Cuyeos y majafierros
Cuyeos y majafierros
Muy poco hace caminaba yo para mi casa por un camino pedregoso y polvoriento, á tranco torpe, con el ánimo oprimido por hondas melancolías que las llevaba clavadas en el corazón como un manojo de agudas espinas.
Iban conmigo agradables compañeros: el pensativo silencio, la divina noche y la luna creciente que abrigada en una tenue colcha de nubes, hacía su viaje de reina por el cielo difundiendo sobre el mundo una triste media luz.
Tal vez nunca como entonces sentí con más gusto la apacible hermandad del silencio, que sin abandonarme un instante se deslizaba de puntillas por encima de las cosas como para no despertar á su paso las alimañas de la tierra. Solamente los grillos en vigilia, con la única vibración sosegada y metálica que ellos producen, interrumpían el blando avance del silencio.
El fresco aliento de la divina noche, como lo haría un ala de seda, de cuando en cuando me acariciaba el rostro encendido; esta caricia me complacía muchísimo!
A ambos lados del camino, frente á frente, se extendía una hilera de árboles inmóviles, tronchados por la poda y cubiertos de polvo, como soldados mudos que miraran imperturbables el desfile cotidiano de muchos hombres, mujeres y animales que, silenciosos y sufridos, iban del campo á la ciudad y de ésta al campo, en busca de pan y de trabajo.
Hasta entonces caminaba yo á tranco torpe, indiferente, con los ojos clavados en el suelo. Pero llegó un momento en que fijé la vista en el camino largo como un cinturón amarillo y de lejos, me llegaron con claridad las notas uniformes y agudas que entonaba un fatídico cuyeo. Esto que oía me entristeció mucho más.
Conforme adelanté, distinguí mejor el canto de aquel cuyeo. Sinceramente llegué á creer que no era yo quien avanzaba, sino el pájaro nocturno quien venía en brinquitos á mi encuentro, con toda malicia, como lo hace con algunos de los viajeros que caminamos de noche.
Por fin llegó un momento en que lo distinguí á muy poca distancia de mi persona. Entonces dispuso acompañarme y saltando siempre por delante de mí, de un lado al otro del sendero, como una gran mariposa negra, siguió conmigo.
Saltaba en cuclillas y al caer daba un grito lúgubre, como si fuera un pájaro de hule que hiciese ruido al comprimirlo. Era una ave que vestía un traje de color café-oscuro, con una franja blanca en las alas.
Confieso que lo oí con gusto varios minutos. Pero luego sentí la ausencia de mi pensativo hermano el silencio, que tanto necesitaba mi espíritu enfermo para vivir y ya no pude soportar más el canto del cuyeo. Alcé una piedrecilla de las innumerables que había regadas por el camino, y le hice un disparo. En vano fué! El ave siguió su canto como un provocativo á mi furiosa impaciencia.
Le disparé otra piedrecilla. En vano siempre! Cantaba con más fuerza, bien como asustado, bien como burlándose de mí.
Semejante compañero no podía ser más importuno. Yo estaba sufriendo mucho con verlo y oírlo. Le disparé una piedrecilla más y otra y otra, pero todo en vano! El pajarraco seguía cantando á pocos pasos de mi persona; saltaba en cuclillas y caía, sin el más mínimo ruido, con la suavidad de una hoja que se desprendiese de un árbol. Aburrido de apuntarle sin éxito, y resignado, seguí con él mi camino.
De pronto y no muy lejos oí con sorpresa otro grito de pájaro, corto, tenaz y muy semejante al que traía enganchado á mis orejas: era otro cuyeo uraño y solitario que cantaba su canción fatídica en el cementerio de la aldea. Este otro cuyeo me pareció más original é interesante que el que me venía acompañando. Hallé cierta afinidad entre él y yo. Su gusto extraño de cantar entre los muertos bastante me satisfizo.
Como un bulto sospechoso, me detuve en mi marcha y avancé hasta el portón de rejas que cerraba la entrada del cementerio de la aldea, sin preocuparme ya más del cuyeo que me acompañaba, el cual, como me detuve, se detuvo también, pero yo no supe dónde, porque ya no cantaba más.
