Cuyeos y majafierros

Cuyeos y majafierros

Muy poco hace caminaba yo para mi casa por un camino pedregoso y polvoriento, á tranco torpe, con el ánimo oprimido por hondas melancolías que las llevaba clavadas en el corazón como un manojo de agudas espinas.

Iban conmigo agradables compañeros: el pensativo silencio, la divina noche y la luna creciente que abrigada en una tenue colcha de nubes, hacía su viaje de reina por el cielo difundiendo sobre el mundo una triste media luz.

Tal vez nunca como entonces sentí con más gusto la apacible hermandad del silencio, que sin abandonarme un instante se deslizaba de puntillas por encima de las cosas como para no despertar á su paso las alimañas de la tierra. Solamente los grillos en vigilia, con la única vibración sosegada y metálica que ellos producen, interrumpían el blando avance del silencio.

El fresco aliento de la divina noche, como lo haría un ala de seda, de cuando en cuando me acariciaba el rostro encendido; esta caricia me complacía muchísimo!

A ambos lados del camino, frente á frente, se extendía una hilera de árboles inmóviles, tronchados por la poda y cubiertos de polvo, como soldados mudos que miraran imperturbables el desfile cotidiano de muchos hombres, mujeres y animales que, silenciosos y sufridos, iban del campo á la ciudad y de ésta al campo, en busca de pan y de trabajo.

Hasta entonces caminaba yo á tranco torpe, indiferente, con los ojos clavados en el suelo. Pero llegó un momento en que fijé la vista en el camino largo como un cinturón amarillo y de lejos, me llegaron con claridad las notas uniformes y agudas que entonaba un fatídico cuyeo. Esto que oía me entristeció mucho más.

Conforme adelanté, distinguí mejor el canto de aquel cuyeo. Sinceramente llegué á creer que no era yo quien avanzaba, sino el pájaro nocturno quien venía en brinquitos á mi encuentro, con toda malicia, como lo hace con algunos de los viajeros que caminamos de noche.

Por fin llegó un momento en que lo distinguí á muy poca distancia de mi persona. Entonces dispuso acompañarme y saltando siempre por delante de mí, de un lado al otro del sendero, como una gran mariposa negra, siguió conmigo.

Saltaba en cuclillas y al caer daba un grito lúgubre, como si fuera un pájaro de hule que hiciese ruido al comprimirlo. Era una ave que vestía un traje de color café-oscuro, con una franja blanca en las alas.

Confieso que lo oí con gusto varios minutos. Pero luego sentí la ausencia de mi pensativo hermano el silencio, que tanto necesitaba mi espíritu enfermo para vivir y ya no pude soportar más el canto del cuyeo. Alcé una piedrecilla de las innumerables que había regadas por el camino, y le hice un disparo. En vano fué! El ave siguió su canto como un provocativo á mi furiosa impaciencia.

Le disparé otra piedrecilla. En vano siempre! Cantaba con más fuerza, bien como asustado, bien como burlándose de mí.

Semejante compañero no podía ser más importuno. Yo estaba sufriendo mucho con verlo y oírlo. Le disparé una piedrecilla más y otra y otra, pero todo en vano! El pajarraco seguía cantando á pocos pasos de mi persona; saltaba en cuclillas y caía, sin el más mínimo ruido, con la suavidad de una hoja que se desprendiese de un árbol. Aburrido de apuntarle sin éxito, y resignado, seguí con él mi camino.

De pronto y no muy lejos oí con sorpresa otro grito de pájaro, corto, tenaz y muy semejante al que traía enganchado á mis orejas: era otro cuyeo uraño y solitario que cantaba su canción fatídica en el cementerio de la aldea. Este otro cuyeo me pareció más original é interesante que el que me venía acompañando. Hallé cierta afinidad entre él y yo. Su gusto extraño de cantar entre los muertos bastante me satisfizo.

Como un bulto sospechoso, me detuve en mi marcha y avancé hasta el portón de rejas que cerraba la entrada del cementerio de la aldea, sin preocuparme ya más del cuyeo que me acompañaba, el cual, como me detuve, se detuvo también, pero yo no supe dónde, porque ya no cantaba más.

La luna creciente, arropada siempre en su colcha de nubes, seguía difundiendo una triste media luz sobre la tierra dormida.

El cuyeo del cementerio proseguía con entusiasmo su monólogo, que en aquella hora y en aquel sitio no podía ser más lúgubre. Cantando, saltaba en cuclillas de una tumba á la otra, ó de las tumbas al suelo. Yo lo escuchaba y lo veía con gusto desde la reja.

