Brujerías

BRUJERIAS


Información de contexto

Menuda lección daría el Licenciado Don Enrique de Águila, vecino de la ciudad de León de Nicaragua, nombrado asesor letrado para la causa que se siguió en Cartago contra las "brujas" María Francisca Portuguesa y Petronila Quesada en los años que iban de 1775 a 1777.

Y por aquello de "te lo digo Juan para que lo oiga Pedro", a más del Capitán Don José Romualdo de Oreamuno, Juez de la dicha causa, debían poner su barba en remojo buena parte de los poco avisados vecinos de Cartago, amigos todos de ciertos chismecillos y creencias, que maldita la falta que hacían a católicos de tan firmes convicciones como se creían y decían, aquellos nuestros antepasados.

En honor a la verdad, debemos hacer dos excepciones:

La primera corresponde al Gobernador que por aquellos días que lo era Don Juan Fernández de Bobadilla, de cuyo pronunciamiento sobre el asunto de maleficios y hechicerías no ha quedado constancia debido tal vez, más que a su incredulidad sobre estas materias, a una habilidad muy suya para esquivar la exteriorización de su pensamiento.

A Don Félix Joaquín Meneses, nombrado defensor de la "bruja" Petronila Quesada corresponde la segunda excepción, siendo esta más notoria que la primera desde que abiertamente expone sus dudas con respecto a la veracidad de que puedan darse fenómenos maléficos con los resultados a que el vulgo los hace llegar. Pero, en precisión, habilidad y agudeza en los juicios, así como en la jocosidad de los ejemplos, ninguno como el Licenciado de Águila.

A través de su extenso informe, muy suavemente, va diciendo que nuestros jueces son unos pobres ignorantes de mentalidad tan poco desarrollada que un niño podría engañarlos fácilmente con cuentos de duendes y aparecidos. Pero bueno será entrar ya en materia, pues de otro modo nos iremos por senderos poco gratos donde abundan los pedruscos. Y no deseamos tropezar con uno de ellos...

¿Quién era Matías Quesada? Si no era Don Juan Tenorio, mucho tenía de él; cuando menos, sus mismos gustos. Vivía en Cartago en compañía de su padre, enamorando a las buenas mozas de la vecindad. No en todas sus aventuras obtuvo el buen éxito anhelado. Con María Francisca Portuguesa le fue "a medias". En un principio todo anduvo a las mil maravillas. De la noche a la mañana la morena de veinte años olvidó el camino que conducía al lugar de sus citas con Matías.


Los cargos

Algo raro había ocurrido. El amante enfermó y un rumor creciente fue revelando cosas desagradables. Matías aseguraba haber sido enfermado, por arte de brujería, por la María Francisca. Y los "me dijo", "le dije", "me contaron" y "andan diciendo", corrieron por las calles demoliendo reputaciones. La Petronila Quesada, prima del "hechizado", fue llevada y traída en los decires. Don José Romualdo Oreamuno oyó declaraciones y más declaraciones. En todas ellas se habló de muñecos con alfileres, polvo de cuyeo o de murciélago, de piedras blancas y negras buenas para esto y lo otro.

Y las "brujas" María Francisca y Petronila ganaban terreno en el campo de la popularidad. Se las consideraba como personas temibles. De la segunda se decía que una noche, estando con su amiga en disposición de fuga, había hablado con un pájaro nocturno, y que el avechucho le había avisado del peligro que corría de ser sorprendida en su intento.


Investigación y juicio

Por la mente de Don José Romualdo no ocurría nada que no fuera mirar con recelo a las dos mujeres. Mientras tanto, el enfermo maldecía a la causante de sus males, según su opinión. De los Tres Ríos fue llevado un indio de apellido Méndez, que gozaba de fama de curandero muy acertado. ¿Dónde y con quién aprendió aquellas artes? Ni él mismo lo sabía. Sus palabras habrían dejado sin respiración a la María Francisca: si el enfermo se curaba con los bebedizos que le daría, la culpable no era la "bruja".