La luna creciente, arropada siempre en su colcha de nubes, seguía difundiendo una triste media luz sobre la tierra dormida.
El cuyeo del cementerio proseguía con entusiasmo su monólogo, que en aquella hora y en aquel sitio no podía ser más lúgubre. Cantando, saltaba en cuclillas de una tumba á la otra, ó de las tumbas al suelo. Yo lo escuchaba y lo veía con gusto desde la reja.
Escuchándolo, supuse que sería un horrible mensajero enviado para despertar á los muertos en sus nichos, á fin de celebrar en esa noche una asamblea de esqueletos, presidida por la mismísima Muerte. Pronto deseché esta suposición y me encariñé con otra. Me pareció que la Muerte, vestida de blanco y apoyada en su guadaña voraz, se paseaba triunfal por entre las sepulturas cubiertas de malezas; y supuse, además, que el cuyeo le salía al encuentro, como el otro lo hiciera conmigo, ó como lo hiciera un perro gruñón y bravo con algún ser extraño que se metiese á la casa que cuida; tal vez por esto sus gritos eran tan agudos y tenaces.
Y la muerte impasible, de tiempo en tiempo se detenía á contemplar no más un campo de víctimas, su obra saludable y purificante.
Entonces los recuerdos, como pájaros negros que aletearan muy cerca de mis ojos, acudieron á mi memoria. Allí, entre aquellas innumerables víctimas, descansaban muchos seres queridos sobre el blando regazo de la tierra. Yo no compadecí á ninguno y los envidié á todos.
Recordé las palabras del antiguo Job: Allí descansan los de cansadas fuerzas y nunca como entonces las sentí más bellas y justas.
También sentía yo mis fuerzas cansadas, ya no tenía ningún deseo de vivir y sólo deseaba un reposo absoluto para mis frágiles restos.
Y en voz alta, solemnemente, me dirigí á la Muerte en estos términos: —Oh Muerte! He aquí la reja que me separa de tus dominios. Yo vengo de la Vida en busca tuya. Soy joven, y sin embargo deseo morir! Atrás han quedado los hombres y para vivir entre ellos hay que luchar y esto lo saben hacer bien los que son fuertes ó malvados. La vida es lucha y es mal. Quien no desea la lucha y quiere vivir como bueno, está perdido: la ola de los perversos lo hundirá sin misericordia. El único bien de la Vida es la soledad voluntaria que ciertos espíritus valientes se han creado para sí; sólo en el aislamiento se goza de la verdadera libertad. El servilismo comienza cuando uno tiene que codearse con los demás. Por esto ya no quiero vivir entre los hombres.
Ansío la soledad de tus dominios. Me figuro tu reino como una vasta pradera silenciosa, cruzada por hileras de cipreses blancos, cuyas copas se juntan y forman galerías interminables por donde puede pasearse á gusto, sin que nada importuno fastidie. Allí no se oirá ni un canto de pájaro, ni el gorjeo de una fuente alegre; habrá flores blancas y todo será blanco allí. Tú misma eres blanca, tus manos lo son también. Te lo ruego, extiéndemelas y condúceme á tus dominios. Seré tu leal amante: juntos viviremos sin querellas, amándonos mucho. Dicen que tú eres fea, pero la imaginación mía se complace en revestirte de los más adorables encantos.
Oh Muerte! Sonríeme con sonrisas de novia. Tiende tu mano descarnada y llévame blandamente. Pero bah! no te rías así, y á mi súplica no respondas con ese gesto cruel, porque es filoso y cortante como tu voraz guadaña. Te inclinas y tu blanca túnica, como un lienzo que se asoleara sobre estacas, cubre tu amarilla osamenta y sin embargo te hallo sensual, atractiva. Yo deseo vivir contigo; con un poco de trato nos entenderemos los dos. Ven por mí, te lo suplico!
Me figuro que tu compañía no puede ser más grata. Ven, extiende tu mano huesosa y llévame contigo; yo te lo exijo; observa que es sólo una reja la que nos separa.
