sort=old


Este personaje puede o no ser el mismo que el Peje Nicolás (conocido como Cola Pesce en Italia, de donde se origina). Se cuenta que este monstruo vive en la naciente del río Virilla, y que cuando el diablo se lo ordena, baja hasta el Golfo de Nicoya, se convierte en un bufeo gigante y hace zozobrar los cayucos, luego de lo cual se transforma en olomina y vuelve rio arriba a esperar nuevas órdenes. (Zeledón, 1989, p. 140) El nombre pudo ser inspirado por la leyenda italiana, sin embargo, entre los talamanqueños se encuentra una creencia similar, el Dinama o Tigre de río, un espíritu con forma de felino que se dice causa las cabezas de agua que ahogan a la gente, y que viene del inframundo por el mar caribe; los huetares tienen su versión de este espíritu en forma de mono.


5. Por su parte, el folklore Huetar dice que después de ser transformada, Evangelina se fue a vivir a la Piedra del morado (donde tradicionalmente conseguían caracoles para extraer este tinte), y a veces la gente la veía cantar allí.

Es muy sabia, así que la gente la consultaba y por las noches le dejaba cartas solicitándole canciones, y algunas personas hacían contratos con ella para obtener tinta e hilos de colores, pero esclaviza a quienes queden atrapados en su morada, y no los dejará salir hasta el fin del mundo, pero por encanto estas personas no envejecen ni mueren. (Quesada, p. 259)



Fuentes:

- cuasrán.blogspot.com. (12 de enero de 2010). Mitología Chorotega. En: http://cuasran.blogspot.com/2010/01/mitologia-chorotega.html

- Quesada-Pacheco, M. (1996). Los huetares: historia, lengua, etnografía y tradición oral. Editorial Tecnológica de Costa Rica.

- Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, 1 ed. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana.

- Zeledón-Cartín, E.

(1989). Leyendas costarricenses. Heredia, Costa Rica: EUNA.

(2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.



¿Están volviendo a salir las sirenas en el golfo de Nicoya?

Respetuoso homenaje a don Amadeo Quirós Blanco

El viejo pescador entró a la cantina y sin saludar a ninguno de sus conocidos se dirigió directamente al mostrador. Todos nos quedamos mirándole, porque don Cupertino Parrales no era hombre de secretos ni de enigmas, y en cuanto a silencio desconocía su sabiduría.

Don Cupertino era un viejo lobo de mar que el destino dejó varado en Puntarenas, ¡como lo pudo dejar en cualquier playa remota, en cualquier país del… mundo…!

Así pues, a todos tenía que extrañarnos su conducta, aparte de que su corriente palidez aceitunada se había tornado casi cadavérica, haciendo más visible su Intensa emoción El cantinero lo observó unos segundos antes de servirle el trago de aguardiente, diciéndose a sí mismo: "¡Qué tiburón habrá asustado a este pez espada…!"

Después de varias libaciones seguidas y como mascullando una imprecación se volvió a nuestro grupo, que era el que le quedaba más cerca, y al sentarse a nuestro lado vociferó:

— ¡Canastos estoy que no me recupero del susto! Vengo llegando del mar y todavía no me explico como Chico Pargo y yo hemos podido llegar con bien al puerto. —

Ante una señal mía el salonero trajo otra copa y don Cupertino quedó así debidamente incluido y aceptado en el grupo, continuando su interrumpida conversación:

— Pues verán muchachos lo que nos sucedió hace unas horas en el Golfo. Resulta que terminada la última redada en la bocana del río y de tomarnos un poco de café del termo, veníamos con rumbo a Puntarenas a entregar la pesca al contratista, cuando vamos viendo a unos centenares de metros una lancha al garete. Con los binóculos observamos que estaba vacía, sin gente, y nos quedamos extrañados.

Chico Pargo apuntó: "¿Por qué no vamos patrón a indagar lo que pasó? …"

Como yo también estaba pensando en lo mismo, varié el rumbo y nos acercamos al bote. El tiempo era bueno; la brisa mantenía completamente desplegadas las velas de mi embarcación y en pocos minutos estuvimos a su lado abordándolo. Registramos, y no encontrando ningún indicio de sus dueños, resolví remolcarlo, para lo cual ordené a Chico Pargo que lo amarrara a la popa, y continuamos la marcha.

