Brujería
Ilustración: Anónimo. (1966). [Ilustración para "Una vez en Cañas las Cicracas desaparecieron la ternerada de una finca"]. En R. A. Rodríguez Gutiérrez, Cuentos y leyendas costarricenses (2a ed., p. 116). Tormo.
Brujería
Mientras se hierven las jeringas, el médico, que es un buen amigo mío y en cuya prescripción entra la postura de una serie de inyecciones, parado junto a mí, me va haciendo relato de un viejo y extraño suceso acontecido hace bastantes años, en el cual anduvo metido para solucionar un problema profesional delicado.
Su historia es la siguiente: Allá por el año 1922, llegaron a conocimiento del Ministerio de Salubridad noticias de que entre los indios guatusos al norte del país se había desarrollado una peste de colerín tan agudo que los estaba diezmando inmisericordemente, y que requerían la presencia de un médico en la región. Yo estaba recién llegado de Europa, y de acuerdo con mi contrato con el estado, que había suscrito antes de partir al entregárseme la beca, tenía que servir un año a éste donde se me enviara, y así, con otro colega muy preparado, dos enfermeros y dos gendarmes, tuve que partir para aquellas remotidades en cumplimiento de una orden del señor ministro.
A mi llegada nos recibió y atendió el agente de policía y el maestro de escuela, que era quien había informado de lo que estaba ocurriendo entre aquellas pobres gentes.
Con ayuda de dos hombres del lugar, en un claro cercano al rancherío, pusimos las tres tiendas de campaña que nos había suministrado el Gobierno, y dimos comienzo a nuestra humanitaria tarea. Cerca de veinticinco días duramos recorriendo aquella extensa zona de llanuras inmensas de pastos y de bosques regados por muchos ríos navegables, buscando núcleos dispersos de los aborígenes.
Agotado, mi colega se devolvió al verme tan entusiasmado en conocer todo aquel poema de verdura y de pobreza, donde aún hay riqueza inexplotada que está pidiendo a gritos la mano protectora del estado para dar a Costa Rica todo el beneficio de su suelo tan feraz. No puedo precisar a estas horas la cantidad de gente que atendí con verdadero fervor cívico y espíritu científico, pero fue mucha, pensaba que de no haber mediado aquella infortunada circunstancia de la epidemia disentérica, esas humildes gentes jamás hubieran visto un médico en esos lugares. Su extrema pobreza y la desidia de los gobiernos para atender esos parajes de la patria, fueron el impulso que me obligaron a proceder así, ganándome su cariño y su simpatía. Para ellos era algo así como uno de sus brujos, era un Saka o amigo protector de la tribu.
Fui el único hombre blanco que ellos permitían alternar en sus fiestas y demás acontecimientos sociales o religiosos, al que se le permitía no embriagarse tomando su chicha de plátano verde asado y maíz masticado, y menos su "machaca", hecha también de plátanos maduros y desleídos en agua fría, cuyo fermento es a los pocos dias de un valor alcohólico que los vuelve locos. También me libré en sus palenques de tomar su asqueroso brebaje matutino que suelen tomar como desayuno, el "cajú" hecho de cacao masticado por sus mujeres hasta convertirlo en una pasta, que luego vierten en huacales con agua caliente. Ellos me permitían el derecho de "ser como yo era", y esa familiaridad yo se las agradecía mucho, sirviendo con el mayor desinterés y cariño en el desempeño de la misión que el Gobierno me había encomendado.
Todo este exordio es para explicarte el motivo por el cual conozco los detalles de esta historia, que no parece historia sino un cuento de misterio.
Pues bien, fue por ese tiempo, pero ya estando yo de regreso en San José, con mi consultorio abierto al servicio del público, cuando tuve la oportunidad de atender un extraño caso que me dejó completamente perplejo por las complejidades que presentaba. Se trataba de un hombre blanco que venía de la región guatusa, cuya dolencia era difícil de diagnosticar.
Al verme confuso el compañero que traía, me fue explicando que el enfermo era un año antes un hombre grueso, robusto, lleno de vida y dinámica, y que debido a su mal era ahora eso: un hombre débil, flaco, de cuya contextura corriente había rebajado por lo menos cuarenta libras. Su mal tenía otra característica: necesitaba comer bastante y tomar mucha agua para sentirse cómodo en las horas de la noche. Felizmente era un hombre de medios económicos suficientes y podía subvenir bien sus gastos, pero lo extraño de su caso era que entre más comía y bebía agua, más iba rebajando en su peso y reduciendo su estatura.
