Leyendas cortas

Leyenda entre los chorotegas

Una leyenda antigua que sobrevive en la tradición de Nicoya fue recuperada de las montañas de Matambuguito. Esta dice que los monos cariblancos antes eran hombres, pero perdieron su forma humana por una maldición del Espíritu de la Selva al negarse a bailar en su honor. Enfadado, Tequeyare bajó de su altar y, tomando fuego sagrado de los braseros donde ardían incienso y trementina, les quemó el rostro antes de transformarlos. Por esa razón, los monos cariblancos conservan hoy esas manchas blancas en la cara.

Desde la perspectiva de la mitología comparada y la visión divina del pasado, esta leyenda es una de las muestras más fascinantes sobre el pensamiento ancestral de Nicoya (Zeledón-Cartín, 2012, p. 73).


La Piedra del Agua

Relata la señora Basilea Reyes —vecina de Copal de Nicoya, de unos 84 años e hija de una mujer indígena— que, en épocas de sequía en Copal, la comunidad se preparaba para peregrinar hacia la Piedra del Agua. Llevaban tinajas de chicha, lanzaban gritos rituales y rompían los trastos contra la piedra; luego, salían corriendo para llegar empapados a sus casas.

Como vestigio de aquellos tiempos, permanecen la piedra, los fragmentos de cerámica esparcidos y el valioso testimonio de la anciana que lo contó (Zeledón-Cartín, 2012, p. 45).


El quetzal encantado

El cerro Caraigres fue considerado un volcán durante mucho tiempo. En 1963, a raíz de la actividad del volcán Irazú, investigamos esa posibilidad debido a una queja que llegó al Ministerio de Gobernación mediante un telegrama enviado por el policía de un pueblo en Aguirre. Sin embargo, no se halló nada inusual.

Tampoco hubo hallazgos extraños cuando, en 1960, recorrimos el cerro con el Club de Montañeros. En esa ocasión el grupo se extravió debido a una mala dirección de los guías locales, quienes culparon a una leyenda: el quetzal que habita en la cima. Se dice que si el ave vuela sobre las cabezas de quienes almuerzan allí, estos se perderán irremediablemente. Tras caminar entre selvas y peñascos todo el día, logramos salir a un lugar conocido a las siete de la noche. Fue entonces cuando, entre el cansancio y el alivio, nos contaron la historia del quetzal encantado (Salguero, 1998, p. 185).


Fuentes:

Salguero, M. (1998). Ríos, playas y montañas (2a ed.). Editorial Costa Rica.

Zeledón-Cartín, E. (2012). Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. Editorial Costa Rica.

Comments

Popular posts from this blog

La dama de negro y la dama de blanco del Cementerio Obrero

Los gritos de la montaña

Los Alàrbulu