Pero si sucedía lo contrario... La endiablada mezcla de hojas machacadas produjo efecto favorable. Pero lo de "brujas" nadie se lo quitaba de la cabeza a Don José Romualdo. La Petronila (decían) era más hechicera que la María Francisca. Puestas frente a frente, se acusaron recíprocamente. El muñeco con alfileres, según la María Francisca, lo tenía la Petronila y viceversa. Y Don José Romualdo escuchada entre embelesado y temeroso. No todos los días se presentaba la oportunidad de presenciar un espectáculo de aquella categoría.

En octubre de 1776, más de un año después de haberse iniciado la causa, Don Félix Joaquín Meneses, defensor señalado de la menor Petronila Quesada, presentó por escrito su manera de ver las cosas. Considera que los pecados de su defendida se deben en buena parte a la ninguna preparación en materia de fe cristiana. (Al ser examinadas ambas acusadas en estos conocimientos, demostraron la más completa ignorancia).

Aconseja se la entregue a un hogar honesto donde se le enseñen las buenas costumbres y se le hable del temor a Dios. En cuanto a la enfermedad que, por obra de magia, según se afirmaba, había siclo trasmitida a Matías Quesada, el asunto era bien otro y convenia situarse en la realidad y dejarse de pamplinas: para nadie era un secreto la vida libertina del enfermo y males como el suyo se veían en los hospitales todos los días sin que a ninguna de las víctimas se le ocurriese traer a colación maleficios ni brujerías. Además, los mismos medicamentos suministrados por el indio Méndez eran aplicados a otros enfermos, los que sanaban calladamente, sin culpar a nadie de sus padecimientos.

No obstante, la crudeza de su declaración, Don Félix Joaquín Meneses la concluye con frases que nos lo presentan como un hombre de bien sentados principios cristianos:

"Señor Juez —escribe— mirando a esta pobre con misericordia, y sacándola del peligro en que se haya de perder su alma con esta desastrada vida, por la poca o ninguna sujeción que hasta aquí ha tenido, pues le consta a Vuestra Merced no sabe la Doctrina Cristiana; Y por este motivo, aun sin las supersticiones antecedentes, está esta infeliz en estado de condenación; y pues, Su Divina Magestad, como tan amante de las almas, ha permitido caigan en las piadosas manos de Vuestra Merced para que consigan su salvación, siendo el modo más oportuno, el que tengo suplicado a Vuestra Merced, de darla a servir para que se enmiende de sus yerros, pues no desprecia Dios el corazón contrito y humillado…"

Don Silvestre de Carvajal, defensor de la María Francisca, se pronuncia en términos menos sólidos. No obstante, reconoce la inocencia de su parte en cuanto a que el mal de que padece Matías Quesada "es enfermedad que Dios le había dado". No se pronuncia en lo referente a posibles brujerías ni hace alusión alguna a la desordenada vida de Matías. Don Silvestre nos da la impresión de tener sus dudas y al emitir su parecer lo hace en cumplimiento de un mandato, sin que salga a relucir buena parte de sus verdaderos pensamientos.

El 8 de noviembre de ese año de 1776, Don Romualdo determina pasar la causa al Gobernador Fernández de Bobadilla para "como de quien dimanó la comisión verbal para su substanciación, se digne proceder su definitiva". Pero el Gobernador no vio el asunto muy de su agrado y no quiso meterse en berenjenales. Lavándose las manos, dice:

"Doy comisión bastante, cuanto en Derecho se requiere y es necesaria, al referido Don José Romualdo Oreamuno para que sentencie y finalice conforme a Derecho..."

Ello dio ocasión al Licenciado de Águila para dar el informe que comentaremos más adelante. El 14 de noviembre de 1776, Don José Romualdo de Oreamuno, en cuyo poder estaba lo acordado por el Gobernador Fernández de Bobadilla, nombra al Licenciado Don Enrique de Águila "para determinación de esta causa".


La resolución

Fue en agosto del siguiente año que el asesor dio por terminada su misión, contenida en siete folios. A través de este informe en el que trata todo lo relacionado con brujas, hechiceras, maleficios y demás agregados, demuestra el Licenciado de Águila poseer un criterio bien formado y nada común para la época. Las numerosas citas de nombres de personajes históricos, así como sus no pocas salidas en latín, nos dan base para suponerlo hombre ilustrado como el que más. Con los pies muy bien puestos en la tierra, sabrosamente se mofa de la credulidad absurda de lo que él llama "vulgo", que en buena cuenta es el todo del que forman parte muchos de los declarantes en el caso de María Francisca y Petronila. El Juez de la causa, señor de Oreamuno también es de los de la partida.