Por no ser de mi especialidad, diferí el caso a otro médico conocido mío, al que por teléfono di mis impresiones clínicas, y allí hubiera terminado la historia de no haberse presentado ante mí otro caso exactamente igual, como a los dos meses, remitido por mi amigo el maestro de escuela en Guatuso, con recomendación muy especial de que se lo atendiera muy bien por tratarse de un pariente suyo. Este caso no estaba tan avanzado como el anterior, pero su palidez cerúlea y la córnea tan amarilla me llamaron la atención. Su raquitismo extraordinario ya lo había visto en el otro enfermo y resolví atenderlo preferentemente. Busqué en el hospital a mi colega, y al indagar acerca de su paciente, me contestó que casi nada había avanzado en la curación, que había ordenado hacer unos exámenes del sujeto y que me tendría informado de los resultados.
Esa noche escribí a mi amigo el maestro Rojas de la escuela de Guatuso dándole cuenta de mis intervenciones, al mismo tiempo de que le pedía información sobre el individuo que me había enviado. Necesitaba esa información. Saber algo más. Conocer mejores detalles que los que me había brindado el propio enfermo.
A los ocho días vino su contestación, la que me dejó estupefacto. En su carta decía que si la ciencia no daba con el mal, habría que creer al vulgo que aseguraba que a aquellos hombres algún indio "augur" los había embrujado con sus remedios secretos. Al principio me reí, pero luego recordé que, en América del sur, en la Zona del Amazonas existe una raza indígena, la de los jibaros. que conocen el secreto de reducir las personas, y que, aunque no hay noticias de que nuestros aborígenes sepan hacerlo, me aterré al pensar que me encontraba ante el caso casi especifico de un fenómeno que, sin el mismo estrago, podrían hacer en menor proporción nuestros indios costarricenses, con sus enemigos.
No satisfecho con lo conocido hasta el momento, y en ua afán completamente científico resolví hacer mi equipaje y retornar otra vez a la región de los guatusos. Al tercer día saludaba a mi buen amigo Rojitas y a mis muchos amigos indios que agradecidos conmigo habían venido a la entrada de la aldea a recibirme, llenos de grata complacencia y un poco extrañados al verme nuevamente con ellos.
Me hospedé en casa de Rojitas, que gentilmente me cedió un pequeño departamento de su hogar para que me acomodara con todos mis utensilios químicos que adrede había llevado para llevar a cabo algunas experiencias en caso de que fuera necesario.
Al siguiente día me di a la tarea de recorrer algunos lugares cercanos y saludar a otros amigos indígenas que vivían dispersos en otros clanes, pero sin soltar prenda para no poner sobre aviso a los autóctonos, fingiendo que mi visita era sólo profesional y de descanso. Con habilidad hacía mis preguntas cada vez que tenía que atender un indio enfermo, pero esa gente era difícil. Cuando insinuaba a algo se hacían los desentendidos o callaban miedosos como si un terrible tabú les obligara guardar silencio.
Desesperado ante mi fracaso en la investigación, avisé al maestro de escuela de mi determinación de regresar a la y en conversación privada la víspera de mi partida Rojitas me hizo la siguiente observación: Su deducción es buena. Esa enfermedad es antigua en esta región y aparece de tarde en tarde, pero solo se ha observado que ataca a los blancos y rara vez a un indio. Por aquí corren muchas especies acerca de eso, pero sin ninguna comprobación. Yo no me he querido meter a investigar por concejo de mi mujer. Ella es india y me quiere mucho, y un día en que le hice la pregunta a quema ropa se puso pálida y secretamente me dijo que la hidropesía es un mal sagrado de la tribu. Con lo que dio por terminado el asunto.
Después de esa revelación resolví quedarme tres días más en el pueblo y así se lo hice saber a mi amigo Rojitas, y como ya se había difundido lo de mi viaje resolvimos que para no despertar sospechas se haría esa tarde el enfermo, y así se hizo. Esos tres días los ocuparía yo para indagar. Después de atender a la enfermedad de Rojitas salí a recorrer el río. Recogí algunas plantas y raíces y algunos frutos considerados venenosos en la región y me puse a investigarlos en mi laboratorio, pero la resolución de mi problema me lo vino a dar la Providencia, de manera casual.
