ARPONEANDO LAGARTOS Y TIBURONES en la desembocadura del Río Grande
A MANERA DE PROLOGO
Amigo don Eduardo Zamacois:
Cuando estuvo Usted de visita en esta oficina en la semana pasada, le dí cuenta de que estaba terminando los preparativos para una expedición a la Boca del Río Grande, uno de los lugares más pintorescos de la República y que la expedición tenía por objeto arponear lagartos. Me pidió Ud. que le hiciera luego un relato de las emociones de un deporte tan sensacional, y como muchas otras personas querrán oírlo también, en vez de hacerlo personalmente lo hago por el periódico -a vuela pluma- advirtiendo que algo más de un artículo de periódico podría escribirse para contar todo lo que nos sucedió en esos días de semana santa que pasamos haciendo vida de salvajes en permanente lucha con las fieras de la ría y del mar.
EL VIAJE
Hice el viaje por invitación de Juan Suárez y sus compañeros de la Colonia Española de Orotina, una simpática colonia que cuenta con los más diversos elementos que se puede imaginar. Juan Suárez es a manera del señor feudal y hasta en su aserradero contiguo a la estación de Orotina, se destaca como la torre del homenaje. También está allá en Orotina, pasando una temporada Enrique Fernández que fué el provedor y ecónomo de la expedición y que dirigió la cuestión de bucólica con arte maravilloso. Por la noche hubo en Orotina banquete de veinte cubiertos que me fué amablemente dedicado, no tanto a mí como a mis seudónimos "Ramiro Pérez", "El Teniente Niki", "Pepe Ruedelabola" y "El Doctor Richet", los entes de ficción en que me desdoblo; por ellos se brindó y por ellos juntos contesté agradeciendo el homenaje y los exquisitos manjares y hasta el vino por más que todos estamos creyendo aun que el vino salió de los tanques de tanino de la tenería de don Antonio Almar y que ignoré siempre la existencia de las uvas sobre la superficie del mundo. Pero qué diablos! Con buen humor y alegría y entre gentes optimistas se puede beber cualquier cosa -hasta veneno!- y seguir viviendo tan serenamente.
Con luz de luna espléndida y con una temperatura agradable, salimos a las nueve de la noche con rumbo a la costa y al pasar por "El Coyolar" se nos unieron don Roberto Brenes Gudiño y sus hijos y por un camino excelente fuimos avanzando. La caravana compuesta de veinte jinetes se dividió en cierto lugar y los que iban adelante se extraviaron y luego de mucho andar fueron a dar, ya amaneciendo, a las marismas del Río Grande e invirtieron toda la noche en un viaje que sin esfuerzo se hace en tres horas. Nosotros sí llegamos a debido tiempo al embarcadero y allí, en el rancho de un Ñor Mena, un Matusalén indígena, esperamos a los extraviados que recalaron al amanecer Un amable italiano que se había unido a la expedición y a quien llamaremos Sartuci para los fines del relato le faltaba al respeto a todos los santos y a todas las madonas a causa de haberse extraviado. Pero ya todos reunidos de nuevo pasamos el río en botes, Sartaci dejó tranquilas a las madonas y por la linfa de zafiro llegamos mansamente a la desembocadura, en cuya vecindad se encuentra el rancho pajizo donde debíamos establecer nuestro cuartel general.
EN EL RANCHO. -MIENTRAS LA NOCHE LLEGA...