Escuchándolo, supuse que sería un horrible mensajero enviado para despertar á los muertos en sus nichos, á fin de celebrar en esa noche una asamblea de esqueletos, presidida por la mismísima Muerte. Pronto deseché esta suposición y me encariñé con otra. Me pareció que la Muerte, vestida de blanco y apoyada en su guadaña voraz, se paseaba triunfal por entre las sepulturas cubiertas de malezas; y supuse, además, que el cuyeo le salía al encuentro, como el otro lo hiciera conmigo, ó como lo hiciera un perro gruñón y bravo con algún ser extraño que se metiese á la casa que cuida; tal vez por esto sus gritos eran tan agudos y tenaces.

Y la muerte impasible, de tiempo en tiempo se detenía á contemplar no más un campo de víctimas, su obra saludable y purificante.

Entonces los recuerdos, como pájaros negros que aletearan muy cerca de mis ojos, acudieron á mi memoria. Allí, entre aquellas innumerables víctimas, descansaban muchos seres queridos sobre el blando regazo de la tierra. Yo no compadecí á ninguno y los envidié á todos.

Recordé las palabras del antiguo Job: Allí descansan los de cansadas fuerzas y nunca como entonces las sentí más bellas y justas.

También sentía yo mis fuerzas cansadas, ya no tenía ningún deseo de vivir y sólo deseaba un reposo absoluto para mis frágiles restos.

Y en voz alta, solemnemente, me dirigí á la Muerte en estos términos: —Oh Muerte! He aquí la reja que me separa de tus dominios. Yo vengo de la Vida en busca tuya. Soy joven, y sin embargo deseo morir! Atrás han quedado los hombres y para vivir entre ellos hay que luchar y esto lo saben hacer bien los que son fuertes ó malvados. La vida es lucha y es mal. Quien no desea la lucha y quiere vivir como bueno, está perdido: la ola de los perversos lo hundirá sin misericordia. El único bien de la Vida es la soledad voluntaria que ciertos espíritus valientes se han creado para sí; sólo en el aislamiento se goza de la verdadera libertad. El servilismo comienza cuando uno tiene que codearse con los demás. Por esto ya no quiero vivir entre los hombres.

Ansío la soledad de tus dominios. Me figuro tu reino como una vasta pradera silenciosa, cruzada por hileras de cipreses blancos, cuyas copas se juntan y forman galerías interminables por donde puede pasearse á gusto, sin que nada importuno fastidie. Allí no se oirá ni un canto de pájaro, ni el gorjeo de una fuente alegre; habrá flores blancas y todo será blanco allí. Tú misma eres blanca, tus manos lo son también. Te lo ruego, extiéndemelas y condúceme á tus dominios. Seré tu leal amante: juntos viviremos sin querellas, amándonos mucho. Dicen que tú eres fea, pero la imaginación mía se complace en revestirte de los más adorables encantos.

Oh Muerte! Sonríeme con sonrisas de novia. Tiende tu mano descarnada y llévame blandamente. Pero bah! no te rías así, y á mi súplica no respondas con ese gesto cruel, porque es filoso y cortante como tu voraz guadaña. Te inclinas y tu blanca túnica, como un lienzo que se asoleara sobre estacas, cubre tu amarilla osamenta y sin embargo te hallo sensual, atractiva. Yo deseo vivir contigo; con un poco de trato nos entenderemos los dos. Ven por mí, te lo suplico!

Me figuro que tu compañía no puede ser más grata. Ven, extiende tu mano huesosa y llévame contigo; yo te lo exijo; observa que es sólo una reja la que nos separa.

Tú eres antigua para los demás, pero yo me imagino que tu vida ha sido una juventud inalterable, que tú has sido una princesa encantada sobre la cual los años no han dejado su huella de arrugas y canas, su racimo de tristezas y desengaños.

¡Tú has visto tanto en el mundo y en lo que cuentes hay mucho que gustar y aprender! La historia de tus aventuras á través de los años y del espacio será un encanto para mi espíritu que ansía saber cosas raras. Oyéndote, estaría prendido de tus labios, y tus palabras serían un collar encantado que me ataría para siempre á tu corazón. Oh, cuánto te deseo, primorosa Muerte! Yo quiero vivir contigo! Ven, ven, yo te amo tanto! Oh Muerte....!