“Es aprehensión propia del vulgo —expresa— creer que haya tantas brujas como se dicen. Que haya hechiceros y hechicerías, consta de la Escritura Santa de varios Concilios, de varios textos de uno y otro Derecho y del común sentir de la iglesia; pero no tantos como el vulgo piensa; si dos o más de los vulgares dan en decir que una mujer es hechicera o un indio es brujo, es bastante comprobante en los vulgares para dar por cierto lo que en la realidad no es ni se puede creer por hombres cordatos; es preciso tratar estos asuntos con mucha cordura y prudencia; aunque se vean efectos prodigiosos producidos por varios, es necesario examinarlos, ya con la razón natural, ya con la filosofía para ver si dependen de la Naturaleza o de alguna habilidad nacida del arte; los que no alcanzan el secreto, aun los menos vulgares, lo atribuyen a la magia, propiamente a pacto explicito o implícito con el Demonio. Cuántas maravillas se obraron por excelentes varones, al principio de que no se tenía mayor cultura en las materias dichas..."


Dos historias que Águila usa como ejemplo:

Y para ilustrar y convencer, nuestro Licenciado se deja venir con un cuentito que ni "anillo al dedo"; helo aquí:


La primera

"…es gracioso chiste el que le sucedió al padre jesuita Adamo Tanero, uno de los hombres más sabios de su tiempo, que habiendo muerto en un lugar, halló entre sus bienes la justicia un pequeño vidrio en cuya concavidad se veían un grande monstruo, tan formidable, que a todos puso espanto; ocurrió el cura del lugar y como veía existente a su vez un imposible, por ser mayor el monstruo que el vidrio, se determinó enterrar al pobre jesuita en el lugar profano, como a tal hechicero, y que se procediese contra el monstruo (a quien juzgaron Demonio) con las armas de la Iglesia; en su ocasión, guiado del rumor popular, llegó un discreto y, viendo que el vidrio no era otra cosa que un perfecto microscopio, lo abrió y salió un escarabajo. Si éste no los hubiera desengañado hubiera el vulgo estado en el error de ser el sabio jesuita un hechicero y el monstruo, un demonio".

Fin de la historia


¿Qué tal? ¿Por qué derivar la enfermedad de Matías Quesada de un acto de brujería?

"Si esto se atribuyese a maleficio —agrega el pintoresco asesor— no habría en el mundo quien no se quejase de esto... Los efectos naturales nunca se deben atribuir a maleficios".

Admite que muchos médicos amparan su ignorancia, hablando de maleficios; otros, deseosos de hacerse pasar por genios, dicen lo mismo y aplican sus métodos de cura, dejando alelados a cuantos presencian el "milagro de la curación".

En Roma —añade— "…un galeno, por haber atajado con la sangría una fluxión que nadie le había podido curar en mucho tiempo, se hizo sospechoso de arte mágica…". "Si el enfermo llega a sanar sin el auxilio del médico... el más piadoso lo atribuye a milagro, todo lo que es efecto de la naturaleza."

No son pocas las personas que gustan de ser consideradas como hechiceras, ya que con ello alcanzan ciertos beneficios, explotando a los cándidos que llegan a consultarlos.


La segunda

"Al asesor le asiste segura experiencia —sigue el Licenciado de Águila— de esto, y entre otros pasajes que ha visto, le aconteció uno en que tuvo bastante que admirar la credulidad de uno de esta Provincia que en Guatemala llaman guanacos:

Habiendo ido a visitar a un conocido suyo al mesón que llaman de Urías, advirtió un concierto que estaba haciendo un mulato guatemalteco con un guanaco sobre el precio que le habia de dar como le enseñara a jinetear, término que usan para domar un caballo; concertaron en el precio de ocho reales; dijole el guanaco al guatemalteco que fuese a traer el potro; vino con él, le ensillaron; ya el guanaco había cortado dos hojitas de los primeros arbolitos que halló en el patio del mesón; hizo que las sacaba de un calabacito que tenía dentro de una bolsa o chuspa, como llaman, que traía colgada al cuello; hizo que el guatemalteco montase en el potro.

