EL POLVO DE CORAZON DE CUYEO
EL POLVO DE CORAZON DE CUYEO
Una añoranza de FEDERICO MORA C.
El pueblo de Escazú es, de todos los pueblos cercanos a la capital, el que ha tenido más grandes tradiciones.
¿Quién de los que ya peinan canas o aquellos que aún no las peinan, no han escuchado hablar del famoso dulce producido por Escazú, excelente para las aguas-dulces de la mesa? ¿Quién no conoce las tradicionales leyendas de las brujas de Escazú? ¿Quién en sus mocedades no estuvo sentado al borde de las pailas, mirando las miles y miles de vueltas circulares que daban los mansos y pacientes bueyes formando las yuntas para impulsar las masas trituradoras de los trapiches? ¿Quién no tomó el jugoso caldo de la rica caña escazuceña; su guarapo, las cachazas; comiendo los deliciosos plátanos maduros que, cuando la miel de las pailas entraba en punto de batirle, eran lanzados al centro del hervor, y que nos eran obsequiadas por los paileros agregando más tarde como regalo de despedida unas libras de sobado?
Una de las cosas típicas del Escazú de antaño, eran sus brujas, que sin ser aladas eran tas misteriosas, sabias como visitadas constantemente, no solo por personas ingénuas del pueblo, sino por aristócratas capitalinas mucho más ingénuas, quienes aceptaban de lleno todos los presagios y adivinazas de aquellas vivas mujeres que las dejaban sorprendidas y completamente convencidas, después de sacarles desde un colón hasta algunas decenas de ellos.
Aquellas brujas vendían un polvo milagroso, más activo que el elixir de amor de la ó[…]vo extraído del corazón de los cuyeos, los cuales eran [cazados en] los cafetales, a las doce de la noche, cuando aquellas avecillas dormían tranquilamente en el suelo.
Según las tradiciones, este pajarraco, el cuyeo, ave de las sombras teñía el secreto de que dentro de su cuerpo se encarnaba Cupido; y según las brujas, tenía las propiedades necesarias para enamorar una hembra a un varón y viceversa. Las mujeres eran las más creídas en los resultados de los polvos mágicos de corazón de cuyeo.
Veamos ahora, cómo preparaban aquellas brujas el polvo de corazón de cuyeo. Primeramente, como queda dicho antes, el ave era cazada al primer campanazo de las doce de la noche; luego era transportado por la propia bruja a su misteriosa casa. Aquel animalillo era metido dentro de una jaula, colocada en un rincón oscuro, y luego cobijada con un trapo negro con unos huesos de muerto prendidos en todos sus lados.
Durante veinticuatro horas era el cuyeo objeto de ciertas ceremonias oficiadas por la misma bruja; haciendo visajes con las manos: oraciones recitadas, sepa el mismo diablo en qué idioma; cánticos sin ninguna melodía pero plenos de disonancias que, en forma gutural salían de la garganta de la bruja, y quien podía escuchar aquello no solo se le erizaba el pelo cuando no arrancaba a juir despavorido. Al día siguiente, según las tradiciones, tan pronto el reloj daba el primer campanazo de la media noche, ya el cuyeo estaba condenado a muerte; y era sacado ceremoniosamente de su jaula y luego, en forma cruel le era extraído el corazón, empleando como bisturí, una vértebra de una culebra cascabela.
Luego, la bruja con el corazón aún palpitante de la pobre ave; volvía a repetir sus cánticos y oraciones y, terminadas estas estúpidas ceremonias, ya tenía un lebrillo de barro sobre los tinamastes del fogón; y aquel pedazo de carne era tostado completamente. Luego era retirado del recipiente, y nuevos cánticos y oraciones oficiaba la bruja, al colocarlo sobre unas hojas de guineo macho soasadas.
Para convertir en polvo finísimo el corazón de cuyeo, se ejecutaba esta operación con nuevas ceremonias. Convertido en ese estado, la bruja empleaba tres o quinientos por ciento de tierra del nido de una culebra toboba chinga, y luego se le coloreaba con polvo de ladrillo.
El maravilloso específico para enamorar ya estaba listo para venderlo a precios altísimos, según el penitente.
Las brujas tenían el cuidado de instruir a sus parroquianos, a aquellas inocentes víctimas de las creencias, la forma de aplicar aquel polvo mágico. Sus sistemas de aplicación eran variados.