Tú eres antigua para los demás, pero yo me imagino que tu vida ha sido una juventud inalterable, que tú has sido una princesa encantada sobre la cual los años no han dejado su huella de arrugas y canas, su racimo de tristezas y desengaños.
¡Tú has visto tanto en el mundo y en lo que cuentes hay mucho que gustar y aprender! La historia de tus aventuras á través de los años y del espacio será un encanto para mi espíritu que ansía saber cosas raras. Oyéndote, estaría prendido de tus labios, y tus palabras serían un collar encantado que me ataría para siempre á tu corazón. Oh, cuánto te deseo, primorosa Muerte! Yo quiero vivir contigo! Ven, ven, yo te amo tanto! Oh Muerte....!
Concluida esta invocación á la Muerte, oí con sorpresa que extrañas voces, en coro, también concluían de repetir las palabras que yo acaba de pronunciar, yendo unas adelante, otras quedándose atrás, como sucede cuando varias personas rezan.
Espantado, abrí los ojos bien y ví que muchas gentes ignoradas y oscuras habían venido hasta las rejas del portón que cerraba la entrada del cementerio de la aldea.
—Quiénes sois vosotros, gentes importunas, que venís á interrumpirme en mis meditaciones? les grité enfurecido. No visteis que estaba solo, bien solo, que hablaba en alta voz algo que sentía de corazón y que vosotros no erais capaces de comprender, y que no era oportuno que irrespetuosos, vinierais á interrumpirme? Sois unos atrevidos, porque hasta mis palabras habéis repetido. Quiénes sois vosotros? grité más alto. Quiero que lo digais al instante!
En seguida no tuve más respuesta que el llanto tristísimo de un niño enfermo, estrujado á los pies de aquella concurrencia inesperada. A ese llanto se unieron otros y otros, siempre de niños que sufrían.
Qué pasa?—pregunté angustiado, quiénes sóis vosotros?—repito.
—Somos fracasados de la Vida y venimos en busca de la Muerte, me repusieron casi todos con una doliente y entristecida conformidad.
—Yo soy un orate y un cojo, me gritó uno que apenas sí podía mantenerse de pie.
—Yo un ciego hambriento, dijo otro.
—Yo un alcohólico, habló uno de rubicunda faz.
—Yo un infeliz á quien destruyen los males venéreos.
—Yo un explotado sin fuerzas, que no puedo seguir la espantosa jornada, me dijo un obrero haraposo y triste.
—Yo una jovencita tísica, me dijo con mucha pena una voz apagada.
—Yo una vieja muy achacosa.
—Estos niñitos que gimen á nuestros pies son criaturas abandonadas, hambrientas y enfermas.
—Yo........
—Callad! le interrumpí desesperado al que iba á hablar, no quiero saber más quienes sois. Ya lo comprendo, ya lo comprendo todo!
Y un silencio aterrador siguió después.
Y con asco miré aquel numeroso grupo de fracasados, aquella onda de impotencia y degeneración que venía del mar humano á las playas de la Muerte, en busca de un lecho de arena en donde reposar para siempre.
—A qué horas llegaron tantos?—pregunté angustiado. A qué horas?
—Mientras hablabas fuimos llegando uno á uno. Fragmentos de tu invocación nos parecieron justos, expresaban lo que nosotros sentíamos y por eso venimos á repetirlos, en coro, contigo. Más tarde llegarán otros prójimos!; el mundo está lleno de fracasados é inútiles que desean morir y ese terreno y otros semejantes no bastarán para tragar tanta víctima! me respondió la voz ahuecada de un viejo paralítico.
Sentí horror oyendo aquello. Inquieto me moví de un extremo al otro de la puerta de rejas, como una fiera enjaulada.
Adentro, por entre las tumbas cubiertas de malezas, la Muerte continuaba paseándose. De tiempo en tiempo se detenía para mirarnos compasivamente, sobre todo cuando los que estábamos en la reja gruñíamos como pordioseros que á la puerta de un asilo de caridad esperan impacientes un poco de pan y caldo para aplacar las exigencias de la entraña famélica.
Esta situación humillante y miserable me angustió deveras y quise huir.
—Callarse! — grité rabioso á la muchedumbre de miserables que me envolvía y que continuaba gruñendo en confusión. Callarse!