Concluida esta invocación á la Muerte, oí con sorpresa que extrañas voces, en coro, también concluían de repetir las palabras que yo acaba de pronunciar, yendo unas adelante, otras quedándose atrás, como sucede cuando varias personas rezan.

Espantado, abrí los ojos bien y ví que muchas gentes ignoradas y oscuras habían venido hasta las rejas del portón que cerraba la entrada del cementerio de la aldea.

—Quiénes sois vosotros, gentes importunas, que venís á interrumpirme en mis meditaciones? les grité enfurecido. No visteis que estaba solo, bien solo, que hablaba en alta voz algo que sentía de corazón y que vosotros no erais capaces de comprender, y que no era oportuno que irrespetuosos, vinierais á interrumpirme? Sois unos atrevidos, porque hasta mis palabras habéis repetido. Quiénes sois vosotros? grité más alto. Quiero que lo digais al instante!

En seguida no tuve más respuesta que el llanto tristísimo de un niño enfermo, estrujado á los pies de aquella concurrencia inesperada. A ese llanto se unieron otros y otros, siempre de niños que sufrían.

Qué pasa?—pregunté angustiado, quiénes sóis vosotros?—repito.

—Somos fracasados de la Vida y venimos en busca de la Muerte, me repusieron casi todos con una doliente y entristecida conformidad.

—Yo soy un orate y un cojo, me gritó uno que apenas sí podía mantenerse de pie.

—Yo un ciego hambriento, dijo otro.

—Yo un alcohólico, habló uno de rubicunda faz.

—Yo un infeliz á quien destruyen los males venéreos.

—Yo un explotado sin fuerzas, que no puedo seguir la espantosa jornada, me dijo un obrero haraposo y triste.

—Yo una jovencita tísica, me dijo con mucha pena una voz apagada.

—Yo una vieja muy achacosa.

—Estos niñitos que gimen á nuestros pies son criaturas abandonadas, hambrientas y enfermas.

—Yo........

—Callad! le interrumpí desesperado al que iba á hablar, no quiero saber más quienes sois. Ya lo comprendo, ya lo comprendo todo!

Y un silencio aterrador siguió después.

Y con asco miré aquel numeroso grupo de fracasados, aquella onda de impotencia y degeneración que venía del mar humano á las playas de la Muerte, en busca de un lecho de arena en donde reposar para siempre.

—A qué horas llegaron tantos?—pregunté angustiado. A qué horas?

—Mientras hablabas fuimos llegando uno á uno. Fragmentos de tu invocación nos parecieron justos, expresaban lo que nosotros sentíamos y por eso venimos á repetirlos, en coro, contigo. Más tarde llegarán otros prójimos!; el mundo está lleno de fracasados é inútiles que desean morir y ese terreno y otros semejantes no bastarán para tragar tanta víctima! me respondió la voz ahuecada de un viejo paralítico.

Sentí horror oyendo aquello. Inquieto me moví de un extremo al otro de la puerta de rejas, como una fiera enjaulada.

Adentro, por entre las tumbas cubiertas de malezas, la Muerte continuaba paseándose. De tiempo en tiempo se detenía para mirarnos compasivamente, sobre todo cuando los que estábamos en la reja gruñíamos como pordioseros que á la puerta de un asilo de caridad esperan impacientes un poco de pan y caldo para aplacar las exigencias de la entraña famélica.

Esta situación humillante y miserable me angustió deveras y quise huir.

—Callarse! — grité rabioso á la muchedumbre de miserables que me envolvía y que continuaba gruñendo en confusión. Callarse!

É invocando de nuevo á la Muerte, antes de partir, le grité con todos mis pulmones:

—Oh Muerte! cuán miserable y cobarde me pareces ahora! Está bien que purifiques el mundo, destruyendo todos los seres indignos de vivir. Pero no tienes por qué envanecerte de tus triunfos! Quiénes son tus presas? Esto que veis aquí: los débiles, los niñitos tiernos como una hoja, todas las víctimas del vicio y de las enfermedades. Sólo impotentes y enfermos desean morirse. Yo soy joven y debo vivir. Ni los vicios, ni las enfermedades han hecho de mí una ruina. Ven, ven y cébate en estas tus pobres víctimas: un hospital improvisado de vencidos te aguarda ansioso junto á estas rejas. Pero yo no te quiero más, te odio mil veces; huyo, huyo presuroso y me voy en busca de la radiante Vida, del cielo, de los crepúsculos, de las fuentes, del mar, de los colores, me voy en busca de mi dulce novia para vivir con ella el intenso amor y con ella luchar por los ideales más altos y más nobles entre los hombres. Y abriéndome campo con ambos brazos, le grité amenazante á la muchedumbre de vencidos que me envolvía:

—Apartaos, apartaos, al que me detenga lo ahogo; y empujando sin piedad á los que me estorbaban el paso, eché á correr enloquecido por el camino pedregoso y polvoriento.