Amanecía cuando llegamos al rancho de Ñor Paulino, un indio viejo, con cara de esfinge y muchas arrugas que le cruzan la cara en todas direcciones. Un tipo legítimo de huetar, de aguileña nariz y pelo de color negro metálico. Con él viven su esposa y cuatro hijas; han plantado en la playa, frente al mar, en la "milla marítima" que es propiedad nacional pero que todos ocupan sin ser inquietados, un rancho de hojas de bijagua, colocado sobre poste de madera sin devustar. Alrededor ha sembrado todo cuanto necesita para la subsistencia: caña de azúcar, yucas blancas y amarillas, arroz, frijoles arborecentes, las plantas medicinales más populares, y una colección de frutales que comprende desde la piña cargada de ambrosía, hasta el coco que da agua en las repletas nueces cuando están verdes y luego la rica copra que es en sí misma alimento y que surte además de aceite alimenticio y medicinal. En una pocilga cuatro cerdos regüeldan y por todo pululan las gallinas bien cuidadas con el maíz que en la propia finca se produce y con el arroz, también cultivo de la parcela del indio diligente.
Aquel indio es libre como el viento que luego de bailar sobre las olas, salta a la tierra y pone en movimiento los manglares y los erectos cedros y los ceibas de los cercanos bosques. Tiene ñor Paulino escopeta, anzuelos y aparejo de pesca, bote, una familia, una pequeña finca en producción y con eso pasa una existencia que podemos envidiarle los que vivimos entre la presión incesante de la vida de las ciudades. Como envidiaba yo su felicidad! Una felicidad que ya no oculta y que se manifiesta en una especie de sonrisa que hace piruetas en los labios finos que bordean que bordean el negro abismo de una boca donde no hay un solo diente.
Nos instalamos lo más cómodamente posible, al aire libre, pues las camas hechas de varillas de caña están colocadas bajo un cobertizo y expuestas a todos los vientos.
Enrique Fernández toma la dirección de todo lo que se refiere a comer y comparte la faena con la esposa de ñor Paulino y con las dos muchachas mayores, con Gregoria y con Berta, una Berta que tiene los ojos de un color negro incandeseente en los cuales parece haberse concentrado todo el fuego de la radiación solar de aquel clima de horno de fundición.
El mar está frente a nosotros; las olas suben y bajan en pausado ritmo y vienen unas tras otras a cubrir con cendales tejidos de los níveos copos de las espumas, las desnudeces de la arena pulida y fina de la playa; el mar nos convida y no resistimos a la tentación y allá vamos todos a nadar en una agua tibia y saludable que huele a yodo y que sabe a sal. Sartuci más prudente que nosotros no penetra mar adentro; gordo y corpulento, con una barriga llena de argollas de gordura, se revuelca en la arena en el extremo límite que las olas alcanzan. Tiene "paura de i tiburoni" y no quiere que su familia se quede sin un padre tan amoroso como él; es un baño de arena, pero se siente feliz; desde lejos lo oímos cantar con una voz ronca que a veces nos da pánico porque tiene notas graves como el caracol de Neptuno, arias de las óperas populares y canciones napolitanas.
No hay para qué decir que durante el tiempo que allí estuvimos cuatro o cinco veces al día íbamos a bañarnos al mar; y en una de esas veces un hermoso tiburón fué acercándose hacia nosotros, con la aleta dorsal proyectada hacia el dombo del cielo, en actitud de cazador; dichosamente éramos muchos para que se atreviera y luego de contarnos y medirnos abandonó sus propósitos y fué a dárselas con los guapotes y las sardinas de la ría.
ARPONEANDO LAGARTOS
Paso por sobre mil detalles para ir directamente a lo que supongo que interesa a los lectores: el arponeo de los lagartos.
Al caer la tarde y después de una suculenta comida, los más entusiastas nos dirijimos a la barra con el fin de ir a la pesca de lagartos. Hay dos botes, angostos y celosos, muy propios para ese deporte. Uno pertenece a los Espinosa, padre e hijo, el otro a Leandro González. Juan Suárez y yo vamos con los Espinosa; en el de Leandro van los otros excursionistas con el coronel Jarquín, uno de los empresarios de la pesquería de lagartos y del aprovechamiento de las pieles. El arpón es un recio dardo de acero "encabado" en una larga vara de unos tres metros de largo. El arpón tiene una argolla conectada con una cadena y en la punta de la cadena un largo chicote completa el menaje. El chicote. El chicote va asegurado reciamente al bote.
