El suicidio de Zongua

Cuentos frescos


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El suicidio de Zongua

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El país empezaba á recibir la civilización europea, Zongua, la bellísima heredera del trono de Térraba, que acababa de recibir las riendas del cacicazgo, por muerte de su padre, supo aterrada la noticia de que el país iba cediendo ante el arrojo de los conquistadores. 

Sus correos iban y venían de las sierras de Cabagra, trayendo siempre noticias alarmantes. Las que se recibían de Boruca, la afectaban algo más, pues los nobles de Tíshibi, proyectaban casar á su alteza con el hijo del gran Urraca, señor de Boruca. 

Zongua, [la aveja], era una beldad en su reino. La finura de su cobrizo rostro, su boca proporcionada y sus cabellos largos, undosos y negros eran atractivos irresistibles. 

Pero su brillo, digamos así, eran sus ojos.

Raros son entre los térrabas y borucas los ojos mal conformados. Los hay que hermosearían el rostro más aristocrático, en Boruca especialmente. Y los ojos de Zongua eran admirados por sus mismas cortesanas.

Una de las noticias más alarmantes para la joven soberana, fue la aficción de los hispanos al brillante metal, que los indios estimaban sólo como adorno.

Ella tenía en sus arcas un capital fabuloso en adornos y objetos preciosos. 

Collares de astillas de oro, brazaletes riquísimos, zarcillos que pesaban onzas, tazas y espejos de oro bruñido, en fin una fortuna. 

Con admiración de los cortesanos, Zongua fue sacando sus riquezas y colocándolas en pequeñas javas. de la misma forma de las que usan los indios para llevar sus efectos á lugares lejanos. 

Cuando supo la joven reina, que una expedición española se acercaba por el sur, mientras algunos misioneros se dirigían desde San Fernando á Tíshibi, la bella india hizo trasportar sus riquezas á orillas del Río Grande, donde es hoy el Paso Real, camino á Chiriquí. 

Luego marchó ella en una litera de cedro guarnecida de oro. 

En la márgen izquierda del Río, á pocos metros del camino armó una tienda de tejidos del país. 

Allí se hacía el mismo servicio que en palacio. 

Dos días después Un correo presentó á la alteza una tabla cubierta de jeroglíficos. Era una carta de Boruca. Kunk, el valeroso heredero de Urraca se había encontrado muerto en la primera batalla con los blancos.

Zongua reunió á sus cortesanos, les reveló el contenido de la tabla, y á coro con ellos entonó el canto de Ce-bu-dí, dios del agua y de la muerte, especie de salmo fúnebre. Celebróse un banquete sagrado, en que se consumieron cincuenta palomas moradas ó gongolonas y gran cantidad de pejivalles; todo por el alma de Kunk, el llorado prometido de Zonga. 

Los correos, espías mejor dicho, continuaron viajando á Térraba y Boruca. 

Un día el más ligero de los mercurios, llega jadeante al campamento. 

Da cuenta de su recado, y muere pues lleva en el costado una herida, casi invisible. 

Los súkias lo examinan y no pueden conocer con qué arma se ha producido; era un balazo. 

Los cortesanos ignoran las nuevas que trajo el desgraciado correo. 

Zonga sabe que su reino está perdido. Los españoles han entrado á Térraba, abandonada por su reina; los súkias (brujos) le habían asegurado, que toda resistencia era inútil. 

— Ni á mí, ni mis riquezas, decía la bella pagana, mientras arrojaba de su propia mano las javas repletas de riquezas al próximo remanso. 

Tras la última lava, ella también se arrojó de un salto, y desapareció entre las arremolinadas aguas. 

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Algunos dichosos indios suelen oír en aquel remanso el canto fúnebre de Cebudí, para ellos ininteligible, por estar en la lengua sagrada, pero sale de una voz fresca y argentina, tal vez espíritu de Zongua. 


"FRAY JUAN"* 


*[seudónimo del presbítero Juan Garita Guillén]



Fuente: Fray Juan. (1909, 16 de noviembre). El suicidio de Zonga. La Prensa Libre, p. 3. El suicidio de Zonga


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