En el momento en que cocía unas raíces se presentó ante mí un indio cincuentón que venía de la vertiente del Río Frío con un niño en brazos para que se lo atendiera, lo que hice inmediatamente, logrando quitarle el dolor de estómago. A continuación, pasé al cuarto de Rojitas y le vi levantado asomándose por una rendija, tratando de reconocer al indio. Yo guardé prudente silencio, pero cuando se fue el sujeto le pregunté si lo conocía y me contestó que sí. Ese hombre es nada menos que el Curero de la tribu y prácticamente quien los gobierna. Quizá le pueda servir, vivía aquí, pero ahora vive en las márgenes de Río Frío, a varias horas de este lugar. Es buena persona, y se fue para allá donde tiene algunos cultivos. Una hermana suya fue violada y vejada canallamente por unos huleros nicaragüenses.
No esperé más, salí en su persecución dándole alcance a más de un kilómetro cuando montaba en su bote dispuesto a surcar el río. Lo llamé por su nombre y me volvió a ver viniendo inmediatamente a mi vera.
Cuando lo tuve al lado nos sentamos sobre un hermoso tronco a conversar y allí a quemarropa le hice la pregunta fatal. Por unos segundos lo vi inmutarse y temblar de ira, pero al recordar el servicio que una hora atrás le había hecho al salvarle el nieto, cambió y un poco humanizado me contestó: Lamentablemente usted se ha metido con esto y dada la circunstancia que hay a su favor por los muchos servicios que ha hecho a mi gente, que ya lo tiene como a un Saka, su osadía no podría ser castigada.
También estamos al tanto de que usted anda buscando un remedio para curar la enfermedad que adelgaza, lo que tampoco se lo cobramos por más que dicha enfermedad es sagrada y no se puede curar, porque ella solo se obtiene enviada por Zeunac a quienes ultrajan nuestra gente prevalidos de su fuerza y su dinero que lo compra todo. Me gustaría que recogiera sus cosas y partiera a San José.
Después de aquella filípica me vine al rancho de Rojitas y le conté todo. El maestro se puso a temblar de miedo. Después se puso pensativo y poco comunicativo, temeroso de que la indiada pudiera ocasionarle un daño. A la hora de comer me preguntó si hablaba inglés y al contestarle afirmativamente se alegró porque él también lo hablaba y deseaba hacerme unas confidencias, pero en forma de que no se enterara nadie de lo que iba a decir. Esa gente era muy lista dentro de su humildad, y no hay nada que se le escape.
Efectivamente. Rojitas continuó hablando solo en inglés y me preguntó si yo había oído hablar de Zenta entre los nativos. En realidad, era la primera vez que oía esa palabra y así se lo dije. Zenta es una bebida hecha de raíces de árboles venenosos que luego suelen los guatusos dar a tomar en alguna forma a sus enemigos para causar en ellos trastornos gástricos perdurables. Nada de raro tiene que el brebaje usado con frecuencia en un mismo individuo cause también el raquitismo, y luego la muerte.
Mi satisfacción era inmensa. Sobre bases ya más firmes si se podría hacer por aquellos enfermos en la capital, y yo iba a intentar ganarle a los indios la batalla de esas vidas. Sin embargo, no hubo necesidad de ello, el indio Manuel Albano, el curero de la tribu, que tan disgustado se había ido conmigo y me había echado del pueblo se encargó de arreglarlo todo.
Al no seguir mejor el niño, había venido a buscarme y como casi se le estaba muriendo, me pidió de rodillas que fuera a su casa a salvárselo. Y como dicen que la oportunidad la pintan calva, de esa me agarré yo y le propuse que hiciéramos un cambio: la vida de su niño por la vida de aquellos dos hombres que en San José estaban condenados a la muerte.
Nunca he visto un hombre llorar tanto. Pero dentro de su aflicción y su inmenso amor por la criatura, lo vi salir como el ave fénix hermosamente humano, dispuesto al sacrificio, aceptando mi transacción. Llevé conmigo todo lo que pude y juntos tomamos el bote. Tres horas después llegamos. Apenas llegué le puse un poco de suero para vitalizarlo dedicándome con fervor a mi ministerio. Esa y la otra noche no dormimos, pero al cuarto día el niño estaba salvado y se sonreía graciosamente conmigo. Los padres y él no hallaban qué hacer para demostrarme su agradecimiento cuando hablé de mi regreso.
Por mi parte, prudentemente no mencioné nada de nuestro trato al viejo en aquel momento y tampoco en el bote cuando su sobrino nos traía de regreso. Yo esperaba que en el momento preciso él me entregaría el antídoto de su brujería. Al siguiente día dos peones me ayudaron a cargar las bestias, cuando Rojitas se me acercó para decirme que el indio Manuel Albano le había dicho a su mujer que me dijera que antes de quince días "aquellos hombres malos" serían salvados.