Soplándolo sobre el presunto novio; vertiéndolo con maña dentro de una taza de café o de chocolate o en un vaso de un refresco, cuando el bobozo estaba distraído acariciando a la hembra o haciéndole telégrafo con los pies de la dulcinea.
La hembra debía hacerse la sueca cuando su novio daba muestras de los síntomas de inquietud tropical. Pero… ¡guay! de la hembra que anticipaba las instrucciones de la bruja, los efectos mágicos del polvo de corazón de cuyeo estaban del todo perdidos, y los proyectos matrimoniales se hundían con el casamiento detrás del altar. El engaño de las brujas llegaba al colmo. Lo más notable del polvo de cuyeo era esa propiedad para ejercer el amor clandestino sin ningún peligro de una engordada dispareja, ni la creación de un ser vípedo.
Los consultantes salían perfectamente enterados y convencidos de las propiedades mágicas de los polvos de corazón de cuyeo; aunque fuese sin un centavo en el bolsillo, ni para apagar la sed de la caminata desde Escazú hasta la capital, con un vaso de chicha, de chinchibí, o con un refresco.
Aquellas ingénuas muchachas sirvientas se entusiasmaban con los
efectos de aquel polvo mágico, y constantemente se los propinaban a sus jaloncillos, los que se ponían muy listos y muy amorosos, ofreciendo a la ingénua dulcinea un rosario de promesas para llevarlas ante el altar, pero… exigiéndoles antes una pruebita.
En aquella época en que el polvo de cuyeo tenía gran demanda, el Presidente Yglesias, persona muy moral y deseando moralizar la capital, ordenó una noche de tantas a la policía, hacer una redada completa de las aves grises que vivían en las colonias de la Puebla y del bajo de Cuesta de los Moras. A la mañana siguiente fueron llevadas a marchas forzadas hasta Puntarenas, y luego embarcadas en el vapor nacional el Poás con rumbo a Golfo Dulce, sin más ropa que la que llevaban encima en el momento de su detención, y sin más casa para alojarlas en aquella lejana región, que unos ranchos de paja semejantes a los usados por los indios.
Aquella medida moralizadora puso alarmados a todos los hombres de las diferentes clases sociales, y especialmente a los muchachos hijos de las familias de la aristocracia. Se decidieron a enamorar a las sirvientas que tenían en sus casas, y éstas, absolutamente creídas y confiadas en los efectos milagrosos de los polvos de cuyeos, accedieron a los requiebros de los niños bien.
Bien pronto podían observarse en las calles de la Capital, muchachas sirvientas de todas edades, mostrando avergonzadas la realidad de su reproducción, y alarmadísimas con la ineficacia de los polvos mágicos de corazón de cuyeo.
Ante la realidad de los hechos, aquello fué objeto de comentarios en los púlpitos, en las casas de los niños bien, y los padres y futuros abuelos, se dieron cuenta que sus hijos padecían de sonambulismo típico. Unas madres, las más violentas e indignadas despedían violentamente a sus sirvientas, armando alborotos a los autores de aquellas gorduras de las sirvientas.
Pero todo tiene remedio en este mundo de liviandades. Las madres más filósofas, hasta cierto punto se hicieron de la vista gorda, aún después de poner en confesión a sus servidoras, informándose de la fecha de los nacimientos de sus nietos espúreos. Mientras tanto, los futuros abuelos, hombres más consecuentes, reían a mandíbula batiente con las protestas ficticias de sus esposas, pero recordando muy bien sus deslices de su juventud.
Según los censos estadísticos de la población capitalina, hubo un aumento notable y maravilloso; y los empleados de la Estadística, gente muy curiosa y propensa a los efectos de la inquietud tropical, sin conformarse con las declaraciones de las nuevas madres, averiguaban cual era el autor de aquellos resbalonazos, circulando de inmediato todos los datos del autor del resbalón.
En aquella época hubo nutrida presentación de divorcios; niños bien que negaban rotundamente sangre de su sangre; y otros más consecuentes daban a la dulcinea una peseta o un cuatro para comprar la leche diaria del nene que llevaba su misma sangre, alegando que padecían de sonambulismo crónico.
Fuente: Mora, F. (18 de diciembre de 1956). El polvo de corazón de cuyeo. La Prensa Libre, 8. EL POLVO DE CORAZÓN DE CUYEO
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