Cuando estuvo encima, le puso una hojita en la una rodilla y la otra en la otra, a los lados en donde se aprieta la albarda; y le dijo el guanaco en altas voces: — Eah, amigo, cuidado con dejar Vuestra Merced caer esas dos hojitas, porque entonces lo bota el potro.

Con esta advertencia, apretó con toda su fuerza el jinete las rodillas y por más corcoveos que dio el potro, no lo pudo botar: se rindió el bruto y se desmontó el jinete, recogió sus hojitas como reliquias, suplicó al guanaco que le vendiese otras, quedaron de acuerdo que al otro día se las daría y se acabó el acto.

A todo se encontró presente el asesor, no admirado sino de la habilidad del guanaco. A pocos días encontró al guanaco y preguntándole cómo le iba, le respondió que muy bien, pues vendía las hojas de cualquier árbol a lo que quería a los guatemaltecos.

Fin de la historia


¿Se diría que en ese caso había alguna brujería o arte mágica? Sólo el vulgo de Guatemala lo creé, es bastante ignorante, está preocupado de esta imaginación...".

El Licenciado de Águila no formaba parte de ese vulgo por él tan censurado y a quien tan fácilmente se engañaba.

"Puestas las hojas entre las rodillas —dice más adelante— si aflojaba o abría las piernas el jinete, las hojas caerían y, por consecuencia, el mismo jinete, el cual ya por miedo a la caída o porque correspondiese a su imaginación, apretaba las piernas, con lo que conseguía no caerse creyendo en el hechizo o brujería y saliendo convertido en jinete…"


La absolución

En cuanto a que la Petronila hablara con un pájaro, ¿cómo creer tal embuste, si la susodicha no ignoraba que la andaban buscando para llevarla a la casa? ¿Y qué decir del muñeco negro con alfileres? Era cosa tan conocida de tiempos antiguos que no había lugar donde no se hablara de él. ¿Cómo pensar en los efectos maléficos "estando distante la causa del efecto, sin dependencia alguna de éste a la causa?"

Además, si Dios permite el pacto diabólico, ninguna falta hace el muñeco para producir los males de que se le hace originario. Lo de las piedrecitas para "ligar a los hombres", sólo los muy crédulos pueden admitir tales patrañas.

¿Por qué acusar de brujas a las muchachas, ignorantes cómo eran? No habiendo cometido delito alguno, el asesor concluye por pedir su absolución de toda culpa. Conviene que el Juez que ha tenido a su cargo la causa guarde el informe para que cuando se presente una situación similar "no vayan a padecer inocentes, o siendo delincuentes se queden sin castigo."

Más claro que el agua estaba el escrito del Licenciado de Águila. Don José Romualdo de Oreamuno vióse obligado a desechar cualquiera superstición que le estuviera mortificando. El primero de setiembre de 1777 fueron notificadas las partes del fallo:

"Que debo declarar y declaro que absuelvo a las susodichas de los delitos que les imputaron y que estando como están instruidas en la Doctrina Cristiana, en el tiempo que han de estar en depósito, se las entregue a sus padres para que las documenten y tengan en sujeción..."

Frustrados quedaron los deseos de muchos de los vecinos de Cartago, quienes tal vez esperaban una violenta participación del Tribunal de la Santa Inquisición. La hoguera no consumió los jóvenes cuerpos de aquellas inquietas mujeres. Pero el fuego de la maledicencia, cual modernos lanzallamas, brotó de las bocas hambrientas de murmuración.


Nota:

El informe completo ha sido transcribido y puede consultarse en la página del Archivo Nacional.

Transcripción del documento Complementario Colonial Nº 374. Autos contra María Francisca Portugueza y Petronila Quesada por cargos de brujería: https://www.dgan.go.cr/RAN/index.php/RAN/article/view/216


Fuente:

Coto-Conde, J., L. (1957). Eran otros tiempos, 1 ed., p. 37. San José, Costa Rica: Imprenta Nacional.

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