É invocando de nuevo á la Muerte, antes de partir, le grité con todos mis pulmones:
—Oh Muerte! cuán miserable y cobarde me pareces ahora! Está bien que purifiques el mundo, destruyendo todos los seres indignos de vivir. Pero no tienes por qué envanecerte de tus triunfos! Quiénes son tus presas? Esto que veis aquí: los débiles, los niñitos tiernos como una hoja, todas las víctimas del vicio y de las enfermedades. Sólo impotentes y enfermos desean morirse. Yo soy joven y debo vivir. Ni los vicios, ni las enfermedades han hecho de mí una ruina. Ven, ven y cébate en estas tus pobres víctimas: un hospital improvisado de vencidos te aguarda ansioso junto á estas rejas. Pero yo no te quiero más, te odio mil veces; huyo, huyo presuroso y me voy en busca de la radiante Vida, del cielo, de los crepúsculos, de las fuentes, del mar, de los colores, me voy en busca de mi dulce novia para vivir con ella el intenso amor y con ella luchar por los ideales más altos y más nobles entre los hombres. Y abriéndome campo con ambos brazos, le grité amenazante á la muchedumbre de vencidos que me envolvía:
—Apartaos, apartaos, al que me detenga lo ahogo; y empujando sin piedad á los que me estorbaban el paso, eché á correr enloquecido por el camino pedregoso y polvoriento.
Y corrí mucho, mucho, hasta que fatigado llegué á la encrucijada de un camino. Ya no pude avanzar más y allí me senté, á la orilla del sendero.
Entonces otro pájaro nocturno, un majafierro, comenzó también, desde un cafetal no muy cercano, á entonar su monótona canción, que oída de lejos parecía el golpe tenaz de un martillito de plata sobre un yunque fino.
El metálico canto del majafierro me entristeció de nuevo.
Con ambas manos me cubrí la cabeza, encendida como una ascua, y me puse á llorar como un niño.
Recordé á mi novia ausente y disgustada y como si la tuviese á mi lado, en son de reproche le dije con ternura estas palabras:
—"Compañera aquí me hallas en la encrucijada del camino en donde me dejaste. Te aguardaba para que juntos siguiésemos la ruta emprendida en mejores días. Dame esa manecita blanca y fina y vente conmigo. La Vida nos aguarda placentera. Es preciso que la vivamos lo mejor posible, amándonos mucho y luchando por los ideales más nobles y más altos. Tú eres buena, pero mal hiciste en abandonarme. En esta lucha por los ideales no debiéramos habernos detenido un instante. Quedar sentado á la orilla del camino y ver con toda la indolencia del caimán, cómo se desbandan los ideales que se creyeron más puros y sólidos, es hacer una obra perjudicial y confesar impotencia. Y esto no debe ser así! En esta vida hay vacilaciones que son caídas y hay caídas irremediables. Ven, dame esa manecita blanca y sigamos adelante. Ahora caminamos de noche, con mil obstáculos, pero debemos ser los primeros que llegamos al tope del Alba. Vente conmigo, pues. Me escuchas? Ven, mi compañera, ven."
Y no hablé más.
Un reloj cercano dió la una de la mañana.
Me levanté y seguí para mi casa á tranco torpe y vacilante.
Ya no se oían ni cuyeos, ni majafierros; probablemente habían suspendido, piadosos, sus cantos agoreros que me hacían tanto daño.
Otra vez sentí la presencia de mis agradables compañeros: el pensativo silencio, la divina Noche y la Luna creciente, arropada siempre en su colcha de nubes y difundiendo por el mundo su triste media luz.
Al fin llegué á mi casa. Le dí vuelta á la perilla de la puerta, abrí con cuidado y entré con la suavidad de un gato para no despertar á los demás que dormían.
A pesar de todo, sentí que de la oscuridad salía la voz entristecida de mi madre que me llamaba.
—Matías?
—Señora, le respondí dulcemente. Han entrado ya todos mis hermanos?
—Sí, tranca la puerta, me dijo y no habló más.
Encendí entonces la vela y antes de acostarme, como de costumbre, abrí bien las ventanas de mi dormitorio.