Y corrí mucho, mucho, hasta que fatigado llegué á la encrucijada de un camino. Ya no pude avanzar más y allí me senté, á la orilla del sendero.

Entonces otro pájaro nocturno, un majafierro, comenzó también, desde un cafetal no muy cercano, á entonar su monótona canción, que oída de lejos parecía el golpe tenaz de un martillito de plata sobre un yunque fino.

El metálico canto del majafierro me entristeció de nuevo.

Con ambas manos me cubrí la cabeza, encendida como una ascua, y me puse á llorar como un niño.

Recordé á mi novia ausente y disgustada y como si la tuviese á mi lado, en son de reproche le dije con ternura estas palabras:

—"Compañera aquí me hallas en la encrucijada del camino en donde me dejaste. Te aguardaba para que juntos siguiésemos la ruta emprendida en mejores días. Dame esa manecita blanca y fina y vente conmigo. La Vida nos aguarda placentera. Es preciso que la vivamos lo mejor posible, amándonos mucho y luchando por los ideales más nobles y más altos. Tú eres buena, pero mal hiciste en abandonarme. En esta lucha por los ideales no debiéramos habernos detenido un instante. Quedar sentado á la orilla del camino y ver con toda la indolencia del caimán, cómo se desbandan los ideales que se creyeron más puros y sólidos, es hacer una obra perjudicial y confesar impotencia. Y esto no debe ser así! En esta vida hay vacilaciones que son caídas y hay caídas irremediables. Ven, dame esa manecita blanca y sigamos adelante. Ahora caminamos de noche, con mil obstáculos, pero debemos ser los primeros que llegamos al tope del Alba. Vente conmigo, pues. Me escuchas? Ven, mi compañera, ven."

Y no hablé más.

Un reloj cercano dió la una de la mañana.

Me levanté y seguí para mi casa á tranco torpe y vacilante.

Ya no se oían ni cuyeos, ni majafierros; probablemente habían suspendido, piadosos, sus cantos agoreros que me hacían tanto daño.

Otra vez sentí la presencia de mis agradables compañeros: el pensativo silencio, la divina Noche y la Luna creciente, arropada siempre en su colcha de nubes y difundiendo por el mundo su triste media luz.

Al fin llegué á mi casa. Le dí vuelta á la perilla de la puerta, abrí con cuidado y entré con la suavidad de un gato para no despertar á los demás que dormían.

A pesar de todo, sentí que de la oscuridad salía la voz entristecida de mi madre que me llamaba.

—Matías?

—Señora, le respondí dulcemente. Han entrado ya todos mis hermanos?

—Sí, tranca la puerta, me dijo y no habló más.   

Encendí entonces la vela y antes de acostarme, como de costumbre, abrí bien las ventanas de mi dormitorio.   

El aliento fresco de la noche, como una ala de seda, me acarició el rostro encendido; yo le agradecí á la noche esta amable caricia.

Desnudo ya, me metí entre las sábanas. Derrepente, interrumpió el silencio un carraspeo que salió de la oscuridad. Era mi madre, que aun despierta, carraspeaba como otras veces, antes de dormirse.

Entonces fijé mi pensamiento en la dulce madre mia y me dije á solas: —"Buena madrecita esta mía! Cuánta ternura me infunde el ejemplo de su vida constantemente cariñosa para conmigo! Estoy fuera de la casa, y no duerme, pensando en que aun no he regresado. Amante, siempre me aguarda con el mayor desinterés del mundo. Cuán buena es la madre mía! En estos veinticinco años que llevo ya de vivir entre los hombres, no he visto un cariño más puro, más leal y más permanente que el de ella, cariño por encima siempre de todas las injusticias y desapegos y olvidos. Es el único ser en quien he hallado un amor firme como una lámina del oro más fino, siempre inalterable, siempre fuerte. Cuán distinto es el cariño de los demás, el de la novia, del amigo, de la amiga!; este otro cariño es una frágil lámina de porcelana que con el más leve choque se hace trizas......"