Llegué a San José bastante satisfecho. Todo había salido bien. Solo faltaba el cumplimiento de la promesa del curero para que mi misión estuviera cumplida a cabalidad. Efectivamente, a los quince días se presentó en mi oficina Manuel Albano a pedirme que citara esa "gentuza" para proceder a su curación con unos brebajes que había traído. Así lo hice. La escena que se presentó a mis ojos es difícil describirla. Primero llegó Albano y me solicitó que lo escondiera mientras llegaban los otros, los cuales fueron llegando acompañados de sus parientes, debido al estado de agotamiento a que habían llegado en su enfermedad.
Cuando los tuve frente a mí les hablé de que su curación se iba a efectuar por la misma manera en que habían contraído su mal, es decir, por medio de yerbas y raíces y por la misma mano que los tenía así. Un siseo entre los parientes y un signo de aprobación de todos.
En ese momento oigo la voz del indio que me decía de adentro que pasase primero y así lo hago tomándolo del brazo. Pero no hace más que entrar y con una energía insospechada da la vuelta y quiere huir, gritando como un loco y asustando al resto de personas. Entonces Manuel Albano le dice: No huya, que nadie lo va a meter a la cárcel. Con toda mi fuerza lo siento y le obligo a tomar su pócima. El otro enfermo está tan grave que casi no se da cuenta de que se le está salvando la vida. Le damos un tanto igual y enseguida nos trasladamos al automóvil. A los dos se les avisa que tienen que venir a mi consultorio al día siguiente a la misma hora.
Cuando se han retirado todos, el indio me dice que el más grave, era un cauchero. Allí hizo su capital, y que un día de tantos se apoderó de una sobrina suya, a la cual garnachó y robó una plata que la infeliz llevaba para adquirir unas mercancías. A un hermanito que la acompañaba lo arrojaron al río con el fin de que se ahogara, pero el niño salió nadando y nos llevó el cuento. Al tiempo supimos de la muchacha, que yacía tuberculosa en un hospital de Nicaragua. El caso del segundo era parecido. Solía violar las hijas de los indios que le ayudaban como mulas de carga en su negocio de explotación del caucho. Cuando los Guatusos reclamaban su felonía los azotaba y tiraba a los barrancos, inclusive para no pagarles su salario.
Un día Zeunac, nuestra deidad benefactora, nos dijo en un sueño que por qué no usábamos la Zenta contra esa canalla de huleros, añadiéndole a la bebida un poco más de la hierba jitar que crece en las márgenes de Río Frío y así se hizo. Cauchero que se portaba mal con nuestra gente, enseguida no más tenía que abandonar la región, víctima de un continuo desarreglo estomacal que le impedía trabajar. A los asesinos como esos, les echábamos más cargada la bebida en el licor, ignorando que las dosis fuertes con el alcohol se amalgamaban formando una reacción que con el tiempo originaba el raquitismo, una hidropesía aguda, y resolvimos no volver a emplearla.
Antiguamente nuestros cureros o brujos usaban otra yerba nefasta para sus enemigos que despertaba en ellos cierta inclinación por los animales hasta sentirse ellos mismos cualquiera de ellos, pero un día mi abuelo en un sueño recibió recado de Zeunac de no aprovechar más esa yerba, terminándose con la zoantropía de los enemigos de nuestra raza.
Como ve nuestro querido doctor, terminó el indio, por eso lloró aquel día que usted me propuso un trato tan desigual. He venido después de consultar a mis antepasados y estuvieron de acuerdo en que perdonáramos las terribles ofensas que los blancos malos nos hacen continuamente. Zeunac y el Gran Espíritu dicen que nuestra mansedumbre tendrá su premio en el otro mundo y así lo esperamos confiadamente los guatusos.
Seis meses duró aquella curación. Cada mes venía el indio Manuel a traerme la pócima y yo la hacía beber a los enfermos en mi presencia. Al final les cobré bien alzada la cuenta. Con esa plata compré en un almacén gran cantidad de ropa y medicinas para mis amigos indígenas y se las mandé en un viaje que Manuel hizo a esta capital. Esa es la historia que yo quería contarte. Por ella verás que no siempre los médicos hacen las curaciones por interés. Para mí la medicina es un apostolado, tal como lo estatuye el juramento de Hipócrates.
Glosario:
Augur: Brujo, adivinador, en las tribus de los indios guatusos. (Rodríguez, pp. 220)
Saka o Saca: Entre los guatusos los blancos que les hacen bienes o favores. (Rodríguez, pp. 228)
Zeunac: Diosa de la venganza de los indios guatusos que les protegía contra las injusticias de los blancos (Rodríguez, pp. 228)
Fuente:
Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, pp. 192. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana.

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