Poco habíamos andado cuando el tiempo varió; una ráfaga de viento frío encrespó el mar y enormes olas comenzaron a batirnos; una lluvia no muy fuerte pero insistente nos cerraba el horizonte. La lancha que remolcábamos se desprendió de la tira y se alejó de nosotros, que ocupados en asegurar las cosas nada podíamos hacer en aquellos momentos para retenerla.

¡Y aquí viene lo bueno compañeros!: Todo se obscurece, la lluvia se torna en aguacero y entre los pliegues de un relámpago y otro, Chico Pargo y yo pudimos ver a unos doscientos metros, que en el bote al garete había una persona sentada en el asiento de popa.

Chico Pargo no es creyente. Ustedes saben que por nada y nada está maldiciendo, y sin embargo lo vi santiguándose. Y yo, yo me hinqué y persigné muchas veces, y eché al mar más de una oración a la Virgencita del Carmen para que nos salváramos de aquel fantasma. —

Como todos los parroquianos de la cantina "El Arpón de Plata", conocíamos a "don Cuper" por sus exageradas mentiras, soltamos la carcajada. Pero él no se amilanó por eso. Aquel curtido marinero de la "Gaviota", esta vez no parecía estar bromeando. Se sirvió otro trago y continuó:

— Ustedes pueden reír hasta reventar, pero aquí viene lo peor; aquella lancha parecía estar embrujada. Tuvimos la sensación de algo siniestro, parecía que un imán nos halaba a su lado, y así, sin poderlo evitar, hubo momentos en que estuvimos a menos de cincuenta metros de ella. Pero, ¿saben ustedes a que se debía aquella singular atracción?

Pues cáiganse de espaldas, ¡la persona que gobernaba el timón de aquella embarcación era nada menos que una sirena…! Una S-I-R-E-N-A-. Así silabeado con la punta de la lengua: ¡Una Sirena…! —

Todos pegamos un salto, y vasos y botellas cayeron por el suelo. Aquello era inaudito. Nunca ninguno de nosotros había escuchado de nadie tan fantástico relato. Y conseguido aquel efecto por don Cuper, continuó:

— ¡Figúrense ustedes nuestra sorpresa! Nadie ignora que las Sirenas hace más de un siglo que no aparecen por el Golfo de Nicoya, y al ver aquella, teníamos que pensar que era una alucinación de nuestra mente. Pero no. Ahí estaba ella como una hermosa fantasía de un mundo irreal, alegre y sonriente. Les juro que nunca mis ojos vieron una mujer más linda. Y eso se los digo yo, que he navegado por todos los sitios del planeta y cruzado los siete mares del globo.

Ante aquel cromo me olvidé de todo. Estaba embelesado sobre la borda de mi lancha, cuando de pronto me acuerdo de que a veces las Sirenas suelen enamorarse de los marinos, y aunque yo ya no soy muy Joven que digamos, opté por ocultarme. En cambio, Chico Pargo casi se tira al mar en pos de equella preciosidad.

Por suerte la Sirena se dio cuenta de todo y, desprendiéndose del bote, se tiró al mar, desapareciendo de nuestra vista y dejándonos pasmados de sorpresa y espanto. Felizmente la tempestad amainó y ya sin ningún recelo continuamos la marcha. ¡Por algo les digo que las Sirenas están volviendo a aparecer por el Golfo de Nicoya! —

Calló de hablar aquel hombre. Un poco fatigado y atontado por el licor ingerido, se levantó de su silla y dando tumbos fue a quedar acostado encima de una banqueta desvencijada. Los demás nos quedamos en silencio. Alguien vio la hora, y como era muy tarde, todos fuimos abandonando la cantina, rumbo a nuestros hogares.

Grave y silencioso por aquellas calles solitarias, yo no hacía otra cosa que pensar en el cuento de aquel viejo marrullero y mentiroso. Sus últimas palabras se repetían insistentemente en mi cerebro: "Por algo les digo que las Sirenas están volviendo a aparecer en el Golfo de Nicoya"…

Puntarenas, 6 de Agosto de 1957.



Fuente:

Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, 1 ed., p. 27. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201957/k-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20no.44%20ago%20-set%201957_Parte2.pdf#.ZCeaK3bMI2w (p. 14)

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