Hundido en estas y otras reflexiones, me dormí, no supe á qué horas.

Más tarde, la fresca y bien oliente madrugada ya se paseaba por las campiñas en espera del Sol, como una lozana doncella que del baño saliese á recoger flores para su amado.   

En el cafetal de enfrente un majafierro daba la sola nota de su pentagrama, parecida al ruido de un martillito de plata que golpeara tenazmente en un yunque fino.   

En el velador, la luz de la vela que no apagué al acostarme, parpadeaba en un pocito de esperma fundida. La Luna creciente, ya en el ocaso, tendía una sábana de blanca luz sobre la tierra al despertar.

Esta luz, entrándose por la ventana abierta de mi dormitorio y la luz agonizante de la vela teñían la estancia de un color amarillo, dándole un aspecto funeral, como si en realidad aquella noche, silenciosamente, un muerto hubiese dormido allí.


JOAQUÍN GARCÍA MONJE

Mayo de 1906.



Fuente: García Monje, J. (12 de agosto de 1906). Cuyeos y majafierros. Páginas Ilustradas: Revista Semanal, 3(107), 1710-1717. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/paginasilustradas/paginasilustradas1906/02e-Ano%203%20-%20n.%20107.pdf


En memoria de la prima hermana de Clodomiro Picado Twight, cuya muerte dio origen a la leyenda de El Salto de la Novia en Paraíso de Cartago:


"Martiriana Picado L.

Cinco años ha, que este modelo de virtudes voló allá, á donde tienen asiento las vírgenes... los mártires!! 

El que esto escribe, fuertemente impresionado ante ayer noche, de paso por aquel sitio tenebroso, donde la inmensa profundidad de aquellas negras cavernas hacen trepidar tanto al hombre como á las bestias; allí donde sólo se escucha el imponente ruido del agua que choca contra las rocas, acompañado del grito gemebundo del cuyéo y el melancólico susurro del helado viento, en altas horas de la noche en aquella espantosa soledad... todo, todo ésto hace consternar de pavor al corazón más varonil.

Extraña coincidencia! 

La noche estaba oscura, llovía fuertemente; mi alma estaba poseída de un terror pánico......

Cuando de repente, la misteriosa luz de un relámpago iluminó aquel lúgubre recinto. 

¡Una cruz de piedra apareció á mi derecha mientras una tórtola gemía en la profundidad! 

Era que la sangre de Martiriana me exigía un suspiro; era que su alma pura, me imploraba una plegaria.

La Providencia tiene decretos terribles. Ella dispuso que el martirio de la criatura, fuera en el fondo de un abismo. Se cumplió! ¡¡Paz á sus cenizas!!


R..... 


Cartago, febrero 2 de 1902."


Fuente: R. (1902, 2 de febrero). Martiriana Picado L. El Día, p. 2. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20dia/el%20dia%201902/bb-2%20de%20febrero.pdf



El CACASTE

Leyenda Guanacasteca



Esta vez, fué cosa seria

lo que les voy a contar:

Yo acababa de llegar

a una hacienda de Liberia

Llegué a fines de Febrero

y, como era aproximada

la fecha de la vaquiada,

me enganché de sabanero.

Por cierto, llegó conmigo

un campista de Chontales;

se llama PANCHO ROSALES

y de esta historia es testigo.

Llegó de arriba un cartago,

con alforjas y valijas;

y más ropas y cobijas

que la plata en día de pago.


El patrón lo había invitado

pa que pasara unos días;

mas, se trajo chucherías

como pa abrir un mercado: 

Camisas de seda fina

con ropas de casimir...

y trago? como pa abrir

en la hacienda una cantina.

Llegó en la tarde, y el baño

pidió con agua caliente:

o el agua no era valiente,

o el agua fría le hacia daño. 

Enseguida, bajó abajo,

por el corral preguntando;

alli estábamos untando

los caballos de trabajo,

Se trepó en la rejonada

y empezó a rajar... sin hacha;

yo pensaba: Si se agacha

la lengua le va arrastrada!!

Que él... que sus ganados!!

que él... que sus aperos!!;

dejó la hacienda en los cueros

y a nosotros, mal parados. 

Ninguno le contestó

por no faltarle en la cara;

pero no hubo a quien gustara

la chimada que nos dió.

Cogió la manila, un rato,

y empezó a tirar sogazos...

se le enredaba en los brazos

y no se amarró un zapato.