El arponeador que va a la proa lleva en la cabeza un poderoso reflector de acetileno con el cual va a encandilar a los lagartos. Cuando cae la noche y la oscuridad es completa, todos en el mayor silencio y haciendo la menor cantidad de ruido posible se dirigen a la barra, por el río arriba y por los esteros vecinos. Es un monstruo solemne; la oscuridad es muy densa; no hay brisa; en las lejanas orillas del río o del estero, los árboles parecen un ejército de gigantes que retroceden a medida que el bote avanza; la luz del reflector va hendiendo las sombras como un largo alfanje, escudriñando la superficie de las aguas, los pastizales de las marismas, la trenzada y fantástica ramazón de los manglares. A veces por el haz luminoso se ve pasar con torpe vuelo una inmensa ave marina que grazna asustada y nos crispa los nervios a los que los llevamos en tensión en aquella imponente soledad, en aquel silencia, en aquel bochorno de la temperatura. Otras veces, a lo léjos pero siempre dentro del foco del reflector se ve como un relámpago brotar de las aguas y volver a sumirse dentro de ellas; es un pez que ha dado un gran salto, perseguido por otro mayor; la lucha por la existencia se oye bullir a flor de agua y bajo la superficie en un inquietante movimiento, la fuga de los peces perseguidos, el avance de los perseguidores.
LA FIERA RUGE
El arponero que va a la proa hace una señal; el silencio se hace mayor entre nosotros; suspendemos casi la respiración; los canaletes apenas se oyen; hay una pieza a la vista; a lo lejos se ven brillar dos lámparas rojas de intenso fuego. Son los ojos de un lagarto. Desde el momento en que un lagarto está encandilado, el arponero no debe ni por un momento quitarle el foco de los ojos, mientras el bote se acerca y él se prepara a descargar el fatal dardo cuando el colosal saurio está a tiro. Es un instante sensacional; a medida que el bote avanza se ven más grandes los ojos encandilados y por fin se dirige al lagarto, bogando sobre las aguas, completamente deslumbrado. De pie en la proa, con el arpón en alto, el hombre hace una figura escultórica; ya se acerca el lagarto y con recio golpe de brazo el arponero lanza el arma que va a clavarse a la nuca del animal. El silencio absoluto que reinaba se rompe: el lagarto brama con horribles baladros, nosotros damos voces mientras la fiera sacude nuestro bote como si no pesara nada con todo y sus tripulantes; lanzando a borbollones la sangre por la abierta herida, tiñendo de púrpura las aguas, el lagarto se zambulle, sale fuera, brama, da golpes con su cola formidable contra el bote que cruje y parece que va a romperse y luego tira feroces tarascadas mostrando los filudos ejércitos de sus dientes. Cuando cede un tanto se boga hacia una de las riberas, y allí, en la playa, se le mata a hachazos.
No dispongo de espacio para contar uno por uno los episodios de la captura de cada uno de los catorce lagartos que en las dos noches del Jueves y del Viernes Santo capturamos; más tarde cuando escriba un libro sobre la vida deportiva de Costa Rica y mis experiencias de aficionado a la caza y la pesca, lo haré con la extensión que merece pues cada lagarto nos daba nuevas sensaciones y emociones, sustos, alegrías, etc. Luego de muerto en la orilla el lagarto se mete dentro del bote y sigue la pesca; solo que en esas noches tenía que ser breve pues la luna rayaba temprano y con la luna los lagartos ven y no es posible encandilarlos ni acercarse a ellos.