El aliento fresco de la noche, como una ala de seda, me acarició el rostro encendido; yo le agradecí á la noche esta amable caricia.
Desnudo ya, me metí entre las sábanas. Derrepente, interrumpió el silencio un carraspeo que salió de la oscuridad. Era mi madre, que aun despierta, carraspeaba como otras veces, antes de dormirse.
Entonces fijé mi pensamiento en la dulce madre mia y me dije á solas: —"Buena madrecita esta mía! Cuánta ternura me infunde el ejemplo de su vida constantemente cariñosa para conmigo! Estoy fuera de la casa, y no duerme, pensando en que aun no he regresado. Amante, siempre me aguarda con el mayor desinterés del mundo. Cuán buena es la madre mía! En estos veinticinco años que llevo ya de vivir entre los hombres, no he visto un cariño más puro, más leal y más permanente que el de ella, cariño por encima siempre de todas las injusticias y desapegos y olvidos. Es el único ser en quien he hallado un amor firme como una lámina del oro más fino, siempre inalterable, siempre fuerte. Cuán distinto es el cariño de los demás, el de la novia, del amigo, de la amiga!; este otro cariño es una frágil lámina de porcelana que con el más leve choque se hace trizas......"
Hundido en estas y otras reflexiones, me dormí, no supe á qué horas.
Más tarde, la fresca y bien oliente madrugada ya se paseaba por las campiñas en espera del Sol, como una lozana doncella que del baño saliese á recoger flores para su amado.
En el cafetal de enfrente un majafierro daba la sola nota de su pentagrama, parecida al ruido de un martillito de plata que golpeara tenazmente en un yunque fino.
En el velador, la luz de la vela que no apagué al acostarme, parpadeaba en un pocito de esperma fundida. La Luna creciente, ya en el ocaso, tendía una sábana de blanca luz sobre la tierra al despertar.
Esta luz, entrándose por la ventana abierta de mi dormitorio y la luz agonizante de la vela teñían la estancia de un color amarillo, dándole un aspecto funeral, como si en realidad aquella noche, silenciosamente, un muerto hubiese dormido allí.
JOAQUÍN GARCÍA MONJE
Mayo de 1906.
Fuente: García Monje, J. (12 de agosto de 1906). Cuyeos y majafierros. Páginas Ilustradas: Revista Semanal, 3(107), 1710-1717. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/paginasilustradas/paginasilustradas1906/02e-Ano%203%20-%20n.%20107.pdf
En memoria de la prima hermana de Clodomiro Picado Twight, cuya muerte dio origen a la leyenda de El Salto de la Novia en Paraíso de Cartago:
"Martiriana Picado L.
Cinco años ha, que este modelo de virtudes voló allá, á donde tienen asiento las vírgenes... los mártires!!
El que esto escribe, fuertemente impresionado ante ayer noche, de paso por aquel sitio tenebroso, donde la inmensa profundidad de aquellas negras cavernas hacen trepidar tanto al hombre como á las bestias; allí donde sólo se escucha el imponente ruido del agua que choca contra las rocas, acompañado del grito gemebundo del cuyéo y el melancólico susurro del helado viento, en altas horas de la noche en aquella espantosa soledad... todo, todo ésto hace consternar de pavor al corazón más varonil.
Extraña coincidencia!
La noche estaba oscura, llovía fuertemente; mi alma estaba poseída de un terror pánico......
Cuando de repente, la misteriosa luz de un relámpago iluminó aquel lúgubre recinto.
¡Una cruz de piedra apareció á mi derecha mientras una tórtola gemía en la profundidad!
Era que la sangre de Martiriana me exigía un suspiro; era que su alma pura, me imploraba una plegaria.
La Providencia tiene decretos terribles. Ella dispuso que el martirio de la criatura, fuera en el fondo de un abismo. Se cumplió! ¡¡Paz á sus cenizas!!
R.....
Cartago, febrero 2 de 1902."
Fuente: R. (1902, 2 de febrero). Martiriana Picado L. El Día, p. 2. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/el%20dia/el%20dia%201902/bb-2%20de%20febrero.pdf
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