Empezó a echarle la culpa

a las cocas del mecate,

a los palos, al zacate

y pa todo halló disculpa;

y, como el que busca excusa 

seguro es, que la consiga,

cuando se untó de boniga

los calzones y la blusa

dejó el corral, renegando

de todos los animales:

que según él, los corrales

debían estarlos lavando.

El patrón se rió, con ganas,

en la cara del cartago;

y allá arriba en trago y trago

lo trató de palanganas.

La noche se pasó en vela

con la orquesta de zancudos;

y para dejarlos mudos...

los quemó con la candela.

Le robó el último sueño

el berriar de los terneros,

y el bramar, en los potreros,

de las vacas del ordeño;

y, como si aún fuera poco

lo que lo habrían de fregar;

ese día, el cacarear

de las gallinas fué loco.

Maldita gracia le haría

la temporada al señor...

huraño y de mal humor

se levantó ese otro día.

Después que desayunó,

se puso espuelas y cueras;

pues que iba pa las afueras...

a los sitios... Qué se yo!!

Alistó la carabina

y echó una carga de balas,

que yo pensé: No de malas!

¡Hoy hay carne en la cocina!

Y, una vez que habían arriado

las bestias de la remonta,

muy ufano va, y se monta

en un tordillo ensillado.

Al suelo se fué, devuelto,

con los chunches el cartago; 

pues, hacía tiempo de vago, 

estaba el tordillo suelto.

Y el maldito guachimán

le tenía su pela lista:

pues el mentado turista,

lo había tratado de "aragán".

Se paró de mala gana,

más pálido que un papel,

dejando algo de la piel

de recuerdo en la sabana,

allí habló, hasta por los codos,

de las bestias de la hacienda...

que eran mañosas, sin rienda

que tenían muy malos modos...

Y otra vez cogió el estribo

diciendo: "Ya van a ver!

Ahora no voy a caer...

Antes estaba dormido..."

Mas, para suerte del hombre

le cambiaron el caballo;

Que si no? De mi tocayo

no habria quedado ni el nombre!!

Y el patrón mandó a ROSALES

pa que fuera de vaquiano.

Por fin salió, de la mano,

el cartago del chontales.

Fueron largo y bien trotado

por sitios y callejones;

y por todos los rincones

no encontraron un venado.

El cartago, renegaba

de su mala suerte perra;

ni en el lano, ni en la sierra, 

encontró lo que buscaba, 

Hallaban, en cualquier abra, 

huellones como caminos

de venado, de zahinos

y hasta boñigas de cabra;

pero no era ese el momento

de que anduviera el venado;

de seguro estaba echado, 

rumiando su bastimento.

Y aburrido ya, el cartago,

de andar entre los charrales

se volvió, con el chontales

a esquitarse con un trago.

Al volver en sito abierto,

entre un canjilón alaste,

se encontraron el cacaste

de un regego que había muerto. 

¡Tamaño!, debió haber sido,

a juzgar por la hosamenta;

pues tenía la cachamenta

de un torazo bien crecido.

El chontales, a la punta,

pasó sin mirar pa' el fozo,

pero el cartago, curioso,

llama a Pancho y le pregunta:

-"Es verdad, que allá en Chontales,-

según dicen las versiones,

tienen rezos y oraciones

pa parar los animales?"-

-"Si señor, contesta Pancho, 

aunque a los hombres de ciencia 

no ha de cuadrarles mi creencia 

ni por largo, ni por ancho. 

Nosotros, allá en Chontales,

no nos tomamos molestias

ni maltratamos las bestias

pa votar los animales.

Si mueren en el corral

o donde hayan de quitarse,

se les reza... y a botarse

van solitos al charral"-.

-"Esas historias extrañas,

son pa acobardar la gente;

si topan con un valiente,

se les acaban sus mañas"-

"Si Usté lo dice, bien dicho

seguro que habrá de estar;

pero, si quiere probar

le paro ese bicho"-.

-"Parándolo me convence

si valen sus oraciones.

!!Yo pierdo los pantalones

si en esta apuesta me convence!!"

-"Si gusto le voy a dar

pa que no sea tinamaste;

y, si paro ese cacaste,

lo tiene que vaquetear".

-"Jamás he sido torero

y aunque me vea en gran apuro, 

acepto el trato, seguro,

de que Usté es un embustero."-

-"Aliste pues, la vaqueta,

que yo a rezarle me voy;

pa probarle que no soy

pura bulla y pura jeta".-

Se mete Pancho al zanjón:

se arrodilla contra el tuste;

y allí comienza el embuste,

o la maldita oración:

-"Por el agua serenada

en la concha de cuzuco

Por la leche de bejuco.