UN TIBURON ARPONEADO
El viernes por la tarde procuramos comer temprano para aprovechar el rato en que no hay luna para hacer buena pesca. Comimos un arroz notable, hecho bajo la dirección de Enrique Fernández por las hábiles manos de la mujer y las muchachas del indio ñor Paulino. Un arroz en el que había catorce clases de aves acuáticas y terrestres que durante el día habíamos cazado Carlos Herrero, los Brenes Granados, valientes pollos y buenos tiradores, y yo. Palomas, becadas, perdices, yerres, cirujanos, zarcetas, hasta guacamayas había dentro de aquel arroz del cual nos comimos cada uno un volcán y todavía guardamos para el regreso, para después de la pesca.
Terminada la comida fuimos al embarcadero; en el bote de Leandro iban los Brenes Granados y a poco avanzar fué arponeado un gran tiburón que paseó por la barra el bote a altas velocidades, lo que resultó un regocijadísimo sport para los jóvenes. LLevado a la playa el tiburón, siguió la pesca de lagartos pues ya había entrado la noche. El propio Leandro arponeó un enorme lagarto de cuatro varas de largo, una pieza que causó sorpresa a las mismas gentes de la costa acostumbradas a ver saurios de gran tamaño.
ATACADOS DENTRO DEL BOTE
Esa noche hice mi primera experiencia como arponero; me coloqué el reflector en la cabeza, tomé el recio arpón en las manos y ocupé el lugar de proa. La primera pieza encontrada la fallé, tal era la emoción y estuve a punto de irme al agua con el reflector, el arpón y todo. La segunda ya pude acertarla con la experiencia adquirida en el primero y los tripulantes del bote me doctoraron de arponero, siendo padrino Juan Suárez, mi compañero inseparable de todas esas aventuras. Esa noche del viernes santo, habiéndonos dirigido a un estero de varias millas de largo, llevando como boga y arponero a Leandro, ya había crecido la marea y las piezas que capturábamos era imposible llevarlas a las orillas que quedaban muy distantes; entonces lo que hacíamos era que una vez arponeado el lagarto, aprovechaba yo un momento propicio y lo mataba con una bala dum-dum de mi carabina. Habíamos colocado el cuarto saurio de la noche en el bote, cuando el animal que estaba apenas herido por más que lo considerábamos muerto, dió unos bramidos, se rebulló, abrió las inmensas fauces y se dispuso a atacarnos. El pánico fué terrible en el bote y yo creí del caso gritar: todos al agua!
Pero Juan Suárez respondió: Al agua no, porque hay muchas fieras y yo no sé nadar.
No tuve más remedio que contener con la culata de la carabina al animal, mientras Leandro que en medio de la tragedia permanecía completamente sereno pudo alcanzar el hacha y con la rapidez del rayo deshacer a hachazos la cabeza formidable del animal. Fué la más sensacional aventura que tuvimos esa inolvidable noche del viernes santo, con marea llena, entre las densas sombras, sobre la mansa superficie de un estero, en el cálido y miasmático ambiente de las marismas de las bajas tierras tropicales, donde la vida se regocija luchando a brazo partido con la muerte.
NOTA FINAL
Amigo don Eduardo Zamacois: Son muchas las aventuras de caza y pesca que pasamos en esa Semana Santa y muchas las de otra clase dignas de minucioso relato; pero eso que le cuento es lo más saliente. Si Usted puede, vaya y pase por ellas, que en Orotina hay un grupo de paisanos suyos -todos gentiles y amables- que se sentirían felices llevándolo a aquel rincón de la tierra que recuerda las descripciones que del Ganges y sus orillas nos hacen los primeros exploradores. Usted, el maestro de la "Vida Inquieta" encontraría inagotables tesoros para sus magníficas prosas y tendría material, a su regreso a España, para contarles allá en amenas conferencias, las maravillas de la Naturaleza aquí, así como viene a contarnos en galano estilo, las de los grandes hombres de allá.
MODESTO MARTINEZ.
Fuente:
Martínez, M. (1918, 3 de abril). Arponeando lagartos y tiburones en la desembocadura del Río Grande. La Información, p. 5. Arponeando lagartos y tiburones en la boca del Río Grande
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