Por la ceniza regada.

Por la cola de alacrana

de siete nudos, parida.

Por la muerte, por la vida,

por la noche y la mañana.

Por el cacho de cornizuelo.

El chischil de cascabel.

Por la sal y por la miel,

por la tierra y por el cielo.

Por las plumas de cuyeo.

Los colmillos de lagarto.

Por este espejo que parto

y por todo lo que creo".

Quien sabe que ofrecimientos

y que otras palabras más,

dijo Pancho, a Satanás,

en esos malos momentos.

Hacia signos con el brazo

y cuando estaba en los desvios

le corrian escalofríos

por todito el espinazo.

El cartago, haciendo pose,

del chontales se burlaba:

hacía que vaqueteaba

y no ocultaba su goce.

En eso, se para Pancho

y terminada la oración,

hace un limpio en el zanjón

de unas cuatro varas de ancho.

Saca un rollito de pelo

de tigre, envuelto en un paste,

y, contra el cacho del cacaste 
hace un sahumerio en el suelo.

Y larga el último grito

caminando para atrás:

"!!Por orden de Satanás,

te parás, cuero maldito!!".

Al rato, por la montaña,

empieza a oirse el rumor

como de algún toteador

o de alguna cosa extraña.

Y, al llegar un vendaval

más helado que la nieve,

poquito a poco se mueve

y se sopla, el animal.

Y, a poco no más empieza

a estirar el cuero tiezo;

y, a como afirma el pescuezo

se levanta la cabeza.

Y poco a poco se hinca,

mientras tanto que el chontales, 

metido entre los charrales

con una vara lo jinca.

El cartago mientras tanto,

no hallaba pa' onde coger...

¡Si sería mejor correr,

o ahí no más largar el llanto!!.

Con la vaqueta en la mano 

temblaba como azogado;

y el cacaste ya parado,

carga con él...!! Hay hermano!! 

Vota el hombre la vaqueta

y se larga, precisado,

al sólo onde había dejado 

recostada la escopeta.

Apunta el arma de cierto,

y se pone a disparar:

mas, - Cómo lo iba a matar

si hacia tiempo estaba muerto?

Y cuando casi lo embiste

se metió entre charrales; 

mientras tanto que el chontales 

se mecía en un solo chiste.

Y, así que cayó el cacaste

porque se acabó el hechizo, 

estaba el cartago, erizo,

trepado en un guanacaste.

Hasta el rato pudo hablar;

y estaba el hombre tan malo,

que tuvo Pancho, del palo, 

ayudarlo pa bajar.

Susto, como el que les cuento,

en la vida habría llevao;

ni habrá quedao convidao

a ser burlista y fachento.

Miró al cacaste con miedo

y al chontales con respeto;

y maldijo al esqueleto

que lo metió en tal enredo.

Mas, olvidaba del cuento,

lo más bueno de la historia;

de suerte que, a la memoria,

me volvió en este momento.

El cartago iba vistiendo 

pantalones de montar,

de esos, que son de amarrar

y van la pierna envolviendo,

con unas enormes botas

que, al llegar a las rodillas, 

atrancaban dos hebillas

bien seguras y grandotas.

Pues, el caso es que el señor

se ensució en los pantalones;

que despedian tufalones

de terrible mal olor.

Y, habrá que ver ¡¡Pobrecito!!

cuando se hubo desmontado 

trepó muy disimulado

y hasta cambió el andadito.

Mas, conforme caminaba

volaba por los ojetes

de las botas, los churguetes

de un perfume que apestaba.

Entonces sí, para el baño

agarró directamente

y no buscó agua caliente,

ni el agua fría le hizo daño.

y yo lo vine a saber

por la boca del cartago,

una vez, que en trago y trago,

dió el secreto a conocer.

Mas, lo que si no contó

cuando hizo estas delaciones,

fué que al fin, los pantalones

de aquella apuesta perdió.

Pues ¡¡Que los iba a lavar

si casi estaban podridos...?

Más que hediondos corrompidos: 

y los tuvo que botar.

Y, hay que ver que bien le hizo

el susto que se llevó,

de viaje, se corrigió

como por arte de hechizo.

A nadie volvió a ofender

ni volvió a ser tan fachento

y, hasta la hora de este cuento, 

nunca más lo volví a ver.



CHINDO VALENCIA.





Fuente: Valencia, C. (Chindo). (4 de enero de 1956). El Cacaste: Leyenda Guanacasteca. La República, p. 23. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20republica/la%20republica%201956/La%20Republica_4%20ene%201956.pdf 




LA BRUJA

Escazú, la ciudad de las brujas, tendida en la falda de los cerros, como si se hubiera venido rodando desde arriba, con su pedregal... y con sus guarias.

Allí, en una casa blanca con una puerta azul, en compañía de cinco gatos y un silencio... vive la bruja Elvira.

Dicen que fue bonita en sus mocedades. Cuentan que casó con un joven lugareño y aseguran que hacían una feliz pareja. Añaden que cierta mañana el muchacho salió para su trabajo... y aun no ha vuelto. Mil conjeturas se extendieron por el pueblo y finalmente el misterio recogió todas las habladurías y huyó con el costa.

La joven esposa, consultando adivinas y hechiceros, como único camino para saber algo, aprendió el oficio, y terminó por ejercer con mucha industria el arte de la brujería.

Una tarde caliente del tercer mes del año, cierta muchacha, con ojos color tinta de café, golpeaba con sus nudillos la puerta azul de la casa blanca.

— ¿Qué te pasa, muchacha?
— Déjame dentrar, doña.

Y la rapaza le contó su historia: Estaba fogosamente enamorada de un muchacho vecino, su novio, pero se le estaba escapando... y no sabía por qué motivo.

— ¿Y qué querés de mí?
— Un agüizote pa'enamorarlo.

La bruja abrió un viejo cofre de cedro amargo, adornado con tachuelas doradas, y se dispuso a buscar el talismán que habría de dar la felicidad a quien lo poseyera. Allí estaba la piedra de venado, el ojo de buey, la guápil de zapote, los muñecos de cera atravesados con alfileres, y en unos cacharritos de barro cocido, el agua serenada en donde se bañan por las noches los cuyeos agoreros.

La bruja permaneció largo rato mirando aquellos objetos; luego cerró el cofre y miró a su cliente. Era una muchacha muy graciosa pero bastante desaliñada. La vieja colocó en un ángulo del cuarto un enorme cubo de madera y luego trajo de adentro algunos baldes llenos de agua.

— Desnúdate, muchacha.
— ¡Cómo?
— Que te quites la ropa.
— ¿Pa'qué?
— Tenés que bañarte en el agua milagrosa.
— ¿Aquí?
— Sí.
— Me da vergüenza.
— No seas tonta.

Entre tanto, la bruja Elvira mojaba en el agua una flor de platanillo, diciendo: "Cegua, recegua nariz de manegua..."

La vieja le ayudó a soltar los broches, y la ropa de la muchacha cayó alrededor de sus pies como una circunferencia.

— Aquí tenés jabón mágico.

La bruja le vaciaba el agua desde los hombros, y la muchacha daba saltitos dentro del cubo, rociando el piso de tierra de la sala. Después que se hubo vestido, la bruja Elvira la sentó en un taburete; le hizo un bien apretado par de trenzas en el pelo, que anudó graciosamente en la mollera; púsole una guaria morada cerca de la oreja izquierda, y dándole una nalgada la despidió de su casa.

— ¿Y el agüizote, doña?
— El agüizote sos vos, tonta.

La bruja Elvira la miró largo rato caminando sobre el empedrado de la calle.

— ¡Qué bonita es! ...

La muchacha desapareció en la vuelta de una esquina y la vieja aun quedó en la puerta azul de la casa blanca.

— ¿Ya ni pa'bruja sirvo!...

La tarde, caliente todavía, estaba destilando en su gran alambique del poniente las últimas gotas de sol.

— ¡Y cómo perdí a mi esposo!...

En el centro de la calle, por arte de extraña alquimia, se efectuaba la trasmutación de los metales.

— ¡Ay!... ¡Mis pobrecitos recuerdos!...

Luego, "las reinas de la noche" destapaban el plomo de sus esencias al reclamo de las primeras constelaciones. Junto a la torre de la iglesia, parecía que iba a tener lugar un eclipse de luna... o reloj.

¡Era la hora del aquelarre!

La bruja Elvira entró por la puerta azul de la casa blanca y cogió la escoba. Cogió la escoba... y se puso a barrer la sala.

Fuente: Salazar Herrera, C. (1990). Cuentos de angustias y paisajes (Grabados del autor). Editorial El Bongo. pp. 55-57.

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